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Las danzas de Valverde, revisadas

Danzas de Valverde de los ArroyosMañana sábado 9 de junio, en la localidad serrana de Valverde de los Arroyos, se presentará el libro “Las Danzas de la Octava del Corpus de Valverde de los Arroyos” por parte de sus autores, José María Alonso Gordo, y Emilio Daniel Robledo Monasterio. Actuará de presentador el periodista Raúl Conde Suárez, y están invitados todos los vecinos y forasteros que quieran disfrutar de la primera jornada de estas Fiestas de la Octava del Corpus que hacen brillar cada año a Valverde.

En esta ocasión, y a la espera de que el domingo salgan los danzantes ataviados a la clásica y colorista usanza, será festejado como corresponde el trabajo de dos valverdeños que desde hace muchos años han dado pruebas de su amor al pueblo, y resultados fehacientes de su trabajo meticuloso en cuanto a recogida de datos y elaboración de propuestas.

Las Danzas de Valverde

Lleva la fama Valverde de los Arroyos, merecida y bien anclada en el subconsciente popular además de por los paisajes y su aspecto serrano, por las fies­tas de la Octava del Corpus. Que son la que se celebran pasado mañana, por ser el domingo siguiente a la octava de la festividad del Señor, esto es, diez días justos después, siempre en domingo. Esta es la fiesta que centra todo el folclore, riquísimo y vario, muy peculiar, que posee este enclave de nuestra sierra.

A esta fiesta le dan vida el grupo de danzantes con su botarga. Son ocho en total, y portan una vestimenta muy peculiar, consistente en camisa y pantalón blanco, cuyos bordes se adornan con puntillas y bor­dados; en el cuello se anudan un largo y coloreado pañuelo de seda; el pantalón se cubre con una falda que llega hasta las rodillas (sayolín) de color rojo con lunares blancos estampa­dos. En la cintura se coloca un gran pañuelo negro sobre el que aparecen bordados, con vivos colores, temas vegetales. El pecho y espalda se cruzan con una ancha banda de seda que se anuda a la altura de la cadera izquierda. Los brazos se anu­dan también con cintas rojas más estrechas, y en la espalda, pendientes de una cinta transversal, aparecen otras múltiples de pasamanería. Sobre los hombros hay flores.

La cabeza se cubre con un enorme gorro, que se adorna con gran cantidad de flores de plástico, presentando en su parte frontal un espe­jillo redondo. Quizás sea ese, por fijarnos en algo en particular, el más característico de los elementos que les subrayan. Calzan sus pies con alpargatas anudadas con cinta negra. Les acompaña «el botarga» ataviado con un traje de pana en que alternan los colores marrón, amarillo, rojo y verde. En la cabeza una gorra compuesta de varios trozos de tela dispuestos radialmente, rematados en una borla roja.

Finalmente, forma también parte del grupo el «gaitero». Ataviado con traje de fiesta, de chaqueta y pantalón oscuro, corbata discreta y camisa blanca, sin tocar, cruzando el pecho gruesa correa de la que pende el tambor, y sujetando en su mano derecha el palillo, y en la izquierda la flauta o «gaita», pieza metálica de agujeros hecha con el cañón de una antiquísima escopeta.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

La fiesta comienza con una misa, a la que asisten los dan­zantes, sentados en el presbiterio, y tocados con sus gorros ante el Sacramento que porta el sacerdote, bajo palio, escol­tado de los danzantes, el botarga y el resto de los hermanos de la cofradía. En la plaza Mayor se expone el Sacramento, sobre una mesa y ante una casa, que forma el «monumento» de colchas y flores rodeado. Luego suben hasta la era, un alto prado sobre el pueblo, rodeado de las altas montañas entre las que destaca el poderoso Ocejón, y allí danzan ante el Sacramento varias veces, formando el baile de «la Cruz», que se ejecuta al son del tambor, la flauta y las castañuelas que hacen sonar los propios danzantes. Luego se baja a la plaza, y allí se ejecutan otros bailes rituales: «el Verde», «el Cordón», «los Molinos» y «la Perucha», de paloteo y cintas, de gran belleza plástica, acompañadas del monótono y peculiar sonido del músico. Entre una y otra danza se realiza la «Almoneda» de las roscas, que van colocadas en una especie de árbol gigante.

El libro que se presenta

Un total de 372 páginas forman estas “Danzas de Valverde de los Arroyos” en formato de un libro grande, de 17 x 24 cms., cargado de cientos de fotografías en color. Se complementa con extraordinarios dibujos de Angel Malo Ocaña, que presiden el inicio de cada capítulo, y lleva un Prólogo cargado de sabiduría firmado por Joaquín Díaz, uno de los más reputados entendidos del foclore español.

Empieza el texto con una situación al lector del lugar en que se centra la acción: “Nos encontramos en un pueblo escondido entre las laderas del pico Ocejón, a 1.255 metros de altitud, y rodeado de cumbres…” Ya solo con echar un vistazo al Indice, el lector se percata de la amplitud del tema y de la meticulosidad de su estudio. Nada ha quedado fuera de la lupa de los autores. que bordan la obra por dos caminos: el de ser naturales de Valverde, y haber crecido entre el sonido de los instrumentos serranos, y el de ser rigurosos analistas de la fiesta que tratan, en la que llevan de un modo u otro comprometidos toda su vida.

Así empiezan con “La Octava del Corpus” a hacer un análisis de la fiesta de Valverde y de otras similares, haciendo por ejemplo alusión al nombre popular de “Coronados” que se le daba a los cofrades.

Sigue luego el capítulo de “Las danzas rituales” de origen medieval y las analizan una por una. Allí aparecen las danzas de castañuelas, la danza de la Cruz, El Verde y El Cordón, siguiendo luego la relación de danzas de cintas y finalmente las danzas de palos: “El Capón”, “los Molinos” y “La Perucha” de la que transcriben letra y música. Dicen al lector cuanto saben de las danzas perdidas, y de las danzas parcialmente recuperadas, como “El Garullón” y “Las Campanillas”.

