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junio 19th, 1992:

Un nuevo centenario alcarreñista: El Desierto de Bolarque

En este año plagado de centenarios y conmemoraciones, toca en la Alcarria reventar las campanas el día 17 de Agosto, para que llenen la atmósfera con su canto en conmemoración de un centenario verdaderamente singular: el de la fundación del Desierto carmelitano de Bolarque, una institución histórica que merece un recuerdo denso por parte de cuantos tienen algún interés por el pasado de nuestra tierra.

Es concretamente la villa de Sayatón la que en esta ocasión se ha movido (y su alcalde Luís Bronchalo al frente) para que todos recuerden esta importante efemérides que hace más densa y rica la historia de la Alcarria. Con diversos actos se conmemorará este hecho durante el próximo verano, y uno de ellos será la edición de un libro, que saldrá coincidiendo con la terminación de las obras de arreglo de la iglesia parroquial de esta simpática villa situada a las orillas del Tajo.

El Desierto de Bolarque es un lugar inédito, desconocido para la gran mayoría. Conjuga tres valores diferentes: de un lado, el paisajístico, pues se encuentra situado en uno de los lugares más hermosos de la provincia, la orilla derecha del río Tajo aguas arriba de Bolarque; de otro, el monumental y artístico, ya que aún permanecen escondidos entre la densidad del pinar los restos del gran monasterio carmelita y numerosas ermitas de las que usaron los ermitaños para su vida ascética; y finalmente el interés histórico, pues allí se fraguó y se dio vida a un nuevo modo de entender la religión, el anacoretismo primitivo, pasando por aquel lugar gentes diversas y de gran importancia, desde el renovador del Carmelo fray Alonso de Jesús María a su Vicario General, Nicolás Doria, así como destacados aristócratas de la Corte, y el propio Felipe III que visitó en 1610 aquellas soledades.

El Desierto de Bolarque cumple ahora cuatrocientos años, y ello será exactamente el día 17 de Agosto. Su mejor cronista, el fraile carmelita fray Diego de Jesús María, escribió y publicó en 1651 un interesante libro en que narra la vida primitiva de esta institución. Nos dice de los esfuerzos que los frailes de Pastrana hicieron para poner en práctica el ideal de la Reforma: la vida contemplativa exclusiva, el eremitismo primitivo. Y entre varios renovadores se pusieron manos a la obra. El lugar lo eligió fray Ambrosio Mariano, comprándolo por 80 ducados con el dinero que entregó para ello un caballero genovés amigo suyo. Tres carmelitas comandados por fray Alonso de Jesús María se instalaron en la solitaria orilla del río Tajo, media legua arriba de la estrechez que formaba el río en la llamada Olla de Bolarque, y construyéndose con ramas y piedras sus ermitas y una pequeña iglesia, dijeron en ella la primera misa ese día de agosto de 1592.

Después llegaron muchos más frailes, muchas ayudas, el entusiasta apoyo de buena parte de la aristocracia madrileña, y hasta la visita del Rey Felipe III. Se levantó en los primeros años del siglo XVII un enorme convento, con una bonita iglesia, muchas capillas, un claustro, biblioteca, dependencias múltiples y, por supuesto, muchas ermitas, hasta 32, que se distribuían por la ladera derecha del Tajo en torno al convento. Allí vivían aislados en oración permanente los frailes más tenaces. Otros residían en el convento, también rezando, pero además escribiendo. En Bolarque se fraguaron muchos de los libros de espiritualidad de la Orden Carmelita reformada a lo largo de los siglos XVII y XVIII.

En 1836 la Desamortización de Mendizábal forzó el abandono de este lugar paradisíaco. Los frailes se fueron, exclaustrados. Algunos se quedaron a vivir en Sayatón, incluso se casaron y hoy viven allí sus descendientes. Dicen las leyendas que guardaron un gran tesoro por las brañas del monte, y que nadie hasta ahora ha conseguido descubrirlo. Lo cierto es que muchas de las riquezas artísticas que encerraba Bolarque se trajeron a Pastrana y hoy en su colegiata se exponen. Así ocurrió con la talla salcillesca de la Divina Pastora, o con el óleo de Diricksen que representa a María Gasca, mas algunos retablos, reliquias y enterramientos con escudos.

Visitar hoy el Desierto de Bolarque es una tarea para aventureros, caminantes y montañeros avezados. Se encuentra el lugar en las orillas del pantano de Bolarque, aunque el mejor camino para acceder a él es por Sayatón, subiendo la ladera del monte que limita el término por levante, y bajando por alguno de los barrancos (alguno tan profundo y espectacular como el del Rubial) que dan al Tajo. Las aguas del río, allí remansadas, pero aún estrechas por la hondura de los montes, reflejan el azul del cielo y confieren al lugar una belleza intensa, una paz soñada, una sensación indescriptible de vuelta a los orígenes.

Entre la maleza y el bosque, allí de pinos y muy denso, surgen las románticas ruinas del convento, de las ermitas, de la iglesia, del claustro… como si de una fábula se tratara, en el silencio de la mañana parece reconocerse aún el eco de las campanas, o el murmullo de los cánticos monacales. Todo es paz, armonía. Lástima que haya que caminar tanto, y tan duro, para llegar hasta aquel espejo de felicidad.

El Desierto de Bolarque (que lleva este nombre porque así llamaron los carmelitas a sus fundaciones de tipo eremítico) se encuentra en el interior de una finca particular, propiedad de los Duques de Pastrana, y es aconsejable pedirles permiso antes de acudir en excursión a visitarlo. Además pertenece, administrativamente, al municipio de Pastrana, a pesar de ser Sayatón el lugar más cercano geográficamente. Desde la presa de Bolarque puede accederse, no sin cierta dificultad, pero también hay que pedir permiso para atravesar las instalaciones de Unión Eléctrica. El camino más cómodo es llegar por medio de una embarcación, navegando las aguas siempre tranquilas del embalse de Bolarque. La visión del monasterio desde el agua es realmente inolvidable.

En cualquier caso, un nuevo motivo para la recordación, para el viaje, para la encantadora tarea de descubrir la historia de nuestra tierra.