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Las casas grandes molinesas

Casa grande de los Malo en Setiles

La Casa grande de los Malo en Setiles

Patrimonio silencioso de una comarca en silencio. Las Casas Grandes del Señorío de Molina conservan el empaque de los viejos siglos, la contundencia de sus perímetros, el brillo nostálgico de sus escudos y la dulce voz de sus rejas talladas al amor de las forjas. Vamos a dar un breve repaso a algunos de sus modelos.

Existe en el Señorío de Molina un tipo de elementos patrimoniales que puede decirse es singular de su territorio, y que en ninguna otra parte de la región castellano‑manchega se encuentra. Se trata de lo que se podrían denominar como «casonas molinesas«, edificios que destinados a diferentes menesteres, tienen en común su estampa recia, sus bien tallados muros, sus portalones generalmente rematados con escudos heráldicos, sus patios adosados, sus  escaleras amplias y una serie de características que les dan un rango de preeminencia sobre el resto de las edificaciones del  entorno urbano o rural en que aparecen.

Estas casonas están construidas generalmente en los siglos XVII y XVIII, aunque las hay mucho más antiguas, expresión de otros modos de vida, más guerreros, de la Edad Media, frente a los residenciales de los tiempos modernos. Su estructura deriva claramente de las grandes casonas urbanas y fincas de labor del país vasco‑navarro. Ello se debe al hecho de haber llegado hasta el Señorío molinés, desde el siglo XVI en adelante, muchos inmigrantes norteños, algunos de los cuales, una vez transformados en acaudalados agricultores o ganaderos, y con la prosapia de sangre que las gentes de la España verde suelen traer en sus arcas, pusieron la representación de su jerarquía, de su riqueza y de su linaje en forma de permanente arquitectura.

Las casas grandes de Molina tienen personalidad y enjundia, historias cuajadas de grandes familias de ganaderos, de frailes, de profesores y obispos.

Aunque en todos y cada uno de los pueblos y lugares de Molina quedan ejemplaos de estas “casas grandes”, es destacable la abundancia de las mismas en la propia capital del Señorío, y en su franja septentrional, especialmente en las sesmas del Campo y del Pedregal, donde la riqueza emanada de la agricultura fue mucho mayor. Así, merecen visitarse los conjuntos de casonas existentes en Milmarcos, Hinojosa, Tartanedo, Rueda, Tortuera y Embid, sin olvidar algunos magníficos ejemplares en El Pobo de Dueñas, Orea, Checa, Peralejos de las Truchas y Valhermoso.

Milmarcos

Milmarcos está en el extremo norte del Señorío, y fue durante algún tiempo cabeza de partido judicial. Presenta una interesante serie de casas grandes, que solo por nombrarlas puedo decir que en la misma plaza de la Muela, donde ahora se ve el teatro Zorrilla, está la casa de los López-Celada Badiola, con sus curiosos escudos. Pero destacan sobre todo las de la parte baja, destacando en el paseo que lleva a la ermita del Cristo la casa-palacio de los García Herreros, obra magnífica de la arquitectura civil molinesa del siglo XVIII. La fachada es de tres cuerpos, de buen sillar, tallado con gusto y mesura. Su cuerpo bajo contiene la portada y dos ventanas laterales. El principal muestra balcón central, que hace un cuerpo con la puerta, rematando en un gran escudo barroco de la familia constructora. El cuerpo alto muestra dos pequeños vanos laterales que se corresponden con las cámaras o tinado. El interior presenta un gran portal en el que quedan restos de empedrado, con escalera muy amplia y de alto hueco, que remata en lo más alto con una bóveda de interesantes adornos barrocos vegetales, mascarones representando ángeles y demonios, etc. La distribución del piso es muy clásica de estas casonas: salón central y salas laterales, y arriba del todo una gran cámara con la viguería y ripia a la vista.

Uno de los grandes capítulos del libro del autor, “Molina de Aragón, veinte siglos de historia”, trata sobre las “casas grandes molinesas”. Aparecen sus imágenes, sus escudos, algunos planos y muchos recuerdos.

En un ángulo de la plaza mayor está la casona de los López Montenegro, con gran arco semicircular adovelado, escudo de armas de la familia, rejas extraordinarias de hierro forjado, y un interior en el que destaca el arranque de la escalera. También deben mencionarse la casa de los Angulo, llamada «posada vieja» con vanos de sillería y escudo; la portada de la casa de los López Olivas, y la casa de la Inquisición, de la que sólo queda la portada de buen sillar tallado, y el escudo del Santo Oficio.

Tortuera

Por el pueblo se hallan distribuidas una buena porción de casonas molinesas de típica arquitectura y buen estado de conservación. Merecen citarse las que rodean la plaza mayor, todas ellas de grandes portones semicirculares adovelados. Una es la de los Torres, otra la de los Moreno, del siglo XVII. La casona de los Romero, en un extremo del pueblo, es del siglo XVIII y muestra sobre la puerta un hermoso escudo de armas. La casona de los López Hidalgo de la Vega presenta una clásica distribución de vanos, con escudo sobre el portón adintelado. Es obra del siglo XVII, construida por don Diego López Hidalgo Mangas, padre de una abultada nómina de figuras de la religión y las letras, que en ella vivieron y la adornaron, con sus retratos, durante siglos.

Embid

En el otro extremo, el oriental, del Señorío, Embid puede presumir de tener, además de castillo fronterizo, una serie de destacables “casas grandes” de típica traza: la de los Sanz de Rillo Mayoral, es obra del siglo XVII con ancha fachada de sillarejo y un gran portón adintelado en el que se inscriben diversos símbolos alusivos a la dedicación ganadera de los dueños; la de los Ordoñez de Villaquirán, obra del siglo XVII también, con amplio patio anterior y entrada sencilla adintelada; y la del Dr. Martínez Molinero, también llamada «la casa del vínculo», obra del siglo XVIII con portada adintelada y gran dovelaje y jambas de bien labrado sillar, mostrando encima un curiosísimo escudo emblemático, en forma de jeroglífico, que viene a relatar la historia de la familia.

