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enero 12th, 2001:

Los Barrionuevo de Peralta, señores de Fuentes de la Alcarria

 

Un grupo familiar de características singulares, chocantes, incluso soprendentes para lo que era usual en el Siglo de Oro español, lo constituyeron los Barrionuevo de Peralta, individuos que aunque madrileños de nacimiento y residencia, en muy largas temporadas habitaron el lugar de Fuentes de la Alcarria, del que tenían el señorío jurisdiccional, y allí dejaron memoria clara de su existencia, aunque por los avatares desgraciados de la historia, hasta esa memoria ha quedado borrada en su aspecto material, y sólo lo que uno que ande metido en esto de bucear en la historia y en las antañonas crónicas de nuestros pueblos obtenga de viejos papeles es lo que nos servirá hoy para rememorar a tan curiosa serie de personajes.

Fundador de la saga es don García de Barrionuevo y Peralta. Señor hidalgo de solar conocido en tierras de Soria, que había nacido en Madrid, hacia el año 1520, y había formado parte, como tercerón, en la corte de don Felipe II, al que sacó en cierta ocasión la distinción de ser caballero santiaguista. Vivió de los dineros allegados por sus abuelos, y de la gloria inconcusa de haber ofendido (sus ancestros, claro) valientemente y descalabrado sin discusión a buena parte de la grey mahometana que poblara la Península en tiempos medievales. Así lo dice Diego de Urbina, rey de armas de Castilla, en su «Máxima Nobiliaria», monumental escrito heráldico que tuve la suerte de encontrar en la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional, y en el que se dice de estos Barrionuevo

 No bes aqueste escudo aquartelado

con los castillos de oro en campos roxos

y las cruzes del oro azenderado

en campo azul mostrando mil enojos

es de Barrionuebo, aquel azelerado

que en Othomanos hizo mil despojos

por quien Soria se muestra más gloriosa

con la lanza y espada desdeñossa.

Don García tuvo el gusto de comprar el lugar de Fuentes [de la Alcarria] hoy en la provincia de Guadalajara. Lo hizo en 1579, gozando desde ese momento de todas las prerrogativas del señorío jurisdiccional, y ejerciéndolo, pues sabemos que puso autoridades por su mano (nombró al corregidor, a los alcaldes y a los justicias) y reguló el cobro de los impuestos, de los que no era el menor la alcabala del portazgo que pagaban los ganados que pasaban por delante de su fortificada silueta. Una inversión como otra cualquiera, que le supuso unos ingresos destinados, por lo dadivoso de su espíritu, a hacer limosnas y sufragar penurias. Jerónimo de la Quintana, en su obra Grandezas de Madrid, hace grandes elogios de don García, de quien dice dedicó sus caudales a fundar capellanías en la iglesia de San Ginés de Madrid y en la parroquial de su lugar de Fuentes donde edificó una iglesia muy suntuosa, enriqueciéndola con muchos ornamentos, ricos cálices y demás cosas necesarias para el culto divino, y dotando doze capellanes perpetuos que celebran de ordinario en ella. Como una colegiata a lo grande quiso don García que fuera la iglesia de Fuentes. En Madrid quedó fama de su bondad y caridad, y así José Antonio Alvarez Baena en su obra Hijos de Madrid nos refiere con pormenor la causa de esta nombradía, pues en su casa no se veía otra cosa que pobres de la mañana a la noche, sin que cesase de dar limosnas por su propia mano a cuantos venían y a cuantos encontraba, poniendo gran cuidado en saber los pobres enfermos, tullidos o los que por ser bien nacidos no salían a pedir, y les enviaba los socorros a su casa. Si esto es verdad, habrá que irse quitando el gorro (el que lo tenga) ante la memoria de don García. En cualquier caso, un aplauso muy fuerte. Murió en Madrid, en 1613. Se mandó enterrar en la iglesia de San Ginés, de la que era feligrés, y allí se puso poco después una estatua sepulcral de escaso mérito. Su fama de hombre amable, caritativo y cristiano le acompañó siempre. Hasta en el documento de la ejecutoria de su hidalguía, otorgado por la Chancillería de Valladolid (que acompaña estas líneas gracias a que me la ha facilitado mi buen amigo don Manuel María Rodríguez de Maribona y Dávila, secretario del Colegio Heráldico de España y de las Indias), don García quiso que aparecieran varios motes que acompañan a las armas de su linaje: el Ama y teme a Dios, El Alma de la nobleza es la virtud, y Deve el más noble pues ha recibido más ser más humilde son evidencias de su clara trayectoria.

