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Molina: la casa del Virrey de Manila

Vista de Manila en la fachada del palacio de Valdés Tamón en Molina de Aragón. En Septiembre de 1975.

Ha recobrado repentina actualidad el viejo caserón que en Molina de Aragón conocen por la casona o palacio del virrey de Manila, a raíz de unas reformas que en el mismo se proyectan, pues, la cara que el progreso presenta en esto de las construcciones y la especulación del suelo no se detiene ante las joyas que el pasado nos ha legado, como fruto y testimonio de la vida de otras épocas. Cuando un tanto por cierto enorme de terreno hispano es aún estéril campo yerto, a la gente se le ocurre hacer casas derribando las que desde antiguos siglos mantienen su apostura, en vez de irse a las afueras de las poblaciones donde el aire libre y la tranquilidad están  más que garantizadas. El caso es que en Molina se proyectan reformas que, para que los molineses, ese pueblo noble que siempre amó y luchó por sus tradiciones, sepa la importancia de esta vieja mansión, sus fundamentos e historia su valor ambiental e incluso artístico, su múltiple categoría histórica‑artístico-sociológica, damos aquí sucinta relación y glosa, que hubiéramos querido fuera más abundante, y creemos que cualquier molinés amante de sus cosas hallará suficiente material en el archivo de su Ayuntamiento para conformar la historia total  que el monumento está pidiendo.

Vamos con su historia. Fue construido este palacio por don Fernando de Valdés y Tamón, a partir de 1740, cuando, después de diez años de apurados y enojosos asuntos en el lejano océano, dejó su cargo de gobernador o virrey de las islas Filipinas. Natural de Asturias, «era Valdés sujeto muy acreditado en la milicia por sus conocimientos y valor, y tan elocuente que arrebataba con su palabra a cuantos le escuchaban» (1). Fue nombrado caballero de la Orden de Santiago, y primer capitán de Guardias españoles, siendo designado por gobernador de Filipinas el 4 de agosto de 1729. Sus dos lustros estuvieron llenos de aciertos por una parte, y por otra de peligros pues si a su decisión se deben la fortificación de todas las islas, el aumento de producción naviera en los astilleros de Cavite, la reconstrucción de los almacenes reales de Manila y la erección de nueva planta de la Casa Ayuntamiento de dicha ciudad, por otra parte tuvo que vérselas a menudo contra las huestes de piratas moros que venían de Joló y otras islas, auxiliados por tropas ho­landesas enemigas dé España (2).

Regresado a España, y muy considerado por el gobierno de los borbones, conoció a una Joven de acreditada familia noble molinesa, en Madrid, en una corrida de toros, y habiéndose enamorado de ella la cortejó y visitó en Molina, donde dio una gran corrida de toros en la Plaza de San Pedro, a su costa. Fue, rápido el noviazgo y casorio, y don Fernando decidió construirse casa en Molina, aunque luego la usara poco. Puso su escudo de armas sobre la puerta, cubrió de pinturas la machada principal, y llenó la casa de cuadros. (Según la tradición, los hizo llevar en tan gran cantidad, que se precisaron mil mulas para llevarlos todos), de tapices, de lámparas, de joyas y muebles suntuarios que hacían del palacio un lugar de las «mil y una noches». Allí vivó el matrimonio feliz algunas temporadas, y al fin fue vendido por sus descendientes al Brigadier Vigil de Quiñones, bajo cuyo nombre se ha conocido últimamente el palacio, hasta que esta distinguida familia lo ha vendido recientemente, a otras personas que proyectan las mencionadas reformas (3).

Entre los muchos valores que, como hemos dicho, posee este palacio del virrey de Manila, es quizás el más notable la fuerza ambiental y de carácter que confiere al entorno en que se ubica. Toda una corriente social, un modo de vivir, un aire de nobleza y cosmopolitismo rezuma cada piedra, cada detalle ornamental, cada color que desprende. Su estructura palaciega, a base de la gran puerta barroca y blasonada, de las ventanas enrejadas, los balcones volados, los aleros grandilocuentes la escalera noble, hacen en su conjunto un palpitante símbolo de una época que, nos gusta o no, ha conformado nuestro país nuestra raza, y a ella nos debemos tanto como al futuro.

Pasando a los detalles, es preciso señalar el aire riberesco, de palacio barroco madrileño, que su puerta principal encierra. Son nobles las hiladas uniformes de la guarnición de clavos. Son resonantes las molduras retorcidas que contornean el gran vano. Son sobrecogedoras las armas nobiliarias del apellido, que aparece coronado y sostenido de ángeles, escoltado de trompetas, tambores, lanzas y cañones como correspondía a un capitán que puso el sello de España en los recónditos mares de las últimas Indias.

