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SELAS: Retablos y festividades

selasAcaba de aparecer (reeditado) un libro modélico, que ha tenido el aplauso de un pueblo, concretamente el de Selas, al que se dedica en cuerpo, alma y detalles. Historias, retablos, festividades, personajes y leyendas, todo bien dispuesto y entretenido.

Entre las poblaciones de la sexma del Sabinar, del Señorío de Molina, destaca Selas, a poco más 1.100 metros de altitud, y con una vida intensa, especialmente ahora en el verano, más aún en los pasados días, en torno al Corpus y a su consecuente celebración de la Virgen de Minerva, que aquí en Selas es tenida por patrona desde tiempo lejano, concretamente, y que se sepa, desde el siglo XVI.

Tiene Selas por alcalde a una persona que lleva muchos años en la dedicación completa de su tiempo hacia el pueblo en el que ha nacido. Félix Martínez Sanz (Selas, 1948) es además un investigador que no ha dejado papel por leer de los que quedan en el Ayuntamiento y en la iglesia de la localidad. Todo anotado, todo meditado, todo en concordancia: y con esos datos ha construido un precioso libro, una historia de Selas a la que califica de “un pueblo entre fronteras”. Siempre dentro de las del Señorío de Molina, pero en el inestable ínterin del Ducado de Medinaceli, no lejos de Aragón, y con los castellanos a veces amenazando. De esa larga secuencia de siglos surge este rimero de datos que nos entusiasma leer.

Pero además de la historia, en este libro surge el arte, el folclore, los personajes, la geografía… de unos y otros saca el lector siempre información y consecuencias. Yo me he decantado, al tenerlo en las manos, por ir primero de todo al capítulo del Patrimonio, donde se habla de los principal que a este respecto hay en Selas, la iglesia parroquial.

Y dentro de ella, una colección estupenda de retablos, sobre los que Félix Martínez ofrece fotografías, descripciones y muchos documentos, todos los que ha encontrado en los libros de fábrica de la parroquia. Yo, de entre ellos, me decanto por tres, al menos de los que actualmente quedan, porque algunos otros se perdieron (no explica cómo) aunque han quedado fotografías de Camarillo. Esto le ocurre, por ejemplo, al retablo que él califica de “Santa Catalina” (porque así lo pone escrito sobre la fotografía de Tomás Camarillo) pero que se entiende que debería ser nombrado como de “San Sebastián” porque ese es el santo que aparece en la tabla principal.

Al parecer, antiguamente, rodeando al gran retablo barroco mayor, que sigue existiendo, con una talla de la patrona, la Virgen de Minerva en su centro, le escoltaban otros dos retablos, denominados de San Sebastián y Santa Catalina. El primero desapareció, pero el segundo se conserva, aunque hoy le llaman “el de Nuestra Señora del Carmen” porque tuvo sobre la mesa del altar delantero una talla de esta advocación.

Sin embargo, vemos que es un altar dedicado a Santa Catalina, y que además se proclama a sí mismo sin dificultad como el mejor de todos los del templo. Pongo una foto junto a estas líneas y paso a describirlo.

Tiene dos niveles, de tablas pintadas, separados por frisos de hechura plateresca. Se remata con una tabla aislada, sin marco, representando un Calvario. Se conoce que las tablas de este retablo son de distinta procedencia, quizás procedentes de otros retablos desaparecidos, de los que han salvado tablas sueltas. El mejor conjunto es el nivel superior, en el que vemos agrupadas, en paralelo, tres tablas representando a otras tantas mártires del primitivo cristianismo, y que son, de izquierda a derecha, Santa Águeda, Santa Catalina (que centra el retablo y le da nombre) y Santa Inés. En el nivel inferior, aparecen los siguientes personajes: San Gregorio, papa, con sus atributos pontificios; San Roque, vestido de peregrino, mostrando su pierna herida y acompañado de su inseparable perrito; finalmente una tabla de mala calidad, de imperfecta hechura, y que hasta hace difícil su identificación (quizás San Cristóbal, o, más bien, San Sebastián, porque aparece desnudo arropado de una sábana, y con escudo y arco de flechas a los pies.

En la parte inferior del retablo, una cartela, moderna, dice que este retablo fue donado por Domingo Moreno, en 1855. Es obra, sin duda, del siglo XVI, segunda mitad, al menos las tablas superiores. Y bien podría ser de mano del pintor seguntino Luis Usarte, que aparece documentado en el Libro de Fábrica de la parroquia de Selas, así como su hijo Juan Usarte (ambos vivieron en una casa del barrio de San Vicente, de Sigüenza).

