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diciembre 18th, 1976:

Hablando de El Doncel

 

En el pasado número de este semanario “NUEVA ALCARRIA” escribe don Gregorio Sánchez Doncel, canónigo de Sigüenza y catedrático de Historia de su instituto de Bachillerato, un largo trabajo en el que comenta algunas páginas de mi libro «Glosario Alcarreño», concretamente las dedicadas al Doncel de Sigüenza, y se muestra contrario a la tesis que en ellas mantengo. Quisiera muy de corazón agradecer a don Gregorio, hombre de fina pluma y hondo entendimiento de los pretéritos hechos, la lectura y el comentario de mi obra. Le agradezco, incluso, el que discrepe de mis ideas acerca de la infancia y juventud del Doncel, pues ello viene a significar que ha leído estas páginas con verdadero interés, y así viene a demostrar que mis intenciones, que no eran otras que las de despertar un interés y unas inquietudes en lo que respecta a la visión de personajes y hechos de antiguas fechas, se han cumplido. Si he tratado estas figuras de don Martín Vázquez de Arce, de don Juan López de Medina, incluso del mismo Cardenal Mendoza, con un cierto aire de irrespetuosidad, al menos por lo que respeta a las opiniones de veneración casi mítica que hasta ahora se les ha tenido, no ha sido por otro motivo que el de intentar abrir nuevos caminos en la visión de estos personajes, a los que sólo se destacaron hasta hoy las virtudes, cuando, como todos los humanos, tuvieron también muchos defectos. En el caso concreto del Doncel, el tema espinoso, y que los buenos seguntinos, a como es don Gregorio Sánchez Doncel, no han encajado en los términos de mera posibilidad histórica, ha sido el de que don Martín Vázquez de Arce, durante los 25 años que duró su vida, vivió en la ciudad de Guadalajara formando parte de la renacentista corte de los Mendoza.

Pero el artículo que don Gregorio publicaba en estas páginas la semana pasada, llevaba destacadísimas dos cuestiones que, a vuela pluma y sin posibilidad material de tiempo, quisiera aclarar en bien de todos. Primero: trata de demostrar la filiación plenamente seguntina del Doncel. Segundo: trata de demostrar que mis conocimientos de historia de Guadalajara son bastante flojos, y que escribo datos incoherentes.

A lo primero puedo, únicamente, señalar que tanto él como yo estamos imposibilitados de decir la última palabra, pues faltan claros respaldos documentales para sostener una u otra tesis. De los que apunta don Gregorio en favor de la filiación seguntina del Doncel, puedo decir:

a) Que de acuerdo con el documento que publica Minguella (1) figura un Martín Vázquez, en 1484, entre los firmantes del documento de las nuevas Constituciones y ordenanzas de la ciudad de Sigüenza, aunque al no especificar segundo apellido, podría tratarse de otra persona con el mismo nombre y primer apellido, cosa nada extraña en Sigüenza durante el último cuarto del siglo XV.

b) Que en cuanto a que don Fernando de Arce, hermano del Doncel, obispo que luego fue de Canarias, y fundador de la capilla de Santa Catalina, residió en Sigüenza habitualmente, queda muy débilmente defendido al aducir la razón de Minguella (2), pues dice que en el año 1453, don Fernando de Arce era secretario del obispo Luján, resultando (según los cálculos del señor Sánchez Doncel, que da como fecha de nacimiento de este personaje el año de 1444) que sólo tenía 9 años de edad al ocupar tan importante cargo.

En pro de mi tesis, a las razones ya declaradas, y aprobadas como buenas por el señor Sánchez Doncel, de haber tenido casas en Guadalajara los padres y hermanos del Doncel, llegando a afirmar aquéllos que habían comprado y edificado «la nuestra casa que tenemos en esta ciudad de Guadalajara», y quedando bien claro que don Fernando de Arce, padre del Doncel, ocupó el cargo de secretario del segundo duque del Infantado, aún puedo añadir la que Hernando del Pulgar (3) nos da, cuando, hablando de la asistencia del segundo duque del Infantado a la campaña de 1486, en la guerra de Granada (en la que murió el Doncel, que formaba parte de su ejército), dice… «traxo de la gente de su casa quinientos hombres de armas a la gineta e a la guisa”.

