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Guillermo, el maestro de obras

Guillermo de Bidous

 

Dedicado a  todos los amigos y amigas de Villaescusa de Palositos, que este año, una vez más, emprenderán la “Marcha de las Flores” para pedir que se abra el camino que va a su pueblo.

Séame permitido que, de vez en cuando, eche una cana al aire, y me entre por los pagos de la literatura pura, de esa que entretiene, que alecciona, y a nadie hiere. Andando las Alcarrias, una de las que más me duele es la que va entre el foso del Guadiela y el arroyo de la Puerta, cruzando de Salmerón a Viana. Porque en el alto está, abandonada, en ruina progresiva, tras murallas de metal sobre el viejo camino de Santiago, esa iglesia que fue dedicada a Santa María y que presidía en su altura la puebla de Villaescusa de Palositos. Muchas veces la he visitado, constatando su progresivo derrumbe, adecuadamente denunciado en público (pues tiene responsables muy claros) y de tanto pensar sobre ello me salió esta entelequia, que espero entretenga, más que aleccione.

Caminando no hace mucho por una estrecha trocha de la Alcarria, me vino a las manos un cilindro de plomo muy lastimado de los soles y las heladas. Lo abrí enseguida, y sin dificultad salió de su interior, entero, un pergamino arrugado pero con buena letra de principios del siglo XIV. Me costó leerlo, pero al final conseguí desentrañar la historia que en él aparecía. Y que venía a ser más o menos esta.

Fatigado de los años y de los caminos, del trabajo y las penalidades, un tal Guillermo quiere dejar constancia de su existencia, y pone sobre el pergamino con su propia letra esta que es vida entera y resumida. Dice que ha llegado hasta aquí, al Val de San García, retirado y cansado, tras muchos caminos y tareas, pero que nació en la Gascuña, en un pueblecito que llamaban Bergouey Viellenave, a orillas del río Bidouze, y que en aquella tierra de lluvias creció, junto a sus padres y sus dos hermanos, Irvin y Louis. No recuerda el nombre de su madre, pero sí el de su padre, que murió cuando él tenía unos catorce años. Se llamaba Guillermo, como él.

Se fue con los hombres que habían elevado la iglesia de Saint Jacques, en su pueblo, y que como  picapedreros que eran se dirigían a Saintes, donde pasó un año picando piedra para la catedral de San Pedro, y luego más de dos anualidades con un equipo que estaba construyendo el templo de la Abadía de las Damas. Aprendió mucho, y cierto día se hizo amigo de un muchacho que viajaba hacia Compostela, y que le animó a irse con él al lejano Finisterre. Cruzaron la Gascuña entera, y por San Juan de Pie del Puerto subieron a Roncesvalles, de donde siguieron camino a Pamplona, y hacia Oriente, despistados, se fueron hasta Jaca y San Juan de la Peña, donde él decidió quedarse otro mes más porque allí picaban la piedra unos artesanos exquisitos, de los que aprendió sus técnicas.

Siguió siempre hacia el sur, y al oeste, y perdido por los campos largos de la Transierra castellana vino a dar en un pueblo grande, amurallado, que tenía sonadas fiestas de ganado, y allá quedó picando para levantar el castillo que presidía el lugar, al que llamaban Siete Fuentes. Allá decían que era obra de moros, pero se estaba cayendo, y la que tenía el señorío del lugar, una marquesa llamada doña María, quería a toda costa mantenerlo en buen estado. Presumía guerras. Se hizo con muchos amigos, y Guillermo se hizo enseguida con la dirección de la obra. Ganó lo suficiente para comprarse un caballo, y dos mulas, que consiguió baratas en la feria, y un año después se echó a los caminos, porque el arcipreste del pueblo le encargó que levantara un templo en una pequeña aldea del señorío, un lugar recién poblado al que habían puesto el nombre de Villaescusa por ser lugar donde sus recién llegados habitantes no pagaban impuestos. No fue dificil llegar, tras tener que pasar el Tajo sobre un enorme puente protegido por una torrecilla, en un lugar al que llamaban Torrillo.

