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septiembre 11th, 1982:

El Marqués de Santillana, de nuevo en Guadalajara

 

Como un viaje de reencuentro con su tierra secular, con sus paisajes permanentes, con su luz clara y su aire delgado, el marqués de Santillana ha llegado nuevamente a Guadalajara. Don Iñigo López de Mendoza, aquel delgado y severo caballero, aquel decidor galante  y político de afiladas esquinas, vuelve a su tierra, a esta Guadalajara donde comandó un castillo y unos ejecitos propios, donde almacenó la más increíble colección de libros clásicos del Renacimiento castellano, donde un día de 1458 dejó el hábito carnal y entregó su pasión a la muerte.

La vuelta del marqués de Santillana a Guadalajara tiene un sentido artístico fundamentalmente. Pero su valor y significado son muy altos. Para nuestra ciudad, este regreso en imagen viene a afianzar la unión del personaje con el burgo, y a revalorizar, un grado más, el interés cultural y turístico de Guadalajara. Porque el motivo de esta glosa no es otro que el anuncio de la llegada (todavía provisionalmente colocado en un muro del palacio del Infantado) del gran retablo que el pintor Jorge Inglés pintó a mediados del siglo XV para la iglesia del Hospital de Buitrago, por encargo de don Iñigo, y en el cual retablo aparece el personaje retratado con gran detalle, en actitud orante, así como su esposa doña Catalina Suárez de Figueroa, junto con otras figuras y temas, todo ello en una calidad pictórica de primera línea.

Este retablo tiene su historia. En cargado, como digo, por el propio marqués, hacia 1455, ya en el ocaso de su vida, a un acreditado pintor llamado «el maestro Jorge» al que apodaron sus coetáneos «el Inglés» quizás por ser de esta nacionalidad. Este pintor acudió a Castilla, donde ya había realizado algunas otras obras menores para ciertas parroquias castellanas (Villasandino, en Burgos, etc.), y durante un tiempo se dedicó a la realización de obras para don Iñigo: por una parte, sabemos que le decoró, en miniatura, algunos códices manuscritos que para su gran biblioteca habían realizado escribanos especializados. Inglés dibujó en ellos figuras de ángeles, escudos nobiliarios y algunas letras capitales. Pero a lo que se dedicó con especial interés fue al retablo que para la iglesia del Hospital del Salvador de la villa de Buitrago (de la que era señor el Mendoza) había decidido poner don Iñigo. Siguiendo las normas iconográficas y el programa artístico elaborado por el propio marqués, Jorge Inglés puso su técnica más depurada en la pintura de los personajes oferentes: don Iñigo López de Mendoza y su esposa doña Catalina Suárez de Figueroa, a los cuales acompañaban sendos criados. El retrato del marqués, detallista a máximo, recoge la expresión de sabiduría y de enérgica voluntad que por la historia sabemos tuvo don Iñigo. Aun cuando retrata los últimos años, los de la decadencia física, del personaje, esa fuerza de espíritu que sabemos poseyó, sale clarísima en la pintura. La mujer es una dueña sencilla y sin más historia que la doméstica, aun reconociendo la perfecta caracterización que el pintor hace también de ella. El resto del retablo se completa con las figuras de los padres de la Iglesia en la predela, y con una amplia zona superior en la que varios ángeles revolotean ostentando entre sus manos amplios pergaminos en lo que se leen algunos de los «Gozos» que para la Virgen María compuso don Iñigo. Uno de esos Gozos acompaña en pergamino al retrato marquesal. En el actual retablo, una estatua gótica de la Virgen centra conjunto.

Destruido el hospital de Buitrago y su capilla, este retablo prosiguió siempre en poder de la casa ducal del Infantado, creada en la persona del hijo primogénito del marqués de Santillana. Así, fue trasladada al castillo de Viñuelas (en la provincia de Madrid) cuando dicho edificio fue adquirido, en el siglo pasado por los duques del Infantado a lo marqueses del Campo, sus anteriores propietarios, quienes a su vez lo adquirieron del Estado tras la Desamortización de Mendizábal. En este castillo de Viñuelas, el retablo de Jorge el Inglés ha permanecido muchos años en dificultosas condiciones para su admiración por parte de los aficionados al arte español y de los entusiastas de la figura del marqués. En aquella mansión de los duques guardaban grandes y valiosísimas colecciones de tapices, de pinturas, de armaduras y muebles, así como de muchas otras interesantes obras de arte heredadas de generaciones y generaciones del Infantado.

Pues bien. tanto este magnífico retablo como toda esa gran colección de obras de arte que sin duda entroncan directamente con la propia historia de la ciudad de Guadalajara, porque son parte de la historia de la familia Mendoza, han sido entregadas por sus dueños, los actuales duques del Infantado y marqués de Santillana, a la ciudad de Guadalajara, para que sean expuestas en las salas bajas del palacio del Infantado, en esas salas decoradas espléndidamente en el siglo XVI por Rómulo Cincinato y que han sido también recientemente restauradas con acierto pleno. Con ello el Museo Provincial alojado en el palacio acrecienta su valor y el interés para todos los alcarreños. Con ese retablo y esas piezas, más los documentos, libros y otras piezas que sean necesarias y que espontáneamente ceden los Infantado actuales, se va montar un «Museo de la ciudad de los Mendozas y del Palacio» en las dichas salas bajas, que elevará el interés del edificio de cara a cuantos alcarreños están interesados por estos temas, y de cara a un turismo culto que indudablemente se acrecentará con este motivo.

La vuelta del marqués de Santillana a Guadalajara es, pues, una realidad afortunada. Cuando en su día, que esperamos cercano, quede definitivamente instalada esta magna colección de obras de arte, la ciudad de Guadalajara brindará -si es que todavía ostenta con verdad el título de «muy noble» que reza el su titulación ciudadana-su homenaje de gratitud a esos Mendoza que hoy encarnan los duques del Infantado, y que con su gesto generoso, han escrito una nueva página d aquella inolvidable «Historia de Guadalajara y sus Mendozas» que hace casi medio siglo escribiera el cronista Layna Serrano como monumento bibliográfico de nuestra ciudad.