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junio 26th, 1992:

El Monasterio jerónimo de Santa Ana en Tendilla

 

Sobre la empinada ladera que por el mediodía arropa a la villa de Tendilla, se alzan medio escondidas entre un bosquecillo de pinos las ruinas mínimas de lo que fuera el monasterio jerónimo de Santa Ana, fundado en el último cuarto del siglo XV por los señores del lugar.

Sabemos por las referencias que del cenobio nos dio el padre fray José de Sigüenza en su Historia de la Orden de San Jerónimo, que este monasterio estaba construido en un estilo que cabalgaba entre las tradicionales formas góticas y las nuevas renacentistas, y puede calificarse sin duda como una de las primeras edificaciones del nuevo estilo del Renacimiento que de la mano de los Mendoza se introdujo en España. La iglesia, de una sola nave, construida en estilo gótico flamígero, presentaba un testero sobre el que apoyaba un magnífico retablo de pinturas, que hoy se conserva en el Museo de Bellas Artes de Cincinati (USA) debido a los pinceles del círculo que creó en España, en los inicios del siglo XVI, el flamenco Ambrosio Benson, destacando las figuras centrales de San Jerónimo y el Calvario, así como las de la predela con San Francisco, Santa Isabel y San Sebastián.

La sacristía era la pieza más alabada por todos, y se constituía en un recinto donde las formas renacentistas más iniciales tenían su cabida. Según el cronista fray José de Sigüenza, parece nave de Yglesia principal de mucha autoridad. Añadía dos claustros y otras dependencias propias de un monasterio de reducidas dimensiones.

Hoy puede verse solamente la planta del templo, de una nave, con los arranques de los haces de columnas adosadas a los muros, y el testero del presbiterio, estrecho y elevado, del que arrancarían bóvedas nervadas, cuyos inicios aún se adivinan. El resto de las construcciones no son sino un informe montón de ruinas, enclavadas, eso sí, en un paraje de bellísimas perspectivas.

Este monasterio jerónimo se fundó en 1473, a instancias del primer conde de Tendilla, don Iñigo López de Mendoza, y su esposa doña Elvira de Quiñones. En el lugar en que asentó, había desde la remota Edad Media instalada una ermita dedicada a Santa Ana para la que don Iñigo consiguió del Papa un jubileo plenísimo en el se ganaban indulgencias similares a las de peregrinaciones a Roma, Jerusalem ó Santiago. Con el dinero que en esas romerías dejaron durante años los fieles peregrinos, el conde inició la construcción del monasterio y se lo ofreció a los jerónimos de Lupiana, que no aceptaron hacerse cargo de él, por lo que fue nuevamente ofrecido a los jerónimos ermitaños de San Isidro de Sevilla, capitaneados por el disidente fray Lope de Olmedo, que aceptaron. El 25 de agosto de 1473 los condes extendieron su carta fundacional ante el escribano Juan Páez de Peñalver, y la atenta mirada y aprobación del vicario jerónimo fray Juan Melgarejo.

Se inició su construcción en ese año y con la ayuda económica del conde de Tendilla enseguida pudo albergar una comunidad de monjes pardos que se dedicaron a la oración y la vida contemplativa. Los condes adquirieron a perpetuidad el patronato de la capilla mayor y el derecho a ser enterrados en ella, junto al altar. Así ocurrió con los fundadores, que a su muerte en 1479 quedaron sepultados bajo unos artísticos mausoleos de corte gótico, tallados en alabastro por el mismo autor o taller que el Doncel de Sigüenza. El hijo de los condes, el que fuera obispo de Palencia y finalmente arzobispo de Sevilla, don Diego Hurtado de Mendoza, favoreció generosamente al cenobio, pagando el retablo, y muchas joyas. Quedó también enterrado en su capilla mayor, aunque luego lo llevaron a la catedral sevillana, donde hoy descansa bajo un mausoleo trabajado por Doménico Fancelli.

Tanto los sucesivos señores de Tendilla, como los más humildes de sus habitantes labradores, ayudaron con limosnas y ofrendas durante siglos a los jerónimos de Santa Ana. Uno de los hijos ilustres de la villa, el oidor Tomás López Medel, entregó altas sumas de dinero para construirse una capilla donde ser enterrado, (la que se llamó Capilla de el Oidor).

Sería interminable hacer un listado de los notables varones que como religiosos jerónimos florecieron entre los muros de este monasterio. Destacan entre ellos las figuras de fray Juan de San Jerónimo, virtuoso y humilde, poeta y deportista, sobrino del ya referido Oidor López Medel; fray Rafael de Escobedo, natural de Moratilla, que alcanzó a ser Definidor en un Capítulo General; fray Pedro de la Cruz, que durante largos años se dedicó a la oración en una pequeña cueva existente en la huerta del monasterio, negándose a hablar con nadie que le recordara el mundo; fray Jerónimo de Auñón, que llegó en Tendilla a ser prior y en la Orden jerónima su Procurador General, siendo recordado por sus especiales dotes para las matemáticas.

En cualquier caso, todo pasó. La Desamortización de Mendizábal acabó en 1836 con la existencia de este monasterio, y aún con la Orden de San Jerónimo. Los frailes exclaustrados se dispersaron por el mundo, dedicándose muchos de ellos a la música. El edificio de Tendilla, expoliado enseguida, y claramente ruinoso, de tal modo que en 1843 se vendió por el Estado al vecino de la villa don Pedro Díaz de Yela en 20.100 reales para que aprovechara la piedra que quedaba.

Los sepulcros de los fundadores, gracias a la Comisión Provincial de Monumentos, se desmontaron de aquel lugar abandonado y en 1845 fueron trasladados a Guadalajara, siendo instalados en los extremos del crucero de la iglesia de San Ginés, donde en 1936 aún sufrieron bárbara agresión, y hoy, apenas restaurados, permiten hacerse idea de lo que fueron en sus orígenes: unas espléndidas piezas de la escultura funeraria tardogótica.

A pesar de los escasos restos que se tienen en pie, por la cercanía a la capital y por lo que supone de importancia en el conjunto de la historia medieval alcarreña, merece la pena acercarse hasta Tendilla (donde tantas otras cosas hay de interés para ver y degustar) y subir en un paseo agradable hasta las ruinas evocadoras de este antiguo monasterio jerónimo de Santa Ana.