Para mí no cabe duda de la total identificación de la familia Vázquez de Arce con la casa y corte arriacense de los Mendoza, para la que trabajaron, y junto a la que vivieron en Guadalajara.

A lo segundo, en que el señor Sánchez Doncel pretende restar fuerza a mis argumentos, presentado como incoherente algunos datos que respecto a la historia de los Mendozas guadalajareños apunto, sólo consigue poner de manifiesto que su lectura de mi texto ha sido poco profunda, pues todo lo escrito con referencia a la familia Mendoza está de acuerdo con la realidad histórica. El problema está en la repetición de nombres que esta familia utilizó para sus miembros, y que ha conseguido, una vez más, enredar los hilos de la comprensión de los historiadores.

Don Martín Vázquez de Arce sí estuvo en la corte de don Diego Hurtado de Mendoza, y con él fue aprendiz de guerras. Este Diego Hurtado es el segundo marqués de Santillana, a quien los Reyes Católicos, en 1475, sobre el Real de Toro, concedieron el título de primer duque del Infantado. Vivió hasta 1479, cuando el Doncel contaba 18 años de edad, por lo que toda su formación humanística y militar la alcanzó en la corte de este don Diego Hurtado de Mendoza, primer duque del Infantado. Al afirmar en mi libro que el Doncel «fue con él aprendiz de guerra», la preposición indica una dependencia, podríamos decir, de profesor‑alumno, y no presupone una semejanza de edad física. El señor Sánchez Doncel ha pensado que yo me refería al otro Diego Hurtado, tercer duque del Infantado, nieto del primero, que tenía la misma edad que el Doncel.

En la batalla de Toro, que tuvo lugar, repito, en 1475, participaron de una manera efectiva y decisiva los Mendozas arriacenses. El mismo Cardenal don Pedro González de Mendoza se destacó en acciones guerreras importantes. Iba rodeado de «todos sus hermanos, parientes y amigos». El primer duque, don Diego Hurtado, contaba a la sazón 58 años de edad, y actuó como jefe de la casa Mendoza, rodeado de todos sus caballeros, criados, pajes y gran número de súbditos. Le acompañó, entre otros, su hermano don Iñigo López de Mendoza, primer conde de Tendilla, junto con el hijo de éste, don Diego Hurtado de Mendoza, más tarde Cardenal y Arzobispo de Sevilla, que por entonces contaba 32 años de edad. Es perfectamente lógico que en aquella ocasión, le acompañasen al primer duque su hijo don Iñigo López, futuro segando duque y a la sazón conde de Saldaña, que entonces contaba 37 años, y el hijo de éste, don Diego Hurtado, que aunque jovencillo, aún de 14 años de edad, y puesto que su único porvenir había de ser el de las armas y como todo buen caballero de finales del siglo XV, su única ilusión sería la de llegar a ser maestro en todas las artes de la guerra y la caballería, estaría en aquella ocasión presente. De su misma edad era el Doncel, para quien cabe hacerse el mismo fácil y lógico razonamiento.

Debemos reconocer en último término, que las razones de uno y otro no llegan a la definitiva supremacía de cualquiera de las tesis, y, por lo tanto, debe dejarse en el aire este tema, hasta tanto se hallen documentos fehacientes. Lo positivo, en todo caso, es que estas cosas interesen, y cada vez un mayor número de personas guste de tratar estos temas.

(1)   “Historia de Sigüenza y sus obispos…” tomo II, página 649.

(2)   “Historia de Sigüenza y sus obispos…” tomo II, página 156.

(3) “Crónica de los Reyes Católicos…” Cfr. Fernández de Oviedo, “Batallas y Quinquagenas de la Nobleza de España”, Batalla 1ª, quincuagena 1ª.