Ponen el foco seguidamente sobre el grupo de los danzantes: el gaitero, el botarga, el registro, los danzantes propiamente dichos, y los niños danzantes. Hay referencias genealógicas, nominales, entrevistas a los que permanencen vivos… y en general se constituye esta parte del libro en una vibrante demostración de cariño y admiración por estos protagonistas.

Luego se adentran los autores en la descripción del “Vestuario y accesorios de la danza”, con profusión de fotografías y dibujos, todo en color. Terminando con una historia y relación de acontecimientos en los tiempos actuales.

Finalmente nos ofrecen un interesante estudio, quizás la parte más valiosa del libro, en el que se viaja a la comprensión de otras danzas, en la Región, en la provincia, en la Serranía, con utilización de flores, de cintas y espejuelos, más el tamboril, la gaita y la dulzaina, la conexión con el folclore segoviano, etc.

Un amplio repertorio de referencias de hemeroteca, con comentarios de otros escritores, más las convlcusiones y una exhaustiva bibliografía sirven para redondear esta obra que no dudo en calificar de definitiva, porque es imposible aportar ni un solo dato más en torno a estas “Danzas de la Octava del Corpus de Valverde de los Arroyos” que añaden este año el interés de cumplir nada menos que 450 años de la fundación de su Cofradía.

Una ocasión de volver a Valverde, y una posibilidad de adentrarse en el conocimiento definitivo, completo, asombroso, de estas danzas y de las gentes que las hicieron posibles.

Viajes para mayores por la Alcarria

pastranaEstá demostrado que la actividad viajera y excursionista de la Tercera Edad está siendo estimulada y es aceptada por ese sector de la población con aplauso y ganas. Cada vez son más los grupos que se lanzan, a lomos de un autobús, o incluso en el tren, a conocer la provincia, las mil ofertas culturales de Madrid, o incluso los espacios interesantes de España toda, y aún de Europa. A ellos van dedicadas ahora estas propuestas.

A propósito de un libro sobre “La importancia de la Tercera Edad” que acaba de ser editado en nuestra ciudad, y que tiene algunas ideas muy interesantes, me propongo ofrecer a los grupos “de mayores” que andan pensando en ver cosas interesantes de nuestra tierra, un par de viajes de esos que se pueden hacer llenando a rebosar un día.

Puede ser el primero un viaje a Pastrana. Está cerca, y da para entrener el día entero, comida incluida en la villa ducal. Y el segundo lo dejaría también en la Alcarria Baja, en directo a Sacedón, pero alargándolo a las ruinas (a veces visibles) de La Isabela, acabando en la Ruta de las Caras de Buendía.

Pastrana en un día

De las muchas cosas interesantes que ofrece esta villa alcarreña, destacan las que consideramos imprescindibles de visitar. Es la primera el Palacio Ducal, que preside en su costado norte, iluminada su fachada por el sol del mediodía, la Plaza de la Hora, escoltada a sus lados por casas soportaladas. El palacio fue mandado construir por la primera señora de la villa (antes Pastrana había pertenecido a la Orden de Calatrava). Dicha señora fue doña Ana de la Cerda, condesa de Mélito, quien en 1545 le encargó al arquitecto toledano Alonso de Covarrubias un proyecto de “casa fuerte” que pegado a la muralla antigua ejerciera de bastión militar al tiempo que de gran palacio renacentista. El proyecto covarrubiesco no llegó a terminarse, pero lo duques siguieron viviendo en el palacio, del que admiramos la gran fachada, presidida por una puerta renacentista en la que se lee “De Mendoza y de la Cerda” que son los linajes de la constructora, y a los costados sendos torreones.

Ingresamos al palacio, muy restaurado, y vemos en su centro el patio, que nunca se concluyó en la idea de Covarrubias, y hoy ha sido adecentado en un sobrio estilo contemporáneo. En su interior se visitan las salas de la primera planta, cubiertas por magníficos artesonados con decoración manierista, y entre sus salas destacando la que fue capilla palaciega, donde santa Teresa puso los hábitos a los primeros frailes de la reforma carmelitana, y el cuarto en el que doña Ana de Mendoza y de la Cerda, primera duquesa de Pastrana, nieta de la constructora, fue recluida por orden del rey Felipe II hasta llegar a tenerla casi emparedada, y donde murió desasistida en 1592. Solo una Hora se le permitía asomarse al balcón cubierta de gran reja que da sobre la plaza. De ahí su nombre.

Seguimos subiendo la calle mayor, recta y estrecha, escoltada de viejas construcciones populares. Y llegamos a la plazuela del Ayuntamiento, donde admiramos el ejemplar clásico concejil, y enfrente la hoy iglesia parroquialque antaño tuvo la categoría de Colegiata, porque los duques en el siglo XVI fundaron para su mayor boato un Cabildo de clérigos, muy numerosos, que colegiados administraban y oficiaban el rito en este templo.

Aunque su origen como templo cristiano data de la Edad Media, y por tanto su parte central es de estilo románico, de aquella época de esplendor del siglo XVI conserva las grandes naves y, sobre todo, la cabecera, que fue levantada a instancia de fray Pedro González de Mendoza, hijo de la duquesa y princesa de Éboli, por el arquitecto carmelita fray Alberto de la Madre de Dios.

En este templo admiramos el retablo principal, obra de Matías Jimeno, con pinturas de santas mártires y la efigie de San Francisco, de cuerpo entero. Bajo el presbiterio, está la cripta donde se conservan los enterramientos de los duques de Pastrana, incluido el de Ana de Mendoza, princesa de Éboli, su marido don Ruy Gómez de Silva, y sus sucesores, muchos ilustres miembros del linaje mendocino.

Imprescindible en este viaje es la visita al Museo de los Tapices, que se alberga en esta iglesia parroquial. Además de numerosas piezas de arte, documentos, tejidos, orfebrería, etc, destaca la colección de los tapices flamencos que a finales del siglo XV fueron tejidos en los Países Bajos, y que tras numerosos avatares aquí pararon, mediado el siglo XVII. Seis enormes paños narran escenas de guerra y conquista, concretamente la de algunas plazas norteafricanas (Arzila y Tánger especialmente) por parte del rey Alfonso V de Portugal.

