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noviembre 21st, 1997:

Páez de Castro, un sabio en el Henares (I)

 

Yo no sé si en Quer quedará mucha memoria de su paisano Páez de Castro. En su tiempo lle­nó el pueblo con su presencia y su fama. Después, cuatro siglos son catorce generaciones, solo una sombra huidiza. Hoy salta Quer a estas pá­ginas por gracia de que lo hace su inmortal hijo. La verdad es que de Páez de Castro no queda en los libros de su pueblo ni la más mínima alu­sión. Ni se sabe cuando nació ni cuando murió. Pero el que no existan datos de ninguna cla­se, no quiere decir que su paso por el pueblo fuera efímero. En primer lugar, allí vivió su juven­tud, y, estando cerca de Alcalá, miembro como era de familia pudiente, se trasladó a la Universi­dad Complutense a cursar en ella sus estudios. No se dejó atraer en concreto por ninguna de las disciplinas, y, pues era el siglo XVI, ¡qué buen momento para ha­cerse un auténtico sabio a la an­tigua! estudió leyes, matemáticas, lenguas, historia, ciencias natura­les… todas, en fin, las enseñan­zas que por aquél entonces se da­ban. De lenguas aprendió el griego y el latín; luego el hebreo y el caldeo; más tarde el árabe. Cul­tivó la poesía, brevemente.

Pero no recae su atención sobre ninguna de estas materias en con­creto. Las estudia y asimila, pero su gran pasión serán los libros. De ahí parte toda su peripecia hu­mana; de ahí arranca toda su pos­terior fama. Páez de Castro y los libros forman un todo único e inseparable. Pero a Páez no se le puede tomar solo por este lado: es un triple espejo, cuyas otras dos caras son los amigos y las cartas. Libros, amigos y cartas hacen de él un pozo de sabiduría y humanidad que le elevan al ran­go de gran renacentista.

Su vida universitaria, su estan­cia en Trento y sus viajes por España y el extranjero, así como su nombramiento de cronista real y el hecho de estar al servicio de hombres de tantas relaciones co­mo el Cardenal de Burgos y el embajador don Diego Hurtado de Mendoza, marcan la vida de Páez de Castro con la exquisitez y la luz del Cinquecento, y su inmor­talidad, con el sosiego de saber que no ha perdido el tiempo. Hom­bres como él elevaron de categoría a la raza humana y dieron la patada a la dilatada ignorancia y brutalidad de la Edad Media.

A Trento viajó en 1545. Pasó por Zaragoza y Barcelona, tardando más de un mes en atravesar Francia y los Alpes. Iba, por su­puesto, al Concilio en que España brilló en hombres como en ideas. De los asuntos tratados en el Con­cilio, Páez de Castro se intere­saba por la parte humana de la cuestión Teológica (la doctrina de la predestinación, etc.). Acompa­ñaba entonces al embajador de España, don Diego Hurtado de Mendoza y al obispo don Francis­co de Mendoza, siendo todo su afán el rebuscar en librerías y bi­bliotecas: comprando libros, co­piando parte de ellos… así pasaba su tiempo. Algunos cardenales es­tudiaron con él la posibilidad de que escribiera la Historia del Con­cilio, pero, aunque él mostró muy buena voluntad, no llegó a hacer­se nada.

En octubre de 1547 llegó a Ro­ma. Estrechó allí la mano de mu­chos amigos españoles, entre ellos nuestro paisano Luís de Lucena, el doctor Aguilera, etc. En aque­llos días recibió las Órdenes ma­yores, como había deseado desde hacía tiempo. Después, continuó viajando por toda Italia. No hace falta decir de nuevo lo que Ita­lia significa en el siglo XVI, no solo para los españoles que hasta ella llegaban, sino para el mundo todo: el de entonces, el de des­pués, el de antes incluso. La Ita­lia renacentista es un terremoto de grado infinito, que ha trans­formado el mundo. Nosotros aún vivimos de sus ideas.

Los deseos de Páez por conocer nuevas tierras, nuevas gentes… y nuevos libros, le llevaron a los Países Bajos, donde le vemos en 1554, en Bruselas. Al año siguiente, en Flandes, consigue recibir del rey de España una capellanía de ho­nor y el cargo de Cronista Real. Pero su atención principal con­tinuada polarizada hacia los li­bros, hacia los viejos papeles, ha­cia el estudio.

Por fin consigue su deseo de volver a la patria, y en Quer le vemos en 1560, sin querer ir, a pesar de los ruegos de sus ami­gos, a la Corte, que a partir de ese año, y definitivamente, se asen­tó en Madrid. En Quer era feliz, con sus hermanos y sobrinos, cui­dando de su casa y de su fantás­tica biblioteca, que casi le había llevado a la ruina. En su casa recibía a antiguos amigos, a ilus­tres sabios que desde Alcalá se acercaban a charlar con él, o que desviaban su ruta cuando, desde Madrid o Alcalá, subían hacia Guadalajara.

No vamos a dejar aquí el relato vital de este guadalajareño, de este campiñero ilustre de antiguos siglos. Simplemente reposamos y tomamos fuerzas para seguir contando sus peripecias la próxima semana.