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febrero 2nd, 1990:

Siena en Guadalajara y viceversa

 

La pasada semana se ha completado, con la firma de un protocolo de Hermanamiento suscrito entre el presidente de la Excma. Diputación Provincial de Guadalajara, don Francisco Tomey, y el Presidente de la Administración Provincial de Siena, don Giordano Chechi, la hermandad y amistad de las provincias española e italiana de Guadalajara y Siena. Creo que todo un dato para la historia.

Aparte de las razones administrativas dadas por los respectivos mandatarios, que vienen a seguir las pautas recomendadas por el Consejo de Europa de que tal tipo de hermanamientos se acrecienten, como medida para crear entre todos los pueblos europeos un auténtico entramado de amistad y mejor conocimiento, están las que yo creo son razones históricas que pueden justificar y propiciar este hermanamiento. Guadalajara y Siena tienen diversos puntos comunes, relaciones antiguas que, en brevísima pincelada, voy a tratar de dar aquí, como aportación a este hecho que considero histórico e interesantísimo.

Podría mencionarse, de inicio, la similitud de dos fiestas tradicionales de ambas tierras: la Caballada de Atienza y el Palio de Siena. La pasión por la competición sobre el caballo, con diversas ceremonias previas, es algo común a estas celebraciones, que se remontan en ambos casos a la Edad Media. Mientras que en la villa serrana de Atienza los hombres de la Cofradía de la Santísima Trinidad van juntos a la Misa, a la Comida y a la Carrera (o Caballada) como un acto de homenaje a la Divinidad, en Siena son los miembros de los diversos barrios, cuadras o bandas familiares los que, con fabulosos trajes multicolores, banderolas y drapeados artilugios se disputan la gloria, en el círculo de esa increíble plaza municipal, de ser los más rápidos y valientes sobre el caballo.

Otro vínculo entre ambas tierras es la presencia en ellas de una familia que dio en Guadalajara, y en toda España, generosas muestras de su valía. Me refiero a los Pecha, que vinieron en remotos tiempos medievales, allá por el siglo XIV, desde Siena a Guadalajara, poniendo aquí su casa, generando una familia granada en la que floreció, entre otros, Pedro Fernández Pecha, quien con el sobrenombre de fray Pedro de Guadalajara, y junto a otros familiares suyos, fundaría luego la Orden religiosa de San Jerónima, dando al lugar de Lupiana la honra de ser el aposento del primer monasterio de dicha Orden. El recuerdo de los sieneses Pecha permanece hoy, silencioso pero vívido, en la altura neblinosa del monasterio de San Bartolomé de Lupiana.   

Y aún hay más. Un Mendoza, cómo no, aparece en esta historia. Un Mendoza que, en la segunda mitad del siglo XVI, el momento del máximo esplendor de la familia y del Renacimiento italiano, aparece largos años como Gobernador de Siena, entregando a la ciudad un modo de gobierno, una directriz de comportamiento, que son propias de esta estirpe alcarreña. La doble entrega Siena ‑ Guadalajara y viceversa se completa con la figura de don Diego Hurtado de Mendoza, el embajador.

Era éste hijo de Iñigo López de Mendoza, segundo conde de Tendilla y primer marqués de Mondéjar, apodado «el Gran Tendilla» por todos los historiadores, por su participa­ción crucial en la introducción del Renacimiento en España. El personaje que ahora recordamos fue hermano de Antonio de Mendoza, primer Virrey de México, y de Luis Hurtado de Mendoza, capitán general de Granada y segundo marqués de Mondéjar.

La vida ajetreada, plena de vivencias literarias, militares, diplomáticas y amorosas, de este Mendoza, Don Diego Hurtado, conoció las glorias de la victoria militar en La Goleta y Túnez, incluso en varias campañas de Italia. Supo del ambiente renacen­tista napolitano, romano, veneciano y toscano de mitad del siglo XVI. Y finalmente probó la dureza implacable de la intolerancia política y la avidez fiscal del gobierno español de Felipe II. Capitán de tercios por Italia, embajador del Emperador Carlos en Nápoles, Venecia, Roma y Siena, fue finalmente perseguido por juicios de residencia que él consideraba falsos, siendo una reyerta en palacio la que le condenó a la prisión y al final destierro en Granada.

De Diego Hurtado de Mendoza se han escrito múltiples biogra­fías desde un punto de vista estrictamente histórico, pues fué personaje que desde hace mucho tiempo despertó la curiosidad de los investigadores de nuestro Siglo de Oro. Así, en 1886 Señán y Alonso publicó un amplio estudio de su vida, y en 1942 don Ángel González Palencia produjo una gran obra que tituló «Vida y Obras de don Diego Hurtado de Mendoza» en la que incluyó sus reconoci­das escrituras, entre ellas la «Guerra de Granada» que sobre la revuelta de las Alpujarras vivió directamente y finalmente histo­rió en el último año de su vida. Se ha querido desde hace tiempo que fuera a don Diego debida la paternidad del «Lazarillo de Tormes», extremo éste que ha quedado todavía sin demostrar. El hecho es que este personaje, alcarreño de pura cepa, está unido indisolublemente a los momentos mas brillantes del Renacimiento sienés, quedando allí su memoria junto a la de Tiziano y el Aretino, de Paulo III y Cosme de Médici.

Han sido estos, tres retazos simples de lo que podríamos considerar un fundamento real al Hermanamiento que acaba de culminarse en la Diputación de Guadalajara entre nuestra provincia y la de Siena. Los señores Tomey y Chechi han puesto su firma, en los finales del siglo XX, a lo que de una forma inescrutable estaba fraguándose desde siglos atrás. Ojalá sigan nuestras tierras, Guadalajara y Siena y viceversa, haciendo una historia común en esta Europa cada vez más unida y compenetrada.