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septiembre 7th, 1974:

Yunquera y su pasado

 

Ahora que la villa de Yunquera, como otras varias de la populosa y rica región de la Campiña, va, a estrenar sus fiestas, veraniegas, en las que el buen humor y las promesas de un futuro cada vez más próspero correrán a raudales por sus calles, nosotros hemos de entretener nuestro paseo reposado por sus escondrijos simples y sus monumentos singulares, que le dan el tono justo de abolengo e hidal­guía de que gozó en lo antiguo.

La historia de Yunquera es llana  y sencilla, como la situación geográfica del, pueblo. Apenas sí ha pasado nada en ella, aparte su remota y enigmática fundación (vinieron los pobladores del Majanar a esta orilla del Henares), y se une en ancho camino con la historia de los alcarreños duques del Infantado, por haber pertenecido en señorío a una de las ramas, tal vez de las más pobres y menos señaladas, de esta gran familia.

De los arriacenses, el hijo mayor del primer marqués de Santillana, fue don Diego Hurtada de Mendoza, a su vez primer duque del Infantado. Tenía por hermanos, nada menos a Pedro  González, el gran cardenal Mendoza, a Iñigo López, conde de Tendilla, y a Pedro Hurtado, adelantado de Cazorla. Don Diego dejó en herencia total títulos y estados a su primogénito Iñigo López de Mendoza, segundo duque del Infantado, brillante en nuestro recuerdo, principalmente, por haber sido el constructor del maravilloso palacio gótico ‑ renacentista de Guadalajara, el de la fachada picuda y los balcones de calada piedra.

Un hermano suyo, don García Laso de Mendoza, fue el primer señor independiente de Yunquera, pueblo que recibió de su hermano Iñigo, a cambio de la heredad de las tierras del valle santanderino de Liébana. Este don García Laso, casó con doña Ana de Barnuevo, noble dama soriana, y pasaron inmediatamente a residir en la villa yunquerana, en principio en grandes y destartaladas casas, que se­ría su hijo, don Francisco, Laso de Mendoza, casado con doña María Osorio y Guzmán, quien se en cargaría de derribar y levantar un nuevo y sencillo palacio, qué aún se conserva en gran parte, y que resume el pasado nobiliario del pueblo. En el primer cuarto del siglo XVI, don Francisco trazó las líneas rectas de su portada y, galería del patio, entregando a la historia el palacio limpiamente renacentista de su señorío. Un escudo grandilocuente, con las armas de Mendoza y Luna, se alza en, su frente coronado. Y otros varios plegados en graciosas curvas italianizantes, resumen el historial genealógico de la familia. Poco más que esta galería orientada al sur es lo que queda del mendocino palacio de Yunquera. Pero lo suficiente como para que el viajero curioso, que aún es capaz de conmover su vena recordatoria con el mí­nimo soplo de la leve presencia del pasado, tenga ante él la justa medida de su sentimiento estético. Merece penetrar unos minutos en el patio (sí, ése, que está en la plaza de Yunquera, tan justamente premiada hace unos años por su labor de embellecimiento) y saborear la pansida y olorosa presencia de la madera vieja y los escudos pétreos.

Sucesores de este señor fueron su hijo, don Luís Laso de Mendoza, tercer señor de Yunquera, quien casó con doña Ana de Toledo, hija de don Alonso Gutiérrez de Toledo, tesorero y contador mayor del emperador Carlos V. Hijo suyo fue don Francisco Laso de Mendoza, casado con doña María de Arellano. Este fue el que sostuvo largo pleito con los duques del Infantado, sus primos ricos, acerca de unos cuantos maravedíes que no llevaban a ninguna parte. Le sucedieron, ya en orden correlativo, don, Luís Laso de Mendoza, ­don Francisco, don Melchor, don José y doña María Laso de Mendoza señora de Yunquera, en la que terminó la línea directa

A estas personalidades se debe también la construcción de la iglesia parroquial, que aún luce, en muy buen estado de conservación, sus galas arquitectónicas, y es admirada especialmente la aguda torre de oscuro coronamiento, en cuyos cuatro costados se apoya el gótico muriente, para dar paso al estilo renacentista que se declara.

Fue en 1520‑1540 que don Francisco Laso de Mendoza la mandó edificar, quedando para más tarde, ya casi en los finales de ese siglo XVI, la posterior construcción de la nave del templo, en la que también quedó, firmemente asegurada la enseña emblemática de la familia Mendoza, tal como vemos en un par de escudos policromados con su armas, que coronan las columnas de escolta al presbiterio.

Nada de particular, sin embargo, ha quedado en su interior, después de guerras y revoluciones. El retablo fue destrozado, así como imágenes y joyas que atesoraba. Después de la Cruzada de Liberación, se pintó un gran fresco, en el muro de la nave de la Epístola, representando el milagro de la Aparición de la Virgen de la Granja al pastor Bermudo, un 15 de septiembre de hace muchos, muchos años y que sigue teniendo hoy todavía feliz y multitudinaria recordación por sus vecinos e hijos que en esta ocasión regresa­n ilusionados a su solar primero.