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agosto 19th, 1988:

Un templo románico de cuerpo entero: el de Hontoba

 

En lo hondo de un estrecho valle que desde la meseta alcarreña se encamina al más amplio del Tajuña, se asienta este pueblo que debe su nombre a una fuente que en el centro del pueblo mana abundante. Los cerros del alrededor, a trechos cubiertos de olivos, son secos y ásperos. En cambio, el fondo del valle es frondoso y acogedor, y en él ha ido surgiendo en los últimos años gran cantidad de casitas de campo, o «chalés» que dicen los castizos.

Antes de viajar a Hontoba nos hemos leído su historia. Y hemos recordado como fue que a comienzos del siglo XII ya figuraba Hontoba en el territorio dominado, en la Alcarria baja, por la orden Militar de Calatrava. Los comendadores de Zorita ponían la justicia, los alcaldes y alguaciles, en este lugar. En el año 1498, por documento escrito en Alcalá, los Reyes Católicos, concedieron a Hontoba el título de Villa, aunque siguió perteneciendo a la Orden de Calatrava, y en el reinado del emperador Carlos I llegó a pagar la cantidad de mil y cien ducados a las arcas reales, para no ser desmembrada de la Orden y seguir teniendo por único señor al Emperador.

En el siglo XVII, el rey Carlos II decidió entregar el señorío de la villa de Hontoba a un alemán, don Francisco Antonio de Entenhard, caballero calatravo y teniente de la Guardia Alemana, pero la Orden protestó enérgicamente, aunque sin efecto. El señorío pasó luego a diversas familias por ventas y herencias.

Hontoba es hoy, y aun más desde que hace no muchas fechas se inaugurara, con la presencia del presidente Bono, el Ayuntamiento restaurado, y muy bien restaurado por cierto, un lugar afable, bien pavimentado, con aire de limpio y brillante.

De los diversos edificios de interés que encierra, el monumento más interesante del pueblo es la iglesia parroquial dedicada a San Pedro, obra de estilo románico rural, que bien merece una atenta visita por sí sola. Pertenece este edificio al siglo XII en sus finales, singularmente toda la cabecera del templo: el presbiterio, el ábside y la espadaña. El resto es obra posterior, del siglo XV. Tiene su acceso habitual por el muro de poniente, el que da a la plaza, entre dos gruesos machones. Al norte, ofrece un muro liso y al sur, en un pequeño jardín, la puerta de arco conopial con adornos góticos. El ábside, del que junto a estas líneas aparece un breve apunte realizado en el momento de nuestra visita, está orientado a levante, es semicircular, y presenta en su centro una ventana aspillerada rodeada de imposta en medio punto. Se divide dicho ábside en cinco porciones separadas por haces de columnas adosadas en grupos de tres, y se remata en capiteles foliados y sencillos modillones. Sobre el arco triunfal de paso al presbiterio, carga la gran espadaña románica de cuatro vanos, ejemplar que sólo puede compararse al que en Pinilla de Jadraque existe, y que hace solo unas pocas semanas comentaba también en mi habitual «Glosario».

El interior de San Pedro de Hontoba es de tres naves, más alta la central. Se ven separadas por gruesos pilares octogonales, con remates de alternadas molduras, que sostienen solemnes arcos semicirculares. Se separa la nave central del presbiterio, que está más elevado, por un gran arco triunfal de cuatro arquivoltas de arista viva, iniciando el arco apuntado, apoyando sobre un par de capiteles foliáceos, sencillos y bellos, a cada lado. El presbiterio se cubre de alta bóveda de sillería, de medio cañón, y el ábside con bóveda de cuarto de esfera del mismo material, dando un aspecto imponente por sus limpias y grises paredes de piedra viva. Una escalerilla que se inicia en el lado izquierdo del presbiterio, asciende en forma de caracol hasta la espadaña, teniendo por techo una pequeña cupulilla con arcos y clave. En este templo se puede admirar, todavía, el gran artesonado mudéjar que cubre la nave central, obra que presenta exquisitas labores de tracería geométrica de los ángulos y tirantes, y cuya fecha de elaboración ha de fijarse en los primeros años del siglo XVI. Finalmente, el viajero curioso, y con buena vista, puede entretenerse en admirar la imagen de Nuestra Señora de los Llanos, que goza de extendida devoción popular en Hontoba y amplias zonas de la Alcarria, y que es una minúscula talla en marfil, de unos cinco centímetros de altura, obra gótica de especial curiosidad.

Esta magnífica iglesia de estilo románico que pervive bastante completa en plena Alcarria, está amenazada actualmente del peligro de deterioro que suponen algunas profundas grietas que se han ido abriendo en sus muros, y especialmente es de requerir atención y presupuestos para ella desde el punto de vista de ser, sin duda alguna, un espléndido monumento medieval, de los que quedan muy pocos similares en esta parte baja de la provincia. Ello supone, ya por sí solo, motivo más que suficiente para que se inicie una restauración y un adecentamiento del templo, que suponga devolverlo a nuestros ojos con la pulcritud de su primera construcción originaria. Cuantos puedan, desde las imprescindibles instancias oficiales, hacer algo por dar a San Pedro de Hontoba su estampa genuina y la seguridad de su permanencia en los siglos, harán muy bien con ello.  

Tras la visita y el deseo, nos despiden las amables gentes de Hontoba con el musical despliegue de su rondalla: allá son los cánticos, las palmetadas y la amable invitación. Dejamos en la plaza, sonrientes y felices de ver que su pueblo es y pretende ser mejor cada día, a los buenos amigos que nos han enseñado las piedras grises y los proyectos de futuro. Los ojos de Águeda, que me acompaña, se han abierto aún más con tanta efusión y simpatía. El viajero sabe, con la certeza de las cosas que salen del corazón, que allá deja unos buenos amigos.