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mayo 16th, 1970:

Zorita recobrada

I

Corre el mes de marzo de 1169. Como un olvido sin importancia se esfuman ocho siglos de los calendarios. Tras del fuerte invierno que ha padecido Castilla, un tímido sol arranca inesperados brillos verdes a la ramas de los chopos en la ribera del Tajo. Es mediodía. Desde la torre de armas que protege la puerta del castillo de Zorita, el vigía da la voz de alarma a los que en la sala de abajo se entretienen en el juego de ajedrez. Allá en la lejanía, hacia poniente, sobre las suaves colinas que ocultan Almoguera, una nube de polvo señala la presencia de un grupo numeroso de jinetes. Al momento sube a la torre el alcalde de la fortaleza, Lope de Arenas. Pone la mano derecha sobre las cejas, y estrecha sus ojos ligeramente, intentando adivinar quienes son los que se acercan. A cada instante que pasa, surgen plateados brillos del grupo que avanza.

‑ ¿Quienes podrán ser, don Lope?‑ le dice uno de los soldados al alcaide, con simple acento.

‑ ¿Que quienes pueden ser…? ¡Idiota! Si vienen de Toledo sólo se puede tratar… ‑ ¿del Rey?-vuelve a preguntar el ingenio soldado.

‑Naturalmente… Sólo el Rey puede venir de allá abajo con tantísima gente… Y precisamente hoy que se ha ido don Fernando… ¡en fin, mala suerte! Ya sabéis que el castillo ha de defenderse hasta la muerte… así que ¡cada uno a su puesto!

El castillo de Zorita de los Canes, majestuoso e inaccesible sobre su roca oscura, al borde del Tajo, es propiedad de don Fernando Ruiz de Castro, enemigo mortal de los Laras, familia de nobles castellanos que han protegido durante su niñez al que había de ser futuro rey de Castilla, y que al haberse hecho cargo del mando, ha conminado varias veces a Castro a que entregue la fortaleza de Zorita, sin que éste le haya hecho el menor caso. Precisamente dos días antes ha salido don Fernando a visitar otra de sus posesiones Tajo arriba, y ha quedado al cuidado de la defensa el alcaide del castillo, Lope de Arenas.

Desde ventanas y almenas, los hombres de Castro ven, no sin inquietud, como la numerosa hueste que viene precedida por estandartes reales, atraviesa el puente sobre el Tajo y penetra sin dificultad ninguna en la villa. Cientos de caballos hacen resonar sus pisadas sobre las piedras de las callejas, llegando multiplicado su sonido hasta los asustados oídos de los de arriba. Rodeando al rey Alfonso, octavo de la serie, que apenas si tiene quince años, cabalga lo más selecto de la nobleza de Castilla.

Llevan algunos caballeros todavía el pardo pellizón de piel de conejo, para prevenirse de la baja temperatura de esta primavera recién estrenada. Bajo los pellizones, blancos, grises y pardos, surgen retazos de los fuertes colores de los briales. El rey, joven y vigoroso, cabalga a cuerpo, vestido con un brial hendido, de los que se usan para las largas jornadas sobre el caballo. Su color rojo intenso, orlado de finas cenefas blancas y negras, destaca sobre los apagados tonos de las vestimentas de sus acompañantes.

Ha llegado la comitiva real hasta la misma puerta del castillo, donde le han preguntado sus deseos.

‑Pero cómo ¿no sabéis quien soy?

‑No, señor le han contestado los centinelas, que muy bien lo saben‑, según, las órdenes recibidas.

‑Pues decid a vuestro alcaide que está a la puerta Alfonso, el rey de las Españas, que ha venido a hacerse cargo de la fortaleza de Zorita, ya que su dueño Ruiz de Castro no quiere obedecerme.

Y desde el adarve de la torre de armas, el alcaide Lope de Arenas, que no quiere seguir representando la comedia de desconocer al rey, le grita:

‑ ¡El único señor de este castillo es don Fernando Ruiz de Castro, y tengo órdenes de no dejar pasar a nadie que no sea él mismo! Pero para daros muestras de mi cortesía, dejaré que paséis vos, señor, y dos de vuestros acompañantes, a conferenciar conmigo!

Lope de Arenas sabe bien lo que hace, y está seguro de que su plan hubiera sido aprobado por su señor.