Ya con el autobús , que puede esperar al pie de la calle Castellana, hemos de seguir rumbo hacia el convento de San Pedro, que también llaman de franciscanos. Enorme construcción de época barroca, hoy convertida en espacio de restauración, pero con huellas precisas y emocionantes del Carmelo Reformado. La iglesia la diseñó fray Alberto de la Madre de Dios, el gran arquitecto carmelita que aquí vivió sus últimos años. En siu interior se conservan dos interesantes museos que deben visitarse, porque los fines de semana están abiertos: el de Recuerdos Carmelitanos (con multitud de piezas, retablos, cuadros, manufacturas varias, relacionadas con la presencia de Santa Teresa y San Juan de la Cruz en esta villa) y el Museo Oriental donde se albergan multitud de piezas biológicas (animales, crustáceos, conchas, pájaros…) traidos del Oriente por los frailes misioneros franciscanos que aquí tuvieron, en el siglo XIX, la sede de su provincia de San Gregorio.

Para terminar, si hay tiempo, ir a la Cueva del Moro, que se encuentra exactamente en la confluencia de la carretera CM-200 que baja hacia Almonacid de Zorita, y luego a Tarancón, con la CM-2007 que lleva a Valdeconcha y Alhóndiga. Se para donde se puede, a la orilla de  la carretera, y a pie subimos la leve costanilla que precede al roquedal en el que se aloja este complejo habitacional altomedieval, un verdadero eremitorio, o aún monasterio, bajo tierra.

De Sacedón a Buendía, pasando por La Isabela

Partimos desde Guadalajara por la carretera de Cuenca, la N-320, que nos lleva pasando junto a Horche y Auñón, hasta Sacedón, donde se hace parada y se disfruta de la plaza mayor, lugar en que puede hacerse el desayuno, al tiempo que se admira la iglesia, obra del siglo XIX, la estatua de la Mariblanca, a la espalda del templo, que procede de La Isabela, y la ermita de la Cara de Dios.

La Isabela

Al salir de la villa, se busca la carretera CM-2000 que nos va a llevar hasta Buendía, en la provincia de Cuenca, pero siempre a través de los paisajes de la Alcarria más pura.

Unos kilómetros más adelante, ya en provincia de Cuenca, se llega a la ermita de San Antonio, en el lado izquierdo de la carretera, entre un bosquecillo. Lugar –cuando había agua- desde el que se disfrutaba una maravillosa vista del embalse de Buendía. Pero ahora, ya seco, el lugar constituye el inicio de la marcha, a pie, no difícil, hasta las ruinas del antiguo Balneario Real de “La Isabela”.

La historia de este lugar es de muchos siglos de evolución. Dicen que conocidos por los romanos, y usados por los árabes, los Baños de Salam-Bir siempre fueron objeto de excursión y alcance de enfermos. En el siglo XVIII, finales, acudió a ellos para recuperar la salud el Infante don Antonio, hermano del rey Carlos IV, quien acudió allí, enfermo como estaba, reumático perdido, a probar suerte. Y tan bien le fue la probanza, que ya decidió acudir con frecuencia, animando a su sobrino el rey Fernando, a que igual hiciera.

Pasada la Guerra de la Independencia, Fernando VI honró el lugar con su presencia, y le quiso poner el título de “La Isabela” en homenaje a su esposa, Isabel de Braganza, con la que varios veranos asistió, alojándose en el palacio que al efecto se había construido en Sacedón, pensando ya en levantar junto al Guadiela un gran centro balneario.

Sería el arquitecto Antonio López Aguado quien recibió el encargo, del Rey y sus ministros, de transformar aquel lugar humilde en un emporio lujoso y atractivo para la Corte entera. En el lugar denominado “Dehesa de las Pozas” comenzóse la edificación de una “Casa de Baños”, que sirvió perfectamente para el uso que había de dársele, añadiendo una nueva población, una pequeña ciudad de ortognales trazas, en la parte alta del entorno. Se construyeron puente (uno de piedra, otro de madera, muy atractivo), y se abrieron grandes cantidades de tierras para repoblarlas de árboles, instalar jardines “regios” y añadir unas amplias huertas que hicieran al lugar autónomo. Numerosos arquitectos colaboraron, convirtiendo “La Isabela” en un lugar monumental, grande y atractivo, un espacio de auténtico lujo donde la Corte se encontraría durante el verano.

 

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

 

Fue en los años de la Restauración borbónica en los que se puso muy de moda, como en el resto de Europa, el “turismo de balneario”. Si unos iban a Baden Baden, otros a Karlovy Vary, y los de aquí a La Toja, en la Alcarria surgieron dos modelos que fueron muy representativos de aquel movimiento: Los Reales Baños de Carlos III en Trillo, y los Reales Baños de La Isabela en Sacedón. En manos privadas, que intentaron hacerlos retables, aunque siempre con grandes dificultades, debido a lo difícil de los caminos para llegar a ellos, y la carencia de comodidades “a la europea” que tenían ambos. Pero vino gente, entre ellos el doctor Marañón, que se aficionó al Sitio.

La construcción por parte del Estado del conjunto de embalses de la cuenca del Tajo, y en particular el de Buendía, supuso la inundación por las aguas del pantano de todo el conjunto de La Isabela, además de la aldea de Poyos. Sus habitantes fueron trasladados a otras poblaciones de España y los edificios previamente desmantelados. Durante muchos años, nada se veía porque las aguas, altas, lo tapaban todo. Pero ahora, cuando el esquilmo de las aguas castellanas ha dejado el embalse de Buendía practicamente vacío, han vuelto a aparecer los restos de este conjunto monumental e histórico.

