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En el Centenario de Benito Pérez Galdós

Mañana exactamente se cumple el Centenario de la muerte de uno de los grandes escritores y literatos españoles, creadores de escuela, de estilo y de caminos: Benito Pérez Galdós, nacido en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843 y muerto en Madrid el 4 de enero de 1920.  Vamos a repasar, aunque sea muy someramente, de qué manera Galdós entronca con Guadalajara, a través de sus escritos y personajes. La obra de Galdós, cuyo eje central son los “Episodios Nacionales” con los que quiso representar la esencia de la gente y las costumbres, de las ideas y de las intolerancias, en personajes sumidos en la realidad de la historia, es enorme y constituye la esencia del “realismo” o “naturalismo” literarios del siglo XIX y principios del XX. En ese medio centenar de novelas que constituyen los Episodios, aparece en numerosas ocasiones la tierra de Guadalajara, sus pueblos, sus monumentos, sus costumbres, y gentes (reales o inventadas) que retratan fielmente la forma de ser de entonces. Si en “Narváez” es muy intensa la presencia de Atienza, porque en esa villa serrana transcurre la mitad de la novela, debemos pensar con lógica que don Benito debió informarse muy bien acerca de la población y de sus costumbres. Es más, tuvo que estar en ella algún tiempo, porque si no no se explica lo bien que la maneja. Viene a resultar asombrosa la información que Galdós posee acerca de Atienza, de su ambiente y de la fiesta de «La Caballada», que describe con todo lujo de detalles. Parece ser que don Benito pasó casi todo un verano en la villa -afirmación docu­mentalmente imposible-, lo que explica esa completa informa­ción de la que hace gala. Más en concreto sabemos que Pérez Galdós estuvo en Atienza a finales de 1901, y luego en la primavera de 1902, poco antes de que apareciesen en librerías sus “Episodios”: “Las tormentas del 48” y “Narváez” en las que habla de Atienza, sobre todo esta última. Estuvo en casa de Calixto Lázaro Chicharro, el padre de dos muchachas que sirvieron, en Madrid, en casa de don Benito: Eusebia y Juana Lázaro de la Fuente. Además de eso, don Benito pidió al Ayuntamiento y al cura información exhaustiva acerca de la villa y su monumentalidad, la Caballada, etc. De “Narváez” es la información que aquí extraigo como prueba de ese entusiasmo que Galdós muestra en torno […]

El fraile jerónimo fray José, una gloria seguntina

La próxima semana, del lunes 29 julio al jueves 1 agosto, van a celebrarse en Sigüenza sus habituales Jornadas de Estudios Seguntinos, en las que, por celebrarse este año un aniversario relativo al personaje, van a tratar monográficamente sobre Fray José de Sigüenza, el fraile jerónimo que tan buen sabor de boca dejó en la historia de la Literatura Española. De todos es sabido que la Orden religiosa de San Jerónimo, nació en Guadalajara, muy cerca de su capital, en los bordes de la meseta alcarreña que dan vistas al valle hondo del Matayeguas, por Lupiana. Esta Orden monástica, netamente española, tuvo allí su inicio y “Casa Madre”, extendiéndose por otras tan conocidas como Yuste, Guadalupe y El Escorial, y posteriormente por toda España, y por el conjunto grande de tierras hispánicas sobre América. La Bula del Papa Gregorio XI en 1373 abría un camino que fue muy circulado y provisto de contenidos, durante siglos, hasta la irrupción de la ley de Desamortización impulsada por Mendizábal a inicios del siglo XIX, que acabó con la Orden. Curiosamente, sería luego otro alcarreño, Manuel Sanz Domínguez, quien ya a finales de ese siglo volviera a recuperar y dinamizar esta Orden Jerónima, que hoy cuenta con apenas una decena de individuos en España. Aparece José Martínez de Espinosa De entre los numerosos personajes que la Orden Jerónima dio a la historia, cabe destacar uno que podemos esgrimirle como propio de nuestra tierra. Se trata de José Martínez de Espinosa, hijo de un eclesiástico seguntino, y en la Ciudad del Doncel nacido, en 1544. Atraído por la vida religiosa, decidió entrar en religión, cosa que hizo el 17 de junio de 1567, en el monasterio de Santa María del Parral en Segovia, adoptando entonces el nombre (como solían hacer los individuos de la Orden, tomando sobre su nombre el apelativo de su lugar de nacimiento) de fray José de Sigüenza. A partir de entonces, jornadas imparables de estudio, de análisis, de escritura y meditación. Escribió libros de historia (la de su Orden, la de su fundador, la de la construcción y ornato del monasterio de El Escorial), de exégesis apologética, de espiritualidad, de poesía, y en todas las líneas mostró su elegancia y rigor escriturario. Algo que solo se consigue leyendo mucho, analizando, y pensando. Que fueron actividades que fray de José de Sigüenza ejerció sin descanso a lo largo de su vida. Esa […]

