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abril 9th, 1999:

Fray Melchor Cano, un santo alcarreño

 

Así le llaman en su pueblo natal: el Santo, el Extático, el Bendito, el Asceta… de muchas maneras para expresar unánimemente su admiración por quien es sin duda el más preclaro de los hijos de Illana: Baltasar de Prego y Cano, quien al entrar en religión (se hizo fraile dominico) cambió su nombre por el de Fray Melchor Cano, en homenaje a su tío, el gran teólogo de Trento y Obispo de Canarias.

El pasado día 30 de marzo, aniversario de su muerte en el convento de San Jacinto de Madridejos, el pueblo de Illana le rindió un sencillo homenaje, descubriendo una placa de cerámica que rememora el lugar, -la casa- donde nació este religioso que de portentosa memoria ha llenado los libros y las crónicas. Si el rey Felipe II le llamaba continuamente para consultarle problemas de conciencia, Santa Teresa de Jesús se deshacía en alabanzas del joven fraile, a quien consideraba un modelo de «contemplativos».

Quién fue Fray Melchor Cano II

Nacido en Illana, hacia el año 1541, fue hijo de Mateo de Prego y Ana Cano Cordido. Bautizado con el nombre de Baltasar, lo cambió por el de otro santo Rey Mago, el de Melchor, cuando profesó en religión. Su madre era prima carnal del gran teólogo, también alcarreño, (de Tarancón), Melchor Cano. Este ilustre familiar marcó desde un inicio la vida del fraile illanito, porque desde muy niño le llamó para que tomara el estado religioso, y a su amparo perseverara. Así, desde Valladolid donde fue llamado por su tío, que a la sazón era regente del espléndido Colegio de San Gregorio, en 1557 vistió el hábito de los dominicos en el convento de Santo Domingo de Pidrahita (Ávila) profesando al año siguiente. Se dirigió luego a Salamanca, sede de la sabiduría y las buenas letras, estudiando varios años en San Esteban. Volvió a Piedrahita, donde fundó el beaterio para dominicas, en 1583. Ya avanzada su vida, se dirigió a Madridejos, donde también fundó el convento de la Orden de Predicadores, bajo el título de San Jacinto. Ocurrió esto en 1596, y allí vivió y protagonizó largos episodios de santidad y se le atribuyen muchos milagros. Murió en ese lugar el 30 de marzo de 1607, y allí fue enterrado y durante siglos venerada su tumba. En tiempos más modernos, profanada su última morada, sus restos se llevaron al monasterio de Caleruega.

Su obra portentosa

La vida de fray Melchor de Prego Cano está relatada con detalle por muchos historiadores y exégetas de la Orden dominica. Uno de ellos, fray Juan López, el Monopolitano, le dedica seis capítulos de su Historia General de Sto. Domingo y de su Orden de Predicadores, publicada en Valladolid en 1615.

Fermín Caballero, biógrafo del tío, hace una reseña amplia y erudita de la vida de este ilustre illanito. De muchos apelativos ha hecho acopio. Le han denominado sus biógrafos como El asceta, el Estático, el Beato, el Bendito, el Venerable y el Santo. Dicen que si el primer Melchor Cano, el obispo y teólogo, sobresalió en sabiduría, el sobrino alcarreño lo hizo en santidad y virtudes cristianas. Porque a lo largo de su vida no hizo sino derrochar manifestaciones de ascetismo a través de raptos, éxtasis y milagros. Conocida su vida y sus capacidades, mantenía correspondencia con múltiples personas de toda España, entre otras con su contemporánea la madre fundadora Santa Teresa de Jesús. En su libro de cartas, dice la santa abulense de fray Melchor: «Aquí estuve con un Padre de su Orden, que llaman Fr. Melchor Cano. Yo le dije, que á haber muchos espíritus como el suyo en la orden, que pueden hacer los monasterios de contemplativos», en clara alusión a sus proezas y rasgos ascéticos. Y termina diciendo la Santa de Ávila: «Oh qué piedad es la suya. Oh bella alma que Dios ha puesto en este religioso. Me ha consolado grandemente».

