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enero 1st, 1985:

Sigüenza, forma y símbolo (aportaciones a la iconografía seguntina)

 

Bóveda de la capilla de las Reliquias de la Catedral seguntina. Un mundo de símbolos y equilibrio formal y teológico.

 

 1. Forma, iconografía e iconología   

Siempre se ha considerado al arte como una forma de comunicación hu­mana. Es por ello que cualquier elemento artístico, sea de la forma que fuere, tiene un mensaje que transmitir. Intencionadamente o no, toda obra de arte es expresiva, contiene un significado. Así cuando se pasa a estudiar las formas artísticas, es preciso establecer una gradación en dicho estudio. Realizado a través de diversos y progresivos niveles, con objeto de captar, en toda su auténtica dimensión, la obra de arte y su significado.   

Es así que, de manera somera, podemos considerar dos niveles en la expresión artística: el formal, que nos muestra las formas, líneas, volúmenes, colores, y el significativo, esto es, el que atañe al sentido de lo que allí está representando. Como un paso ulterior a este segundo nivel, como una perfección del mismo, debe considerarse el mensaje que encierra la obra. Ésta es la razón última (o así debiera serlo) de toda obra de arte: transmitir de unos a otros seres humanos, un mensaje o contenido significativo.   

Dice Lafuente Ferrari, conocido investigador de la historia del arte, lo siguiente: «Panofsky distingue entre lo que en inglés se llama connoisseurship, cualidad del amateur y del experto, conveniente para un director de Museo, y la Historia del arte propiamente dicha; no se trata de un distinción radical, sino de una diferencia de actitud; la que existe entre el médico que diagnostica, y si puede, cura, y el investigador científico de la medicina. El experto es, -dice Panofsky- un historiador lacónico; el historiador del arte, un experto locuaz. El primero se calla cuando ha diagnosticado, aunque lo haya hecho excelentemente; el segundo comienza a trabajar, a buscar conexiones e implicaciones de la obra de arte con su medio histórico, su época y su sociedad, precisamente cuando la obra de arte ha quedado expertamente clasificada. Los problemas del historiador del arte comienzan entonces. La localización del problema específicamente artístico que la obra plantea, no está limitado a la fijación de los valores formales, sino que incluye la estructura estilística, el asunto y contenido y el sistema de conceptos artísticos fundamentales en que la obras de arte se inscriben. Pues aunque estos sean problemas del teórico del arte, el historiador no puede pasarlos por alto, ni dejar de tenerlos en cuenta. Ambos, teóricos e historiadores, son dos humanistas. Con estas palabras, Lafuente fija perfectamente la misión de quien investiga e historia sobre el arte. Es la búsqueda de un mensaje, el análisis de un significado , lo que debe primar en esa investigación.   

Esta tarea es la que acomete quien estudia la iconografía. Nada mejor que la definición que de ella no da su iniciador, el alemán Erwin Panofsky, quien dice así: «Iconografía es la rama de la Historia del Arte que se ocupa del contenido temático o significado de las obras de arte, en cuanto algo distinto de su forma. Es fundamental hacer, al entrar en contacto con una obra de arte, la separación y el estudio de su «contenido temático o significado» por una parte, y de su «forma» por otra». En la teoría de Panofsky, se establece como meta del estudio la arribada al «significado intrínseco o contenido» de la obra artística, superando paulatina y ordenadamente los tres niveles que ésta encierra:   

 a) nivel formal, también llamado pre-iconográfico, en el que entran a consideración las formas puras y los materiales que constituyen la obra.   

b) nivel convencional, en el que se investigan los temas o conceptos específicos: personajes, historias representadas, mitologías, alegorías, etc. Es éste realmente el análisis iconográfico propiamente dicho.   

c) nivel de contenido, es el que estudia los valores simbólicos de la obra de arte, aquello que «quiso decir» el autor. También puede considerarse como nivel de contenido intrínseco, y de análisis iconológico. Solo llegando a esta altura del estudio puede realmente considerarse conocida una obra, poseída intelectualmente.   

2. Sigüenza, ciudad con contenidos   

 La ciudad de Sigüenza, cuya fama como núcleo de monumentalidad artística ha traspasado todas las fronteras, es riquísima contenedora de obras de arte. Susceptible, por tanto, que de ella se obtengan dos niveles de conocimiento formal e iconográfico. Ese resumen, que encabeza nuestro trabajo viene a dar la clave de nuestras preocupaciones en esta materia: «Sigüenza: forma y símbolo». El estudio de los monumentos en su aspecto formal, ya realizado por muchos y buenos especialistas, está pudiendo ser completado por el análisis del significado de los mismos. Un primer paso en este camino lo ha dado recientemente, y con gran acierto, el profesor Francisco J. Darava Rodríguez, con sus tesis doctoral sobre la ciudad como forma de comunicación.   

La causa fundamental que posibilita que sea Sigüenza abundante en obras de arte, es su misión religiosa a través de los siglos. Desde la duodécima centuria, en que Sigüenza pasó al reino de Castilla, y con la razón fundamentalísima de haber sido dada en señorío, por Alfonso VII, a sus Obispos, la ciudad se cubre de edificios religiosos, y éstos en su interior se viste de expresiones teológicas. Las religión necesita transmitir mensajes continuamente, especialmente en los momentos (largos siglos del Medievo y Renacimiento) en que la mayor parte de la población es iletrada: así será la función visual la que prime sobre cualquier otra.   

En esta ocasión, vamos a tocar parcialmente este tema interesantísimo de la iconografía seguntina, tratando en un primer momento sobre la Catedral «in toto», como portadora de significación, y analizando luego algunos elementos puntuales de la misma. Sirva ello de inicio para que otros, o nosotros con posterioridad, prosigan esta tarea de apasionante investigación.   

3. La catedral de Sigüenza como portadora de significación   

Todos los elementos de un edificio tienen un «porqué», una función concreta que cumplir, quizás un significado que transmitir. En el templo, la función religiosa confiera al edificio y espacios que crea un orden nuevo. La función queda muchas veces supeditadas al significado. La estructura de un templo cristiano, y en una catedral esto se ve en grado máximo, está sujeta a simbolismos, a significados inamovibles, ilustrar metáforas, concretar fundamentos teológicos.   

Primero de todo debe ser considerara la situación del templo. Siempre se cumple la orientación ritual, esto es, la colocación del extremo del edificio que contiene el altar, hacia oriente. Ya las «Constituciones apostólicas», uno de los más antiguos textos litúrgicos, imponían la orientación de las iglesias. Decía Hiparco, «hay que anticiparse al sol en su acción de gracias y mirar la aparición de la luz». Y Orígenes también señalaba que «orar hacia el oriente, es el símbolo del alma mirando hacia la aparición de la verdadera luz». En la catedral seguntina, este simbolismo se cumple a la perfección.   

En cuanto a la forma del templo, desde los primeros momentos del cristianismo ha marcado un simbolismo muy variado, muy rico. Como norma general, la plata del templo reproduce la forma de Cristo, su humana distribución. Más adelante se le dio el simbolismo de Cristo crucificado. Honorio de Autun en su «Espejo del mundo», establecía mayores detallas: el coro en torno al altar mayor representaba la cabeza de Cristo; la nava, el cuerpo propiamente dicho; el crucero, sus brazos y el altar mayor el corazón, es decir, el centro de su ser. Las elaboraciones de este significado fueron múltiples durante siglos, añadiéndose otras apreciaciones, como llamar ADAM al templo, con las iniciales de las palabras griegas de los cuatro puntos cardinales. O como el valor numérico de esas palabras, 46, que se dice era igual al número de años que tardó en construirse el templo.   

Otro significado de un elemento catedralicio, sería el de considerar como «ruedas cósmicas» o «puertas del sol» a los rosetones.   

Y como un elemento capital en la catedral, surge la luz. Habla sobre ella, y sobre su significado, el profesor Nieto Alcaide, quien señala como en la Edad media se tenía un alto precio por el sentido simbólico de la luz. Pierre de Roissy, canciller del Cabildo de la catedral de Chartres, decía en 1200: «Las vidrieras que están en la iglesia y por las cuales se transmite la claridad del sol, significan las Sagradas Escrituras, que no protegen del mal y en todo momento nos iluminan». Lo que intenta el arquitecto medieval es iluminar el templo cuan una «luz-no-natural» que desmaterializa visulamente los elementos constructivos del edificio. Se pretende que la luz nos presente el espacio como una totalidad. En otro sentido, en el anagógico, los hombres de la Edad Media tratan de equiparar la luz al brillo del otro, y así simbolizar con ella la presencia de Dios de la fuerza divina, del Ser perfecto, que se expande por el templo y cae sobre los fieles. En la catedral se Sigüenza estas funciones se interpretan por las vidrieras multicolores que fueron realizadas por artesanos holandeses, y reconstruidas en los siguientes a la Guerra Civil.   