Y a verlo es a lo que se dedican hoy muchos viajeros, excursionistas, grupos y curiosos, que pueden recorrer el conjunto de La Isabela, ahora en seco, y muy destruido, pero con la capacidad aún de evocar viejos tiempos y antañones relumbres…

Buendía

En Buendía llegará el bus y parará en la calle de ronda, porque al interior del pueblo es imposible acceder con transporte de bulto. Aquí debe visitarse al menos la Plaza Mayor con sus arcadas típicas, y coronada por la iglesia parroquial, que es renacentista, aparatosa. También en el pueblo, conviene callejear, y admirar casonas antiguas, el Museo del Carro, y alguna puerta antigua de la muralla, pues Buendía estuvo por completo cercada y defendida, quedando visibles algunos restos de su antigua cerca.

La Ruta de las Caras

Después de comer, llega el momento de iniciar la excursión a “La Ruta de las Caras”, que se comienza, todavía en coche o bus, a través de un bien señalado camino que parte desde el frontón y la muralla antigua, a través del paraje de La Cespera, se van ganando los cruces y postes señalizadores hasta que sin más problema se llega al bosquecillo donde se deja el coche y se inicia, andando a través del pinar, la “Ruta de las Caras” que es algo distinto y espectacular. Una oferta de turismo y sorpresa por la Alcarria más clásica y desconocida a un tiempo. Hacer esta Ruta supone irse hasta el pinar, de repoblación, en la orilla izquierda del ahora medio seco embalse de Buendía sobre el valle del río Guadiela.

Desde hace unos cuantos años, [desde 1992 concretamente] los madrileños Eulogio Regillo y Jorge Maldonado se dieron a tallar, con monumentales rostros, las rocas oscuras y blandas de este pinar. Los paseos por él eran peligrosos, al estar muy en cuesta y en los bordes del pantano. Pero su pasión artística, y lo bien elegido de los temas y los lugares, dieron paso a un verdadero museo de escultura natural, al aire libre, por lo que enseguida encontraron el apoyo del municipio, y el acondicionamiento del lugar para las visitas. Hoy existen carteles, paneles informativos, postes direccionales, y sendas bien marcadas.

Lo primero que tallaron fue una cara que, sin saber muy bien de qué iba, dieron ellos mismos en llamar “la monja”. Cara mofletuda, sonriente, ceñida arriba y abajo y a los lados por una tela o cenefa que la limitaba. De ahí que, animados, siguieran tallando caras y símbolos, relacionados todos con las religiones que pueblan el mundo. Y así, cuando los viajeros van entre los pinos y las oscuras rocas descubriendo tallas, se encuentran con rostros hieráticos, pero perfectos, de gentes como el Chamán, Krisna, la Cruz de los Templarios, y un tal Chemari que puede ser elevado a los altares (del arte rupestre) en cualquier momento. Además hay, junto a las aguas del pantano, una gran calavera tallada en relieve, y la cabeza de Beethoven entre las ramas de los pinos.

Un primer paseo nos lleva por lo fácil, desde la Moneda de Vida al Chamán. Pero muy bien indicado hay un segundo periplo, más largo, aunque también cómodo, que lleva hasta la Calavera. En total, 30 esculturas de más de tres metros de altura sobre las rocas del pinar de Buendía.  La que más tiempo les llevó a los autores fue la imagen del Chamán, en la que estuvieron entretenidos los escultores durante 4 años, que se dice pronto. Una de las cosas que más impresión causa a los viajeros, es la vida que irradian estas caras. Son severas, hieráticas, pero parecen tener un latido detrás, como si hubiera sangre dentro, o pensamientos, miradas fijas y sabias…

Viajes imposibles

Cueva de los Casares en Riba de SaelicesDesde hace años (50 más o menos) llevo invitando a mis lectores, desde estas páginas, a conocer los lugares más emblemáticos de nuestra provincia de Guadalajara. A describir palacios y templos, a señalar el interés de cuevas y atalayas, a recrearse en fiestas y acontecimientos. Recuerdo ahora seis viajes que he hecho recientemente, y con qué resultados.

El Guildhall de Londres

En la City de Londres no hay distancias. Y a pesar de que mediado el siglo XVII ardió casi al completo, algunas cosas de la vieja ciudad sajona se conservan aún, y otras han sido pulcramente reconstruidas.

Me hablaron, y he visto en las guías londinenses, que existe en pie y en utilización para actos solemnes un local de ensueño, algo diferente a todo: el Guildhall del viejo Londres. Me empeño en ir, aunque me dicen que no se deja visitar a los turistas. Es mentira, no hay nada como insistir.

Como tengo el hotel en Bloomsbury, tomo el metro en la estación de Russell Square, y con solo un transbordo me planto en Saint Paul, desde donde camino diez minutos por el Cheapside y en la cuarta bocacalle, subo por Gresham y en 100 metros me planto en la plaza del Guildhall.

Después de visitar el Museo Municipal de Arte (allí los cuadros victorianos, los prerrafaelistas, intervenciones modernas contra la guerra y la espectacular recuperación del anfiteatro romano de Londres, en visión subterránea y como emergiendo de la oscuridad de los tiempos).

Ya en la calle, pregunto a unos amables vigilantes a la puerta de las oficinas del Ayuntamiento, que después de identificarme me plantan un cartelito de los que cuelgan de una cinta, al pecho, y me dicen por donde ir a la sala grande, al Guildhall deslumbrante y maravilloso. Es ese lugar, esa sala imponente forrada de madera y cargada de escudos, banderas y mausoleos, el lugar en que desde 1411 se reune el consistorio londinense para las grandes ocasiones. Desde 1502, el lugar de “la pompa y circunstancia” del espíritu ciudadano. Una impresión que guardaré toda la vida, y una recomendación: si vas a Londres, no dejes de visitar el Guildhall. Por suntuoso y fantástico que parezca, te dejan verlo.

El palacio del Infantado de Guadalajara

En todas las guías, libros y recomendaciones aparece: el palacio que a finales del siglo XV construyeron los Mendoza, cabeza del ducado del Infantado, para vivir, gobernar y dar envidia a los reyes. Ha sufrido glorias, abandonos, bombardeos… pero ahí sigue.