Tanta era su fama, que cuando el Rey Felipe II acudió en cierta ocasión a Valladolid, pidió le fuera presentado el fraile illanito, y una vez que en Valdemoro acudió a decir la Misa, a la salida casi le deja en cueros la multitud, porque todos querían, con tijeras y cuchillas que llevaban, cortar algún fragmento de sus vestimentas, de las que decían tenían efectos milagrosos.

A su muerte, que ocurrió en el convento de San Jacinto de Madridejos, el 30 de marzo de 1607, hubo que esperar tres días a poderle enterrar, pues mucha gente pasó ante su féretro para darle el último adiós. Entre otros, pasaron don Luís de Portocarrero, con 250 soldados de su compañía, y el conde de Niebla, don Manuel Alonso Pérez de Guzmán, hijo del duque de Medina-Sidonia. Quedó finalmente inhumado en un hueco de la pared de la capilla de Nuestra Señora del Rosario, junto a la puerta de la sacristía del templo dominico.

Sabemos que fray Melchor nació en la calle del Puntío, esquina a la de las Parras, y que desde hace muchos años existió una especie de capilla con retratos suyos. Dicen que aún se ve en una pared una mancha roja, de sangre, de cuando nació el santo. A finales del siglo XVII se trajeron a la parroquia de Illana algunas reliquias: unas cartas, unas tablillas, unos eslabones… todo desapareció con el tiempo, incluso un mal retrato suyo que se conservaba en la sacristía.

La fama de milagrero, aún en vida, de fray Melchor Cano, hizo que enseguida de su muerte se iniciaran las informaciones para su beatificación. Se hicieron pesquisas de milagros ocurridos en las villas de Illana, Villamayor de Santiago, Villanueva del Cardete, Valdemoro, Belmonte, Aragamasilla de Alba, Quintanar de la Orden, El Toboso e Illescas. Dos gruesos tomos se llenaron con las declaraciones de quienes se consideraban beneficiados celestialmente por intercesión de fray Melchor. Se enviaron a Roma, quedando copia del expediente en el archivo del Priorato de la Orden de San Juan, que luego pasó al convento de San Jacinto y finalmente desapareció. Hasta mediados del siglo XIX siguió el proceso, acumulando declaraciones y manifiestos, conservándose los gruesos infolios en el convento de San Esteban de Salamanca y pasando luego al archivo general de su Universidad. Dicen (dicen…) que el Vaticano no quiso seguir con este proceso de beatificación por exceso de pruebas. Les parecía que se exageraba, que había interés excesivo en llevarle a los altares… Dicen.

Es curioso saber de qué era patrono y especial favorecedor el llanito fray Melchor Cano, llamado especialmente El Extático. En Illana se le tuvo siempre por especial abogado de las tempestades y tormentas. Y la verdad es que cumplió, porque con la estructura del pueblo, y los aguaceros que a veces se forman en las tierras de la Baja Alcarria en verano, nunca hubo especial desgracia que lamentar. Sin embargo, en Madridejos se le tenía por especial benefactor y abogado de los partos difíciles, que por entonces lo eran todos.

De todo cuanto se ha escrito sobre fray Melchor Cano, natural de Illana, solo voy a referir un hecho que tomo de la Historia de Segovia, de Diego de Colmenares, por parecerme un autor de probado prestigio y reconocida fiabilidad. Dice este historiador en el capítulo XLVII de su obra, que el 4 de noviembre de 1597 llegó al convento dominico de San Cruz la Real de la capital castellana un grupo de frailes entre los que venía el alcarreño fray Melchor Cano, de camino hacia Valladolid, donde una vez más había sido llamado por el Rey Felipe II. El illanito, en vez de retirarse a descansar, bajó a la iglesia a seguir orando, y a media noche todos vieron tan gran claridad procedente del templo, que asombrados se dirigieron a él, y allí -dice el historiador Colmenares- «hallaron a fray Melchor elevado más de una vara del suelo en éxtasis profundo». Fueron velándole por turnos los frailes durante toda la noche, y al amanecer una multitud bajó desde Segovia al convento por ver aquella maravilla. Se retiró luego a la habitación, y no volvió en sí hasta finalizada la tarde.

Un personaje de pro, en el capítulo de la religión y el ascetismo, con el que cuenta la nómina de alcarreños ilustres. En Illana le tienen, y con razón, puesto en los Cielos.