El siguiente retablo es el dedicado al Niño Jesús, y es también obra de finales del XVI o comienzos del XVII. Aparecen sus tablas, en número de cinco, más otro Calvario en el remate, uniformemente tratadas, siendo todas del mismo pincel o taller, en un manierismo/barroco muy popular, pero de claro contorno, con mensaje efectista. En la bancada inferior aparece, a la izquierda, San Juan Bautista, y a la derecha, San Pedro, bajo cuyos pies orante asoma el oferente del retablo, posiblemente un clérigo pues va de negro vestido. En la banda superior, tres tablas: la de la izquierda representa a San Francisco; en el centro, la Epifanía, y a la derecha San Antón. Todos ellos, sin duda, santos de la devoción del oferente del retablo. No hay documentos sobre el mismo.

El tercer retablo, el más moderno, claramente del XVII, es más sencillo, pero muy contundente en su forma, con un espacio central y bajo de fondo liso y ocipado por una talla, buena, de Cristo crucificado, al que llaman “del Miserere”, y en lo alto como remate, enmarcado, otro Calvario, que viene a ser una representación iconográfica predominante en Selas.

Es curioso también, aunque artísticamente de menor relieve, el altar mayor del templo, que centra su presbiterio. Con adornos y columnas barrocas, en sus hornacinas se albergan diversas figuras del santoral, presididas todas por la imagen de María Virgen, en su advocación de la Minerva. Según nos dice Félix Martínez en su libro, las rebuscas documentales revelan que se trata de un retablo concluido en 1692 y debido al arte de Diego del Castillo, artista actuante en Sigüenza.

Fiestas únicas y curiosas

En Selas, según nos cuenta Félix Martínez en su gran obra sobre el pueblo, han tenido fama dos festividades, ambas de tiempo frío, que aún se celebran, aunque ahora en un sentido más minoritario que antaño, en que participaba el numeroso vecindario. Se trata, de una parte, de la “Fiesta de las Candelas”, en la que salen los mozos, vestidos de grandes capas negras de estilo castellano, a rondar las calles, muchas veces con el suelo cubierto de nieve. Y la otra, a la que llaman “Fiesta de las Hoguerillas” se hacía la víspera de la Inmaculada, el 7 de diciembre, y en ella se encendía hogueras particulares, delante de cada una de las casas habitadas del pueblo. Esa devoción por la Inmaculada Concepción de María, que es concepto eminentemente teológico y, por tanto, traído por la clerecía, está muy extendida por el resto del Señorío de Molina.

En cualquier caso, tanto esta muestra del arte de Selas (representada por los retablos de la parroquia) como el recuerdo de las fiestas tradicionales que se celebraban en el pueblo, son solamente dos aspectos de la obra considerable que en más de doscientas páginas refleja el trabajo y la pasión de Félix Martínez Sanz, quien ha puesto en el mapa a Selas con este libro, ahora reeditado, muy cargado de imágenes, de documentos y de historias interesantes. Un libro que todos los aficionados a la literatura de tema local deberían tener ya en su biblioteca.

 

Danzas serranas de Guadalajara

Danzas de la Octava del Corpus en Valverde de los Arroyos

A lo largo de la primera mitad del año, hemos disfrutado de la visión de algunas tradiciones en forma de danzas. Vistosas y coloristas, las danzas serranas de Guadalajara son expresión de ancestralismos cargados de mensajes y significados. Me entretengo ahora en recopilar con breve descripción las más interesantes y llamativas de esas danzas. 

El domingo en Valverde de los Arroyos 

Quizás la más genuina y sobre todo la más espectacular de estas danzas serranas es el conjunto que se baila en Valverde, el domingo de la Octava del Corpus. Que es precisamente este próximo domingo, pasado mañana. Y por eso traigo aquí este tema, y animo a mis lectores a que se programen un viaje, la mañana de este domingo, hasta Valverde para disfrutar de esta tradición “in situ”.

Porque, con muy buen criterio, los miembros de la Cofradía del Santísimo Sacramento de Valverde nunca han querido salir de sus términos, de su plaza y su era, para ejecutar las danzas heredades de sus antepasados. El hecho festivo consta de unos actos, de un tiempo, y de un lugar. Si se sale de ellos, se banaliza y mancilla la costumbre.

Patrimonio inmaterial, las danzas

El patrimonio está en los edificios, y en los paisajes, y en las plazas y en los paseos junto al río, pero también en las canciones, sin duda, en las fiestas y, especialmente, en esas contundentes afirmaciones de la identidad colectiva que son las danzas. En la Sierra Norte de Guadalajara (que llega hasta su falda última junto al Jarama) hay una especial concentración de estos recuerdos temblorosos, coloristas y ancestrales. Hay danzas, que protagonizaron los hombres en los mejores días del año, cuando la nieve se es ida y las flores adornan todos los horizontes. Danzas que hoy se mantienen vivas, y que aquí cabe recordar.