Cuando llegó a Villaescusa vió que allí vivían, en pequeñas chozas de piedra cubiertas de entramados de ramas, unas veinte familias, que venían de la Merindad de Gamiz, gentes dedicadas enseguida a la agricultura, porque el terreno de secano era alto, y fértil, y de recoger la leche de las cabras, que bebían y transformaban en quesos. Le llamó la atención el lugar, en alto, batido de los vientos, aunque a resguardo de un cerrete en el que se veían viejos edificios medio hundidos, y al que llamaban Los Paredones, de donde habían sacado la mayoría de las piedras para sus cabañas.

Con ayuda de los más jóvenes, día sí día no, Guillermo se puso a la tarea: plantó estacas, midió con sus pies, allanaron el terreno alto, recogieron en las mulas cuantas buenas piedras sillares encontraron en los paredones, y otras más, de esquinas, que ellos picaron con el arte que él sabía. Poniendo varas largas y rectas junto a los muros, fueron alzando paredes, que fue cosa fácil con los muros del sur y el norte, aunque el de poniente hubo que reforzarlo antes para alzarle más y poner los huecos altos de las campanas. Donde Guillermo más se esmeró fue en el ábside, la parte de la iglesia que daba a la salida del sol. Talló con otros (su mejor amigo era Gil de Molina, que terminó siendo su capataz) los pilares adosados, y dejó para el final la talla, que hizo él personalmente, con sus saberes de muchos años en tantos lugares, de la ventanita del ábside y de la puerta  del templo, a la que dotó de medias bolas sobre los sillares de los arcos. Cuando en ello estaban, a Gil se le ocurrió la idea de que Guillermo, al que llamaba maestro, debía de poner en una piedra, con ese buen arte de la talla que tenía, su nombre y la noticia de haber sido él el constructor del templo. Y así lo hizo: en una mañana frenética, de otoño ya frío, relamiéndose los labios esculpió sobre un sillar calizo: “Guillemus fecit hac ecclesia” en un latín que no hablaban pero que juzgaban culto y solemne. Después y montando los correspondientes poyatos y andamios, colocaron el techo con tablones sacados de los pinos que se arrastraban, en el verano, por el hondo Tajo. Al final, y tras casi dos años de tarea, dejaron terminado el templo del villorrio.

Vino poco después un arcediano, que procedía de Cifuentes, el sucesor de quien le había encargado a Guillermo la obra. Y quedó entusiasmado de lo que había hecho. Le dio los parabienes y le dijo que tendría noticia de esto el obispo de la diócesis de Sigüenza, cabeza espiritual de aquellas tierras, que era por entonces un alto individuo llamado don Andrés. Aquel fue un día de alegría (lástima que esta dure tan poco en la casa del pobre!) y allí quedó a pasar el invierno, que fue el de 1264, muy crudo entonces, con nevadas que duraron largas jornadas, dejando helados los campos hasta la primavera. En abril se decidió a bajar hasta Cifuentes, atravesando otra vez por el puente del Torrillo, y allí ¡oh maravilla! se encontró con que le recibieron de mil amores: don Esteban, el arcediano que había consagrado el templo de Villaescusa, llamó al alcalde de la villa, y a poco llegó doña María Guillén, la señora, a la que fue presentado. Todos acordaron que Guillermo debía ser el maestro que, con cuantos ayudantes eligiera, se pusiera a tallar las mil figuras que querían que aparecieran en las arquivoltas de la puerta de Santiago, aquella puerta occidental del gran templo cifontino donde los peregrinos (muchas gentes venidas del Levante, de Villena, de las altas tierras de las avellanas) cogían fuerzas para seguir su camino, por la ruta de los laneros, hacia Compostela.