Dentro de la Catedral, todos sus elementos son portadores de un significado, y cumplen por lo tanto una función de comunicación. Este tema concreto está minuciosamente planteado, y resalta con agudeza, en la tesis de Davara Rodríguez «La Ciudad como forma de comunicación. Análisis informacional de la ciudad histórica de Sigüenza» Aunque aquí no podemos tratar ni siquiera hacer un resumen de la misma, sí que conviene destacar algunos de los puntos claves para la comprensión de este planteamiento teórico. Se contempla el presibterio y el altar mayor como lugares cumbre, sagrados por excelencia, auténtico eje central del recinto sagrado. Las naves, en cambio, son exclusivamente lagares de cambio, de paso, similares a las arterias, casi vacías de contenido religioso o teológico. Las capillas acusas un marcado sentido de posesión privada, respecto a las personas que se hacen panteones de ellas, e incluso arquitectónica y estéticamente, son portadas que se estructuran de forma similar a las de los palacios, con gran riqueza decorativa, escudos de armas, etc. Las rejas sirven, generalmente, como aislamiento de los lugares más sagrados. El claustro puede ser considerado como lugar de paseo celestial, etc.   

La tesis de Cavara, en este sentido, insiste en la importancia de los «lugares de intercambio» de información dentro del templo: en altares y capillas singularmente, se entrega información al visitante.   

Una información centrada en los religioso. Unos mensajes básicos, que tratan de «poner al día» al fiel, al espectador. En este sentido, será el altar mayor el más señalado ejemplo de esta sistemática informativa, al ordenar y jerarquizar escenas y figuras en un complejo dictado teológico.   

Pero todos los demás elementos de la catedral seguntina cumplirá, de forma más o menos llamativa, esta función comunicativa, este mecanismo de transmisión de mensajes, que presentarán gradaciones en la claridad y constancia de sus significados. Vamos a examinar, también sucintamente, y a modo de primera exposición, susceptible de aplicación y profundización en su análisis, algunos de estos elementos.   

4. El Coro catedralicio   

Este recinto, que en Sigüenza está incluido en el tramo anterior de la nave central, fue realizado paulatinamente en varias épocas. Por encargo del Cardenal Mendoza, fue encomendada su realización a Rodrigo Alemán, el artista que en la sillería baja del coro toledano había dejado lo mejor de su ingenio y habilidad. El coro seguntino se realizó entre 1488 y 1491, y además de Rodrigo Alemán trabajaron en él Francisco de Coca, maestro Gaspar, Peti-Juan, y ya en el siglo XVI Martín de Vandoma y otros. Los respaldos de las sillas corales muestran en la catedral seguntina un hervor de filigranas y tracerías, de tradición mudejarizante, pero tratadas con la finura del gótico.   

En punto a decoración antorpomorfa y zoomorfa, el coro seguntino no es muy rico. Solamente el tramo central de la sillería muestra algunas talla de interés. Concretamente la silla presidencial, ofrece en su respaldo una pareja de figuras, dos ancianos que departen amistosamente, dos profetas en conversación. Es escudo del Cardenal Pedro González de Mendoza, obispo de Sigüenza, policromado, se muestra también. En las paciencias de estas sillas altas, se muestran algunos elementos iconográficos de interés: en general son animales fantásticos, que generalmente representan vicios, sobre los que canónigos y dignidades, al sentarse, mostraban su vencimiento. En la silla presidencial, la paciencia ofrecen una escena de lucha: dos individuos se agreden violentamente, en pelea muy llamativa.   

Es quizá esa chcocante diferencia entre el tema del respaldo, y el de la paciencia lo que el tallista Alemán, o el canónigo que le impusiera el programa, querían destacar. El coro es lugar de cántico, de oficio divino, de rito diario. Es el lugar donde se consagra una parte digna de la vida religiosa. Pero en esa vida hay, por el roce diario y la humana debilidad, disgustos, roces, enemistades. Como el canónigo debe vencer el espíritu de la disputa, y solo acogerse al del diálogo. Ese es el simbolismo de este coro seguntino.   

5. El púlpito de la Epístola   

Otra de las obras de arte encargadas por el Cardenal Mendoza para la catedral de Sigüenza, es el púlpito o predicatorio de la Epístola, situado en el crucero. Fue encargado a Rodrigo Alemán, su artista preferido en Toledo, para que lo hiciera en madera. Pero, aunque no se conoce el autor, el Alemán no lo talló finalmente. Se concluyó esta pieza en 1495.   

Aunque ya hemos descrito y tratado el tema de este predicatorio en otro lugar, brevemente mostramos su estructura e iconografía. Un corto pilar sostiene capitel corintio, encima un cuerpo recubierto de ornamentación vegetal, y más arriba ocho tableros forma el espacio del púlpito. Aparecen en ellos tres hermosas tallas representando a Santa María in Navicella (la Virgen aparece posada sobre una estructura que es claramente una nao o un barco de la época) y Santa Elena y San Jorge. Además aparecen varios escudos del prelado comitente. Las tres tallas referidas vienen a ser representativas de los títulos cardenalicios de Pedro González de Mendoza: fue cardenal de Santa María in Dominica (título romano cuya iglesia se encuentre en la plaza de Navicella o Navecilla), la de la Santa Cruz (fue Santa Elena su descubridora y propagandista) y San Jorge.   

La interpretación de estas figuras tuvo caracteres románticos durante muchos años: Pérez Villamil y Layna vieron en esta trilogía la representación del descubrimiento de América, pues juzgaban la imagen central como Santa María sobre una nao  (el barco que llevó a Cristóbal Colón a América), y a sus lados aparecían una reina sabia, pues lleva corona y libros dicha figura, en representación de Isabel de Castilla, y al otro lado un rey guerrero, alanceando a la morisma en figura de dragón, representativo de Fernando de Aragón. El hecho de que el Cardenal Mendoza hubiera intervenido con dinero e influencias en el éxito de la aventura americana, parecía apoyar esta tesis.   

Sin embargo es clara la primera, que inició Aurelio de Federico, y que se corresponde con el carácter afirmativo de su personalidad del Cardenal Mendoza. Incluso, se refuerza esta teoría al contemplar el púlpito que en la catedral de Burgo de Osma mandó tallar el religioso mendocino: en magnífico estilo gótico, las tallas de Santa María, Santa Elena y San Jorge, presiden sus paneles. Pedro González fue administrador de la diócesis de Osma entre 1478 y 1483.   

6. El retablo de Santa Librada   

En el lado norte del crucero catedralicio, se alza un magnífico conjunto de altares adosados al muro, de entre los que destaca el dedicado a la patrona de la ciudad, Santa Librada. Fue mandado construir por el Obispo D. Fadrique de Portugal, entre 1515 y 1518, con diseño de Alonso de Covarrubias, y colaboraría los tallistas Francisco de Baeza, Sebastián de Almonacid, Juan de Talavera y Peti-Juan.   

En su hornacina central, aparece un pequeño retrablo de pintura sobre tabla, obra de Juan Soreda en los primeros años del siglo XVI. En él se reproduce la leyenda del martirio de Santa Librada, según se narra en el Brevario de Don Rodrigo, de principios del siglo XIII, en el que se establecía su fiesta el 18 de enero, aniversario de su muerte por degollación.   

Las tablas superiores representan, de izquierda a derecha, a Santa librada y sus ocho hermanas ante un templo de la gentilidad; un Calvario, y la exposición a Santa Librada del martirio de una hermana. En las tablas inferiores aparece una importante serie de elementos iconográficos que convierten a este retablo en un elemento muy importante de arte renacentista, con influencia del Renacimiento italiano, y de la corriente neoplatónica en el arte. A la izquierda aparece la escena de la presentación de Librada y sus hermanas ante Catelio. En el centro figura la Santa, sentada, con la palma del martirio. A la derecha aparece la pre-degollación de Librada; esto es, el momento previo a su martirio.   

La tabla central es muy interesante que la analicemos en detalle: ka pintura de Santa Librada es magnífica, y está realizada con la pulcritud y el detallas que Soreda ha adquirido en un indudable estancia italiana. Sobre la santa, hay un friso con escena de la leyenda de Hércules. Algo más abajo aparecen cuatro medallones, representado en parejas, y dándose la espalda, emperadores romanos y jerarcas de la iglesia cristiana, contrapuestos y quizás expresivos de un «cristianismo versus gentilismo». A los lados de la santa, y en hornacinas, aparecen las imágenes de sendos angelillos o geniecillos alados, uno de ellos sosteniendo un arco y flechas, y con un ala sobre la espalda y la otra caída en el suelo (lámina 2,b). Sería una representación del amor (Cupido) y la castidad, una síntesis del amor puro. Sobre los geniecillos aparecen sendas mujeres , recostadas, desnudas, de difícil clasificación, aunque parecen representar diosas clásicas. Todo ello se enmarca un una equilibra y magnífica arquitectura clásica.   

La escena de la izquierda muestra la representación de las hermanas ante su padre Catelio. Hay unos angelillo con guirnaldas, que cumplen con una función exclusiva ornamental, y sorprende que en remate del edificio donde aparece el jerarca pagano, surge una figura martirizada, y degollada, que pudiera ser prefiguración de la muerte que las espera a las jóvenes.   

