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diciembre 6th, 2002:

Ruta de las Fuentes de Guadalajara

¿Hay mejor regalo que beber agua fresca del chorretón de una fuente, cuando en verano se camina por los campos o las calles de cualquier lugar de Castilla? Las fuentes son hoy algo ajeno a nuestro vivir cotidiano, porque antes se para en un área de Servicio a comprar una minibotella de agua envasada, que atreverse a beber de un caño que mana de un pétreo muro. Durante muchos siglos, sin embargo, la única forma de saciar la sed, con calificativo de “humana”, era aproximándose a una fuente. Que las había en todas partes de nuestra geografía provincial, pues no en vano contamos con un clima que no deja de ser atlántico, y por tanto generoso en lluvias durante el otoño y la primavera, las suficientes como para cargar las fuentes para todo el año.

Cien Fuentes de Guadalajara

Vienen estas iniciales disquisiciones a propósito de la aparición (y presentación el pasado lunes en nuestra ciudad) de un libro cuyo contenido se refiere en exclusiva a las fuentes de la ciudad, y a las de la provincia. De casta le viene a uno de los actuales barrios de Guadalajara su apelativo de Aguas Vivas. Ya el-Idrisi, un geógrafo árabe medieval, escribía que ese era el aspecto de esta ciudad hermosa y acogedora. Efectivamente, por toda la ciudad surgieron siempre fuentes, que sirvieron para algo más que para proveer de agua a su vecinos y vecinas. Sirvieron para reunirse junto a ellas mozos y mozas, sirvieron de mentidero, de lugar de tertulia, de sorpresas, de emociones. Las fuentes han sido siempre algo más que un mini-edificio con salidas de agua. Han sido un espacio social.

En nuestra ciudad hay algunas, ya muy pocas, que aún nos recuerdan años niños, en que corríamos a beber en ellas. Así la de la Niña, al final del paseo de San roque, con su estanque del que surge la taza que rebosa y echa el líquido elemento por las mofletudas caras de anónimos duendes. O la que hay en medio del paseo de San Roque. La más llamativa, quizás, la fuente ornamental del centro del Paseo de la Concordia, sin olvidar la dedicada a Neptuno en el Jardinillo, frente a San Nicolás.

Pero las mejores fuentes, sin duda, se encuentran repartidas por toda la provincia. El libro que comento, y que me parece un encantador catálogo de imágenes y memorias, ha sido escrito por Juan José Bermejo, un alcarreño que anda siempre fotografiando cuanto ve en sus perennes viajes por la provincia. Se titula Fuentes de Guadalajara, y viene dividido en once rutas, cada una encabezada por población importante, o aglutinadas en un concepto geográfico común. Desde la Sierra Norte al Alto Tajo, y desde el Señorío de Molina a la Campiña, son más de un centenar las fuentes que llaman la atención. Que merecen incluso, un viaje.

En la Sierra destacaría el gran fuentón de Villacadima, al norte del pueblo, que parece un pequeño monumento barroco, dando sus aguas a las gentes (que ya no van) y al ganado. Pero no olvidamos en esta zona a Sigüenza, la ciudad de los obispos, que vio cuajado su caserío de monumentales fuentes. Entre ellas, hoy recordamos la que nos saluda frente a la catedral, con el escudo ciudadano, o la de la Huerta del Obispo, que también su frontis lleva tallado en piedra el escudo del Obispo Díaz de la Guerra.

En la Campiña, son más humildes. La fuente de El Cubillo de Uceda, en una hondonada junto al pueblo, es grande y generosa en bordes para que un buen rebaño se remoje con facilidad. Por los pueblos de junto al Henares, surgen también las fuentes sonoras: en Yunquera, en Fontanar, en Marchamalo, en Cabanillas…

La Alcarria es quizás el lugar donde más fuentes y más hermosas pueden verse. Si tuviera que destacar en esta comarca una, diría que la de Solanillos del Extremo me emociona y asombra, de tan grande, polimorfa, con utilidades para todo: pilones, caños, muros, asientos, etc. Sin olvidar, claro está, la del vallejo de Fuentelencina, del mismo estilo, grande y lucida.

En la tierra de Molina hay también ejemplares de gusto. Si la preferida es Tartanedo, la llamada fuente del obispo, que regaló uno que lo fue de Zaragoza y que había nacido en el pueblo, llenando su frente de romanas letras con frase latina y ampulosa, no puedo olvidarme de Buenafuente, del monasterio y poblado anejo, donde el agua que mana de la montaña surge primero en una fuente dentro de la iglesia, y luego emerge y se aprovecha en la plazuela que hay delante del templo. Un conjunto realmente variado, atrayente, sorprendente siempre.

Este libro de Fuentes de Guadalajara que acaba de aparecer es sin duda un buen amigo: porque vuelve a ofrecernos la posibilidad de viajar por la provincia toda descubriendo aspectos entrañables de sus pueblos que hasta ahora nos habían pasado desapercibidos. Es una muestra, también, de cómo mucha gente colabora, prácticamente de modo anónimo (o, al menos, sin ayudas oficiales a cargo de los presupuestos destinados a mejorar el turismo) a dar a conocer nuestra tierra, y a animar a otros a que la vean con nuevos ojos.

Finalmente, si yo me tuviera que quedar con una sola fuente de todas las que hay en la provincia y este libro nos muestra, aun con todos los condicionamientos que surgen de la elección única, me inclinaría por la de los Cuatro Caños de Pastrana. Una fuente que tiene cuerpo, imagen, función y tradición de siglos en torno a su silueta inconfundible. Aunque, repito, hay muchas otras que son singulares y únicas…. no puedo olvidar ese manantial del Cifuentes que son siete, o cien, las que echa al mundo de un solo golpe. La grande y cobijadora de caravanas de arrieros, en el vallejo de Fuentenovilla, o las varias que surgen por el casco de Setiles, alguna de ellas con tradicionales virtudes medicinales. Un mundo que nos descubre Bermejo en este libro que, ya, prometo no dejar nunca muy lejos de mis manos, cuando vaya a salir por la provincia. Porque puede que, vaya donde vaya, me quede alguna sorpresa inédita muy a mano para visitar.