Y en esas estuvo, otros dos años, -dice en su papel Guillermo que los mejores de su vida- tallando figuras para aquél orondo portón gigantesco. Las que mejor le salieron, la de don Andrés, el obispo; don Vasco, el alcalde; doña María, la señora, y doña Beatriz, su hija, que al parecer había llegado a más que a princesa.

Y esto era lo que aparecía en aquel pergamino que me encontré en el suelo un día que me perdí por los pagos de Carralavilla, entre Cifuentes y Val de San García.

Objetivo: «Planeta Mendoza»

Planeta Mendoza

Planeta Mendoza es el gran diccionario del linaje mendocino.

Este próximo lunes, 6 de mayo, en la sala de Actividades Múltiples del Centro Cultural “San José” de la Excmª Diputación Provincial, y a las 8 de la tarde, vamos a tener ocasión de asistir a la presentación de un nuevo libro, que supone la llegada de un planeta, de un universo aún, de un verdadero diccionario, quizás de una enciclopedia entera, de una biblioteca inmensa, de datos, nombres y anécdotas. Porque llega el “Planeta Mendoza.

Decir Mendoza, en Guadalajara, es abrir la primera página de un gran libro de historia. De una fuente por la que mana un agua abundante, limpia y nutriente. De un espectáculo de espadas, gualdrapas, ceremonias, sonoros palacios y virreyes, de heroínas y beatos, de cardenales y fiestas. Los Mendoza son una saga numerosa, prolija y extendida casi universalmente, que nació en los altos llanos alaveses, y cuajó en la seca tierra de la Alcarria. Expandiendo personas, e intereses, por toda la península ibérica, y aún dejando su huella al otro lado del Océano.

Decir Mendoza, en Guadalajara, es explicar el origen de su mejor palacio, de varios otros monumentos, de iglesias, monasterios y horizontes de fiestas y hazañas. Es recordar a los grandes, los fundadores de un linaje que brilla: el marqués de Santillana, el primer duque del Infantado, el gran Cardenal Pedro González, el adelantado de Cazorla y el primer conde de Tendilla; de los príncipes de Mélito, marqueses de Mondéjar, vizcondes de Torija, señores de Galve, Duques de Pastrana, marqueses de Cañete y de Priego, señores de Almazán, “medinacelis y condestables”, y un largo etcétera.

En todos y en cada uno de ellos se concretan páginas de la historia de Guadalajara. Por decir algunas, la construcción del palacio que hoy preside la plaza de España en Guadalajara, el palacio ducal, obra del bretón Juan Guas; el empeño de llevar adelante y con rapidez la catedral de Sigüenza, en la que don Pedro González se compromete, con bóvedas, escudos, coros y predicatorios; la erección del palacio renacentista de Jadraque, en lo alto del cerro donde hoy solo sobreviven los muros en forma de castillo; el monasterio de Sopetrán, monumento al abandono y a la dejadez; el palacio de Cogolludo, joya de una gran corona del humanismo renacentista; el monasterio de Lupiana, aupado de los Mendoza capitalinos, y de los Pecha, más el castillo de Beleña, el Ayuntamiento de Tamajón, las ruinas salvadas del San Antonio de Mondéjar o el solemne mausoleo encriptado de San Francisco de Guadalajara.

planeta mendoza

Pero también es hablar de la participación de sus miembros señeros en acciones de guerra, de paz, y de progreso. Solo tres ejemplos, por si pueden orientar: la batalla de Toro, en 1475, que supone la victoria de la corona de Castilla frente a la de Portugal, en un momento clave de la evolución peninsular; la fundación de la Universidad de México, en 1551, por parte de su primer virrey, el alcarreño Antonio de Mendoza; o el acogimiento que en un momento determinado los Mendoza hacen de la familia de los Cervantes, empleando al padre, ayudando a los hijos, pensando incluso (eran tiempos de duques poderosos) traerse la Universidad cisneriana a la ciudad de Arriaca… algunos datos, muy pocos, pero significativos, de lo que fueron capaces determinados individuos. Más a ello sumar la acción valiente de María Pacheco (una Mendoza de pura cepa) en la revuelta comunera de Toledo, o el continuo ir y venir de Ana de Mendoza, duquesa de Pastrana y princesa de Éboli, en el Madrid filipino del control portugués.

