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junio 23rd, 1979:

Fiestas populares molinesas (II)

 

Pero si estas costumbres‑tipo enumeradas anteriormente se ponían en la calle y en las manos de todos con variadas motivaciones, religiosas o civiles, aún queda el recuerdo de lo que con motivos concretos se hizo en Molina, como ejemplo de la capacidad de un pueblo en volcarse en fiestas, bien llevadas y dirigidas, y bien goza das por todos.

Entre las fiestas con motivos profanos, recordaremos la que en 1571 se hizo con motivo de la gran victoria hispana y cristiana en la batalla de Lepanto. La villa de Molina festejó el acontecimiento con corridas de toros, juegos de sortijas, disfraces, encamisadas nocturnas con el toro de fuego, y hogueras‑luminarias durante varias noches.

La toma de posesión del Señorío molinés por Felipe II tuvo lugar en 1556. El monarca mandó a Molina dos personeros, y los dos regidores más antiguos y nobles, vestidos con ropones de terciopelo, con los maceros delante, dieron las llaves de la villa y de la fortaleza a los Personeros. Hubo con este motivo fiesta de cañas toros y luchas de moros y cristianos.

Para la fiesta grande, en la Virgen del Carmen, también cañas, toros, juegos de sortija y corridas o descabezamientos de gansos. Estos actos eran el núcleo de los festejos populares en San Roque, San Juan, San Andrés etc. El Corpus Christie también era solemnísimamente celebrado con procesión religiosa, tiros de escopeta (salvas al salir la procesión) y cohetes «rastreros» de los que era un gran especialista tirador fray Diego, fraile de San Francisco, que gustaba de asustar, a fines del siglo XVIII, a todos los asistentes a la fiesta.

Con motivo de la llegada o simplemente el paso de figuras de gran relevancia política, se organizaban sonados festejos en los que el pueblo todo participaba con entusiasmo. Así, en el siglo XVII estuvo cierto tiempo instalado en la villa de Molina el Rey Felipe IV, al que agasajó cuanto se pudo. Pero la entrada que el licenciado Núñez recuerda especialmente y describe con todo lujo de detalles, es la que se produjo el 24 de enero de 1534, cuando viniendo desde Alemania y el paso hacia Castilla, estuvieron en Molina la emperatriz doña Isabel, esposa de Carlos V, y sus hijos los príncipes Felipe (II) y María. Llegaron a la villa por el camino de los Cubillejos, y antes de entrar adornaron el camino de llegada con «enramadas» y «arboledas». Hizo su entrada a Molina por la puerta de Valencia, saliendo hasta allí «todos los oficios de la villa, cada uno con su danza e invención». Entre esta representación artesanal figuraba una carroza en la que se veían «unos Molinos moliendo las Muelas». Esta puerta de Valencia tenía un gran «arco triunfante que representaba mucha Magestad». Otros arcos se pusieron al principio de la calle Losada; a la entrada de la calle de las Tiendas y a la entrada de la calle que va al arbollón de la Plaza Mayor. Las calles de paso de la comitiva estaban «muy aderezadas y compuestas», con adornos por sus paredes Los arcos triunfantes tenían representadas con perfección las victorias del Emperador Carlos, «con muchas letras y poesías, que daban a entender la alegría que tenía la república de Molina con aquella entrada». Salieron a recibir a la emperatriz la Justicia y Regidores, vestidos con sus ropones de terciopelo, y con sus maceros delante.

Le fueron entregadas las llaves de la villa, y fue sentada, en andas llevadas por los más antiguos regidores, cubierta de un palio de brocado, hasta la Plaza Mayor, y en la iglesia de Santa María del Conde, la soberana hizo «juramento de guardar las libertades» (fuero) de la villa y su tierra. Al día siguiente oyó misa en la misma iglesia, y fuese con dirección a Toledo.

No contamos, entre este amplio repertorio de festejos populares, aquellos otros más particulares, como celebraciones religiosas de cofradías, sus «caridades» «limonadas» y comidas de confraternidad; las romerías que en épocas diversas hacía el pueblo de Molina y sus aldeas comarcanas al Santuario de la Hoz; los familiares festejos en bodas, bautizos, regresos de soldados, y aún muertes.

Pueblo trabajador, honrado y sacrificado el de Molina. Pero también pueblo que sabe y quiere divertirse cuando la hora de ello llega. Tradiciones y motivos existen muchos. Solamente algunas celebraciones han sobrevivido al transcurso de los siglos. Muchas otras se perdieron en desuso. Pero quizás sean merecedores de ser revitalizadas. El Ayuntamiento, la juventud, el pueblo todo de Molina saben que ello puede ser realidad, con afán y esfuerzo. Y que ello bien merece la pena cuando la tradición, la alegría de la gente, y aún el incremento del turismo, está en juego.