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Las Prosas de Monje Ciruelo. A caballo entre dos siglos

 

Prosas entre dos milenios, de Luis Monje Ciruelo

Prosas entre dos milenios, de Luis Monje Ciruelo

El pasado día 19 de enero, y en el salón de Actividades Múltiples del Colegio “San José” de nuestra capital, se presentó –con la asistencia de su autor, que ya fue un mérito, con la nochecita que hacía- el nuevo libro de nuestro compañero en estas páginas, y amigo entrañable de tantos años, Luis Monje Ciruelo. Las “Prosas entre dos milenios” concitaron la presencia de muchísimas personas que le admiran.

Como un jinete, así veo a Monje: cabalgando entre dos siglos con sus prosas, y cabalgando entre dos mundos, que no son sino aquel al que perteneció y este en que vive. Una vida larga, despierta, y activa, da para mucho. Entre otras cosas, para escribirse una docena de libros cuajados de razones contundentes para explicar cómo ha sido el mundo en que se ha vivido. Y hacerlo tan claramente que los demás le entiendan. Aunque siempre hay quien no quiere entender…

Esta es la ficha bibliográfica del libro que publica Monje. En sus frases escuetas se concentra todo, y toma sentido de su dimensión auténtica.

Monje Ciruelo, Luis: “Prosas entre dos milenios. Estampas y testimonios del paso de un siglo a otro”. Edición de la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara. Guadalajara, 2016. Palabras iniciales de José Manuel Latre Rebled. Prólogo de Luis Monje Arenas. Palabras del Autor. 408 páginas. ISBN 978-84-92886-98-2.

Las palabras iniciales de unos y otros dan paso a casi dos centenares de artículos que Luis Monje publicó entre 1997 y 2003, que fueron unos años entre sí parecidos, pero con una carga de cambio muy considerable. Publicados en su mayoría en la sección “La Brújula” del semanario alcarreño “Nueva Alcarria”, se agrupan bajo unos epígrafes que revelan el sentido de cada uno de los bloques: los Pueblos, las Personas, la Naturaleza, la Sociedad, las Estampas, los Testimonios y la Política. Todo ello en el contexto geográfico y social de Guadalajara, se puede entender que hay jugo en ellos para llenar cántaros, muchas referencias a la realidad de esos días, a los rumbos biográficos de quienes los fraguaron, y a las anécdotas y sorpresas que cada esquina de nuestra tierra nos depararon.

Dice así Latre en su breve presentación del autor, por todos admirado y querido: “La fuerza de la veteranía, y el probado decir de su autor, confieren a estas “Prosas entre dos milenios” de Monje Ciruelo un valor definitorio, un firme sustento para la identidad de Guadalajara. Desde la presidencia de la Excmª Diputación Procvincial no hago sino aplaudir, tras el apoyo claro que supone esta edición, a quien considero uno de los puntales de la cultura, la literatura y el buen nombre de esta tierra”.

Efectivamente, Monje Ciruelo ha sido un auténtico paladín de la marca Guadalajara, porque en sus artículos (que con su brevedad cobran aún más valor e intensidad en sus mensajes) ha contado lo que pasa, y ha cantado lo que ve. Ha dicho que en Guadalajara (y más en ese cambio de siglo que ha protagonizado) pasaron muchas cosas, la mayoría buenas, y pasaron muchas gentes haciéndolas posibles. Dejando, al fin, un regusto de esfuerzo y alegría. Y poniéndole a Guadalajara una cara (que es su auténtica cara) de lugar mágico, tierno y palpitante. Una cara que cada día reconoce más gente que a ella llega, y con facilidad la admira. Monje nos ha explicado por qué ha ocurrido esto, cómo se ha llegado a esa meta de sobria serenidad, de expectativas…

El contenido es abigarrado y variopinto. Sus doscientos artículos se leen con facilidad, y hasta con gusto. Y aunque algunos se parecen entre sí, el espíritu que los anima va cambiando. Y surgen referencias a personajes que injustamente han caido en el olvido: desde Julio Sanz, el ecologista de Romancos, a quien fuera columna recia de este periódico, Ernesto Baraibar de Gardoqui. Desde las vicisitudes de la iglesia de El Atance, desmontada y rehecha en la capital, a la colocación de las vías y las catenarias del AVE, que sigue pasando como una flecha por el corazón de la provincia, de parte a parte, sin que a nadie de aquí reporte beneficio alguno.

