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marzo 13th, 1982:

Una nueva visión del palacio del Infantado

 

Es indiscutible considerar al Palacio del Infantado como el más representativo de los monumentos de Guadalajara; quizás, incluso, como el mas auténtico símbolo de la antigua y la nueva ciudad: palacio gótico, núcleo renacentista, sede vital de unos personajes que marcaron la historia arriacense a lo largo de varios siglos.

Hay, sin embargo, y todavía, una nueva visión del palacio del Infantado. Un modo distinto de considerarle, que va más allá del concepto unívoco y simple de la obra arquitectónica de un estilo determinado, y con una historia entre sus muros. Precisamente es el renovador (y para algunos destructor) del palacio, en el siglo XVI, el quinto duque don Iñigo López de Mendoza, quien le confiere esa nueva dimensión. Que hasta ahora no había sido tenida en cuenta. Y, pues con una mentalidad estrictamente formalista había sido considerado el magno edificio, los aspectos simbólicos, trans‑sociales, que encierra, no habían sido tomados en cuenta.

Recientemente, y en una publicación especializada, me he ocupado en profundidad de este tema (1). La senda para llegar a esa «nueva visión» me la facilitaron las pinturas que decoran los techos de las salas bajas, hoy ya restauradas por completo, y a espera de que los responsables del palacio se decidan a dejarlas francas para su visita y admiración por parte del público. Esas pinturas son obras del artista italiano Rómulo Cincinato, fueron encargadas por el quinto duque y realizadas en los últimos años del siglo XVI. En ellas,-una vez tratadas y estudiadas conforme al método científico iconográfico‑iconológico de E. Panofsky-se presenta un auténtico «tratado» de historia mendocina, y una exposición portentosa del pensamiento estamental del Renacimiento tardío en España.

No de otro modo que como «Templo de la Fama» puede interpretarse el palacio mendocino de los duques del Infantado de Guadalajara. En una línea de claro anclaje medieval, pero fuertemente revitalizada en el renacimiento y el humanismo italiano, la «casa mayor» de un linaje viene a resultar siempre, de un modo u otro, la prueba más clara de su gloria y su fuerza. En su fachada, pétrea y firme, los escudos pregonan la nobleza. Los patios repiten heráldicas y pruebas simbólicas de ser afortunados por el destino. Al fin, será la decoración, el lujo, los techos y el «aire» todo de las estancias, las bibliotecas, los que señalan la unicidad de la mansión, su «ser distinto» de las demás, su adhesión irrevocable al apellido, al linaje que las ha levantado.

Así, el renacimiento italiano ve exaltar la fuerza de la «virtud» frente a la incógnita de la «fortuna». El hombre que se esfuerza, que trabaja, que se arriesga: ese llegará a estar por encima de los otros, a ser mejor que ellos. He aquí uno de los altos valores surgidos del «Rinascimento»: el culto a la personalidad. La mano de Dios, los hados, el fatalismo de una «rueda de la fortuna» inconmovible contra la que el hombre nada puede, se derrumba. Y fruto de esa «virtud» constante, es la «Fama», que se trasladará por todo el mundo con alas y sonidos de trompeta, diciendo en cada esquina que tal hombre, que cual linaje, ha sido virtuoso y tiene su merecida prepotencia.

Esta filosofía humanista, que a España entró, en gran modo, por mano del más conocido de los Mendoza, el marqués primero de Santillana, se desarrollará durante el siglo XVI en numerosos círculos -casi siempre extrauniversitarios- y es en Guadalajara, la «Atenas alcarreña», en el propio palacio mendocino, donde entre tertulias y parnasos se desarrolla. El quinto duque (a quien Layna denostó y aborreció como destructor de las artes) fue quien heredó cuajada tanta lección sabia, y decidió plasmar en los techos de las salas bajas de su gran casona estas teorías. Así fue que se hicieron pinturas, y se bordaron filosofías, historias mitologías y sueños en estas habitaciones, hoy recuperados para la historia del arte.