Tartanedo

Lugar de adinerados ganaderos, que dieron luego, a través de las generaciones de sus hijos estudiosos, múltiples personajes de la religión y la milicia. Ellos vivían en grandes casonas, de las que destacan la antigua de los López de Ribas, ya muy modificada, cuyo escudo de armas fue arrancado hace años; la de los Crespos, la de los Badiolas y alguna otra de gran empaque y severidad barrocas. Del palacio del Obispo Manuel Vicente Martínez Ximénez quedan restos poco relevantes. La obra más interesante que se conserva es el palacio del Obispo Utrera, en la costanilla de San Bartolomé. Se trata de un edificio de aspecto noble, aislado del resto de las construcciones, en muy buen estado de conservación. Tiene en su fachada principal tres niveles. En el inferior se abre el portón arquitrabado con dintel y jambas de sillar almohadillado. A sus lados, ventanas con magníficas rejas, y en las maderas luciendo los clavos y herrajes que su constructor les puso el primer día. En el segundo nivel resalta el gran balcón, también de sillar en almohadillado modo combinado, y un par de ventanas escoltándole. Arriba, un escudo nobiliario de la familia propietaria, y dos ventanillas que se corresponden con un camaranchón al interior. La mampostería noble de sus muros, el sillar bien tallado de las esquinas, y el eco de las pisadas de la calle transportan al admirado viajero a otro mundo diferente. El palacio es obra del siglo XVIII en sus comienzos, y lo construyó don Pedro Utrera Martínez, abuelo del famoso obispo de Cádiz a quien la tradición atribuye la erección del palacio.

Molina de Aragon veinte siglos de historia

Setiles

En el pueblo de las minas, antaño productivo, y residencia de ricos ganaderos y gestores del carbón, podemos decir que se alzan y concitan admiración algunas de las mejores “casas grandes” del Señorío molinés. Porque en Setiles destacan, y llaman poderosamente la atención del visitante, varios palacios y casas fuertes. De ellas es muy singular la casa-fuerte de los Malo de Marcilla, fundada en el siglo XV por don Garci Gil Malo. En su origen fue castillete, formado por dos torres paralelas, muy fuertes y con escasos vanos aspillerados, rematadas en almenas, y un cuerpo central, en que se abría el portón de acceso al patio central, desde él por sendos arcos apuntados se accedía a las torres de vivienda y hospedaje. En el siglo XVIII se cambió la estructura, desmochando una torre, y añadiendo nueva portada con molduras varias y escudo de la familia. El interior aún muestra el patio con restos del antiguo pozo, y las entradas laterales a las torres. Existen las ruinas de otros dos caserones pertenecientes a la familia Malo, y es destacable en ellos el que todavía muestra su gran portón adovelado, con el escudo por cimera y clave. Otros diversos palacios y casonas muestran las calles de Setiles, y de entre ellos destaca un palacio barroco, de planta rectangular, con portada y fachada cuajada de cenefas y molduras con prominentes almohadillados y rehundidos casetones que le dan un suntuoso aspecto barroco. Aquí la denominan como la Casa del tío Pedro y la tía Braulia, y fue construida en 1752. Debe destacarse también la azulejería que cubre la pared de una casa de la calle mayor, en la que se ve una pintura popular de 1776 patrocinada por Miguel Megina en honor de la virgen del Tremedal, patrona de aquella zona.

Todos estos elementos citados, y muchos más repartidos por casi todos los ochenta pueblos que conforman (igual que en su fundación, hace 900 años) el Señorío de Molina, son expresivos de una arquitectura autóctona y muestran la reciedumbre de sus muros, la belleza de sus portones y ventanales, cuajados muchas veces de hierros artesanalmente trabajados, rematadas sus fachadas con orondos escudos de armas, y bien distribuidos sus interiores con zaguanes amplios, en ocasiones bellamente empedrados, escaleras sorprendentes, corrales resguardados de altas tapias y, en definitiva, el aire en torno de la hidalguía antigua y reciamente hispana.

Sigüenza, diez razones para ser Patrimonio de la Humanidad

Catedral de Sigüenza por Isidre Monés

Cuando el escritor y filósofo (uno de los destacados de la Generación del 98) José Ortega y Gasset se acerca a la ciudad de Sigüenza, en 1911, nos dice que tras subir la calle principal se enfrenta a la visión de la catedral, y afirma de ella que “toda oliveña y rosa a la hora del amanecer, parece sobre la tierra quebrada, tormentosa, un bajel secular que llega bogando hacia mí en el viril castizo de su tabernáculo”.

Mucha literatura se ha derramado en torno a Sigüenza, porque -sin duda- su estructura, su ser, y sus detalles, incitan a cualquiera con sensibilidad a buscarle definiciones, y justificar ante sí mismo (el escritor, el viajero) la razón de admiración tan alta.

Azorín dice (es 1905) que “[…estos] pueblos de vetustos callejones, de callejuelas retorcidas, de olmedas y saucedas, donde pasean solitarios los clérigos; de tiendecillas oscuras; de portaladas nobles con blasones de piedras; de niñas silenciosas que asoman tras los cristales cuando resuenan pasos…” y Alberti, en 1923, cree soñar tras ver al Doncel en su reposo de alabastro, y se le escapan, como entre lágrimas, estos versos que inician el soneto que le dedica: “Volviendo en una oscura madrugada / por la vereda inerte, del otero / vi la sombra de un joven caballero / junto al azarbe helado reclinada”.

¿Seguimos? No hace falta: don Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Federico García Lorca… pero también Cervantes, y Quevedo, y Lope de Vega, y Tirso de Molina…. Todos han pasado por Sigüenza, y se han llevado en sus almas la impresión de verla, por primera vez, sobrecogidos.

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Sigüenza ciudad medieval

En estos días que por parte del Ayuntamiento de la Ciudad de Sigüenza se plantea solicitar, ante las altas instancias internacionales, la declaración de “Ciudad Patrimonio de la Humanidad” para su conjunto urbano, se ha formado allí un Comité de Expertos, con un relevante presidente a la cabeza (don Antonio Fernández-Galiano Campos, presidente de ”Unidad Editorial”). Aunque en sus primeras declaraciones, tanto el presidente del comité, como la alcaldesa de Sigüenza, han manifestado que cualquier voz será bienvenida, y cualquier aporte, por el costado de la sociedad civil, será tenido en cuenta.

