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Lecturas de Patrimonio: Monasterios de Guadalajara (II)

Sobre los monasterios, especialmente sobre sus ruinas, sus recuerdos, sus palabras claras, cabe mucho qué decir. Después de haber sabido algo sobre su bibliografía y lugares donde encontrar recursos documentales, hoy me entretengo en referir detalles curiosos de ellos: los que siguen vivos tras muchos siglos de actividad; las luces y las sombras de los monasterios… y algunos detalles sobre sus obras de arte perdidas. Luces y sombras de los monasterios En los monasterios medievales de Guadalajara, y a lo largo de los largos siglos de su existencia, surgieron las luces de señalados méritos, alternando con las sombras de los grandes pecados. De las luces, merece recordarse la que supuso el cultivo de la música sinfónica por parte de los frailes jerónimos de Lupiana. De siempre dedicaron buena parte de su tiempo a la interpretación de instrumentos, de piezas sacras, y de coros numerosos y bien conjuntados. En el siglo XVIII alcanzaron tal perfección en el arte musical, y formaron una orquesta de tal categoría, que toda la producción de la música sinfónica europea (de Beethoven a Haydn, de Bach a Mozart) tenía en Lupiana su inmediato estreno. Entre ellos se educó el padre Félix Flores, natural de Guadalajara, que llegó a ser la admiración de los medios musicales madrileños en la mitad del pasado siglo. Sería, en fin, un tema de auténtico interés, analizar la aportación a la música hecha por los jerónimos de San Bartolomé. Cuando tras la Desamortización de Mendizábal se vació el monasterio y se disolvió la Orden, la mayoría de sus miembros pudieron ganarse la vida gracias a estos conocimientos musicales. De las sombras hay que resaltar el lamentable espectáculo de auténtica "lucha civil" que en los años iniciales del siglo XVI dieron varias agrupaciones conventuales, especialmente de franciscanos, al negarse los que vivían completamente instalados, y con un sistema muy relajado de vida, a aceptar y poner en práctica las reformas impuestas por la superioridad, a instancias sobre todo del Cardenal Cisneros. Así ocurrió en Molina de Aragón, cuando fue llegado el momento de abandonar la regla claustral y adoptar la Observancia reformada. el guardián de los claustrales, fray Gonzalo de Tarancón, se opuso de tal manera a la medida, que se "encastilló" en el convento con sus frailes, y dijo que de allí no le sacarían sino por las malas; que él no se iba ni reconocía las nuevas normas. Era el año 1525, y tan serio se puso el asunto que no quedó más remedio que acudir a la autoridad civil, expidiendo el Emperador Carlos I una Provisión Real por la que mandaba a su alguacil de Casa y Corte, Cristóbal Cacho, que con la ayuda de Regidores, Oficiales, Justicias, Caballeros, Escuderos y hombres buenos de la Villa tomaran al asalto el convento, sacaran del mismo a los frailes claustrales, y pusieran en su uso a los de la Observancia Regular. Obras de arte perdidas De la enorme riqueza en obras de arte que guardaban los monasterios medievales de Guadalajara, hoy quedan muy escasos restos. En incendios fortuitos, tras la invasión napoleónica, y sobre todo como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal, se perdieron numerosas piezas de gran valor. De algunas de ellas ha quedado memoria, y aquí la ponemos, aunque solo sea para constancia de tanta pérdida, y evidencia de la riqueza habida. El Alcocer estuvo, hasta la Guerra civil de 1936-39, la estatua yacente y la correspondiente momia de doña Mayor Guillén de Guzmán. Se trataba de una pieza tallada en madera, a tamaño mayor del natural, y policromada. Obra del siglo XIII en su segunda mitad, era sin duda la pieza más antigua de la escultura funeraria en la provincia de Guadalajara. Estuvo primeramente en el convento de monjas clarisas de San miguel del Monte, pasando luego al convento de estas en la misma villa de Alcocer, de donde desapareció sin dejar rastro en los primeros días de la Guerra Civil. En La Salceda, el gran convento de la reforma franciscana situado entre los términos de Tendilla y Peñalver, hubo piezas de supremo interés: un manuscrito miniado medieval con comentarios del Beato Amalio al Apocalipsis de San juan. Pudiera tratarse de alguno de los que hoy lucen en colecciones de famosas bibliotecas europeas y americanas. O simplemente se fragmentó en hojas sueltas. También hubo, entre varios cientos de cuadros, alguno con la firma de Tiziano, ó del flamenco Francisco Flores. Y una fabulosa colección de cerámica talaverana que, rodeando el claustro en sus paredes, ofrecía imágenes de santos de la Orden y escenas de la vida de María. En Tendilla, en el convento jerónimo de Santa Ana, y embelleciendo el muro principal del presbiterio de su iglesia, -único resto actual de ese edificio- existió un gran retablo de pinturas y esculturas en el que lucía la mano de los primitivos flamencos ó castellanos de los años iniciales del siglo XVI. Además de imágenes pintadas representando a San Jerónimo y el Calvario lucían los escudos policromados de los Condes de Tendilla, etc. Hoy se encuentra instalado en el Museo de Arte de la ciudad de Cincinatti, en los Estados Unidos de América. En Valfermoso de las Monjas existió, hasta finales del siglo XIX, un cuadro que representaba sobre lienzo a la que fuera abadesa, doña Juana Calderón, en el siglo famosa por haber sido comedianta de nota conocida por la Calderona, e incluso amante del rey Felipe IV. Las monjas creían se trataba de alguna virtuosa santa de la Orden, hasta que don Juan Catalina García López, cronista provincial, en una visita al monasterio a finales del siglo XIX lo identificó, incluso afirmando que se debía sin duda al pincel de Velázquez. Hoy no se encuentra entre los muros de este cenobio vivo. En Lupiana, la iglesia del monasterio jerónimo de San Bartolomé, tenía su techumbre decorada al fresco con inmensas escenas, figuras e historias allí puestas por los pinceles de Zúcaro, Tibaldi y Carducho, venidos desde Italia al mandado de Felipe II para decorar el Escorial. Hacia 1923 se hundieron las bóvedas de nave y coro, quedando solamente, y ya muy deteriorada, la del presbiterio. Los monasterios vivos De los monasterios con raíz medieval que en este libro se historian y describen, hay algunos, muy pocos, que permanecen aún vivos, ocupados por comunidades que siguen manteniendo el espíritu de sus primigenias reglas, y cultivando el recuerdo de sus antiguos fundadores. Permiten, además, que el hombre de hoy contacte con el mensaje cristiano emanado de los antiguos patriarcas del Medievo, y en medio del sosiego y la paz de sus templos y sus claustros, lo reciba y asimile. Son solamente dos los monasterios con estas características. Ambos de comunidades femeninas. Pero los dos con muchos siglos a la espalda de historia y actividad. Monasterio de San Juan Bautista, de monjas benedictinas, en Valfermoso de las Monjas. Fundado en 1186, por el matrimonio atencino don Juan Pascasio y doña Flambla. Hace poco celebró, con toda solemnidad, el octavo centenario de su fundación. Ha tenido una existencia continuada, siempre ocupado a excepción de breves períodos en la Guerra de la Independencia y Guerra Civil. Su edificio fue tan maltratado en esta última, que hoy es casi nuevo por completo, aunque el templo mantiene su estructura original. La actual comunidad de benedictinas de Valfermoso se dedican a la oración y ponen a disposición de peregrinos y visitantes una pequeña hospedería. Monasterio de Santa María de la Buenafuente del Sistal, de monjas cistercienses, en Buenafuente del Sistal, término de Villar de Cobeta. Fundado en 1246, por doña Sancha Gómez. Vivió de forma continuada ocupada por comunidad de monjas bernardas, siempre dependientes del monasterio de Huerta, en Soria. Durante 50 años en el siglo XV debieron exiliarse al cercano enclave de Alcallech. También lo abandonaron en la Guerra de la Independencia y en la Guerra Civil. Hace unos 50 años se puso en venta, pero consiguió remontar su crisis y hoy es un espléndido foco de espiritualidad y vital dinamismo. Su edificio, recientemente restaurado, conserva todo el genuino sabor medieval de su primitiva construcción, especialmente expresiva en el templo de estilo románico. La comunidad de monjas bernardas se dedica a la oración, y en su Casa de Ejercicios y Oración brinda asilo a quien lo pida.

