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febrero 26th, 2010:

Ruta de los Castillos molineses

En nuestro intento de hacer del Señorío de Molina un destino firme, seguro, cierto, para los viajeros que con la próxima primavera piensan salir a ver nuestra provincia, ahora ofrezco una nueva ruta, de las varias que he trazado para darle vida a los caminos molineses.

Para el amante de las huellas históricas, han de ser los castillos molineses los que se ofrezcan como objetivo de esta imaginaria y posible ruta de los castillos molineses.

Antes de entrar en el Señorío propiamente dicho, se pueden visitar los castillos que formaron en su frontera, en la Edad Media: el castillo de San Juan, en el actual pueblo de La Torresaviñán, y el castillo de Almalaf que dominaba un  breve valle que por Hortezuela de Océn da al Tajuña. También en  esos extremos hubo una torre en Luzón, que hoy solo muestra  derrumbados muros, y la fortaleza de Codes, puesta como todo el  pueblo sobre un oteruelo rocoso, desde el que se domina un valle que daba acceso a Aragón y permitía la comunicación entre el Señorío y el Común de Medinaceli. Fronterizo con Aragón estuvo el castillo de Villel de Mesa, al que podemos llegar desde Maranchón y Codes, bajando por Iruecha (en Soria) hacia el hondo valle del río Mesa.

Sesma del Sabinar

Todavía en la frontera con el Común castellano de  Medinaceli, se alzaron torreones ya a medio derruir en Turmiel y en Chilluentes (hoy despoblado en término de Concha / Tartanedo). El castillo de Establés es el que ha quedado más entero, y por dónde podemos iniciar la auténtica “Ruta de los Castillos molineses”. No fue este un edificio que mantuviera  historia singular, aunque sí en cierto modo tremebunda, pues si en un principio el lugar formó parte del Señorío de Molina, y  estuvo gobernado por sus señores y su Fuero, en el siglo XV pasó a pertenecer a los duques de Medinaceli. Estos, en la primera  mitad de la referida centuria, mandaron un capitán de su confian­za que tuvo por misión levantar una fortaleza en el pueblo. Este  emisario, llamado Gabriel de Ureña, cometió toda clase de trope­lías con las gentes comarcanas para edificar el castillo de  Establés. Desde el siglo XVI este castillo perteneció de nuevo al Señorío molinés. Es edificio que presenta algunos detalles curiosos. Es de planta regular, cuadrada, de fuerte mampostería recubierta y formada de sillarejos. Sobre tres de sus esquinas aparecen robustos cubos, y en la esquina del suroeste se alza, cuadrada y enorme, la torre del homenaje; poseyó un foso en su torno, ya cegado, y no llegó a tener barba­cana exterior, pues desde un primer momento las casas del pueblo estuvieron muy cercanas a él. Hoy ha sido levemente reconstruido.

Sesma del Campo

En la frontera con Aragón, el castillo de Fuentelsaz vigiló un estrecho paso desde su atalaya rocosa. Se mantuvo entero hasta el siglo xix, en que sirvió de escenario para las  guerras carlistas. Hoy muestra un torreón medio erguido y muros a medio caer. Toda una teoría de la ruina.

Y siguiendo en la misma frontera aragonesa, en la sesma del Campo, el castillo de Embid muestra su recia y feliz estampa restaurada para el que desde Molina se acerca. De su maltrecha torre quedan los altos muros partidos, ahora rellenos en su antiguos huecos por el firme cemento reconfortante, y de su recinto perviven cortinas y cilíndricos cubos en esquinas y al centro, rematado todo ello con bien conservadas almenas. Se sitúa sobre un cerrete de rocas y arenisca que le ponen como en un pedestal. Tuvo este castillo una misión fronteriza durante varios siglos. Perteneció al caballero viejo don Juan Ruiz de Molina, y en su familia, luego nombrados marqueses de Embid, siguió durante siglos.

Aún más a oriente, en La Yunta (que quizás utilice este nombre en recuerdo de ser ése el lugar donde se «juntan» los reinos de Castilla y  Aragón) hay todavía fuerte castillo: fue desde la Edad Media  posesión de la Orden de San Juan, y, aunque estaba incluido en el marco territorial del Señorío, nada tenían que ver en él sus  señores, condes primero de la casa de Lara y luego los reyes de  Castilla; el maestre de la Orden de San Juan era el único digna­tario que sobre La Yunta tenía poder, delegado en algún comendador allí destacado. Este militar instituto levantó en el centro del  pueblo un gran torreón, de fortísimos muros y escasos vanos, donde poder refugiarse en caso de ataque. Su puerta, elevada en  notable altura, sólo permitía el acceso mediante escaleras de mano. Sobre ella, escudo de la orden sanjuanista.

