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Volviendo a admirar los Tapices de Pastrana

Tapices de PastranaEsta semana ha tenido su colofón el bloque de actos culturales que han tratado de conmemorar el 350 aniversario de la llegada a Pastrana de sus tapices, que hoy constituyen una de las joyas destacadas del patrimonio cultural de Guadalajara, y que han sido analizadas de diversas maneras por especialistas en la materia.

Noticia de unas conferencias

En el pasado mes de mayo y los primeros de este junio, se han celebrado en Pastrana, Madrid y Guadalajara una serie de conferencias que han tratado de rememorar la llegada de los tapices a Pastrana, su realización, su significado, su valoración, los avatares que han sufrido a lo largo de los siglos, etc.

Así, el sábado 20 de mayo intervino en el palacio ducal de Pastrana don Luis Herranz Riofrío, con una ponencia sobre “La parroquia-colegiata, custodios durante 350 años de su colección de tapices”, seguida de una comunicación breve de don Ciriaco Morón Arroyo sobre “Nuestros tapices: mis años de convivencia”. Y en Madrid fue luego el 24 de mayo, en su Real Fábrica de Tapices, doña Concha Herrero Carretero quien intervino sobre “Los tapices de Pastrana en el contexto civil y eclesiástico de la Europa del siglo XV”.

En esta semana que ahora acabamos, han sido Miguel Angel de Bunes Ibarra y Esther Alegre Carvajal quienes en el Centro Cultural “San José” de la Excmª Diputación Provincial han hablado de los tapices, al igual que el pasado miércoles lo hicimos Juan Gabriel Ranera Nadador y yo mismo, explicando el significado de los tapices de la conquista de Arcila y Tánger, y el recorrido de los paños por diversos lugares durante la Guerra Civil española. Ayer mismo, jueves, fueron la especialista y reconocida investigadora de estos elementos, doña Margarita García Calvo, y Pepa Garrido Medina quienes concluyeron con sendos análisis el encomio y estudio de estas piezas.

La llegada

Sin entrar en los detalles de la historia de estos paños o “tapices de Pastrana”, sí que puedo decir que estuvieron, tras su fabricación en Flandes, al menos en dos sitios, unánimemente conocidos y aplaudidos. El primer lugar fue el palacio de los duques del Infantado, en Guadalajara, y el segundo, y definitivo, la iglesia Colegiata de Pastrana donde hoy podemos admirarlos.

La llegada a Guadalajara sigue sin estar aclarada, aunque existen un par de teorías acerca de ella. La segunda, está incluso documentada: el paso de Guadalajara a Pastrana ocurrió con motivo de la boda efectuada entre la octava duquesa del Infantado, doña Catalina Gómez de Sandoval y Mendoza, y el cuarto duque de Pastrana don Rodrigo de Silva y Mendoza, verificado en 1630. Años adelante, y por las peticiones recibidas del cabildo de clérigos de la iglesia colegial, de la que eran patrones, además de por el poco aprecio que ya desde hacía años venían manifestando estos señores por sus tapicerías más señaladas, el duque de Pastrana decidió entregar a dicha iglesia los seis tapices en que se contenía la batalla de Tunez, como entonces le decían, para que se colgaran de los muros del templo, y para que allí se dejaran a “su” disposición, sin que quedara muy clara de quien era esa disposición: si de los duques de Pastrana, o de la iglesia colegial de dicha villa.

El caso es que desde 1667 permanecieron estos paños custodiados en el templo mayor pastranero, variando de localización a lo largo de los años, saliendo a las calles del pueblo con motivo de la fiesta del Corpus Christi o de otras celebraciones públicas, e incluso llevándolos a otros templos españoles con motivo de grandes fiestas religiosas. Antes habían salido, en época de la República, para ser restaurados en Madrid, quedando en el Museo del Prado, yendo luego a Ginebra y volviendo a Valencia (trasiegos de la Guerra Civil…) y en un tris estuvo la cosa de que se quedaran para siempre en los almacenes o en las salas de la primera pinacoteca española.

El caso es que tras muchos avatares, los paños de Tánger (las escenas de guerra y conquista africana protagonizadas por el rey Alfonso de Portugal y su corte y ejército) han vuelto, espléndidamente restaurados, a Pastrana, donde pueden ser admirados.

Unas palabras evocadoras

Si Pastrana posee múltiples motivos que justifiquen una visita detenida, tal vez sean sus famosos tapices los que rematen, en polícroma algarabía de azules y carmesíes, el peregrinar asombrado por los rincones de la villa. Tras del palacio de los duques, con su severa fachada del siglo XVI; tras del barrio del Albaicín, de los conventos y casas blasonadas, del ocre pálido de portadas y aleros, la recia presencia de la Colegiata se alza en germen de religiosidad e historia. Dentro, el Museo. El oro, la plata, las paciencias fértiles de los antiguos artesanos. Y, al fin, esos tapices fabulosos, donde la Edad Media canta su glorioso fin, cuajado de elegante guerrear y ardiente celo.

Muchos años, y aun siglos, llevan esos tapices góticos en la Colegiata pastranera. [Ahora vemos que son exactamente 350 esos años]. Su estudio más cabal fue llevado a cabo por dos grandes sabios portugueses, José de Figueiredo y Reynaldo de Santos, quienes en 1915 viajaron a Pastrana y encontraron estas maravillas. El estudio de estas tapicerías, obra cumbre de este arte en el siglo XV, fue así completándose poco a poco, sin que se llegara a una conclusión definitiva en cuanto al modo de su venida a España y a Pastrana, aunque sí respecto a los asuntos que en ellos se trata.