En la escena de la derecha, que podría calificarse de pre-degollación, hay varios detalles de interés: sobre el trono del jerarca, un caballo triunfante y un escudo con un águila, quizás representativos de un poder imperial. Por el cielo vuela un ángel con corona, que es de martirio y Victoria. En el suelo, ajenos al drama, entre público, dos niños desnudos luchan, como si el amor mundano y el amor celestial se disputaran la elección de Librada en ese momento. Los personajes parecen disputarse al verdugo que está apunto de ejecutar la sentencia. En un escorzo muy similar al de «el pasmo de Sicilia», de Rafael, un personaje insiste en que se ejecute, y otro parece detener al verdugo.   

Finalmente, resulta interesante resaltar la presencia de Hércules en este retablo. En un artículo capital sobre la mitología en el arte español, Diego Angulo Iñiguez señalaba la presencia de este friso con cuatro escenas de la leyenda de Hércules, sobre la imagen de Santa Librada. En este caso y de izquierda a derecha, aparecen estas cuatro escenas o trabajos hercúleos, relacionados con España: la lucha contra el centauro Neso (lámina 1, a), Hércules cogiendo por los cuernos a los toros de Gerión (lámina 1. b), Caco robándole los toros a Hércules (lámina , c), y la lucha de Hércules contra el león de Nemea (lámina 1, d). El significado del héroe griego en este retablo es indudable: viene a dar la equivalencia de una vida «pura y heroica», como la suya, a Santa Librada, que tuvo en su existencia y martirio la virtud y la fortaleza de Hércules.   

Esta equivalencia entre temas mitológicos y vidas de santos, son muy utilizadas en el Renacimiento, y surgen las teorías noplatónicas de Marsilio Ficino. Pero es interesante en este punto leer a Pérez de Moya en su «Filosofía secreta», quien en pleno siglo XVI decía del significado de los trabajo hercúleos los siguiente: «según alegoría o moralidad, por Hércules es entendida la victoria sobre los vicios, y según sentido angógico significa el levantamiento del ánima, que desprecia las cosas mundanas por las celestiales, y según sentido tropológico, por Hércules se entiende un hombre fuerte, habituado a la virtud y buenas costumbres». Y más adelante, al referirse nuevamente a Hércules, dice que simboliza «la bondad y fortaleza y excelencias de las fuerzas del ánima y de cuerpo, que alcanza y desarma la batalla de todos lo vicios del ánima»   

7. La sacristía de las Cabezas y la Capilla del Espíritu Santo   

Si acabamos de ver, en el retablo de Santa Librada, una expresión de la plástica y el humanismo del Renacimiento más pleno, ahora, y para terminar, hemos de analizar un conjunto catedralicio en el que el sentido expresivo artístico se deja guiar por una senda de manifestación teológica muy clara. El conjunto uniforme que constituyen la Sacristía mayor, o «de las cabezas», y la capilla del Espíritu Santo, o «de las Reliquias», muestra la intención meditada de ofrecer todo un sistema simbólico con base teológica. Se han hecho diversas interpretaciones del mismo, aunque será difícil decir la última palabra mientras no se encuentre un texto director del programa elaborado. Lo que sí es seguro, puesto que no hemos leído en las actas capitulares catedralicias, es que un canónigo fue el encargado de realizar este programa, que luego sería ejecutado por los artistas a lo largo del siglo XVI.   

En la dirección de obras y realización personal de tallas de sacristía y capilla se emplearon muchos años (de 1532 a 1574 aprox.), muchos artistas (desde Alonso de Covarrubias, que fue su diseñador, a Nicolás Durango, Martín de Vandoma, Francisco de Baeza, Juan y Pedro de Buega, y Juan Sánchez del Pozo) y muchos dineros.   

Vamos a estudiar los componentes, uno por uno, tratando de ser finalmente una interpretación del conjunto. En primer lugar vemos la puerta. Es una extraordinaria pieza escultórica, en la que se distinguen las tallas en lo alto del relieve de 14 santas, vírgenes y mártires (lámina 2). Hemos interpretado sus nombres a través de los atributos que ostentes, y son las siguientes, de arriba a abajo, y de izquierda a derecha: Santa Ursula, Santa Petronila, Santa Cecilia, Santa Bárbara, Santa Basilia, Santa Eulalia, Santa Lucía, Santa María Magdalena, Santa Perpetua, Santa Tecla, Santa Catalina, Santa Juliana, Santa Margarita y Santa Inés. Es obra personal de Martín de Vandoma y el maestro Pierre, en 1561. Como toda puerta, se interpreta en función del paso hacia una lugar sagrado. A través de ella, se pasa de un mundo a otro. Ese paso es siempre un rito, y así se tenía en culturas antiguas. En el Evangelio de San Juan, Cristo se identifica con la puerta: «Yo soy la puerta; el que por mí entrase, se salvará». En el caso de esta sacristía, es indudable que la presencia de santa vírgenes y mártires en su puerta, es significativo del sentido sacro que tiene el interior.   

La sacristía de las Cabezas es uno de los espacios más sublimes de la arquitectura renacentista española. En su bóveda aparecen esculpidas 304 cabezas diferentes, de seres humanos, en los que la variedad es absoluta: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, esclavos y jerarquías, razas, condiciones sociales, cargos, etc., se entremezaclan con valentía. Se disponen en distribución de «sebka», y cada uno de ellos es una auténtica obra de arte (lámina 5)   

Desde el punto de vista formal, pudieran haberse tomado algunos de estos rostros del manuscrito con dibujos titulado «Libro de dibujos o antigüedades», también denominado «Codex escurialensis» original de Diego Hurtado de Mendoza, hijo del primer conde de Tendilla, quien los copió de estatuas romanas, especialmente de las de Santa Constanza de Roma.   

Muchas de esas cabezas tiene rostros con expresión de dolor. Otras, en cambio, parecen ser auténticos retratos. La mayoría imposible de identificar, pero de algunas pueden aventurarse significados concretos, al aparecer con tiara (pontífice, capelo (cardenal), mitra (obispo) corona (príncipe o rey) etc. Ninguna lleva nombre identificactivo, por lo que en esencia todos son iguales: «rostros anónimos», que en definitiva podría dar lugar a una identificación total con la «humanidad», que dada la mayor parte del las expresiones, es una «humanidad doliente» presa del pecado y la condenación de adán. Podría incluso ser calificado como un «Juicio Final», al estilo de lo que en muchas techumbres medievales (y esta sacristía lleva gran carga de tradición medievalizante). Davara, en su mencionado estudio, califica esta techumbre como «Imago mundi», con acúmulo de todos los seres humanos, en sus categorías más varias, sufrientes en todo caso.   

Es necesario añadir la referencia de otros rostros y figuras que aparecen en la estancia. Repartidos por las enjutas de los arcos que se abran en los muros, aparecen figuras diversas, también sin identificar por sus nombres. En los arcos cercanos a la puerta de entrada aparecen San Juan Bautista y Santiago, más San pedro y San Pablo, todos ellos como «santos compañeros», próximos a los seres humanos y piedras fundamentales del edificio católico. Además aparecen cuatro figuras femeninas y otras tantas masculinas. Ellas son Sibilas, y ellos guerreros o sabios, todos ellos seres virtuosos y proféticos, de la Antigüedad (lámina 4). Todos entroncan con el nivel del cristianismo, porque ellas, las Sibilas, son mujeres que profetizan temas y detalles de la vida de Cristo. Y ellos son sabios antiguos, virtuosos, aunque gentiles (idea clave del neoplatonismo de Ficino). Todavía en la cornisa e la estancia, se distingue un abigarrado conjunto de monstruos, grutescos, niños en acciones humanas y chocantes, etc.   

Es interesante añadir la equivalencia que pudiera tener esta sacristía con la de «El Salvador» de Úbeda, obra de Vandelvira. allí hay cariátides, Sibilas, sabios antiguos en medallones, etc. Esa correspondencia de unas y otros con seres virtuosos es, lo repito, muy querida de Ficino en su «Teología platónica», y fue utilizada ampliamente por los artistas de este círculo de Vandelvira, entre los que se encuentra Esteban Jamete, que intervino con seguridad en la obra de Sigüenza, y que en algunas ocasiones tuvo que ser con la Inquisición.   

atravesada la sacristía de las Cabezas, se llega al último reducto del conjunto sacro: la capilla de las Reliquias, también denominada en su origen, como capilla del Espíritu Santo. Es un ámbito de planta cuadrada, que remata en cúpula hemiesférica. En los muros aparecen primeramente, tallas con dones del Espíritu Santo: Ciencia, Piedad, Caridad y Fortaleza. Sosteniendo el entablamento principal, hay una serie de enormes cariátides, personajes del mundo de los gentiles de ámbito grecorrromano y oriental. Son también sabios, pero paganos. Se sabiduría es, pues, imperfecta. Ellos se sitúan en el nivel más inferior del «edificios cristiano». Más arriba aparecen, enfrentadas, las escenas de la Anunciación y el Ecce Homo con la Dolorosa. Por encima, siguen dos grandes arcos que sirven para acoplar la dimensión de la capilla al espacio cuadrado del que surge la cúpula. En esos arcos aparecen dos series de imágenes, muy bien identificables: una serie de 20 rostros o cabezas con cartelas que las identifican claramente. Son profetas, jueces y reyes, todos del Antiguo Testamento. Allí están Salomón, David, Daniel, Jacob, etc. Y otra serie de 20 angelillos con otros tantos símbolos de la Pasión de Cristo, en un conjunto y variedad de los más numerosos conocidos.   

