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abril 23rd, 1993:

Cela, viajero a pie por la Alcarria

 

Nadie mejor que Cela podría ocupar hoy estas líneas. En el Día del Libro, debe ser un autor de fama, y su obra más señalada, quien se dé un paseo por esta ventana del Glosario. Camilo José Cela, el insigne escritor y literato español que hoy ‑por más suerte todavía‑ es vecino nuestro, y enamorado a ciencia cierta de nuestra tierra, que es ya también la suya…

En aquel libro memorable, clásico donde los haya, del «Viaje a la Alcarria», el padronés ejercía de notario, de vagabundo, de etnógrafo y de arriero. Poco más de una semana le bastó a Cela para echar un vistazo, profundo y acogedor, por los caminos, las fondas y las plazas mayores de estos lugares: Torija, Brihuega, Cifuentes, Pareja y Pastrana. A ellos, y otros muchos más (cómo olvidar Trillo, o Casasana, o La Puerta, o el mismo Tendilla), dedicó el hoy Nóbel su aguzado mirar, luego su prístino escribir, y siempre su melancólico pensar. Como una parte de sí mismo han quedado esos lugares: sus camas altas, sus gentes precavidas, sus olmas umbrosas, y el amable recibo de unos cuantos.

Yo recomendaría hoy a mis lectores que cogieran mañana la mochila, metieran dentro un bocadillo, y a pie, o en burro (en cualquiera de los mecánicos modelos que hoy se estilan) tiraran adelante y se fueran por la Alcarria, a recordar con Cela las gentes, las luces y las aliagas que dan cuerpo a este lugar extremoso. Que con él miraran el interior del Parador de Torija, en cuyo primer piso aún existe (en la alcoba) aquella «cama… de hierro, grande, hermosa, con un profundo colchón de paja», en la que durmió felizmente después de un día baqueteado por el incierto vaivén del carro de Martín Díaz. Que con él llegaran (aunque no es aconsejable hacerlo de noche, la noche «es mala hora para entrar en un pueblo…») hasta la plaza de Budia. Puede que allí les miren (y más si es la medianoche, como le ocurrió a Cela) de malas maneras: «Entra en la plaza y lo miran como un bicho raro. Budia es un pueblo donde la gente no se acuesta pronto, donde los mozos se meten en las tabernas a jugar al dominó, sin preocuparse de la hora…». Luego intentar comer algo: «la posadera lo mira de arriba abajo. El viajero debe inspirarle poca confianza», aunque es más recomendable llevárselo de casa. De cualquier modo, las gentes de la Alcarria siguen siendo precavidas, no se fían ni de su padre. Y en el fondo, hacen bien. (Creo. Por algo soy alcarreño yo también).

Deberían llegar mis lectores de hoy hasta Pareja, y allí encontrarse con un árbol de los que hacen época. Cuando Cela pasó era «un olmo añoso  ‑olma le llaman, porque es redondo, ‑ copudo, matriarcal, un olmo tan viejo, quizás, como la piedra más vieja del pueblo». Como el fin del mundo ya ha empezado, a la olma de Pareja le ha entrado la muerte poco a poco, y se ha ido quedando seca por las puntas. De todos modos, aún sigue siendo ésta una plaza «amplia y cuadrada», aunque ya le han quitado aquella fuente «de varios caños, con un pilón alrededor» donde iban a abrevar las mulas y las mujeres, con una larga caña, a llenar sus cántaros y sus botijos. Ahora tiene una fuente jardinera, como de un tímido aranjuez sonoro.   

Y en fin, deberá tener la suerte (que ya es difícil) de encontrarse gente tan pulcra y educada como don Paco, el que fuera médico (y aún cronista) de Pastrana. Esperándole en la plaza, tomándose con él un vermú en el casino. Allí, en Pastrana, frente a la mole recia y dorada del palacio ducal, habla con él, y con don Mónico, el alcalde. «Don Paco es un hombre joven, atildado, de sana color y además elegante, pensativo y con una sonrisa veladamente, levemente, lejanamente triste». Hoy ya no está entre nosotros la buena hombría de don Paco. Todos sentimos que el verano pasado la cierta voz de la muerte le llamara, pero Cela lo sintió aún más, porque, como decía recordando sus dos días en Pastrana, «Don Paco es médico, su conversar es discreto, su mirada llena de profundidad, sus juicios serenos y atinados». Por él, que era alcarreño, nos salvamos los alcarreños en este «viaje».

La compañía de Cela es la mejor para volver a andarse las alcarrias de Guadalajara. Llevado de su mano sencilla y solemne a un tiempo, descubrir los caminos (unos a pie, otros en carro, algunos trepando) y encontrarse en las plazas mayores rodeado de gentes que, hoy como ayer, al mediodía del domingo aprovechan la solana para «cargar baterías» y comentan, en su sencilla visión del mundo, cómo «hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad».

Por los llanos entre Torija y Brihuega el alto cedro libanés sigue saludando con elegancia el paso de los viajeros. Y las Tetas de Viana entre Trillo y La Puerta coronan llenas de satisfacción el verde paisaje, ahora tinto de humos nucleares. Nuestra tierra seguirá siendo, en el fondo, la misma. Y gracias a Cela, y a su libro «Viaje a la Alcarria», eterna y recordada, conocida, por todos. Hasta en coreano lo han traducido. Nosotros, que tenemos la suerte de haberla a mano ¿Cómo nos vamos a resistir a pasear mañana por sus oteros?