Y aún habla del tiempo, como hacen los buenos, y de la primavera con su magia, y del otoño con sus nostalgias, llegando sin remisión al problema que a todos nos angustia, y para el que todavía no se ha encontrado solución: la despoblación imparable, día a día, sin retroceso, de nuestras sierras. Escribe y acusa, aunque ya se ve el resultado, porque hay muchos que ni leen ni escuchan.

De los múltiples temas que Monje baraja, y que todos consiguen que nada se olvide, que todo permanezca (esa es la misión, y la eficacia, de los cronistas) hay temas como “la estatua del Cardenal” que movieron tinta en medio del devenir de veraneos, fiestas y duro trabajo. El último gran apartado, dedicado a la política, probablemente será el primero que se lean algunos. Porque está dedicado a esos pequeños o grandes personajes /as que han hecho el bien en su callado y diario hacer, o que han propuestos despropósitos que con su micropoder han podido llevar a la práctica. Salen así algunos temas que no por olvidados han dejado de existir: la negación de la Medalla de Oro de la Región a Cela, los alcaldes de los pequeños pueblos que ponen dinero de su bolsillo, más flecos, oratorias y palabras… y esos parlamentos que como perlas recamadas en ruedas de prensa y campañas electorales hacen eternos a los políticos y las políticas que los pronunciaron.

Un libro voluminoso, cargado de noticias, de anécdotas y de casi olvidadas facetas. Una crónica perfecta de un tiempo ido, de un tiempo recio. Como la mano y la personalidad de quien lo ha escrito. Cronista, ante todo, de su tiempo.

El predicatorio mendocino de Sigüenza

Figuras del pulpito de la epistola de la catedral de Sigüenza

Figuras del pulpito de la epistola de la catedral de Sigüenza

Vamos a seguir paseando por las naves del templo mayor de Sigüenza. Por ese espacio sonoro y frío por donde pasearon el Cardenal Mendoza, el Doncel, Alonso de Covarrubias, los admirados cantautores de la Edad Media y los codiciosos militares de la C.T.V. del ejército de Mussolini. Por ese deambulatorio de la religión y la literatura en el que cada día admiramos algo nuevo: hoy lo dedico al Púlpito de la Epístola, al que de frente mirando el altar mayor queda a nuestra derecha. Limpio de alabastro y expresivo de figuras. Vamos a mirar y comprender.

En el lado de la Epístola, en la confluencia del transepto con la capilla mayor, se encuentra esta magnífica obra del último gótico: el púlpito tallado en alabastro que fue regalado a la catedral por su obispo y cardenal don Pedro González de Mendoza. Fue el encargado de realizarlo el conocido tallista Rodrigo el Alemán, a quien se propuso hacerlo en madera. Pero en última instancia no fue él quien lo realizó, sino un desconocido artista, de elevada técnica, e inscrito claramente en la ya reconocida escuela de escultura gótica que en los finales del siglo XV produjo Sigüenza. Aunque debió encargarlo en 1487, cuando visitó la catedral junto a los Reyes Católicos, quedó terminado en 1495 y el prócer comitente no llegó nunca a verlo.

Se trata de una bellísima obra de arte que ha despertado siempre admiración y diversas interpretaciones respecto a su significado. Rizados en cardinas y hojarasca sus capiteles sustentadores, los cinco tableros que constituyen sus límites rebosan gracia gótica en todos sus detalles. Los de los lados presentan sendos escudos cardenalicios de Mendoza, y en los centrales aparecen tres figuras. El central muestra una dulce Virgen María que sustenta, en sus brazos, y algo apoyado en su cadera izquierda, un Niño, Jesús que juguetea con el manto de su madre. La Virgen apoya sus pies sobre un objeto que es ‑sin duda-, una barca o nao medieval. A su derecha, una mujer con corona muestra un libro abierto, y en su mano derecha aprieta el resto de un palo, sin duda más largo, hoy quebrado y desaparecido. A la izquierda de la Virgen, un joven con gran capote sobre la armadura de guerrero, se toca con sencillo bonete de la época. A sus pies, por él pisoteado, un dragón se retuerce.