Más arriba surge ya la cúpula. Apoya en cuatro pechinas, dentro de cada una de las cuales aparece tallado un Evangelista. Esos medallones se apoyan en figuras de pequeños Hércules. Ya en la cúpula, y dentro de casetones, vemos dos series de santos fácilmente identificables: san Sebastián, San Francisco, San Cristóbal, San jerónimo, San Andrés, etc. En lo más alto de todo, Dios Padre.   

Es esta la parte que Davara identifica como «la más sagrada e íntima de toda la catedral seguntina». Podría considerarse como un auténtico Tabernáculo, y en ella se contienen las Reliquias de los santos.   

El significado final de este conjunto que forman la sacristía de las Cabezas y la capilla de las Reliquias, es, todavía, imposible de concretar. Sabemos que hubo una autor especialmente encargado, un canónigo, que según costa en un acta del Cabildo «aportó la disposición que se debía poner en las techumbres del Sagrario nuevo». Sería un letrado, un humanista, un eclesiástico que conjugó religión y ciencia para establecer una simbolismo iconográfico dando sentido a una estancia de gran valor en el contexto del templo.   

Ya en el aspecto meramente arquitectónico es muy importante. Se acentúa en ambos locales la imagen formal de la arquitectura de perfectas dimensiones y equilibrio de cúpulas. Según Santiago Sebastián, en su obra «Arte y Humanismo», los «humanistas crearon su imago mundi como una correspondencia de macrocosmos y microcosmos, y la visión de Dios a través de los símbolos centrados, como el círculo y la esfera.   

Los artistas del Renacimiento se adhirieron a la concepción pitagórica de que «todo es número», opinando que el Universo tenía una estructura matemática y armónica. Alberti pensaba que la belleza estribaba únicamente en la armonía de las proporciones, y Pacioli aún iba más lejos, diciendo que solo en un templo armónico, equilibrado y proporcionado podría encontrarse a Dios y establecer comunicación con él.   

Lo que pudiera, en último término, significar la sacristía, es el mundo, humano y sufriente, como antesala de la Gloria, a la que se llega a través del Antiguo y Nuevo Testamento, y que estaría representada en la capilla de las Reliquias. Sea de una u otra forma, lo que sí es indudable, es la gran capacidad de comunicación y transmisión de información teológica que estos ámbitos de la catedral de Sigüenza poseen.   

En ellos puede quedar resumida, con gran riqueza de ofrecimientos, la simbiosis de forma y símbolo que ha dado tema a este trabajo.    

Bibliografía consultada 

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SEBASTIÁN, S.: Arte y Humanismo, Madrid, 1978.  

La Marca Media de Al-Andalus en tierras de Guadalajara

1. LA PRIMERA FRONTERA DE AL‑ANDALUS 

 Es un dato plenamente aceptado que la invasión árabe de la Península Ibérica, a partir del año 711 d. J.C. se realizó con un reducido número de fuerzas militares, y el hecho de que tras ellas acudieran unos contin­gentes de repobladores civiles no justifica en modo alguno la remota po­sibilidad de que hubiera árabes, en el siglo VIII, por toda la Península ex­tendidos. Lo cierto es que Iberia quedó con una estructura social y una base poblacional muy similar a la de época visigótica, y que el número de árabes y beréberes que asentaron en nuestro territorio fue en todo ca­so muy reducido. 

 Esa escasez del elemento humano en el nuevo grupo dominador, forzó a replantear la estructura de los núcleos habitados, que adquirieron bajo el influjo árabe un nuevo aspecto y función con respecto a los estableci­dos desde muchos siglos antes. En general, puede aceptarle que las ciu­dades de origen ibérico o romano, extendidas en valles, en las orillas de los ríos, en los cruces de caminos o en los puntos claves de las calzadas, cedieron su importancia administrativa en favor de núcleos próximos, na­cidos de ellas, pero mucho más reducidas en extensión, menos pobladas y, por supuesto, fortificadas. 

 En el ámbito regional en que se desarrolla nuestro estudio, esto lo ve­mos en varios casos concretos: la Complutum romana de las orillas del río Henares, pasará a ser la Alcalá enriscada y fortificada del Cerro del Viso; la Arriaca de la Campiña, se trocará por la Guadalajara puesta so­bre la espina de dos barrancos que afluyen por su costado izquierdo en el Henares. El Castejón de origen romano, zona de parada y aun pueblo próspero, junto a la Calzada y en plena campiña, se eleva al Charadraq bereber, hoy Jadraque. Y aun en la Segontia de origen arevaco y esplen­dor romano sucede lo mismo: la ciudad confiada de, la prolongada «pax» se eleva sobre el cerro que vigila el río, y encima de las rocas areniscas se levanta el nuevo castillo o fortaleza de Sigüenza. Todavía en lugares como Hita, Medinaceli, etc., veremos evoluciones similares. 

 Este fenómeno es lógico, al considerar la relación de poblaciones his­pana y árabe en estos territorios de la meseta meridional. Ello forzó a que muy poco después de la inicial invasión peninsular, los mahometa­nos se retiraran de los territorios inicialmente ocupados, y quedaran re­plegados en dicha meseta, ya en la segunda mitad del siglo VIII. A ello con­tribuyeron una serie de calamidades públicas, en forma de hambres y pes­tes, y los iniciales ataques de los cristianos norteños, que quedaron refu­giados en las montuosas zonas de Galicia y el Cantábrico. Podría decirse que Al‑Andalus nunca llegó a considerar territorio propio el que va más al norte de la Cordillera Central de la Península Ibérica. 

Las Marcas de Al-Andalus en la península ibérica

 

 De una forma clara y unánimemente admitida, los árabes sitúan su frontera norteña en esta Sierra Central, y desde la segunda mitad del si­glo VIII, esto es, muy pocos años después de su invasión, la Península que­da dividida de un modo que va a ser permanente a lo largo de más de tres siglos, naciendo de esa estabilidad secular unas formas de vida que ya sí podemos calificar netamente de andalusíes. La conciencia de estar esta­blecida la frontera en esta zona, se refleja muy pronto en los escritos de los geógrafos árabes, especialmente en Al‑Razi y en El Edrisi, quien dice que «el país situado al sur de los montes de las Sierras se llama España, y la parte situada al norte de ellas toma el nombre de Castilla». 

 2. LAS MARCAS DE AL‑ANDALUS 

 La conciencia clara de los andalusíes de tener establecida una fronte­ra de su territorio frente al de los cristianos, nace, pues, muy temprano, y su constitución se lleva a cabo con prontitud. Los factores poblaciona­les, de calamidades públicas, y de iniciales ataques castellanos, fuerzan a esta instauración rápida. Los diversos regímenes políticos establecidos en la Andalucía central, incluso el Califato Omeya en los días de su máxi­mo esplendor y poder, tienen como una de sus intenciones capitales la de defender con fuerza y rigor sus fronteras o marcas contra los cristia­nos. 

 Se ha considerado que Al‑Andalus establece, repito que ya desde el si­glo VIII, tres marcas o fronteras amplias: la Marca inferior, cuya cabeza es Mérida, y luego Badajoz en la época de taifas; la Marca Media, con ca­pital en Toledo; y la Marca Superior, con cabeza en Zaragoza. Las tres ciudades se unen, a lo largo de diversos cauces de ríos, fundamentalmen­te el Tajo y los afluentes derechos e ibéricos del Ebro, por un camino prin­cipal que es en realidad la antigua Vía Augusta de los romanos, que ponía en comunicación Emérita Augusta con César Augusta. Este detalle es muy revelador, pues supone que los árabes adoptan, también aquí, una estruc­tura ya establecida de antiguo. Y ello nos ayudará a encontrar sus hue­llas, siguiendo las que los romanos dejaron, en nuestra tierra. 

 De los tres sectores principales o Marcas de Al‑Andalus, indudablemen­te fue la Media, con capital en Toledo durante tres siglos y finalmente en Medinaceli durante sus últimos años, la que debió cargar con el peso sus­tancial de la defensa de la España árabe frente a los ataques de la cristiana: su proximidad al núcleo serrano y a las poblaciones más importantes del reino castellano, lo condicionó en tal manera. 

