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junio 26th, 1987:

Galería de ilustres alcarreños: el cuarto duque del Infantado

 

Muchos años vivió don Iñigo López. Moriría, tras llenar con su presencia todo el comedio del siglo XVI alcarreño, en 1566. Le llamaron por eso el duque viejo. Por supuesto que lo mejor que hizo en su vida fué rodearse de buenas gentes, de hombres sabios, de rectos consejeros. Una de las primeras cosas que hizo al iniciar el gobierno de sus estados, fué nombrar a Francisco de Medina, el viejo comunero, letrado de su tribunal y consejo. También hizo venir a Guadalajara a muchos escritores, artistas y poetas, dando a todos asilo en su palacio, manteniéndoles y animándoles a trabajar cada uno en su parcela. Con un mecenazgo generoso y a la antigua usanza, consiguió don Iñigo formar en su palacio una corte nutrida de intelectuales y artistas, y ganar para Guadalajara el título de la Atenas alcarreña que entonces más que nunca mereció con creces.

Entre los escritores protegidos, encontramos el ya conocido Luís Gálvez de Montalvo, poeta y novelista que tomó los fundamentos de su obra El Pastor de Filida entre los personajes que poblaban la corte del duque: personificados en pastores, faunos, señores y duendes, y escondidos tras nombres inventados, desfilan en valiente retrato muchos elementos de aquella sociedad alcarreña del siglo XVI. Publicó Gálvez de Montalvo su libro en 1580.

También al historiador Francisco de Medina y de Mendoza protegió el duque. El padre del científico, también llamado Francisco de Medina, había sido capitán de los comuneros en Guadalajara, cuando el joven duque se dio a esta aventura. Luego, llegado éste al poder, protegió a la familia Medina, y al joven Francisco le ocupó en investigar las glorias familiares mendocinas, tarea de la que resultaron varios tomos en su mayor parte hoy perdidos: los Anales de la ciudad de Guadalajara, la Genealogía de la familia Mendoza, la Vida del Cardenal don Pedro González de Mendoza y un buen resumen biográfico del Cardenal Cisneros, que sirvió para que otro protegido del duque, el humanista toledano Alvar Gómez de Castro, escribiera su magnífica biografía, en latín, del purpurado regente. Este escritor excelso dedicó al duque, en prueba de afecto y agradecimiento, varias de sus mejores obras. Así, sus Cartas de Marco Bruto, traducidas del griego en romance, y sus Obras de Epicteto traducidas de  la versión latina del Poliziano. Refería Gómez de Castro a su amigo Juan de Vergara que en muchas ocasiones entablaba largas conversaciones con el duque sobre asuntos literarios e históricos, y en diversos momentos le califica de príncipe sapientísimo.

Otros autores fueron protegidos del duque. Así, Pedro Núñez de Avendaño, de ilustre familia arriacense (era sobrino de Luis de Lucena) dedicó al duque su libro Aviso de Cazadores y Caza, y el biólogo campiñero Antonio de Aguilera ofreció en 1571 una obra médica por él escrita al magnate que le había protegido.

Pero la muestra más elocuente del humanismo que protegía don Iñigo López de Mendoza en su palacio de Guadalajara, nos la ofrece el hecho de que él mismo escribiera y publicara en él un extraordinario libro que le sitúa en la nómina de los humanistas hispanos más esclarecidos. De sus lecturas múltiples, de sus charlas largas con los sabios, de su curiosidad y tesón por aprender, le vino la erudición que permitió elaborar una obra en la que, al modo de las paralelas biografías de Plutarco, él fué poniendo «paralelos fastos» del mundo antiguo y contemporáneo, obteniendo una visión singular, erudita y valiosísima de su propio mundo. Merece el libro de López de Mendoza, duque cuarto del Infantado, un estudio a fondo y detenido que todavía no se ha hecho. Lleva por título Memorial de Cosas Notables y fué impreso en Guadalajara, en las salas bajas del propio palacio ducal, a donde don Iñigo hizo traer maquinaria, planchas y todo ello dirigido por los impresores alcalaínos Pedro de Robles y Francisco de Cormellas, en 1564 fué dado a luz tan singular escrito. Muy escasos ejemplares existen de esta obra, y es, por lo tanto, poco conocida. Una reedición de la misma colocaría, indudablemente, a su autor, el duque del Infantado, en el justo lugar, en el sillón merecido del humanismo español del Renacimiento.

Quizás de todo su libro aprovechemos ahora tan sólo unas frases. Las que en el prólogo dedica a su hijo, al conde de Saldaña don Diego Hurtado que, todavía joven, moriría accidentalmente, heredando título y estados el nieto también llamado Iñigo López, que sería el reformador del palacio guadalajareño, y el patrocinador del programa pictórico tan interesante de las salas bajas, cubiertos sus techos de historias, de mitologías y de fastos mendocinos. El germen de ese manierismo post‑humanista, el deseo de glorificar el linaje poniendo sus hechos más notables en los techos del palacio, alternando y conjuntándose con historias romanas y mitologías, surgiría de la obra del cuarto duque, del intelectual don Iñigo.

Recordaremos aquí, como justificación de los hechos, las palabras puestas por éste en el prólogo de su libro: No es liviana carga la que al hombre bien inclinado ponen los exercicios virtuosos de sus antepasados: especialmente de los que no contentos con la común medida de sus yguales quisieron señalarse más que ellos. En tiempo de nuestros mayores, quando nuestra nación tenía la guerra continua en casa, contra valientes y rezios adversarios, enemigos nuestros y de nuestra religión: el exercicio de los hombres de estado, era solo el de las armas. En este por la mayor parte se venía a rematar, todo el valor y estimación de sus personas. Este les parecía que bastava, para servir a Dios y a su rrey; socorrer a su patria y ganar honra para sí, y para sus descendientes. Los quales procuravan de no quedar atrás en aquel mismo menester. De esas palabras, que encubren muchas claves para la comprensión de los hechos y las obras de los Mendoza alcarreños surgirían como digo los techos del palacio y muchas de sus historias pintadas están antes prefiguradas en las páginas del Memorial ducal.

Fue don Iñigo López, cuarto de los duques magnates de Guadalajara, una de las figuras que sobresalen con luz propia en la serie dilatadísima de los Mendoza alcarreños. Entre los que, si muchos destacan por su gallardía en las armas, otros por su valiosa presencia en la política, y aun algunos por su rematada tontería, este don Iñigo brilló como digo por su cultura y su protección decidida y continuada a las artes y a las letras.

Durante sus últimos años de vida sufrió una enfermedad que puso a prueba su paciencia y serenidad. Completamente llagado, murió el 18 de septiembre de 1566, siendo enterrado junto a sus mayores, en el presbiterio de la iglesia del convento alcarreño de San Francisco. Como ellos, escogió a su muerte una empresa alegórica, que él compuso con una esfera y una letra en su centro. Según el historiador Hernando Pecha, en su Historia de Guadalajara, fué don Iñigo alto de cuerpo, airoso, hermoso de rostro, de aspecto grave, semblante alegre, modesto, discreto, entendido y de grande maña en cuanto ponía la mano. Una figura más para nuestra galería de alcarreños ilustres.