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junio 4th, 1993:

Un viaje hasta el valle del Mesa: El castillo de Villel

 

No puede decirse que hoy Villel esté cerca de ninguna parte. Pero tampoco es ya lo que antes era: una aldea última y perdida entre las montañas. Nuevas carreteras se han abierto (desde Maranchón, por Codes e Iruecha, hasta Mochales, y desde Ateca por Calmarza hasta Algar) y han conseguido que el valle del río Mesa deje de ser un extremo violento e inaccesible, una quimera.

Aunque para los viajeros lo era: un lugar puesto en los confines del sueño, una meta difícil (no por lo lejana, ni por lo peligrosa, quizás por lo quimérica…) que se hacía posible en día claro y abierto de soles. Hasta Anquela del Ducado hay buena carretera, y desde allí, aunque estrecha, no es para quejarse. El primer tramo del río Mesa, que nace allí mismo, entre los roquedales de Anquela, es limpio y hermoso, verde chorreante de bosques y caseríos. Por Turmiel se abre, vigilado de la vieja torre hoy convertida en palomar, y por Establés se esconde entre hoces rocosas que cada vez se estrechan más y dan lugar a uno de los paseos (duro y largo, aunque fantástico de bellezas naturales) más bonitos de su recorrido. Quien tenga tiempo, paciencia y buenas botas, debe recorrer el valle del Mesa, a partir de Establés, andando, y así podrá ver el gran Tormo que se alza (40 metros de roca solitaria y monolítica) sobre los sonoros regatos.

Pero los viajeros se han ido por arriba, por las paramera molinesa, y bajan por el camino de coches hasta Mochales. Otro castillo, casi arruinado, allí les saluda. A partir de entonces, todo es sorpresa y belleza levantada. El valle del río Mesa se abre un poco, y anuncia que estamos en Aragón (geográficamente hablando) pues sus aguas corren hacia el río Piedra, y ya juntas las de uno y otro correrán hasta el Jalón, dando al fin en el Ebro y en el mar de los romanos.

Luego aparece Villel, la capital minúscula de esta comarca hundida y abrigada. Recostado el pueblo sobre la vertiente abrupta, rocosa y violenta de la orilla izquierda del río, hoy está cuidado en sus calles y en sus casas, y tiene un aire de modernidad incluso cuando al entrar un grupo de casas unifamiliares adosadas (lo mismo que en las grandes capitales) saludan a los viajeros con su riente tono rosado.

La luz lo llena todo en este día inolvidable. El verde vivo de los huertos, de las alamedas, de los chopos puestos en pequeños grupos. La opaca rudeza de los cantiles por donde se derrumban las altas mesetas de Castilla y Aragón a cada lado. La contundente caída, casi en vertical, de los muros rocosos que por el norte abrigan al pueblo dándole el aspecto de una perla enrojecida que se ofrece entre las valvas gigantescas de una ostra. Todo ello conforma la belleza inigualable de Villel de Mesa, que se completa con ese violento grito que es su castillo, puesto en equilibrio imposible sobre el peñasco estrecho, clavado entre las casas como un hacha milenaria.

En la plaza, al sol, unos cuantos curiosean la identidad de los viajeros. Entre los sauces frondosos se alza la pequeña estatua de un maestro. El río da vida, sonoridad, grandeza a todo cuanto toca: la plaza con su Ayuntamiento, y una fonda que permitirá a quien quiera disfrutar de más días por estos lares, quedarse alguna noche. Los viajeros se lanzan a mirar. Y ven de pronto una hermosa casa donde las armas talladas de la Inquisición (cruz, palma y espada) sobre antigua piedra dicen que hasta aquí, siglos ha, llegó el Santo Oficio a vigilar los pensamientos. Ahora, cuesta arriba, Francisco Sancho descubre con nosotros el significado de esos símbolos, y confiesa que no lee ya la Nueva Alcarria porque «somos muy mayores, ¿sabe Ud.?, y ¿para qué vamos a leer papeles?» Francisco Sancho tiene una filosofía derrotista, una mezcla de pasotismo juvenil y desesperanza de moribundo. No obstante, se hace amigo de los viajeros, y les conduce por callejas estrechas y empinadas hasta el castillo, al que se accede por atrás, por un cuestón tapizado de hierbas, que permite al fin llegar hasta la puerta, oculta casi entre la vegetación proliferante, y con una hoja de madera atascada por los derrumbes del interior, de tal manera que los viajeros han de probar su elegante silueta para poder pasar dentro de la fortaleza. Muros espesísimos, de adobe al interior, y bien tallados sillares por fuera, hacen de este castillo de Villel un ejemplo de construcción de origen árabe que luego, a partir del siglo XIV, fue perfeccionado y puesto en uso por los cristianos. La parte correspondiente a la entrada es relativamente amplia, y en sus paredones se muestra la evidencia de haber sido un ancho torreón con tres pisos, de alguno de los cuales queda ventana ajimezada, con arcos apuntados, que recuerda el tiempo gótico y que a Francisco Sancho le sirve para afirmar que «esto fue de morería, una obra de moros, como ven ya muy estropeada».

Se anda un poco, y con peligro, sobre la estrecha meseta rocosa donde asienta el castillo. Y se pasa al torreón de la punta, una pequeña estancia que fue de dos pisos, picuda en su extremo, y puesta en una increíble situación sobre la también estrecha y altísima roca. Desde arriba se contempla, amable y limpio, el pueblo de Villel. A los pies de la alcazaba, el palacio de los marqueses, una vieja construcción en la que se combina el aspecto palaciego español, con la umbrosa entrada inglesa y el patio de fuentes, arcos y arrayanes a estilo moro. Un paraíso perdido que de vez en cuando recupera esta familia, que siglo tras siglo ha quedado prendida a este lugar.

El castillo de Villel fue de gran importancia en tiempos antiguos. Los árabes lo levantaron y luego, en la Edad Media, se hizo imprescindible para controlar el paso por este valle (en el que otras fortalezas, como la de Algar, Mochales y Establés, más el fuerte castillo del Mesa sobre el cerro de los Castilletes, se alzaban furibundas). Fueron los Funes, caballeros de Aragón, pero unas veces a servicio de su rey y otras del de Castilla, quienes controlaron este paso. Nadie allí recuerda su nombre, ni sus hazañas. Solo miran, como hace Francisco Sancho cuando sale de misa, a los que llegan, y les cuentan cuanto saben, y les ayudan a subir hasta la peña desde donde, como hicieron los viajeros aquel día, se ve la gloria del mundo, la belleza sin límites que en el horizonte verde y rocoso de este valle del Mesa nace para los ojos felices de los viajeros, que seguirán luego su ruta por otros caminos de Guadalajara.