 3. LA MARCA MEDIA DE AL‑ANDALUS 

 La Marca Media puede considerarse que abarcaba todo el río Tajo, des­de el castillo de Albalat, a occidente de Talavera, hasta Medinaceli, su­biendo desde Toledo y Aranjuez, por la vega del Jarama y luego del Hena­res, hasta la sierra ibérica donde asienta la antigua Ocilis. En este terri­torio se definieron también muy pronto tres sectores que jugaron cada uno su propio papel en la defensa común. En el sector de poniente, la ca­pital fue considerada Talavera, sobre el Tajo. Su extremo más occidental era el castillo de Albalat, y comprendía los núcleos de Vascos (junto al río Huso), y las fortalezas de Espegel, Gualija y Canturias, más la propia capital, Talavera. En el sector central, capitaneado por Toledo, destaca­ron las poblaciones y castillos de Alamín, Maqueda, Huecas, Calatalifa, Ol­mos, Canales y Madrid. Y en el sector oriental, cuya capital fue siempre Guadalajara, destacaron los núcleos de Alcalá, Talamanca, Alcolea de To­rote, Hita, Castejón, Sigüenza, Atienza y Medinaceli, amén de otros mu­chos pequeños núcleos y puntos defensivos que analizaremos en detalle más delante. 

La Marca Media de Al-Andalus en la Península Ibérica

 

4. LA MARCA MEDIA COMO TERRITORIO MILITAR 

 La Marca Media de Al‑Andalus tuvo siempre conciencia de ser un te­rritorio militar, con un funcionalismo tanto defensivo como ofensivo. Esa conciencia fue siempre clara en los gobernantes ‑que una y otra vez la reestructuraron y apoyaron‑ como en sus pobladores. Las continuas incursiones de los ejércitos cristianos, castigando las poblaciones de la Mar­ca, hicieron a éstos protestar y pedir a sus gobernantes que defendieran mejor el territorio. Por contra, hubo momentos de esplendor en los que la Marca Media fue zona de partida de importantes campañas de ataque hacia Castilla. 

 La estructura firme de la Marca Central se establece, como ya hemos dicho, desde muy temprano: finales del siglo VIII y principios del IX. El general Amrus es destacado, en los últimos años de la octava centuria, como fortificador de Talavera y Toledo. En el año 825, Alcalá sobre el He­nares cuenta ya con un castillo árabe. La protección del califato hacia su frontera norte es permanente, y así en 837 vemos cómo Abderramán II fortifica Toledo, especialmente en el área cercana al puente de Alcántara. En 854, Muhammed I empieza a levantar castillos por toda la zona, y en los años finales del siglo IX se levantan las fortalezas de Zorita, Medina­celi y Maqueda. 

 Será el califa Abderramán III, que visitó personalmente los territorios de la Marca Media, quien mayor impulso la dé, y la transforme en punto ofensivo contra Castilla, fundamentando en este entorno su poderío y pree­minencia sobre los reinos cristianos. Hacia el 920 le vemos fortificando núcleos dispersos, y en 929 se encargó personalmente de buscar goberna­dores capaces para poner en Talavera, Madrid, Talamanca, Guadalajara, Atienza, Santaver y Calatrava. En el 932, se fortificará aún más a Madrid, y en el 946, el califa Abderramán III dispone la reconstrucción y fortifica­ción interna de Medinaceli. El comedio del siglo x marca un punto cul­minante en la hegemonía de la Marca Media como territorio militar y ofen­sivo contra los norteños. 

Posteriormente, una serie de grandes generales mantendrán este es­tado de cosas. Aunque Córdoba sigue controlando directamente la Mar­ca, el caíd de Medinaceli, general Galib‑al‑Nasir, se elevará a la categoría de gobernador del territorio, sucediéndole a su muerte los generales es­lavos Cand, y, ya en los últimos años del siglo X, Wadih. 

A la caída del califato omeya, y en el momento en que el imperio ma­hometano de Al‑Andalus se fragmenta irremisiblemente en múltiples rei­nos de taifas, Wadih se alza con el mando de la Marca Media, que queda prácticamente independizada de Córdoba en el otoño del 1009. Suleymán, adueñado de la antigua cabeza del califato, manda un ejército contra To­ledo, pero sus habitantes, capitaneados por Wadih, no se someten. De es­te modo, la Marca evolucionaba rápidamente hacia la constitución de un reino independiente. 

En esos momentos se alza la personalidad de los Beni di‑l‑Nun, fami­lia árabe que procede de las tierras de la retaguardia alcarreña: Santa­ver, Cuenca, Huete y Uclés. Cuando muere Wadih, en 1011, Suleymán im­pone en la Marca Media a Ismail Beni‑d‑l‑Nun como visir de la misma, pero éste se alza con la indiscutible capitanía del territorio, y en 1018 pro­clama a Toledo como cabeza de un reino independiente, que extenderá su influencia a toda la Marca Media. Su hijo, Yahya‑al‑Mamún (1043‑1076) será el encargado de llevar el reino andalusí de Toledo a su máximo es­plendor. 

5. LA MARCA MEDIA, LUGAR DE CONFLICTOS 

 La Marca Media tuvo que sufrir, a lo largo de su historia de tres si­glos, muy diversos avatares castrenses, que aquí no vamos a reseñar en detalle. Por su distancia a la capital cordobesa, esta tierra fronteriza fue lugar de aparición de bandoleros y rebeldes. En ocasiones el califato tu­vo que acudir a sofocar auténticas revueltas populares, y a poner paz en las luchas entre tribus y ejércitos territoriales de las orillas del Tajo. Los bereberes de la Meseta (Oreto, Santaver y Toledo) se alzaron en 811‑815. 

Pero los principales problemas guerreros en la Marca Media fueron ocasionados por los ejércitos cristianos, que de una forma esporádica, pero constante, practicaron numerosas cabalgadas e incursiones sobre los te­rrenos árabes. Es muy reveladora la que, al final del período de existen­cia de la Marca, realiza Alvar Fáñez de Minaya a lo largo del Henares, hasta Alcalá, según refiere el «Cantar de Mío Cid». Pero realmente desde el siglo IX los monarcas castellanos dirigen sus ataques a la Marca Me­dia con intenciones de castigos continuos, de atemorizar a la población y desanimar a los gobernantes de la misma. Desde comienzos del siglo IX, sabemos que Ramiro II entró en Madrid y Talavera, destruyendo y ma­tando. En el año 809, Guadalajara fue saqueada por los castellanos. Tala­manca sufrió un ataque a comienzos de esa centuria, repitiéndose en 859. En 920 hubo un ataque de los cristianos a Guadalajara, robando e incendiando la Campiña. Los árabes finalmente los desbarataron cuando los primeros sitiaban el castillo de Alcolea (de Torote). Poco después, Ordo­ño II, en una memorable campaña, alcanzó el alto Henares, devastando las Cendejas, los castillos (o torres) de Sarmaleón y Eliph, y los lugares de Palmaces, Castejón y Magnancia, según refiere el Cronicón de Sampi­ro. 

 También se produjeron, ya en el siglo XI, luchas intestinas en Al­Andalus, sufriendo la Marca Media los intentos expansionistas de los Be­ni Hud de Zaragoza, que en 1043, bajando por el Henares, llegaron a en­trar en Guadalajara. Un contraataque de los toledanos hizo que los terri­torios fronterizos de Medinaceli y Molina volvieran a quedar bajo el con­trol de la Marca de Toledo. 

Finalmente, a partir de la muerte de Al‑Mamun en 1076, la perseve­rante campaña de Alfonso VI de Castilla, en amplia y ambiciosa manio­bra estratégica, unida al debilitamiento fulgurante del reino de Toledo, hizo que culminara uno de los movimientos claves en la secular tensión de los dos pueblos peninsulares. Los cristianos se adueñaban de Toledo en la primavera de 1085, e instantáneamente se entregaban a su hegemo­nía el resto del territorio y ciudades que habían formado su reino, la tres veces secular Marca Media de Al‑Andalus. No es este momento de tratar en detalle este tema puntual, y, por supuesto, interesantísimo. 

6. LA MARCA MEDIA EN TIERRAS DE GUADALAJARA. 

 Durante los siglos VIII al XI, como ya hemos visto, la Marca Media de Al‑Andalus tuvo una vida propia muy singular, y en su contexto social, marcado siempre por la vigilante actividad militar, se dieron formas de vida muy peculiares. Han quedado escuetas referencias geográficas de autores hispanoárabes a la zona oriental de la Marca Media, que es la que corresponde a las actuales tierras de Guadalajara. La más interesante de dichas referencias es la que encontramos en la «Descripción de España» hecha por Ahmad‑al‑Razi, a fines del siglo IX, y que tras describir muy someramente los distritos de Barusa, Molina, Santaver y Recópolis, dice así del distrito de Guadalajara: «La ciudad de Al‑Faray (Madinat‑al‑Faray), que se llama ahora Guadalajara, se encuentra situada al nordeste de Cór­doba, en la orilla de un río llamado el Wadi‑Hiyara. El agua de este río es excelente y de gran aprovechamiento para sus moradores. Se encuen­tran allí una gran cantidad de árboles. Repartidos por su territorio se en­cuentran numerosos castillos y aldeas, como por ejemplo el castillo de Madrid. Otro de estos castillos es el de Castejón sobre el Henares. Otro es el llamado de Atienza, el más fuerte de todo el distrito. Cuando los mu­sulmanes conquistaron España, hicieron de este castillo una atalaya con­tra los cristianos de más allá de la frontera, para protegerse de sus ata­ques. Su territorio está limitado por la cadena montañosa que separa las dos Españas. Se encuentran allí excelentes territorios para la caza, zonas montuosas y campiñas para el regadío». 

