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Un escritor de nuestra tierra: Alfonso de Guadalajara

 

En un reciente viaje por el Sahara tunecino, zarandeados por el vaivén del Toyota sobre los polvorientos caminos del Gran Erg oriental, íbamos matando el tiempo mi amigo José Antonio de Mesa Basán y yo charlando sobre antiguos avatares históricos de nuestra tierra. Concretamente sobre los jerónimos, sobre el monasterio de Lupiana, sobre los Pecha de Guadalajara. No dejaba de tener gracia la escena, vestidos ambos con los atavíos islámicos de la fresca “chebba” y el negro “dach” sobre la cabeza, parloteando sobre los medievales y cristianísimos pretéritos de la Alcarria. Pero era lógico. A mí me gustan estas cosas, y él está preparando un libro sobre los jerónimos: el tema pasaba de los espejismos a los Pecha con total fluidez.

En homenaje, y espero que en ayuda, de mi amigo Mesa, van hoy estas líneas sobre uno de los mejores y más desconocidos de los escritores alcarreños, y, con toda seguridad, el más antiguo de todos los tratadistas jerónimos. Fue este personaje Alfonso de Guadalajara o Alfonso Fernández Pecha, cuyo era su nombre auténtico, aunque con el primero fue con el que pasó a la historia de la literatura religiosa y como es conocido más allá de nuestras fronteras.

Hermano de Pedro Fernández Pecha, el creador de los Jerónimos en España, y erector de su primer monasterio en Lupiana, Alfonso fue como él hijo de Fernán Rodríguez Pecha y Elvira Martínez de la Cámara, ambos muy favorecidos en la corte real de Castilla, pero con casa en Guadalajara y posesiones abundantes en la tierra alcarreña de Guadalajara y Madrid.

Mientras Pedro el primogénito fue destinado a los oficios cortesanos, Alfonso como segundo fue remitido a la Iglesia. El primero alcanzó los puestos de tesorero real, canciller del infante y otras sonoras prebendas. El segundo llegó pronto a obispo de Jaén. Pero uno y otro, en plena juventud todavía, desengañados del mundo en que vivían, se retiraron a hacer vida eremítica por los valles de la alcarria, concretamente en la parte inferior del curso del Tajuña, retirándose definitivamente a Lupiana, donde surgiría más adelante la orden jerónima.

Sobre Alfonso de Guadalajara existían hasta ahora fragmentarias noticias, aportadas fundamentalmente por algunos cronistas jerónimos, como fray José de Sigüenza y Vega, o por el cronista de Guadalajara Juan catalina García. Una importante y reciente aportación bibliográfica ha venido a aportar fechas concretas en su vida, así como los resultados fructíferos de su biografía viajera 1. En primer lugar, queda aclarada la identidad de Alfonso Fernández Pecha con el Alfonso de Vadaterra tan conocido en el Medievo italiano, y que explica ese apellido por la italianización que sufrió el lugar geográfico de su nacimiento: Wada de Guada‑ lajara, y el sufijo terra, venía a jeronimizar su nombre, como le ocurrió a su hermano el fundador de la Orden, que también quedó en muchas historias nominado como Pedro de Guadalajara.

Alfonso fue obispo de Jaén. Su periodo de gobierno en aquella diócesis queda limitado entre los años 1359 y 1368. En ese periodo, consta la relación que Alfonso de Guadalajara tuvo con los eremitas del Tajuña, tanto en Villaescusa como en Lupiana, y la intervención que él tuvo para que se trasladaran a este último lugar, en unos terrenos propiedad de sus padres. A ese mismo periodo final de su episcopado (1366‑1367) es cuando corresponde el momento de la retirada de la Corte de su hermano Pedro. Coinciden, pues, los caminos vitales de ambos hermanos, al salirse de los puestos cómodos y entrar en los del sacrificio.

