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agosto 29th, 1997:

En el Extremo de la Alcarria, Solanillos en fiestas

 

Estos días de agosto, en los que la provincia entera tiene su cifra de fiesta puesta en las plazas de todos sus pueblos, nos hemos acercado a Solanillos, donde nos han pedido que rindiéra­mos, en breve retazo, la memoria de lo que fue este lugar a lo largo de los siglos.

Y hemos ido hasta allá, a enterarnos de algo que pueda significar identidad y recuerdo. Nos hemos encontrado, años después de la última visita, con un pueblo animado a tope, llenas de gente sus calles, a rebosar su plaza, alegres, festivos todos. Es el verano. Los 80 habitantes que habitualmente tiene en invierno, suben a 400 este mes. Los mayores ven, enrojecidos los ojos, cómo llegan las nuevas generaciones: buenos coches, arreglos de casas, ya hasta una nueva plaza de toros… el no va más.

Algo de geografía

Se acuesta Solanillos en terreno agreste, movido, todavía en las primeras revueltas que van haciendo el arroyo de su nombre, dirigiéndose hacia el Tajo. Pertenece su término a la Alcarria, y como en toda ella aparecen aquí las suaves lomas por las que crece el olivar, y breves valles en los que un regato alumbra el agua que nutre pequeños huertos, toda su geografía de arcillas y bosquecillos volcada hacia el valle del Tajo, que no lejos de aquí pasa todavía agreste y retenido por el embalse de Entrepe­ñas.

Algo de historia

Escasos son los datos concretos que nos han quedado de su devenir pretérito. Es uno de esos múltiples lugares que surgieron nuevos en la etapa de la repoblación, cuando en el siglo XI, hacia el año 1085, la comarca entera fue conquistada de forma definitiva a los árabes por parte de las tropas del reino cristiano de Castilla. Pertene­ció al Común de Villa y Tierra de Atienza, pues dentro de los límites geográficos del mismo es mencionado cuando se definen las fronteras de ese Común en el texto del Fuero de Atienza. Formó parte del extremo meridio­nal de dicho territo­rio, por lo que adquirió el nombre, de estirpe claramente castellana, y alusiva a su lugar de emplaza­miento, en un breve llano entre cerros, y a su situación extrema dentro del conjunto del territorio histórico atencino debe su apellido. Eso de llamarse Solanillos «del Extremo» le viene de haber quedado en la parte más alejada, o extrema, del gran territorio comunal de Atienza.

Toda la Edad Media permaneció en el Común atencino, y todos los privilegios que los reyes habían donado a los hombres de Atienza, por aquello del apoyo prestado a los monarcas en guerras y calamidades, también tocaban a los de Solanillos, por lo que así vivieron, felices y sin mayores problemas, durante largos siglos. La historia (al menos la que se cuenta en los libros), cambió radicalmente en el último cuarto del siglo XV. En 1478 Solanillos pasó a pertenecer al señorío condal de los Silva, condes de Cifuentes, pasando siglos después, por lazos familia­res, a las casas de los duques de Pastrana, y luego de los del Infantado.

Don Juan de Silva, hombre de guerras y de letras, en el reinado de Juan II, en la primera mitad del siglo XV, fue el iniciador de esta familia de condes cifontinos. De la sucesión de nombres y personajes que conforman el mayorazgo del condado de Cifuentes, podrían sacarse pintorescas historias. Todos sus titulares fueron gente destacada en las armas, las letras y las cortes españolas de los siglos modernos. A comienzos del siglo XVIII, era conde don Fernando de Silva Meneses, quien durante la Guerra de Sucesión se puso al lado del archiduque de Austria, en contra de los Borbones. Al terminar la contienda, estos le desposeyeron de títulos y bienes, destruyendo por completo su palacio cifontino, que ocupaba parte de la plaza mayor de Cifuentes, frente al edificio concejil, sembrando de sal su solar.