La Marca Media de Al-Andalus en tierras de Guadalajara

 

Vemos, pues, cómo Guadalajara es, desde el siglo IX, capital del ex­tremo oriental de la Marca Media, englobando un territorio que va, desde el valle del Manzanares, incluido Madrid, hasta el Jalón, por Medinaceli. Lo que había sido un poblado ibérico conocido por el nombre de Arriaca, extendido sobre la vega del Henares, y luego romanizado, se convirtió en fortaleza y puesto de vigía árabe, al construir en el siglo IX un castillo y más tarde una ciudad que se cercó y fortificó con murallas. 

A esta zona arribaron., en los momentos iniciales en que diversas tri­bus beréberes se repartieron el territorio hispano, los Hawara, los Mad­yuna y los Banu Salim. Un bereber, lugarteniente de Tariq, fue Salim ibri War’amal ibn Wakdat, que fundó la ciudad de Medinaceli (Madinat‑al­Salim) surgiendo una estirpe de jerarcas que asentaron en las sierras ibé­ricas y se extendieron hacia los valles de la meseta meridional, imponien­do su influencia y poder sobre la escasa población de la zona. 

Entre ellos puede recordarse Ubaid Allah ibri Salim, gobernador de Madrid, y a Al Faray ibn Massarra Ibn Salim, fundador de Guadalajara en los años medios del siglo IX. Desde entonces, a la ciudad se la denomi­na Madinat‑al‑Faray (ciudad del Faray) en todas las crónicas hispano­musulmanas, y al río que la baña Wadi‑l‑Hiyara (río de las piedras). Del nombre del río, que generó la palabra Guadalajara, tomó su nombre la ciudad. 

El distrito de Guadalajara formó, pues, el extremo oriental de la Mar­ca Media. Este territorio, como todos los que desde Badajoz hasta Zara­goza formaron las marcas o fronteras de Al‑Andalus frente a los reinos cristianos del norte, tuvo una consideración estrictamente militar. Las marcas (en árabe «thugur») eran totalmente distintas en cuanto a consi­deración territorial de las coras (en árabe «kuwar») o provincias del inte­rior, siempre más seguras y prósperas. Su población, sus estatutos jurí­dicos y sociales, sus formas de vida, eran en todo diferentes a las de zo­nas más meridionales. En ellas mandaba un caíd («qa’id») y estaban, eso es seguro, muy escasamente pobladas, casi desérticas en algunas partes. En este sentido, consideramos que la Marca Media en su distrito de Gua­dalajara fue siempre un territorio de escasa población, tan sólo ocupado por destacamentos militares, y con ciertos núcleos de población (Guada­lajara, Alcalá, Sigüenza, Medinaceli) un tanto más densos, pero siempre en grado escaso. 

Desde el siglo VIII incluso, hasta el momento de la reconquista defini­tiva a finales del XI, Guadalajara y su tierra se vieron sometidas a las fre­cuentes incursiones de los ejércitos castellanos, que nunca persiguieron una conquista definitiva, sino que buscaban solamente la algarada, el pi­llaje y el desgaste y desmoralización del enemigo. Los ejércitos cristianos pasaron hacia el Tajo y el Henares a través de los puertos fáciles de la sierra (Somosierra, Miedes, etc.), bajando por los valles de los ríos serra­nos que abocaban a las orillas derechas del Tajo y Henares.  

Fueron surgiendo así, ante la necesidad de una defensa constante, los diversos tipos de instalaciones militares que generó el califato en tierra de Guadalajara. Es fundamentalmente a partir del siglo x, aunque antes ya se habían levantado defensas, cuando el imperio cordobés se apresta a crear una fuerte defensa en la Marca Media. Surgen así diversos tipos de edificios: ciudades fortificadas, que llamaron «qa1a» y que podríamos traducir por alcazaba. Un ejemplo sería Alcalá (de Henares) o la misma Guadalajara; también castillos y fortalezas, generalmente en puntos ele­vados, poco accesibles, que permitían la visualización y control de anchos territorios: los llamaban «hisn» y sus ejemplos más representativos se­rían los castillos de Hita, Jadraque, Atienza y Sigüenza; finalmente, los árabes elevaron decenas de torreones, simples torres de tipo vigía, para controlar con escasísimas guarniciones el paso de puentes o caminos: se denominaron «sajra», que en castellano equivaldría a «peña» o «torreón» y de los muchos ejemplares que hubo podemos recordar el castillo de Al­corlo, la torre de Séñigo, Castilblanco de Henares, etc.  

Vamos a estudiar, para terminar, el área geográfica que dominó el dis­trito de Guadalajara durante los siglos de existencia de la Marca Media, y los edificios militares singulares que sabemos existían en su territorio. Todos ellos construidos, por tanto, entre los siglos IX al XI. De la simple enumeración de estos edificios, y del examen del mapa en que se aprecia su distribución, podemos concluir en que este territorio fue de importan­cia vital para la seguridad del Califato omeya de Córdoba (fig. 3). 

7. LUGARES FORTIFICADOS DE LA MARCA MEDIA EN TIERRA DE GUADALAJARA 

 El sector oriental de la Marca Media de Al‑Andalus, especialmente en los siglos IX al XI, incluía el territorio que, desde Madrid, en el valle del Manzanares, seguía la orilla del río Jarama, y continuaba a todo lo largo del Henares hasta sobrepasar su nacimiento en las sierras ibéricas, y al­canzar Medinaceli, ya sobre el hondo valle del alto Jalón. 

MADRID surgió en una eminencia enriscada, en la orilla izquierda del río Manzanares. Fortificado el lugar por orden de Muhammad I, quien construyó un fuerte castillo, aislado en tres de sus frentes por otros tan­tos barrancos, se unía al poblado por el costado meridional, constituyen­do así una auténtica alcazaba, pues finalmente fue amurallado todo el con­junto. 

Hacia el norte, y vigilando el valle del Jarama, se situaba TALAMAN­CA, en la orilla izquierda de la corriente. Cumplió este lugar su misión de vigía de las incursiones cristianas, que en muchas ocasiones se reali­zaron por este camino, dada la facilidad de paso de la sierra por los ini­cios del río Jarama. Aunque no destacaba Talamanca por una situación o emplazamiento fuertes, sí que contó en seguida con una gran muralla rodeando a la villa y su almudena. Sirvió de base de operaciones para ini­ciar campañas de ataque sobre el Duero, pero en otras ocasiones, como los avances del conde Rodrigo en 860, o el del conde Sancho en 1009, no pudo impedir el paso por el valle del Jarama de los ejércitos castellanos. Tras la reconquista, Talamanca se erigió en cabeza de un importante al­foz comunal. 

Más arriba de Talamanca, sobre el valle del Jarama, se alzaron otras defensas, ya de menor importancia por ser estrictamente de vigilancia: TORRELAGUNA en la orilla derecha, y UCEDA en la izquierda, esta últi­ma en posición muy fuerte, con castillo sobre el extremo occidental de la villa, que en tiempo de árabes fue solamente de vigilancia. 

En otro valle, estrecho, pero de fácil paso desde las serranías centra­les, concretamente el del río Torote, puso Al‑Andalus otra fortaleza, la de ALCOLEA, que alguna vez aparece en las crónicas, concretamente en el año 920, en que los árabes desbarataron un ataque cristiano. En este pun­to existió al parecer simple torre fortificada, que progresivamente fue ga­nando en importancia y densidad de población, hasta erigirse, ya en la Edad Media castellana, en cabeza de un importante alfoz. Esta posición, a cuatro leguas de Guadalajara y alguna menos de Alcalá, cumplía la mis­ma misión que Talamanca: defender de ataques imprevistos, que pudie­ran llegar desde la serranía central por los cómodos pasos del alto Jara­ma y a través del valle del Torote, a las poblaciones de Alcalá y Guadala­jara.  

Pasando a examinar el valle del Henares, el núcleo fundamental de la población y las defensas de la Marca Media, encontramos en él numero­sos enclaves fortificados: sería el primero el de TORREJON (de Ardoz), puesto en el triángulo donde los ríos Jarama y Henares se juntan, y que en todo caso nunca pasó de ser un simple puesto de vigilancia sobre estos valles. Más arriba del Henares, y en su orilla izquierda, como todos los enclaves que hemos de encontrar en este valle, aparecía ALCALÁ (de He­nares), la antigua Complutum de los romanos, que el Califato decidió man­tener, trasladando su núcleo poblacional a las escarpaduras del cerro del Viso, fundando ya en el siglo IX, poco después de Guadalajara, el enclave que primero se denominó «Hisn‑al‑qal’a», que vendría a significar «el castillo de la fortaleza», y luego «AI‑Qalat abd al‑Salam». Aunque reduci­da para contener núcleo importante de población, Alcalá destacó en se­guida como uno de los puntos fuertes de la línea del Henares. Aprovecha­ron los árabes gran cantidad de material constructivo de la época roma­na. Desde el año 920, en que Ab‑al‑Rahman visitó personalmente la Marca Media, el enclave de Alcalá creció y se fortificó notablemente. 