A tenor de ese ofrecimiento, me atrevo a proponer aquí diez (los primeros) argumentos que deberían esgrimirse para poner en valor esta solicitud. Y que van más allá del simple hecho de ser “una ciudad bonita” con un rico patrimonio artístico y una naturaleza casi virgen en su torno. Sigüenza es ya, desde hace muchos años, Ciudad Conjunto Histórico de categoría nacional. Solo es subirle la categoría lo que se pide, de nacional a internacional. No es difícil. Y será cuestión de seguir meticulosamente los pasos que la UNESCO pide para alcanzar la meta. Años de papeles, de informes y de comparecencias (también de viajes, de hoteles y de experiencias, para quienes lo promueven) En definitiva: el Calvario de la burocracia, en este caso internacional, que se monta para justificar puestos, viajes y caras serias.

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Porque Sigüenza lo tiene fácil de verdad. Es cuestión de esgrimir, con sus apoyos documentales anejos, estas diez (10) razones que la hacen ciudad singular, especial, única en su contexto, y merecedora de ese título “Ciudad Patrimonio de la Humanidad”. Que viene a decir, en resumen, que si se perdiera, que si no existiera, la Humanidad sería un poco más pequeña, se encogería, perdería parte de su valor innato.

  1. De esas razones diez, la primera es sin duda su propio ser corporal, su estructura y su fisonomía. En la que entran a jugar dos factores complementarios. De una parte, el urbanismo, la forma en que la ciudad nace, crece, se desarrolla y alberga a la gente y a sus edificios. Por otra parte, ellos mismos, los grandes ejemplos del estilo románico (la catedral, y su contenido, las iglesias de Santiago y San Vicente…) de estilo gótico (santa María de los Huertos) de estilo renacentista (la sacristía de las cabezas) de estilo barroco (el trascoro…) el arte hispano, en definitiva, como puesto en catálogo didáctico.
  2. El espacio natural en que surge la ciudad, a la inclinada orilla del río Henares, un río literario y eje capital de los caminos peninsulares. Ese paisaje (que no destaca precisamente por su belleza o aparatosidad al uso de los exploradores amazónicos) explicita el origen remoto del burgo, un área vivencial para culturas antiguas, prehistóricas, un lugar en el que los castros celtíberos tiene su marcada presencia, y por sí solos hablan, en el lenguaje de las piedras y los silencios, de la antigüedad seguntina. De su firmeza, de su estratégica rumbosidad en el contexto romano, y visigodo, y árabe…
  3. Los personajes que en esta ciudad han nacido. Hombres y mujeres. Sabios y ascetas, escritores y artesanos, profesores y académicos (¡incluso en la actualidad!) Desde el escritor jerónimo fray José de Sigüenza al Arzobispo Asenjo, desde José de Villaviciosa al doctor Francisco Javier Sanz Serrulla.
  4. Los personajes que la han poblado, siempre rodeados del esforzado pueblo, agricultores, artesanos, ballesteros y recueros… Pedro Ciruelo, profesor de la Universidad, o Gaspar Casal, médico insigne; El Cardenal Mendoza y el doctor Martínez Gómez-Gordo.
  5. Y aún los viajeros, que momentáneamente se acercaron y subieron/bajaron los pavimentos de sus calles. Ya dije antes algunos nombres ilustres. Quizás uno de los mayores, don miguel Cervantes, de quien tenemos constancia en que en marzo de 1569 acudió con su maestro López de Hoyos a visitar Sigüenza, y de paso admirar la estatua de don Martín Vázquez de Arce, ese joven caballero que muere en la guerra contra moros, y queda eternamente abstraído en la lectura de un libro ¿de caballerías? Seguimos dando nombres… los Reyes Católicos, el general Hugo, el Conde de Romanones, Felipe V, Manuel Azaña, el propio Papa actual, Francisco… sería inacabable la lista, pero es un valor, son miles de valores, seguros.
  6. Los artistas que poco a poco levantan tanta maravilla. Tallistas románicos venidos del Poitou, de la Borgoña, de Bretaña.. Juan Guas y Alonso de Covarrubias, Soreda y Giraldo de Merlo, y esos cientos de tallistas, de pintores, de orfebres, de rejeros, de campaneros, de tejedores, de alfareros, de cesteros y músicos…
  7. La enseñanza que se imparte en su Universidad. Algunas ciudades españolas han sido nombradas patrimoniales por haber sido, fundamentalmente, universitarias: Salamanca, Alcalá de Henares, Baeza… nuestra Sigüenza añade también ese mérito a su historia. Fue sede ¡desde el siglo XVI de una Universidad en la que destacaron profesores, y alumnos: en los que campan a sus anchas nombres como Huarte de San Juan, Sorapán de Rieros, Pérez de Escobar, Martín Martínez, unos en el Derecho Canónico, otros en Medicina: y todos en el recuerdo feliz de sus días universitarios seguntinos.
  8. El costumbrismo no es flojo, precisamente. Desde sus hogueras (de cuajo ancestral) por San Vicente, a la Cofradía de los Armaos, una Semana Santa con trasfondo militar y artillero.. Desde el homenaje popular (flores, canciones, luminarias) a la Virgen de la Mayor, que lleva en las manos la flor de lis francesa, a las rondallas navideñas haciendo paradas en los trechos donde venden anís, o lo reparten.
  9. La secuencia bibliográfica que ha nacido de esta ciudad: los libros, las obras dramáticas, los estudios históricos, los versos, las enciclopedias aún. No es cualquiera una ciudad que cuenta con tal bibliografía detrás de ella. Guías (cómo olvidar la maravilla que en ese estilo escribió Alfredo Juderías, aquel memorable “Elogio y nostalgia de Sigüenza”), o las novelas nacidas de sus callejones (“El último día de Sigüenza”, de María Antonia Velasco), o el gran estudio profesional de su Catedral de Santa María debido recientemente al arquitecto José Juste Ballesta… poetas de altura, como Ochaita, Suárez de Puga, Vaquerizo… incluso las voces discordantes y bohemias, pero siempre llenas de afecto por su ciudad natal de Antonio Pérez, de José Pepe Esteban, del heterodoxo Braulio de Sigüenza, que no era otro que el valenciano Joaquín Buxó, a quien, como a tantos miles, cautivó Sigüenza.
  10. Y al fin un algo intangible, un “qué sé yo”, un aire que se balancea: ese sentido de tradición en todo cuanto aquí ocurre o se prepara. Una idea como sacralizada de que cualquier presencia, idea o surgimiento, está en conexión con el pasado, y es cadena que le ata al porvenir. Las Jornadas de Estudios Seguntinos, los toros en verano, la cuesta de Rompeculos. Mil cosas más, que se pueden (con estudio, paciencia y ganas) ir poniendo una tras otra.

