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julio 1st, 2003:

Alvar Fáñez de Minaya, político y militar

 

En esta recopilación de biografías y memoriales que estamos haciendo relativos a los personajes que evocan las estatuas colocadas hace poco en el Paseo de las Cruces, aparece hoy la figura de Alvar Fáñez de Minaya, el “cristiano conquistador” de la ciudad, que se la tomó a los árabes en el año 1085, y que pasa por ser el primero de los jerarcas políticos de la ciudad en ese largo y ya antiguo vaivén de poderíos.

A pesar de estar en la memoria de todos los habitantes de esta tierra, de la Alcarria, de Cuenca, de Toledo, de Castilla entera, de sonar mucho en leyendas y algo menos en historias, Alvar Fáñez es un perfecto desconocido en sus detalles. Y por la escasez de documentos, mucho me temo que lo va a seguir siendo por bastante tiempo. Porque aparte de cuatro datos contrastados, que a continuación reseño, solo evocaciones legendarias quedan de él, puertas que dicen atravesó, estandartes que alzó y cerros donde posó su caballo.

Certeza histórica

Además de la estatua (que es busto valiente y de buena mano) que hay ahora ante la Clínica de Sanz Vazquez en el paseo de las Cruces, surge enorme la talla de cuerpo entero de Alvar Fáñez en el puente sobre el río Arlanza en pleno corazón de la ciudad de Burgos. Allí le evocaron hace mucho tiempo, por ser uno más de la mesnada del Cid don Rodrígo Díaz. Al parecer, fue sobrino suyo, familiar muy directo. Y en todo caso, siempre cabalgó a su lado, actuó en conquistas y fazañas, pues en “Cantar de Mío Cid” señala a don Rodrigo acompañado siempre de sus capitanes, entre los que se incluye Alvar Fáñez, a quien dice primo suyo, o sobrino.

Su vida transcurrió, desde el ignoto año de su nacimiento, hasta el seguro de su muerte en 1114, bajo el reinado de Alfonso VI de Castilla. Actuó como capitán de su ejército, y se le encomendaron difíciles misiones, entre ellas la de ser embajador del castellano en las cortes de los reyes taifas meridionales. Cuando casa el Cid con doña Jimena, en 1074, Alvar Fáñez aparece como testigo en la carta de arras.  Los años de 1085 y 1086 los pasó, tras culminar la operación de conquista de Wad-al-Hayara y su entorno, en servir de apoyo a Alfonso VI en Valencia, manteniendo allí a Alcádir como jerarca sometido, y gobernar el protectorado que Castilla estableció sobre el reino levantino.

Hay un diploma de 1107 en que se le confirma como señor de Zorita y Santaver, ambas ciudades fortificadas, sedes de poderíos militares árabes, junto al Tajo y el Guadiela. Al año siguiente, participó en la batalla de Uclés, que acabó en desmán para los castellanos, perdiendo a partir de ella sus posesiones y señoríos en tierras de la Baja Alcarria de Guadalajara y Cuenca. Sus últimos años los pasó como gobernante y político de peso, siendo el tenente real de Toledo, ocupándose de organizar y dirigir su defensa en 1109 ante el ataque de los almorávides. En 1111 dirigió la razzia que tomó pasajeramente  Cuenca, volviendo a Toledo donde murió en 1114, en un encuentro de armas con las milicias concejiles de Segovia, que habían tomado partido por el rey Alfonso de Aragón, en la pequeña guerra civil surgida durante el reinado de doña Urraca. Precisamente el guerrero que se las había visto con los más duros combatientes del integrismo musulmán avanzando por la meseta castellana desde el norte de Africa, fue a morir, de forma inesperada, en una pelea civil sin mayor trascendencia.

Conquistador de Guadalajara

La presencia de Alvar Fáñez de Minaya en la galería de retratos de las Cruces se debe a su papel de capitán en la conquista de la ciudad a sus anteriores poseedores, los musulmanes. Nunca encontraremos el documento que fehacientemente lo diga. La leyenda es machacona, y lo ha ido arrastrando por siglos, lo ha ido contando en libros, en poemas, en romances y canciones. Quién fuera el exacto reconquistador de Guadalajara es por tanto algo que se queda en el ámbito de lo legendario. El historiador Layna Serrano lo da por seguro, apoyándose en varias razones: por una parte, en que por el pres­tigio conquistado desde varios años antes en la corte castellana, él sería designado para capitanear tan difícil empresa. Por otra parte, por el hecho de conocerse bien el territorio, desde que unos años antes, cuando estuvo con su tío el Cid Campea­dor en la toma de Castejón y su castillo, había he­cho una razzia o cabalgada Henares abajo, dando sustos y tomando propiedades a las gentes de Hita, Guadalajara y Alcalá. Incluso avalora Layna esta opinión por el hecho de existir tradiciones, en di­versos pueblos de la comarca alcarreña, de haber si­do Alvar Fáñez su conquistador (Horche, Romano­nes, Alcocer, etc.) e incluso de haber tomado la puerta del Cristo de Feria, poco tiempo después de la reconquista, el nombre de Alvar Fáñez, posi­blemente en memoria de su conquistador, que por allí entraría.

