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noviembre 5th, 1999:

La felicidad de la Alcarria

 

Después de leer la última obra publicada por Manu Leguineche, y a la que ha puesto por título «La Felicidad de la Tierra», uno se queda confortablemente convencido de que esta Guadalajara nuestra es esa tierra que él señala, la mejor del mundo para vivir en ella. No la más esplendorosa, ni la más animada, ni la más rica. Simplemente la más hermosa y adecuada para vivir feliz y tranquilo, en comunión con esa Naturaleza que en otros lugares puede que sea más lujuriante, pero que aquí se mece en el perfecto equilibrio entre el mundo y la gente.

De la obra de Manu Leguineche, que es amplia y bien trabada, columpiados sus escritos entre el aire violento de las crónicas de guerras, y la minuciosa referencia de viejos conflictos o personajes con sabor antañón, esta última es la más perfecta. Esta «Felicidad de la tierra» es el libro que coloca a Manu en los tratados de la Historia de la Literatura Española. Hasta ahora estaba en los de Periodismo, crónicas, emociones y anécdotas. Ahora entra, por una puerta grande y solemne, en el Parnaso de los que, por mucho leer y aún más pensar, se han merecido un plinto en el legendario museo de las glorias.

Tierra de Guadalajara

La tierra de que habla Manu Leguineche en su obra es la nuestra: la Tierra de Guadalajara. Es esa que tiene «estos árboles largos, mecidas sus hojas por el viento, forman con el monasterio en ruinas, con la leyenda de la fuente, un escenario en el que todo te invita a la contemplación». Habla así del entorno de Sopetrán, porque Leguineche ha hecho suyo este pedazo de España, el que tiene a Torija, a Brihuega, a Cañizar y a Hita por ejes solemnes de la belleza simple y de la humanidad entraña.

Los paisajes que describe, y que él vio por primera vez desde el alto «Tejar de la Mata» en término de Cañizar, son los que siempre hemos amado. A la Alcarria, -que también late en los bordes del valle del Badiel- le bastan sus atardeceres para constituirse en universal referencia de la belleza del planeta. Eso, de mucha mejor manera, con mil referencias a la vida, a la amistad, al mus y a la comida, nos lo dice Manu Leguineche en este sabroso y palpitante libro.

Pero el autor se entretiene aún más, si cabe, con las gentes. Es con las que vive, a las que escucha, a las que pregunta. No puedo hacer aquí, ni siquiera en formato de lista, referencia de cuantos alcarreños aparecen (aparecemos) en esta obra. Hay algunos que están especialmente suscritos en sus páginas. Por supuesto Camilo José Cela, que pasó de ser alcarreño residente a gallego en desbandada. Camilo ya viene poco por aquí: si acaso, a comer. Pero otros muchos quedan dando sazón con su vitalismo de esta tierra y de lo que para Manu es razón de la amistad. Ahí están Jesús Campoamor y Delia, su mujer. Ahí están Paco García Marquina y Toya, con su vitalismo literario. Ahí aparecen Emilio Cuenca y Margarita, con su sereno pasear la calle Mayor arriba; o Pedro Aguilar más Pocholo, los referentes de Torija. Y Cortijo en su Tolmo de Brihuega, los monjes de Sopetrán, Ascen la librera, Josepe el poeta tranquilo, y hasta Luís Monje Ciruelo, al que lee habitualmente, como se lee entero el «Nueva Alcarria» que a Manu le sabe a pan de pueblo.

Orígenes y metas del libro

Empezó Manu, según ha dicho en la presentación de su obra, que la hizo el 14 de septiembre en Cañizar, entre los suyos, esta obra apuntando en un cuaderno que le regaló su hermana los sucedidos más ínfimos que le ocurrían en esta tierra, desde que, hace ya más de 10 años, llegó a Cañizar como dueño del Tejar de la Mata, un viejo caserón aislado en el chaparral que mira al valle del Badiel. Se ha ido alimentando de charlas de tasca, de conversaciones en chimeneas, de partidas de mus en plazas, y de pláticas serenas con gentes de todo pelaje. En general, y así nos lo dice el autor de «La Felicidad de la Tierra», el pelaje de sus informantes e inspiradores es de natural sencillo y franco, abierto y generoso.

Rescata en sus memorias (así podríamos llamar a este libro, pero memorias de la gente sencilla que le dio de comer en su camino) muchas anécdotas de su vida transeúnte por el mundo. No podía ser menos, porque Manu es un hombre que ha vivido tanto, y en tantos sitios, que aunque no quiera le brotan los saberes, y los recuerdos. Pero alimenta estas páginas de referencias más cercanas, humanamente hablando, al entorno alcarreño: teatros populares en las plazas, vacas y vaquillas en las fiestas, alguna procesión de Semana Santa, Festivales de Hita y Campeonatos de mus. Y recuerdos de la guerra, de las trillas, de la mili de algunos. Repito: no quiero dar nombres, pero todos están, reales y vivos, con la humanidad que les grana sin pretenderlo.

Me estaría toda la noche diciendo cosas de esta obra. Solo una, para terminar, que quiero que suene fuerte y sea contundente. Después del «Viaje a la Alcarria» de Camilo José Cela, esta «Felicidad de la tierra» de Manu Leguineche es el libro que más puertas le va a abrir a nuestra tierra de Alcarria. Miles de los lectores que van detrás del escritor vizcaíno, (cientos de miles, que los tiene), van a sentir la necesidad de venir hasta aquí, a ver (a vivir, mejor, a escuchar y a empaparse de vida) esta calle mayor de la que el autor dice  que «parece que no ha pasado el tiempo por ella, territorio de chalanes y chamarileros, de cacharreros…» con sus personajes fieles y su aire sin prisas. Guadalajara empieza ya a estar en deuda con Manu Leguineche, porque él sí que ha sabido captar la esencia de esta tierra, a la que ha querido verle solamente el rostro feliz. El otro, que también lo tiene, lo ha dejado para que algunos sigan pintándolo de envidias. Porque a partir de ahora, alguno que otro de esos oscuros rostros llegará a ver Manu.

Ah, y de las 472 páginas que tiene la obra, hasta la 434 llegan los avatares de nuestra tierra alcarreña. El resto hasta el final lo dedica a un delicioso viaje por la Mancha de Don Quijote. No es mal epílogo para un libro que rezuma sinceridad, castellanía y buen aliento. Un libro que ya es clásico (y lo será por siglos) en la bibliografía de Guadalajara.