Y hasta en una tarea tan rabiosamente actual como es el cotilleo de las anécdotas, las interpretaciones de los actos y el rebullir de los galardones, en este Planeta Mendoza se verán las causas de la separación del Almirante don Diego Hurtado de Mendoza de su esposa Leonor de la Vega; las andanzas luteranas del tercer duque que no le costaron la cárcel inquisitorial porque se le acabó la vida justo a tiempo; las desavenencias del marqués de Santillana con su hermanastra Aldonza de Mendoza, que acabaron en guerras y cañonazos; los amoríos de la princesa de Éboli (y por qué fuera tuerta) con el ministro Antonio Pérez; el empeño de Luisa de Carvajal por evangelizar las islas británicas, o incluso la increíble valentía del torijano don Bernardino de Mendoza, capaz que fue de ejercer de embajador y espía a un mismo tiempo en la Corte de la Pérfida Albión (lo de pérfida es por su reina, Isabel I, en los finales del siglo XVI). Una retahíla de sorpresas novelescas, juntas todas en un mismo tomo.

García de Paz, autor del Planeta

Es el autor de este “Planeta Mendoza” el recordado profesor tendillano José Luis García de Paz (1959-2013) que profesionalmente fue doctor en Química y profesor de Química Física en la Universidad Autónoma de Madrid, y que por su origen alcarreño tuvo un gran interés por el conocimiento de todo lo relacionado con la historia y el patrimonio de la Alcarria, y en general de la provincia de Guadalajara, habiendo llegado a escribir y ver publicados diversos libros referentes al Patrimonio Desaparecido de Guadalajara, Castillos y Fortalezas de la provincia, la Guerra de la Independencia en este territorio, la Feria de las Mercaderías de Tendilla y otros temas.

Sin embargo, el campo en el que descolló fue el análisis biográfico del linaje de Mendoza. Inmerso en las genealogías, figuras singulares, aspectos biográficos y patrimoniales de los personajes de esa saga, trabajó sin descanso para organizar un corpus de conocimiento que brindara a los lectores de hoy la visión panorámica, clara y contundente, de este grupo social hispano. Y lo hizo, no solamente investigando sobre fondos bibliográficos serios y amplios, sino entrevistándose con especialistas, tanto españoles como extranjeros, e incluso planeó abrir nuevos caminos al dedicarse de pleno a la investigación sobre los Mendoza en el Archivo General de la Nobleza, para lo que planificó un año sabático completo, -al que tenía derecho por sus 25 años de docencia universitaria- y que comenzaba exactamente en octubre de 2013, justamente en el momento en que concluyó su vida.

Desde 1996, y gracias a las nuevas tecnologías de la información telemática, por sus conocimientos avanzados de informática creó sobre el servidor de la Universidad Autónoma de Madrid un sitio al que denominó, coloquialmente, como “Planeta Mendoza” y en el que fue abriendo páginas en las que de forma breve se exponían biografías y datos sobre los Mendoza más variados. Tuvo un gran seguimiento este núcleo de la red, al que él puso título oficial de “Los Mendoza, poderosos señores” y que se encontraba alojado en www.uam.es/depaz/mendoza/, hasta que, a principios de 2019, las directrices de la Universidad madrileña, por no contar el sitio con un responsable directo, lo cerraron, dejando a todos sus seguidores (era muy consultado por investigadores, estudiosos y lectores esporádicos) sin la posibilidad de acceder a la información que García de Paz había ido acumulando y estructurando.

Su viuda, doña María Jesús Casado, facilitó grabados sobre disco compacto los textos que se habían utilizado para montar el sitio, y ofreció el permiso suficiente para pasar dicha información a formato impreso sobre papel, consiguiendo montar este libro que ahora aparece editado.