El corazón del Señorío

Proseguirá el viajero su Ruta Castillera por Zafra, la más espléndida fortaleza molinesa. Es el de Zafra uno de los castillos más importantes de todo el Señorío, y de los que más interesante historia guarda entre sus muros. Se encuentra en término de Campillo de Dueñas, aun cuando la mejor forma de llegar a él es desde Hombrados, a través de caminos, sendas e  incluso atravesando prados de perenne verdor. Los condes de Lara tuvieron como enclave puntal de su territorio a este castillo, y en él se resguardó en 1222 don Gonzalo Pérez al sufrir el acoso  del rey Fernando III de Castilla. Su situación es por demás pintoresca: en un sinclinal de roja peña caliza, emergiendo como agudo navío sobre una larga serie de praderas, se levanta el  castillo, con sus muros completamente en vertical elevados sobre los bordes de la roca. Un gran recinto interno, con aljibe y dos patios, se rodea de alta muralla almenada, reforzada en sus esquinas y comedio de muros por torres fuertes. En su extremo nordeste se yergue la torre del homenaje, de dos plantas y curio­sos detalles, como puerta gótica de arco apuntado, escalera de caracol, terraza almenada, etc.

Seguirá luego el caminante hacia el centro del Señorío, donde acaba su ruta visitando los castillos señoriales, ejes del poder molinés en la Edad Media. De ellos podemos insistir en que son los mejor conservados, los de mejor apariencia y quizás los más ricos en historia. Es el más espectacular y magnífico el de la capital, el castillo de Molina de Aragón, cuya historia es pareja a la de sus señores los condes de Lara, quienes a partir de la reconquis­ta del territorio, en la primera mitad del siglo XII, se dedica­ron a reconstruir y fortificar el alcázar que en la época árabe había servido de residencia a los jeques del reino taifa molinés.

Su más antiguo elemento es la atalaya justificadamente denominada torre de Aragón, que preside todo el conjunto de la  fortaleza, y que parece comenzó a levantar el rey Ramiro de Aragón, con objeto de poner pie en esta tierra fronteriza.

Fue don Manrique, desde 1140, y sus descendientes don Pedro, don  Gonzalo y muy especialmente doña Blanca, ya en el siglo XIII, quienes fueron sumando torres y muros, dependencias y detalles al  castillo, hasta hacerle uno de los más seguros y prestigiosos  ‑también de los más bellos‑  de toda España. De doña Blanca es, indudablemente, la iglesia que en el recinto del alcázar, junto a  la llamada «torre del reloj», hubo durante siglos y que reciente­mente ha sido excavada. Lo que propiamente podemos considerar como castillo es un ámbito de torres y muros almenados, defendi­dos en su altura por una barbacana, que tiene unas dimensiones de ochenta por cuarenta metros, lo que ya supone una grandiosidad desusada para lo que solía ser norma en el siglo XIII. En el muro  de poniente se abre la puerta principal, coronada de arco de medio punto. De las ocho torres que tenía, hoy solo restan cua­tro: la de «veladores«, la de «doña Blanca«, la de «Caballeros» y la de las «Armas«. Su fuerte color rojizo que emana de los si­llares esquineros, se complementa con los vanos apuntados de sus  muros, dando un aspecto evocador muy singular.

El interior del castillo molinés es hoy un recinto vacío. Adosado al muro norte estaba el palacio de los señores, de  los condes de Molina, y en la parte sur se colocaban caballeri­zas, cocinas, habitaciones de la soldadesca y cuerpo de guardia, así como los calabozos, que es lo único que hoy subsiste, y que,  especialmente el de la torre de «las Armas» conserva en sus techos grabadas curiosas frases, palabras y animales dibujados que claramente demuestran ser del siglo XV.

