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mayo 25th, 1990:

Santa María se despereza

 

Nos ha cogido a todos como de sorpresa. Un buen día, hace escasas fechas, la iglesia de Santa María, la de la Fuente, la de la Mayor, la Concatedral, la capitana de las iglesias arriacenses, ha despertado de un largo sueño. Como estirando los brazos, en un leve contorsionismo, abriendo la boca y frotándose los ojos, se ha quitado de enmedio las sábanas que la cubrían y se ha puesto en pie, dispuesta a vivir ese nuevo día resplandeciente que a las figuras hermosas les corresponde.

Tanta figura literaria pretende sólo demostrar nuestra alegría por algo que ya no es noticia, que ya todos saben: cayó por la piqueta la casa que durante mucho tiempo había cubierto la portada y el atrio de la iglesia de Santa María, y el aspecto del templo ha cobrado una nueva dimensión. Cuando la mañana del domingo pasado, que era brillante y única porque reía por tus ojos, pasamos delante del templo, sonando las campanas y dando voces los capiteles, los ladrillos y los portalones de arabesco diseño, fué como un descubrimiento, como si a nuestra alegría se añadiera la voz de terciopelo y rasos de este viejo edificio.

La oportunidad de poner en valor un nuevo elemento de nuestro patrimonio artístico, le viene al Ayuntamiento como a las manos, dulce como un perro agradecido. Sacar a la luz la figura completa de este templo peculiar y único, dar en estampa viva la línea de su atrio porticado, de su portada occidental tan aparente, y ofrecer desde nuevos puntos de vista un edificio que define la silueta del burgo, es la posibilidad que ahora se ofrece. El Ayuntamiento, que tiene una responsabilidad trascendente (que se entienda bien esta palabra) y que ha de atender antes a los intereses generales que a los particulares, ahora puede demostrar su voluntad de ejercer el poder como le corresponde. Y evitar que en ese solar se construya otra vez, tapando quizás para siempre un monumento que acaba de recobrar su multisecular esencia al ser mostrado completo y en su jsta dimensión de grandiosidad.

Se añadió el hecho anecdótico que, en el derribo de la referida casa, han aparecido algunos nuevos capiteles de ese «estilo renacimiento alcarreño» que forman el remate de las columnas de la galería del templo, y que también existen en otras casas (antiguas) de la cuesta de San Miguel y de la calle de Creus. Pertenecían al palacio del Cardenal Mendoza, que ocupaba frente a Santa María el esquinazo donde hoy se levanta el Colegio Público y Escuela de Idiomas, y que se destruyó por un incendio en el siglo XVIII. Esos capiteles bien pueden ser un obsequio del azar ante el dominio que el hombre (el Ayuntamiento en este caso) puede demostrar frente a la contingencia.  

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Y ahora, por si quieres recordar el valor eterno, renovado siempre, y a punto de ser descubierto, de la iglesia de Santa María, esta descripción de su corpacho ladrillero y mudéjar. Su torre es un emblema, sus puertas una expresión de veteranía y raíces. Si silueta un escorzo definitorio y aprovechable.

Se trata de una iglesia mudéjar, del siglo XIII. Su nombre es de Santa María de la Fuente la Mayor, pues tuvo una fuente delante, hoy trasla­dada a la plazuela que la flanquea en su costado norte, y es la iglesia principal de la ciudad, hoy elevada a categoría de Concate­dral. Conserva de la primitiva construcción gran parte del exterior del templo. Sobre el muro de poniente está la puerta de ingreso al templo. Sobre el muro meridional, otra puerta, apareciendo un tercer ingreso, hoy condenado, en el muro de la antigua sacristía, que se adhería a este costado del templo. Estas puertas constituyen unos magníficos ejemplos de estilo mudéjar, y se forman con arcos de herra­dura apuntados o aquillados, de tradición siria. De ladrillo visto, en toda su estructura, el arco propiamente dicho se forma con resaltes de ladrillo en disposición radiada, contorneándose por una hilada de ladrillo que a trechos forma lazadas sencillas, incluyendo en el interior de ellas fragmentos cerámicos de color verde, el color del Profeta. Se flanquean de aplanadas pilastras, y en el alfiz muestran, la occidental, una deco­racion en resaltes de ladrillos dispuestos en radiación convergente hacia el centro de la puerta, mientras que en la meridional este alfiz se constituye por tres pequeños arquitos que repiten la misma disposi­ción que la portada, marcando una imposta del mismo material. La puerta de la antigua sacristía repite la estructura de la principal.

La torre, tan airosa y expresiva, se adosa al muro meridional, cerca de la cabecera del templo. Existen indicios de que antiguamente estuvo aislada del resto del edificio. Es de planta cuadrada, con gruesos muros de mampostería revestidos de ladrillo, horadados solamente, en sus dos cuerpos inferiores, por estrechas saeteras que iluminan una interesan­te escalera que asciende hasta el cuerpo de las campanas, en que estas aparecen cobijadas por arcos de medio punto, muy elevados, enmarcados por líneas de ladrillo profusamente decoradas a base de juegos y combinaciones con este material. Rematando este cuerpo, airosa cornisa también de ladrillo, y encima otro cuerpo, más moderno, del siglo XVI, que remata en chapitel de estilo madrileño.

Ambos muros se circuyen por airosa porticada sostenida por altas columnas que rematan en capiteles de estilo Renacimiento alcarreño. El resto de los muros del templo se forman por hiladas de ladrillo entre el mampuesto, con enfoscados de diversos tipos. Sobre el crucero resalta una linterna, cuadrada, también de ladrillo, puesta a comien­zos del siglo XVII, y encima la veleta que generalmente dice donde está el Sur, porque es de ahí donde en Guadalajara sopla el viento.

Ahora que la hemos visto así, en pie y completa, todos queremos a Santa María desvelada, desperezada y riente. Nueva otra vez, generosa de color, de siglos, con esa danza que tiene en su sonoridad tan pura. ¿Será ésta una parte de nuestra búsqueda? El sentido de la vida está en buscarle el sentido. Delante de la iglesia de Santa María en Guadalajara, hoy y el domingo pasado se lo hemos encontrado un poco.