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octubre 11th, 1975:

Nacimiento y mocedad del río Ungría

 

Tuvo el Día de la Provincia, Celebrado el pasado domingo en El Casar de Talamanca, un suceso afable inmerso, y como desapercibido, entre las palabras y la música. Entre las rendijas de la fiesta se coló la presentación de un libro, de una nueva aportación bibliográfica que hace a la provincia la Institución de Cultura «Marqués de Santillana» Corrió la cosa entre amigos, por las manos de cuantos aficionan tierras y sentires alcarreños. El propio autor, Francisco García Marquina, con un montón de ejemplares bajo el brazo, y dedicando sonriente cada libro, poniendo en las portadas un trocito de corazón fue dando al público conocimiento de su obra que el año pasado consiguió el galardón «Camilo José Cela» para libros de viajes por Guadalajara. Se llama éste «Nacimiento y Mocedad del río Ungría», y además del prólogo de Cela, del académico de la Real de la Lengua Camilo José Cela, y del sabroso relato viajero de García Marquina, lleva unos dibujos encantadores y una presentación cuidada, con esmero. Son 125 páginas de amable, sabrosísima lectura, por la que pasa el alma cómoda y alegremente sintiendo vibrar las telas últimas de la tierra y el paisaje, acordándose por cada línea de tantas horas vividas en los umbríos caminos, bajo las sonoras choperas de junto al río que poco a poco nos van haciendo olvidar estas urgencias cotidianas de la movida ciudadana.

Desde Torija y Fuentes de la Alcarria, sigue la senda, saltando el delgado y hondo Ungría, por los términos de Valdesaz y Caspueñas, para unirse al Matayeguas más abajo en Valdeavellano y Atanzón. Cada pueblo tiene su molino, fatalmente abandonado o heroicamente vivido, y su costumbre y conseja. Cada recodo del camino, en fin, lleva el motivo de íntima fuerza telúrica que hace meditar al viajero.

Al hilo de un río hace García Marquina su viaje y su relato. Tomando como tantos otros hicieran antes; una cinta de agua por guía y compañera. De entre las pocas cosas que callada y sabiamente ponen hoy día su dedo en el corazón del hombre, están los tíos de la Alcarria, bordeados de, huertecillas yermas y, como éste de Ungría, molinos que perdieron su bandera de harina y leyenda. En ellos se refleja el nombre y la palabra de la gente de pana y azadón, de esos trabajadores silenciosos que se afanan «con trabajos ciertos y esperanzas inciertas» Y, por debajo de cada línea, la textura recia, templada en fría soledad y cálida sangre del pensamiento del autor; de un hombre que, fuera de su actividad profesional, por suerte para él, no limitada a tareas rutinarias), se ocupa en mirar la vida que le rodea, leer algunos libros, y pensar. ¿Un intelectual? Estoy seguro que no le cuadra esta palabra a García Marquina. Un vividor, sí, con el sentido ancho dilatado que esta palabra tiene cuando la vida discurre entre, las cuatro inmensas paredes del campo: ver amanecer cada día entre los árboles; oír, como primera noticia el rumor del agua; saber del porqué de cuanto le rodea con olor, con color y con distancia; y, en fin, buscar a cada instante la razón de la humana sinrazón, el sentido último del hombre, y sus conjuntos.

El libro que comentamos, «Nacimiento y mocedad del río Ungría», no es un libro de viajes. Es el libro de un viaje sólo, de una excursión que pudo hacerse en unas horas. Es el rescate, sin datos rimbombantes ni personajes famosos, de la historia. Porque también es historia el nacer y morir de los molinos, de las gentes que trabajan junto a ellos, y al fin se fueron a otros horizontes más oscuros. El derecho de lo humilde a su propia historia está aquí, en estas páginas sencillas, reivindicado.

De los muchos aciertos que lleva por sus páginas el libro, es el estilo. A poco de leer, salta la frase: «Esto huele a Cela» A lo superficial, y meramente visual sino el entramado sencillo de la de Cela, que no es, en definitiva, descripción de la realidad. García Marquina, él mismo, pone luego en la página 87 esa misma frase autocriticándose: “Opina que huele a Cela, especialmente en dos cosas: su amor a lo concreto y el elemento sorprendente” Y es a continuación el propio autor quien exime al crítico de su tarea, y dice la clave de estas páginas: «Pero se independiza por otras dos: el tratamiento psico­lógico y la dosis de naturaleza» dice Camilo en el prólogo, que es te libro lleva variadas actitudes y materiales: «la poesía, la sabiduría, la geografía, la historia, el cachondeo … » Uno no ve el cachondeo por ninguna parte. Baraja el humor sus cartas, y detrás de él va, como siempre, el más hondo dolor traspasado. En las páginas de García Marquina hay, sí de todo. Pero por encima se dibuja, como el humo de una fogata en la tarde de otoño, ya desvaída la luz, el dolor de la tie­rra. Y su esperanza.