Pérez Villamil dio a estas figuras una interpretación romántica y fantasiosa: en el centro veía una representación o alegoría del descubrimiento de América, simbolizado por la nao Santa María y, presidida por la Virgen. A su derecha, una reina sabia: Isabel de Castilla, patrocinadora de la gesta transoceánica, y a su izquierda el rey Fernando, quien en esos años aplastaba al enemigo moro. Era un monumento, el primero, al Descubrimiento de América. Pero el significado de estas tres figuras es, sin embargo, más sencillo y directamente ligado a la biografía del donante del púlpito.

El Cardenal don Pedro González de Mendoza, hijo del primer marqués de Santillana, fue un hombre de una gran inteligencia y de un indomable espíritu de superación, en el que también cabía la ambición. Acumuló cargos y prebendas en gran número, reteniendo varios obispados y, al fin, el arzobispado de Toledo. Fue obispo de Sigüenza desde 1467 a 1495, fecha de su muerte. Tuvo cabida cerca de los Papas, y así consiguió nada menos que tres títulos cardenalicios: fue el primero el de Santa María in Dominica, recibido el 7 de marzo de 1473, y a poco, el Rey Enrique IV de Castilla, que le había nombrado recientemente su Canciller Mayor, ordenó que le fuera dado el nombre de Cardenal de España. Más tarde, Mendoza recibió otro título cardenalicio: el de Santa Cruz, advocación a la que era devotísimo, por haber nacido un 3 de mayo (1428), celebración de la Santa Cruz. Gozó además del título de Cardenal de San Jorge.

Son estos nombramientos los que don Pedro González de Mendoza manda representar en el púlpito que regala a su catedral de Sigüenza. Como antes lo había hecho en su también catedral de El Burgo de Osma, donde dejó encargadi un púlpito similar.

La figura del panel central es Santa María. El hecho de apoyarse en una nao, o pequeña navecilla, deriva de que la iglesia romana sede de este título, la de Santa María in Dominica, presidía la llamada Plaza de la Navicella o navecilla. De ahí esta curiosa identificación. La figura de la derecha no es otra que Santa Elena, emperatriz de Bizancio, que lleva en su mano derecha una cruz, hoy rota y desaparecida en esta imagen del púlpito seguntino. Ella fue (o así lo dicen los viejos cronicones) la que dirigió las tareas que culminaron en el hallazgo de la cruz de Cristo en el Calvario de Jerusalen. Finalmente, la figura de la izquierda en el púlpito seguntino es la de San Jorge, caballero armado que mata a un dragón. Son, pues, los tres títulos cardenalicios que don Pedro González de Mendoza obtuvo a lo largo de su triunfante carrera eclesiástica.

La interpretación, por otra parte, no es difícil, teniendo en cuenta que estos mismos temas se ven, idénticamente distribuidos, aunque mejor tratados escultóricamente, en el púlpito gótico de la catedral de Burgo de Osma (Soria) de cuya diócesis fue el Mendoza administrador, entre los años 1478 y 1483, y donde quiso también dejar su recuerdo en esta forma.

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Diez puertas por las que debes pasar para conocer Guadalajara

Atienza Arco de Arrebatacapas

Atienza Arco de Arrebatacapas

Para conocer Guadalajara, basta hoy con llegar por cualquiera de los caminos (hoy carreteras, alguna autopista) que desde fuera vienen. Pero eso es entrar muy a lo loco, muy a lo simple.

Para entrar a Guadalajara con razón, con fuerza, con ganas de sentirla y comprenderla, hay que hacerlo a través de algunas de las grandes puertas que todavía quedan en pie, de las murallas de sus ciudades, de los grandes palacios y templos que la adornan.

Puertas Medievales

Voy a referir solamente diez puertas (solemnes y recias todas, transidas de historias y de emociones) por las que se debe entrar, o salir, para conocer Guadalajara y sus lugares.

