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mayo 21st, 2004:

Bodas Reales en Guadalajara

Como hoy no existe otro motivo de conversación, en nuestro país, que la boda del príncipe heredero que tendrá lugar mañana en Madrid, es este un buen momento para traer a la memoria de mis lectores otras bodas reales (en estas sí fue protagonista el rey de España) celebradas en Guadalajara. Nuestra ciudad tuvo, durante siglos, una importancia estratégica y política que la hizo merecedora de esas atenciones y protagonismos.

La boda de Felipe II

Viudo de María Tudor, su segunda esposa, Felipe II determinó volver a casarse. Y lo concertó, en el propio Tratado de Chateau-Cambresis, suscrito entre Francia y España en 1558 tras la victoria española en la batalla de Gravelinas, para sellar la paz entre los dos países fronterizos. La elegida fue la joven Isabel de Valois, hija del rey Enrique II y de Catalina de Médicis. Era una boda política, un movimiento de ajedrez. Ella era una jovencita recién salida de la adolescencia. El un hombre y gobernante ya maduro, con 33 años, el monarca más poderoso del mundo en esos momentos.

A la princesa la llevaron sus familiares, desde París a Roncesvalles, atravesando Francia, y dejándola en manos de los españoles el 3 de enero de 1560, en lo alto de Roncesvalles. En medio de una ventisca fue recibida por el duque del Infantado y toda su familia, en el monasterio pirenaico. Tras casi un mes de viaje por Navarra y Aragón, llegaron a Guadalajara el 28 de enero, siendo recibida por la ciudad con un boato nunca visto. Desde la puerta de Bejanque, hasta la puerta del Mercado (hoy Santo Domingo) todos los caballeros de la ciudad hicieron guardia al cortejo. Allí, comenzó la bajada de la calle mayor, formándose una lucida procesión cívica, cabalgando la princesa bajo un palio de 18 varas, cada una de ellas portada por los concejales de la ciudad. Un festival de colores y músicas la rodeó. Tres grandes arcos triunfales se hicieron para la ocasión, pintados por el seguntino Diego de Madrid. Uno se puso en la puerta del Mercado, otro en la plaza mayor, y otro junto al palacio del Infantado, donde finalmente se alojó.

Esa noche, el rey vino de incógnito, desde Madrid, y atisbó por las rendijas de la puerta para conocer a la joven con la que se casaría al día siguiente. Ella cenó homenajeada por los duques, y a las 11 todos se acostaron. Dicen las crónicas, que son muy meticulosas en la descripción de esta boda, que el día 29 de enero el rey se levantó como siempre, a las 8, y dedicó una hora a sus habituales rezos, y hora y media a despachar con sus secretarios asuntos de Estado. Se vistió luego, y a las once dio comienzo la ceremonia, que primero fue de desposorios (boda civil) en el Salón de Cazadores, y luego de matrimonio religioso, en ceremonia oficiada por el Arzobispo de Burgos, en el Salón de Linajes, que el tercer duque había transformado en capilla.

No me resisto a copiar los atuendos que llevaban los reyes, espléndidos de verdad. Ella iba “vestida a la francesa, con saya de tela de plata muy ancha y ropa de lo mismo aforrada en lobos cervales y su chapirón de terciopelo negro, con muchas piedras y perlas, y por joyel una cruz de diamantes muy rica”. Felipe II llevaba “jubón y calzas blancas cuajadas de oro de cañutillo y piezas de martillo, ropa francesa de terciopelo morado, toda llena del dicho oro y muchas piedras por toda ella, gorra negra y plumas blancas”.

Tras la ceremonia se pasó a la comida, que tuvo lugar en el mismo salón en que se hizo el rito religioso. Sentados a comer, solamente los novios, la hermana del rey, el duque del Infantado, su hijo, el duque de Alba, y dos o tres grandes de España, y por ella el príncipe de La Roche y el embajador de Francia. Nadie más. La comida y bebida la sirvieron caballeros y damas de la corte filipina. Las mujeres de los Infantado se tuvieron que conformar (aun siendo las anfitrionas) con mirarlo todo desde detrás de las cortinas.