Esta idea había surgido ya en vida de José Luis García de Paz, pero él consideraba de verdadera utilidad el hecho de tener viva, con sus enlaces bien trabados, la confluencia de datos abierta en la red. También se habló, poco después de su fallecimiento, de reunir a través de una publicación sobre papel esta información sobre los Mendoza, pero al mantenerse abierta de forma pública no se juzgó procedente. Ahora, al comprobar cómo la Universidad Autónoma de Madrid ha cerrado de forma definitiva esta fuente de conocimiento, es cuando ha surgido, en la editorial Aache de Guadalajara, dedicada en cuerpo y alma al estudio, divulgación y publicación de temas relacionados con la cultura provincial, la idea de poner sobre papel impreso este gran “Planeta Mendoza” que viene a ser, no sólo un merecido homenaje a la figura del estudioso José Luis García de Paz, sino una herramienta viva, concreta y eficaz para tener información rápida y veraz sobre los Mendoza, ese linaje humano que tantas páginas de la historia de Guadalajara, de Castilla y de España escribió durante los pasados siglos.

Algunos datos del Planeta Mendoza

Es este un libro que hoy aparece y se presentará el lunes. Y que aún tendrá un largo recorrido, especialmente en la Feria del Libro de Guadalajara 2019 que se inaugura el próximo jueves 9 de mayo.

Con 460 páginas, y muchas ilustraciones, el libro de García de Paz titulado “Planeta Mendoza” es una de las aportaciones culturales que esta semana recibe nuestra ciudad de manos de la editorial Aache de Guadalajara.

En su Índice, con veinte entradas, aparecen temas como los Orígenes de los Mendoza, la Saga de los Infantado, los Éboli y Pastrana, los Mendoza en América, los poetas mendocinos, la heráldica de los Mendoza, los condes de Tendilla y marqueses de Mondéjar, las mujeres Mendoza (tres son, y lo firma María Jesús Casado, tratando de Mencía de Mendoza, María Pacheco y Cristina de Arteaga), los vizcondes de Torija, los marqueses de Cañete, los de Montesclaros, los Mendoza santos, caballeros, espías y manirrotos…

Termina el libro (ISBN 978-84-17022-83-9 y PVP 20 €.) con un Índice Onomástico monumental, con 500 entradas a lo largo de 16 páginas. En resumen, una enciclopedia para llevar en la mano. Y en ella a los Mendoza enteros.

Un parque para Monje Ciruelo

Luis Monje CirueloHoy miércoles 1 de mayo (2019) he tenido la suerte de asistir al homenaje que la Ciudad de Guadalajara ha tributado a Luis Monje Ciruelo. En un precioso día de sol, de flores y pájaros, ha consistido en la dedicación, mediante unas palabras y una placa grande, de un Parque de la zona de “La Chopera” a “Luis Monje Ciruelo”. Todo un detalle del consistorio capitalino, de su alcalde, el doctor Antonio Román Jasanada, quien personalmente ha explicado las razones de esta decisión.
Está muy bien, creo, que los Ayuntamientos hagan homenaje, aunque sea de esta forma tan sencilla y humana (tan barata, además) a las personas que han tenido una actividad determinante en esa ciudad, y la hayan conformado en lo que es a través de su trayectoria vital. Es el caso de Luis Monje Ciruelo, quien ostenta un récord, asombroso y único en el mundo: lleva 80 años escribiendo artículos, informaciones, y opiniones, en el mismo periódico, desde que dicho periódico (“Nueva Alcarria”) se fundó. Ambas cosas (la fundación del periódico, y el inicio de sus escritos en sus páginas) se remontan a 1939.

