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enero 20th, 1989:

Las marcas de cantería en Guadalajara

 

Hay una faceta de la historia y el arte de nuestra provincia alcarreña que es sistemáticamen­te ignorada por cuantos la estudian o admiran. Problemática que se extiende al resto del país y aún diríamos que de Europa, donde aún no se ha abordado con seriedad y rigor este tema.

Que, por otra parte, es verdade­ramente sugestivo, misterioso, quizás clarificador de muchas parcelas de la sociología y la cultura medievales hasta ahora oscuras.

Sé trata de las marcas de cantería que, observando atentamente, se ven en todos los monumentos levantados durante, los siglos de la Edad Media. Son unas casi imperceptibles líneas, círculos o diversas figuras trazadas sobre la piedra sillar de los edificios, unas veces repetidas monótonamente; otras, muy variadas en su forma.

Desde la catedral de Sigüenza al monasterio de Monsalud; y, desde las iglesias románicas de Molina hasta el palacio del Infantado en Guadalajara, por toda la provincia se extienden estas marcas.

Quisieran ser estas líneas, al mismo tiempo que de divulgación de un tema poco conocido, capaces de entusiasmar a quienes podrían llevar a cabo, en una labor plena de sugerencias, el corpus general de las marcas de cantería en la provincia de Guadalajara, paso previo para poder comenzar a elaborar teorías acerca de su significado.

Este es el tema más difícil, quizás, de la interpretación del arte medieval. Más oscuro aún que el de la iconografía de los bestiarios, de los capiteles románicos de fondo mitológico oriental o del orden de los ventanales en los paramentos de las catedrales. Hasta el íntimo significado de las marcas de cantería, tanto en un orden general, como en el particular de cada monumento, nadie ha llegado. Fue don Andrés Pérez Arribas quien, en nuestra provincia, primero publicó un trabajo sobre este tema. Estudiaba y anotaba por épocas y monumentos las marcas de cantero de diversas edificaciones, románicas y góticas del sur de la provincia: iglesia de Alcocer, monasterio de Monsalud, parroquia de Millana, etc. Aportaba algunas ideas acerca de su interpretación que no carecían de interés. Muchos otros autores, con anterioridad, se habían preocupado del tema; Cruzada, Villamil, Mariétegui, Martínez Salazar, Pamo, Simancas y Viriato Pérez‑Díaz, en España, y gran cantidad de extranjeros también lo han hecho, como Didrón, Ainé Klotz, Forrester, Raüzynsky y Bernardo Lopes.

Hubo una época, en los finales del siglo pasado, en que el tema apasionó, y muchos historiadores del arte se lanzaron a las suposiciones. Para Viriato Pérez-Díaz estaba clarísimo el significado franc-masónico de estos signos, pues muchos coincidían con las letras del abecedario de estas sectas, y aún podían encontrarse los mismos signos en edificios de cualquier para de Europa, lo que sería confirmación de haber intervenido en ellos gentes de una misma, Hermandad o secta.

Quien ha hecho más, modernamente un cabal y desapasionado estudio del tema de las marcas de cantería, ha sido el arquitecto español don Vicente Lampérez Romea, quien ha dado un repaso completo a su historia, localización y posibles significados. En realidad, la costumbre de marcar con algún signo las piedras sillares de los edificios, es antiquísima y ya usada por los caldeos, egipcios, persas y romanos. En las murallas de Tarragona he visto personalmente algunos grandes signos grabados.

En la Edad Media se generaliza su uso, coincidiendo con el auge de los gremios y corporaciones obreras. Son los siglos XII ‑ al XV los que más abundancia muestran de ellos, y en el XVI prácticamente han desaparecido. De su posible significado no queda más que decir algunas de las principales teorías que sobre ellas se han dado. Es la primera la que los cataloga como signos de un claro sentido exotérico y mágico, ‑ pues ‑ frecuentemente aparece la cruz esvástica, el macrocosmos o sello de Salomón, el microcosmos o figura pitagórica, etcétera. Vemos muchos de este tipo en las paredes del monasterio de Buenafuente, monumento construido en él siglo XII por monjes canónicos franceses, que podían haber traído consigo sus propios albañiles, canteros y constructores.

Si es cierto su entronque y pertenencia a logias masónicas constituidas por los canteros (no olvidar que el nombre de masón proviene del francés “magón” que significa, albañil, hombre que hace casas) estos signos o marcas sería puestas por sus miembros como prueba de su existencia y mensaje perpetuo de su actividad.

Más fácil es admitir otras teorías. Así, la que propone sean estas marcas como firma de cada cantero o cuadrilla de ellos, para sí justificar su trabajo y cobrar luego por el, sistema de destajo: tantos sillares tallados, tanto, se cobra: De todos modos, es difícil admitir esto, pues en todas las construcciones donde vemos estas marcas, en unos sillares apa­recen y en otros no.

Otras explicaciones para estas: marcas de cantería podrían ser las que las explican como señales que faciliten, posteriormente a su talla, la colocación en los muros del edificio a que se destinan. Serían marcas de asiento en los sillares. En algunos casos está demostrado que las marcas se tallaban cuando ya la pared estaba colocada. De todos modos, aún pueden considerarse a estos signos como marcas personales de un obrero (inicial de su nombre, monograma), como relativo a sus creencias o devociones, al estado social o profesional que tiene aparte del de cantero (una ballesta, una bota, unas tijeras), etc. Incluso podrían ser en otros casos, explicativos de la persona que mandó labrar el edificio, del donante o fundador de un templo o monasterio. En algunos edificios gallegos vemos confirmada esta teoría.

Lo que sí está muy claro, tras estudiar muchas marcas de cantería de toda España, es que éstas no sirven para clarificar las épocas de construcción de los monumentos, pues marcas, idénticas aparecen en construcciones de muy dispares cronologías e, incluso, estilos artísticos. En definitiva, y aunque nada en concreto pueda afirmarse en tornó a estos símbolos que sobre las talladas piedras de los viejos monumentos nos han llegado con apagados ecos de lejanas voces, sí que, podemos invitar a nuestros lectores a que, en sus excursiones por los pueblos y aldeas de Guadalajara, busquen marcas y apunten sus formas. Eso es lo que hizo el autor con las que presenta un monumento que está cerca de todos, y que a pesar de su construcción en los finales años del siglo XV, tiene repletos sus sillares de portada con marcas de este tipo, Y que junto a estas líneas, reproduzco. Así como otra, bien grande y llamativa, que aparece en un sillar de las ruinas del monasterio de Ovila, junto a Trillo.