Sobre los monasterios, especialmente sobre sus ruinas, sus recuerdos, sus palabras claras, cabe mucho qué decir. Después de haber sabido algo sobre su bibliografía y lugares donde encontrar recursos documentales, hoy me entretengo en referir detalles curiosos de ellos: los que siguen vivos tras muchos siglos de actividad; las luces y las sombras de los monasterios… y algunos detalles sobre sus obras de arte perdidas.

Luces y sombras de los monasterios

En los monasterios medievales de Guadalajara, y a lo largo de los largos siglos de su existencia, surgieron las luces de señalados méritos, alternando con las sombras de los grandes pecados.

De las luces, merece recordarse la que supuso el cultivo de la música sinfónica por parte de los frailes jerónimos de Lupiana. De siempre dedicaron buena parte de su tiempo a la interpretación de instrumentos, de piezas sacras, y de coros numerosos y bien conjuntados. En el siglo XVIII alcanzaron tal perfección en el arte musical, y formaron una orquesta de tal categoría, que toda la producción de la música sinfónica europea (de Beethoven a Haydn, de Bach a Mozart) tenía en Lupiana su inmediato estreno. Entre ellos se educó el padre Félix Flores, natural de Guadalajara, que llegó a ser la admiración de los medios musicales madrileños en la mitad del pasado siglo. Sería, en fin, un tema de auténtico interés, analizar la aportación a la música hecha por los jerónimos de San Bartolomé. Cuando tras la Desamortización de Mendizábal se vació el monasterio y se disolvió la Orden, la mayoría de sus miembros pudieron ganarse la vida gracias a estos conocimientos musicales.

De las sombras hay que resaltar el lamentable espectáculo de auténtica «lucha civil» que en los años iniciales del siglo XVI dieron varias agrupaciones conventuales, especialmente de franciscanos, al negarse los que vivían completamente instalados, y con un sistema muy relajado de vida, a aceptar y poner en práctica las reformas impuestas por la superioridad, a instancias sobre todo del Cardenal Cisneros. Así ocurrió en Molina de Aragón, cuando fue llegado el momento de abandonar la regla claustral y adoptar la Observancia reformada. el guardián de los claustrales, fray Gonzalo de Tarancón, se opuso de tal manera a la medida, que se «encastilló» en el convento con sus frailes, y dijo que de allí no le sacarían sino por las malas; que él no se iba ni reconocía las nuevas normas. Era el año 1525, y tan serio se puso el asunto que no quedó más remedio que acudir a la autoridad civil, expidiendo el Emperador Carlos I una Provisión Real por la que mandaba a su alguacil de Casa y Corte, Cristóbal Cacho, que con la ayuda de Regidores, Oficiales, Justicias, Caballeros, Escuderos y hombres buenos de la Villa tomaran al asalto el convento, sacaran del mismo a los frailes claustrales, y pusieran en su uso a los de la Observancia Regular.

Obras de arte perdidas

De la enorme riqueza en obras de arte que guardaban los monasterios medievales de Guadalajara, hoy quedan muy escasos restos. En incendios fortuitos, tras la invasión napoleónica, y sobre todo como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal, se perdieron numerosas piezas de gran valor. De algunas de ellas ha quedado memoria, y aquí la ponemos, aunque solo sea para constancia de tanta pérdida, y evidencia de la riqueza habida.

El Alcocer estuvo, hasta la Guerra civil de 1936-39, la estatua yacente y la correspondiente momia de doña Mayor Guillén de Guzmán. Se trataba de una pieza tallada en madera, a tamaño mayor del natural, y policromada. Obra del siglo XIII en su segunda mitad, era sin duda la pieza más antigua de la escultura funeraria en la provincia de Guadalajara. Estuvo primeramente en el convento de monjas clarisas de San miguel del Monte, pasando luego al convento de estas en la misma villa de Alcocer, de donde desapareció sin dejar rastro en los primeros días de la Guerra Civil.

En La Salceda, el gran convento de la reforma franciscana situado entre los términos de Tendilla y Peñalver, hubo piezas de supremo interés: un manuscrito miniado medieval con comentarios del Beato Amalio al Apocalipsis de San juan. Pudiera tratarse de alguno de los que hoy lucen en colecciones de famosas bibliotecas europeas y americanas. O simplemente se fragmentó en hojas sueltas. También hubo, entre varios cientos de cuadros, alguno con la firma de Tiziano, ó del flamenco Francisco Flores. Y una fabulosa colección de cerámica talaverana que, rodeando el claustro en sus paredes, ofrecía imágenes de santos de la Orden y escenas de la vida de María.