Todas ellas manifiestan un origen común, una forma muy ampliamente difundida de juntarse un grupo de hombres que con saltos, movimientos, ataques y música de fondo alientan la fuerza del grupo humano frente a la Naturaleza: quizás en su origen son ritos de propiciación agrícola, ofrecimiento grato a la supervivencia, o postureo guerrero ante una batalla que se presume vital. En todos los grupos, que danzan en plazas y ejidos durante el buen tiempo del verano, aparecen hombres revestidos de trajes blancos, con faldas amplias, delantales y cintas de múltiples colores, cruzándose en difíciles figuras, en rápidos movimientos con cintas que se trenzan sobre un palo central, o luchas de maderas que simulan espadas. Vistosas, inolvidables.

Por decir las que hoy todavía permanecen y se pueden contemplar, va aquí una sucinta relación con fechas y ajuares.

Valdenuño Fernández

Enero. Domingo después de los Reyes. Un grupo de seis jóvenes danzarines, que visten pantalón negro, camisa blanca y chaleco abierto negro, danzan con gran aparato sonoro y de diversas formas, acabando siempre con una llamativa danza de paloteo en la que los palotes suelen acabar rotos en su totalidad, de la fuerza con que golpean. Se acompañan de una botarga multicolor que corre por el pueblo asustando a la chiquillería y pidiendo donativos.

Valverde de los Arroyos

Mayo o Junio. Domingo siguiente a la Octava del Corpus. Este año se celebra el domingo que viene, 30 de junio. Es la más conocidas de todas, esencia de la fiesta de la Octava del Corpus, a cargo de un grupo de hombres que forman en la Cofradía del Santísimo. Forman en la misa, en la procesión, y en las múltiples danzas que ejecutan en las eras, y en el portalejo, ante la iglesia. Visten con trajes blancos, medias de lana de ese color, y se cubren con mantones y delantales negros bordados con flores multicolores, cubriendo sus cabezas con grandes gorros en los que lucen flores y espejos. Llevan castañuelas, y se acompañan de un botarga que dirige sus movimientos y aguanta el palo en las danzas de cintas. Espectacular es verlos danzar sobre la hierba verde de un prado al pie de las altas montañas circundantes. Imprescindible viajar, pasado mañana domingo, a Valverde de los Arroyos.

La Huerce

Agosto, primera mitad. En medio de las fiestas patronales dedicadas a San Sebastián, (que fueron trasladadas al verano desde enero), salen a las calles un grupo de ocho danzantes que pone en marcha un abigarrado repertorio de danzas de paloteos, y de cintas, mostrando en ellas el mismo sentido primitivo y ancestral que muestran el resto de danzas que ahora vemos. Llevan nombres los pasos que ejecutan, como “El batallón”, “la Marcha Real”, “San Sebastián” y “Somos los hijos de Adán”, con ciertas resonancias religiosas añadidas. Estos bailarines llevan un atuendo más sofisticado, con pantalón oscuro, largo, y medias blancas hasta la rodilla, sobre las perneras del pantalón, más una camisa blanca, de manga larga, que se adorna en el brazo con un lazo azul, o rojo, y en la cabeza unos gorritos bordados con vivos colores.

Condemios

Agosto, mediados de mes. En las fiestas a honor de San Antonio y San Benito, aparece un grupo de ocho danzantes más un zarragón o botarga, a lo que se añade un grupo de músicos que tocan dulzainas, tamboriles y castañuelas. Los propios danzantes llevan castañuelas, y unos palos que suenan y sirven para luchar. En la procesión de los santos patrones, losdanzantes acompañan, y dirigidos por el zagarrón, evolucionan por calles y plazas entrechocando sus palos, animados por los espectadores. También tienen nombres sus danzas, de las que pueden destacarse Madrugaba un caballeroCuando me casó mi madreEl TronchoLa Cruz,La Burraca , la Marcha y El Cordón; es en esta última en la que los danzantes utilizan un árbol de cintas que van cruzando y entrelazando mientras bailan.

Galve de Sorbe

Agosto, tercer fin de semana. Con trajes llamativos, de seda, con calzones hasta las rodillas, chaquetilla corta con rallas o flores, y en la cabeza un pañuelo multicolor que se lo sujetan como “cachirulo” aragonés. Entre ellos circula el zarragón, vestido con chaqué, pantalones y bonete, que ejerce de director de la danza. Estas son también de paloteo (La Rosa, la Urraca, el Tero-Lero), de castañuelas, y de cintas. Y entre ellas destaca El Castilloen la que el grupo monta una vistosa torre humana que se corona con uno de los danzantes puesto boca abajo, lo que requiere cierto valor y mucho entrenamiento. El cordón, espectacular, es la danza de cintas de Galve.