Se ha llegado a cuestionar incluso la fórmula militar y guerrera para la toma de Guadalajara. Es muy posible que el cambio de dirigentes, y por tanto de política, se hiciera como resultas de un proceso de negociación y de situación social que forzó esa salida. Alvar Fáñez entró, ya desde el siglo XII, en la “mitología” que todo Estado en nacimiento fabrica para reforzar un prestigio y un poder. Alvar Fáñez fue un factotum en esa época, y a él se le adignaron hazañas que quizás no en su totalidad podría haber firmado.

La misma reconquista

Sobre la forma de la conquista de Guadalajara por Alvar Fáñez y su mesnada (hecho que recoge el escudo heráldico de la ciudad, desde hace más de un siglo) habría mucho que hablar. Porque los historiadores no se han puesto nunca de acuerdo acerca del mo­do en que esta conquista se realizó. Aparte de cues­tionar totalmente, como hacemos nosotros, el he­cho de una toma militar, pues creemos que esta no existió, limitándose al simple envío de mensajeros o representantes que hicieron ver a los jefes árabes guadalajareños la caída de Toledo, y el paso a Casti­lla de la soberanía de la ciudad, también está el ele­mento contrario, fabuloso y legendario, que se ha ido transmitiendo de abuelos a nietos, en el que la hipótesis de una en­trada sigilosa nocturna nos transporta al mundo de las Mil y Una Noches.

Alonso Núñez de Castro, historiador del siglo XVII, opina que ocurrió del siguiente modo: estando el asedio implantado desde hacía muchos días ya, los moros decidieron hacer una salida al campo y pro­curar diezmar y dañar a los sitiadores. Pero éstos, más fuertes, les atacaron y persiguieron, entrando tras ellos hasta el interior de la ciudad, haciendo en ella y en sus soldados tanta daño, que pocos días des­pués se rindieron. Por, el contrario, Francisco de Torres, a quien vemos en todo mucho más razona­ble y menos fabulador, piensa que la toma de Guadalajara se hizo sin violencia alguna, por rendi­ción ante hechos políticos consumados.

Layna Serrano fue más allá, tratando de razonar científicamente el modo de la conquista, consiguiendo fabular por su cuenta. Dice que la rendición fue pactada entre Alvar Fáñez y los jerarcas de la ciudad, y que al entrar a tomar posesión del burgo, la población se amotinaría y protestaría, poco menos, que estableciéndose un ré­gimen de guerrilla urbana. También propone Layna la versión de que una vez pactada entre los jefes árabes y el capitán Alvar Fáñez la entrega de la ciudad, con objeto de evitar alborotos de la población, la entrada se hiciera por la noche, y se ocupara de inicio todo el barrio en torno a la iglesia de Santo Tomé, donde residía la colonia mozárabe y los sim­patizantes de la causa castellana, siendo al día si­guiente un hecho consumado.

También en Alcocer tienen a Alvar Fáñez como conquistador de su villa a los árabes. De la antigua y ya fenecida muralla quedan restos de una puerta. Que fue siempre dedicada al capitán castellano. Igual ocurrió en Horche. Allí dicen que la noche del 24 de junio (difícil sería, pues esa es la que se dedicó a conquistar la capital) de 1085 el militar burgalés se hizo con la población y la puso para siempre en el derrotero cristiano. Por Romanones cuentan que hay en un cerro señales de excavaciones directas en la roca. Con seguridad son tumbas visigodas o quizás más antiguas, pero allí se dio siempre la más bonita interpretación de que en ese hueco de la roca durmió Alvar Fáñez y su caballo en un descanso de sus correrías por la Alcarria.

Con cabe duda, pues, que la figura de este altivo y emplumado personaje que hoy admiramos en el Paseo de las Cruces tuvo mucho que ver con nuestra tierra, con nuestra ciudad y con la Alcarria toda. Es por ello que se merece el recuerdo que en estas líneas le dedicamos.