En Tendilla, en el convento jerónimo de Santa Ana, y embelleciendo el muro principal del presbiterio de su iglesia, -único resto actual de ese edificio- existió un gran retablo de pinturas y esculturas en el que lucía la mano de los primitivos flamencos ó castellanos de los años iniciales del siglo XVI. Además de imágenes pintadas representando a San Jerónimo y el Calvario lucían los escudos policromados de los Condes de Tendilla, etc. Hoy se encuentra instalado en el Museo de Arte de la ciudad de Cincinatti, en los Estados Unidos de América.

En Valfermoso de las Monjas existió, hasta finales del siglo XIX, un cuadro que representaba sobre lienzo a la que fuera abadesa, doña Juana Calderón, en el siglo famosa por haber sido comedianta de nota conocida por la Calderona, e incluso amante del rey Felipe IV. Las monjas creían se trataba de alguna virtuosa santa de la Orden, hasta que don Juan Catalina García López, cronista provincial, en una visita al monasterio a finales del siglo XIX lo identificó, incluso afirmando que se debía sin duda al pincel de Velázquez. Hoy no se encuentra entre los muros de este cenobio vivo.

En Lupiana, la iglesia del monasterio jerónimo de San Bartolomé, tenía su techumbre decorada al fresco con inmensas escenas, figuras e historias allí puestas por los pinceles de Zúcaro, Tibaldi y Carducho, venidos desde Italia al mandado de Felipe II para decorar el Escorial. Hacia 1923 se hundieron las bóvedas de nave y coro, quedando solamente, y ya muy deteriorada, la del presbiterio.

despoblados de la provincia de guadalajara

 

Los monasterios vivos

De los monasterios con raíz medieval que en este libro se historian y describen, hay algunos, muy pocos, que permanecen aún vivos, ocupados por comunidades que siguen manteniendo el espíritu de sus primigenias reglas, y cultivando el recuerdo de sus antiguos fundadores. Permiten, además, que el hombre de hoy contacte con el mensaje cristiano emanado de los antiguos patriarcas del Medievo, y en medio del sosiego y la paz de sus templos y sus claustros, lo reciba y asimile.

Son solamente dos los monasterios con estas características. Ambos de comunidades femeninas. Pero los dos con muchos siglos a la espalda de historia y actividad.

Monasterio de San Juan Bautista, de monjas benedictinas, en Valfermoso de las Monjas. Fundado en 1186, por el matrimonio atencino don Juan Pascasio y doña Flambla. Hace poco celebró, con toda solemnidad, el octavo centenario de su fundación. Ha tenido una existencia continuada, siempre ocupado a excepción de breves períodos en la Guerra de la Independencia y Guerra Civil. Su edificio fue tan maltratado en esta última, que hoy es casi nuevo por completo, aunque el templo mantiene su estructura original. La actual comunidad de benedictinas de Valfermoso se dedican a la oración y ponen a disposición de peregrinos y visitantes una pequeña hospedería.

Monasterio de Santa María de la Buenafuente del Sistal, de monjas cistercienses, en Buenafuente del Sistal, término de Villar de Cobeta. Fundado en 1246, por doña Sancha Gómez. Vivió de forma continuada ocupada por comunidad de monjas bernardas, siempre dependientes del monasterio de Huerta, en Soria. Durante 50 años en el siglo XV debieron exiliarse al cercano enclave de Alcallech. También lo abandonaron en la Guerra de la Independencia y en la Guerra Civil. Hace unos 50 años se puso en venta, pero consiguió remontar su crisis y hoy es un espléndido foco de espiritualidad y vital dinamismo. Su edificio, recientemente restaurado, conserva todo el genuino sabor medieval de su primitiva construcción, especialmente expresiva en el templo de estilo románico. La comunidad de monjas bernardas se dedica a la oración, y en su Casa de Ejercicios y Oración brinda asilo a quien lo pida.

 

Un complejo mensaje sobre la piedra de Gárgoles

gárgoles de abajo

En la iglesia de Gárgoles de Abajo, en su portada, hay un conjunto de símbolos tallados, tan claros y diáfanos, que nos hablan de un pensamiento universal y panteísta: algo inaudito en una época, el siglo XVII en que fue tallada, en la que cualquier desviación de la ortodoxia católica era examinada con lupa por el Tribunal de la Inquisición. Al parecer, nada especial ocurrió en Gárgoles, y todos miraron para otra parte.

Gárgoles nace como aldea en la repoblación de la Edad Media. Está en el camino entre Cifuentes (lugar de poder junto a un manantial importante, bajo la sombra de un viejo castillo) y la orilla del Tajo. Territorio clásicamente adscrito al Común de Atienza, y luego propiedad de los Carrillo y finalmente de los Silva. Entre Cifuentes y Trillo, los Gárgoles. El de abajo alcanzó el título de “Villa de por sí” y con jurisdicción propia en el siglo XVII.

Como todos los lugares de la católica España, alzaron los vecinos un edificio para templo. Este que ahora vemos, al subir hasta la cota más alta del pueblo, es obra del siglo XVII, fabricado entero con buena piedra sillar.

Su interior es de magníficas dimensiones, y en el exterior destaca su torre rematada con terraza y circuito de pináculos con bolones; una portada sencilla, con vano moldurado, en poniente, y en el del sur la entrada principal, magnífico elemento de arco semicircular escoltado por dos pilastras adosadas sobre altos pedestales. Aquí es donde el viajero empieza a preocuparse, al ver que la decoración del panel frontal de la fachada ofrece unos elementos decorativos que le hacen, en principio, dudar, y luego, al comprobar que es cierto lo que ve, y el orden en que está puesto, a asombrarse.

Porque esto es lo que se ve en la portada principal de la iglesia de Gárgoles de Abajo. En la fotografía que acompaña a estas líneas puede analizarse con mayor precisión:

  1. Dos pirámides estilizadas rematan las pilastras laterales.
  2. Una cruz centra el conjunto, rematando sus brazos en sendas bolitas.
  3. Una flor de lis
  4. Un círculo perfecto del que surgen rayos: el disco solar.
  5. Una pentalfa o sello de Salomón
  6. Una piña
  7. Y a los lados, y formando cruz con lo anterior, dos cruces patadas.

Todo ello es conjunto de símbolos que al viajero le dejan un poco descolocado, porque pertenecen, la mayoría de ellas, al imaginario de lo esotérico, más que a la propia esencia del cristianismo. Así es que yo creo que lo mejor que puede hacerse ahora es resumir el simbolismo de todos esos signos que en Gárgoles se muestran juntos, como enlazados, en conversación mutua, y a su vez dispuestos en cruz, como también la imagen adjunta lo demuestra. Símbolos diversos, de orígenes remotos, de sentido universal, pero puestos en cruz, lo que viene a unificarlos en un lenguaje metafórico más definitivo, el que supone la unión en Cristo y su símbolo de todo lo hasta entonces elaborado.