Había casado con doña María de Vera y Molina, de una linajuda familia de Ubeda con raíces molinesas (como lo atestigua el emblema heráldico de su segundo apellido, que aparece en el cuarto cuartel del escudo de la ejecutoria, y que pertenece a los Ruiz de Molina, originarios del Señorío y señores a su vez de Castilnuevo de Corduente, de Embid y de otros sitios). Y había tenido al menos tres hijos, a los que educó con esmero y en el temor de Dios. Salieron los tres con ansias militares, muriendo dos de ellos en acciones de guerra por la península itálica, entrando luego el que quedaba a ser ministro de la iglesia, tras comprobar la evidencia de la fugacidad del placer y la vanidad de las pompas humanas. Fue este el más conocido de todos (quizás por vivir más tiempo) don Jerónimo de Barrionuevo, que escribió los famosos Avisos (cartas escritas entre 1654 y 1658 a un deán de la catedral de Zaragoza) en que ponía como noticias las más sorprendentes anécdotas y curiosidades de la vida española de ese periodo. Vivió largas temporadas en Fuentes, trasladándose luego a Sigüenza, donde muy a pesar suyo vivió, y quizás murió. A la villa de Fuentes dedicó algunos poemas y obras teatrales. No podemos olvidar aquella titulada El Judas de Fuentes, ni el poema que dedicó al enclave alcarreño, y que bajo el título de A la villa de Fuentes de mi hermano, la viste con no merecido traje de burla y de ironía. Dice de ella

Metido como en esconce

un lugarillo pequeño

se viste de noguerado

entre peñascos inmensos.

Villa en lo porfiado,

de condición carrasqueño,

frontera, si no de moros,

de Biruega, que es lo mesmo;

todo nabos, todo zupia,

ésta en licores groseros,

y aquellos por esos aires

solamente para truenos.

Como vieja desdentada

son sus casillas sin serlo,

pudiendo servir de cortes

a los gruñideros negros.

Fuerte, realmente, para que luego le acogiera la serenidad de la atmósfera sacrosanta de la iglesia parroquial en forma de revestido caballero manteado y agorgolillado, rezador y funesto. No me extraña que siglos después (concretamente en 1936) le prendieran fuego a la estatua que le representaba. Claro que no lo hicieron (alguien lo haría, digo yo) por saberse este verso, sino a lo bestia, sin saber por qué, que es como en España se han quemado las iglesias.

Pero a lo que íbamos. Mandó el padre, el primigenio don García de Barrionuevo, que aunque le enterraran en Madrid, pusieran en la iglesia de Fuentes sendas estatuas orantes que le representaran a él, a su esposa doña María, y a sus hijos don Francisco, don Jerónimo (el del verso) y don Bernardino, el más pequeño. Todos por igual, serios, delgados, como tísicos, con galanura trazados sus perfiles, hasta el punto de que Ricardo de Orueta en su clásica obra La escultura funeraria en España esboza la teoría de que podían deberse a la gubia de Pompeyo Leoni, nada menos. Fuera de quien fueran estas estatuas, el caso es que durante la Guerra Civil de nuestro siglo las quemaron y sólo nos ha quedado de ellas el recuerdo gráfico de las obras de Orueta y Layna (La provincia de Guadalajara, escrita junto a Tomás Camarillo) y la memoria de las gentes de Fuentes que aún recuerdan -los más viejos solamente- que hubo en las hornacinas de los muros «unas estatuas muy antiguas de unos señores muy requetefeos». Triste destino a tanta grandeza. Y eso que en el epitafio escrito de don García se decía que con la Nobleza de sus hechos igualó la de su Linaje. Fue modesto, templado, amable y oficioso con los bivos y piadoso con los muertos. Lástima, y que, al menos, no se pierda su memoria.