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noviembre 6th, 1987:

El maravilloso y minúsculo mundo de Max

 

Entre los innumerables atractivos que ofrece la Costa Blanca alicantina al visitante que desde cualquier rincón del mundo se acerca a ella, no es el menor, aunque esté hecho de cosas muy pequeñas, el Mundo de Max, un pequeño museo en el que se recogen portentosas hazañas de la paciencia y la destreza humanas, consiguiendo asombrar, todavía más, al visitante que quizás desde Altea, quizás desde Benidorm, se ha animado a subir la montaña y viajar hasta Guadalest, el empinado pueblecito en el que este museo de las sorpresas tiene su sede.

Solamente los paisajes que sobre Callosa de Ensarriá y Polop de la Marina van completando la sombra pinariega y las forzadas siluetas de los montes de la Sierra de Aitana, son ya suficiente motivo de un viaje a la altura de la cimbreante pro­vincia interna de Alicante. La llegada a Guadalest es inolvida­ble. Bien desde la carretera alta que bordea el hondo valle, o desde la baja que asciende desde Callosa, la montaña de Xortá es como un receptáculo idóneo para albergar al pueblo.

Una roca enhiesta, cortante, cobija la población de origen árabe. Blanca de cal la casa y la ermita, mientras las palmeras y los chumberales dan con la pineda sombras de verdor al conjunto, lo llamativo del lugar es cómo el único acceso al pueblo debe hacerse a través de la roca, vigilada de fina torreta donde a veces las campanas, movidas desde abajo, voltean alegres. La plaza alta es de íntimo sosiego, y la vista que desde ella hay sobre el embalse del Guadalest y la sierra frontera, es inolvida­ble. Aun puede el viajero admirar la antigua cárcel, en los bajos del Concejo, o subir hasta el castillo de San José, hoy utilizado para cementerio. Todo es fruto de un sueño, emergiendo sin haber­lo pedido de una película donde lo irreal tiene su fundamento único.

Pero en este lugar de Guadalest nos espera todavía otra sorpresa. La del Mundo de Max, el mundo de lo infinitamente pequeño, que se adelanta hacia el turista, que hasta allí llega a veces sin otro objetivo que matar la tarde vacía del veraneo o la vacación invernal. Ese mundo de Max es un museo, que saluda al recién llegado en el mismo aparcamiento de los coches, con su encalada fachada y su enorme repostero en el que una espiral multicolor anuncia vértigos y asombros.

Esta colección de pequeñeces, iniciada hace muchos años por el briocense Elegido, y agrandada por él mismo, en sus viajes como ilusionista a través del mundo, y luego continuada por sus herederos, ofrece en Guadalest la variedad más insospechada de sorpresas. En un repaso breve por sus vitrinas, saltan tras los gruesos cristales de las lupas y los microscopios las frases escritas en bordes de tarjetas de visita, la Sagrada Cena de Leonardo de Vinci pintada en un grano de arroz, la escena suprema de una corrida de toros tallada en el palo de una cerilla, las pulgas disecadas y vestidas, los trece padrenuestros, uno detrás de otro, escritos al dorso de un pequeño sello de correos, las colecciones ínfimas de tamaño de zapatos, de perritos, de cacha­rros peruanos… al fin, la joya del conjunto: el retrato del venezolano Andrés Bello sobre la cabeza de un alfiler, obra de Muñoz Willy, el mejor miniaturista del mundo en todas las épocas.

Para el alcarreño que viaja a Guadalest, este Mundo de Max ofrece aún alguna otra sorpresa, añadida a la de haber sido briocense el coleccionista que inició este desfile de maravillas por el mundo: son los tres pequeños, mínimos cuadritos pintados al óleo por  María Rosa Elegido, hermana de Max, y que en su diminuta superficie ofrecen, perfectamente legibles en forma y color, el Arco de Cozagón, la puerta de la Cadena, y la fuente del jardincillo de Santa María…

Esta obra sorprendente, agradable y hermosa, tuvo su primera sede en el «Carromato de Max», puesto en la plaza de Mijas, en la provincia de Málaga. Recibió, en 1968, la Placa al Mérito Turístico, y después de un incendio lamentable hace unos años, se reestructuró, y abrió sus puertas un nuevo aspecto de esta colección, aquí en Guadalest, en uno de esos pueblos de nuestra España que, desconocido para muchos, dejan con la boca abierta y el corazón suspenso a quien allí llega sin ideas pre­concebidas. En ese lugar paradisíaco, que dejará recuerdo perma­nente en quien lo visite, está un pedazo, ya lo hemos visto, de Guadalajara, un latido de sus gentes y de sus paisajes. Aunque solo sea por eso, bien merece ascender la montaña alicantina y gozar de la cósmica grandiosidad de Aitana, de la humana dimen­sión de Guadalest, de la increíble y miniaturizada pasión de un briocense, el profesor Max, por las cosas microscópicamente be­llas.