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julio 8th, 1972:

Eraso, un alcarreño en la Corte

 

Sólo unas breves palabras para acompañar la imagen y completar el recuerdo y la presencia de una de las más notables obras de arte que posee nuestra provincia. Se trata de las estatuas orantes, acompañadas de San Francisco, que cubrían el enterramiento de don Francisco de Eraso y doña Mariana de Peralta, su esposa, y que hasta hace pocos años estuvieron en la humilde iglesia del lugar de Mohernando, de donde pasaron a Sigüenza, al Museo de Arte Antiguo, donde hoy lucen su blanca presencia de mármol y fijas miradas ante los cada vez más numerosos visitantes de nuestro mejor archivo artístico.

Era hijo este señor de don Hernando de Eraso y de doña María de Hermoso y Guevara, de los que consta que casaron hacia el año 1500. Don Francisco de Eraso, el hoy inmortalizado en la blanca materia, no trajo a este mundo linajudo cargamento, y si llegó a ser “alguien” en España, se lo debió a sí mismo, a su trabajo y a sus dotes de relaciones públicas. Claro es que el papa puso algo de dinero, materia vil que en ciertas ocasiones sirve de amable trampolín para las grandes empresas. Ostentó variados títulos, entre ellos las señorías de Mohernando, Humanes y el Cañal; fue comendador de Moratalaz en la Orden de Calatrava y aún a consejero de Estado del Emperador Carlos I y de su hijo Felipe II más tarde. No paró aquí su carrera, pues este mismo rey, el perennemente enlutado Felipe, le nombró, en una Real Cédula expedida en Bruselas el 13 de abril de 1556, secretario perpetuo de su Consejo y de su Real Hacienda, lo cual suponía ya un cargo de muchísima confianza y estima. También le dio el cargo, de refrendador de sus reales cartas y privilegios, lo que le haría, con toda seguridad, fácil blanco de intrigas y codicias. Un puesto, como se ve, importantísimo en la Corte, ya madrileña, de Felipe II, por lo que me extraña mucho que don Ramón Menéndez Pidal, en su Historia de España, sólo le nombre un par de veces. Para resaltar aún más la confianza que el emperador Carlos tenía en don Francisco de Eraso, puedo decir que fué éste el que, como notario mayor, autorizó las renuncias que hizo el Emperador en favor de su hijo Felipe, de los Estados de Flandes, de los reinos de Castilla e Indias, de los maestrazgos de las Ordenes Militares, y aún advertía, el César a don Felipe «que estimase tanto como el haberle dado esos reinos el dejarle a Francisco de Eraso para su consejero». La verdad es que no intervino en ningún hecho notable de la historia española, pero sin embargo asistió a todos los grandes acontecimientos, de su época, en calidad de veedor, de consejero, de secretario, de refrendador y cosas por el estilo, que suelen ser las que menos riesgo tienen y desde las que se domina todo. Se murió como está mandado, y fue en 1570. Hace poco más de cuatrocientos años.

En la basa de su enterramiento y el de su mujer pusieron en un mal latín lo que quisieron fuera biografía y elogio cumplido del personaje. Se hizo años después de muerto, a instancias de su sobrevivida viuda. Dice traducida la leyenda: «Mariana de Peralta, esposa de Francisco de Eraso, erigió este monumento en honor de su marido. Fue este varón esclarecido; sus obras, su fidelidad, su consejo y su diligencia, prestaron señalados servicios a su patria en momentos graves bajo los reinados de Carlos V, emperador augusto, piadoso, feliz e invicto, y de su hijo Felipe, el rey más católico de España. Fue comendador de Moratalaz y disfrutó de todas las preeminencias de honor y dignidad. Vivió sesenta y tres años y murió el 27 de septiembre del año del Señor de 1570.»

Dicen las malas lenguas que don Francisco Eraso se llevaba bastante mal con su señora. La verdad es que no hay ningún fundamento para confirmarlo, pero para negarlo tampoco. Supongo que el mal llevar de algunos matrimonios no será cosa inventada en nuestro siglo. El caso es que ese mirar para distintos sitios de uno, y otra, y la angustiada expresión de San Francisco, como apurado y componedor de malas avenencias, no puede indicarnos nada en concreto sino que al es­cultor, le dio por hacerlo así.

Por cierto que sobre el autor de esta apreciable obra artística han oscilado también las opiniones más encontradas, sin que hasta el momento se haya llegado a conocer su auténtica paternidad. Orueta hace un detenido estudio de la estatua en su libro dedicado a la escultura funeraria en España. Unos dicen que su autor fue el gran Pompeyo Leoni, el italiano que talló en los más nobles metales las regias estatuas orantes del Emperador Carlos y de su hijo Felipe para la iglesia del Escorial. Realmente, si así fuera, Leoni no se había lucido en esta ocasión, aun con ser una buena talla la de Eraso y sus acompañantes, no llega ni con mucho a la calidad de las obras escurialenses. Orueta es de esta opinión. El cree que sólo es posible atribuírsela a Monegro, otro escultor del siglo XVI que trabajó también en El Escorial para Felipe II, y del que en el grupo escultórico de Sigüenza resaltan sus más señaladas características de frialdad y ligero amaneramiento. Aún con todo, el autor, fuese quien fuese, consiguió una obra de calidad que, cosa rara entre nosotros, ha podido llegar a nuestros días sana y salva (Excepto algunos ligeros desperfectos, como el desnarigamiento de doña Mariana, cosa fácilmente disimulable gracias a la cirugía estético-estatuaria, de nuestros días).

Una figura más de la constelación de alcarreños ilustres que se quedó ya para siempre prendido, con su alfiler y su toque de alcanfor, en nuestro museo de recuerdos y evocaciones.