Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

octubre 13th, 1989:

El Castillo de Pioz

 

Uno de los lugares que, en la Alcarria, mayor encanto reúne para una visita corta, de esas de tarde de domingo otoñal como el que se nos viene encima, es la villa de Pioz, en la llanura que remata las cuestas pasado Chiloeches, camino del valle del Tajuña. Solamente hay un elemento monumental que llame la atención del viajero, y es el castillo, soberbio pináculo de piedra gris que parece gritar su poderoso sueño sobre la plana sabana de viñedos y matorrales.

Pioz perteneció en un principio a la Tierra y Común de Guadalajara. Su historia y larga y suculenta, pero aquí la resumimos en aras de la brevedad que un periódico impone. En el siglo XV, el rey de Castilla Juan II entregó el lugar en dote a su hermana Catalina, al casar ésta con su primo, el turbulento infante de Aragón don Enrique. Pero el mismo Rey se lo quitó, pues el cuñado le movía guerra, y lo entregó en señorío a don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, quien tras su muerte lo transmitió a su hijo, el gran Cardenal de España don Pedro González de Mendoza. Otro lugar más de esta ancha Alcarria que nos cobija, en el que la familia Mendoza inscribe su verdirroja enseña de poderío. Este magnate, el Cardenal de España, comenzó la construcción del castillo en la última mitad del siglo XV. Posteriormente, en 1469, lo cambió a don Alvar Gómez de Ciudad Real, secretario de Enrique IV, por su villa de Maqueda. Así, pues, desde esa fecha perteneció Pioz y su fortaleza a la familia de los Gómez de Ciudad Real, en la que se mantuvo hasta el siglo XIX, en que murió sin sucesión la última poseedora del mayorazgo, doña Vicenta de la Cerda y Oña.

Este castillo de Pioz, es uno de los más bellos ejemplares de la provincia de Guadalajara, al menos en lo que a arquitectura de tipo militar medieval se refiere. Bien conservado en sus paramentos exteriores, su interior está completamente arruinado.

Su planta es cuadrada. Consta de un recinto externo y el núcleo interno. Al recinto externo o barrera, le rodea un foso ya poco profundo, que sólo podía salvarse mediante el puente levadizo existente en su flanco sur. Este recinto exterior presenta torreones cilíndricos en las esquinas, con saeteras circulares que rematan en cruz. El ángulo noroeste consta de un trazado poligonal. Se constituye por una rampa o escarpa muy pendiente, de hormigón cubierto por sillería bien labrada. En la parte norte, dentro del foso, presenta una poterna de escape, hoy único acceso fácil al interior.

El cuerpo interno se ciñe de un paseo de ronda; la puerta principal se halla en el muro de poniente, y desde ella se pasaba al patio de armas. El cuerpo presenta sendas torres cilíndricas en cada esquina, siendo la mayor la del ángulo noroeste, que era la del homenaje. Para entrar a ella y a las salas de su interior, era necesario subir una escalerilla de piedra que aún persiste, y desde su estribo final, pasar sobre otro puente levadizo que se dejaba caer desde la torre, que presenta escalera de caracol en su ángulo interno. A las otras torres se accedía desde los pisos altos de los corredores laterales de la fortaleza. Es muy de destacar el curioso sistema de acceso en zig‑zag a esta fortaleza, tan típico de la arquitectura militar medieval, y que se ve en otros castillos (Manzanares) y palacios (el del Infantado en Guadalajara) que construyeron los Mendoza en el siglo XV. La entrada desde el exterior obliga a trazar varias curvas hasta llegar al interior del castillo.

Guarda éste de Pioz, tanto en su estructura, como incluso en el nombre, un gran parecido con el castillo de la Roca Pia, de Tívoli, que se edificó en 1459, y al que el arquitecto del de Pioz  ‑quizás el mismo Lorenzo Vázquez, italianizante, autor de otras construcciones mendocinas en Guadalajara‑  copió en muchos detalles.

Se trata, en cualquier caso, de un lugar bello y sugestivo, de un entorno silencioso y evocador en el que, con facilidad puede cualquiera fundirse, como en un experimento mágico, con ese ojo del huracán del tiempo, en el que todo pasa (los siglos incluso) en un solo instante. Siglo mendocino, siglo lunar… y Pioz sedente y callado, esperando tu visita.