Quizás tengamos, para Sigüenza, bastante más razones para que le den el título de “Ciudad Patrimonio de la Humanidad” que Le Havre, la ciudad normanda que sufrió tal bombardeo en la II Guerra Mundial que ha tenido que ser reconstruida totalmente (y es patrimonio) o algunos lugares parciales, como Alcalá de Henares, que por universitaria y monumental ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad una parte, restringida, muy delimitada, de la ciudad antigua. Sigüenza aspira a la totalidad, porque puede. Y lo sabe.

Brihuega, roca del Tajuña

Capilla del castillo de Brihuega

En los pasados días hemos girado, junto a la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Guadalajara, una detallada visita a Brihuega, de la mano de ese gran guía de monumentos que es Manuel Granado. Y hemos podido admirar la secuencia patrimonial de Brihuega, en la que se han abierto, anchas y diáfanas, nuevas puertas, especialmente en el Castillo de la Roca Bermeja.

Desde el parque de María Cristina, donde paran los buses, hasta el Castillo de los Obispos, Brihuega va mostrando al viajero todos sus humildes y densos rincones, en los que palpita la historia.

Cuando llegamos al castillo al que llaman de la Roca Bermeja, porque asienta sobre un alto roquedal de tonos férreos, nos deslumbra la grandiosidad del entorno. Y a los que ya hemos ido muchas veces, nos vuelve a sorprender lo cuidado que está, y las mejoras en su conservación y restauración que ha recibido en los últimos tiempos. De tal modo que ahora son espacios nuevos los que se pueden admirar. Desde la capilla gótica de los obispos, a las caballerizas castilleras.

A la fortaleza medieval de la villa alcarreña de Bri­huega llaman el castillo de la Roca Bermeja, porque tiene su basamenta sobre un roquedal de tono rojizo, muy erosionado y socavado de pequeñas grutas y anfractuosidades que acentúan su carácter legendario, en el que se sitúa la tradición piadosa de la aparición de la Virgen de la Peña, patrona de la villa, que toma su nombre de ese mismo roquedal, siendo una más de las advocaciones marianas españolas en las que lo castrense y lo religioso se entremezclan.

Algo de historia

Por centrar la historia del edificio, cabe recordar primeramente la presencia de un castro ibérico en su entorno. Ello se ha demostrado por el hallazgo de restos cerámicos de la época celtíbera, contando además con la presencia de restos romanos y monedas visigo­das encontradas en la vega del río y en las laderas del monte en que asienta la villa.

Además está inequívocamente probado que los árabes tuvieron en este enclave un castillete o torreón defensivo, que en la época del reino taifa de Toledo, especialmente ya en sus últimos años, se amplió y llenó de comodidades, de tal modo que sirvió para que en él pasaran algunas temporadas el rey Almamún, y su hija la princesa Elima, más el rey de Castilla Alfonso vi cuando todavía no era sino aspirante al trono. En esa ocasión, y según refiere la Crónica de España escrita por Alfonso x el Sabio, el futuro monarca castellano recibió en donación del musulmán la villa de bryuega donde refiere que avie y buen casti­llo para contra Toledo. El historiador y arzobispo toledano, señor de la villa del Tajuña de la que aquí tratamos, la denomi­na en su De Rebus Hispaniae como «Castrum Brioca». En la ocasión en que, tras la toma de Toledo, el año 1085, el rey castellano otorga Brihuega al arzobispo de la nueva sede, don Bernardo, le concede en señorío la villa de Brihuega, a la que se refiere como poseedora de un fuerte castillo bien situado estratégicamente. Indudablemente, los árabes fueron los constructores primeros de esta fortaleza vigilante del Tajuña. Y a partir de finales del siglo XI, serán los castellanos, y más concretamente los arzobis­pos toledanos, quienes aumenten y den a la fortaleza briocense el estilo y la forma en que hoy la vemos.

El rey Alfonso vi donó entera la villa de Brihuega, como acabamos de ver, a la mitra primada de España, en documento fechado el 15 de enero de 1086. Es esta la primera vez que aparece esta localidad nombrada en un documento. El primer arzo­bispo que poseyó a Brihuega fue don Juan, quien formó con ella un feudo amplio en el que incluía lugares de relieve, como Illescas, Alcalá de Henares y Talavera. El arzobispo que más ayudó a Bri­huega fue don Rodrigo Ximénez de Rada, el que fuera gran político e historiador que tanto ayudó al engrandecimiento de Castilla durante los reinados de Alfonso viii y Fernando iii.

En este castillo que denominaron sus descendientes  palacio‑fortaleza, pasó largas temporadas don Rodrigo, entre los  años 1224 y 1239, escribiendo en él muy probablemente algunas de  sus importantes obras históricas. El fue quien redactó y otorgó el conocido Fuero de Brihuega para sus habitantes, y consiguió  del rey Enrique I, en 1215, un privilegio para celebrar feria por San Pedro y San Pablo cada año.

Menudearon las visitas reales al castillo de la Peña Bermeja, tanto de Alfonso viii como de Fernando iii y de su hijo el Rey Sabio, y en 1258 llegó a tanto la importancia de la villa y de su castillo, que sirvió de sede para clausurar uno de los concilios toledanos que convocara el año antes el arzobispo‑infante don Sancho.