 

La pirámide

Hay dos pirámides, como escoltando la portada. La pirámide es uno de los símbolos mas trascendentales de la humanidad, y viene a representar la armonía del mundo, la luminosidad, la grandiosidad de la tierra poblada. La idea antigua y simbólica es que la pirámide es esencia del espíritu superior, por evolución descendente. Lugar elegido para enterramiento de los más grandes jerarcas, a quienes sus sacerdotes inducían a pensar que en ese lugar la travesía a la eternidad sería cómoda y agradable. Las pirámides han existido, en tiempos antiguos, en todas las civilizaciones (Egipto, Sumeria, el Extremo Oriente…)

 

La flor de lis

La flor de lis es un símbolo de poder, de soberanía, de honor y lealtad, y también de pureza de cuerpo y alma. Se utiliza desde muy antiguo, y es el emblema principal de la monarquía francesa, y de los Borbones. Lis (o lirio) es palabra francesa que tiene ese significado: lirio, o iris. Es además un pequeño árbol, que se sustancia con la vida, con la resurrección, con la luz, con la gracia de Dios.
Elemento simbólico precristiano, los franceses elaboraron una compleja teoría histórica en torno a sus primeros monarcas como descendientes directos de Cristo. Pero desde antes, y hasta hoy mismo, en muchos lugares se ha tenido por símbolo de la luz y de la resurrección.

 

El símbolo solar

El símbolo solar es un círculo con seis rayos. En astrología, el sol es símbolo de la vida, del calor, del día, de la luz, de la autoridad, del sexo masculino y de todo lo que irradia.” “Si la luz irradiada por el sol es el conocimiento intelectivo, el sol es en sí mismo la inteligencia cósmica”. Dicen que la continuada rueda de la vida y la muerte, del renacimiento permanente de la Naturaleza, se simboliza con el disco solar. En definitiva, casi todos los analistas le dan, a este círculo de seis rayos, como emblema del sol, de sus deidades, y como símbolo de resurrección y de inmortalidad.

 

La pentalfa o sello de Salomón

Se llama pentalfa a la estrella de cinco puntas que realmente representa la letra “alfa” en cinco posturas diferentes. En su sentido literal, representa al hombre que controla y domina los cuatro elementos. Además en religiones antiguas era símbolo de la armonía del cuerpo con el espíritu, y siempre se ha tenido como representación de la perfecta salud física, energética y espiritual del ser humano.
Nada que ver con el hebraísmo, los judíos y la káhballa. También se le llama “pentagrama” y en las escuelas gnósticas era la representación de la Estrella Flamígera. Dicen que también representa las Cinco Impresiones de la Gran Luz, mostradas en cada una de sus puntas por sus auxiliares, que son Gabriel, Rafael, Uriel, Miguel y Samael (los cinco enviados de Dios entre los hombres).

 

La piña

Generalmente admitida como sómbolo de la resurrección, del renacer espiritual. Es frecuente encontrarlo en templos e iglesias católicas, y hay quien lo considera herencia de los elementos romanos del cristianismo. Se usa también como símbolo mágico y mitológico de la inmortalidad y la vitalidad permanente, aludiendo a la piña que llevaba en su báculo Dionisio, o Baco. Y como símbolo esotérico y ocultista del conocimiento se la tiene por representación del «tercer ojo», de la glándula pineal, eje del encéfalo, que tomó su nombre por su forma de piña. De ahí que en las religiones hinduistas y budistas se pinten los fieles un punto en el entrecejo, como símbolo del ojo de la luz.

 

La cruz patada

A esta cruz que tiene su brazos unidos en el centro, de similar longitud, y más ancha al exterior que al interior, se le ha denominado también “cruz paté” asociándose desde la Edad Media con la Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón, también llamada la Orden del Temple y que fue autorizada por el Papa Eugenio III en 1147 como símbolo de la hermandad templaria. Un elemento que ha sido muy utilizado a lo largo de la historia, pues también la siguiente Orden Teutónica la tomó por su emblema, y el Imperio Alemán la tuvo por su símbolo, incluso hoy el ejército alemán la pinta en sus vehículos militares. Esta cruz, de estructura griega, deriva de la primitiva (y precristiana) cruz celta. Desde mucho antes, era símbolo de la unión entre lo divino y lo terrenal. Es, pues, la cruz patada, un símbolo netamente humano, expresión de equilibrio y medida.

 

El mensaje de la portada de Gárgoles

En definitiva, el viajero se queda un tanto atónito ante este conjunto simbólico, que puede decirse, sin miedo a equivocarse, que es ÚNICO en el arte cristiano español. Porque de una forma voluntaria, premeditada, y muy clara por parte de quien la planteó, está exponiendo un conjunto de símbolos que llevan hacia un pensamiento concreto, esotérico, y con toda seguridad ajeno a la doctrina católica. ¿Una herejía en piedra? Tampoco puede decirse eso, porque no se plasmó en un escrito que la explicara. Y no consta que hubiera denuncia, persecución o proceso abierto contra su autor.

Yo me pongo a elucubrar, porque es el único camino que me queda ante esta sorprendente decoración en una iglesia de la Alcarria. Y pienso: el cura párroco ha decidido que los canteros (solían ser de origen montañés, pasiego) a los que ha encargado la construcción de una nueva portada para la iglesia, pongan en el muro una serie de emblemas que puedan ser explicados luego en los sermones festivos. Así se llevaba haciendo durante siglos. Pero, ¿cómo es posible que un clérigo del siglo XVII, en la época de mayor rigor de la justicia inquisitorial, se lance a pedir que en la portada de su iglesia se talle esa serie de elementos paganos, profanos, esotéricos y gnósticos? ¿Quizás ocurrió que fueron los propios canteros, a su albedrío, quienes colocaran esos símbolos, y el cura, muy pegado al terruño, y con pocas luces, no entendiera lo que significaban todos y cada uno de esos símbolos?

Ir más lejos en interpretaciones es consumir líneas y tiempo a mis lectores. Por eso no elucubro más, pero os dejo este dato: el conjunto esotérico y mágico de la portada de Gárgoles de Abajo, un caso único, excepcional, en el arte español de la Contrarreforma.

