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julio 3rd, 1976:

Sigüenza… y al fin las almenas

 

Las del castillo, sí, que ya se alzan nuevamente, como un resorte de continuada vida, frente al azul inacabable y los horizontes rojos que siempre tuvieron para diálogo místico y guerrero. Será en estos días que hacen mediar al año de gracia de 1976 cuando el castillo-fortaleza que dio silueta y solera, cuando no pálpito y coraza a la ciudad de Sigüenza, se ponga en marcha nuevamente y dé su timbre neto de servicio y testimonio, ahora en forma de Parador Nacional, de albergue suntuoso, confortable y dignísimo para cuantos vengan a visitar esta ciudad inigualable, este burgo increíble y sorprendente que es y será por los siglos Sigüenza.

Aquí, ante su mole grandiosa, teñidas puertas y murallas del color rosado, del rubor vigoroso de la sangre que circuló por la vena común y mayor de los siglos medievales, nos paramos a rememorar sus pasos y vicisitudes. Con el ánimo sencillo de prestar al viajero una emoción, una inquietud por sentirse grano y bandera, sonoridad de trompeta que devuelvan amplificadas las altísimas almenas, y un hilo leve pero suficiente por donde enlazar su paso y su mirada a la corriente multisecular, ya eterna podríamos decir, de la vida de este castillo.

Aquí los romanos, sí, que situaron su castro en estratégica altura, vigilante de un valle como el del Henares que fue asiento, desde aquí hacia arriba, hacia Medinaceli, de importantes núcleos de población ibérica, y lugar de tránsito para cruzar de una meseta a otra, traspasando este alto, duro y frío corazón de España que son las sierras de Barahona, Pila y Guijosa. Aquí, quizás, un núcleo visigodo, vigilante también, mínimo, capaz de garantizar su poder tambaleante, traspasado a los árabes, que no dieron en ningún caso excesiva importancia a este roquedal parduzco.

Sigüenza nace, se hace, y canta para siempre, desde que en 1124 don Bernardo, obispo y guerrero, todo un signo y un emblema, se posesiona de este peñón. Alfonso VII hace donación de la alcazaba a él y a sus sucesores, y pocos años después, toda la ciudad riente, al borde del río, es ya patrimonio de la naciente mitra.

Un pequeño reino surgiría de ese grano, antiguo. Un caudaloso borbollón de vida y sueños y pétreas, contundentes realidades, El señorío episcopal de Sigüenza ha sido un golpe de historia que ha llenado siete siglos con fuerza tal que ahí se mantiene, hoy de nuevo al viento como un reto, su testimonio. Los obispos seguntinos hicieron en el castillo, dominando ciudad y vega, caserío y pinares, su palacio residencial, Arsenal y sala de justicia, fortín y cámara secreta. El castillo de Sigüenza es el sello ejemplar de una historia que fiel nos reclama: los nombres de don Cerebruno, don Rodrigo, don Joscelmo y don Martín. Jinetes y predicadores, frailes de todas las órdenes, aristócratas, santos, maquiavélicos, intrigantes, generosos, conquistadores, déspotas, sabios, capitanes, diplomáticos, escritores… el más abigarrado cuadro de personajes, el centenar más dispar y rico de figuras eclesiásticas que pueda reunir en la gavilla de una mitra episcopal la iglesia española, tuvo en este castillo su alta sede.

Pormenorizar sería interminable, y requeriría un buen rimero de cuartillas y una pausa larga en que asentarse. Los nombres de unos y otros, sus escudos timbrados de verdes borlas y capelos, sus recuerdos ligados a un portón, a un cubo, a una sala, o a un pozo, verá el viajero a cada paso que dé por el recinto de este castillo. Que sepa, eso sí, que aquí, entre estas docenas requebradas de paredes imperturbables, se ha fraguado mucha historia de España. Que un arroyo de recuerdos vivos brotan de sus almenas, y que, desde la lejanía, la silueta altiva de esta mole habla sin parar del señorío que en Sigüenza tuvieron unos hombres que fueron sus obispos.

Girón de Cisneros, González de Mendoza, López de Madrid y Díaz de la Guerra, en avanzadilla episcopal de una época pasada; la recluida doña Blanca de Borbón, que tanta leyenda dio a Sigüenza, y hasta dejó su nombre en legado a una sala del castillo; el doctor Layna Serrano y otros entusiastas que con él y como él lucharon, cuando el vacío parecía ser su consecuencia, por recuperar para todos y para siempre este edificio sin par; Fraga Iribarne, Sánchez Bella y Martín Gamero, ministros del Estado para el turismo, dados sinceramente a esta tarea; Martialay, con todos los más caros adjetivos, y Picardo, finalmente, el arquitecto… Sigüenza, en fin, y España toda, por las altas almenas de este castillo tienen puesta su bandera mejor, su voz más verdadera.