Majaelrayo

Septiembre, primer domingo. Los miembros de la Hermandad del Santo Niño, llevan una indumentaria similar a la de los danzantes de Valverde, con pantalón y falda almidonada blanca y aparatosa, al cinto un pañolón de vivos colores, y a las espaldas cintas también muy coloristas. Sobre la cabeza, gorros con flores. Desarrollan danzas vistosas y animadas de paloteos, de cintas y castañuelas y los títulos de esas danzas son El cordón, Las espadas, Las fajas, etc., que vienen a mostrar el mismo rito de paloteos, saltos y figuras en torno al palo como en los anteriores lugares.

La bibliografía capital para conocer a fondo estas danzas, es el libro de Raúl Conde: “Danzantes de Guadalajara”. Editores del Henares. Guadalajara, 2005. Aunque también las recoge todas el de José Ramón López de los Mozos, “Fiestas tradicionales de Guadalajara”, Aache Ediciones, Guadalajara, 2000.

 

Un Mendoza, casi el primer rey de América

Escudo de Mendoza en la Casa Encomienda de Socuellamos

Con motivo de la aparición reciente de un libro (el “Planeta Mendoza” de José Luis García de Paz) que relata, con meticulosa y científica pulcritud, la ruta vital y la secuencia detallada de la existencia de unos quinientos personajes mendocinos, no me resisto a dar aquí una pincelada breve de uno de ellos, que se erige en pieza curiosa y paradigmática de la estirpe mendocina. Un personaje que, aun no nacido en la Alcarria, como lo fuera su padre, o sus hermanos, sí que llevó los colores de su linaje, y la memoria de su tierra paterna, por el ancho mapa de la América recién abierta a mano de hispanos.

Me estoy refiriendo a don Francisco de Mendoza, a quien los historiadores ponen mote de “El Indio” para distinguirlo de otros familiares que llevaban similar nombre y apellido. Este fue nada menos que “Protomonarca de México y Perú, Comendador de Socuéllamos y Capitán General de las Galeras de España”. Una ristra de títulos que le colocan, sin otra opción, en las primeras filas de la historia de España.

Ruta Vital

Francisco de Mendoza fue el segundo hijo varón de don Antonio de Mendoza, primer Virrey de la Nueva España (México) y después del Perú. Nacido alrededor de 1523-1524 en la Casa Encomienda que su padre tenía en Socuéllamos (Ciudad Real), este le reclamó para que fuera Visitador General del virreinato en el año 1542, después de haber obtenido en España los cargos de Capitán de Galeras junto a su tío y padrino Don Bernardino de Mendoza y Alcaide de las fortalezas de Bentomiz y Vélez Málaga, cuando todavía era un niño, y haber participado en las batallas navales de Arbolán y Argel.

Durante los diez años que permanece en los “reinos” de México y Perú se labra una carrera ascendente junto a su padre, preparando desde el mismo momento de su llegada la sucesión en el cargo y el virreinato perpetuo y hereditario en una dinastía de los Mendoza en América, como antes habían hecho sus antepasados en el Reino de Granada y el resto de cargos que les habían sido entregados.

Don Francisco de Mendoza llega a gobernar “de facto” y en solitario en el palacio virreinal de la capital mexicana durante unos meses (1549-1550), mientras su padre convalecía de una enfermedad en Oaxaca (Morelia); es el momento en que está a punto de pasar a la historia de América y del mundo como el heredero de la dinastía de los Mendoza, apoyado por un movimiento “autonomista” de la colonia compuesto por múltiples religiosos –Fray Bartolomé de las Casas entre ellos-, políticos –el grupo de Oidores de la Audiencia-, encomenderos, y el propio Cabildo –Ayuntamiento– de la Ciudad de México.

Sin embargo el envío del Visitador e Inquisidor Tello de Sandoval (1543-1547), que pone en graves aprietos a ambos gobernantes y está a punto de suponer su remoción del cargo, y la posterior y taxativa negativa del rey mediante cédula a las pretensiones de don Antonio de Mendoza (1550), nombrándole Virrey del Perú, -realmente un “ascenso envenenado”-, supone el final de la carrera americana de don Francisco de Mendoza, su hijo, quien aún estuvo a punto de participar en una armada contra Gonzalo Pizarro (1547), y se dedicó a realizar una relación geográfica del Virreinato del Perú y Cerro del Potosí, hoy perdidas (1552) por las que debería haber pasado a la posteridad, también, como uno de los geógrafos de las Indias.