Se abren las puertas de la fortaleza y ascienden por la fuerte rampa que llega hasta la puerta principal, de árabe traza, el joven Alfonso VIII acompañado de don Ponce de Minerva y don Nuño de Lara. Y sin que hayan cruzado todavía una sola palabra con los defensores del castillo, surge el alcaide, escoltado por veinte de sus hombres, armados hasta los dientes, que hacen descabalgar a los dos acompañantes del rey y, sin encontrar resistencia por parte de éstos, pues sería temerario empeño, son llevados prisioneros al interior del castillo.

Sin que el rey haya tenido tiempo de reaccionar ante este asqueroso engaño. Lope de Arenas, con una cínica sonrisa en los labios, se digna hablar al monarca:

‑Señor, la conferencia ha terminado. Ya sabéis cual es la salida.

Alfonso, joven, pero prudente, no se deja llevar de su indignación, y apretando el puño sobre el pomo de la espada, da media vuelta y sale del castillo. Manda establecer el campamento en las orillas del río y decide firmemente no parar en su empeño hasta ver colgado al traidor alcaide que le ha brindado tal serie de humillaciones. Manda inmediatamente que se avise a los ejércitos reales de Alcalá, Guadalajara, Toledo, Ávila, Atienza y Soria, a que vengan en su apoyo. También es llamado Fernando de Escaza, maestre de Calatrava, quien viene pocos días después con doscientos jinetes. Ya está el castillo de Zorita sitiado por una fuerza numerosísima mandada por el misino rey. Sabe Alfonso las enormes dificultades que supone tomar la fortaleza al asalto, y decide esperara a que claudiquen los de dentro. Pero los hombres de Lope de Arenas saben obedecer fielmente las órdenes de su alcalde, que, si no estaba loco le debía de faltar poco. El dueño del castillo, que ya está enterado del cerco, lo da por perdido, pues la idea de ir a luchar contra el numeroso ejército ni se le pasa por la cabeza. ¿Piensa Lope de Arenas que el rey, cansado de esperar, se va a marchar de allí? ¿Después de las humillaciones a que le ha sometido? Pero el orgullo del alcaide no da su brazo a torcer, y se mantiene irreductible en su postura.

Dos meses han pasado desde que llegara a la villa de Zorita el rey y los Suyos. Dos meses de tranquila vida campestre, que aprovecha el joven monarca y sus fieles acompañantes en cazar y hacer preparativos para el largo reinado que parece presentarse. Este episodio de Zorita es para Alfonso como un ejercicio práctico de la guerra medieval cuya teoría ya le han enseñado.

Pero he aquí que la calma parece que va romperse de una vez. Eso es lo que piensa Alfonso cuando le traen a su presencia a Dominguejo un joven que se ha escapado de la fortaleza sitiada.

‑Señor, yo puedo hacer que recuperéis vuestro castillo.

‑ ¿De verdad? A ver, amigo, explícate.

Y Dominguejo, en un lenguaje ingenuo y rústico, va trazando ante el monarca todo el plan que ha pensado para hacer caer el castillo de Zorita de su resistencia que ya va siendo demasiado larga.

‑Aceptado‑ le dice el rey sonriente‑. Mañana mismo pondremos en marcha tu proyecto.

A la mañana siguiente pasean Dominguejo y uno de los nobles castellanos bajo las agrias murallas del castillo. Semejan discusión con grandes voces y gestos, y, en el momento en que varios vigilantes del castillo se asoman a las almenas a ver qué ocurre, Dominguejo saca un puñal y hace como que se lo va a clavar a su acompañante, que, siguiendo la burla, cae al suelo de manera que parece haber quedado muerto.

Dominguejo corre hacia la puerta del castillo, y a grandes veces, ruega a los centinelas que le abran inmediatamente. Estos lo hacen, y, a las voces que todos dan celebrando la hazaña del jovenzuelo, acude el alcaide para enterarse de lo ocurrido.

‑Sí, señor‑ explica Dominguejo a Lope de Arenas‑ le maté porque se atrevió a insultaros. Y eso, señor, es algo que yo, por muy tonto que a vos le parezca que soy, no permitiré nunca.

‑Ya veo, Domingo amigo, que sois leal e inteligente. Desde hoy os encargaréis de ordenar las guardias en los diferentes puestos de observación.