Y así empezar en la capital, en la Wad-al-Hayara de los árabes, y hacerlo por la única muestra que de su muralla medieval queda en pie, la Puerta de Alvar Fáñez. La primera puerta, por donde dicen que entró el héroe castellano a tomar posesión de la ciudad del Henares, y arrebatar su poder a los árabes que la controlaban. Es una puerta-museo, además, donde se guarda el recuerdo del caballero y su mesnada.

Segunda puerta, la del Hierro, en el castillo de Zorita. En su mural del sur, y en lo alto ya, tras ascender el camino hacia la fortaleza, se llega a una puerta doble, islámica la exterior, gótica y cristiana la interior. Arco de herradura y arco apuntado. Así es la solemne puerta del Hierro del castillo zoritano.

Tercera es la Puerta del Sol, que así se llama a una de las que en Sigüenza permitían el paso desde el arroyo Vadillo al interior de la ciudadela medieval. Orienta a Levante, como es lógico, era una de las primeras que a la mañana iluminaba el sol con su clara risa. Y por allí entraban a mercadear las gentes venidas de fuera.

Cuarta es la gran portalada a la que en Atienza llaman Arco de Arebatacapas, que media en la cuesta que va de la plaza de España a la plaza del Trigo. Solemne, arropada entre edificios y murallas, sonora también, de los cascos de los caballos de la Caballada.

Quinta puerta, medieval como las anteriores, espectacular porque es con otras dos más el único espacio que permite acceder a una villa completamente amurallada, hoy como hace siete siglos, en Palazuelos: es la puerta de la Villa, construida en recodo, de tal modo que hay que trazar un ángulo de noventa grados para atravesarla, y así poder ser defendida mejor. Puertas medievales, guerreras, castilleras, todas ellas.

Puertas Modernas

Luego están las puertas solemnes de los palacios, de las plazas, las puertas alegres de la ciudadanía.

Sexta es la puerta gótica, y flamígera, del palacio de los duques del Infantado. Una puerta de arco apuntado, diseñada por el arquitecto borgoñón Juan Guas, con frase misteriosa en su rosca, con letra nunca vista como la fabla que se gastaba el marqués de Santillana, su dueño primero, y en la que se dice que entra el viajero y visitante a un mundo señorial de generosidad sin límites.

Séptima es la puerta del Mercado en la catedral seguntina, románica de altura, que permite bajando unos escalones tras cruzar el cancel pétreo de Bernasconi, acceder al brazo sur del crucero catedralicio, y llegarse de un salto ante el Doncel.

Octava es la puerta del palacio ducal de cogolludo, otra expresión de la elegancia renacentista, trazada aquí por Lorenzo Vázquez, empapado de Italia, con sus grutescos en las columas y sus enormes mazorcas de maiz en el remate, proclamando el recien desubierto nuevo mundo.

Novena es la Puerta Nueva de Pastrana, la que da acceso desde la Plaza de la Hora a la Calle Mayor, lugar planeado por los duques pastraneros para dar realce al plazal donde viven, y hacerlo aún más cortesano, más solemne.

La décima puerta sería la llamada de los meses, en la iglesia parroquial, mínima y silente, de Beleña del Sorbe, donde en su curvado dintel lucen alegres los aldeanos del siglo XIII trabajando en lo que saben y proporciona vida: el arado, la siega, la vendimia, la matanza… es la expresión más clara del arte románico rural.

Y todas ellas, puertas solemnes o severas, son los pasos que desde fuera permiten la entrada a ese mundo oloroso y lleno de ofertas que es Guadalajara. Esta provincia a la que se viene a disfrutar de paisajes inéditos, de memorias ciertas, de bellezas talladas. Y a la que se entra –es obligado- por una de estas diez puertas. Aunque, si se prefiere, tenemos muchas más para poder hacerlo. El caso es entrar.

 

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Un centenario que merece recordarse: el del profesor Criado de Val

Manuel Criado de Val

Manuel Criado de Val

Mucho que ver con Guadalajara tuvo y sigue teniendo la figura del profesor don Manuel Criado de Val (Madrid, 1917 – 2015). De hecho, debemos calificarle como una de las personalidades de mayor relieve que han dado vida a la provincia y conformado la identidad de Guadalajara.