Tras la comida, el rey y la joven reina se retiraron a una habitación… y a las dos horas salieron, yéndose cada uno a un lugar diferente del palacio. El rey a seguir sus despachos, y la reina, a entretenerse con las gracias de unas madamas y enanos. Ya a las 7, y como colofón del gran día, en el mismo salón de linajes se celebró un gran baile en el que se hicieron danzas “a la alemana”. Al final del día, los reyes se acostaron juntos, previa bendición de la cama por el arzobispo de Burgos.

Durante varios días Guadalajara celebró estas bodas con grandes fiestas. Hubo una corrida de 10 toros, y torneos y justas entre 36 caballeros, 18 por cada bando, vestidos unos de amarillo y blanco, y otros de terciopelo verde y damasco carmesí. Se abrieron todas las tabernas en las que se sirvió “buen vino, pana y queso”, y hasta en la plaza del Ayuntamiento se habilitó una “fuente que manaba vino”, con comidas gratis para todos. Una multitud, venida de toda la comarca, participó en los festejos.

Los reyes, al día siguiente de la boda, montados en sus hacaneas, marcharon valle de Henares abajo, en dirección a Madrid. Felipe andaba muy preocupado con sus asuntos de Estado, que no podía dejar ni un solo día. Su lucha eterna contra la Reforma protestante y el Islam no le dejaban descansar un minuto.

La boda de Felipe V

Casó Felipe V, el primer Borbón español, en Guadalajara, con la italiana Isabel de Farnesio, hija del gran duque de Parma. En los primeros días de febrero de 1715 llegó a Guadalajara la corte borbónica. Con ella venía la Princesa de los Ursinos, quien junto con el Cardenal Alberoni eran quienes manejaban los hilos del gobierno español. Les había parecido muy bien la elección de la princesa italiana, la Farnesio, pues tenían referencias de que era muchacha apocada y manejable, para así poder ellos seguir, bajo el dictado de Francia, manejando la política española.

Se equivocaron de plano. Unas jornadas antes de la boda, la Princesa de los Ursinos caminó Henares arriba hasta Jadraque, donde recibió, en la casona de los Verdugo, a la princesa italiana. La cual no era tan mansa. Se enfrentó a la princesa de los Ursinos, y, como futura reina de España, la exigió que se fuera del país. Es más, la puso mula, acompañantes y le señaló el camino del norte. A los criados les dijo que no pararan hasta que llegaran a Francia.

Con ese carácter, bajó a Guadalajara y el 11 de febrero de 1715 se ratificó la boda y se hicieron los esponsales. La ceremonia tuvo lugar también en el ya algo maltrecho palacio del Infantado, y la ciudad lo celebró con fiestas durante varios días. El rey, en homenaje a sus súbditos arriacenses, dio un edicto perdonándolos los impuestos de servicio ordinario, extraordinario y de milicias de los siguientes cuatro años. Eso es un regalo y lo demás son tonterías.

Muchos otros cortesanos, linajudos caballeros y poderosos ministros celebraron en nuestra ciudad sus bodas. Siempre hubo fiesta en la calle, lució el sol como corresponde, y la gente fue a los toros gratis.

Una boda principesca

De casi real, o principesca, puede calificarse la que se celebró en Guadalajara en 1462, entre el Condestable y valido real, don Beltrán de la Cueva, y la hija menor del segundo marqués de Santillana, doña Mencía de Mendoza. Él era el primer ministro o valido del Rey, teniendo en la práctica el gobierno de Castilla en sus manos. Acababa de tener heredero el rey Enrique IV, pues su mujer doña Juana había dado a luz a una niña, a la que de inmediato el país entero la nombró como “la Beltraneja”. Por algo sería.

Fue una boda apoteósica. Enrique IV obsequió a Guadalajara dándole el título de ciudad, dejando entonces de ser simple villa. Acudió el Rey, la Reina y toda la Corte castellana al completo. Ofició la ceremonia religiosa el obispo de Calahorra, entonces joven Pedro González de Mendoza, tío de la novia.

Los reyes se alojaron en el palacio que había sido de Pero Lasso y luego fue reconstruido por los Dávalos (hoy todavía en trance de restauración para Biblioteca Provincial). Actuaron de padrinos el rey y la reina y durante varios días se sucedieron los festejos en la ciudad, consistentes en corridas de toros, torneos de a pie y de a caballo, juegos de cañas y mascaradas.