Cuatro leguas más arriba del río, surgió GUADALAJARA, que recibien­do la herencia de la Arriaca íbera y romana, se fundó en la orilla izquier­da del Henares, sobre la eminencia estratégica de dos barrancos que afluían al río. Allí colocó un primer puesto vigilante el guerrero bereber al‑Faray, en los años medios de la novena centuria. Desde entonces se denominó a este núcleo «Madinat‑al‑Faray», con el que aparece en todas las crónicas árabes, y aun en algunas posteriores cristianas. Guadalajara se erigió inmediatamente en cabeza y capital del sector oriental de la Mar­ca Medía que estamos estudiando. Su situación estratégica así lo impuso. Desde un primer torreón vigilante del paso del río, se pasó a construir un castillo que apoyaba sus murallas a ambos lados del espinazo flanquea­do por los barrancos del Alamín y de San Antonio. Cuesta arriba fue cre­ciendo la ciudad, rodeándose, ya en el siglo x, de murallas. Guadalajara es el único núcleo poblacional del territorio que estudiamos, al que pue­de calificarse de auténtica ciudad, surgiendo en ella varias mezquitas, pa­lacios para los caídes y generales de la Marca, núcleo comercial, e inclu­so ciertos destellos de vida cultural, que prosiguieron, desde una pers­pectiva mudéjar ‑ hebraica, en la época de dominación cristiana a partir del siglo XII. 

En la confluencia de los ríos Sorbe y Henares, en una gran eminencia rocosa que existe sobre la orilla derecha de este último, construyeron los árabes otro castillo, quizá en principio de muy reducidas dimensiones, con intenciones solamente vigilantes: era el de PEÑAHORA, en término de Humanes. Aún se divisan en aquel lugar restos de murallas fuertes, pero muy poco más. El lugar fue luego aprovechado por los cristianos co­mo puntal en la defensa del valle del Henares, poniendo allí un puesto de cobro de alcabalas, junto al puente que posteriormente se levantó. Per­teneció a la Orden Militar de Santiago. 

Más al interior de la Marca, pero en una eminencia muy señalada, desde la que puede dominarse, no sólo el río Henares, sino gran parte de la Mar­ca, se sitúa el cerro y antiguo castillo de HITA, en el que también los ro­manos tuvieron población. Los andalusíes se limitaron a edificar en lo más alto de la montaña un castillo que, por sus dimensiones, nunca pasó de ser torreón fortificado con defensas exteriores. Luego aprovechado y re­construido por los cristianos, en él basaron su primitivo dominio de la comarca los Mendoza alcarreños. 

Sobre la orilla izquierda del Henares, más arriba de Espinosa, y apro­ximadamente frente a la desembocadura en el citado río del arroyo Alien­dre que baja desde Cogolludo, pusieron los árabes una pequeña fortale­za, la de TEJER, aprovechando también los restos de una antigua ciudad romana, la Caesada del itinerario de Antonino Pío, que se encontraba en el trayecto de la Calzada de la Vía Augusta. Igual que en otros muchos lugares, según ya hemos explicado, los árabes pusieron simple fortaleza en la orilla del río, dominando la posición del camino y la antigua ciudad, de la que aprovecharon materiales constructivos. 

Más arriba, y también sobre la orilla izquierda del Henares, aparece el gran castillo de JADRAQUE. Aunque el nombre actual de esta pobla­ción es indudablemente de origen árabe, es extraño que a pesar de su mag­nífica situación estratégica no aparezca nunca mencionado en las cróni­cas árabes ni de la reconquista cristiana. Hoy se sabe, por múltiples ha­llazgos casuales, aunque todavía no se ha realizado ninguna campaña me­tódica de excavación, que en las orillas del río, junto a esta población, hu­bo habitación romana, posiblemente algún conjunto de «villas», mansión de parada, o aldea. El hecho cierto es que los árabes encontraron ese nú­cleo y, como en otros muchos lugares, lo aprovecharon y fortificaron en posición más elevada, estratégica, estrictamente defensiva. El cerro, que a mediodía se alza majestuoso sobre el lugar, era punto ideal para tal rea­lización. Allá en lo alto pondrían los andalusíes su fortaleza, que tomó el nombre de «Castejón» con el que sí aparece en todas las crónicas de la época. Durante mucho tiempo se ha confundido este Castejón de los ára­bes con el pueblo de la provincia de Guadalajara que hoy lleva este nom­bre, y que a pesar de hallarse sobre el valle del río Dulce, lleva el sobre­nombre de Henares. Pero cuando los geógrafos e historiadores antiguos mencionan un « Castejón sobre Henares », se están refiriendo, sin duda al­guna, a algún castillo que domina la orilla del río. Cuando el Cid Rodrigo Díaz de Vivar y sus generales, entre los que se cuenta Alvar Fáñez de Mi­naya, se dedican a realizar correrías sobre el valle del Henares, según nos relata el «Cantar de Mío Cid», conquistan Castejón, y bajan hasta Hita, Guadalajara y Alcalá. Es la línea más destacada de la Marca Media la que están visitando, el corredor principal de comunicaciones y población. Por todo ello, y otras razones, que no son de este lugar para examinar con detalle, creemos que el clásico castillo y enclave árabe de Castejón corresponde al actual de Jadraque. 

Vigilando la orilla derecha del Henares, CENDEJAS DE LA TORRE asienta hoy sobre un antiguo puesto vigía de la Marca. En CUTAMILLA, donde el río se estrecha en fragosidades únicas, también hubo torre o pues­to de los árabes, y poco más arriba, sobre la orilla izquierda, surge SIGÜENZA. Como más arriba hemos ya expuesto, la antigua Segontia de los romanos, la más importante de las ciudades que esta civilización tuvo en tierras de la actual provincia de Guadalajara, fue aprovechada por los árabes para poner un puesto militar. El castillo de Sigüenza fue, sin du­da, iniciativa de los andalusíes, que en lo alto del peñón que domina la desembocadura del arroyo Vadillo en el Henares, pusieron inicialmente un núcleo de fortaleza, que con los años fue aumentando de tamaño y pre­ponderancia. Puede afirmarse que del castillo árabe de Sigüenza hoy só­lo queda el emplazamiento, pues todo lo hoy construido es de época cris­tiana. Completaba, sin embargo, la línea de castillos que al río Henares y a la ciudad de Guadalajara dieron nombre de «Wadi‑l‑hiyara», en el sen­tido de «valle de los castillos» que propone el profesor Makki. 

Dominando la parte más alta de la vega del Henares, surgía la fortale­za de GUIJOSA, que se situaba en una eminencia del terreno, antiguamente ocupada por los celtíberos, y posteriormente por los árabes como punto de vigilancia y defensa. El actual castillo de Guijosa es construcción se­ñorial, ya de la Baja Edad Media, con funciones más residenciales que guerreras. 

Finalmente, remontando las sierras de Horna, la calzada pasaba por TORRALBA (del Moral), lugar donde, dominando el arroyo de la Mentiro­sa se alzó un torreón vigía, y finalmente se alcanzaba MEDINACELI, pun­to extremo oriental de este sector de la Marca Media, y que desde la re­conquista de Guadalajara por los cristianos se alzó como capital de esta zona, hasta que en los primeros años del siglo XII cayó definitivamente bajo la dominación cristiana. Medinaceli aprovechó también el emplaza­miento de una antigua ciudad romana (de la que hoy queda en pie un mag­nífico arco) poniendo fuertes murallas en su derredor, a partir del siglo VIII en el que un caudillo bereber, Salim, puso aquí el centro de su pode­río. Tras la toma de Toledo y de la Marca Media por Alfonso VI en 1085, Medinaceli y su entorno (en el que se incluía Sigüenza y las tierras del más alto Henares) resistieron aún decenios, en el área de influencia del reino taifa aragonés, hasta que hacia 1120 fue tomado definitivamente el territorio por el rey castellano. 

Una vez repasadas las ciudades, fortalezas y torreones vigías sobre la línea del río Henares, hemos de terminar considerando la existencia de otros puestos de vigilancia, más aislados, sobre los valles de los ríos se­rranos que abocan por su orilla derecha en el Henares. Territorios éstos que, durante los tres siglos de existencia de la Marca Media, estuvieron prácticamente desiertos, tan sólo ocupados por las mínimas guarnicio­nes militares encargadas de custodiar los diversos torreones y puntos estratégicos que ahora, con la brevedad que impone su importancia secun­daria, vamos a relacionar. 