Ya de vuelta a España, don Francisco intentó rentabilizar los cuarenta años de servicio de su padre y los diez suyos, así como el aprendizaje de las diversas técnicas agrícolas y mineras, solicitando diversas mercedes al rey Felipe II en Flandes, que le fueron concedidas a partir del año 1554, en forma de un extraordinario y riquísimo repartimiento-encomienda en Perú (Pocona y otros pueblos) con un valor de 20.000 pesos anuales, que se completó a partir de 1556 con su nombramiento como Visitador primero y Administrador después de las Minas de los Reinos y de Guadalcanal (Sevilla), cargo que le llegó a reportar 2.000 ducados anuales.

Al año siguiente, la muerte de su tío Bernardino y de su hermano don Íñigo en la batalla de San Quintín (1557), le reportó la obtención de la Encomienda de Socuéllamos, cuyo valor en cada ejercicio superaba los 800.000 maravedíes, y poco después (1558), su ramillete de cargos públicos aumentó con su nombramiento de Factor de las Especias (jengibre, pimienta, clavo, canela, etc.) en España y Nueva España (México), lo que en caso de haberse materializado en la práctica podría haberle llevado a obtener 50.000 ducados.

Todos estos emolumentos le convirtieron en un hombre inmensamente rico, pues además de esas rentas en la península, poseía en México enormes extensiones de terreno, compradas en tiempos de su padre el virrey.
Todo ello le llevó a plantearse llegar mucho más allá que cualquiera de sus parientes cercanos, construyendo su legado y mayorazgo en forma de compra de las villas de Estremera y Valdaracete (Madrid), anteriormente Encomiendas de la Orden de Santiago, lo que le costó la enorme cifra de 160.000 ducados, con la no oculta intención de convertirse en el futuro Marqués de Estremera creando una nueva estirpe mendocina independiente de la de los Condes de Tendilla y Marqueses de Mondéjar (Guadalajara) de donde procedía, merced que el rey le negó.

En esos momentos le afectó una nueva desgracia, una más de las que jalonarían la segunda parte de su corta vida: el naufragio de La Herradura, en el año 1562, en que murió el Capitán General de Galeras de España, su primo don Juan de Mendoza, hijo de su tío y padrino don Bernardino, le supuso por derecho de “sucesión” hacerse acreedor de ese cargo por delante de figuras de la época como Andrea Doria. Así lo obtuvo, y su primera misión fue acudir al socorro del Peñón de Vélez de la Gomera, en poder de los españoles pero que estaba sitiado por los turcos.

A pesar de que la “jornada” como se llamaba entonces fue todo un éxito y acabó con victoria aplastante, apenas pudieron apresarse cuatro barcos franceses de abastecimiento, y los numerosos enemigos de Mendoza intentaron desacreditarle, aprovechando que había caído enfermo posiblemente de malaria en Málaga, por lo que no pudo acudir a la siguiente misión encomendada, que fue atacar el Peñón de Vélez de la Gomera. Falleció de malaria en Málaga, el 26 de julio de 1563.

Las cuantiosas deudas y censos en cantidad de 240.000 ducados que había pedido en préstamo para poder acceder a la adquisición de sus señoríos y múltiples negocios, y para las que contaba con sus múltiples rentas personales, le pasaron una terrible factura.

Los monarcas le revocaron una tras otra todas sus concesiones, que al no convertirse en hereditarias en las personas de su reciente esposa y prima Dª Catalina de Mendoza y su sobrino D. Diego de Córdoba, alias don Antonio de Mendoza, llevaron a éstos a negociar con ellas, venderlas por escaso precio e incluso a renunciar a la herencia y a la condición de herederos y a llevar el nombre de la estirpe “Mendoza” que por falta de descendientes varones también se perdió. Todas las posesiones materiales, muebles e inmuebles, las villas de Estremera y Valdaracete, sus archivos y bibliotecas, sus enseres personales, fueron vendidos en pública subasta y todo el legado de los Mendoza americanos, virreyes de México y Perú cayó en el olvido.

Tan sólo han quedado para la historia las múltiples referencias que tanto los cronistas de Indias como Garcilaso de la Vega “El Inca”, Diego Fernández “El Palentino”, Antonio de Herrera y otros hicieron a hechos tan notables como el solemne recibimiento que recibió don Francisco de Mendoza en la ciudad de Cuzco (Perú) como verdadero estadista, así como ensayistas y literatos que loaron repetidamente sus hazañas marineras, como Pedro de Salazar, Pedro Barrantes, Juan Vilches e incluso el propio Miguel de Cervantes que lo cita en una de sus obras de Argel “El Gallardo Español” como personaje e incluso con su propio diálogo.

