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abril 15th, 1988:

Tomellosa, Archilla y Balconete, una excursión por el Tajuña

 

La tarde de primavera invita a lanzarse al campo, a ese campo de Guadalajara que brilla húmedo y tenso, dando la sensación callada de estar a punto de ponerse a cantar. Pocas emociones pueden darse en la vida, comparables a ese momento mágico y previo al inicio de un camino. El viajero y sus amigos se lanzan al campo de Guadalajara.

Se van al Tajuña, a esa porción de la tierra que se hunde entre las planas alcarrias, y forma un verdeante y callado hueco donde las arboledas, tímidamente verdes, y los barbechos aún ateridos, parecen abrigar y dar marco al río que es una culebra negra y callada, que pasa sin ofender a nadie.

Se llegan hasta Tomellosa, una villa de antigua prestancia, de historia sencilla y rural pálpito, donde al mediodía del domingo solo se oyen, saliendo de los balcones medio abiertos, gritos de guerra y tiros de armas de fuego (provenientes sin duda de algún espagueti televisivo). Las casas, de arquitectura popular casi indemne; la iglesia, en lo alto del caserío con su estructura de indefinido uniforme religioso; y la plaza, en la que se alza y grita ese Ayuntamiento tan hermoso, tan contundente, tan pletórico de comunales ínfulas. Ese Ayuntamiento de Tomellosa, cuya imagen acompaña a estas líneas, es uno de esos edificios que pudiera decirse paradigmático de una comarca: su simbolismo y su silueta hablan por sí solos. Los viajeros se congratulan de que lo estén restaurando, aunque parece ser que, por misteriosos mecanismos burocráticos, la cosa va más lenta de lo que todos desearían.

Sigue la carretera ascendiendo. Se retuerce el paisaje entre los olivos. Cantan alondras y algún jilguero pide guerra a la jilguera. Hay una brisa de seda que mueve ramas y yemas. En lo alto está Balconete, que es un pueblo alargado y cuestudo, estrecho y simpático. En la iglesia, que estaba cerrada a la hora de nuestra visita, pero que contiene un monumental retablo renacentista cuajado de pinturas, deja el viajero volar la imaginación, y desde el calicanto de piedra que cierra el jardín, mira sin ánimo la gris solemnidad de la tarde, mientras se le va el recuerdo hacia alguien que está lejos, que está ajena, que no sabe que las tardes duelen cuando están vacías.

Al final de la zigzagueante calle mayor de Balconete, se abre el paisaje y aparece una picota de perfiles góticos: en lo alto un florón de piedra y cuatro leones que son máscaras. Alguien poda las parras, o pinta las fachadas, o se apresura en llegar al bar para jugar la partida. De algunas chimeneas sale un humo denso y tosedor, picante, humano. Por los altos que rodean al pueblo cantan los chicos y las chicas, se sienten vivos, y ocupan lo que parecen restos de un castillo. Algunas ermitas, bien cuidadas y apacibles, se ofrecen en los extremos del pueblo. Del «vallejo» sube un run‑run de tractores.

Vuelven los viajeros al ancho valle. Ahora se encuentran en Archilla. Sobre el puentecillo de modernas viguetas que deja entrar al pueblo, se asoman todos y oyen correr las aguas: es un sonido de cristal roto, un canto de mil enanos locos, que se lleva lejos la luz, como de oro, del atardecer. Archilla está en un alto, y también tiene todas las calles pavimentadas, aunque con su estructura antigua y destartalada. La iglesia es de origen románico, tiene una espadaña triangular, oronda y maternal. El atrio nos muestra una columnata inusual: sobre finos pivotes metálicos se apoyan luego parejas de maderos. Esta iglesia, que se hundió totalmente hace años, ha sido reconstruida en su totalidad, y es un magnífico ejemplo de arquitectura moderna que respeta las viejas normas.

Por Archilla suenan las fuentes. Hay una calle, que no resistimos a fotografiar y dar aquí en estampa, que llaman «de la fuente»: los colores vivos de las fachadas (blancas, ocres, grises oscuras) y el ondular de sus perfiles, parecen hablar de un decorado teatral: en realidad, la vida, cuando es hermosa, parece una obra de teatro. Y los pueblos, cuando se mantienen en la paz del pretérito, dan la imagen idealizada de la felicidad. Los viajeros saludan en Archilla a otros amigos que tienen un chalet a la entrada. De tanto ir allí, no se dan cuenta que tienen un tesoro: los pueblos de la Alcarria, las sendas polvorientas que van junto a los ríos, los bordes calizos de la meseta, cualquier lugar donde hay silencio y sopla el aire, es el refugio cierto para intentar encontrarse a sí mismo. O sea, para tratar de tener algún día una dosis mínima de sabiduría.

La tarde de primavera, por el Tajuña arriba, se va apagando. Se cierra el libro de las pastas frías, y quedan los perfiles de una excursión que pasa por Tomellosa, por Balconete, por Archilla… en esos lugares, como en tantos otros de la Alcarria, hay callejas por descubrir, alguna iglesia de renacentistas acentos, alguna plaza, algún ayuntamiento, alguna picota que admirar. Y gente (poca) que da calor humano a esta tierra cada vez más sola.