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septiembre 26th, 2014:

Luis de Lucena, un paisano con prosapia

El escudo de armas que quiso utilizar Luis de Lucena es un trasunto de su empuje espiritual

De los elementos patrimoniales de la ciudad alcarreña, la capilla de Luis de Lucena es uno de los más curiosos porque no se parece a ningún otro. Resto único de la iglesia de San Miguel, tiene elementos mudéjares y manieristas formando un conjunto que atrae cada año a miles de visitantes. Aquí veremos hoy un breve memorial de la vida de su promotor, un alcarreño del siglo dieciséis.

Vivió Luis de Lucena en su niñez y juventud los años dorados en que don Iñigo López de Mendoza, segundo duque del Infantado, levantaba su gran palacio gótico‑mudéjar. Y los vivió en Guadalajara. Llegada la edad del estudio, quizás fue a Alcalá, quizás a Montpellier. No hay papeles que lo confirmen. Pero estudió, de eso no hay duda, y se hizo doctor en Medicina. Tras terminar la carrera, fuese a Toulouse, donde se quedó a residir y ejercer la profesión. Estando allí, en 1523, publicó un libro que poco antes había compuesto. Le preocupaban entonces los temas de la salud pública, y su enemiga, la callada y misteriosa enfermedad de la peste, y la obra se dirige al atento cuidado de la Peste y los útiles remedios contra esta enfermedad.

Hasta ahora, todos cuantos se habían ocupado de Lucena, le hacían eclesiástico al tiempo que médico. E incluso ha habido autores, que le hicieron cura párroco del lugar de Torrejón. Hubo un tiempo en que lo llegué a dudar, y que el único clérigo de la familia habría sido don Antonio Núñez, también canónigo, su hermano. No hay duda de que don Antonio fue cura párroco de Torrejón de Alcolea (hoy Torrejón del Rey) y de las Camarmas (Camarma del Caño y Camarma de Esteruelas) pueblecillos todos pertenecientes entonces al alfoz o común de Guadalajara, en su sesma del Campo, en el pequeño valle del río Torote. Consta en esos documentos que el canónigo Antonio Núñez se hizo construir una casa con granero en Camarma del Caño, así como que Lucena dejó bastantes bienes, fundamentalmente olivares, en el término de Torrejón, para acrecentar los fondos de su fundación pía. Las investigaciones más recientes de Liliana Campos concluyen que Luis de Lucena fue también clérigo. Así es que en eso quedamos.

No fue la dulce Francia el destino último de nuestro personaje, sino los más equilibrados confines de la península itálica, en donde radicó dos largas temporadas de su vida, la última de ellas, y definitiva, desde 1540 a 1552, año de su muerte. Es la época de los grandes Pontífices humanistas, pasado el tumulto de Julio II y sus choques apasionados con Miguel Angel, vienen al solio los más mesurados Médicis, León X, y Clemente VII, este último, Julio, muerto en 1534. Son luego Paulo III, el romano Alejandro Farnesio, y Julio III, Juan María Ciocchi, los que gobernarán a la Ciudad Eterna y sus grandes estados durante la estancia en ellos de Luis de Lucena. En esa época culmina la actividad de Academias particulares, regidas y protegidas por grandes mecenas, generalmente eclesiásticos. A la grande reunión del Cardenal Colonna fue a la que solía acudir Lucena en Roma, y allí compartir estudios y esperanzas, abrir nuevos caminos al saber y lanzar preguntas repetidas sobre el mundo, con otros humanistas españoles. De las relaciones que el Dr. Luis de Lucena tuvo en Roma podemos colegir la importancia de este compatriota en el ancho campo de la general sabiduría. Las citas que de él dieron unos y otros en sus libros, permiten considerar el rango de actividad y dignidad alcanzado por este hombre.

Con Páez de Castro, el humanista que en el pueblo de Quer vio la primera luz y allí, entre libros, códices y reales crónicas dejó la vida, tuvo gran amistad Lucena en la capital romana. Decía Páez que con él tenía mucha conversación y le profesaba un gran afecto. Y aún nos revela el historiador alcarreño, en las cartas a Zurita, un dato misterioso y hasta ahora poco tenido en cuenta, relativo a la personalidad de Lucena: Del doctor Lucena ‑dice Páez‑ tengo entendido es aficionado a secretos naturales. Por ahí le vemos ya como un preocupado del espíritu, ¿quizás en los predios de la parasicología?  Indudablemente, no como alquimista, dado el sentido humanista y racional de su vida.

Con el también español Juan Ginés de Sepúlveda tuvo gran amistad el alcarreño: en 1549, don Luis escribió a Juan Ginés, celebrando la intención de este último de ir a Roma donde  ‑dice Lucena‑ es tan grande el comercio intelectual, y hasta las murallas y las ruinas son escuela de erudición. Con el erudito don Diego de Neila trabajó también, llevando en común la tarea de corregir y editar el Breviario del Cardenal Quiñones, encargo hecho por Clemente VII, y que no se llegó a publicar hasta el Pontificado de Paulo III. De otros eruditos hispanos que en Roma amistaban con Lucena, nos quedan noticias en el testamento que redactó pocos días antes de su muerte. Con Ginés de Reina Lugo, con Francisco de Juan Pérez, con Diego Ruiz Rubiano y Juan Bautista Otonel de Gerona tuvo relaciones. La mezcla que con ellos se hacen otros nombres europeos, flamencos especialmente, nos llevan a pensar en un cierto grado de inclinación hacia algunas de las directrices religiosas y de pensamiento que tan en boga estaban durante aquellas fechas. Sabido es que el reinado de Carlos V es, no solo en el plano grandilocuente de las Dietas y los choques contra luteranos, sino en el soterrado de los alumbrados, erasmistas y otras sectas, un auténtico hervidero de disidentes reformistas, en cuyo papel no es difícil ver a Luis de Lucena. Sabido de todos es que la corte de los Mendoza, en Guadalajara y Pastrana, fue el núcleo más numeroso de estos preocupados del espíritu, y que hacia 1520‑1525 la Inquisición comenzó a hacer la limpia de todos ellos. ¿No es por entonces cuando nuestro doctor Lucena se va a Francia (escribe el libro en 1523) y luego a Roma?