La trompa de la Catedral de Sigüenza

Acabando ahora su recorrido el 850 Aniversario de la consagración de la catedral de Sigüenza, y en su Año Jubilar, quiero dedicar un breve recuerdo a una de las obras de arte más luminosas del templo, a pesar de estar el alto, y escondida a las miradas. Es la trompa oriental, un mundo de piedra quye habla y expresa. Otras veces he dicho que la catedral de Sigüenza es como un baúl antiguo lleno de sorpresas, de joyas, de alegrías devotas. De entre los mil aparejos que salen de ese baúl destaco uno. Está como escondido, en oscuridad, pero tiene tanto latido, tiene tan clara voz, que no me resisto a ponerlo aquí, entre este centenar de mensajes recogidos. Me estoy refiriendo a la trompa oriental de esta catedral. Un detalle que poco abulta, pero que algunos buenos conocedores de la catedral y del arte románico provincial saben que es verdaderamente clave para la apreciación total de esta temática. Porque el románico ofrece, como arquitectura, unas formas externas (espadañas, ábsides y portadas) y unas internas (naves, espacios, presbiterios) que le dan carácter y nos permiten clasificarlo, agrupar los monumentos en diversos tipos, en áreas de influencia, en talleres de trabajo, etc. Pero también nos da el arte del Medievo una palabra más en susurro, pero no menos explícita, como es la que nos llega desde los capiteles, desde los canecillos, desde los arcos tallados de las entradas: la iconografía, en suma, que vuelca ante nuestros ojos el mensaje simbólico del hombre medieval. Y dentro de ese bloque iconográfico del románico de Guadalajara, que aunque no muy denso, sí reúne elementos de subido interés, nos detenemos aquí a analizar la propuesta moralizante que un ignoto clérigo de finales del siglo XII cuajó en una serie de figuras puestas, y talladas con maestría, en el hueco que forma la trompa de la bóveda creada en el ángulo suroriental del crucero catedralicio de Sigüenza. Está formada dicha trompa por dos arcos, que apoyan sobre sendas ménsulas, y que albergan en su centro un trompillón. Los dos arcos se cubren de tallas de figuras que ahora comentaré, y las ménsulas de apoyo son cabezas, femenina una, monstruosa la otra, y masculinas las dos restantes. El arco más externo presenta cuatro figuras. De izquierda a derecha consideradas se ve primero una figura femenina que tiene sobre sus rodillas apoyada otra figura como de niño, muy […]