Con la intención de dar por finalizados estos estudios, don Eustaquio García Merchante escribió una obra, en castellano, que venía a recopilar cuanto sobre ellas se había dicho.

Los tres tapices de Arcila y el de Tánger

Los tapices que se pueden considerar unidos en una oferta coordinada y bien secuenciada de hechos, son los que refieren un acontecimiento preciso y bien datado, la semana del 21 al 28 de agosto de 1471, cuando el ejército de Portugal, comandado personalmente por su rey Alfonso [V] y su hijo el príncipe Juan, más la totalidad de su corte guerrera, atacaron militarmente y conquistaron la ciudad de Arcila, en la costa atlántica del norte de África, y a continuación la entrada en la ciudad de Tánger, abandonada por sus habitantes.

Mi intervención el pasado miércoles en este ciclo de conferencias se dirigió precisamente al análisis de esos cuatro grandes paños, que llevan por título, respectivamente, estos temas: “El desembarco de Arcila”, “El cerco de Arcila”, “La toma de Arcila” y “La entrada en Tánger”.

Aunque el análisis minucioso nos llevaría un rato largo, sí puedo decir que la aparición de los temas y los personajes en ellos representados es verdaderamente deslumbrante. Es la primera vez que unos tapices, medievales aún, flamencos, exquisitos, no tratan de religión o mitología, sino que son verdaderas crónicas “periodísticas” de unos hechos ocurridos realmente.

En el primero de ellos se representa el desembarco en Arcila, con tres distintas escenas. En la central aparece, sobre una barca, la figura brillante y majestuosa del rey, vestido de arnés gótico de acero cubierto de brocado de Florencia. Junto a él, su hijo, el príncipe D. Joao, y D. Enrique de Meneses, alférez mayor del Reino. Un par de trompetistas, con casco rojo y jubones azules, adornados sus instrumentos con el escudo portugués, hacen dorar los aires con su brillante sonido.

El siguiente tapiz viene a representar el cerco de la ciudad de Arcila. A lo lejos se ven aún los gallardetes que lucen las naves ancladas en la costa; es curiosa en él la aparición de las primeras armas de artillería (bombardas apoyadas en pies de madera) con que los portugueses se disponen a combatir al moro. También en esta ocasión aparece D. Alfonso V, ahora sobre caballo, y con la ya conocida vestimenta guerrera.

El siguiente paño relata el asalto de la plaza de Arcila, que tuvo lugar el día de San Bartolomé, 24 de agosto, en el año 1471. Junto al monarca y su hijo, otros importantes caballeros de la Corte portuguesa aparecen en esta ocasión: D. Duarte de Almeyda, “el hombre de hierro”, lleva el pendón real delante de Alfonso V; D. Juan de Silva, camarero mayor del infante, era de la familia de la que luego saldrían los duques de Pastrana. Y muchos otros.

En la cuarta obra de esta multicolor colección vemos representada, en tres escenas, la toma de la ciudad de Tánger. A la izquierda aparece la entrada del ejército portugués, luciendo gran aparato militar y de vestimenta, y comandado por el Condestable mayor del Reino, D. Juan, hijo del duque de Braganza y luego marqués de Montemor. En el centro del tapiz aparece la ciudad de Tánger, idealizada por el dibujante, y, finalmente, a la derecha, se ve la salida de los moros de la ciudad, escena en la que el color de los vestidos, los turbantes y los velos forman un conjunto de difícil olvido.

Hay muchas razones para admirar estos conjuntos, y entre ellas la aparición de los emblemas propios de la monarquía portuguesa, con insistencia repetidos sobre su superficie. Así vemos la empresa real, que no es otra cosa que una rueda de molino, de cuyas aspas salen miles de gotas de agua, como lágrimas. Es de plata la rueda, sobre un fondo de gules, y junto a ella aparece la palabra jamais. Otro emblema es el escudo de la dinastía de Avis, con sus cinco escudetes cargados de quinas, el mismo escudo que hoy lleva el estado portugués en su bandera. Y el tercero, más simple, de blanco con la cruz potenzada en rojo, es la cruz de San Jorge, patrón del reino, y al mismo tiempo expresión de la intención últims que esa empresa conquistadora levaba, y que no era otra que la intención de Cruzada, de ir poco a poco, y cada uno por sus medios, reconquistando los territorios antaño cristianos y ocupados por los mahometanos.

Muchas otras apreciaciones se pueden sacar de estos tapices. Pero en todo caso, lo mejor es hacerlo con ellos delante, puestos avizor para no pdernernos ningún detalle, para no dejar de sorprendernos ante las actitudes y los rostros de los protagonistas, y para ir repasando vestimentas, armas, insturmentos de músicas, pendones…

Pasos por la Alcarria

Moratilla de los Meleros

Remate del rollo de Moratilla de los Meleros

Todos los días son buenos para andar la Alcarria. Yo ando por ella todas las semanas: me paro en Trillo, avisto en Alocén las aguas (hoy ya lejanas, mínimas) del embalse de Entrepeñas, como en Durón, en “El Cruce”, y subo la cuesta de Budia, entre chopos y olmos, mirando a lo lejos la altura y grosor del santuario del Peral de la Dulzura. Todo son nombres rotundos, acuosos y antiguos en la Alcarria. Todo son caminos de tierra, carrascales vencidos, nubes como mantos deshilachados, abejas todavía…

Llegamos a Moratilla

Estos días he paseado por algunos lugares muy concretos. Moratilla de los Meleros, por ejemplo. Moratilla es Alcarria pura, es un motivo de exposición antológica. Sumida en un vallejo estrecho y verderón, sus laderas cuajadas de olivos, sus alcarrias espléndidas de cereales, su hondura preñada de hortales mínimos. El caserío desvencijado y sonriente de maderas y desconchones al aire, callejas empinadas, bullicio todavía en los rincones. Su sobrenombre lo confirma. Es la tierra «de los Meleros», de los que se ocuparon en la industria rural y tierna de la miel. Los de Moratilla a producir, los peñalveros a vender.

