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abril 2nd, 1977:

Tradición universitaria. Alcarreños en Alcalá (I)

 

La vida universitaria de Guadalajara y su tierra ha estado de por siempre ligada a la Universidad de Alcalá, aquel cúmulo de aconteceres, instituciones y personajes, que en este extremo pendular de Europa alumbró una luz perenne de sabiduría y ciencia peculiarísimas. No podemos argumentar razones geográficas, ni hablar del paisaje, del clima o de una especial coyuntura histórica como única y primordial razón de lo que fue la «Universitas Complutensis». Sus hombres fueron, eso sí, los radicales y perpetuos motores de su valor y nombradía. El hombre, Cisneros, que la fundó y dio vida. Y aquéllos otros, unos más, otros en menor proporción, que dieron luz a las muy diversas ramas del saber que en sus aulas alentaron. Entre esos hombres, largo número fueron nacidos aquí en Guadalajara y en su regional entorno. El nombre del estudio alcalaíno está formado de muchos esfuerzos y muchas dicciones alcarreñas. Y la historia de la Universidad es, en gran parte, de la nuestra tierra. Ahora, cuando el Estado necesita propulsar una nueva Universidad para la región Central de Castilla, Alcalá se alza con la ilusión de recuperar/su tradición perdida. En ese buen camino, prometedor camino, Guadalajara sabe que ha de andar entusiásticamente, pues recobrar Alcalá será recobrar la honda tradición alcarreña del saber y la ciencia que entre nuestros paisanos ha albergado.

No son palabras, Porque si durante los tres siglos largos que la Universidad Complutense impartió y promocionó el saber, muchos guadalajareños, alcarreños, serranos y molineses pudieron acceder a unos conocimientos elevados que les dignificaran como buenos profesionales, también de esta tierra nuestra salieron hombres que llevaron en muchas parcelas, y con gallardía insuperable, las riendas de una cátedra, o el vehículo decidido de los nuevos conceptos científicos. Recordar, por ejemplo, la figura del catedrático de medicina don Cristóbal de Vega, natural de Peñalver, que en pasada semana comentábamos. Y recordar, como simples ejemplos espigados de una larga nómina gloriosa, figuras de la talla de Páez de Castro, López Agurleta y Gutiérrez Coronel, surgidos de la tierra de Guadalajara, y en Alcalá consagrados para la historia. Demos un repaso, si breve, a sus méritos y figuras.

Abre el recuerdo don Juan Páez de Castro. Historiadores posteriores le han catalogado como «uno de los más grandes ingenios que ha tenido Castilla». Así lo escribe Uztarroz. Y son múltiples los que le alaban y señalan como una de las glorias del intelecto y la cultura del Renacimiento español. Pues bien: este hombre había nacido en el cercano pueblo de Quer, hizo sus estudios en Alcalá de Henares, y allí «abrió ‑como dice don Juan Catalina García su espíritu a la luz de la ciencia». Sin perdernos en detalles y apreciaciones, siempre interesantes pero excesivamente largas, podemos recordar, como Florián de Ocampo, en su «Crónica de España», nos señala, que Páez de Castro se aplicó en Alcalá a todos los estudios que entonces se impartían: se empapó de leyes, de matemáticas, de lenguas e historia… y lo dominó todo, con un envidiable enciclopedismo del que hoy nadie puede hacer gala. Tal fue su renombre, que fue llamado por el obispo de Burgos, don Francisco de Mendoza, para ir con él a Trento, y participar en las tareas del Concilio «de la Contrarreforma». Era 1545, y allí se ocupaba de revisar bibliotecas; entablar relaciones y discusiones científicas con sabios de otros países; escribir cartas a sus amigos, que eran muchos, españoles, y escribir de todo cuanto se le ocurría. A su regreso, en 1555, el Rey le hizo capellán suyo ‑pues era ordenado de clérigo ‑ y le concedió el honrosísimo, y comprometido, título de «cronista del reino», decidiendo a partir de entonces dedicarse de un modo total a esta tarea, hermosa y trascendental, de ser anotador fiel, erudito y elegante, de cuantos hechos relacionados con España ocurrieran en sus días. Viajó nuevamente a Italia, Flandes, Aragón… y finalmente decidió regresar a Quer, a su humilde lugar de nacimiento, y allí en su casona, rodeado del afecto de los suyos, de las visitas continuas de las personas y las cartas de sus muchos amigos, y, sobre todo, de libros y manuscritos en grandes cantidades, dedicóse, también, a su tarea de historiador, de lector de extrañas lenguas, de comentarista de textos, de teórico de la cultura, de promotor y luz, en suma, de cuanto atañe al espíritu de un país, motor fundamental de su gloria. Murió Páez en aquel lugar del valle del Henares, y quedó su inmensa biblioteca, cuajada de valiosísimos códices griegos, para la que en El Escorial reunía el rey Felipe. Su recuerdo, el de este alcarreño ilustre, está grabado en oro ‑ un oro algo etéreo e intangible ‑ en los anales de la Universidad de Alcalá.

Y aún nos queda tiempo para poner nuestro recuerdo en otro personaje, natural de Guadalajara, que cede su nombre de forma irrepetible a esta nómina de alcarreños en Alcalá: se trata de Domingo Rodríguez, que obtuvo grado de doctor en Medicina por la Universidad del Henares, y aportó su importante te tarea al «corpus» bibliográfico de la institución. Recordando un poco, debemos traer a colación a Alvar Gómez de Castro, uno de los grandes eruditos y humanistas, ‑ que por cierto encontró acojo durante largo tiempo en la corte mendocina de Guadalajara, protectora de la cultura como si de una renovada Atenas se tratase – quien se ocupó en escribir el «De rebus gestis a Francisco Ximeno de Cisneros», obras en latín que, por encargo de la Universidad de Alcalá, ponía con detalle la vida y obra del cardenal fundador, de Cisneros. El interés de esta institución porque tal obra llegara ampliamente a todos los públicos, llevó a sus dirigentes a encargar su traducción al castellano. Y fue este Domingo Rodríguez ‑natural de Guadalajara según nos dice Francisco de Torres en su todavía inédita historia de nuestra ciudad ‑ médico, y poeta en ocasiones, versado en latines y elegante en el decir del castellano, quien dio remate a esta obra. Era ya el último tercio del siglo XVI. Nuestra tierra volvía a poner, uno más, su granito de arena en esta hermosísima tarea de construir y eternizar una Universidad.

Y es esa tarea en la que ahora, cuatro siglos después, Guadalajara y sus hombres se afanan. Diciendo que no es sólo el mero sentido de la justicia, o la simple cábala de la lógica, lo que les mueve a pedir que esa Universidad de Alcalá que se prepara, sea en mancomún usada y vivida por los arriacenses. Es, incluso, toda una larga y honda tradición universitaria, por sus hombres fundamentalmente, la que Guadalajara argumenta en esta hora. Tradición que verá aún aumentada, lector, en próxima semana.