Despoblados de la Sierra

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Mañana sábado va a celebrarse, esta vez en Condemios de Arriba, un nuevo “Día de la Sierra”, que completará la docena de los celebrados. Un día de afirmación, de reivindicación, y de amistades. Un día de elaborar proyectos, de confirmar necesidades y de cantar y bailar todos juntos. Este año, con una pesada losa que se cierne, más aún, sobre todos: la de la despoblación.

Mañana sábado tenemos una cita en Condemios de Arriba. Será sede del XII Día de la Serranía, y en la mañana se centrarán los actos con el pregón que este año correrá a cargo de la periodista Raquel Gamo Pascual, y la entrega del galardón “Serrano del Año” que en esta ocasión ha correspondido a don Agustín González, sacerdote de Atienza, mientras que los actos culturales se centrarán en una Exposición de fotografías con imágenes de pueblos abandonados, despoblados y desaparecidos del área serrana, así como una charla de José Antonio Ranz Yubero, autor del libro recientemente editado “Despoblados de la provincia de Guadalajara”, sobre ese mismo tema.

La llegada a Condemios puede hacerse, desde Guadalajara, por Cogolludo y luego serranía arriba por Arroyo de Fraguas y Valdepinillos para bajar a Galve y Condemios, o por Tórtola/Hita/Jadraque para llegar a Atienza y desde allí hasta Condemios. Está relativamente lejos, pero es como todo en la Sierra: si te lo propones, está ahí mismo. El quid está en proponérselo.

Despoblamiento y abandono

En 1992 los arquitectos Tomás Nieto Taberné y Miguel Angel Embid García, publicaron un libro titulado “Matallana”, que recibió la Distinción de Honor del Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla-La Mancha delegación de Guadalajara. Un libro muy raro de encontrar hoy, grande y hermoso, ilustrado y limpio, clarividente. Un libro que, supongo (que para eso están) podrán mis lectores consultar en cualquiera de las bibliotecas municipales de la provincia de Guadalajara.

Tiene este libro muchas cosas dentro. Es un mundo (de información, de hallazgos, de denuncias y de imágenes) sonoro y declaradamente valiente. Porque en ese año (1992) se dejaba ya muy claro el grave peligro que se cernía sobre nuestra tierra. Y que no era la emigración, el despoblamiento, la ruina económica: era más duro aún, porque denunciaba el abandono: nadie se hacía cargo de lo que estaba pasando. Pasaba, sin más.

En este libro hay fotografías de edificios de Matallana, de ruinas, de espacios, una fotografía aérea… también hay planos, alzados, dibujos de detalles. Eran dos arquitectos los que estudiaban el lugar, pero también eran dos responsables actores de la vida social, que decían en su inicio, bajo la imagen impactante de un grupo de edificios tradicionales de Matallana: “…un intento de analizar un conjunto etnográfico de gran originalidad, un grupo de edificaciones, algunas todavía en pie, que constituyen un patrimonio modelo de conocimientos y de técnicas adquiridas, arraigadas, transmitidas y plasmadas en unas formas arquitectónicas resumen de unas formas de vida y de unas actividades, hoy en trance de desaparecer y de borrarse de la memoria colectiva…

morenglos alcolea de las peñas despoblados de la sierra de guadalajara

Tras el estudio multidisciplinar que realizan a propósito de la arquitectura negra de la Sierra Norte de Guadalajara (y que se plasmó en parte en la posterior “Guía de la Arquitectura Negra de Guadalajara” de Nieto y Alegre), aparece una colección fotográfica en la que se incluye lo que para mí es lo más impactante del libro: una serie de tres fotografías debidas a Francisco García Marquina, hechas en 1970, y que da testimonio gráfico de la salida de los últimos habitantes de Matallana. Con lo bien que escribe F.G. Marquina, en esta ocasión le sobraron todas las palabras, porque esas tres fotos dan idea de lo que supone una partida, un viaje sin retorno, una asombrosa forma de partir para siempre. Dos hombres cargan a varias mulas y burros de enseres, baúles, sacos y mantas, bien trabadas sobre sus lomos, mientras una mujer, de pañolón a la cabeza y oscura vestimenta, los observa. Al final, es ella la que aparece acompañando a los animales por la senda que deja atrás el pueblo y las montañas. Estremece.

Ese libro, y algunos otros que luego se han escrito (y seguro otros que aún vendrán) son testigos de una realidad imparable. Me asombra un tanto que hoy se haya armado la administración de tantas herramientas, consistentes en su mayoría en comisiones, agencias, oficinas, subdelegaciones, comisariados y congresillos, para estudiar el fenómeno de la despoblación, cuando la cosa era evidente hace ya cincuenta años, y hoy es algo tan constatable que solo pide soluciones. Y antes de que dichas comisiones, subdelegaciones y agencias se pongan a trabajar, como siempre creo que lo mejor que pueden hacer es ver cómo han resuelto ese problema en otros países de nuestro entorno europeo. Francia y Alemania especialmente, también el Reino Unido de la Gran Bretaña. La tendencia universal al urbanismo, es imparable: todo el mundo quiere vivir en grandes ciudades. Les mola. Pero también hay quien no quiere, o no puede, irse a esas grandes ciudades. Y ha de quedar en los pueblos. Para ellos hay que dar soluciones. Hay unas cuantas formas de hacerlo con dignidad y efectividad. Así que ahora, a aprender, a trabajar, y a calzarse las botas.

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Despoblados de la provincia de Guadalajara

En estos días aparece a la pública consideración, y en los escaparates de las librerías, la obra de Ranz Yubero, Remartínez Maestro y López de los Mozos “Despoblados de la provincia de Guadalajara”. Es un grueso libro de casi 400 páginas, con la información alusiva a medio millar de lugares que tuvieron vida, en su día (algunos de ellos solamente en la Edad Media, y otros recientemente abandonados) y un gran mapa de la provincia en que pueden ser localizados, y ser tomados como referencia para curiosas rutas y viajes “a la nada”.

despoblados de la provincia de guadalajara

La obra, que ha sido editada por Aache, como nº 110 de su gran colección “Tierra de Guadalajara” ofrece un catálogo, por orden alfabético, de todos los lugares que tuvieron vida en nuestro territorio, -vida urbana, se entiende, colección de habitantes y actividad socioeconómica-  a lo largo de los últimos mil años. De algunos de esos lugares solo queda el nombre, y es imposible localizarlo. De otros muchos, además del nombre, y las coordenadas, quedan leves huellas, como montículos, acúmulo de piedras, densidad de arbustos, una fuente o una huella de camino. Pero hay todavía largo número de los que se pueden visitar restos importantes: iglesias casi enteras, ermitas, acúmulos de construcciones derruidas, torres vigía, castilletes, cuevas… en todo caso, este “catálogo de olvidos” viene a ser una guía de viaje, una llave para abrir las puertas de un pasado sumido.