La picota de Moratilla

Y en esta puerta y corazón de la Alcarria, un pueblo generoso con ancha tradición. A la entrada del pueblo, en el camino que viene desde Fuentelencina, situada a una legua corta de distancia, allá donde sale el sol, está la picota. El símbolo que demostraba un rango superior, el privilegio de ser «villa de por sí» y tener el poder de la justicia sobre sus propios vecinos. En 1580, cuando se enviaron a Felipe II las relaciones topográficas, Moratilla ya era villa y no se recordaba desde cuándo. Lo fue, desde luego, en la primera mitad del siglo XVI, aunque desde muchos siglos antes había sido un punto más en el territorio calatravo de Zorita. En esos días, de final del siglo XVI, la villa de Moratilla tenía unos hombres que hacían su justicia y regimiento, nombrando alcaldes, regidores y alguaciles para el buen gobierno de sus vecinos. Habitantes llegó a tener unos dos millares, y aún más, pues es fama que tuvo grandes talleres de tejidos, además de la tradicional industria melera.

En testimonio de tan recia personalidad jurídica, con un no disimulado orgullo y justificable alegría, los de Moratilla levantaron en los años del Renacimiento hispano el rollo que demostraba su rango de villa. Colocada sobre un altozano en la costanilla de entrada al pueblo sobre el camino de Fuentelencina, «en dirección del primer sol del día», se trata de uno de los más notables ejemplares de picota de toda la provincia y aún de Castilla la Nueva entera. Lástima que, también, cuente entre las más deterioradas. Ello hace que sólo nos sea posible su muy somera descripción, y el aprecio que de ella hacemos más se deba a las sospechas de lo que fue, que a la realidad que se nos muestra.

Sobre cuatro circulares basamentos, dispuestos en escalinata, se alza el monumento, que se apoya en una grande y cúbica basa decorada en sus cuatro caras por sendas figuras masculinas. Tan desgastadas y destrozadas están estas figuras, que hoy es prácticamente imposible reconocer nada en ellas. En una se distingue, difícilmente, un hombre, desnudo, con una gran corna en la mano. Semejantes figuras aparecían en las otras caras del podium. Se trataba, indudablemente, de un simbolismo del número 4, y pensamos en que serían representaciones de las cuatro estaciones del año; o bien de los cuatro vientos (generalmente representados desnudos y con grandes cornas en la mano) o incluso de algunos trabajos de Hércules. Me inclino por la segunda posibilidad, dado el oficio de estas picotas de presidir caminos y «hablar a los cuatro vientos» de un título de villa.

 

rollos y picotas

 

Más arriba, y sobre variadas molduras de clásico dibujo, aparece la columna cuyo fuste presenta dos tipos diferentes de estriación. El capitel que la remata es grande, hermoso, plenamente plateresco. Tallado en él, y sobre la cara que mira al pueblo, una figura agachada aparece con algunas espigas en la mano. Y un fruto, esta picota, de trabajos y de merecimientos.

De los cuatro clásicos brazos que sobresalen de la picota, y cuyo fin remoto y teórico era el de servir de «percha» a los ajusticiados, emergen sendos leones o dragantes, ya muy desgastados, y algunos rotos.

Aún sigue ascendiendo la picota. En ansias de picar el cielo, de ser la más alta y lucida de todas. En otra estructura cúbica se decoran sus caras con rostros diabólicos, muy expresivos. Y sobre ella, otras cuatro facies, esta vez de angelillos, en perenne ascenso. Con formas vegetales se acaba, como en un rizo sempiterno, el monumento.

En el estudio que está por hacer de los rollos y picotas en nuestra tierra alcarreña, este ejemplar de Moratilla destacará eminente y meritorio. No sólo cumple su misión de documento, señalando al pueblo como villa, sino que sus anónimos autores y diseñadores quisieron cuajarlo de mensajes, refundir en él todo el significado que tal título judicial suponía para una entidad poblacional. Es un cartel, una explicación, y al mismo tiempo un alarde de buen hacer de tallista. Lástima que las injurias del tiempo y de los hombres hayan deslustrado tanto su primitivo aspecto, y hoy tenga tal apariencia de tullido, aun con ser un noble elemento arquitectónico. Para el viajero que cruce la Alcarria por Moratilla de los Meleros, será parada obligatoria su vista a la picota.

Llegando a Pastrana

He seguido el camino y me he llegado hasta Pastrana. Pasando antes por Renera (oh, el Ayuntamiento tan clásico y cómodo) y por Hueva (oh, la Casa Consistorial, también amable, con su rollo de piedra en perenne saludo) donde termino visitando los tapices, la colección de paños que es, ya, la más famosa del mundo.

En estos pasados días, se ha conmemorado el 350 aniversario de su llegada a la villa. El pasado sábado hablaron de ellos dos eminencias del arte, la historia y el pensamiento hispano: don Luis Herranz Riofrío, y don Ciriaco Morón Arroyo. Los encomiaron y los definieron, dándoles perfil humano. A la semana que viene, otros serán los que vuelvan a hablar de ellos, en Guadalajara y Madrid, como elementos claves del arte europeo.