La etapa última de la vida de Alfonso de Guadalajara es la más intensamente vivida, interesante como pocas. Desde 1368, Alfonso figura en compañía de Santa Brígida de Suecia, acompañándola en sus viajes de peregrinación, intercediendo por ella en los ambientes aviñonenses. Uno de los escritores que con mayor nitidez, en cuanto a fechas, aunque escaso en detalles, revela la trayectoria de Alfonso por Europa, es el padre Damiani, quien escribe así de él en su obra sobre la espiritualidad de Santa Brígida: “Alfonso de Vadaterra, español, pero de origen sienés por parte de padre, había sido obispo de Jaén… Después, en 1368, se encontró con Brígida, poniéndose a su servicio. Revisó completamente el texto de las Revelaciones y dio una mano en la redacción oficial. Se dedicó incondicionalmente a la canonización de nuestra santa, y convenció a Santa Catalina de Siena a continuar la obra para que tornase el Papa a Roma. Murió el 8 de septiembre de 1389 en el convento olivetano de San Jerónimo in Quarto, fundado por él”.

Es finalmente otro autor español, Arce, en su estudio sobre Santa Brígida como peregrina a Tierra Santa, quien define la verdadera capacidad de Alfonso de Guadalajara como escritor católico, y nos hace suponer su dimensión magna en cuanto a conocimientos teológicos y también en cuanto a estilo latino, pues este autor confirma el papel fundamental del alcarreño en la edición de las Revelaciones de Santa Brígida, que fueron escritas por ella en sueco y en un latín muy defectuoso, siendo Alfonso de Guadalajara encomendado de ponerla en su versión definitiva, en latín ejemplar, y, es de suponer, que introduciendo correcciones no solo de estilo sino de conceptos, por lo que de este modo queda bien expuesto, a nuestro entender, el valor capital de nuestro coterráneo como escritor católico de alta significación.

Aparte de esta revisión general y puesta a punto de los ocho libros de las Revelaciones brigidianas, escribió una Epístola solitarii ad reges, en la que hace afirmación de las ideas, con las que él comulgaba, de los eremitas alcarreños que capitaneaba su hermano Pedro.

Otras actividades, aparte de las literarias, también tuvo Alfonso de Guadalajara. Así, el papel de acompañante de Santa Brígida a Tierra Santa, en una peregrinación llena de peligros y fructífera de espíritu para la marcha de la Iglesia Católica. También su actividad capital en la vuelta del Papado desde Aviñón a Roma. Y, por fin, dada su cabida en la corte pontificia, el apoyo a la creación de la Orden Jerónima por Bula del Papa Gregorio XI, con quien mantuvo Alfonso siempre una gran amistad. El nacimiento de la Orden jerónima tiene su raíz en la famosa bula Sane petitio, extendida por el Papa citado en 15 de octubre de 1573. Si bien dicha carta fundacional va dirigida a los solicitantes Pedro Fernández Pecha, Fernando Yáñez, Juan de San Felices, Alfonso de Jaén y Fernando de Hontoba, es indudable que se consiguió gracias a la intervención de Alfonso de Guadalajara, quien gozaba en esos momentos de gran autoridad en la corte pontificia de Aviñón, donde en su calidad de intelectual singular, tenía una gran amistad con el Papa, un enorme prestigio entre la Curia Cardenalicia y excelentes relaciones con los monjes del Santo Sepulcro de Florencia, que enviaron las normas básicas para ordenar la naciente regla jeronimiana. El verdadero artífice de la Orden de San Jerónimo es, sin duda, nuestro personaje, Alfonso de Guadalajara.

Murió Alfonso el 19 de agosto de 1389, en el monasterio de Quarto por él fundado. Sobre su sepultura, aparece esta inscripción latina: “HIC JACET REVERENDVS PATER. DNS. ALFONSVS DE VADALASSARRA NATIONE HISPANVS QVI DISPERSO PATRIMONIO PROPIO PROPTER DEV RELICTOQ. EPISCOPATV GEENENSE VT PAVPERES CRISTIFIDELIV SEQUERETVR EREMITICA VITAM DUXIT. TANDEM JANVA VENIENS ELEEMOSINA FIDELIVM. SVB VOCABVLO. BEATI.HIERONIMI. HANC. FVDAVIT. ECCLESIA. QVAM. REGI. OBTINVIT PERO VENERABILES. MONACVS. ORDINIS. MONTIS OLIVETI. DEMVM MIGRAVIT. AD. DOMINVM. AN. MCCCLXXXVIIII. DIE XVIIII. AVGVSTI”.

NOTA:

1 REVUELTA SOMALO, José María: Los Jerónimos (una orden religiosa nacida en Guadalajara), Guadalajara, 1982. Institución Provincial de Cultura “Marqués de Santillana”, pp. 112‑124

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