El recinto exterior del castillo es todavía mucho más amplio. Alargado de oriente a occidente, muestra una línea de  muralla almenada en la que de vez en cuando se refuerza con una  torre. Cuatro puertas tenía este recinto: la actual de la «torre del reloj«, la del «Campo«, la de la «Traición«, en el murallón  norte, y la del «puente levadizo«, frente a la torre de Aragón. Partiendo de este enorme recinto exterior, en el que durante el siglo XII hubo numerosos edificios de viviendas y una iglesia  románica, se extendió luego la muralla, llamada «el Cinto» para abarcar la ciudad que progresivamente iba creciendo hacia el río.  Algunos torreones y restos de este «Cinto» quedan entre las actuales calles molinesas, pudiéndose seguir perfectamente el trazado antiguo de esta muralla. Es especialmente interesante la Torre de Aragón que domina el castillo y la ciudad toda. De planta pentagonal, apuntada hacia el norte, muestra cinco altos pisos unidos por escalera y coronados por terraza almenada. Se rodea de un recinto externo propio. Esta torre se constituye hoy en Centro de Interpretación de sí misma, y es visitable previa petición de hora en la Oficina de Turismo de Molina. Al mismo tiempo, la visita al castillo molinés se solicita en esa Oficina, sita en la Calle de las Tiendas, nº 62 y llamando al teléfono 949 832 098

Seguimos el viaje alcanzando 6 Kms. Al sur, por carretera bien señalizada, el castillo de Castilnuevo, muy cercano a Molina, en la suave vega del río Gallo, en un lugar apacible y  sereno, y ahora en proyecto de restauración y uso turístico. Su existencia es muy antigua, y ya en el Fuero dado por don Manrique a mediados del siglo XII se menciona: solamente existiría el castillo y, con posterioridad, se le fueron añadien­do dependencias y el caserío en derredor. Perteneció este casti­llo durante un tiempo a don Iñigo López de Orozco, por regalo del rey don Pedro I. Del magnate castellano pasó a la familia Mendo­za, y en una rama de ésta, la de los Mendozas de Molina, condes de Priego, quedó Castilnuevo hasta la abolición de los señoríos.

El castillo primitivo ha quedado desfigurado con suce­sivas reformas. Está enclavado en un altozano sobre el valle, y en principio tuvo una barbacana o recinto exterior, prácticamente desaparecido. Esta se aprecia mejor frente a su fachada, en el muro norte: son arcos dobles, y la puerta se halla flanqueada por  sobresaliente torreón seguido de un lienzo que corre hasta la  recia y cuadrada torre mayor. Su aspecto es imponente, y, aunque luego fue utilizada como casa de recreo, meramente residencial abriéndole nuevas puertas, modificando su estructura, todavía puede el aficionado a castillos contemplar una silueta valiente y  un rancio bastión de la Edad Media, que además va a ser restaurado en breve.

Entre Molina y Corduente, muy cerca ya de este pueblo, se encuentra el castillo de Santiuste, sobre otero que domina el  valle del río Gallo. Lo construyó, en el siglo XV, el famoso caballero viejo don Juan Ruiz de Molina, y lo hizo tal como hoy  se ve: un recinto fortísimo de altos muros almenados, con cuatro torreones en las esquinas. En el paredón norte se abre la gran  puerta, rematada por un desgastado escudo de los Ruiz de Molina. El interior está utilizado como centro de reuniones y puede visitarse.

Si el viajero tiene tiempo de sobra, aún puede tomar la carretera que sale de Molina en dirección a Peralejos, y visitar en término de Tierzo, a la derecha de la carretera mencionada, la finca denominada Vega de Arias, que se extiende sobre el pequeño y delicioso valle del río Bullones, en un lugar donde muy posiblemente acampó el Cid en su camino de Burgos a Valencia, y que posiblemente discurrió a través del actual Señorío de Molina. Allí se encuen­tra la casa‑fuerte de la Vega de Arias, monumento histórico‑artístico. Su interés arquitectónico es evidente: se trata de un  gran caserón de planta rectangular, que, aunque muy modificado modernamente, aún muestra restos de almenas, canecillos, ventanas gotizantes, gran portón adovelado con escudo y un amplio zaguán en su interior, con pozo. Ante el caserón o casa‑fuerte se mues­tra amplio patio de armas, rodeado de muralla o barbacana almena­da, que se muestra abierta en su muro central por gran puerta de arco apuntado, protegido por un airoso matacán. El conjunto de esta casa‑fuerte, y el entorno que le rodea, son aspectos inolvi­dables y muy característicos del Señorío molinés. Fue construido  en el siglo XIII.