En la Ciudad Eterna, acudió también Luis de Lucena a la «Academia dei Virtuosi», mantenida por el cardenal Domenico Grimani, gran amigo de Erasmo de Rotterdam. Formaba este estudio uno de los círculos heterodoxos que se movían a la sazón en Roma. Otro grupo destacado de intelectuales era el de Viterbo que seguía a Valdés y en el que había un grupo de españoles que en esa época intervienen, muchos de ellos heterodoxos y espiritualistas. Así, aparecen diversos individuos que se formaron en la Universidad de Alcalá, como Sepúlveda y el alcarreño Páez de Castro. También anduvo en el tema el «embajador» Diego Hurtado de Mendoza, primo del duque del Infantado, y con todos ellos Lucena. Trabajó éste junto a Diego de Mila en la traducción del Breviario Reformado del cardenal Quiñones, tenido por heterodoxo, formando todos ellos parte de un grupo denominado de bayanos de ciertos tintes erasmistas.

Un interesante estudio de la profesora Calí, en el que hace revisión de este ambiente romano, intelectual y artístico, de las Academias humanistas, menciona una y otra vez a Lucena, de quien argumenta ser uno de sus más dinámicos animadores, y decididamente un importante humanista que debió desarrollar su actividad en Italia por estar impedido de volver a España, a causa de sus ideas un tanto reformistas.

Antes de marcharse al extranjero, Lucena se dedicó a recorrer España en busca de antigüedades romanas. El Renacimiento, el afán de vuelta a lo antiguo, apunta uno de sus objetivos de sabiduría al conocimiento de la epigrafía griega y romana. Cada piedra hallada, con cuatro letras dispersas y medio borrosas que tuviera, ya se consideraba un importante objeto de estudio. Don Luis buscó en los lugares de positivo interés arqueológico, desenterró lápidas, y copió sus inscripciones. Formó luego un pequeño tomo con ellas y se las llevó a Italia, donde dio forma a su estudio, que tituló Inscriptiones aliquot collectae ex ipsis Saxis a Ludovico Lucena, Hispano Médico, y que en 1546 ingresó en los archivos del Vaticano, de donde, a fines del siglo XVIII, fue copiado por don Francisco Cerdá y Rico, y llevada la copia a la Academia de la Historia de Madrid. En esta actividad de erudito arqueólogo le menciona Ambrosio de Morales, en sus «Antigüedades de España». Y como arquitecto y entendido en el arte de las construcciones, a Lucena le alaban algunos afamados autores italianos. Ignacio Danti y Guillermo Philandrier eran, con él, pertenecientes a la academia Colonna, y este último, en sus Annotationes in Vitrubium, señala a Luis de Lucena como «el más perito censor de sus trabajos». De su quehacer constructivo veremos luego la huella genial que nos dejó en Guadalajara, el monumento que justifica este libro.

Pero aún nos queda mencionar la faceta, quizás menos trascendente, pero que también le dio gran fama, de médico en la corte vaticana. Fue uno de los médicos del Pontífice Julio III. Y de don Antonio de Agustín, otro español en Roma, nos llegó la anécdota, que pone en la obra De libris quibusdam hispanorum variorum Ignacio de Asso, de cómo Lucena le dio un sabio y efectivo remedio contra el dolor de muelas. De su testamento fue albacea el conocido médico doctor Juan de Valverde, que publicó algunas obras de medicina en París y Roma. Como se puede apreciar, es notable el ambiente de exilio en el que Lucena se desenvuelve, lo que puede explicarse por el afán de saber de todos estos españoles, que les lleva a quedarse a vivir en Roma y en otros lugares de Europa o no sólo por ello, sino que corren otros aires de heterodoxia por bajo de esta actitud de pulcro humanismo.

Murió Lucena en agosto de 1552, en la casa donde había vivido, situada en la puerta Leonina, por el campo Marcio. Fue enterrado en la iglesia de Nuestra Señora del Pópulo, en Roma, y a pesar de lo dispuesto al inicio de su testamento, en el que desea ser enterrado en su capilla de Guadalajara, el hecho es que los huesos del doctor Lucena se quedaron para siempre en Italia. El amor a su tierra chica, a sus gentes, a sus familiares y amigos, en un apego exquisito por cuanto constituía su raíz vital, quedó bien patente en el testamento que, aunque firmado el 5 de agosto, pocos días antes de morir, debía tener ya muy preparado y meticulosamente dispuesto. En él instituye una biblioteca pública en Guadalajara, quizás la primera que hubo en España, a situar en el piso alto de la capilla de Nª Srª de los Angeles, que él previamente había diseñado y mandado construir. Su testamento completo, con algunas noticias complementarias a las anteriormente expuestas, fue publicado recientemente, por Aache, en un libro firmado por Liliana Campos Pallarés y titulado “El testamento de Luis de Lucena, humanista y médico de Julio III”, cuya lectura recomiendo vivamente.