«El plan marcha bien», piensa Dominguejo. «Ya tengo ganada la confianza de este truhán. Ahora viene la segunda parte». Y la segunda parte no se hace esperar. Unos días después, con el pretexto de que le quiere consultar sobre la conducta de uno de los vigías, entra Dominguejo en la habitación del alcaide, en un momento en que éste, recién levantado de la cama, sin ningún tipo de arma cerca de sí, estira los brazos y respira el aire tibio de mayo, que entra por la ventana por la que se ve el Tajo, todavía sombrío a esa hora del amanecer.

Domingo no vacila un instante. Saca, su puñal y, sin mediar palabra, se lo clava al alcaide en el lado izquierdo del pecho. Con los ojos saliéndoseles de sus órbitas, la boca abierta sin poder exclamar una palabra, y las manos, ensangrentadas, sobre el herido pecho, cae Lope de Arenas de rodillas y queda muerto allí mismo, pagando, con esta traición, todas las suyas juntas.

Una vez desaparecido el alcaide, único y tenaz impedimento que ante el rey se alzaba, la fortaleza de Zorita se entrega al poder de Alfonso. Sube el monarca hasta la torre de armas, contemplada durante tantos días desde su ribereño campamento militar, y desde allí mira el lento y manso huir del Tajo, ante el dorado y violeño declinar del día. Un año más tarde, el rey se casará con doña Leonor de Inglaterra. Este castillo será una ofrenda del rey a su esposa.

Pero ahora, recién tomada la fortaleza que pocos días antes parecía imposible de conquistar, se acerca Dominguejo donde se encuentra el rey. Su plan ha triunfado y su labor, cree el muchacho, necesita ser retribuida. Pero nada de esto le dice al rey, quien, sin embargo, comprendiendo las intenciones de su colaborador le ahorra el complicado trance y le habla:

‑Ah, Domingo, ¿vos por aquí? Precisamente estaba buscándoos, pues deseo ser justo con vos, y pagaros por lo que, en bien de Castilla, habéis hecho. Gracias a vuestro ingenio y valor he recuperado el castillo de Zorita. He ordenado al tesorero mayor del Reino que, anualmente os pague una renta de…

Y aquí menciona el rey una cantidad de oro tan elevada que Dominguejo se apresura a contestar:

‑Oh, señor… Es demasiado… Creo que esa cantidad tan grande no la he merecido…

‑Sí, Domingo; la has merecido. Y sabe además que ése es el pago de la mitad de tu hazaña. Por la otra mitad, el asesinato a traición del alcaide, al que debías sumisión, también serás recompensado como mereces.

Y Dominguejo vio, en el transcurso de sólo unas horas, cómo le venia la riqueza y cómo le cortaban las manos y los pies. La justicia de Alfonso VIII era así, de una lógica aplastante, pero de una implacabilidad que hoy nos asusta.

Y quién esto hacía a los quince años de edad, ¿qué era lo que no prometía a lo largo de su vida? De su espíritu duro y fuerte se podía esperar cualquier cosa. Por eso ha pasado a la historia el rey Alfonso VIII como uno de los a grandes y decididos monarcas de Castilla.

 II

Puedes estar tranquilo, aquí no nos metemos con San Pedro ni con ninguna clase de santos, aquí somos respetuosos en lo que cabe y hasta cierto punto, y si luego pasa lo que pasa, la culpa no es nuestra, es de la tierra, que todos los días da una vuelta sobre su eje, tú nunca se lo has visto, pero lo tiene, lo dice quien tampoco lo ha visto, pero lo sabe, tú tampoco has visto a los marcianos, y ya estás casi seguro de que son verdes, por eso no debes asustarte, aquí pasan cosas raras a primera vista, pero todo tiene su explicación, tú debes buscarla, para eso eres inteligente, para eso estudiaste en un instituto y ahora compras libros alguna vez, tú conoces algo de Azorín, era un hombre joven que se murió de viejo, de Quevedo conoces lo que se cuenta por ahí, historias de tapia, y de Lope de Vega hace ya mucho tiempo, pero nosotros tenemos todavía el siglo de Oro para echar mano de él en los discursos, piensa que cuando tienes fiebre sigues siendo el mismo, aunque veas las cosas más alborotadas y en un aparente caos, a ti no te gusta el caos, prefieres que funcionen los semáforos, no siempre es posible, las cosas de electrones son difíciles de controlar, tú debes pensar que cuando se caen las cacerolas al suelo hacen mucho ruido, incluso pueden abollarse,  pero no por eso se disuelven en la nada o se volatilizan, tú debes agacharte ordenarlas, volver a ponerlas en su sitio, las manos las tenemos para algo, pues que se vea.

