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febrero 28th, 2003:

Santa Teresa trasverberada en Guadalajara

 

La transverberación es palabra poco usada hoy en día, y poco practicada en los tiempos modernos. Dice el diccionario que transverberar es “herir atravesando de parte a parte”. A Teresa de Ávila, Teresa de Jesús luego de hacerse carmelita, la transverberó el corazón un ángel. Estaba en éxtasis, como lo tenía por hábito en sus mejores tiempos, y apareció en la estancia un ángel enviado de Dios que, con una larga lanza en la mano, y en la punta de la lanza un hierro candente, lo empotró en el corazón de la castellana monja, y no lo hizo estallar, ni siquiera inflamar, porque ya lo estaba. Simplemente lo atravesó de amor de Dios, lo llenó.

Ese milagro, más que milagro extraordinario hecho no comprensible con nuestras mentes apegadas a la tierra, ocurrió a mitad del siglo XVI, y fue luego motivo de representación pictórica, manido soporte de conventuales prédicas, y fuente de inspiración de artistas poco o mucho empapados de ella. Si Bernini cuajó quizás su mejor estatua con esa imagen de la transverberación cardiaca de Teresa, otros varios no hicieron sino seguir modelos de estampas. En Guadalajara existe un cuadro portentoso y llamativo, un cuadro de enormes proporciones, un arte cuajado de barroquismo, unos colores medidos y como no afectos por los siglos, una luz central que se derrama por los bordes, y un sello zurbaranesco que asusta. Lo pintó en 1664 Andrés de Vargas, que era artista conquense, y está colgado, como el primer día, en el muro de la epístola del presbiterio de la iglesia conventual de San José, en nuestra ciudad de Guadalajara.

Es difícil contemplarlo, porque la tal iglesia abre cada día muy temprano, a la hora en que un capellán acude a decir misa y dar de comulgar a las monjas carmelitas descalzas que habitan este convento, desde inicios del siglo XVII. Y luego se cierra. En la penumbra, la luz del Espíritu Santo en forma de paloma radiante, surge del centro del inmenso lienzo, Sobre esa luz, el cielo ocupado por el Padre Dios ataviado de manto opulento y acompañado de ángeles que tañen instrumentos de cuerda. Bajo esa luz, la escena martirial y gozosa. Un ángel sujeta a Santa Teresa de Jesús, que, vestida de monja carmelita, y arrodillada, ofrece su pecho a la lanza incandescente que un ángel barroco de larga melena, alas batidas y botas como de militar le arroja directamente al corazón, que adivinamos dentro. Es el instante antes de la Transverberación, pero ahí está: una joya del arte que pocos han visto.

La iglesia del convento de San José

Es una pena que la iglesia del convento de San José esté tan recóndita, a pesar de que ante su portada pasan a diario miles de coches, en una calle (la de Ingeniero Mariño) que más que una calle ya es un atasco permanente. Una fachada que al sol de la media mañana de invierno refulge con el blanco y el pardo de su piedra y sus ladrillos. Una portada de sencillez conventual, a pesar de estar diseñada por el mejor de los arquitectos conventuales del barroco español: fray Alberto de la Madre de Dios. Era este hombre, cántabro de nacimiento, y en palabras de su mejor estudioso, José M. Muñoz Jiménez, “uno de los más importantes discípulos de Juan de Herrera, representante magistral del último Manierismo, y autor de conventos caracterizados por la perfecta adecuación a las necesidades y al espíritu de la Orden”. Carmelita él mismo, profesó en Segovia, en 1592, y murió en el Convento de San Pedro de Pastrana, en 1635, tras haber diseñado y dirigido una treintena de templos de su Orden, más otros edificios encargados por los Reyes, los Obispos y los nobles de más alta alcurnia del país. En Pastrana fue el encargado de la reforma monumental de su iglesia Colegiata, de tal modo que acogiera, sobre una primitiva iglesia medieval, la grandiosidad del manierismo ducal de los Silva.

En Guadalajara, fray Alberto diseñó el templo del convento de padres carmelitas de los Santos Reyes (hoy iglesia de El Carmen), que está considerada como su obra maestra. Otro espacio de la ciudad, recoleto y como olvidado, que sin embargo despierta la admiración, por no decir el entusiasmo, de cuantos entendidos en arquitectura religiosa hispana se acercan a é.

En las carmelitas de San José, fray Alberto diseña un templo exquisito, aunque pequeño, tras una portada recoleta y simple. Este convento lo fundó en 1619 la piadosa doña Ana de Mendoza, sexta duquesa del Infantado, que creyó poder pagar con obras sacras la disipación y el dispendio de sus antecesores. Comenzaron las obras en 1625, y en ese verano fray Alberto se entretuvo en diseñar con mimo los planos y cálculos de este templo. Llamó a dos maestros de obra madrileños, Francisco del Campo y Jerónimo de Buega (posiblemente de origen cántabro, como él, y como todos los “facedores de piedra” de este país, durante tantos siglos) y en diciembre de ese año se pusieron mano a la obra.

La fachada ofrece, sobre su paramento de ladrillo divido en dos cuerpos superpuestos y un frontón de óculo central, un solo arco de entrada con pilastras laterales rematadas en bolones sobre el arquitrabe que a su vez sujeta una gran hornacina cobijante del Santo titular. Encima va el ventanal que ilumina el coro de las monjas. Y a su lados, sendos escudos, uno de ellos de la casa ducal del Infantado. A un costado de la fachada, sobre el muro meridional del templo, se levanta la gran espadaña que da buena pinta al conjunto.

El interior es de una sola nave, en penumbra siempre, con unos altares laterales cuajados en sendas hornacinas, y sobre el simple crucero una preciosa cúpula con ligero ensanchamiento en planta. Cúpula que apoya en pechinas con imágenes pintadas de santos y santas de la Orden. Una joya de la arquitectura manierista.

Pero lo mejor de todo, sin duda, o al menos en mi opinión, es el retablo que sorprende llenando por completo el muro del presbiterio. Es un retablo barroco, pomposo y brillante, de formas contenidas y muy exuberante ornamentación vegetal. Además del San José de la hornacina central, esculturas de la época, plenas de fuerza y belleza plástica, representan a sus lados a San Elías y a Santa Teresa. Y en lo alto a la  Virgen del Carmen. Un conjunto muy medido de hagiografía carmelitana. Porque en el muro de la epístola, lo dije al principio, está la escena escalofriante de la Transverberación de la fundadora. Y al fin en el muro del crucero, otro enorme cuadro, este más moderno, con las imágenes de las tres monjas niñas que ofrecieron su vida en martirio, en la Guerra Civil del 36. Color, solemnidad, devoción, historia… un hueco mínimo de nuestra Guadalajara, que no por oculto, lejano y poco conocido deja de acompañarnos cada día, con su potencialidad de asombros para cuando, ¿cuándo? se abra al público y admiración de todos.