Nueva guía de los castillos

Siempre de actualidad, los elementos capitales del patrimonio provincial pudieran ser sus castillos, los edificios que dieron nombre a la nación que ocupamos. Y tras varios estudios, libros y conferencias analizándolos, llega ahora una guía muy especial, la poética, de la mano de un escritor emblemático, Juan Pablo Mañueco, que aquí de nuevo nos señala su maestría en la palabra. No hace muchos días que ha aparecido este que puede ser libro revelador y de cabecera. “Una guía poética y alentadora” como dice el subtítulo de la obra, que se enmarca en la Colección de “Tierra de Guadalajara” de la que hace ya el número 107. Un libro que empezó como un ensayo de poemas para cantar ruinas, y ha acabado en una completa guía de los castillos guadalajareños, con fotos, descripciones, formas de llegar a ellos y poemas que los pintan y ensalzan. Intenta clasificarlos por orden alfabético, pero no llega a cumplirse del todo el objetivo, pues hay castillos que llevan dos y hasta tres nombres. El primero es Anguix, y el último se pone como siempre el de Zorita, en el confín de la provincia y del abecedario. Por entremedias, van surgiendo el castillo de Vállaga en Illana (al que dedica Mañueco un largo romance al uso clásico) y la atalaya mimetizada de Inesque, entre Pálmaces de Jadraque y Angón. Algunos suenan raros, y otros son elocuentes y archiconocidos. Así Atienza, Molina de los Caballeros y Sigüenza. No falta el real alcázar de Guadalajara, ni la recuperada fortaleza de Guijosa, a la que se añade el Castilviejo que la vigila y la Cava de Luzón, como viejos castillos celtibéricos. Un libro ameno y sorprendente, un libro que trata de hacer, como todos los libros, amable y cercana la realidad que no vemos porque no nos pilla en el camino de la oficina o el taller, y aún más lejos del camino a la discoteca o el instituto. Ahí están los templos de valor recuperados, como el castillo de Cifuentes, que se restaura estos días, y los sufridos alcázares que han derribado, en nuestros días, la mala intención aliada con el pasotismo oficial, como el castillo calatravo del Cuadrón, en Auñón. Para todos ellos desgrana Mañueco su meditada oración versificada. La mayoría son sonetos, aunque se escapan romances, alguna otra estrofa mayor, y estrambotes de propina. De entre todos destacan, a mi gusto, tres, que lo son en […]

Sigüenza en versos

La Catedral de Sigüenza está en pleno aniversario. Un tiempo redondo, completo, monumental: nada menos que 850 años hace que fue consagrado su recinto como iglesia, como lugar sacro, como catedral incluso, sede de los obispos que ostentaban el señorío de la ciudad, y del territorio en torno. Ese aniversario es ahora celebrado de mil maneras. Muchos sabéis ya que mi edificio favorito, en punto a monumentalidad y aporte de sugerencias artísticas, es la catedral de Sigüenza. Sobradas razones tiene para ello. De cuantas veces he ido hasta su silueta, y circulado por su interior, me ha surgido alguna sorpresa, he descubierto (para mí) algún detalle nuevo, y he podido disfrutar, en su silencio, con la evocación de lo que hicieron antañones personajes que la quisieron tanto, o más, que nosotros hoy. De aquella pasión sincera, de aquel análisis espontáneo de sus muros, de sus espacios altos, de sus detalles afiligranados, ha salido algún que otro escrito, y un libro concreto, que firmé hace ahora un par de años, y que edité por mi cuenta en la colección “Tierra de Guadalajara”. Ese libro sobre la catedral de Sigüenza dice cuanto sé de ella, y narra la admiración que siento al verla. Pero hay que reconocer que con mejores palabras, y con más apasionadas razones, la han descrito otros, de tal manera que han conseguido solemnizar su grandeza, y alzar sus mensajes de piedra en forma de palabra, de palabras rimadas, de sonoros versos. Por ejemplo, y hoy es el motivo de mis líneas, el libro que acaba de escribir Francisco Vaquerizo Moreno, uno de los escritores que con más limpieza y solemnidad han puesto en rima la impresión que Sigüenza y sus edificios, especialmente la catedral, le han ofertado a lo largo de su vida. Yo he podido recorrer algunas calles, algunos pasadizos y aún patios traseros de la Ciudad Mitrada junto a su atinada visión de las cosas, y creo que siempre he aprendido y disfrutado, porque Vaquerizo saber poner en palabras nuevas y bien acordadas lo que este burgo medieval y añejo nos brinda a través de los ojos, y de otras variadas sensaciones. Un canto a Sigüenza En estos días ha aparecido (y casi desaparecido, porque se ha vendido tanto, que ha sido un “visto y no visto”) un libro de Vaquerizo que lleva por título “Poemario. La Catedral de Sigüenza”. Un título que lo dice todo, […]