Tú sabes de Zorita lo que yo, tal vez más, seguramente más, tú has subido a lo alto del castillo, te has hecho una foto junto al alcaide, te has mesado los cabellos, has enarbolado una bandera enorme blanca y roja, con un castillo bordado, has blandido una espada, has votado a Bríos, te has defecado en la morisma, mal hecho, todos somos hijos de Dios, has elevado preces al Altísimo, has mirado al cielo, por poco te mareas de tanto mirar al cielo, te has puesto romántico, has pensado en la cuenta corriente del Banco, es inevitable, cada día ponen más multas los guardias de tráfico, suena un avión, ¿será el Concorde?, no creo, todavía no funciona, a ver si es una bomba atómica y no me da tiempo a terminar de escribir esto, sería una lástima, como te digo, tú sabes de Zorita lo que yo, seguramente más que yo, pero me parece que no te has dado cuenta de una cosa, tú sabes cuantos años tiene un siglo, cien, y cuantos días tiene un año trescientos sesenta y cinco, excepto los años bisiestos, entretente en ir partiendo el tiempo, así se entretenía Zenón, un griego, escucha bien el ruido que surge bajo tus pies, es un ruido que parece sangre hirviendo, una caldera llena de sangre hirviendo, no te asustes, sigue pensando, no es posible que pase el tiempo, se puede coger con la mano, el tiempo es más pequeño que los mosquitos, más lento que los caracoles, cógele, anda, cógele y guárdate el tiempo, lo necesitarás un día, cuando más se necesita es cuando olvidamos donde lo hemos dejado, no tenemos remedio, parece que se mueve el suelo, aquí ha subido un gitano, oye, fíjate, el río Tajo también se mueve, tú eres el único que se está quieto, pareces un muerto, te has puesto pálido, no es para tanto, hombre, ya sabes que los siglos son como una pompa de jabón de olor, que cuando choca con una piedrecilla o contra el quicio de la ventana, se rompe, a Zorita subiste andando, como todo el mundo, pero tú pensabas que ibas a caballo, que es lo bueno, el caballo es un noble animal, a ti te gusta ir montado encima de algo, aunque sea noble, tú lo sabes eres más, piensas, sonaban las trompetas aquel día te faltaba una gran capa de terciopelo rojo y un casco de bruñido acero, olé, tú eras él rey de Zorita o cosa así, al venir habías visto un perro muerto en medio de la carretera, le había atropellado un coche, aún se notaba la huella del neumático sobre el cuerpo del perro, en Zorita también hubo muchos perros en sus tiempos, por eso se llamaba, y aún se llama, Zorita de los Canes, que nombre más original ¿no te sorprende que anden por el suelo los capiteles románicos?, en otros sitios aún están peor, a los perros nadie los entierra, y los perros también tienen su corazoncito, venga, las trompetas, las campanas, que llega el mandamás, tú piensas ser un grande hombre, si aún no lo eres, piensas llegar a serlo, eso es bueno, tener ilusiones, de momento has subido al castillo de Zorita y desde allí has oteado el horizonte, aunque a veces te enfadas y te pones furioso, reconoce que por cosas sin importancia, pues eres bastante buena persona, eso lo digo yo, no te conozco, pero lo sé, y piensas que esto no son ruinas, esto es todo un castillo, este castillo es ,tuyo, lo tienes lleno de tapices, de antorchas, de banderas, de súbditos, de riquezas, de músicas, uvas, quesos y mujeres, en este orden tú perteneces a una vieja y nobilísima raza de esforzados guerreros cristianos, esta tarde televisan el Madrid‑Pontevedra, a ver qué hacen esos mantas.

Confiesa que estás un poco mareado, son demasiadas emociones juntas, tú siempre has pensado que eres inteligente, aprobaste el bachillerato, pero nunca pensaste en llegar a esto, no te envanezcas, otros lo han hecho antes y otros lo harán, después, a Zorita sube cualquiera, a cualquiera le pasa eso, perderla y recobrarla, aún estas emocionado, creías que Zorita estaba perdida, y tú la has recobrado.