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Viaje a la leyenda: Montesinos

Ermita de Nuestra Señora de Montesinos, en término de Cobeta

Hay lugares en la provincia de Guadalajara, que por tan lejanos de la capital y hundidos en el silencio de las altas soledades pinariegas, no son conocidos del gran público, que debiera, cuando menos, tener noción de su existencia. Algo así ocurre con uno de los paisajes del señorío de Molina de Aragón, donde la salvaje belleza natural se mezcla al ferviente recitar de la leyenda mariana.

Más allá de Riba de Saelices, después de cruzar Huertahernando y admirar el imperdurable soliquio románico‑cisterciense de Buenafuente, está la región de Cobeta. Primero el Villar, con su iglesia cuajada de curiosas obras de arte. Luego la Olmeda, casi ahogada del sabinar milenario; y al fin, Cobeta, de grandes y rojizas casonas, donde huele siempre a pino y la sombra alargada del castillo se refleja por tejados y callejuelas. Cuando el cronista quiere decir los pasos de su viaje por estas parajes, se le agolpan las ideas y la mano se desmanda escribiendo los recuerdos alborotadamente.

Es el otoño. Por encima de los mil doscientos metros de altitud ya no calienta el sol: apenas acaricia su calor. La brisa imperceptible, que en medio del pinar levanta un eco metálico y profundo, va adelgazándose hacia el sur, por donde el Tajo se adivina hundido entre barrancos grises. Las sabinas Y enebros de ajada piel secular, olorosa entre los dedos. Los pinos luego, altos y elegantes como figuras de un salón gigantesco. Y aquí y allá los manchones rojizos Y amarillentos, suavemente gritadores de los rebollares bajos, que apagan su andar veraniego en el fuego final de la otoñada. Un par de aves de presa se columpian en el cielo. No se oye nada.

A Cobeta se llega por carretera asfaltada. Recostada en una loma orientada al sur, su faz es acromegálica y gigantesca. Una iglesia enorme en la plaza, una iglesia de lisos paredones y altas campanas, que dentro luce un vulgar altar barroco, un sobrecogedor Cristo gótico y una pila bautismal románica con frases en latín que apenas se entienden. Luego las casas, las calles empinadas y cómodas, los ventanales cubiertos de anchas rejas negras, y en la plaza un animado coloquio de aldeanos trajeados de buena pana oscura, aprovechando el solecillo de mediodía que parece llenar de sonrisa sus mofletes a la salida de misa de doce.

Este cronista y sus acompañantes pasó un rato inolvidable, agradabilísimo, con los simpáticos vecinos de Cobeta, que le invitaron a un vaso de vino y le dejaron comerse un plato entero de olivas. Entre una y otra fueron cayendo las memorias y brotando las brasas vivas de la tradición. Sonaron coplas, se explicaron los modos de construcción de los «chozones de barda», se elucubró sobre los remotísimos orígenes del castillo que domina al pueblo sobre un otero, falto ya de cetros y coronas, y al fin, salió el tema mariano, al que tan afiliados están los hombres molineses. Pasan y repasan sobre la piel de sus días las preocupaciones y los temores, los asuntos económicos, políticos y sociales. Pero hay siempre un fondo que no ceja, una callada voz que se mantiene en pie, generación tras generación, sin apagarse: en cada pueblo surge la tradición de un aparecimiento, de algún sonado milagro, y siempre el rostro dulce, el manto rojo y azul de una Virgen chiquita, heredera secular de un ansia psicológica de la perdurabilidad materna.

En Cobeta nos hablaron de Montesinos, de la Virgen y la ermita de Montesinos, colocada en la orilla del río Arandilla, en medio de un bosque de fábula. Al viajero que todos los temas le atarean, cuando tienen que ver con los pueblos y las gentes de Guadalajara, se le fueron los deseos de subir al castillo, ya visto desde abajo, y los cambió enseguida por los de la aventura, casi misteriosa y bastante difícil, de llegarse a la ermita mentada. Por considerar casi imposible llegar a ella con su coche los aldeanos se brindaron a guiarnos. Al fin se explicaron claramente y despacio; quien esto escribe se armó de valor, y con sus acompañantes se hundió en la cerrada espesura del pinar, cruzando los caminos más desiguales y difíciles que jamás vio, perdiéndose alguna vez, y llegando al fin hasta la ermita, que todavía, al recordarla, arranca un acorde de emoción por su espinazo.

Colgada en una rápida bajada del bosque, en la orilla del río Arandilla, frente a unos roquedales rojizos y enhiestos, muy parecidos a los que sobre el río Gallo forma la geología de la Hoz, está el Santuario de la Virgen de Montesinos, formado por una gran ermita alargada y de estructura muy sencilla, con una puerta semicircular de tradición románica, cubierta de curiosa guarnición de clavos y forja. Otros dos edificios, la hostería y unas corralizas, forman el resto del conjunto.

Fue allí, en ese ahogado y salvaje lugar del señorío molinés, donde la Virgen se apareció a una pastorcilla manca, según nos cuenta García Perdices, en la página 52 de su obra «Cual Aurora Naciente», quien desde allí viajó al castillo de Alpetea, situado a la orilla del río Tajo, a pedir al alcaide moro que por entonces le ocupaba, y a quien llamaban Montesinos, que fuese al lugar de la aparición, «donde hallaría lo que más le convenía». Los aldeanos de Cobeta nos decían cómo fue el moro allá, se convirtió al cristianismo y edificó un santuario en honor de la Virgen que tomó su propio nombre. Fue hasta su muerte gran protector de los cristianos. En la iglesia parroquial de la Olmeda de Cobeta, existe un lienzo representando la aparición de esta Virgen, en que se ve a María sobre un árbol, y un príncipe moro, con un aldeano a su lado, postrados de rodillas ante ella.

Aún se conserva el rito folklórico, por aquellos lugares, de la llamada «fiesta de las siete banderas», que consiste en una alegre y numerosa romería de los pueblos de Cobeta, El Villar y la Olmeda, Torremocha del Pinar, Aragoncillo y Anquela, la víspera de la fiesta de la Ascensión, a la que cada pueblo lleva alta y coloreada su bandera o pendón. Decían en Cobeta que siempre era el suyo el más alto, y que en cierta ocasión llevaron Uno más alto aún que la torre de las campanas de su iglesia parroquial.

Es verdaderamente reconfortante comprobar cómo perviven estas sinceras y hermosas tradiciones Populares, enraizadas absolutamente en el cotidiano vivir de las gentes. Las apariciones de la Virgen en lugares abruptos, las leyendas de moros, príncipes y pastores; las fiestas populares donde la fuerza de los mozos y la alegría espontánea es el principal motivo… todo ello nos hace ricos y felices, hondamente humanos, fielmente ligados al vivir de nuestros mayores. En este «viaje a la leyenda», que tenía por meta la ermita, de Montesinos, en el río Arandilla, entre los pliegues verdes y húmedos del señorío de Molina, es algo que recomiendo a todos cuantos sientan de verdad Palpitar su corazón por las cosas, hondas y sencillas, pero tenazmente válidas, de nuestra provincia de Guadalajara.

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