En este año que comienza de 2017, se cumplen los cien años de su nacimiento. Habrá ocasión, a lo largo del año, de recordar su figura y su obra, tan íntimamente ligada a nuestra provincia.

La relación de Criado con Guadalajara se inicia porque su padre era de Rebollosa de Hita, y allí pasó su infancia: desde la puerta de su casa, se veía el cerro de Hita, al fondo. Eso le marcó la vida. Luego vivió en Madrid, desarrolló su actividad universitaria en la capital, y en sus centros culturales se movió siempre con el respeto de todos.

Adquirió un molino en la Alcarria, en el valle del río Badiel, junto al monasterio de Sopetrán, y allí también disfrutó del descanso y las charlas con amigos. Su mujer Isa siempre le acompañó y ayudó en sus proyectos.

Una actividad polifacética

Centrado en el lenguaje (era filólogo por encima de todo) la actividad de Criado parecía no encontrar límites. Entre sus títulos, están los de profesor e investigador en el C.S.I.C., editor de revistas especializadas, conductor de un programa de televisión para enseñar español a los españoles, interesado en los orígenes del lenguaje llegó a escribir cientos de artículos sobre el tema. La palabra correcta, la belleza del lenguaje: esto es lo que perseguía el profesor Criado.

Literatura medieval

El interés por la lengua le llevó a estudiar a los autores antiguos, españoles especialmente, castellanos singularmente. Entró en el “Libro de Buen Amor” y allí quedó enganchado para siempre. Raptado por el estilo, por sus mensajes, por el misterio del autor. Dedicando su vida entera al estudio de las páginas y los conceptos, a la búsqueda de la identidad de Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, que llegó a desvelar en teoría esencial e irrebatible.

También se ocupó de Cervantes, de su “Quijote” y de su lenguaje, de esa “conversación continua” (un diálogo clásico sin más) entre dos personajes que parecen salirse del libro y estar con nosotros: Alonso Quijano y Sancho. Y luego San Juan, y Santa Teresa, y Fernando de Rojas, y la Celestina…

Criado de Val fue el impulsor de los estudios sobre literatura española que más aplausos y reconocimientos ha recibido en América, en Europa. Sin duda una personalidad estudiosa, todavía poco estudiada.

El Festival Medieval de Hita

En 1961 cuaja la idea capital de Manuel Criado, la de trasladar a la realidad la fantasía imaginada del “Libro de Buen Amor”. Y no duda en situar en la villa de Hita, en sus cuestas y en las laderas de su cerro, el alegre bullir de los asuntos y personajes que palpitan en esa obra.

Nace así el “Festival Medieval de Hita” que él alienta durante largos años, y que afortunadamente sigue vivo todavía. Con su esfuerzo, su pasión, sus saberes. Escribiendo los textos de las piezas de teatro que se representan. Convenciendo a músicos para que creen el sonido medieval que corresponde. Llevando sillas de un lado a otro. Contándoselo a cientos, a miles de profesores norteamericanos… el Festival Medieval de Hita es la obra –titánica- de un hombre con fe, con ganas, con voluntad modélica.

La Caminería Hispánica

Otra de las ideas claves de Criado de Val, [seguro estaba de su importancia en la cultura de nuestra nación, que es cultura transmitida sobre la faz entera de la tierra] fue la de estudiar y profundizar en el tema de la “Caminería Hispánica”. Conocer los caminos, andarlos, analizarlos, mejorarlos. A través de vías romanas, de puentes, de rutas marítimas, de secuencias literarias.

El profesor Criado de Val es el creador de la definición de “Caminería” que finalmente recogió la Real Academia Española. Y es esta: Caminería. f. Suma de los elementos que componen el camino, el caminante y su entorno.
2. Estudio de las vías de comunicación, de su relación con el entorno geográfico y social y con los itinerarios históricos y literarios.
Está claro que la Caminería Hispánica es la suma de los elementos que componen los caminos, los caminantes y sus entornos a lo largo y ancho de España, de toda la América que habla español y de toda aquella tierra del mundo por donde lo hispánico, en modo muy general, ha tenido su voz y su influencia.