En el río Sorbe se pusieron algunos torreones para vigilar el cauce del curso de agua, que en todo su trayecto es hondo, muy abrupto. Además de la fortaleza de Peñahora, en la desembocadura del Sorbe en el Hena­res, encontramos a BELEÑA, que vigilaba un paso sobre el río, y contro­laba las posibles incursiones cristianas que desde San Esteban de Gor­maz bajarían por Termancia y Muriel. En todo caso, la construcción ára­be de Beleña se limitó a un simple torreón en lo más alto del inaccesible roquedal que otea el río. Y ya en las zonas más altas de éste, en las suaves y boscosas alturas de Pela, donde el desierto serrano apenas servía de fu­gaz reposo en las jornadas de camino desde la Meseta del Duero a la del Tajo, pusieron los andalusíes sendas torres en GALVE y en DIEMPURES, junto a Cantalojas. De la primera, se ven los restos medievales del casti­llo de los Eitúñigas, culminando un cónico cerrete que ya suponía una atalaya natural sobre el ribazo más alto del Sorbe. Y de la segunda, que es mencionada como uno de los límites del alfoz de Atienza, quedan sim­ples paredones que otean el valle del Sorbe en un momento en que co­mienza a adentrarse entre barrancos. Todavía en el término actual de Gal­ve existe una zona llamada TORREMOCHA DE LA DEHESA, que corres­ponde a los restos de un torreón califal del que apenas si quedan los ci­mientos. 

En el río Aliendre, hay que destacar la defensa de COGOLLUDO, que fue también primitivamente un simple torreón puesto sobre estratégica eminencia, que permitió el control fácil de este vallejo que va a dar en la orilla derecha del Henares, cerca de Espinosa y de Tejer.  

Sobre el valle del río Bornoba surgieron también diversos torreones simples, de algunos de los cuales aún se ven los restos mínimos, quedan­do de otros solamente el recuerdo de su existencia. La anchura y comodi­dad de este valle para ser utilizado como camino desde la Sierra justifica el mayor número de torreones en él erigidos. En término de MEMBRI­LLERA se encuentra todavía, sobre una eminencia del terreno, la «casilla de los moros », torreón de planta circular, con sillares dispuestos al clási­co modo califal, y que demuestra a las claras ser construcción del siglo X, estando bastante completa en cuanto a planta y alzado. Más arriba del río, en las estrechuras de ALCORLO, se alzó otro castillo que en principio sólo tuvo funciones de vigilancia, pero que luego en época cristiana aumen­tó de tamaño y fue codiciado de diversas maneras. Finalmente, y en tér­mino de GASCUEÑA de BORNOBA, por donde hoy se localiza la ermita de la Magdalena, en la orilla del río entre Villares y Prádena, estaba si­tuado «Castelpelayo», torreón primitivo puesto por los árabes como pri­mer enclave en la defensa del valle del Bornoba, y en torno al cual surgió un pueblo en la época de la repoblación castellana, que finalmente fue abandonado.  

El río Cañamares tuvo también numerosos puntos de vigilancia como avanzadillas de la Marca Media frente a Castilla. En su desembocadura sobre la orilla derecha del Henares surgía en alta eminencia de gran valor estratégico el castillo de CASTILBLANCO (de Henares), del que ape­nas quedan mínimos restos. Quedan también el recuerdo de un torreón vigía sobre el río Cañamares en término de PALMACES. Y entre este pue­blo y ANGON, en estrecho valle que pone en comunicación los de Caña­mares y Salado, se alza aún hoy la derrumbada fortaleza de INESQUE, también puesta por Al‑Andalus y conservada muchos siglos por Castilla. Finalmente, en lo más alto de su curso, la « Torrubia » del término de MIE­DES, último eslabón antes de cruzar la sierra en este sector. 

También el valle del río Salado se vio protegido por numerosos torreo­nes. Recordar someramente la «Torre de Alvar Díaz», en término de CER­CADILLO, que estuvo situada en lo que hoy llaman el paraje de «las To­rres ». Más arriba, en lugar donde el valle se ensancha y hace más habita­ble, el imponente castillo de la RIBA DE SANTIUSTE, que fue punto ver­daderamente fuerte en las altas tierras de la Marca, y que tras la recon­quista de la zona fue reedificado por los obispos de Sigüenza, que desde el siglo XII se enseñorearon del lugar, haciéndole bastión fortísimo y co­diciado. Todavía más arriba hubo pequeños torreones en VALDELCUBO, uno de los cuales dio nombre al pueblo, y otro al lugar que llaman TO­RREQUEBRADILLA, del que sólo resta el recuerdo. Finalmente, en las llanuras preserranas de PAREDES hubo un torreón que llegó a la época medieval cristiana con el nombre de «Torremocha». 

Por la orilla derecha del río Salado, llega el suave valle del arroyo de Alcolea o de los Prados. En término de ALCOLEA DE LAS PEÑAS, lugar de intenso poblamiento en la Edad de Hierro, hubo varios torreones cali­fales: uno de ellos sobre el lugar, dio nombre al pueblo y luego fue apro­vechado como castillo de los cristianos, quedando hoy sus restos míni­mos. En su término hubo otro elemento defensivo que llamaron «Tordel­rey». Más arriba encontramos la gran fortaleza de ATIENZA, obra capi­tal en la defensa de la Marca Media de Al‑Andalus, y que todos los cronis­tas alabaron siempre por su perfecta situación estratégica, su poderoso aislamiento y defensa, y el temor que inspiró en el enemigo: el Cantar del Mío Cid menciona la torre de Atienza, diciendo de ella que «los moros la han», y a pesar de la insistencia con que los ejércitos cristianos la batalla­ron y los árabes la defendieron, no es probable que en los siglos de perte­nencia a Al‑Andalus pasara de ser un simple, aunque fortísimo, torreón de vigilancia. Más arriba aún de Atienza, también ya en las faldas de la sierra, queda el recuerdo de otros tres torreones en término de BOCHO­NES: «Torrealbilla», «Torrecilla» y «Torremocha», que cumplirían su es­cueta misión de vigilancia.  

En los vallejos cercanos a Sigüenza, existieron algunas torres vigía, como la de TORREDEVALDEALMENDRAS, la «Torrecilla» en PALAZUE­LOS, y la «Torre» de SEÑIGO, que ha llegado hasta nuestros días. Sobre la meseta que por la izquierda bordea el Henares, y sobre un antiguo ca­mino que dio luego paso al principal de Aragón, por donde hoy discurre la carretera general de Madrid ‑ Barcelona, situaron los árabes otras de­fensas, como la «torre» que había en TORREMOCHA DEL CAMPO, y el castillete que aún hoy luce su estampa medieval en lo alto de un cerro, en la TORRESAVIÑAN

Subiendo por el mínimo vallejo de Alboreca o de los Algares, en térmi­no de OLMEDILLAS, y en un paso muy estrecho del río, se encuentra la «Cueva Harzal», bajo el pico de la Atalayuela, donde se han encontrado restos cerámicos de época califal, que muy bien podrían hablar de la exis­tencia de un «ribbat» árabe, protegido seguramente de un torreón en lo alto del paso, como punto avanzado de vigilancia en este camino que co­munica tan fácilmente el valle del Henares con las cercanas tierras soria­nas. 

Finalmente, por la orilla izquierda le llega al Henares el río Dulce, en el que también puso Al‑Andalus diversas defensas, que podríamos titular «de retaguardia», por cuanto las fortalezas del Henares y sus avanzadi­llas por los ríos de su orilla derecha ya suponían una primera línea de defensa. En el río Dulce encontramos al hoy denominado CASTEJÓN DE HENARES, que tradicionalmente se ha identificado con el «Castejón» de las crónicas califales y del Cantar de Mío Cid, pero que más arriba hemos asociado al actual Jadraque. Este Castejón del río Dulce tendría en su tér­mino algún torreón cerca del río para vigilar su paso, lo mismo que en MANDAYONA, donde existió castillo, y hoy sólo quedan los insignifican­tes vestigios de un torreón. Finalmente, en la zona más fragosa del valle del Dulce, concretamente en PELEGRINA, alzaron los árabes otra torre de vigilancia que, tras la reconquista, fue ampliada y sirvió de castillo­-residencia veraniega a los obispos seguntinos.  

Esta relación de ciudades, castillos y torreones de los que ha quedado memoria o huellas en la línea defensiva del sector oriental de la Marca Media, no agota, por supuesto, el tema de su estudio, que sigue abierto, si no a nuevas interpretaciones, sí a nuevos hallazgos, bien documentales o arqueológicos. El tema de los castillos y torreones de origen árabe en la provincia de Guadalajara tampoco se agota en el presente estudio, pues las diversas líneas de retaguardia que puso el Califato y el reino de Tole­do sobre nuestra geografía, hace que sean multitud los restos de este tipo que existen y pueden estudiarse. Entre esta primera línea que ahora aca­bamos de ver y la retaguardia más firme en la que formaban las fortale­zas de Santaver, Zorita, Uclés, Huete, Cuenca y Calatrava, se erigieron otros muchos elementos defensivos. Quede para ocasión futura su estu­dio. En este momento, hemos querido colaborar al IX Centenario de la reconquista de la ciudad de Guadalajara por Alfonso VI con este trabajo sobre la Marca Media de Al‑Andalus en tierras de Guadalajara.  

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