La historia completa del Indio

Existe un libro muy completo sobre la vida y aventuras de Francisco de Mendoza “El Indio”, una obra monumental, de 280 páginas, ilustrada abundantemente con documentos, retratos, estatuas y paisajes americanos que el protagonista recorrió y dirigió con sabiduría. Esta obra, que fue editada por AACHE de Guadalajara en 2006, es de tamaño grande, letra cómoda, y ofrece secuencialmente los orígenes familiares del personaje, lo que permite encuadrarle en la compleja trama mendocina. Además refiere sus viajes, sus mandos, sus batallas, sus consecuciones científicas y su muerte. El libro lo firmó, tras varios años de exhaustiva investigación, el historiador manchego Francisco Javier Escudero Buendía, quizás uno de los más sabios recopiladores del pasado de nuestra tierra castellano-manchega.

La trompa de la Catedral de Sigüenza

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Acabando ahora su recorrido el 850 Aniversario de la consagración de la catedral de Sigüenza, y en su Año Jubilar, quiero dedicar un breve recuerdo a una de las obras de arte más luminosas del templo, a pesar de estar el alto, y escondida a las miradas. Es la trompa oriental, un mundo de piedra quye habla y expresa.

Otras veces he dicho que la catedral de Sigüenza es como un baúl antiguo lleno de sorpresas, de joyas, de alegrías devotas. De entre los mil aparejos que salen de ese baúl destaco uno. Está como escondido, en oscuridad, pero tiene tanto latido, tiene tan clara voz, que no me resisto a ponerlo aquí, entre este centenar de mensajes recogidos.

Me estoy refiriendo a la trompa oriental de esta catedral. Un detalle que poco abulta, pero que algunos buenos conocedores de la catedral y del arte románico provincial saben que es verdaderamente clave para la apreciación total de esta temática.

Porque el románico ofrece, como arquitectura, unas formas externas (espadañas, ábsides y portadas) y unas internas (naves, espacios, presbiterios) que le dan carácter y nos permiten clasificarlo, agrupar los monumentos en diversos tipos, en áreas de influencia, en talleres de trabajo, etc. Pero también nos da el arte del Medievo una palabra más en susurro, pero no menos explícita, como es la que nos llega desde los capiteles, desde los canecillos, desde los arcos tallados de las entradas: la iconografía, en suma, que vuelca ante nuestros ojos el mensaje simbólico del hombre medieval.

Y dentro de ese bloque iconográfico del románico de Guadalajara, que aunque no muy denso, sí reúne elementos de subido interés, nos detenemos aquí a analizar la propuesta moralizante que un ignoto clérigo de finales del siglo XII cuajó en una serie de figuras puestas, y talladas con maestría, en el hueco que forma la trompa de la bóveda creada en el ángulo suroriental del crucero catedralicio de Sigüenza.

Está formada dicha trompa por dos arcos, que apoyan sobre sendas ménsulas, y que albergan en su centro un trompillón. Los dos arcos se cubren de tallas de figuras que ahora comentaré, y las ménsulas de apoyo son cabezas, femenina una, monstruosa la otra, y masculinas las dos restantes. El arco más externo presenta cuatro figuras. De izquierda a derecha consideradas se ve primero una figura femenina que tiene sobre sus rodillas apoyada otra figura como de niño, muy pequeña. A continuación aparece un acróbata o saltimbanqui que lanza palos al aire y los pasa por debajo de las piernas. Y finalmente otra figura femenina, vestida solemnemente con un brial y un gran manto sujetado por cinturón, que tiene entre sus manos un instrumento musical que parece una pandereta grande de forma cuadrada. El arco más interno de esta trompa seguntina presenta de cuerpo entero otras dos figuras de músicos que arrancan sonidos e interpretan música sobre los instrumentos de cuerda que sostienen entre sus manos: uno de ellos lo apoya sobre el hombro izquierdo, y el otro entre las piernas. Son instrumentos parecidos a vihuelas.

Estos arcos se apoyan en sus extremos sobre sendas cabezas. Las que sujetan el arco externo son a la izquierda un hombre con poblada barba, de aspecto apacible y bondadoso, y a la derecha un terrible monstruo que devora a un pequeño ser humano (un Leviatán muy caracterizado). El arco interno se sujeta a la izquierda por la cabeza de una mujer que se cubre de un velo todo el pelo, también con apariencia de virtuosa, y a la derecha por un rostro negroide, de pelo ensortijado y labios muy abultados (el negro como demonio).

En el trompillón, dos apacibles figuras de ancianos sentados y dormidos apoyando sus cabezas sobre sus manos.

 

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A pesar de la brevedad de este muestrario iconográfico románico, se funden en su estructura una serie de ideas maestras en la escultura simbólica medieval. De un lado, la representación de ese mundo de espectáculo y vanidad que son los acróbatas, los músicos y las cantantes que les acompañan. El hombre que centra el arco superior hace auténticos malabarismos con unos palos que lanza al aire, y en el inferior dos figuras se dedican a tocar instrumentos, mientras que arriba otra mujer toca el pandero y otra entretiene a su hijo. En cualquier caso, es una polimorfa representación del mundo civil irreligioso que sólo piensa en la fiesta y en la diversión, antítesis del ideal cristiano, espiritual y litúrgico.

