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abril 19th, 2000:

Guadalajara, un pueblo cristiano

A lo largo de muchos siglos ha demostrado Guadalajara ser una tierra cristiana, un lugar donde sus gentes han conocido la grandeza de Dios a través de las manifestaciones que en su entorno ha dejado. En estos días en que la Semana Santa entrega el recuerdo de la Pasión de Jesucristo, el Dios vivo, a quienes vuelven el rostro a mirar el paso de los testimonios escultóricos de aquella entrega, nos viene a la mano la posibilidad de recordar esa fuerza de lo religioso en la vivencia de la tierra alcarreña y seguntina, serrana y molinesa.

Serán las procesiones y manifestaciones litúrgicas de la Semana Santa en Guadalajara, en Sigüenza, y en tantas y tantas otras localidades de la provincia, las que den fe de esa generosa respuesta. Nosotros hemos visitado, hace unos días solamente, otro lugar que ha renacido y cobrado vida en Sigüenza, con motivo del Año 2000, del gran Jubileo de la religión católica: el Museo Diocesano de Arte Antiguo, que ahora dirigido por don Ignacio Ruiz Hernández, y después de haber recibido un tratamiento de rehabilitación y adecuación a los nuevos tiempos, se estrena con una exposición que merece la pena verse. Y ello por dos motivos. Quizás el primero pueda ser la belleza y espectacularidad de las piezas de arte en él exhibidas. Pero sin duda el segundo, de mayor calado, es el esfuerzo realizado por la Comisión «Jubileo Año 2000» para ofrecer en este momento, (y estos días son los ideales para visitarlo y recibir su mensaje con mayor entereza) el valor apostólico que desde su intimidad y raíz profunda tiene el arte cristiano: un mensaje transmitido, mudamente, a través de la belleza. ¿No es un reto poder captarlo, asumir la humildad y cobrar la valentía de ser capaces de entender, desde ese ámbito, el significado de las piezas?

Un Museo ejemplar

El diocesano de Sigüenza es un Museo ejemplar. Porque está hecho con humildad y paciencia, con escasos recursos y mucha ilusión. Con callada efectividad, sin anuncios en la prensa ni excursiones patrocinadas. Pero con rigor y sobre todo, reuniendo lo mejor del arte sacro de la diócesis/provincia de Guadalajara. Sin estar definitivamente abierto en todas sus salas, la oportunidad del Jubileo ha permitido que un buen plantel de sus fondos se pusiera a la visión general. En la Semana Santa ese espectacular muestrario cobra todo su valor.

En la primera sala, casi en el primer aliento del Museo, surgen las imágenes talladas en alabastro pálido que, procedentes de Pozancos, del enterramiento del clérigo don Martín Fernández, se asoman pudorosas aunque desnudas a los ojos del paseante. Proporciones de tipo nórdico, gestos intrépidos y una belleza rabiosa, despampanante, que capta la atención nada más entrar. Luego se suceden en la sala imágenes de tanta fuerza como el san Elías atribuido a Salcillo o el cuadro de la Anunciación que pintara el Greco para formar parte de aquel retablo de la catedral seguntina que al final se desperdigó y del que hoy quedan huellas hasta en Hungría.

En la Sala dos se nutre el aire del color y la dulzura de ese gran cuadro que pintara Zurbarán con la «Inmaculada» y al fondo Sevilla, y que Jovellanos regaló a su amigo Arias de Saavedra, para que lo pusiera en el palacio de Jadraque, estando ahora dando el perfil más cierto de este Museo por el mundo. La Inmaculada de Zurbarán, que también llaman «la de Jadraque» es la joya de este centro de arte, un elemento de peregrinación, un pálpito de jubileo por sí misma.

En la sala tres vuelve a emocionarnos la arrebatada belleza del «Nacimiento» de Salcillo, que procedente de Barbatona lo llena todo de aplausos a su perfecta escultura y a su policromía equilibrada. Pinturas y más pinturas aquí, con la Sagrada Familia de Caballero, y el «Nacimiento y Adoración de Jesús» del círculo de Orrente, un tanto eclipsados todos por eese cuadrito en el que aparece la Virgen con el Niño y que es, -puede ser- de Hans Memling, el color puro sobre el lienzo de Flandes.

La sala cuarto tiene un aire rural y bucólico, un sonido de romance en la pieza que más nos gusta: la pequeña campana que procede de Valdelagua y que se elaboró en el siglo XV, al menos así lo pregona la leyenda en letras góticas que la cubre. Pequeñas y valiosas joyas nos ofrecen las vitrinas de esta sala: desde el mapa de la diócesis a principios del siglo XX, al impresionante anillo episcopal del obispo Muñoyerro, que tanto poder tuvo tras la Guerra Civil; o el anónimo cabezal de báculo procedente de la catedral junto al escudo policromado del actual obispo don José Sánchez, pintura en pergamino de Ramón Rodríguez Cuevas. Cartas del santo diocesano Marciano José, y un óleo exquisito de Regino Pradillo «Tierras de Guadalajara» en su dimensión cósmica y religiosa a un tiempo.

La visita del Museo acaba en la sala quinta, donde parece estar presidiendo la masa oscura y gris, dura y severa de la portada románica de la iglesia de Jócar, que no hace todavía muchos años sirvió de blanco para las punterías de la artillería, y que aquí se recogió, sacada de entre las ruinas, y sirve de aglutinante a esas pequeñeces sorprendentes que son el «Buen Pastor» de origen luso-indú, del siglo XVI, y que a todos nos gustaría acariciar, recorrer con minucia en sus mil detalles pequeñísimos; a ese «Resucitado» en altorrelieve de dorado esplendor, a esa impresionante «Piedad» atribuida a Morales, que es toda dolor y sangre coagulada, sin olvidar la cruz, el cáliz y la custodia que son las tres símbolo de tanta pieza móvil, de tanta filigrana en plata aún derramadas por la diócesis.

El conjunto de esta «Memoria de su presencia» que es como ha titulado la diócesis a esta Exposición litúrgica, es perfecto y puede servir a muchos para celebrar la Semana Santa con un viaje (a Sigüenza), con una admiración nueva (a este Museo renacido) y con una segura visión de la raíz cristiana de nuestro vivir y nuestro mirar. Organizada por la Comisión «Jubileo Año 2000», como dijimos antes, pero con el apoyo del propio Museo Diocesano, la delegación diocesana del Patrimonio Cultural, y el Cabildo de la Catedral,  cualquier día menos los lunes puede visitarse, en horario de mañana y tarde, por el precio de 300 pesetas y la seguridad de entrañarse con la propia tierra, con los pálpitos de luz y color que de ellas se han desprendido a lo largo de los siglos.