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Las salinas de Rienda

Un paseo por los recuerdos de un pueblo [Rienda] y por las formas de vivir de sus gentes, nos ha llevado al corazón mismo de su existencia, que fue durante siglos el salinar, el espacio serrano donde el agua acumulada se evaporaba en verano y dejaba su huella blanca y salada. Las salinas En el valle del río Salado, que discurre desde los altos que limitan Soria con Guadalajara, en el extremo norte de la provincia, y que discurre hacia el sur, desde hace siglos se abren como heridas blancas y cicatrices lentas las instalaciones salineras. Desde la primera de todas, en Rienda, hasta el final de Santamera, pasando por Bujalcayado, La Olmeda, Riba, Imón y alguna otra. En una de ellas fijamos hoy nuestra atención, porque acabamos de leer un libro en que se describen y evocan con precisión y pasión. María del Rosariuo de Francisco Chicharro vivió, y creció, y se divirtió, entre las montañas brillantes de la sal recogida. En Rienda. Y ella nos cuenta cómo eran. De origen romano, al menos en los primeros siglos de nuestra Era ya se explotaban. Se encuentra el campo de salinas a una breve distancia del centro del pueblo, no más de un kilómetro, y consta (aún se reconocen, aunque todo es ruina) de dos norias, cuatro recocederos, cuatro calentadores, unas 130 albercas, varios edificios, un huerto, y los prados del entorno. La esencia de la explocación minera (minería es, al fin al cabo, la industria salinera) era el río, al que como es lógico se llama “Salado”, que enseguida se distribuía por las albercas, divididas por partidas, y separadas por caballones. La explotación era sencilla y muy artesanal: se sacaba el agua de pozos, en el interior de unos edificios de planta hexagonal que tenía una noria, movida por mulas o burros, a los que ponían anteojeras y un cencerro, de tal modo que si el animal se paraba, el encargado se daba cuenta y acudía a ponerlo en marcha otra vez. Esa agua extraída por la noria del pozo se conducía a los recocederos a través de unas canaletas de madera. Con todas las albercas llenas (espacios planos, de escasa profundidad, para que la evaporación fuera uniforme y rápida) en el verano se esperaba a que el agua desapareciera evaporada por el sol y el calor, quedando las albercas cubiertas de sal, que se arrastraba con escobones y […]

En busca de las Salinas de Guadalajara

En el extenso territorio de la provincia de Guadalajara destacan entre todas las Salinas de Imón. Es este un lugar incluido en el Común de Villa y Tierra de Atienza, siempre en el directo señoríodelrey de Castilla. El aprovechamiento intensivo de sus afamadas salinas (de Emona se dice en los antiguos documentos) hizo que fuera especialmente cuidado y protegido por los reyes. Durante la Edad Media, y mas aún durante la época de la Monarquía absoluta, las salinas de Imón quedaron bajo el control real. Sin embargo, los monarcas solían conceder aprovechamiento en ellas, o donativos de cantidades obtenidas de su explotación, a nobles cortesanos, a monasterios o instituciones benéficas. Alfonso VIII, el rey castellano que se distinguió por su cariño y protección a la Villa de Atienza y a todo su Común de Tierras, insistió mucho en su testamento para que la propiedad de las salinas de Imón quedara siempre por el Rey. No obstante, él otorgó importantes cantidades de ella a los monasterios de Sacramenia, las Huelgas de Burgos y al hospital deBurgos, dejando la décima parte de los impuestos en ellas cobrados al obispado de Sigüenza. Todavía en el siglo XVIII las salinas de Imón eran fuente de gran riqueza para el país. Carlos III ordenó su modernización construyendo amplios almacenes, nueva red de artesas, canales y caminos y organizó su explotación para sacarles gran aprovechamiento.