Algo de patrimonio

La monumentalidad de Solanillos se centra en su iglesia parro­quial, que está dedicada al Apóstol Santiago, teniendo al exterior un aspecto de fortaleza y sencillez, con torre de cuatro cuerpos divididos por ligeras impos­tas, siendo los muros del templo de sillar y sillarejo calizo. Preside con su mole arquitectónica el espacio de la Plaza Mayor, siendo su planta cru­ciforme, con una sola nave cubierta por bóveda con labores de yeserías, mostrando en algunos puntos dibujados cruces santia­guistas. La entrada se resguarda por un pórtico o tejaroz que sostienen tres columnas toscanas, y es un arco semicircular adovelado, con la fecha de 1802 tallada en la piedra central, y que especifica que es esa su última restauración, y que el templo tenía el carácter de asilo, esto es, que cualquier perseguido por la justicia encontraría en ella refugio y no podría ser tomado con violencia por la autoridad. Todo el templo es, sin embargo, del siglo XVI. En su interior destaca la antigua talla del Santo Cristo, el venerado patrón de Solanillos.

A las afueras del pueblo permanece en pie, y restaurada moderna­mente, la ermita de la Soledad, con un ábside de planta semicir­cular con botareles y cornisa al exterior. Su construcción data del siglo XV.

Fuera del pueblo, en un pequeño allanamiento de la ladera del Pozo, aparece la Fuente Vieja. Así la llaman porque nadie recuerda cuando empezó a ser usada: tendrá siglos, muchos siglos de existencia. Por allí cerca pasaría el camino real que desde Madrid subía hasta Trillo, y ante ella pararían de vez en cuando los carretones y las diligencias que llevaban viajeros, enfermos, señorones y mercancías desde la Corte al lugar preciado donde las aguas medicinales más famosas de España devolvían la salud a los enfermos (sobre todo a los del reuma invalidante y los dolores perennes). La Fuente Vieja se construyó a base de piedras de sillería y tiene un firme frontal sólido del que salen los chorros del agua permanente. No es difícil imaginar las escenas que Pérez Villamil pintaba de viajeros, bandidos y recueros descansando junto a las fuentes: el calor tórrido de la España interior, se veía combatido en estos lugares que, como la Fuente Vieja de Solanillos, aportaban sombra, frescor y agua a las gargantas y a los pescuezos. Y además de esos elementos antiguos, venerables o simplemente tradicionales, hoy Solanillos se adorna, como renacida, con edificios valientes y nuevos como el Ayunta­miento, que ofrece las esencias de la arquitectura alcarreña (hasta campanillo tiene) pero con una limpieza de perfiles que le entrega clamor y cariño de quien le mira. El frontón por otra parte, venero del deporte, y la nueva Plaza de Toros, que este año se estrena, y que viene con su estructura hemicircular a dar un nuevo viso de modernidad, una propuesta de utilidad completa sin herir con muros innecesa­rios el paisaje.

A la caída de la tarde

Nos ha recibido, con su proverbial bonhomía, su cariño a Solanillos y su desvivirse por los demás, un hombre que tiene mucho qué ver en esta buena marcha de la villa. Mariano del Amo es de Solanillos y se le nota. Porque cuando habla de su pueblo, de las horas que en él hubo, de lo que se acaba de hacer, y de lo que puede venir, se ilumina en rostro y alma. Nos ha llevado, a la caída de la tarde, a su bodega, que la tiene cuidada, limpia y apetecible en la caída del cerro hacia el arroyo. Sentados a su puerta se escucha, tras el silencio, el esquiloneo ahogado de un rebaño, la aguda voz del pastor dando voces al perro, y unos hombres que charlan tranquilos entre las plantas de tomate de un huerto más abajo. Algún niño chilla, y los vencejos cortan en aire con su cuchillo oscuro. Solanillos se apresta a pasar sus fiestas, pero después de estos días de alegre pasar, quedará siempre abierto para que tú, viajero, te des una vuelta y acojas en tu carne el escalofrío de ver, mejor si cae la tarde, un pueblo de la Alcarria que tiene todas las de seguir viviendo.