Lecturas de Patrimonio: Monasterios de Guadalajara (I)

monasterios medievales de guadalajara

Tiene Guadalajara muchos caminos, y muchos lectores están deseando conocerlos: llenarlos de imágenes y emociones. Todos los caminos muestran algún retazo de nuestro viejo patrimonio, Y muchos de esos caminos llegan hasta las ruinas, completas o exangües, de los viejos monasterios que cuajaron esta tierra. Vamos a recorrer esos caminos.

Si nos acercamos (por decir alguno) al monasterio de Monsalud en Córcoles, -entre Sacedón y Alcócer, por la carretera de Cuenca, y nos quedamos allí cuando el silencio del paisaje se haga total, nos parecerá ver, entre las sombras del amanecer, o aún en la noche, seres que caminan en fila y en silencio por los pasillos, los claustros, las naves de los templos que rezuman humedad, o están sentados en vetustos sitiales de madera, a la luz pálida de los velones, y allí entonan monótonos los sones de maitines, las oraciones primeras de un día que así, cada tres horas, volverá a unirlos en la alabanza a Dios, al Señor que todo lo gobierna y de ellos se deja cantar, complacido de oír, día tras día, siglo tras siglo, promesas de fidelidad, hechos de renuncia. Son los monjes.

Unidos en grupos, bajo la advocación de un santo, con el fervor homogéneo de una empresa, desde hace muchos siglos han existido los monjes y han habitado los monasterios. Tras la muerte de Cristo y la implantación de su mensaje por buena parte del mundo, el monaquismo cristiano ha prendido y se ha extendido desde Oriente hasta Occidente. Unos se han dedicado a la oración pura, a la contemplación divina. Otros se han lanzado a las calles y caminos, a socorrer a los necesitados, y a intentar cambiar el mundo. Todavía otros grupos han mezclado, ya en el espíritu medieval más puro, la fuerza de las armas con la justificación de la Fe para emprender tareas de reconquista, de guerra santa, de defensa de los Santos Lugares. De ahí que muchas ramas, muchas facetas, haya protagonizado la historia del monaquismo occidental, aunque en puridad tres estilos finalmente han cuajado y llenado enciclopedias: los contemplativos del Ora et Labora, los mendicantes de infinita presencia y alter-ego de los ONG actuales, y los caballeros‑monjes de las Ordenes Militares.

El desarrollo pleno del cenobitismo, como sociedad pequeña y multiplicada con acción en los medios urbanos y rurales, y participante plenamente del sentido religioso teocéntrico, y del político‑social del feudalismo, ocurre en la Edad Media. Aunque la primitiva regla de San Benito es obra del siglo V, y el auge de Cluny (desarrollo pleno del benedictismo) se opera en el siglo X, será a partir de ese momento, como reacción frente a ella, que la reforma cisterciense capitaneada por Bernardo de Claraval e iniciada en el siglo XII tomará todo su impulso y llenará el Occidente de monasterios (desde España a Jerusalén, desde Irlanda a Grecia) en los que el ideal del monaquismo y de la vida religiosa en comunidad se cumple a la perfección.

Una visión de este quehacer humano aparece tras la virtud y el empuje de Francisco de Asís, quien en el siglo XIII creó la Orden de los frailes pardos, con una visión nueva, más cercana a la problemática humana y social de sus días. Es, junto a la inmediata creación de la Orden de Predicadores por el español Domingo de Guzmán, un intento de llevar el cristianismo activo a los pobres y a los ignorantes. Los franciscanos y dominicos, como órdenes mendicantes (pobres que se mantienen de limosnas) surgen con toda su fuerza en ese momento de la Baja Edad Media, en el que también surge, en otro intento de mejorar actividades eremíticas previas, la Orden de San Jerónimo (1373) que nace precisamente en la tierra de Guadalajara, en Lupiana, y desde ahí se irradiará a España entera, y a América toda.

Creo que conviene, una vez más, dar un repaso a la permanencia (en forma de patrimonio monumental, histórico, anecdótico o incluso paisajístico) entre nosotros de ese testimonio humano y religioso. Porque durante siglos (y aún hoy mismo, aunque con escasa fuerza) sirvió de argamasa para la construcción de una sociedad, de un país, el nuestro, que tantas páginas atesora de heroísmos y atrevimientos, y que no deberíamos olvidar, ni dejar en lo oscuro.

En próximas aportaciones a través de estas páginas, iré dando noticia de ese patrimonio, haciendo lectura del mismo, edificio a edificio, anécdota a anécdota, personaje a personaje. Perdone el lector tanto preámbulo, pero quiero que sirva (al menos para mi afianzamiento personal) como un sustento de esa tarea que fundamentalmente educativa, pero también social y comunicacional, debemos todos alentar en el conocimiento y en la protección de nuestro Patrimonio.

Solo se ama lo que se conoce”, es frase que anda por ahí. No sé quien la acuñó, quizás fui yo, pero ya no me acuerdo. En todo caso, esa es la tarea: dar a conocer, en un empeño que no permite descansos ni vacaciones, para que seamos capaces de amar, y después, y con toda razón y fuerza, conservar por siempre.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

Bibliografía monasterial

Para empezar este camino, que ha de hacerse a lo largo de la geografía provincial, conviene ir pertrechado de algunas lecturas, a través de libros, de revistas… mejor aún sería hacerlo de documentos, de Archivos, pero ya se sabe que estas ocupaciones requieren de más tiempo y paciencia. Cuando empecé el análisis de estos lugares, de sus gentes, de sus edificios y avatares, anduve metido en esos archivos recónditos y esas bibliotecas arcanas. De entre ellos, y como orientación, diré que el Archivo Histórico Nacional en su Sección de Clero, en el viejo edificio del CESIC, en la calle Serrano, fue lugar que me brindó muchos datos, y que aún a los investigadores de hoy podrá les permitirá ampliarlos.

Pero para quien vaya a las bibliotecas, especialmente a las bien dotadas de libros (porque ahora hay muchas, pero tienen secciones infantiles o de novelas best-sellers mucho más grandes que las de neta información) hay algunos libros que debe buscar y consultar. Por el ejemplo…

El más clásico. Sería el que Layna Serrano escribió sobre la abadía cisterciense de Ovila cuando vio (era el año 1931) que el multimillonario norteamericano William Randolph Hearst la compraba y se la llevaba -las piedras numeradas- a California. De su investigación personal en archivos y sobre el terreno, tomó una gran información que desarrolló y dio vida a La Abadía Cisterciense de Ovila (1933) hoy muy difícil de encontrar en el comercio de libros de viejo, pues aunque hace 20 años se reeditó también está agotada.