En definitiva, un viaje tranquilo, una nueva revuelta de guadalajaras y alcarrias, siempre abiertos los ojos para descubrir cosas nuevas. Con la fuerza que la tierra transmite, la seguridad y el apoyo de cualquier latido.

Visitas reales en Guadalajara

Boda de Felipe II e Isabel de Valois en Guadalajara

Boda de Felipe II e Isabel de Valois en el patio de los leones del palacio de los duques del Infantado de Guadalajara

Mañana sábado, a mediodía, llegará a Guadalajara el Rey de España, S. M. Don Felipe [VI] de Borbón y Grecia. Lo hará acompañado de su esposa, S.M. Doña Letizia Ortiz, y presidirá el homenaje a la bandera, a los que han dado su vida por la Patria, y al Ejército Español que nos defiende. Será su primera visita oficial a la ciudad, como Jefe del Estado, y será aclamado, como corresponde, por el pueblo de Guadalajara. Mañana anotaremos en los anales de la ciudad, la visita del “felipe” que nos faltaba.

 

Con este motivo, me he parado a repasar las visitas que a Guadalajara, ciudad y provincia, han hecho los reyes (primero de Castilla, luego de España, y algún que otro europeo) a esta ciudad y su territorio circundante, encuadrado hoy en lo que es la provincia de Guadalajara.

Trataré de ser rápido y sucinto, porque la lista es larga y daría, casi casi, para un libro. Empiezo por los Trastamara, porque los borgoñas son más difíciles de rastrear, aunque sabemos que Alfonso VII estuvo aquí dándonos el Fuero…

Es en junio de 1370 que sabemos que el rey Enrique II de Castilla anduvo por nuestra ciudad. Llegaría al Alcázar Real, propiedad de la corona, y cabeza de una villa de señorío real, como fue casi siempre la nuestra. Por este edificio, y por la vega del Henares, anduvo también Enrique III, de quien sabemos era aficionado a pasar temporadas en el Monasterio benedictino de Sopetrán, junto al río Badiel.

De su hijo Juan II tenemos más noticias. Sabemos, por ejemplo, que el 16 de junio de 1408 firmó en sus salones del alcázar una carta concediendo al monasterio jerónimo de la Sisla una renta perpetua. Sabemos también que el 20 de enero de 1413 firmó aquí las normas de trato para los judíos de Murcia, e incluso que siete años después, el 25 de febrero de 1420, favoreció en una provisión al Concejo murciano para que pudiera proveer una flota de ayuda a Francia.

Será su hijo, Enrique IV de Castilla, quien también alojado en el Alcázar decidió y plasmó en un solemne documento que aún hoy se conserva en el Archivo Histórico Municipal, el nombramiento de Ciudad a Guadalajara, elevándola desde la categoría de villa que hasta entonces tuvo, al preeminente de ciudad, que hoy con satisfacción aún poseemos. Fue la firma un 25 de mayo de 1460.

Luego su hermana, Isabel, casada con Fernando de Aragón, la más itinerante de los monarcas castellanos, vino hasta nosotros. El devenir de la Corte, en tiempo de los Reyes Católicos, fue incesante. Aún sin sede definitiva, el conjunto de reyes, ministros, cancilleres, asesores y escribanos, jueces y jerarcas, clérigos y arzobispos, deambulaban por los reinos de Castilla y Aragón, acogiéndose a palacios privados y amistades sinceras.

El Renacimiento en Guadalajara

 

Por Guadalajara pasaron los Reyes Católicos en numerosas ocasiones. Recuerdo aquí dos solas, por lo famosas y cruciales: una la que hicieron en 1487, cuando camino de Aragón, y acompañados por su Canciller don Pedro González de Mendoza, fueron invitados a visitar y pernoctar en el fastuoso palacio que su hermano el segundo duque del Infantado estaba por entonces construyendo. Ya habitable y digno de recibir a los Reyes, doña Isabel especialmente quedó maravillada del arte de Juan Guas, a quien luego haría su arquitecto de obras reales. Y otra la que hicieron en ese mismo año de 1487, en el mes de octubre, continuando el viaje que le hizo pasar por Guadalajara, a la catedral de Sigüenza. Admiraron allí la fastuosidad del templo, y la reina debió sugerir al Cardenal Mendoza, entonces obispo seguntino, que iniciara la realización de un coro bajo, para llenar el centro de la nave principal. Ese coro es muy parecido al de Santo Tomás de Ávila. Una presencia, en Guadalajara y Sigüenza, de la reina Isabel, que quedó prendida en las crónicas remotas de aquel final del siglo XV.

Sería su hija, la reina doña Juana (nuestra señora), en compañía de su esposo el príncipe Felipe [I, el Hermoso] quienes en 1502 visitaran Guadalajara, en un viaje desde Flandes a Castilla que hicieron acompañados de ilustre corte y con un cronista, Antonio de Lalaing, anotando todos sus pasos.

Carlos I, emperador, primer monarca de la dinastía austriaca, cruzó en numerosas ocasiones nuestra tierra. Por recordar algunas, el viaje de 1534, cuando volvía a Toledo procedente de un largo viaje por Europa, donde entre otros sitios estuvo en Tournai, celebrando el tercer capítulo de la Orden del Toisón de Oro, y visitando sus afamados talleres de tapicería. El 26 de enero de 1534, el emperador Carlos y su numerosa corte llegaron a Sigüenza procedentes de Medinaceli. Sin parar más que para dormir, el 27 caminaron de Sigüenza a Jadraque; el 28 de Jadraque a Hita, el 29 de enero llegaron a Guadalajara, donde pararon tres días en el palacio de los duques del Infantado, ya entonces plenamente integrados en la corte, y el emperador admiró el edificio y sus colecciones de arte. El 1 de febrero de 1534 salió don Carlos de Guadalajara para alcanzar Alcalá [de Henares].