Tanto la fortaleza como la muralla completa de la villa de Brihuega hubieron de sufrir algunos avatares guerreros de cierta importancia. Fue uno de ellos el cerco al que en 1445 sometió a la villa el ejército del Rey de Navarra, que pretendía anexionarse esta población. Sus habitantes y el propio ejército episcopal la defendieron gallardamente, impidiendo su caída. Todavía en 1710, ya en las postrimerías de la Guerra de Sucesión al trono de España, los austriacos del Archiduque Carlos penetra­ron en la villa y resistieron el asalto de las tropas borbónicas del futuro Felipe V, quien personalmente comandó el ejército que, finalmente, el 8 de diciembre de 1710, tomaba la población no sin antes haber causado notables desperfectos en la muralla, en sus portillos y en numerosos edificios briocenses, incluido el propio castillo, donde el general inglés Stanhope se había refugiado, siendo sacado de allí por la fuerza.

En el siglo XIX se destinó el edificio, ya notablemente arruinado, a cementerio municipal y dependencias religiosas, misión en la que sigue.

Brihuega la roca del Tajuña

La visita al castillo de Brihuega incluye, de una parte, la de la alcazaba propiamente dicha, asentada en una eminencia de la peña bermeja sobre el Tajuña. Y, de otra, la de toda la muralla que circuía a la villa, con algunas de sus más señaladas puertas de acceso.

El castillo asienta, como ya he dicho, sobre una eminencia rocosa, en el extremo sur de la población. Sobre el primitivo fortín de los árabes, se añadieron estancias en el siglo xii, de estilo románico, y posteriormente en el XIII le construyeron la capilla de estilo gótico de transición. En sus orígenes, el castillo tenía adosados por su costado norte varias estancias en diversos pisos, para albergue de los señores obispos toledanos y de su corte.

La visita al castillo de Brihuega se hace entrando por la puerta que existe junto a la iglesia de Santa María. Por ella accedemos al núcleo central del castillo o palacio‑fortaleza como antiguamente le llamaban sus obispos, que consta de un espacio central, el más elevado, en el que hoy aparecen unas construcciones o amplia logia dividida en tres tramos cubiertos de bóvedas de sencilla crucería, que pertenecieron a salones del palacio. Delante, un amplio espacio abierto, restos de otras construcciones, sirve de cementerio. Adosado a este primitivo núcleo constructivo, existe el conjunto de edificaciones al norte, recientemente recuperado en todo su esplendor, consistentes en una larga nave cubier­ta de bóveda de cañón, y que hoy se denomina y utiliza como capilla de la Vera Cruz, a la que han abierto una sencilla puerta  de medio punto, adovelada, en el prado de Santa María, pero que  antaño solo tenía entrada desde el interior del castillo. En el piso superior, al que se accede desde el cementerio, se ha recuperado totalmente el gran salón noble de la alcazaba.

Desde este gran salón se accede, a través de estre­cha puerta de arco apuntado, a lo que fuera capilla del castillo, y que es hoy la pieza artística más singular que en él se conser­va. Se trata de un espacio de dimensiones cuadradas, de poco más de seis metros por cada lado, que remata en ábside semicircular, de planta poligonal, con cinco lados, de los cuales los dos primeros son continuación de los de la nave. Esta capilla, que constituye un elegante espacio de arquitectura gótica inicial, obra sin duda de los primeros años del siglo xiii, ofrece sus cubiertas formadas por arquerías apuntadas, ojivales, y en el ábside se abren tres ventanales esbeltos y apuntados, mostrando ménsulas de decoración vegetal, y claves en las bóvedas. El muro correspondiente al fondo del ábside tuvo pinturas de estilo mudéjar, de las que aún quedan algunos restos mínimos, con deco­ración geométrica y figuras de animales.

brihuega la roca del tajuña

Al exterior, esta capilla del castillo ofrece la airosa silueta del ábside, todo él construido con buen sillar, ofrecien­do las aberturas de los ventanales con múltiples arcos reentran­tes que estrechan su luz. Remata en desbaratada terraza. Finalmente, de los edificios construidos en el ala de levante, sobre el muro que limita el castillo hacia el barranquillo de San Miguel o del Molinillo de los jerónimos, nada queda sino los mínimos restos de unos arcos góticos. Hoy se ha abierto, también a la visita, la sala baja dedicada en su día a caballerizas del castillo.

Esta alcazaba se encontraba precedida de un amplio espa­cio, por el norte y poniente, que podemos denominar como patio de armas aunque nunca tuviera el sentido guerrero que tal denomi­nación presupone. Este espacio, completamente rodeado de murallas, ofrece hoy algunas particularidades. En su conjunto se le denomina el Prado de Santa María. Se accede a él por la llamada puerta del Juego de Pelota, estrecha, que hoy queda pegada a la Plaza de Toros y tiene adosada una construcción particular de rancio sabor castellano, la llamada Casa de los Gramáticos. También puede llegarse a este espacio a través del arco de Santa María, abierto más modernamente en la parte norte de este cinto amurallado, y que por la parte de la villa ofrece una hornacina para la Virgen y un tejaroz.

Dentro de este patio de armas se alberga la magnífica iglesia de Santa María de la Peña, soberbia obra gótica de tran­sición, edificada en el siglo xiii y con posterioridad mejorada, así como las ruinas del que fuera Convento franciscano de la reforma alcantarina. Mas modernamente le añadieron una Plaza de Toros, a la que llaman «la Muralla». En definitiva, trátase de un lugar pleno de silencio, de arboledas, de jardines, cuajado de monumentales edificios, y que sirve de amurallado recinto que inicia la entrada a la fortaleza episcopal.

Pero la villa toda de Brihuega estuvo amurallada por completo. En un documento de finales del siglo XII, concretamente en una Bula del Papa Celestino III fechada en 1192, se hace alusión a la fortificación que rodea a Brihuega. Posiblemente entonces se inició la construcción de su recinto amurallado, que se completó a lo largo del siglo xiii. Este recinto es enorme, de una longitud de casi dos kilómetros, y puede seguirse con facili­dad en su totalidad, aunque donde mejor se observan hoy en día las murallas briocenses es en su costado noroeste, en el que, incluso restauradas y con algunas almenas restituidas, evocan con fuerza su aspecto más primitivo.