Decenas de Congresos, miles de congresistas

En Guadalajara inició los Congresos Internacionales de Caminería Hispánica, que llegó a celebrar (primero en Pastrana, luego en Guadalajara, y al final se expandieron con ediciones en París, en México, en l’Aquila (Italia), en Buenos Aires, en Cádiz…) y a conglomerar en su torno a cientos de investigadores, estudiosos del idioma, de la geografía, del arte, a ingenieros y políticos… debería ser considerado este tema como uno de los cementos que más han colaborado a la consolidación de la “marca España” y a su relevancia cultural contemporánea.

Todos los Congresos de Caminería han quedado registrados, con sus aportaciones, en libros voluminosos de actas, en discos digitales, en memorias de unos y otros. Finalmente, el gran “Atlas de Caminería Hispánica” remató esta ingente tarea de don Manuel.

 

Historia de la villa de Hita y su Arcipreste

Historia de la villa de Hita y su Arcipreste

 

 

Los libros de don Manuel

Un filólogo practicante, un apasionado de las letras, al fin es lógico que él mismo acabe construyendo mundos nuevos que cuajan en libros. Entre la multitud de obras que dejó escritas y publicadas, conviene aquí relacionar las más directamente afectas a Guadalajara.

Sin duda sería la “Historia de Hita y su Arcipreste” la obra capital, en este sentido local y querencial, de don Manuel. Primera edición de Editora Nacional, en 1976, que agotó sus existencias pronto porque se regaló mucho. Y segunda edición, de Aache , en 1999, que suma adeptos cada vez que alguien nuevo la lee: es la historia de la villa, de sus gentes, y el análisis definitivo de su Arcipreste.

También dedicó a Cervantes numerosos estudios, al Quijote, a las Novelas ejemplares. En “Don Quijote y Cervantes, de ayer a hoy” reúne numerosos artículos publicados antes en revistas filológicas, erigiendo una teoría nueva sobre la gran novela cervantina, considerándola un clásico diálogo.

Y en relación con la tierra alcarreña, es fundamental recordar el primer tomo (el único editado) de sus “Obras Completas”. En casi mil páginas, se incluyen las más de treinta obras y versiones clásicas teatrales representadas en los Festivales Medievales de Hita a lo largo de los años.

En definitiva, creo que es hora de acordarnos de esta personalidad que, al igual que otras en el pasado año, han definido con su personalidad neta y su obra ingente los límites de Guadalajara, cada vez más anchos gracias a personas como don Manuel Criado de Val, quien a lo ancho de cien batallas y sobre todo a lo largo de mil caminos, han dado vida y sustancia a este terreno en que habitamos.

Cisneros en Guadalajara

cisneros en Guadalajara

Centenario de la muerte de Cisneros

Este año va a sonar Cisneros. El político y eclesiástico que con su empeño abrió muchas puertas a la historia y al ser de España. Se celebra, allá para noviembre, el quinto centenario de su muerte. Ya estaba enfermo cuando acudió a recibir a quien venía, desde Flandes, a ser rey de Castilla, por muerte de su abuela Isabel y de su padre Felipe: el que llegaría a Emperador Carlos, avanzaba desde Asturias por Castilla. Y el Cardenal Regente don Francisco Ximénez de Cisneros le esperaba en Roa, donde con el frío castellano se agravaron sus males y murió. Fue un 8 de noviembre de 1517. Va a hacer, este año, cinco siglos de aquello.

Quien fuera Cisneros

Nacido en Torrelaguna, en 1436, cuando esta villa perteneciente al señorío de los arzobispos de Toledo, formaba parte de la provincia de Guadalajara. Primer dato a tener en cuenta. Aunque está situada en plena campiña del Jarama, río también originario de nuestra Sierra Negra.

Pertenecía Cisneros a una familia de la baja nobleza, pero aún tuvo poisibilidades de cursar estudios, de teología y derechos, en las Universidades de Alcalá y Salamanca, y aun luego de trasladarse a Roma. Con las órdenes recibidas, joven aún, en 1471, fue nombrado Arcipreste de Uceda, aunque su evidente y ya temprana personalidad reformista le llevó a enfrentarse con la curia toledana, y acabó en prisión.