Estudiado a fondo, propuesto como Patrimonio de la Humanidad, en fachada luce lo más grandilocuente del estilo gótico isabelino con puntas de arabismos, y en el interior, un patio central (el de los leones, que llaman) donde el ingenio de Juan Guas y de los hermanos Egas se colma con tallas de leones y grifos, de escudos y timbres. Una gloria del arte. Y aún hay más: unas salas inferiores cubiertos sus techos por pinturas manieristas del italiano Cincinato, declarando la filosofía del humanismo y la gloria del apellido.

Todo esto me ha sido imposible verlo (volver a verlo) desde hace tres semanas. Porque se ha cerrado al público, y a las visitas, al parecer porque se encuentran en peligroso estado las vigas que se añadieron tras su restauración, hace 60 años, de los efectos de la guerra. El emblemático edificio de Guadalajara, y reclamo turístico principal de la ciudad, no puede visitarse. Y lo peor es que no hay fecha de reinicio. Todo es quizás, no se sabe, ya veremos…

El Beguinage de Amsterdam

Este invierno he ido por primera vez a Amsterdam, la ciudad nórdica que no se parece a ninguna otra y mantiene, en su almendra central surcada de canales, el espíritu de un viejo burgo mercantil e intelectual del corazón de Europa.

Entre las mil cosas que han de verse allí, no quise pederme un rato en el corazón del Begijnhof, el monasterio femenino de las beguinas, o mujeres solas dedicadas a la caridad. Es difícil de encontrar, pero te sientes feliz al estar en su gran patio central.

Si conoces Amsterdam, sabes donde está el Centro, la plaza Dam, con su catedral y su palacio real. De allí bajas por el Rokin, y al llegar al canal tuerces a la derecha por Spui, y en su plaza, que está presidida por la vieja universidad, encuentras enseguida un portalito por donde se entra: primero ves la iglesia reformada inglesa, y después el prado del Beguinaje, con la pequeña BegijnhofKapel, donde un par de mujeres venden recuerdos. Paz y silencio, y un viejo lugar tradicional más que te llevas en la memoria (y en las fotos digitales).

El monasterio de Monsalud en Córcoles

En plena Alcarria del Infantado, en un estrecho valle que desde los altos planos cerealistas baja al Guadiela, asienta desde el siglo XII una conjunto de edificios que fue desde sus inicios levantado para albergar una congregación de monjes del Císter, colaboradores con la monarquía de la Reconquista y la Repoblación.

Es el monasterio de Monsalud, centro de peregrinaciones en la Edad Media, y lugar de recepción de las nuevas artes, la cultura y el estudio. De ese monasterio, que ofrece una gran iglesia de estilo gótico, una sala capitular íntima y espectacular, y un claustro renacentista opulento, a más de muchas otras estructuras, se han hecho estudios, se han escrito libros y se ha alcanzado a realizar una más que aceptable restauración, tras estar dos siglos derrumbado.

Es quizás la más meridional de las antiguas abadías benedictinas de España, y últimamente se podía visitar tras la restauración y acondicionamiento hechos. Desde la pasada semana, esto es imposible. Nadie se encarga ya de abrirlo y enseñarlo. Quien haya planificado una ruta de admiraciones por esta Alcarria de Guadalajara (sí, la de Cela, porque en su “Viaje a la Alcarria” el Nobel gallego pasó ante las ruinas de Monsalud) ya no podrá visitarlo. La Consejería de Cultura del gobierno regional ha decidido cerrarlo, no sabemos con qué perspectivas. Otro espacio de nuestra secular cultura que no puede ser admirado.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

Las Cuevas de Valporquero

En el norte de la provincia de León, casi frontera con Asturias, en lugar abrupto, muy verde, húmedo siempre, y a través de carreteras estrechas, empinadas y con mil curvas, puedo uno llegarse hasta Vegacervera, desde donde sale el camino, asfaltado, que lleva a la Cueva de Valporquero.
He hecho este viaje recientemente, con un grupo de amigos y amigas de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Guadalajara. Justo el número de visitantes que aceptan cada día, 30 personas. Un guía nos ha acompañado por el recinto, espectacular. Tras visitar un pequeño centro de interpretación, atravesando un túnel en descenso, penetramos en la Cueva, perfectamente preparada con pasarelas, barandas y luces para su admiración. Hay que ir con cuidado, pero admite todo tipo de visitantes no inválidos: los techos, de los que cuelgan poderosas estalactitas, los ciclópeos muros en los que se siente el latido del planeta, y las formas caprichosas de la roca modelada por las aguas durante millones de años. Una experiencia inolvidable, que recomiendo a mis lectores que repitan.

La Cueva de los Casares en Riba de Saelices

En las guías de Guadalajara (tanto las editadas por Diputación como por la Junta de Comunidades, y por supuesto en libros más completos de otra editorial alcarreña) aparece un reclamo turístico en la “Guadalajara Celtibérica” que no debe dejar de verse: es la Cueva de los Casares, a escasos kilómetros de Riba de Saelices por camino de tierra. Hemos intentado visitarla, pero en el pueblo nos dicen que no puede ser, que lleva varios meses cerrada, y que no saben cuando volverá a abrir. Al parecer, según comentan, no hay guías, o no hay dinero para mantenerla… el caso es confuso, pero el resultado es lastimoso.

Porque la Cueva de los Casares es junto a las Cuevas de Altamira, El Castillo y un par de ellas más, de lo mejor que España posee en punto al arte paleolítico, cargada de grabados rupestres, con miles de años de antigüedad, representando animales, incluso seres humanos en actividades cotidianas… sin embargo, esta es la única que no admite visitas. Una decepción más…

La sorpresa de El Salvador

Interior de la Iglesia de El Salvador, con un mosaico de RupnikEntre los muchos elementos que conforman el patrimonio artístico de la ciudad de Guadalajara (muchos en progresivo deterioro, por abandono, o mala suerte) surge ahora un nuevo aporte, que descubrí de casualidad hace unos días, y que quiero destacar aquí, y animar a que sea contemplado y admirado como debe, por mis lectores. Se trata del gran frontal que Rupnik y su equipo han creado para decorar el ancho presbiterio de la iglesia de El Salvador de Guadalajara.