Un par de interesantes puertas de entrada a la villa merecen también admirarse. Así, el arco de Cozagón, situado en el extremo sur de la villa, servía de entrada a la misma desde los caminos que venían, Tajuña arriba, desde Toledo. Trátase de un magnífico elemento de la arquitectura civil gótica, y consiste en un par de solidísimos machones de planta cuadrada, que se unen en lo alto por un apuntado arco. Un pasadizo de diez metros de largo, entre los muros de los machones, permite el acceso, cues­tudo. En lo alto, abierto espacio permitía, a manera de enorme matacán, la defensa de la entrada desde las terrazas de la puer­ta. Tiene esta una altura de 12 metros aproximadamente.

La otra puerta, ésta situada en el extremo norte de la villa, es la formada por el arco de la Cadena, más sencilla, pero también escoltada de cubo semicircular, y rematada por murete almenado. Sobre el arco de acceso, una lápida antigua recuerda el hecho bélico de la entrada de las tropas borbónicas en asalto el día 8 de diciembre de 1710. Aun existieron otras puertas en este recinto amurallado, como la de San Felipe, o la de San Miguel, ya desaparecidas, lo mismo que otra buena parte de la cerca.

No obstante, este conjunto fortificado briocense, com­puesto por su castillo, su precedente patio de armas, y sus murallas con portaladas, constituye un ejemplo magnífico, muy completo y evocador de la arquitectura militar y el urbanismo castrense de la Edad Media castellana. En todo caso, algo que merece ser visitado y admirado con detenimiento.

Sancha, un impresor emblemático y alcarreño

Antonio Sancha Viejo

Se cumplen en este año los trescientos desde que nació, allá por Torija, Antonio de Sancha, uno de los más relevantes impresores de la historia editorial de España. Paradigma del esfuerzo y la inteligencia, del tesón y la perseverancia: sus ediciones del Quijote siguen siendo aplaudidas, admiradas, codiciadas… 

Hijo de Fabián Sancha (de Torija), y de María Viejo (de Rebollosa), el 11 de julio de 1720 nació en la villa alcarreña Antonio Sancha y Viejo, quien pasaría a la historia cultural de España como uno de los más prestigiosos editores, impresores, y encuadernadores de nuestro común pasado. Entre arados, sementeras y trillas pasaría su infancia, y también entre letras de viejos libros de enseñanza. Pero en 1739 hizo lo que muchos otros a lo largo de los siglos: dejó su pueblo natal, en aquella remota Alcarria fría, y fuese a la Corte, al Madrid de los milagros y las prosperidades.

En Madrid dispuso su actividad en torno a los temas librescos. Empezando como encuadernador. En 1745 casó con Gertrudis Sanz Ureña, que era hermana de un importante impresor: le hacía libros a la Casa Real, a la Real Academia de la Historia y al Consejo de Castilla. Y con el cuñado empezó a trabajar. La cosa, pues, no fue difícil. Tuvo cuatro hijos, por este orden: Gabriel (que heredaría la empresa y aún mejoraría la actividad del padre), Manuel, Antonio-Evaristo y María Francisca. Todos ellos quedaron ligados a la actividad en torno al libro: editores, impresores, encuadernadores y comercializadores, iniciando lo que se podría llamar una empresa familiar en torno al libro, potente, de ámbito nacional… cosas así han seguido reproduciéndose en nuestro país, y –siempre que el Estado no se ha metido en medio–, han ido muy bien.

De 1755 es, al menos, la seguridad de su actividad como librero, pues en esa fecha tenía abierta librería en la Corte.

De 1761 es la seguridad de que tiene título de criado de la Casa Real, porque actúa en el oficio de encuadernador de su Real biblioteca.

Y de 1764 es el momento en que sabemos que entra a formar parte de la Compañía de Impresores y Libreros del Reino, un “club” muy exclusivo al que solo accedían los grandes, los consagrados del oficio.

Pero su faceta de impresor la acrecienta y hace definitiva en 1770, pues en esa fecha adquiere la imprenta que había sido de Gabriel Ramírez y que en ese momento era propiedad de la monja dominica sor Manuela de Santa Catalina. Esa imprenta tenía, en ese año, nada menos que siete prensas y buena copia de personal instruido y cualificado. El ánimo del empresario y artista se desarrolló hasta multiplicar por más del doble el número de prensas. De artesano pasó a gran empresario.

A sus títulos como encuadernador de las Reales Academias y de la Biblioteca Real sumó, en 1775, el de impresor y librero de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. De su capacidad y seriedad habla el hecho de haber conservado todos sus títulos hasta el día de su muerte.

Encuadernador e impresor

Se inició en la actividad de encuadernador al llegar a la Corte. Y lo hizo con prontitud y destacada destreza. Dice sobre él Matilde López Serrano, que ha investigado la actividad encuadernadora de Sancha, que “las primeras obras que le son atribuibles comienzan a mostrar ya las que van a ser las características de su taller más adelante. Su capacidad como encuadernador era reconocida incluso por sus contemporáneos, quienes le consideraban un artista superior e insuperable en las encuadernaciones de los ejemplares de lujo, entre las que se puede encontrar ejemplos de todos los estilos artísticos que se sucedieron a lo largo de su vida. Pero no sólo se dedicó a esta encuadernación superior; de su taller también salieron numerosas encuadernaciones de tipo industrial destacando, también en éstas, por su solidez y perfección”. Esa capacidad, técnica e innovadora, le hizo acreedor al nombramiento de encuadernador mayor en la Real Academia de la Historia, y en la Real Academia de la Lengua. Desde siempre fueron altos los vuelos de Antonio Sancha.

Incluso se ocupó de mejorar sus técnicas, viajando a París, en 1755 con objeto de aprender el sistema de encuadernación en pasta. Durante el reinado de Carlos III, su taller continuó siendo el primero entre todos, marcando la pauta sin que los demás talleres consiguieran acercarse a su maestría. A él es a quien se debe la introducción de las nuevas modas y técnicas. En su segundo viaje a la “Ciudad Luz” llevó consigo a su hijo Gabriel, que allí quedaría a residir durante 20 años, labrándose también una fama bien merecida como encuadernador e impresor.

Tras su entrada en el mundo del libro a través de la encuadernación, enseguida pasó a ocuparse como editor de la promoción de libros. Y en 1771 compró una imprenta donde empezar a fabricarlos. Lo primero que hizo fue embarcarse en la obra “El Parnaso español”, con edición de libros de grandes figuras. Y ahí comenzó todo.