En esa elaboración de la «Fama» como parto final de renovada y constante virtud, juegan un papel predominante los hechos notables -generalmente de armas-, en los que la familia Mendoza interviene. Hechos que ocurren a lo largo del tiempo. Batallas y Tiempo deben ser, pues, los protagonistas de la Fama. Y, en definitiva, la victoria mendocina que, por su brazo armado y su inteligencia, libran y consiguen frente al tiempo.

Esta breve (y quizás algo critica) definición nos ayudará a comprender el significado de una sucesión de nombres: los de las salas pintadas del palacio del Infantado. Son estos: la sala de Cronos: la sala de las batallas de don Zuria, el Olimpo; la sala de Atalanta e Hispómenes; la Sala del Día, y la Sala de Escipión. Las dos últimas, con el Olimpo, han desaparecido ya (fueron hundidas en el bombardeo de 1936). Las otras se muestran hoy en toda la belleza grandiosa de sus formas y colores. Concretamente la «sala de batallas» es un enorme recinto en el que 23 escenas y figuras relatan al espectador, en un lenguaje un tanto misterioso, diversas facetas de la historia primera de la familia Mendoza: el capitanazgo de don Zuria, la batalla de Arrigorriaga, las luchas contra los moros, su papel en la conquista de Granada, etc., siempre con personajes mendocinos en el centro de la acción heroica «virtuosa». Y algunas imágenes claves para la interpretación del salón, como el Honor, la Fama, la Victoria y la Fortuna.

En la sala de Atalanta e Hipómenes, que se llamó «sala de caza» aunque nada tiene que ver con ella, se describe pictóricamente, y de forma elocuentísima, la bella fábula que Ovidio relata en sus «Metamorfosis». Me fue posible interpretar su significado tras el afortunado hallazgo de los planos que Acacio de Orejón trazó para realizar la reforma del palacio. Estaban estos planos en un olvidado rincón del Archivo Histórico Nacional de Madrid, en la sección Osuna, y en ellos se especifica el tema de las pinturas y el párrafo ovidiano de donde se toma. La fábula de Atlante e Hipómenes es poética y simbólica. En este último sentido la toma el quinto duque y así explica a los futuros visitantes que un hombre (el linaje Mendoza) es capaz de vencer con su esfuerzo, su virtud y su constancia, o una Diosa (a Atalanta, que es el Tiempo, con mayúscula, como arma principal y amenazadora de la Fortuna). Las otras salas (la de Cronos, la de Escipión, la del Dia, etc.) venían a apoyar este sentido humanista, culto y, en todo caso, justificativo de una situación social. Pues si la familia Mendoza, la cabeza del mayorazgo ostentada por el duque del Infantado, seguía teniendo un inmenso poder en Guadalajara, en Castilla y en la Corte real, no era por casualidad, sino porque su «virtud» así lo justificaba. Como una justificación, pues, de todo lo que hicieron (bueno, malo y regular pues como botica se comportaba el tribunal jurisdiccional propio de los Mendozas) debería aparecer este palacio: un «templo de la Fama», un centro del mundo un indiscutible liderazgo social que, ya en los finales del siglo XVI, había sido puesto en tela de juicio (casos de las comunidades, de los alumbrados, de los pleitos con el Concejo a lo largo del siglo) varias veces.

Para quien, una vez más, se acerque a contemplar y admirar nuestro eterno palacio del Infantado, creo que existe ya una nueva visión con que enfrentarse a esto que, más que acumulo de piedras y filigranas, es palabra viva y palpitante de nuestra ciudad, de esta Guadalajara que, también, tiene corazón propio, antiguo y sabio.

(1) ver mi artículo «El arte del humanismo mendocino en la Guadalajara del siglo XVI» aparecido en el numero 8 de la Revista «Wad‑al-hayra» del año 1981, páginas 345-384, con 95 gráficos complementarios.