Poco después, en 1480, gracias a la amistad entrambos trazada y con el apoyo del magnate alcarreño don Pedro González de Mendoza, este le nombró Vicario General de la Diócesis de Sigüenza, estando en ese cargo (que era tal como ejercer de obispo delegado, ante la ausencia permanente del purpurado mendocino) hasta 1484, en que las ideas reformistas y la espiritualidad sincera de Cisneros le llevaron a ingresar en la Orden de San Francisco.

En ella pasó ocho años dedicado al ejercicio de la pobreza y la oración, sin olvidar el estudio y la talla de sus ideas reformistas, porque vista desde dentro la vida religiosa, y teniendo en cuenta el progresivo estado de inquietud en algunos espíritus sinceros, el objetivo de Cisneros fue desde entonces acometer una gran Reforma, desde el catolicismo estricto, de la vida religiosa. Y todo ello lo hizo estando como fraile en el convento de la virgen de la Salceda, en plena Alcarria de Peñalver y Tendilla.

Ese año de 1492, tan cuajado de acontecimientos en Castilla, es llamado por la reina Isabel para que ocupara el cargo que acababa de dejar libre fray Hernando de Talavera por su nombramiento como Arzobispo de Granada. Ximénez de Cisneros pasaba así a ser el confesor de la reina, y de inmediato, y vista su energía y claridad de ideas, le fue concedido el puesto de Arzobispo de Toledo, primado de España, señor de tierras y de almas. Desde ese puesto, ya sin trabas, inició la reforma pretendida desde mucho antes, sobre la orden franciscana inicialmente, y luego sobre el resto del clero, para eliminar privilegios, prebendas y malos usos. El tema, como es lógico, fue muy mal recibido en los ámbitos eclesiásticos tradicionales, pero los sínodos de su diócesis celebrados en Alcalá de Henares (1497) y Talavera (1498) acabaron por respaldar las ideas del arzobispo.

Tras la muerte de la reina Isabel, en 1504, Cisneros fue encargado de ocupar la Regencia de la nación. Partidario de Fernando como rey de Aragón, y su aliado en Castilla, impidió el acceso al trono de Felipe el Hermoso, marido de la heredera doña Juana. Fue el rey Fernando quien le consiguió, en Roma, el capelo cardenalicio, y quien le designó también Regente de su reino, al morir en 1516, de tal modo que cuando de inmediato, en 1517, el nieto de los Reyes Católicos, Carlos de Gante, fue reconocido como rey en Castilla y Aragón y en todos los territorios dependientes de los dos reinos, se dispuso a venir a España, Cisneros acudió a su encuentro, y murió en el camino. El de Carlos fue allanado de inmediato, pasando a ser rey de España, y de su Imperio.ç

Cisnero, poco antes, había llevado a cabo dos de sus grandes objetivos: la conquista militar del norte de Africa (las campañas victoriosas de Mazalquivir, en 1507, y de Orán, en 1508, y algo antes la fundación de Estudio General o Universidad de Alcalá (1498), donde se alcanzó, años después, su gran objetivo, la edición de la Biblia Políglota Complutense (entre 1515 y 1517).

Canciller y promotor del saber

Entre las muchas razones que llevaron a Cisneros a promover la realización y edición de la “Biblia Políglota”, están estas frases suyas:

para que todo estudiante… pueda tener… los textos originales… y ser capaz de apagar su sed en las mismas fuentes que fluyen hacia la vida eterna… hemos ordenado que se impriman las Escrituras en sus lenguas originales… acompañadas de su traducción… para lo cual [hemos usado] los manuscritos más exactos y antiguos.

Desde muy joven, tuvo por objetivo reformar la vida religiosa, aumentar el conocimiento y saber de los eclesiásticos: esa promoción de la vida ordenada, de la legalidad más absoluta, del respeto a todos, de aumento del saber y el conocimiento, es lo que movió siempre a Cisneros, hombre austero él mismo, impecable, recto y severo a un tiempo. Una personalidad de las que nunca han caído bien a nadie, pero que –reconozcámoslo- son imprescindibles para que una sociedad funcione.