Porque de su actividad incansable, de la promoción continua de obras que abrieron el panorama intelectual, literario y curioso del Madrid dieciochesco, Sancha podría enorgullecerse claramente. Esto supuso un continuo cambio de residencias y de localización de sus industrias librescas. Si en 1768 se le encontraba en la plazuela de la Paz “frente del correo”, en 1770 pasaría su librería a la plaza del Ángel, y al año siguiente, en 1771, a la calle de Barrionuevo, para tan sólo dos años después asentarse (ya definitivamente) en la plaza de la Aduana Vieja, o plazuela de la Leña, en un antiguo caserón que había sido del Ministerio de Hacienda y destinado a Aduana Pública y Comercial, y que por su tamaño le permitió instalar su negocio —ahora una gran industria— donde llegó a contar con el trabajo de cincuenta hombres, con todas las dependencias relativas al negocio de la imprenta: almacén de papel, taller de encuadernación, imprenta y librería, que también trasladó a aquel edificio, junto con su vivienda.

Sancha ilustrado

A su labor editora Sancha añadió una labor educativa propia de un ilustrado. Le movía el afán de “contribuir al restablecimiento de las buenas letras y dar a conocer al mismo tiempo los excelentes ingenios que España en todos los tiempos ha producido”. Quería hacer cosas bonitas, pero hacerlas con método, con organización, sometidas a un plan, y el objetivo era muy propio de la Ilustración: mejorar la calidad de vida de sus compatriotas.

Para ello se propuso como meta reimprimir las mejores obras de los grandes escritores españoles, tanto en verso como en prosa, con una cuidada selección de textos que incluían tanto poetas e historiadores de los siglos xvi y xvii como clásicos y autores contemporáneos, procurando utilizar como base para sus ediciones las obras que se habían impreso en vida de los autores, y así alcanzar la máxima fidelidad a los textos originales.

No hay duda que Antonio Sancha, como impresor, alcanzó las más altas cotas de la profesión, aplicando a esta tarea un sentido perfeccionista que supuso conseguir ediciones muy bien “manufacturadas” sobre un papel de hilo excelente, con una elegante impresión de gran nitidez, de márgenes amplios y una cuidadísima tipografía. Los coleccionistas de libros, saben hoy que tener una obra de Sancha es tener un valor seguro.

Se supo rodear de los mejores ilustradores españoles de su tiempo: Mariano Maella, Isidro Carnicero, José Camarón, Vicente Ximeno, Luis Paret, etc. Y tras la labor artística de estos maestros, buscó a los mejores artesanos del grabado como Fernando Selma, Blas Ametller, Simón Brieva, Juan Moreno Tejada, etc., quienes realizaron para Sancha algunas de sus mejores obras.

Si aquí me dedicara a mencionar, simplemente, el listado de obras salidas de la imprenta de Sancha, el trabajo se haría demasiado largo. Solo destacar que a su ingenio se deben las maravillosas del Parnaso español (1768-1778), la Colección de poesías castellanas anteriores al siglo xv (1779-1782), y el Teatro histórico-crítico de la elocuencia española, por Antonio Capmany. A destacar también la correspondiente edición del Quijote (1777), Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1781), las Novelas ejemplares (1783) y La Galatea (1784)—, más la colección de obras de Quevedo, fray Luis de Granada, Garcilaso de la Vega, las Coplas de Jorge Manrique, Las Eróticas (1774) de Esteban Manuel de Villegas, etc…

La tertulia de Sancha

No puedo acabar este apresurada “memoria del editor Sancha” sin recordar la tertulia que en la librería de la plaza de la Paz, frente a la imprenta de Antonio Sanz, montó durante años, desplegando su generosidad y exquisito trato, de tal modo que allí se juntaron, a lo largo de muchos años, autores y eruditos de renombre en todos los campos de la cultura, como Francisco Cerdá y Rico, Juan Antonio Pellicer, Pedro Rodríguez Campomanes, el conde de Aranda, Antonio Capmany de Montpalau, Juan de Iriarte y Juan López Sedano, entre otros. Sin duda de aquellas reuniones surgieron ideas y proyectos, que Sancha transformó en realidades editoriales, como fue una de las más preciosas impresiones realizadas hasta ese momento: el Parnaso español, salida de las prensas de don Joaquín Ibarra.

Murió Sancha en Cádiz, a los 70 años, el 30 de noviembre de 1790. Había ido “a tomar los aires” que necesitaba puros porque se encontraba en estado “de suma delicadeza”.

Su figura se agranda, y más ahora en el tercer centenario de su nacimiento, al considerar la obra que, con los medios de entonces, consiguió armar. Primero en todo: en encuadernación, en impresión, en iniciativas editoriales, en comercialización de libros… Para algunos (entre los que me cuento) Antonio Sancha es sin duda todo un modelo a imitar, una imagen de fuerza, de iniciativas, de ingenio que no cesa, de ganas de hacer cosas grandes, de divulgar la cultura, de patriotismo, en suma.

Guisema, un lugar que tuvo vida

guisema

Hoy toca irse muy lejos, al extremo norte de la provincia, a la raya de Aragón, y allí mirar, y evocar, uno de los castillos que defendían la frontera con el reino vecino: recuerdos documentales y físicos de Guisema, la fortaleza fronteriza.

Cuando escribo de Guadalajara, de la historia de su provincia y sus lugares, en más ocasiones de las que quisiera aparecen referencias a lugares que fueron y ya no son, de los que solo queda el nombre, o, como mucho, unas cuantas paredes de piedra, o, quizás, con suerte, y en medio de una finca de explotación agraria, los restos de una iglesia románica, o de un viejo castillo.

Esto ocurre en el Señorío de Molina, cuando vamos describiendo las líneas que hicieron de frontera con Aragón. Hubo siglos en los que Castilla peleó con el reino vecino, y hubo de levantarse una serie de edificios e ingenios militares que sirvieran de parapeto, de lugar de defensa y evacuación, de segura atalaya vigilante. Uno de esos lugares, (hoy en término del municipio de Tortuera, en la sesma del Campo) fue Guisema, de la que hay que decir que jugó un importante papel en la historia del Señorío de Molina.