En este comentario de urgencia no cabe más que la felicitación a Francisco García Marquina, maestro del decir, y a la Institución de Cultura «Marqués de Santillana» por habernos brindado impreso este delicioso relato caminero. Más adelante haremos cavilaciones sobre una y otra faceta de su diáfano paginar.

La geografía urbana de Sigüenza

 

Sigüenza, la de las mil caras, La de las mil proezas, la que en un repique de campanas se desentumece de mil años de historia, es un cofre abierto pleno de tesoros. Y es el principal de ellos su eco vivo, palpitante, de tiempo pasado, de historia bruñida, de arte exquisito. Sobre esos pórticos románicos, sobre esos enterramientos góticos y fachadas platerescas, vibra en Sigüenza, aún con más fuerza, la savia eterna del pueblo español, el fiel documento, tallado y viviente, de un modo de ser y de existir: en la evolución de esta ciudad, en su nacimiento, crecimiento y mil y un detalles urbanísticos, se encuentra escrita la magnífica, interesantísima y siempre aleccionadora historia del desarrollo de una ciudad hispana.

Hace ya años que un hombre estudió, ‑ porque primero amó y se empeñó en comprenderlo – el desarrollo de Sigüenza: estudio de geografía urbana dinámica que apareció en la revista de «estudios geográficos» en 1946, a las páginas 633 a 666, complementando con 8 figuras y planos, y siete láminas conteniendo el doble de fotografías. Magnífica aportación, no sólo al conocimiento y entendimiento consiguiente de la Ciudad Mitrada, sino sugestiva de muchas cosas que aún quedan por hacer y estudiar en nuestra provincia. Y ésta creemos que es si no a primordial, si una de las más dignas tareas que le cabe al científico, al humanista, al educador: no sólo la de descubrir y proclamar, no sólo la de compendiar y realizar síntesis, no sólo, en fin, la de sumar rimeros de conocimientos en las gentes, sino la de apuntar posibilidades de estudio, la de crear inquietudes, la de abrir caminos, aun sin luego hallarlos.

Pero no divaguemos y vayamos con este tema tan interesante. Estudia Terán en primer plano el asentamiento de Sigüenza en un terreno de diversos orígenes geológicos. Y pasa enseguida al análisis de los más antiguos asentamientos de la ciudad. Vemos así como fue primero asentamiento de los arévacos, pueblo celtíbero que incluso acuñó moneda en esta altura, quienes tuvieron su castro en lo alto de Villavieja, arriba de la cuesta que llaman de las Merinas. Conquistada por los romanos, éstos colocaron a Segontia en lo más hondo del valle justo en el lugar por donde discurría la calzada que desde Mérida subía a Zaragoza, a través de Arriaca y Segontia. De todos modos fue esta ciudad recostada en la parte de la Solana, a la derecha del río.

Siglos adelante, la población se trasladó al otro lado del Henares y ya consta que en tiempo de los árabes se distinguían, aunque muy pequeñas, pues su importancia fue eclipsada por la estratégica posición de Medinaceli, dos Sigüenzas: la «Alcalá» de los dominadores, en lo alto de la cuesta, donde hoy está el castillo, y la «Medina» de los mozárabes, en la parte de la vega. Fueron éstos quienes construyeron un primer templo a las orillas del río, que al llegar la época de la reconquista, serviría de primera y provisional sede catedralicia del naciente obispado: se trata de a actual ermita de Nuestra Señora de los Huertos. El ardor constructivo y organizador de don Bernardo de Agen primer obispo y señor de la Sigüenza eterna, hizo que se dedicara enseguida, a partir de 1124, a la construcción de la catedral románica y de la «Segontia inferior» que la rodeaba. Es en 1146 que Alfonso VII concede a. don Bernardo el dominio de la «Segontia Superior», con su castillo y otra porción de casas alrededor, determinando la unión administrativa del conjunto, aunque de hecho siguieron siendo dos ciudades separadas entre si por terreno vacío y rodeadas ambas, especialmente la superior de murallas. El crecimiento de Sigüenza supuso que uno y otro de estos dos grupos urbanísticos capitaneados respectivamente por la catedral y el castillo fueran creciendo de una manera centrífuga, derribando sus antiguas murallas y echándolas más lejos de la ciudad superior, como con verdadero detalle de entomólogo basado en relaciones coetáneas y documentos, nos refiere Terán. Fue en 1494 cuando el obispo don Pedro González de Mendoza asistió y propulsó la unión total de ambos núcleos, derribando la muralla que rodeaba a la catedral, y creando una plaza en el punto de enlace de los mismos, levantando una hilera de casas soportaladas en el borde del barranco del Vadillo, que nada tenía hasta entonces. Hoy en día se pueden contemplar, a través de arcos y murallones, los diversos cinturones pétreos que Sigüenza ha tenido. Será después, en fin, la Sigüenza barroca que en el barrio de San Roque encuentra su dimensión y su pauta de crecimiento, por virtud del empuje e iniciativa del obispo don Juan Díaz de la Guerra, que arriba hasta lo que entonces, en el siglo XVIII, eran orillas del Henares, con la ermita de los Huertos, la del Humilladero y el convento de franciscanas, (hoy Ursulinas) simples afueras. También creció Sigüenza, en el siglo XIX, hacia la parte occidental, cayendo por el declive del arroyo de Valmedina. Un barrio de agricultores, totalmente rural, se vio capitaneado por la iglesia de Santa María, que se acabó en 1833, y limitando al norte por el colegio de Jerónimos y la Universidad, hoy Seminario y Palacio Episcopal, respectivamente.