Años antes, tras la batalla de Pavía (vencedora España de Francia), pasó unas cuantas jornadas en Guadalajara un rey extraño, que venía prisionero. El gran rey católico, audaz y bien dispuesto, Francisco I de Francia, prisionero, y con destino a la Torre de los Lujanes de Madrid, pasó una semana en el palacio del Infantado, huésped agasajado por sus señores duques, en jornadas memorables de las que ha quedado constancia meticulosa.

Felipe II también estuvo entre nosotros. La jornada más famosa, sin duda, la del 2 de febrero de 1560, cuando realizó sus bodas con la princesa Isabel de Valois, hija del rey de Francia. Momento único aquel en que al rey se le vió vestido, íntegramente, de blanco, algo inusual en él, fruto de su alegría y esperanza. Otras veces volvió, con peores barruntos, como en 1585, cuando viajaba hacia las Cortes de Monzón.

Su hijo Felipe III también anduvo por estos lares. Fue en 1604, junto a su mujer doña Margarita, hospedándose entonces en el convento de San Francisco, y visitando desde allí toda la ciudad, sus calles y plazas, sus instituciones, sus monumentos, sus conventos y palacios… pidiendo a los ciudadanos que no celebraran fiestas en su honor, que la pareja era feliz solo con verlos…

A Felipe IV le traemos, en fecha conocida, en 1626, cuando camino de Zaragoza paró dos días en el palacio de los duques. Y en fecha desconocida, cuando –dicen- de tapadillo se acercó hasta el monasterio benedictino de Valfermoso de las Monjas, a visitar (trepando las vallas, dicen…) a su abadesa, doña María Inés Calderón, “la Calderona”, actriz de gran fama en el Madrid del Siglo de Oro, y con quien mantuvo relaciones amorosas… tan amorosas, que de ellas resultó el nacimiento del infante (reconocido como tal) don Juan José de Austria.

Su hijo Carlos II pasó por nuestra ciudad en 1679. No fue muy sonado el recibimiento.

Y luego a su fallecimiento, y en plena guerra de sucesión, la majestad de don Felipe [V] de Borbón ya, aposentó en Guadalajara, de regreso de la batalla de Villaviciosa, en diciembre de 1710, tras proclamarse rey frente a las aspiraciones del archiduque Carlos [de Austria]. La ciudad le recibió con los brazos abiertos, y de ahí derivó el cariño que este monarca tuvo siempre a Guadalajara. Tanto, que en 1714 eligió el lugar para casarse. Fue el 24 de diciembre de 1714, y lo hizo con su segunda esposa, doña Isabel de Farnesio. Segundas bodas reales de las que Guadalajara fue testigo.

De los Borbones, quedan memorias varias. Por ejemplo, de Isabel II, tan trotona siempre, hasta su último destino en Francia, sabemos que venía de vez en cuando a Guadalajara, a charlar con su amiga íntima, sor Patrocinio. La que está enterrada en “El Carmen”.

Tras la Revolución Gloriosa, la primera República y el intermedio de Amadeo, Alfonso XII, el restaurador, vino algunas veces por aquí. La fecha más memorable, el 23 de marzo de 1879, cuando con toda la corte y el Ejército procedió a inaugurar el Colegio de Huérfanos Militares en el que había sido palacio del Infantado, poco tiempo antes vendido por su último dueño, el duque de Osuna, a la ciudad.

Alfonso XIII fue un adicto a Guadalajara. Muchas veces vino. En coche unas, otras en tren, y hasta en avión llegó al Henares. El 26 de marzo de 1904, recién ascendido al trono, joven y espigado, se le ve visitando el Parque de Aerostación de los Ingenieros Militares de Guadalajara, en una película que pasa por ser la primera rodada en nuestra ciudad. Admirado y fervoroso de las nuevas tecnologías (los coches, los aviones), “sportman” él mismo en todos los deportes, el Rey volvió el 6 de febrero de 1920, acompañado del conde de Romanones, de Damián Matéu y de Francisco Aritio, a inaugurar las instalaciones de la Fábrica de motores “Hispano-Suiza”. Le acompañaron desde Madrid dos escuadrillas de aviones militares, y fue aquella jornada una de las más memorables en la historia de la ciudad, pues se abría un futuro esperanzador y optimista, al surgir junto al río Henares una fábrica gigantesca de motores de avión, de coches de lujo, de mil cosas que se iban a necesitar en la Humanidad que con el siglo XX se inauguraba.

Volvió Alfonso XIII en numerosas ocasiones a nuestra ciudad. En 1928, por ejemplo , a Molina de Aragón y a visitar a Lino Bueno en su “Casita de Piedra” en Alcolea del Pinar.

El mismo trayecto que hizo, esta vez en helicóptero, y cincuenta años después, el 20 de abril de 1978 el nuevo monarca, Juan Carlos [I] quien acompañado de su esposa S.M. doña Sofía de Grecia, y todo el gobierno, acudieron a Molina de Aragón, donde en clamorosa jornada recibió el título de “Señor de Molina” que habitualmente, y desde hace siglos, los molineses han concedido, voluntariamente, a los reyes de Castilla y de España luego.

Siguió hasta Alcolea, donde visitó de nuevo a los hijos de Lino y visitó la Casita, y finalmente en Guadalajara, ante una multitud entusiasta recorrió a pie la calle mayor e inauguró un barrio de viviendas sociales, las que desde entonces se llaman “Casas del Rey”.

