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julio 14th, 2000:

Un paseo hasta Valdapeñas de la Sierra

En la Serranía de Guadalajara, al otro lado del Jarama, en un territorio que es ya Somosierra aunque las mejores tierras del pueblo estén en la Vega de ese río, se alza Valdepeñas, que fue siempre así llamado, durante siglos, hasta que en la época del Conde de Romanones, en que se puso apellidos a los pueblos «repetidos» de España, le añadieron lo de «la Sierra» por no confundirle con otros empeñascados pueblos a caballo entre valles y montañas. Este está a 916 metros sobre el nivel del mar, y se goza en él de un aire, todo el año, como más limpio y transparente que en otras partes.

Llegamos a Valdepeñas, la tarde luminosa y abierta, única como siempre que nos lanzamos a ver el mundo tapizado de carrascos y aliagas, en un periquete desde Guadalajara. Se sube la carretera de Marchamalo y Usanos, y al llegar a Viñuelas, se toma la desviación a la derecha y por Casa de Uceda se comienza el descenso al valle del Jarama, denso de pinos, de rebollos, de encinas y caza. Luego se asciende y ya se está allá, en la sonriente floritura de este pueblo. Los viajeros se han apeado del coche, y se lanzan a pasear las calles, los caminos, los olivares. Delante de la iglesia hay un almendro que por marzo se pone en flor rabiosa, y alegra la cara de quien se arrulla con sus flores. La iglesia es casi lo único antiguo y generoso en formas que se ve por la villa. Tras una escalinata pronunciada, casi vaticana, se llega a la puerta, que es de curvas agudas, sencilla y gotizante, medieval pura. La torre del templo se nos antoja excesivamente rural, sanchopancesca, sabedora de refranes. Los viajeros se van luego detrás del templo, escalan un cerro desde el que se ven los valles y las montañas como en un cuadro primigenio. En la primavera es todo verde, hay prados, entre las rocas, y hay caminos que clarean entre los carrascales. Al norte se alza la sierra, se entreve Alpedrete, humilde y pintoresco, y dan ganas de seguir el camino que sube a los cerros…

La historia y los Monumentos

Un recuerdo obligado a la historia de Valdepeñas de la Sierra. Confieso ahora que con bastante atrevimiento, por mi parte, porque don Andrés Pérez Arribas está terminando de publicar un libro que nos dará completa la historia de este pueblo, que es el suyo, en el que nació hace casi 80 años. Perteneció esta villa, tras la Reconquista de la Transierra en el siglo XI por Alfonso VI, al alfoz o Común de Villa y Tierra de Uceda, estando bajo su jurisdicción, y usando su fuero. Como dicha villa, perteneció al señorío de los arzobispos de Toledo, hasta fines del siglo XV, en que Felipe II le concedió el privi­legio de villazgo, y quedó exenta y libre.

Para los buscadores de arte, podemos decir que su iglesia parroquial (que fue recientemente restaurada tras haberse hundido hace unos años) constituye un curioso ejemplar de arquitectura de tradición gótica. Al exterior presenta una construcción de aparejo mixto, de ladrillo y mampostería, en su muro meridional; la portada se abre en el muro sur, y es un buen ejemplar gótico: el arco, moldurado, es apuntado, descansando en columnillas y capite­les delgados, y se enmarca por un alfiz rectangular adornado por bolas o pomas. Se ven puertas similares, aunque con arcos semicirculares, en muchas construcciones civiles góticas repartidas por toda Castilla. Su interior es de tres naves separadas por pilares de sección rectangular de sillería, y arcos apuntados. Un gran arco triunfal, muy elegante, elevado sobre elegantes capiteles vegetales, separa la nave principal del presbiterio. La cubierta es de madera, de tradición mudéjar. Al presbiterio se accede desde la nave central por un arco que apoya en bellos capiteles. Dicho presbiterio es de planta cuadrada y se cubre de bóveda de crucería estrellada. La torre del templo, que como digo es amazacotada y densa, es accesible por una escalera de caracol construida en piedra en el interior del muro, y que recibe luz por finas ventanas aspilleradas.

Otros detalles evocadores

Pasear por Valdepeñas rescata del pasado muchos recuerdos. La tarde luminosa se alza dando relieve a casas y esquinas. La calle mayor es lustrosa, ancha, y en ella se ven buenas casonas antiguas. En otras calles y plazas sorprende a los viajeros la cantidad de pinturas, estilo naif, que pueblan sus muros de pintados árboles, frutales y montañeros, como si trataran de dar verdor a un caserío en el que predomina el blanco. Porque árboles hay, y muchos. En el camino de salida hacia poniente, se alzan unos cuantos olivos que podrían figurar en el Museo Virtual de los árboles impares, preciosos y generosos en su forma, en su tamaño, en su producción olivarera.

Además tiene Valdepeñas otra vestimenta de acicale: sus rótulos callejeros, que en elegante cerámica muestran los sonoros nombres de sus rúas: la mayor, la del Cura, la del Moral… tantas y tan elocuentes de un pasado rural, sencillo y español. Bajamos luego más hacia la Vega, que allí ponderan por su riqueza de productos huertanos, por el frescor que reparte en las tardes de verano, por la abundancia de pájaros, de flores raras. En fin, que aparte de la belleza de su entorno, Valdepeñas suma nuestro aplauso por la generosidad y simpatía de sus gentes.

Después de este viaje a Valdepeñas, que a buen seguro no ha de ser el último, en una tarde inolvidable de primavera tardía, los viajeros se disponen a recordar sus momentos de pausada marcha por las calles y plazas del lugar, y ante la perspectiva de saber más, mucho más y más hondo, a través del anunciado libro de su cura más jovial y sabio, don Andrés Pérez Arribas, se quieren quedar más horas, y así lo hacen, hasta que la sombra de la Somosierra se echa encima de las casas, y ya desde la ermita volvemos las caras para mirar otra vez el caserío que se alza en el borde del roquedal. Cualquier rincón de Guadalajara está preñado de belleza, pero este Valdepeñas de la Sierra tiene tanta que a pesar de haber acabado el artículo tratando de explicarla, aún no sé por donde empezar a ponderar esa magia que respira, y que nos obligará a volver otro día.