Se encuentra abrigado de unos cerros, sobre un camino que sube desde el valle del río Piedra y va en dirección a Tortuera. Dicen las antiguas crónicas que Guisema, lugar de habitación de los musulmanes, fue conquistada por Alfonso I de Aragón, a comienzos del siglo XII, y que ya en 1122 formaba el extremo sur del Común de Calatayud. En él se levantó enseguida un castillo o casa-fuerte, que serviría de apoyo estratégico a nuevas conquistas. Formado el Señorío de Molina, pasó Guisema a sus términos, según el Fuero de don Manrique, y durante siglos gozó un papel crucial en las luchas de Castilla y Aragón en aquel territorio fronterizo. Su posesión la disputaron reyes y magnates. Fue Guisema propiedad y señorío de los Lara molineses, desde el siglo XII, y luego de sus herederos los reyes de Castilla. Tuvo Concejo propio, y los documentos antiguos destacan el «castillo e casa fuerte» que centraba el lugar.

En 1338 lo tenía en señorío Doña Sancha Alfonso Carrillo, descendiente de los señores de Molina, y en dicho año esta señora se lo vendió a Adán García de Vargas, vecino de Molina. En 1340, el rey Alfonso XI concede un breve Fuero a Guisema, dando derecho a García Vargas para repoblar el lugar con gente venida exclusivamente de Aragón, y no de Molina, eximiendo a los colonos de muchos impuestos. En 1376 aparecen como dueños doña Ucenda López de Liñán y su hijo Sancho Ramírez, quienes lo venden a María González de Mijancas. Posteriormente fue señor de Guisema don Iñigo López de Mendoza, alcaide de los castillos y fortalezas comunales del Señorío de Molina. El hijo de éste, don Diego Hurtado de Mendoza y Carrillo, lo vendió en 1425 a Juan Ruiz de los Quemadales, el «caballero viejo» de Molina, en cuya familia quedó, pasando a los marqueses de Embid, hasta nuestros días.

Si hoy llega el lector viajero a Guisema, llamado por la curiosidad de ver esos lugares que hace muchos siglos fueron bandera de la nación, se encontrará con que la finca está rodeada de lógicas defensas que so,lo permiten ver unos cuantos edificios de almacenes y un caserón hermoso, sucesivamente remozado, que es el heredero de aquella fortaleza fronteriza de los Lara.

Como era lógico, en su gran obra sobre los “Despoblados de la provincia de Guadalajara”, que acaba de aparecer editada, Ranz Yubero, Remaestro Martínez y López de los Mozos dicen a propósito de este lugar, -que debe tomar el calificativo de “despoblado” aunque siga teniendo vida a nivel particular, lo que sigue:

  1. Tortuera (Martínez Díez, 1983, 250 y 252). Esto quiere decir que en el libro “Las Comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura Castellana” escrito por Gonzalo Martínez Díez y publicado en 1983 por la Editora Nacional, en sus páginas 250 y 252 hay ligeras referencias a Guisema, entre otras, sus coordenadas, que por si a alguien le interesa son Norte 40º 41’ 58” y Oeste 1º 54’ 35”.
  2. En las crónicas antiguas consta ya su existencia en 1110, en los tiempos de la Reconquista de este territorio por los cristianos. Según Zurita, en sus Anales, confirmado por todos los historiadores, se apoderó de este lugar Alfonso I de Aragón, quien entró, además, con sus guerreros en Anchuela (del Campo) y en Milmarcos. En 1122 lo entregó Don Alfonso a la Comunidad de Calatayud. Poseyó a Guisema el Caballero Viejo, Don Juan Ruiz de Molina, y actualmente lo poseen los Marqueses de Embid, constituyendo una finca de gran valor y llena de hermosos paisajes. Se halla cerca de Tortuera. Según escrituras que radicaban en la Casa de los Marqueses de Embid, el «lugar de Guisema (hoy caserío)» fue vendido por Sancha Alfonso Carrillo a Adan García de Vargas el 2 de noviembre de 1388. El 20 de noviembre de 1340 el Rey Alfonso XI dio un privilegio para que fuese poblado el lugar. El 22 de junio de 1376 vendió Guisema Doña Ucenda López de Liñán a Don Martín González de Mijancos. Después pasó a la familia del Caballero Viejo, Don Juan Ruiz, conocido también por el de los Quemadales (Abánades, 1969, 48 y 49). También está documentado en 1758 y en 1935 es definido como un caserío con 47 habitantes (Guía Pascual, 1935, 2549).

También nos habla de algunos hallazgos arqueológicos que se han producido en el entorno, lo que le confiere antigüedad aún mayor, de edades incluso: En Guisema I se encontró cerámica a torno de la II Edad del Hierro, además de medieval, y en Guisema II la datación arqueológica de los vestigios allí encontrados nos llevan a la época romana.

  1. Guisema, que se encuentra en un pintoresco valle, entre las quebraduras de un áspero terreno, sobre el cual hay edificados unos cuantos inmuebles por los familiares de los Marqueses de Embid, en donde antes había un pueblo (Abánades, 1969, 48). Se ven los restos de las paredes de lo que fue el antiguo caserío, que han debido utilizarse como cerradas para el ganado. En el año 2000 era un moderno caserío con frontón, una piscina, la casa del guarda, la del marqués,… Hoy se puede ver con todo detalle desde el satélite de Google. Va una toma del Google Maps junto a estas líneas.

Acaban los autores citados su referencia al despoblado de Guisema con las habituales consideraciones toponímicas, diciendo del lugar que 4. Guisema contiene el sufijo -ma que es de origen indoeuropeo y suele aparecer en nombres de río (Tovar, 1970, 7), por lo tanto podemos estar ante un nombre prerromano hidronímico, ya que Galmés (2000, 188) también relaciona Guisona (Lérida) con la base ligur IS, que se aplica como designación a cursos de agua. El valor de Guisema sería el de `lugar abundante de aguas saludables´. Por su parte Ubieto (1972, 185) relaciona Guisaman con Sisamón (Zaragoza). En todo caso, la consideración de lugar antiguo queda constatada. Y como lugar poderoso, vivido, espacio de fuerza y reposo, de control estratégico y de soñada meta para muchas vidas. Guisema…. En lo más alto de la espina que parte las aguas del Tajo y el Ebro.