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junio 20th, 2003:

Estatuas por los suelos

 

A la hora de escribir estas líneas, sigue tirada en medio de embaldosado del paseo de Las Cruces la estatua de doña María Diega Desmaissières, duquesa de Sevillano, que no hace todavía un mes fue colocada, junto a otras 8 estatuas de personajes ilustres de la historia de la ciudad. Desde entonces, ya han sufrido estas esculturas varias formas de vandalismo: pintadas, destrozos, al señor Fernández Iparraguirre le han quitado las gafas, a Izraq ben Muntil le han pintado de negro, etc. La verdad es que ha sido un mes que ha dado para mucho. Para tanto, que incluso ha cambiado el equipo de gobierno de la ciudad. Y la estatua de la señora duquesa, a mediodía del domingo, cuando el paseo es un hervidero de gentes, allí tirada de malas maneras y con destrozos. Lleva así varios días. Siento vergüenza como ciudadano que haya gentes que sean capaces de hacer esto, con unos bienes públicos, pagados con el dinero de todos, y que las autoridades municipales sean incapaces de remediarlo de forma inmediata.

Decía Cicerón que “el primer cometido de la justicia es que nadie haga daño a nadie, a menos que haya sido injustamente provocado”. Y yo me pregunto, ¿habrá alguien que haya considerado provocación la mirada un tanto altanera de doña María Diega? Está sacada la estatua de Sanguino de una antigua foto de esta aristócrata, retratada en el salón de su casa de la plazuela de San Sebastián. Alguien lo habrá sentido así, y se ha tomado la justicia por su mano. La verdad es que solo han tirado el plinto marmóreo y el busto de bronce, que han quedado tumbados y en posición que sólo ridiculiza a quien ha sido capaz de mantener el desaguisado, en posición tan ridícula, durante varios días. Pero también conviene aquí recordar lo que dijo Horacio a propósito de su obra: Exegi monumentum aere perennis. He construido un monumento que será más duradero que el bronce. Eso es lo que tienen ya, desde hace mucho tiempo, alzado los personajes que Bris tuvo el acierto de poner a lo largo de Las Cruces: un monumento más duradero que el metal y el modelado de Sanguino. Su propia obra, sus acciones. Saludé las estatuas el día que se colocaron, me fijé en como ese genial artista que es Sanguino, con su calado sombrero blando de ala ancha, fue saludándolas enhiestas ya sobre el mármol. Con breve frase recordando a todos de quien era el busto, y por qué se alzaba. Todas ellas un monumento a la pasión de ser de Guadalajara, a la memoria de los ilustres, por haberlo sido tanto, por haber sido tan pocos.

De Sanguino hemos visto en estos días una prueba más de su habilidad y arte: una preciosa imagen de la Virgen de la Antigua, elevada sobre una columna granítica a la puerta del Santuario capitalino. Es una imagen perfecta, de formas, de intensidad, de color. Solo me parece reconocer un cierto rictus de tristeza en María. ¿Qué barrunta? Por no ir a honduras, me temo que se barrunta que también la van a tirar, y más aún visto lo visto. Es endeble la columna, y fuertes los brazos de los “tira-estatuas”. Como además, a lo que se está viendo, nadie se lo va a impedir….

Habíamos charlado el profesor Antonio Ortiz y yo sobre la conveniencia de hacer una serie de artículos para publicar en NUEVA ALCARRIA, haciendo las semblanzas de estos nueves personajes homenajeados con justeza, más don Tomás Camarillo, el fotógrafo de la provincia, que poco antes vio

 también su memoria cuajada en estatua ante San Nicolás. Por decir a nuestros lectores, más que nada, quienes fueron estos señores y señoras tan altivos y relucientes, tan empenachados algunos, tan veladas las otras. Con detalle. Para ver si así, haciéndolos “de la familia”, se les respeta algo.

Yo creo que los vandalitos de la noche se han pensado que estos eran extranjeros invasores y que no había más remedio que ir a por ellos. Los delincuentes tienen muy acendrado el sentido de familia, de “cosa nuestra”, y todo lo que huele a extraño lo apedrean. Quizás por eso se va salvando de la quema, por el momento, el edificio del Ayuntamiento. Que no me extrañaría nada que ante tanto mirar para otro lado, cualquier noche de estas también lo prendan.

El caso es que hemos decidido escribir esta galería de famosos, tomando como protagonistas a los personajes que lucen por el momento en el paseo de las Cruces. Sacar a relucir vidas y milagros de otros poseedores de estatuas podría resultar largo y quizás tedioso. Aunque hay que reconocer que en estos últimos años la ciudad se ha llenado de estatuas, y ha empezado a ponerse, a ese respecto, en el camino de ciudad civilizada que planta sobre los jardines la memoria de sus mejores. Desde el Cardenal Mendoza, que salió demasiado grande y oscuro, hasta los aviadores Barberán y Collar. Desde la nómina de los guadalajareños que fueron a América en los primeros momentos, al homenaje tallado de la tercera edad en San Ginés. En un folleto que repartió en pasada FITUR el Ayuntamiento, creaba yo la “Ruta de las Estatuas” en nuestra ciudad, y para hacerla (que se hace en un mañana) había que visitar por calles y plazas los tallados mármoles de Carrara que proceden del jardín de los Montesclaros: El Neptuno del Jardinillo, la Mariblanca de la Concordia, el Emperador Carlos con su bola/balón en la mano. Había que admirar el modernista monumento de Blay al Conde de Romanones, el alcarreño que llegó a presidente de gobierno. El solemne rigor militar del general Vives, pionero de la aviación española, y los enamorados rostros de Layna Serrano y Ochaita, historiador y poeta, respectivamente, que lo estaban de su tierra natal. Y en los interiores de museos e iglesias, la tumba de doña Aldonza de Mendoza, o la caballeresca elegancia de Rodrigo de Campuzano, en San Nicolás…

He tenido la suerte de recorrer Europa, paseando por sus ciudades más emblemáticas, y admirar la que Canova creó para conmemorar a Carlos III ante el palacio real de Nápoles. O la que en Praga se ha dedicado a su pensador más famoso, Jan Hus, ante el Ayuntamiento. Sin olvidar el monumento que Edimburgo tiene alzado a la memoria de sir Walter Scott, o Florencia reverenciando el mármol blanco que las manos de Miguel Angel hicieron vivo en forma de David ante el palacio de la Señoría. Por eso insisto: vamos a ser Europa, vamos a ser generosos, vamos a levantar monumentos a los mejores, y vamos a hacer todo lo posible para que no los tiren por la noche. No porque esté prohibido, sino porque los de las estatuas sean, en su gran mayoría, “gente de casa”, antiguos paisanos que siguen mirando con fijeza el horizonte aquel “hacia donde el crepúsculo corre, borrando estatuas”.