Hace unos días, de esos pocos que han sido de primavera de verdad, me eché a la calle a andar, simplemente. Yo no suelo hacer a las cosas a lo tonto, sin más, porque sí. Yo cada día me planto ante la vida y lucho contra mi destino, que es único, y seguro. Que es la muerte. Pero que trato de sortear, de alargar su venida. Y una de las formas más seguras de hacerlo es luchar contra el sedentarismo. Andar, pasear, correr, y los etcéteras que se le quieran añadir.

De ahí que primero me pasé por la FARCAMA que la Junta ha instalado este año en la Plaza de España, adherida a las fachadas del Palacio del Infantado. No es mal sitio, pero hubiera estado mucho mejor instalarla en el Paseo de la Concordia. Aunque sea este un lugar de recreo y paseo para los guadalajareños, tampoco pasa nada porque cuatro días al año lo ocupe una gran Feria de Artesanía como es la FARCAMA. O como pueda ser la Feria del Libro, o algunas otras manifestaciones, muy limitadas en el tiempo. Al pueblo guadalajareño le gusta pasear por la Concordia, y más si tiene un motivo por el que hacerlo, visitando algua Feria.

El caso es que la FARCAMA me gustó, aunque tuviera añadidos artesanos de otras regiones españolas, o se plantaron entre ellos los típicos productores de artículos alimenticios, aunque, bien mirado, tambiénn la gastronomía es artesanía… había dinero para montarla a lo grande y así se hizo. Protegiendo, de paso, el tejido empresarial (siempre minúsculo, familiar, infatigable) de los artesanos.

Subí la cuesta de entrada a Aguas Vivas, y me acerqué a la iglesia parroquial de el Salvador, a la entrada de este nuevo barrio. Terminada la arquitectura, se ha completado la decoración. Quedé maravillado de lo que ví, y tuve la sensación de estar ante un avance (de arte, de cultura, de pasión por la vida y de apuesta por el futuro) en nuestro catálogo de arte y patrimonio.

Lo primero que hice fue saludar a mi amigo Jesús Mercado Blanco, párroco de El Salvador, y una de esas personas a las que admiro y aplaudo, porque también tienen una clara misión en la vida, y no paran un minuto de ella sin recorrer el camino que les lleva a la cumbre. Le abracé y le felicité. Estaba bajo los efectos de la contemplación de lo que acaba de montarse en ella, un enorme mural de color y mensajes, y estaba feliz en la seguridad de que aquello transmitirá, mientras dure (y espero que sean siglos) el mensaje de la Teología cristiana, que guarda en su interior más Antropología de lo que algunos piensan.

El fondo de la nave, más ancha que larga, de este templo del Salvador, ha sido recubierta por un inmenso panel/sinfonía de variada morfosis, en el que predominan las teselas, de diversos tamaños, formas y materiales, pero en el que también cabe la pintura. Es un gran panel colorista, que transmite sosiego y alienta el espíritu. El espectador (hablo por mí) se siente atraido y cobijado a un tiempo, valorando e interpretando las figuras y escenas que se suceden entre los arcos y volutas de colores y brillos.

Además, se ha añadido al conjunto todo el mobiliario litúrgico que un templo cristiano postconciliar requiere: una mesa de altar, un ambón predicatorio, un crucifijo, un sagrario, y un Via Crucis. Hasta en en la sacristía se ha colocado un fresco sobre el muro más amplio de ella. Todo está realizado con una fondo de piedra blanca, sobre la que destacan los detalles, las iconografía, y los colores.

El gran mosaico de El Salvador

El autor de esta obra es un artista de origen eslavo (más concretamente esloveno), Marko Iván Rupnik, sacerdote, de la Compañía de Jesús, y director del Centro Atletti en Roma. Un gran equipo, por él dirigido, de artistas y artesanos, que están imprimiendo una visión moderna, coloroista, espiritualista, a la decoración de los centros de culto católicos. Entre sus actuaciones en España, destaco (porque la conozco) la decoración mural de la Capilla del Santísimo en la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena en Madrid. Pero también ha dejado su impronta en la capilla de la sede de la Conferencia Episcopal, en la del hospital de la Beata María Ana de Jesús y la del Colegio Mayor San Pablo, perteneciente al CEU, además de media docena de ciudades españolas. El hecho de que Guadalajara acoja, desde ahora, en su templo de El Salvador, una obra de Rupnik, es toda una suerte (a la suerte se la encuentra muy temprano, levantándose pronto, y dirigiéndose a ella sin desfallecer) para la ciudad y provincia.

El día 26 de abril se hizo presentación a la ciudad de esta obra. En ese acto, el propio artista explicó la tarea acometida, su proceso de creación y producción, y, sobre todo, el significado iconográfico que encierra. Me dice don Jesús Mercado que está previsto que sea el 23 de septiembre próximo, el día en que se consagre el templo, (el paso más singular y definitivo para sacralizar un espacio litúrgico) y se dé por inaugurada esta gran obra de arte.

 

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

 

El sacristán de El Salvador, pulcro y elegante, ha explicado al grupo que se ha formado espontáneamente a mediodía el significado de las figuras. Todo tiene un por qué, nada está dejado al azar. Hay mucha representación de las aguas, por la razón de estar, la parroquia, presidiendo la entrada al Barrio de Aguas Vivas, y porque la propia ciudad de Guadalajara tiene su etimología anclada en el agua del río Henares. El primer grupo de la izquierda representa la salvación de la vida de Moisés desde las aguas del Nilo. El grupo central está formado por Jesús, Cristo como Salvador, con un cordero a los hombros, escoltado de su madre, María Virgen, y de su precursor Juan el Bautista. Lleva en la mano diestra un libro en cuyas cubiertas se nos muestra la frase “El que me ve a mí, ve al Padre”. Tras el ambón está la escena de la Sagrada Familia, y en la esquina opuesta aparece San Pedro pescador.

Además hay una curiosa y poco convencional representación del Vía Crucis, en el que las doce escenas del recorrido de Cristo hacia el Calvario se representan en tonos predominantemente anaranjados con imágenes de rostros, rodillas, costados, hombros, y detalles puntuales del recorrido salvacional.

