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enero 3rd, 1992:

En el cuarto centenario de la muerte de la Princesa de Éboli

 

Este año que ahora comienza tiene, entre otros varios, un interesante motivo de aniversario por parte de cuantos aprecian el rico acervo cultural de Guadalajara: se cumplirá, exactamente el día de la Candelaria de este año, el cuatrocientos aniversario de la muerte de la Princesa de Éboli, ocurrida entre los muros de su palacio mayor de Pastrana.

Después de una vida plena de emociones, de amores intensos, de multitud de partos, de viajes e intrigas, el rencor del Rey Felipe II encerró a esta bella mujer entre las cuatro paredes de su propia casona, situada en la plaza mayor de Pastrana (que hoy ha recogido el tradicional nombre de «Plaza de la Hora» en recuerdo de la que la princesa pasó, cada día, asomada a su ventana más alta) y allí murió, triste y abatida, acompañada exclusivamente de su hija Anichu y algunos carceleros.

De doña Ana de Mendoza y de la Cerda, que era su nombre completo y real, se ha escrito muchísimo. Todos han querido expresar su admiración por esta figura tan singular de nuestra historia, que, sin intervenir directamente en ninguna acción del agitado siglo XVI español, y con la sutileza y silencio propio de las mujeres, tuvo mucho que ver en los rumbos de la alta política. Gregorio Marañón, al escribir su Antonio Pérez hizo un análisis magistral de doña Ana. G. Muro escribió una biografía muy completa aunque falta de análisis psicológico, de esta figura. Y la irlandesa Kate O’Brien finalmente ha realizado un análisis, novelado, en su libro Esa Dama, que no sólo entretiene, sino que emociona, pues con toda la profundidad que el análisis de un personaje histórico requiere, pero también con la elegancia y el ritmo de una gran escritora, ha sabido darle la verdadera dimensión a esta mujer que figura, por derecho propio, en las páginas más principales de la historia de Pastrana y de la Alcarria toda.

Perteneciente a la linajuda familia de los Mendoza de Guadalajara, doña ana de Mendoza y de la Cerda nació en Cifuentes el año 1540. Era su padre don Diego de Mendoza, príncipe de Mélito y duque de Francavilla, descendiente directo del segundo de los hijos del gran Cardenal Mendoza. Educada en un ambiente de piedad cerrada por su madre, doña Catalina de Silva, hermana del conde de Cifuentes, fue casada muy joven, a los doce años, con Ruy Gómez de Silva, personaje de origen portugués que alcanzó enseguida el grado de secretario real con Felipe II.

Por adquisición del señorío de Pastrana y su tierra, en 1569, fue distinguida, junto a su marido, con el título de duquesa de Pastrana, lo que la introducía en el estrecho círculo de la grandeza de España. También tuvo (y por él es más conocida) el título de princesa de Éboli, que lo usó en calidad de consorte, pues era don Ruy quien lo había recibido. La ciudad de Éboli se encuentra en el sur de Italia.

Doña Ana de Mendoza consumó su matrimonio con Ruy Gómez en 1559, teniendo 10 hijos de su marido. De entre ellos, destaca el primogénito don Rodrigo, pendenciero y buen soldado en Flandes y Portugal. Otro fue don Pedro González de Mendoza, que hizo la carrera eclesiástica, escalando notables puestos. Su hija más querida, doña Ana, ingresaría monja carmelita en el convento de esta Orden en Pastrana, que fundaron sus padres junto a Santa Teresa.

La princesa de Éboli, junto a su marido, protegió notablemente la Reforma carmelitana que estaba llevando a cabo la madre Teresa de Jesús. Hasta tal punto, que la facilitaron terrenos y ayudas para fundar y levantar en Pastrana dos conventos, uno de monjas (la Concepción) y otro de frailes (San Pedro), trayendo a la famosa monja abulense a participar en la ceremonia de la fundación. Esto ocurría en 1569, y poco después, al morir don Ruy en 1573, doña Ana decidía meterse monja en la Concepción, provocando desde entonces tales problemas y escándalos que la madre Teresa decidió sacar a sus monjas de aquel escenario y abandonar la población.

Aunque ha sido muy modificada por la leyenda, tuvo la vida de doña Ana un denso, y triste, destino aventurero. Su arrebatadora belleza (a pesar de llevar el ojo derecho cubierto por un parche según dice la leyenda) y su indudable encanto, consiguieron enamorar tanto al secretario real Antonio Pérez como al mismísimo rey Felipe II. Mezclada en las intrigas que llevaron a enemistar mortalmente a estos dos hombres, ó quizás por su negativa a cumplir cualquier deseo del rey, el caso es que fué perseguida y encarcelada por la justicia real: primero en Santorcaz, luego en Pinto, y finalmente en Pastrana, donde vivió sus últimos años encerrada en unas habitaciones de la torre oriental de su palacio, y muriendo allá en 1592, a los 52 años de edad.

En esta ocasión centenarial, sería lógico y deseable que se hiciera alguna conmemoración sonada de esta figura. Es esa la mejor forma de hacer revivir los recuerdos, de dar a conocer a los personajes, de hacerlos actuales y revitalizados entre todos. Por parte del Ayuntamiento de Pastrana, siempre atento a los estímulos culturales que lógicamente surgen a raudales de su intensa historia, es lógico que se haga algún acto, semana conmemorativa, etc., quizás para el próximo verano. Por parte de la Diputación Provincial y su Institución «Marqués de Santillana» también sería deseable que se organizaran actos o se materializara en un recuerdo literario, representaciones teatrales, publicaciones, etc. E incluso por el lado que a la Junta de Comunidades de Castilla‑La Mancha le toca, en esos macro‑programas culturales que prepara por temporadas, no estaría de más que se le dedicara un recuerdo a esta mujer tan singular y representativa de nuestra tierra.

Esperaremos y, en nuestra humilde parcela de voceros de la historia, la recordaremos en alguna otra ocasión. Hoy ha quedado reseñado su recuerdo, y el aviso concreto de que ya, dentro de un mes (la Candelaria es el 2 de febrero, para los que no lo supieran) se cumplirá este entrañable centenario alcarreñista.