Uno de sus objetivos desde la Regencia fue erradicar la opresión de los pobres y la malversación en los cargos. Eso supuso que el rey Fernando le nombrara Inquisidor General del reino. Y, como capitán general y regente, su idea evangelizadora fue tan lejos como la de eliminar cualquier rastro de islamismo en la Península, siendo severo con las prácticas de los moriscos que quedaron en el reino de Granda, y avenzando en la idea de tomar posesión de las tierras del borde africano del Mediterráneo, con el objetivo claramente estratégico de evitar nuevas invasiones hacia la Península. De ahí el golpe de Orán, en 1508, recibido con aplauso en toda Europa.

Otro de sus grandes proyectos, rematado en vida, aunque muy en precario en cuanto a edificios, fue la Universidad de Alcalá, en la que él quería una enseñanza moderna, abierta, y popular. Cuarenta y dos cátedras (6 de Teología, 6 de Derecho Canónico, 4 de Medicina, 1 de Anatomía, 1 de Cirugía, 8 de Filosofía, 1 de Filosofía moral, 1 de Matemáticas, 4 de griego y hebreo, 4 de Retórica, y 6 de Gramática) formaron de inicio los estudios, a los que muy pronto se apuntaron 7.000 alumnos. Su gran proyecto inicial, la Biblia Políglota, que optaba al mérito de ser leída por todos a partir de sus lenguas originales, pudo verlo terminado, en 1517, poco antes de morir. Lo que no pudo ver fue el gran complejo universitario, y la capilla dedicada a San Ildefonso, donde finalmente quedaría sepultado, bajo el solemne sarcófago de mármol tallado, en Italia, por Doménico Fancelli en su inicio, y por Bartolomé Ordóñez en su remate. Enterramiento imponente que hoy (vacío de sus restos, que permanecen en la catedral complutense) puede admirarse en su querida Universidad.

A la que pretendió que viniera, como profesor contratado, Erasmo de Rotterdam… lo que da idea clara de cuales eran sus intenciones. Renovación hasta el fondo de una sociedad y una curia que nunca le gustó a Cisneros, y que por cambiarla y mejorarla trabajó siempre. Esa España de resistencias, de esquivas miradas, de “te vas a enterar…” y de “quien se habrá creído este que es…” volvió a renacer tras la muerte de Cisneros. Y, por supuesto, Erasmo no pisó nuestro país. Le daba miedo.

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Cisneros en Guadalajara

La relación de Francisco Ximénez de Cisneros, cardenal de Santa Balbina, título otorgado por el Pontífice humanista Julio II, con la tierra de Guadalajara fue siempre muy estrecha. De ahí que podamos aún considerarle “uno de los nuestros”.

Nació en Torrelaguna, a la orilla del Jarama, en territorio entonces perteneciente a la provincia de Guadalajara. Su familia, de terratenientes de la baja nobleza, y nada ricos, contó con algunos otros eclesiásticos, y dos hermanos agricultores.

Su amistad o protección, con el Cardenal Mendoza, a la sazón Obispo de Sigüenza, le consiguió un puesto de relieve en la diócesis, el de Vicario General y Capellán Mayor. Durante cuatro años gobernó Sigüenza, su ciudad, su catedral, su señorío y diócesis, en nombre de don Pedro González. Quizás lo vivido en esos cuatro años le sirvió de revulsivo para adoptar una postura radicalmente opuesta en su siguiente etapa vital.

En el convento de La Salceda, entre los términos de Peñalver y Tendilla, se encerró como humilde fraile franciscano durante ocho años más, de 1484 a 1492, en que la reina Isabel le rescató como su confesor personal, para ascenderle al año siguiente a Arzobispo primado en Toledo. Poco se sabe de lo que Cisneros hizo en La Salceda, pero no es difícil colegirlo, cuando el salto que dio al finalizar esa etapa fue tan mayúsculo. Estudio, escritos, reformas… todo lo cuenta, en definitiva, su mejor biógrafo, el alcarreño Alvar Gómez de Castro, en su “De rebus gestis a Francisco Ximeno Cisneros”.

En definitiva, una vida intensa, una figura fundamental, ahora recordada en el quinto centenario de su muerte, y tan unida a nuestra tierra de Guadalajara.