Volvió luego don Juan Carlos I por la ciudad, pero ya siempre en viajes privados, acompañado de cortesanos, a comer/cenar en el restaurante “Amparito Roca”, en la jamonería “Lagos” o a presenciar la lidia y muerte de algunos toros en la Plaza de “La Muralla” de Brihuega.

Será bienvenido mañana don Felipe VI, Jefe de Estado como Rey de España, quien presidirá en un acto que también creo histórico el desfile de la representación de las Fuerzas Armadas que nos defienden. Quizás visite el edificio de la Fundación “San Diego de Alcalá” de madres adoratrices, porque es de lo poco decente que hoy puede enseñársele a un Rey en Guadalajara. No podrá visitar –como hicieran sus ancestros en siglos pasados- el palacio de los duques del Infantado, tapado por andamios, ni el Alcázar Real, en lamentable estado de ruina y abandono, ni la Fábrica “Hispano-Suiza” devorada por la incuria y los años…

Homenaje a Manuel Criado de Val en su centenario

Manuel Criado de Val en su centenarioEl pasado domingo estaba previsto el anunciado Homenaje a la figura de don Manuel Criado de Val, de quien este año se cumple el Centenario de su nacimiento. El acontecimiento había sido preparado para el domingo 14 de mayo, a las 11 de la mañana, en la carpa central de la Feria del Libro, instalada en la Plaza Mayor. A punto estuvo de no celebrarse, por la falta de asistencia de público. Al final, se reunieron una docena de oyentes, (algunos y algunas de relevancia) y se pudo hacer este cumplido homenaje de admiración y cariño a la figura del profesor Criado de Val, creador de los Festivales de Hita, entre otras cosas.

Mal está que sea yo quien haga la crónica del acto, porque fui el convocante, y el protagonista al dictar una conferencia de una hora de duración, ilustrada con imágenes del profesor, de sus libros, de sus obras, de los lugares en los que fraguó su biografía. Pero la inasistencia de cualquier otro medio de comunicación (con la honrosa excepción de “Cultura EnGuada”) me obliga a dar cumplido mensaje referencial de aquello, al menos para que en las hemerotecas del futuro conste que una docena de ciudadanos se reunieron a memorar la obra y la figura del profesor don Manuel Criado de Val en el Centenario de su nacimiento.

Porque el hecho lo merecía, y el aniversario lo pedía a gritos. Previamente quedó también constancia, a través del alcalde de la villa de Hita, don José Ayuso, que asistió al acto, de la preparación en estos momentos de otro homenaje a la figura del filólogo e historiador, y que tendrá lugar en la alcarreña villa el primer sábado del mes de julio que se aproxima. Yo supongo que alguna otra instancia, particular o institucional, se añadirá a esta secuencia. El personaje se hizo acreedor (en vida) de numerosas distinciones y agasajos, todos merecidos. Y en muerte ya, -aunque la muerte es cada vez más sañuda en su empeño de borrar los rastros de quienes fueron- alguno más le debiera llegar.

Cinco aspectos fundamentales de la obra de Criado de Val

En la misma línea de lo que, con brevedad, escribí en estas mismas líneas el 13 de enero de este mismo año, avisando de este centenario notable, en la conferencia del pasado domingo vine a distinguir, tras unos preámbulos considerativos de otros centenarios recientes y presentes, y que han contado con mayor aplauso mediático que este, en las cinco líneas fundamentales de la investigación y el trabajo de don Manuel Criado.

Que son estas:

  1. Saber filológico aplicado a la vida cotidiana
  2. Estudios y saberes nuevos sobre la Literatura clásica española
  3. Creación del concepto y estudios en torno a la Caminería Hispánica
  4. Creación y mantenimiento de los Festivales Medievales de Hita
  5. Estudios sobre la historia de Hita y su Arcipreste

De todas estas facetas, fue campeón el profesor Criado de Val.

De la primera, mencionar solo la cantidad de programas de Televisión y Radio que él diseño, dirigió y protagonizó, siempre explicando a la gente las formas correctas de usar el idioma. Pero además creando institutos y dirigiéndolos (como el INFOTERM y la OFINES, entre otros) encargados de asesorar a la Real Academia Española, a organismos internaciones, a universidades, etc. de las formas correctas de utilizar las nuevas palabras. Director de diversas revistas científicas filológicas, también director y organizador de numerosos Congresos Internacionales sobre literatura, historia cultural y esencias hispánicas. Él mismo decía que intuía en sí mismo una capacidad enorme de abrir caminos, de poner iniciativas sobre las mesas en que se sentaba. Y así era. No es, por desgracia, habitual que los ciudadanos, y menos aún en esta hora, desarrollen esa capacidad. Entre otras cosas, porque no se les dan facilidades, como a don Manuel se le dieron en su momento.

En los estudios literarios, fue un avanzado de la consideración del verbo como elemento definidor de autorías, y del diálogo como esencia de muchas obras literarias, entre ellas el Quijote. Criado de Val ha sido uno de los grandes cervantistas de nuestro país, más avanzado y arriesgado en sus teorías que otros que ahora pasan por ser pioneros. Juzgó al Quijote, más que como novela, como diálogo clásico, y sobre ello escribió numerosos estudios que se vieron plasmados en un magnífico libro titulado “Don Quijote y Cervantes de ayer a hoy”.

