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Una mañana en Sigüenza: Alameda, Ursulinas y Campanas

Otro día que subimos a Sigüenza, a disfrutar la mañana solamente, porque da para mucho. Desde la estación del tren nos dirigimos a pie por la Avenida del rey Alfonso, y llegamos ante el Humilladero, para iniciar un paseo por la Alameda. Termina ese paseo ante la fachada barroca de las Ursulinas. La miramos, nos sorprendemos. Y seguimos a pie, subiendo la cuesta de Medina, hasta debajo de las torres, donde aprendemos algo de sus campanas, y donde las oimos sonar. Un buen plan.  Empezamos por la Alameda Llego a la Alameda de Sigüenza, y me paro en seco. Aturdido de la sombra, del rezongueo infantil, del polvo que sube del suelo a la nariz, de las memorias que se agolpan, tantas tardes aquí, tantos frescos charloteos, tanta amistad que huye… La esencia de la Alameda seguntina es, –yo así lo siento– el quiosco de la música. Y no porque haya escuchado muchos conciertos desde su altura, sino porque le da perfil eterno, un aire digno y plural, un solemne valimiento a cualquier otra referencia. Quizás quien mejor escribió de esta alameda y su quiosco fue Alfredo Juderías, a quien debería dedicársele (yo así lo hago) un recuerdo cada vez que cruzo entre los arbolazos del parque. Decía él en su “Elogio y nostalgia de Sigüenza”: Mira: esto es la Alameda. El ala izquierda, por la que ahora discurrimos, rumorosilla del Henares, río pequeño, pero con agua hasta cidiana y romancera, y en cuya orilla gustaba de sembrar avena loca el Arcipreste, es dulzona y apacible… En la Alameda de Sigüenza estaba el banco verde de los Figueroa, que gustaban, ya entonces, de pasar el verano en la frescura seguntina. Y aunque a don Álvaro, que tantas cosas fue en la España de inicios del siglo XX, y entre ellas tres veces primer ministro de la nación, le gustaba pasar allí algunas jornadas, por sus continuas obligaciones decidió algunos años celebrar en la Alameda, a la sombra de los olmos venerables, Consejo de Ministros. Mientras los del tricornio vigilaban desde los parterres de las clarisas, y algún concejal no se lo quería perder subido al quiosco, los veraneantes no perdía ocasión de seguir jugando al mus, o a la brisca, según los grupos, sobre las mesas de mármol amarillento de los cafés que se extendían por el contorno. La Alameda de Sigüenza es parque generoso, grandioso y aparatoso. Un parque […]