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febrero 28th, 1992:

El arte mudéjar en Guadalajara

 

La más genuina expresión artística de la Guadalajara medieval está sin duda en el arte mudéjar. Un breve repaso por sus construcciones y las huellas que de ellas nos han quedado, nos ocuparán en el Glosario de esta semana, dedicado por tanto al recuerdo de los templos cristianos alzados en la Baja Edad Media.

En el siglo XIII existían en la ciudad de Guadalajara al menos diez iglesias parroquiales, dotadas en mayor o menor grado de estructura y decoración mudéjares. Eran estas las de San Gil, Santiago, San Andrés, San Miguel, Santo Tomé, San Nicolás, San Esteban, San Ginés, San Julián y Santa María. Aún debían añadirse algunas ermitas, como la de Santa María en la orilla del río, junto a los Batanes, y las iglesias de algunos conventos, como el de Santa Clara (hoy parroquia de Santiago).

Muchas de estas iglesias fueron demolidas, especialmente en el siglo pasado. Así ocurrió con la de San Nicolás, que ocupaba el espacio del actual Banco de España. La de Santiago, que estaba en lo que hoy es lonja del palacio del Infantado. La de San Ginés, que aparecía en el solar que ahora ocupa la Diputación Provincial. O la de San Miguel, junto a la capilla de Luís de Lucena… De todas estas iglesias conocemos detalles que nos las hacían mudéjares por los cuatro costados: la de San Nicolás tenía un arco mayor mudéjar con azulejos polícromos y labores geométricas. La de San Julián, en la Alcallería (en el lugar que hoy ocupa el Parque Móvil de los Ministerios), era de tapial y verdugadas de ladrillo, con torre. La de San Esteban, en la plaza de su nombre, tenía dos ábsides semicirculares de ladrillo con arcos ciegos decorados, semejantes a los de San Gil. La de San Andrés, en la calla Mayor baja, también tenía ábside decorado con arcos ciegos (como San Gil y Santa Clara), y poseía algunas inscripciones adornadas con labores geométricas del siglo XIV. La de Santiago, que estaba unida al palacio del Infantado por medio de un arco o pasadizo alto para que los duques pudieran oír misa sin salir a la calle, parece ser, según tradiciones, que fue mezquita en sus inicios, pero con seguridad fue construida por alarifes mudéjares: tenía una capilla de 1332, propiedad de los Pecha, en la que sus muros ofrecían abrumadora decoración de atauriques, y al exterior, especialmente el ábside, era toda de ladrillo con adornos geométricos. Fue totalmente derribada a fines del siglo XIX.

De las que hoy existen, al menos en fragmentos, podemos destacar algunos detalles mudéjares. La iglesia de Santo Tomé está hoy dedicada a santuario de la Virgen de la Antigua. Dicen las tradiciones que fue templo mozárabe desde el siglo VIII, aunque se rehizo por completo en el XIII. Tenía a un lado una torre que semejaba en todo a un alminar de inspiración almohade. Su puerta de entrada, al sur, constaba de arcos lobulados cobijados por un alfiz, y en el interior había una techumbre toda de madera en artesa invertida. Así llegó (con tres naves, torre, puerta, ábside, muros de mampostería y ladrillo) hasta finales del siglo XIX, en que se hizo una reforma total, dejándola como hoy se ve, y quedando, al menos el antiguo ábside en el que lucen algunas ventanas de perfil lobulado.

El templo de Santa María fue originariamente la mezquita mayor de la Wadi‑l‑hiyara árabe. Delante tenía la fuente para las abluciones, y tenía como material constructivo un grueso tapial con verdugadas de ladrillo, planta cuadrangular y alminar ó torre prismático‑cuadrangular aislada. Sobre esas bases, el templo se rehizo en el siglo XIV, poniéndole nuevas las puertas en arco de herradura, magníficas, que hoy pueden ser admiradas. En el siglo XV se unió la torre al templo y le añadió el atrio sobre los muros de sur y poniente. La torre de Santa María es de estirpe mudéjar toledana.

De San Gil queda solamente el ábside del siglo XIII, románico pero con ladrillo todo él construido, a base de arcos ciegos sumados, plenamente mudéjar. En su interior se admiraba la capilla de los Orozco, a la derecha de la capilla mayor, a la que se pasaba a través de una puerta que hoy todavía existe. Tenía planta rectangular con bóveda de cañón, y su nave única se cubría de techumbre de madera. En este templo existía una capilla dedicada a Santa Ana, también gótico‑mudéjar, como la de los Orozco, y la torre era prismático‑cuadrangular, cubierta de tejado a cuatro vertientes. Cayó en 1940. La portada principal, al sur, era del siglo XIV, con arco apuntado de herradura, cobijado de alfiz, todo mudéjar. También la portada occidental era del estilo. Todo ello fue cayendo durante el siglo XX, por guerras y abandonos. El ábside, felizmente rescatado hace pocos años, se decora con arquillos de medio punto, unos huecos y otros ciegos, puestos en fajas horizontales, en pleno estilo del mudéjar toledano.

La actual iglesia de Santiago fue templo conventual de Santa Clara, fundación de María Fernández Coronel, levantada en los primeros años del siglo XIV. Conforme a la estructura propia de la orden franciscana clarisa, en un estilo gótico mediterráneo, se deja influenciar notablemente por lo mudéjar. Los alarifes que la levantaron serían moros que ejercitaron en ella sus mejores habilidades. Hoy es una iglesia de tres naves, con ábside central poligonal, tomando el modelo del mudéjar toledano. La techumbre es de madera, en artesa invertida, y los muros son de mampostería con hiladas de ladrillo. Los pilares que separan las naves son de planta octagonal, góticos, rematando en arcos formeros apuntados. A la capilla mayor se pasa a través de un gran arco triunfal, y en ella hay una bóveda gallonada toda de ladrillo sobre un conjunto de arcos ciegos. En lo alto, la luz penetra a través de tres ventanas de doble arco apuntado. La decoración mudéjar se ve hoy en los escudos y atauriques sobre yeso en los altos de la nave central.

Todos estos monumentos son la expresión más genuina de una época como es la Edad Media en Guadalajara, en la que el influjo hondo de la cultura árabe se prolonga durante centurias sobre la cotidiana vida de una ciudad ya plenamente cristiana. Lo mudéjar, que sería la palabra más definitoria para nuestra población, era el estilo y el modo de vida que impregnaba cualquier vereda y todos los rincones.