El ámbito de la “Caminería Hispánica” fue otro de los que tuve la fortuna de ilustrar a los oyentes en cuanto a la “cantidad” del tema, dando por sabido de su calidad. En ella, figuran los doce Congresos Internacionales sobre el tema, aquí en Guadalajara (y en Pastrana) celebrados, los 1.036 investigadores participantes, por él convocados, y los más de 1.300 trabajos de investigación aportados, hoy recogidos en Libros de Actas y solemnes estudios que –todos juntos- vienen a retratar la dimensión universal de don Manuel y la grandiosidad de su obra. Apagada en esta hora, no ya por los altavoces de la Feria del Libro (que también durante ese rato se dedicaron a lanzar algunas cancioncillas en absoluto alusivas al acto que se celebraba en la carpa) sino por la banalidad de algunas cuestiones que en redes y medios intentan protagonizar la actualidad, tal que canciones eurovisivas, y otras monadas.

Los Festivales de Hita, creados por Criado de Val en 1961, han seguido celebrándose sin interrupción desde entonces a la actualidad, auspiciados primero por el gobierno de la Nación, y luego, como ahora, fundamentalmente por la Diputación Provincial y la villa de Hita. No hace falta insistir en el tema, porque este nos toca más de cerca, y muchas personas saben en nuestra provincia lo importante que fue aquel monumento festivo, que ha unido desde entonces música, teatro, espectáculo y cultura popular. En algunas diapositivas vimos a don Manuel saludando tras la representación de su versión de “La Divina Comedia”, con un bohordo en las manos, o junto a su inseperable “doña Isa”, su esposa, que le alentó siempre y fue colaboradora insustituible.

Historia de Hita

 

En fin la “Historia de Hita y su Arcipreste”, que desgrané capítulo a capítulo, en imágenes y conceptos, fue la guinda final de su vida, que se desarrolló (aunque viviendo en Madrid, en sus ambientes universitarios) siempre en torno a Hita, y al monasterio de Sopetrán, junto al cual tuvo un viejo molino que mucho tiempo funcionó como enzima creativo de ideas e iniciativas culturales en Guadalajara. Recordamos en ese momento a personas que participaron, junto a don Manuel, en ese permanente ebullir de la cultura alcarreña, y que poco a poco han ido desapareciendo. Porque ese final ineludible que todo lo humano tiene, no podemos, -los que aún permanecemos vivos y con un aliento, aunque breve, de conciencia- dejar que se pierda, que se vaya al olvido, que se diluya en la brisa inocente de la tarde.

Yo creo que fue un homenaje cumplido, necesario, obligado, a don Manuel Criado de Val, quien tanto hizo por esta tierra de Guadalajara, por su aliento cultural, por sus ánimos. Aunque tan escaso fuera, en la mañana del domingo 14 de mayo, el caudal humano que se sumara con su presencia y su aplauso. Eso confirma la idea de que las esencias se conservan mejor en frascos pequeños.

El hombre salvaje en Guadalajara

El hombre salvaje en GuadalajaraEl arte de siglos pasados ha dejado en Guadalajara multitud de huellas, hermosas unas y sorpredentes otras. Desde las filigranas renacientes de la fachada del palacio de Cogolludo a los densos batallares de los tapices de Pastrana. Y en punto a esculturas, desde las misteriosas contorsiones de los saltimbanquis románicos de Santa María del Val en Atienza, a la sonora multitud de cabezas de la Sacristía Nueva en la catedral seguntina.

Pero uno de los elementos más sorprendentes de ese arte pretérito, reunido en torno al declive de la Edad Media, es quizás la presencia de “hombres salvajes” en algunos elementos y edificios artísticos de nuestra ciudad, y más concretamente en el palacio del Infantado, donde podemos admirarlos en diversas formas.

El origen de los salvajes

El “hombre salvaje” como habitualmente se le denomina en la historiografía del arte, es en realidad una figura puramente mítica, una invención literaria y atractiva de la imaginación medieval. Nacida de una idea muy elaborada acerca de las capacidades humanas en sus dimensiones morales, pero luego rehecha y, como todo lo puramente literario e inventado, adscrito a significados distintos, cuando no contradictorios.

  • La apariencia física del “hombre salvaje” es muy similar en todas sus representaciones: un hombre desnudo, cubierto de denso pelo el cuerpo entero, a excepcion de la cara y los pies, y la “mujer salvaje” lo mismo, con sus pechos también despejados de pelo.
  • En sus inicios era también gigantesco, aunque este hecho se tenía por equivalente de estupidez, y por ello pronto perdió esa característica, reduciendo su escala.
  • Se le creyó originario de regiones alpinas, frías y salvajes, como el Tirol, el Harz y Algau, o los bosques de Wallis en Suiza.
  • En sus inicios era tenido por un ser brutal, primitivo, agresivo, violento, dotado de ingenio, fuerza y una gran maza.
  • En un principio sirvió como expresión gráfica y estética del ser “antisocial” e “incivilizado”, contrapunto del hombre perfecto, civilizado. Servía para expresar esa fuerza que la Naturaleza tiene, generalmente manifestada en sus accidentes meteorológicos, incontrolables, destructivos. Esa Naturaleza malvada y enemiga se representaba en el “hombre salvaje”.

 

Se encuentran numerosas referencias literarias en las ideas sobre “razas monstruosas” que tuvieron los griegos y que localizaban idealmente en las regiones orientales: “Las maravillas de Oriente” es uno de esos libros antiguos en el que se le menciona constantemente. La “Historia” de Herodoto dice que el hombre y la mujer salvaje viven en Libia. También creyó en ellos Plinio, y en el siglo III Solino los referencia en su “Collectanea rerum memorabilium”.

Los escritores medievales toman de los clásicos estas referencias y así vemos que tanto San Agustín como San Isidoro en sus “Etimologias” ponen a los seres salvajes en un orden intermedio entre el ser humano y los animales. La idea, generalmente aceptada, del hombre salvaje como prototipo de salvajismo y brutalidad, se concreta y define en libros como “El libro y la verdadera historia del Rey Alejandro” o el “Libro de las Maravillas del Mundo” de J. De Mandeville.