Las ménsulas sobre las que apoyan los arcos son representaciones de seres. Ahí están equilibradas las dos tendencias que al hombre medieval se le ofrecen. De una parte, dos cabezas (femenina y masculina) de serena apariencia y exponentes de un comportamiento cristiano. De otra, el Leviatán engullidor de almas y el Diablo de negroide aspecto, ambos exponentes del mal y los peligros que éste genera.

Bajo tal cúmulo de contradicciones y enfrentadas posibilidades, dos seres humanos, ya viejos, meditan o duermen. A ellos es a los que se propone la varia lección de arriba: la consideración del Bien y el Mal, tanto en la tierra como en el Más Allá después de la muerte. Y la necesidad de vigilar, de meditar, de no dormirse ante los peligros. Es, en cualquier caso, una equilibrada muestra de la iconografía moralizante del románico castellano, de neta influencia francesa, pues decoración tan prolija en trompas eclesiásticas no son muy frecuentes en el estilo románico de nuestro país. Esta de Sigüenza es un ejemplar verdaderamente singular, que marca con nitidez la fuerza del arte en nuestras tierras, y en épocas tan remotas con la plena Edad Media, esa época de nacimientos, de proyectos, de seguras convicciones.

En Valencia frente al mausoleo de Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza

rodrigo diaz de vivar y mendoza

He podido pasar, por fin, después de haberlo intentado varias veces, al interior del antiguo convento de Santo Domingo (que hoy es Capitanía General)  en Valencia. Y allí en su iglesia, en la capilla real dedicada a los Tres Reyes Magos, he admirado el mausoleo del hijo mayor del Cardenal Mendoza, don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, primer marqués de Cenete, y de su segunda esposa, a la que de verdad quiso, madre de sus hijas, doña María de Fonseca. En otra parte de la capilla, hay otra lápida, si cabe más emocionante. Rigurosa y simple, pero con la solemnidad del tiempo sobre el mármol duro: la lápida mortuoria de la hija de ambos, doña Mencía de Mendoza y Fonseca, una de las primeras mujeres humanistas, cultas, protectoras del arte y la literatura…

El enterramiento del marqués de Cenete

En 1554, doña Mencía de Mendoza (hija de don Rodrigo y doña María) mandó labrar en Génova un gran sepulcro en mármol blanco de Paros para sus padres. En el centro de la capilla se colocó, sobre un basamento decorado con ángeles en las esquinas, roleos y carteles tallados, una cama en la que yacen dos figuras: la del varón, revestido con armadura y espada y el yelmo a sus pies; la de la fémina, sosteniendo sobre el pecho un libro de oraciones. Con calaveras en los laterales. Y estas inscripciones (traducidas del latín) en la basamenta: «A don Rodrigo de Mendoza, marqués de Zenete, padre de doña Mencía de Zenete, varón esclarecido. Murió en 22 de noviembre de 1523. A doña María Fonseca de Toledo, marquesa de Zenete, madre de doña Mencía de Mendoza, esclarecida dama. Murió en 16 de agosto de 1521».

Pero en esa capilla está también enterrada la fervorosa hija, que prefirió una simple placa con la talla de sus emblemas heráldicos, y una larga y profusa leyenda en latín, según vemos en fotografía junto a estas líneas.

El monumento funerario de don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza y su esposa doña María de Fonseca, fue diseñado y labrado en Italia. La traza es de Juan Bautista Castello, el Bergamasco, y la talla de Giovanni Ursolini e Gio, sobre mármol de la región de Como. Unas cuantas fotografías de este impresionante monumento funerario acompañan estas líneas.

Unas pinceladas biográficas

Después de ver ese mausoleo, solemne y frío, pero cargado de emoción para quienes valoramos la historia de quienes allí están enterrados, conviene saber algo más, solo un pequeño apunte, del personaje / los personajes que intentan hablarnos desde su fría talla.

Realmente la historia de don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, podría dar para escribirla en formato de novela, que sin duda atraparía con su secuencia de sorprendentes y continuadas sorpresas la atención de cualquier lector. Era hijo mayor de don Pedro González de Mendoza, Cardenal de España, Canciller mayor del Reino de Castilla con los Reyes Católicos, su apoyo en las batallas, en los descubrimientos y en las proezas, y enamorado de Mencía de Lemos, una dama portuguesa que vino en la compaña de la que sería reina por esposa de Enrique IV, doña Juana de Portugal. Con ella tuvo don Pedro dos hijos varones (Rodrigo y Diego) a los que los Reyes reconocieron oficialmente, dándoles doña Isabel el título de “los bellos pecados del Cardenal” y con Inés de Tovar luego un tercero, don Juan Hurtado.