Esta sorpresa, que para mí lo ha sido en toda la dimensión de la palabra, espero que lo vaya siendo para muchos otros alcarreños a lo largo de los próximos meses. El hecho de que la parroquia de El Salvador está siempre abierta, la cercanía que su párroco y colaboradores suscitan en quien a ellos se dirigen, hace que aquello pueda convertirse realmente en un lugar no solo de oración, sino de encuentro, de amistad, y de asombros.

Junto a estas líneas pongo algunas imágenes captadas el día de mi visita. Como no sé si se publicarán en color, o en escala de grises, encomio la viveza de los colores de aquel recinto, para que todos sepan que es una explosión de viveza, de formas alegres y de colores trascendentes.

Sigüenza y alrededores

Plaza Mayor de SigüenzaTenemos estos días entre nosotros al artista catalán Isidre Monés i Pons, que precisamente esta tarde, a las 20 horas, en la carpa central de la Feria del Libro en la Plaza Mayor de Guadalajara, va a presentar el libro que ha ilustrado, dedicado íntegramente a “Sigüenza y alrededores”.

La figura de Monés i Pons es sobradamente conocida por cuantos son aficionados a los comics, y a la ilustración de cromos, revistas y arquitecturas. Un maestro que hoy nos visita.

En la Plaza Mayor ha estallado el color y la palabra que se derraman desde los libros. Como todos los años, la cita con ese amigo imprescindible que es el libro, está garantizada con la asistencia de libreros, editores e instituciones culturales. Y mucho público, que gusta de curiosear y aprovechar algunas oportunidades.

Decorada con gusto y densa de palabras, la Plaza Mayor será durante este fin de semana un espacio de encuentros: de lectores con sus autores, de amigos con los que charlar de ese manantial que no se agota que es la cultura del libro, de las estampas, de los hallazgos y de las emociones que desde cada estantería se derraman.

Personalmente estoy contento porque este año, una vez más, aprovecho la Feria del Libro para dar a conocer un nuevo libro que he escrito, en el que llevaba más de dos años trabajando y que al final ha salido limado, pulido y creo que entretenido. Se titula “Sigüenza y alrededores” y confieso que no fue idea mía el emprenderlo, sino de un buen amigo de Esparraguera (Barcelona) que hizo la mili cuando yo, porque somos quintos. Y que se ha dedicado a andar el mundo, especialmente España, de punta a cabo dibujándola desde todos los ángulos posibles. Acabaré esta colaboración diciendo algo más de Monés. Porque tenerle hoy en Guadalajara es un verdadero lujo para la ciudad.

Sigüenza ciudad

En los alrededores de Sigüenza, como en la ciudad misma, bullen los espacios y edificios que durante siglos han tenido vida y presencia entre las gentes que se han ido sucediendo. Esos monumentales y aparatosos edificios (la catedral, los torreones de la muralla, los templos románicos, los castillos, las salinas, los palacios…) tienen en su entraña cuajada la historia del burgo.

En este repaso que he ido haciendo, de la Alameda a las Ursulinas, de la Catedral al Castillo, me he fijado en los elementos más caracteristicos del burgo. Hay tantos, que no han cabido todos. Pero sí de algunos he desgranado sus iniciso, sus inciertos pasos, su devenir flamante hasta nuestros días.

Ahí están las iglesias de Santiago y San Vicente, mandadas construir por don Cerebruno. Y la catedral, por supuesto, con sus torres, sus campanas, sus gárgolas indecisas, su sacristía de las cabezas, y su claustro. De todos escribo razón y asombro. Con parquedad, para que nadie se canse a la mitad y lo deje. Con la sazón de lo vivido y el empuje para que siga siendo amado.

De cada detalle o edificio (también de la plaza mayor, de la calle mayor, de la fuente de los Cuatro Caños, del kiosko de la música, del arco del hierro, o del humilladero) ha puesto Isidre Monés un dibujo cierto, divertido en ocasiones, pulcro siempre. En técnicas variadas, para demostrar que toca todos los palillos. Hay óleos, lapiceros blandos, pasteles, aguadas y hasta algún óleo. A color muchos, otros en el monocromo severo que pide la ciudad antigua.

No será una novedad para nadie lo que aquí se cuenta, o se muestra. Pero sí que despertará una emoción distinta, al paso de cada página, encontrando al Doncel como un rockero de anteayer, recostado leyendo un libro con la catedral al fondo y llevando un sweter en el que se lee “I [corazón] Sigüenza”.

Será un libro para leer en el balcón, a la sombra en el verano, o entre las orejas de un sillon, junto a la lumbre (o la calefacción) en el invierno crudo de estas tierras.

 

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

 

Alrededores de Sigüenza

El término municipal de Sigüenza tiene 28 pedanías que se corresponden con otros tantos antiguos pueblos. Una superficie de 388,8 kilómetros cuadrados, y una población que ronda los 4.500 habitantes (entre la ciudad y sus pedanías…!) En esos alrededores pedáneos de la Ciudad Mitrada queda también mucha historia y mucho patrimonio acumulado. Atravesando campos, robledales y alborotados rodeznos, hemos andado sus caminos encontrando de todo: castillos, iglesias románicas, plazuelas escuetas como salidas de un cuento, los restos de una vieja fábrica de cerámica, unas salinas medievales aún en uso, ruinas también… y Monés ha encontrado en algunos lugares a su amigo el “pato de la gabardina” que es como ese fantasma que espera seguro y firme a que todos se vayan para ponerse él en medio, y decir al dibujante que “este es terreno sin mancha, bueno para meditar y fumarme un puro”.

De esos castillos, Monés y yo hemos escalado a Pelegrina, a Riba de Santiuste, a Atienza, y le hemos dado algunas vueltas sin mayor problema a los severos contornos de Guijosa y Palazuelos, sin olvidar llegar ante la torre de la Luna en Torresaviñán, la de la Cigüeña en Anguita, y la de los Moros en Riba de Saelices, encima justo de la entrada a la Cueva de los Casares.