Esa idea, sin embargo, evoluciona a través del siglo XV, y a finales del mismo empieza a ser tomado com una referencia o idea diferente, asimilable a la idea pastoril del hombre puro y alejado del mundo, que se trata literariamente en obras como el “Infierno de Amores” de Guevara o los “Siete Libros de Diana” de Montemayor. Ahí se completa su evolución, partiendo desde el primitivismo esencial de la figura, como ser pecador y antítesis de la bondad, a ser considerado como hombre primitivo, en estado puro, “esencialmente bueno”.

Y así, como dice en su estudio sobre esta figura Juliana Sánchez Amores en el número 10 de la Revista “Fragmentos” (1987), es entonces (finales del siglo XV) cuando “pasa de ser una figura simpemente literaria, una superposición folclórica o un símbolo híbrido, a ser un espejo de la edad en que floreció. De ser foco de todos los vicios pasa a ser el idílico portador de todas las virtudes”, llegando a ser utilizada su imagen como disfraz y atuendo en fiestas galantes bajomedievales en las que los participantes se disfrazaban de “hombre salvaje” como vemos en las ilustraciones de las “Grandes chroniques de France” de Jean Froissart, y de donde surge la idea de representar al hombre salvaje en familia, en un ambiente idílico.

Ese “buen salvaje” que nace en los inicios del siglo XVI es poco menos que un producto imitable surgido del Paraiso Terrenal, es el “hombre natural”, sin pecado original todavía, que vive feliz en medio de una naturaleza maternal y generosa.

Esta autora insiste en la idea de que los salvajes son expresión también de la fertilidad, y por eso se colocan como tenantes de escudos heráldicos, protegiendo la continuidad de la prole de la familia poseedora del escudo. Alciato, en sus repertorios iconográficos de emblemas, identifica al “hombre salvaje” con la Naturaleza, y de ahí nace también el sentido de hacerle representativo del Tiempo, de la medida que rige los ciclos naturales.

No lejos de esta acepción están las figuras de santos y santas que se retiraron del mundo y, en forma de eremitas, cubiertos solamente de su propiio vello y de pieles de animales, se retiraron en cuevas a hacer penitencia y a purificar sus espíritus. Recordar en ese sentido las figuras de San Juan Crisóstomo, San Antonio Abad, San Jerónimo, Santa María Magdalena, y Santa María Egipciaca, por ejemplo.

Ejemplos del hombre salvaje en Guadalajara

Tres son los fundamentales ejemplos que enconttramos del hombre salvaje en el arte alcarreño. Es posible que se encuentren algunos más, que a mí no me vienen ahora a la cabeza, o que simplemente desconozco. Pero tres ejemplos sí que se pueden poner, de salvajes cercanos. Dos aún visibles, y el tercero, que es más un grupo que un individuo, desaparecido para siempre.

Los salvajes que sostienen el escudo del segundo duque del Infantado, sobre el vano de la entrada principal al palacio, son el mejor ejemplo de este sujeto salvaje. Desnudos, peludos, fieros… adelantan sus pies y sujetan el enorme peso de los emblemas aparentemente sin esfuerzo, aunque se les supone mucho músculo para hacerlo. En esa calidad de protectores de un linaje, a través de su “limpia humanidad sin mancha”, y como potentes generadores y protectores de la estirpe. En q492, cuando apareció ese escudo tallado en la dorada piedra de Tamajón, sobre la fachada occidental del palacio, todos lo entendieron a la primera.

Hubo un grupo enorme, numerosísimo, de salvajes tallados en madera, ocupando por completo el friso del salón “de salvajes” del palacio ducal del Infantado, en su piso principal. Estas figuras, que se pueden ver en algunas borrosas fotografías de antes de la Guerra, eran muy numerosas y variadas, y se agrupaban, como en desfile, en el friso del artesonado que pudieron ver no solo los propietarios del caserón, sino sus invitados e ilustres prisioneros, como el mismísimo rey de Francia, Francisco I, o el rey de España, Felipe II, cuando aquí vino a casarse con Isabel de Valois. En ese grupo de salvajes se veían hombres con escudos, con arcos, con mazas, mujeres y niños, todos revestidos de su densa pelambrera. Estaban también protegiendo, insertando su espíritu de pureza y limpieza a los habitantes del salón, que se cubría de fórmuilas geométricas muy variadas y, por supuesto, de escudos heráldicos en gran número. Nada quedó de ello, tras el bombradeo y consiguiente incendio del palacio en diciembre de 1936.

La tercera presencia del “hombre salvaje” en Guadalajara la encontramos en el Museo Provincial, sito en la planta baja del palacio del Infantado. Allí aparece, en la primera sala mendocina, el enterramiento de doña Aldonza de Mendoza, hermanastra del marqués de Santillana, y señora que fue de Cogolludo y otros lugares de la Campiña guadalajareña. Discurrida su vida en el siglo XIV, el mausoleo está tallado por cincel anónimo a finales de esa centuria. En la cabecera del mismo, un par de varones salvajes aparecen arrodillados (por un motivo estructural) escoltando y sosteniendo el escudo del que fuera esposo de doña Aldonza de Mendoza, don Fadrique de Trastamara, que alcanzó a recibir el título de duque de Arjona, por ser muy de la cámara del rey de Castilla. El apellido auténtico de don Fadrique era Enríquez, y ese es el emblema heráldico que sostienen arrodillados estos dos salvajes, figura esencial del arte medieval en nuestra tierra.