Ni una astilla de madera, ni una mota del polvo de su fachada puede tocarse en este palacio, porque es una larga y heroica historia la que por ellas habla. 

Los vanos de la fachada conforman en su distribución, alternados con grandes plafones, siete en total, donde aparecen las pinturas, un conjunto de gran valor artístico. Dos ventanas molduradas al estilo de la puerta aparecen escoltándola. Y seis blasones distribuidos en dos pisos, ocupan el resto. Entre ellos surgen las pinturas, que en forma de grandes paneles horizontales, representan escenas variadas que ahora describimos, complementadas por frases en latín. Son los paneles de la línea superior los mejor conservados, al haber sido protegidos de la lluvia y el sol por el gran alero que los cobija. Los de la línea inferior han sufrido más y hoy son apenas identificables. 

Situándonos frente a la fachada, de izquierda a derecha y de arriba abajo, aparecen estos temas: 1‑ pintura de variados y fuertes colores, en la que, ante un fondo de columnas, aparece un anciano leyendo y meditando, y a su lado otros varios sujetos que hablan y discuten. Se corona con esta leyenda: PHILOSCPHIA / CLAVIS OMNVM / SCIENTARUM.

El que le sigue a la derecha es el más grande de los paneles. Se ve una gran ciudad en aspecto panorámico, con edificios que quieren ser retratos, y, variadas especies vegetales exóticas. Sobre el conjunto se ven las siglas IHS, y abajo, en una cartela, aparece el nombre de MANILA, indicando ser esa la  ciudad representada. Sobre los árboles aún se distinguen sus nombres escritos: MANCANO / CACAO / PLATANO. En el tercer panel se ve un ángel con un palo o espada en una mano y un escudo en la otra. Sobre la composición se lee: COELVM. Spe / CVLANDO TERR / AM. ET AEOVOR / ARARE. DOCET. En el cuarto se ven unas figuras de imposible identificación y una frase ya borrosa: REIE TOR… / DEL RTAT… / AT. QUE… También en la línea inferior de pinturas, y de izquierda a derecha, vemos tres paneles. En el primero vemos cómo un ángel muestra a una mujer un cuadro ovalado en el que está pintada la Virgen; mientras unas niñas juegan al pie de la composición la leyenda dice así: PICTVRA / OMNARETE / TOVANVSM / ­TAL… OVATV…

En el siguiente panel no se distingue dibujo alguno, y sólo la palabra MITIGATVR, y ya por fin en el último ni siquiera esce­na ni palabra puede identificar se. Vemos, pues que aunque muy maltratadas por el tiempo estas pinturas de la fachada del palacio del virrey de Manija, si encierran el valor y el interés suficientes como para ser respetadas y aún restauradas. Es difícil captar su sentido total, al faltar más de la mitad de los temas, pero parece estar relacionado el conjunto con 1 aspectos de la vida, y anécdotas de los viajes del virrey Valdés. Así el retrato de la ciudad de Manila, que gobernó diez años o la escena que encomia a la filosofía como llave de todas las ciencias, o aquella en que se alude a la unión de los tres elementos, cielo, tierra y mares, en los que dominó el magnate, o, en fin esa otra más tierna y fácil de captar en la que parece aludirse al origen milagroso de una pintura que, en su innumerable colección albergaba el virrey dentro del palacio.

De todas las riquezas que en el interior se conservaban quedó aún menos que de las pinturas de la fachada. La invasión de los franceses vació por completo de tapices, cuadros y joyas el palacio. Es tradición que se salvó una colcha magnífica, y los Vigil la regalaron a la parroquia de Sari Gil, haciendo con ella un Palio que aún se conserva. Esperamos y deseamos, que hoy no ocurra, en este final de nuestro culto siglo XX, como en anteriores etapas de barbarie, y el palacio de los Vigil de Quiñones, construido por el virrey de Filipinas don Fernando de Valdés, siga manteniendo en Molina intacta su hidalga presencia, y confiriendo con ella ese aire de ciudad noble y acrisolada que siempre tuvo, y a toda costa hemos de mantener.

Notas

(1) GOVANTES, F. M.: Compendio de la Historia de Filipinas. Manila, 1877; pp. 262­264.
(2) MONTERO Y VIDAL: Historia general de Filipinas, tomo I Cf. Fr. Juan de la Concepción, en su «Historia general de Philipinas», 1788, y Cf. Pradera Cortázar, en “Diccionario de Historia, de España”, tomo III, p. 882.
(3) Algunas de estas noticias me han sido facilitadas gentilmente por una persona amante y conocedora de las cosas de Molina, que prefiere no aparezca su nombre en letras de molde.

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