El más completo. Todos los monasterios de Guadalajara fueron analizados en uno de mis primeros libros, Con documentación estudiada por primera vez, profusión de gráficos, y un objetivo de totalidad en cuanto a la recopilación de ruinas, instituciones o personajes, esta obra que firmé en 1974 se ha considerado como la imprescindible para iniciar el contacto con la realidad histórica de los Monasterios y Conventos en la provincia de Guadalajara, que hoy también está completamente agotada, aunque hay bibliotecas que la tienen, y está a la venta en formato DVD.

El más bello. La propia comunidad de monjas cistercienses que habita hoy el monasterio de Santa María del Sistal en Buenafuente, y gracias al apoyo de Ibercaja, ha escrito y editado una hermosa obra que titulan La Buena Fuente del Cister (1995) y en la que describen la historia, el arte, los objetivos y el proyecto futuro de su religioso instituto. Cuajado de hermosos gráficos y editado con elegancia, da una perspectiva completa de esta casa dedicada a Dios, la Virgen y San Bernardo.

El más meticuloso. Ramón Molina Piñedo, monje benedictino de Leyre, y sabio historiador donde los haya, haciendo gala de su sabiduría, de la gran documentación llegada a sus manos, y de esa paciencia propia de su Orden, ha elaborado una historia completa y meticulosa de la más antigua de las abadías benedictinas de la Alcarria: el monasterio de San Juan Bautista de Valfermoso de las Monjas. Con el título de Las Señoras de Valfermoso (1996) es este un libro en el que la organización y avatares de una comunidad femenina benedictina, viva hasta hoy, se diseca por completo. 

El más documental. De Layna también es el monumental estudio sobre todos los conventos y monasterios de la ciudad de Guadalajara. Con documentos originales y una meticulosidad histórica de eficacia indudable, pone en manos del investigador y del curioso la historia de estos centros religiosos que Guadalajara tuvo, en gran número, a lo largo de su historia: Los conventos antiguos de la ciudad de Guadalajara (1946 y reedición en 2010) es otra de las obras fundamentales del cronista Francisco Layna Serrano.

El más apasionado. Sería don Andrés Pérez Arribas, cura párroco de Alcocer a mediados del siglo XX, y apasionado de la historia y el arte de la Alcarria, quien elaboró una amplia monografía sobre El monasterio cisterciense de Monsalud (varias ediciones, progresivamente mejoradas y aumentadas) y en él destacaba sus orígenes, avatares, arquitectura, con muchas fotografías, planos, y explicaciones. Hoy son las de Monsalud unas ruinas que bien recuperadas dan para mucho en esto de nuestra visita al patrimonio monasterial.

Y por supuesto Internet. En la nueva frontera de la comunicación pueden encontrarse datos actualizados sobre los monasterios vivos en Guadalajara, y sobre los muertos, en muy diversos lugares, siguiendo las pautas de búsqueda que cada lector mejor conozca. Todos sabemos, sin embargo, que Internet es hoy un archivo vivo de muchas cosas, pero con una llamativa escasez de datos cuando uno quiere profundizar seriamente en algo. De entrada, puede valer esta dirección: http://www.aache.com/monasterios-de-castilla-la-mancha.

La Tierra de Cobeta

Cobeta

En el corazón de la España despoblada, Cobeta tenía en 2015 un total de 150 habitantes. En las últimas elecciones de abril, votaron 82 personas. Y niños, hay pocos. Esto quiere decir que el despoblamiento se acelera, y lo que fue un éxodo masivo a las ciudades en la segunda mitad del siglo XX, ahora al iniciar el XXI es ya un agotamiento poblacional por simple evolución biológica: los viejos se mueren, y nadie los reemplaza.

He viajado de nuevo a Cobeta, donde miro y anoto. Que yo sepa, no tengo amigo alguno de allí, y es cosa rara, porque en casi todos los pueblos de la provincia tengo algún conocido. Espero que al menos me queden lectores.

El pueblo se asoma a un hondo valle que baja hacia el pintoresco de Arandilla, y escoltada de pinares y prados, la villa de Cobeta, en la sesma del Sabinar, ya en el límite occidental del Señorío de Molina, tiene todavía un aire riente en los buenos días del otoño. Le viene su nombre de la torre o cubo que siempre vigiló su caserío.

Como una comarca del viejo Reino de Castilla, la “Tierra de Cobeta” tuvo existencia real del siglo XII al siglo XIX. A inicios de este, con el nombre de “partido de Cobeta” formaba parte de la Intendencia de Soria, en lo que entonces se denominaba “Castilla la Vieja”. Tras la reordenación de las provincias españolas por el liberal Javier de Burgos, en 1833 (división provincial que se ha mantenido intocable desde entonces) Cobeta pasó a pertenecer a la provincia de Guadalajara.

La más remota historia pone su origen en le repoblación cristiana de la zona, perteneciendo desde un principio al territorio del señorío de los Lara, gozando de su Fuero. En algún sitio he leído que en 1153 don Manrique y su esposa doña Ermesenda donaron Cobeta al Cabildo de la Catedral de Sigüenza, pero no lo veo muy lógico, porque la realidades que durante el siglo XII y casi todo el XIII, este lugar estuvo incluido en el Común de Molina, siendo en 1292 cuando, por testamento de la señora del territorio, doña Blanca Alfonso, pasó por donación a pertenecer al monasterio de monjas cistercienses de Buenafuente del Sistal, junto a sus anejos del Villar y la Olmeda.

En el siglo posterior, concretamente en los mediados del XIV, un caballero denominado Francisco de Tovar se adueñó de Cobeta y su comarca, pero las monjas lograron que les fuera devuelto. Finalmente, en el segundo cuarto del siglo XV, otro caballero de la misma familia que el primero, don Iñigo de Tovar, se apoderó de este pueblo, logrando que oficialmente reconociera el rey Juan II esta usurpación, y dando a las monjas, en cambio, el lugar de Ciruelos. En la familia de los Tovar, emparentada luego con los Zúñigas, más tarde marqueses de Baides, quedó durante siglos este pueblo y sus anejos, el Villar y la Olmeda, más el caserío de Torrecilla del Pinar.