El mayor, nuestro personaje, se hizo legendario en vida, por su hermosura, su carácter abierto, valiente, generoso, único. De él dice el clásico: «Su persona fue tal e de tan linda disposición que ninguno he visto yo tan bien dispuesto, ni tan galán ni tan agraciado en cuanto hacía, ni tan pulido y gentil cortesano. ¡Qué afabilidad, qué lengua y qué hermoso hombre! Y en todo de más extremada ventaja a todos los otros mancebos de su prosapia. A pesar de todo esto, era tenido por travieso e mal sesado».

De su padre recibió el regalo de Jadraque, en cuya altura se construyó un palacio en el que palpitaba la belleza del Renacimiento. Le crearon el título de “Conde del Cid” y su padre aún le regaló el castillo palacio de La Calahorra, para que pudiera subir también al alto cerro que coronaba la comarca cuyo marquesado había conseguido de los Reyes: el Cenete, al norte de Sierra Nevada.

Rodrigo fue valiente capitán en las batallas de la última Reconquista, la de Granada. Y fue embajador en Italia, y en otras partes. Su padre quiso para él los altos honores que en el Lacio a él le habían sido negados. Si don Pedro no pudo llegar a Sumo Pontífice, trató de casar a su hijo con Lucrecia Borgia, la fantástica hija del papa Alejandro. Al final, se torció la empresa.

De sus amores, mejor pasar rápido, y en puntillas. Le designaron por esposa a la hija del duque de Medinaceli, doña Leonor de la Cerda, a la que llevó al castillo jadraqueño, y la dejó sola, mientras él se iba a Italia, con el Gran Capitán… murió muy pronto la joven Leonor, quizás tras enterarse que su marido andaba ya prendado de otra, doña María de Fonseca y Toledo, con la que vivió aventuras sin cuento, por ella fue encarcelado, deportado, y luego aventurado a raptarla y llevarla al castillo de Jadraque, donde pudo al fin tenerla como esposa legítima.

De ese matrimonio nacieron cuatro hijas, siendo la mayor doña Mencía [de Mendoza], quien heredó el gusto de sus padres por el arte y la cultura, de tal modo que ha sido considerada, al contemplar entera su larga vida, una de las mujeres que más destacó en esos ambientes en el siglo XVI. Casada primero con Enrique III de Nassau-Breda, y tras vivir con él en los Países Bajos, volvió a casarse, tras quedar viuda, con don Fernando de Aragón, duque de Calabria y Virrey de Valencia. Protegió artistas y acaudaló una colección enorme de obras de arte.

Don Rodrigo tuvo que vivir aún momentos difíciles, tras ser nombrado por el emperador Carlos Capitán General del Reino de Valencia, cuando en 1521 se produjo el levantamiento de las Germanías. Gracias a la ayuda de su hermano Diego, entre ambos contuvieron aquella auténtica revolución. Durante ella, murió la esposa de don Rodrigo, María de Fonseca, y él ya cansado, no mayor, pero muy triste, se fue también al otro mundo, en 1523. Sería su hija Mencía quien habilitara los papeles, y los mandatos, para que, andando los años pudieran contar con un apoyo de mármol en el que mantener eterno el amor que se juraron muchas veces.

Del hermano de don Rodrigo también conviene decir algo, aunque breve: Diego de Mendoza colaboró en los ejércitos hispanos por Italia, junto al Gran Capitán, ganando el título de Príncipe de Mélito (una localidad del reino de Nápoles) en 1506. Fue nombrado primer capitán general del Reino de Valencia colaborando con su hermano en la revuelta de las Germanías. Se casó con doña Ana de la Cerda y Castro, hermana de la primera mujer de Rodrigo, y nieta suya fue doña Ana de Mendoza y de la Cerda, que llegaría a obtener el ducado de Pastrana y ser Princesa de Éboli.

planeta mendoza

La verdad es que, en punto a genealogía, y a sorpresas y aventuras por toda España de los Mendoza originarios de Álava y en Guadalajara asentados, podríamos estar hablando horas y horas. Para centrarse mejor, con índices y capítulos bien medidos, yo aconsejo hacerse (como si de libro de cabecera se tratase) con el “Planeta Mendoza” de José Luis García de Paz, donde está todo (con aventuras y bibliografía incluidas) sobre los famosos personajes de nuestra tierra. De los que esta vez hemos conseguido encontrar a algunos de ellos en una recóndita capilla de un convento valenciano.