El arte románico está impregnándolo todo en este libro, en estos paseos. Así alcanzamos, en el más allá del románico de Pela, la iglesia de Villacadima, pero también nos desviamos a Santa Coloma de Albendiego, nos detenemos ante el capitel de la caza del conejo en Campisábalos, o nos emocionamos junto a la breve discreción de Cubillas, la grandiosa “operación cielos” de Santa María del Rey, en Atienza, metiendo la mano en sus viejas pilas bautismales, o saludando a esos invencibles saltimbanquis de la portada de Santa María del Val..

Y aún por los alrededores sabemos de Barbatona y sus romerías, de la Fuente del Obispo en la Huerta que don Juan Díaz de la Guerra fundó en tiempos de salvación ilustrada, o nos vamos directamente a lo más intrincado del Pinar, repasando en la ocasión los avatares históricos de esa masa forestal.Pero también hacemos algún que otro paseo por Hijes (aquella Plazuela que se quedó en el recuerdo, aquí dibujada y salvada por Monés), las salinas de Imón, el tejar de Alcuneza o los recónditos enclaves de Bochones y La Cabrera.

Hay tanto paseo, tanta anotación, tanto apunte y tanta memoria metida en este libro, que ahora que me pongo a repasarlo me doy cuenta de que está, metido en él, un sentimiento hondo de cariño por Sigüenza y una pasión declarada por enseñarlo todo, y decir alto y fuerte que es este un lugar duro y palpitante, como el corazón, y que os espera.

Fastos seguntinos

De algunos fastos o ceremonias, de algunas sonadas algarabías medievales, y hasta de una sorpresa que nadie se la espera, está también provisto este anaquel que hemos llamado “Sigüenza y alrededores”.

Por ejemplo, dedicamos una página (yo el texto breve y Monés una soberbia pintura de época) a la visita de los Reyes Católicos a Sigüenza, en el otoño de 1487. Otra al recuerdo de los dolores que la reina de Castilla, doña Blanca, padeció entre los muros del castillo de los obispos, donde la encerró sin piedad su marido el rey don Pedro. Otra es el paso solemne de los “Armaos” de la Vera Cruz por las cuestas seguntinas en la Semana Santa de cada año. Y otro aún el recuerdo al quehacer militar (impregnado de señorío, y poder) de los obispos medievales, con una estampa que Monés inventa de un obispo que lleva mitra y armadura, báculo y espada, al mismo tiempo sobre un caballo delante del castillo.

Quizás el dato más sorprendente de este capítulo y del libro todo, sea el que declaro (y Monés transforma en instantánea casi fotográfica) la estancia de don Miguel de Cervantes en Sigüenza, en el mes de marzo de 1569, acompañando a su maestro López de Hoyos, quien a su vez acudía al llamado de su protector el obispo-cardenal (e Inquisidor General) don Diego de Espinosa. Sin duda que el clérigo les llevaría a ver la ya por entonces admirada estatua yacente del Doncel, que ya llevaba sesenta años asentada en la capilla de San Juan y Santa Catalina de la catedral. De esto hará (lo digo por los que toman notas de efemérides señaladas) 450 años al que viene.

Del Doncel tratamos también, y de su casa. Porque entre la plaza y el castillo, de la Alameda al Portal Mayor, y por cualquier rincón al que en Sigüenza nos asomemos, va a surgir la memoria meritada de ser glosada, y el escorzo nítido para ser retratado.

La suerte de conocer a Monés i Pons

Después de todo, creo que el mayor mérito de este libro, y la mayor suerte que los seguntinos han tenido, ha sido la de contar con el trabajo, (que también sé, me consta, meticuloso, largo, concienzudo) de Isidre Monés, retratando edificios y memorias.

Monés i Pons nació en Barcelona, en 1947, y ha desarrollado su enorme labor, reconocida y aplaudida internacionalmente, desde hace muchos años, en la localidad de Esparraguera.

Comenzó como ilustrador, a los 15 años, colaborando en colecciones de cromos. Como historietista trabajó para la editorial estadounidense Warren Publishing, a través de la agencia Selecciones Ilustradas, a principios de la década de 1970, en sus revistas de terror: CreepyEerie y Vampirella. Desde entonces entró en el mundo del cómic, desarrollando entre otras la saga del “Imperio Cobra”.

A principios de los 80 ilustró gran número de juegos de tablero para Cefa: Imperio Cobra, MisTeRio, Alerta Roja, etc. Dedicándose durante 20 años a ilustrar juegos y puzzles de Educa. Es un prolífico portadista de libros para editoriales como Bruguera.

En el mundo del cómic ha aportado muchísimo, con su dinámica capacidad de afrontar cualquier escena. Aportó páginas bélicas y otras de terror, de artístico acabado, para las revistas de la Warren, destacando además como ilustrador publicitario, de libros y discos, y como pintor.
Dibujante de agencias, comenzó a realizar ilustraciones para álbumes de cromos (“Historia de la Navegación”, o “La vuelta al mundo con Bimbo”), y tras trabajar con otro par de agencias, decidió continuar su labor por libre, ilustrando cromos para Bruguera (Historia de la velocidad, Zoo color, Todo), para Ruiz Romero editor y para Ediciones Este (Técnica y acción, Mis casitas).
Hoy son muchos los que ven en Monés Pons el referente seguro de un mundo dibujado, colorista y vibrante. Por delante del arte digital, muy cerca de los grandes constructores de mundos virtuales, con la llaneza de quien tiene técnica, imaginación y todavía estudia.
Por ser un declarado enamorado de Sigüenza, y de Castilla en general, hace un par de años ilustró el cuento “El misterio de la llave de Oro” de Miriam Martínez Taboada. Y para la editorial Aache de Guadalajara, Monés ha realizado ilustraciones en dos de sus libros: “La catedral de Sigüenza” (“Tierra de Guadalajara” nº 101) y este “Sigüenza y alrededores” (“Tierra de Guadalajara” nº 103) que hoy precisamente se presenta en la Feria del Libro de Guadalajara. Una ocasión perfecta, y única, para conocerle.