Uno de los escritores molineses más conocidos, don Gregorio López de la Torre y Malo, autor de la “Chorográfica Descripción del Muy Noble, Leal, Fidelísimo y Valerosísimo Señorío de Molina” a mediados del siglo XVIII escribió así (copio textualmente) de Cobeta: “Cobeta es Villa muy antigua, por Instrumentos del año de 1187. Tiene un Castillo muy fuerte, y en su término otro llamado Gazafatem. Esta Villa, con la Olmeda, y el Villar, mandó la Infanta Doña Blanca en su Testamento año de 1293 a las Religiosas de Buena-Fuente. Confirmó esta donación la Reyna Doña María en Astudillo año de 1304, los quales tres Lugares usurpó, después de mucho tiempo, un N. Tobar, apoderándose del Castillo de Cobeta; y por Sentencia dada en Molina en 1372, fueron amparadas las Monjas, y echado Tobar del Castillo; pero poco después volvió Iñigo Tobar à apoderarse del Castillo; y aunque se querellaron ante el Rey, y viendo que no podian echarlo del Castillo, ni gozar el vasallaje, y que el año de 1444 le fueron confirmados a Iñigo Tobar los tres Lugares por Don Juan el II. Y el año de 1479, por el Rey Católico, les fue forzoso a las Religiosas tomar por trueque, y cambio la Villa de Ciruelos, que era del referido Iñigo de Tobar, de lo que se hizo Concordia el año de 1500. Ahora el Señor de Cobeta es Marqués de Vaydes, y Conde de Salvatierra, y otros muchos Estados. En su término está el Santuario de nuestra Señora del Montesino, y otra Ermita del Glorioso San Antonio de Padua.

Cerca del término de Cobeta, en los Pinares de Mazarete, y Anquela, en el Cerro del Gijo, Iñigo de Tobar, y los del Ducado de Medina-Caeli, en el Sitio de la Matanza, y la Naba de los Ahorcados, el año de 1448, en un combate “desbarataron a los Aragoneses, que passaban à los Presidios de Atienza, y Sigüenza, que estaban entonces por los Infantes de Aragon”.

Pocas cosas pasaron después, en Cobeta, porque siguió como tantos pueblos de la Castilla silenciosa viviendo la paz de las normas, todo controlado desde la Corte. Tuvo fama Cobeta por sus minas de hierro, pero se dejaron de explotar debido a que el material que se obtenía era demasiado denso y no llegaba a fundir bien con el material que se extraía de otros lugares del entorno. En el pueblo hubo dos herrerías, (la una propiedad del Conde de Salvatierra, y la otra de los Pelegrín) que fueron incendiadas por las tropas carlistas del general Balmaseda el día 6 de abril de 1840. Siguieron produciendo durante el siglo XIX, hasta alcanzar las 20.000 arrobas de hierro anuales. Sabemos también, en punto a recuerdos marciales, que en el transcurso de la guerra de la Independencia, la resistencia castellana instaló en el pueblo una fábrica de fusiles, (“armas reputadas como de la mejor calidad”), en la que trabajaban armeros vizcaínos, que se cerró en 1814, y de la que hoy no queda ni rastro.

En el diccionario de Madoz se nos dice que, a mediados del siglo XIX, la población tenía 70 edificios, en los que moraban 81 vecinos (o familias), que venía a corresponderse con unas 300 “almas” (o bocas que comen, para entendernos).

planeta mendoza

 

El castillo de Cobeta

La antiquísima torre, puesta sobre elevado cerro, y con toda seguridad sede primitiva de algún castro celtibérico, fue rehecha por don Iñigo López Tovar, en el siglo XV, poniendo sobre el breve cerro un castillo al estilo de la época, que sirviera no sólo de circunstancial defensa contra las incursiones de los aragoneses y navarros por la región, sino de morada para él y su familia. Allí murió, en 1491, este señor, que dispuso ser enterrado en la parroquia de la villa. Sobre la puerta del castillo tenía colocadas sus armas talladas en piedra.

El castillo que probablemente construirían como tal lo Lara molineses, se componía de un recinto cuadrado con cubos en las esquinas, y la torre del homenaje, cilíndrica, con almenas sobre el grueso moldurón de su remate, y que es lo único que hoy queda, hueca y desalmenada, ha sido rehecha hace poco y aunque se nota demasiado, al menos ha salvado su integridad y buena planta. Desde su altura, a la que recomendamos subir, se admiran espléndidos panoramas boscosos.

En el caserío, de cuidadas calles y grandes casonas de recia sillería rojiza, destaca la iglesia parroquial, inexpresivo edificio del siglo XVII, en cuyo interior puede admirarse un retablo mayor barroco, obra firmada por Juan de Sancho, en 1699, y un enorme órgano en el coro alto. Existe en la calle principal una casona con portalada de barrocas tallas en sus jambas, y dintel, característico ejemplar del modo de decorar su vivienda la burguesía rural molinesa en el siglo XVIII. También debe admirarse una impresionante reja en el edificio del Ayuntamiento, que posee bello campanario de complicada tracería férrea.

Castillos y Fortalezas de Castilla La Mancha

 

La ermita de Montesinos

En el término de Cobeta, sobre el valle del río Arandilla, y en un lugar de extraordinaria belleza, en que las altas rocas de arenisca rojiza se mezclan con la exuberante vegetación, está la ermita de Nuestra Señora de Montesinos, un gran edificio de portón adovelado, con buena guarnición de hierros, y su interior cuajado de recuerdos marianos de esta venerada advocación, de la que se cuenta un origen legendario: se apareció María a una pastorcilla manca, y le ordenó que avisara al capitán moro Montesinos, que guardaba el fuerte castillo de Alpetea para el rey de Valencia, y le anunciara que ante él haría un gran milagro. La Virgen restituyó a la pastorcilla el brazo que le faltaba, y el capitán, impresionado, se convirtió al cristianismo y erigió en aquel lugar una ermita. En ella se reúnen las gentes de todos los lugares del entorno (Cobeta, el Villar, la Olmeda, Torremocha, Torrecilla, Selas, Anquela y Aragoncillo) en alegre romería la víspera de la Asunción.

La ermita fue guardada por Francisco, durante muchos años, quien se esmeró en tenerla limpia, en homenajear a la Virgen a diario, y en contar su historia (la real, y la inventada) a cuantos se acercaban a verla. Ahora se puede llegar en coche cómodamente por camino asfaltado desde Cobeta. Es lugar que no debe dejar de conocer quien quiera llevar la mejor imagen de la Guadalajara inédita. Pero ha de hacerlo en excursión a pie, desde Arandilla, o desde Cobeta. Sabrá mejor el recuerdo.