Siguió Sigüenza extendiéndose, creando barrios y calles a lo largo del siglo XIX, en tono burgués discreto, cuando no, humilde, hacia el norte, siendo un nuevo eje de atracción desde 1860, la estación del ferrocarril, que parecía iba a dar nueva vida a la ciudad. Hoy es esa misma vega del Henares y la parte nororiental hacia la carretera de Guijosa y Alcuneza, la que está viendo su crecer continuado.

El estudio de Terán no para sin embargo, en este análisis dinámico arquitectural. Acomete después el pormenor, a través de los siglos, de la curva demográfica, que vemos ascender desde el siglo XVI al XVII, luego bajar, y subir levemente en el XIX para estacionarse hasta nuestros días, en que de nuevo se dispara hacia arriba. Es también la actividad de la población, desde la baja Edad Media, hasta nuestros días, la que en este trabajo magnífico se analiza con detalle. De como una ciudad eminentemente guerrera y eclesiástica pasa a ser un típico burgo medieval, y posteriormente su, centraje en la agricultura, el pequeño comercio que proporcionan las ferias, y el hundimiento progresivo que, en nuestra era industrial, supone para la ciudad él carecer de este recurso. En los, últimos años es esta faceta de la pequeña industria, y el filón creciente y pletórico del turismo, lo que está haciendo cobrar un nuevo impulso a la Ciudad Mitrada. Termina Terán con un epígrafe valiosísimo: el estudio de la fisonomía urbana en lo que se refiere a trazas de calles, estructuras de edificios, externas e internas, sus agrupamientos por parroquias, tipos de viviendas, de comercios, etc., con magníficos dibujos.

El valor de este trabajo lo vemos, no sólo por el que en sí tiene de definidor de un latido y serena apreciación de un devenir ciudadano, sino por lo que de camino abierto supone en este tipo de incógnitas provinciales. No es total ni exhaustivo, por supuesto. El doctor Martínez Gómez-Gordo, cronista actual de la ciudad y gran conocedor y estudioso de toda su historia y entresijos, está preparando, con enfoque amplio, este análisis de geografía e historia urbanística. De otras poblaciones de la provincia hay ya algo hecho. El doctor Layna Serrano, en su «Historia de la villa de Atienza», nos dio una visión, aunque no unitaria, si total, del desarrollo urbanístico, entroncado con la historia propia, de la villa serrana. Recientemente ha sido Aurora García Ballesteros quien ha realizado un amplio estudio, todavía inédito, acerca de este mismo tema en la ciudad de Guadalajara. Con todo, es esto muy poco si lo comparamos con lo que queda por hacer. Lugares de gran interés histórico, como Molina de Aragón, Zorita de los Canes, Brihuega y Pastrana, esperan este análisis de historia urbanística: el influjo de sus primitivos pobladores: el crecimiento en torno a un castillo o palacio; la creación de nuevos barrios a costa de industrias o mercados; sus murallas y sus extrarradios; sus actividades comerciales y agrícolas, todo ello enlazado con la historia del lugar correspondiente. Buen ejemplo, y buena guía de líneas magistrales es el libro de Henri Pirenne «Las ciudades de la Edad Media», que aclara muchos puntos en torno a la dinámica del crecimiento aldeano y burgués. Pero es todavía otro el camino que, no ya sólo cómo posibilidad, sino como ineludible y perentoria necesidad, espera a quienes quieran trabajar por estas trochas de Guadalajara. Se trata del rescate, documental, gráfico y aún histórico, con sus correspondientes cargas de folklore y etnología, de la arquitectura popular de nuestra tierra, en trance de desaparición. Sirva de pauta y ejemplo esa obra colosal que Carlos Flores ha escrito «Arquitectura popular española», y que, en nuestra opinión, debe ser llevada aún más lejos: fotografías o dibujos de todos los edificios con sabor tradicional; de las calles y plazas, de sus emplazamientos… y su catalogación y archivo. La tarea es, pues, inacabable, sugestiva e inaplazable, Creemos que podría ser un modo de comenzar a trabajar para ese elevado número de jóvenes que en Guadalajara desean realizar una tarea cultural, de cara no sólo a un intimismo de grupo, sino frente a la sociedad y a la historia. Es un verdadero compromiso en el que se abren mil caminos.