Es muy fácil hacer un homenaje escrito a Luis Monje: porque se dedicó con honradez y profesionalidad de periodista a narrar lo que acontecía en su entorno, y de ese modo ha sido testigo, activo, de los cambios que Guadalajara, la ciudad y la provincia, han experimentado en los últimos 80 años. Además de la prensa local (llegó a fundar una revista “Badiel” que solo duró 3 números) escribió en la nacional, dejando muy a menudo mensajes de Guadalajara en ABC, La Vanguardia y resto de cabeceras nacionales. Ese papel de “periodista local”, de cronista del día a día de una ciudad y una provincia, tiene más mérito que hacerlo en general de un país, de una comunidad o institución más amplia. Porque se está limitado, se juega entre intereses pequeños y cercanos, te cruzas a diario con personas a las que un día das un diez y otras le pones un cero…  porque la vida es así, cambiante y brusca. Monje estaba (y sigue estando, que es lo más grande) en las aceras de esta ciudad, contando lo que ve, opinando sobre lo que sabe y le cuentan.

Al acto han asistido la familia de Monje al completo, muchos de los amigos que aún le quedan vivos, y otros muchos que siendo más jóvenes siempre la admiramos. Ha estado la gente de “Nueva Alcarria” y de algún otro medio ajeno, lo que les honra. Y ha estado la ciudad en la persona de su alcalde, que aunque a estas horas ya va de “interino” por estar esperando nuevas elecciones locales, sigue sabiendo perfectamente cual es su misión, y la cumple al máximo. Antonio Román ha estado muy bien, muy amigo, muy humano, muy DGTV. Un aplauso a todos cuantos han intervenido. Y un abrazo muy fuerte a Luis Monje, que es sabio porque ha vivido mucho, y porque ya tiene, no un árbol, como él quería, sino un inmenso parque cuajado de árboles y sombras, con su nombre.

La Alcarria y el Libro

la alcarria el libro

 

Hoy es un buen día para hablar de un libro, que acaba de ser presentado, y que está siendo uno de los más solicitados en este “Día del Libro” en la primavera de Guadalajara, que está llenando las aceras de nuestra ciudad de publicaciones. Un libro que lleva en su título la definición de sí mismo, escrito por Francisco García Marquina, y titulado La Alcarria: el libro. Este fin de semana, sin duda, va a estar dedicado a los libros, a los que desde aquí saludo como amigos entrañables.

Nadie mejor que el propio García Marquina, -que ha conquistado ya cátedra de escritor y docente en nuestra tierra, tras duras oposiciones ante el pasotismo imperante- para saber cuales son los méritos de aquel libro, el “Viaje a la Alcarria”, que en 1946 escribiera Camilo José Cela, y un año después lo publicara, llegando a alcanzar una tirada que hoy ya supera (en muy diversas lenguas del mundo) los once millones de ejemplares.

Dice don Paco que sin una campaña de promoción comercial (del libro y del autor) como ahora se llevan, cuando se intenta vender un libro, el “Viaje a la Alcarria” ha conseguido ponerse en la cima, y estar (para seguir estando) entre los escasos cinco títulos en lengua española más leídos en el mundo. Y nos enumera las cuatro razones en las que se ha sustentado ese éxito:

1ª porque trata de un viaje “que es el espejo del devenir humano, y esa es la trama de la mayoría de los libros fundacionales de la humanidad”.

2ª porque su “tono arcaico, naturalista, inocente y elegíaco” evoca el ancestral impulso que todos tenemos hacia el tiempo de la infancia y del paraíso perdido de nuestras inocencias.

3ª porque la obra entera transmite una sensación de colores vivos, de aromas ciertos, de voces concretas, en un festival de sensorialidad que nos engancha. Y

4ª y como remate, “porque está escrito con una belleza concisa y de aparente sencillez que realmente es fruto de mucha sabiduría”.

La obra de García Marquina se basa en un artículo suyo que publicó, hace más de veinte años, en la revista “El Extramundi y los Papeles de Iria Flavia”, con el título de “La sabiduría de un libro sencillísimo” y que aquí amplía y considera con mucha mayor precisión, y también-añado- con el acopio de nuevos saberes adquiridos en estos últimos decenios.

 

En su penúltimo libro, “La España de Cela”, García Marquina nos confirmó su forma más útil y certera de abordar un tema amplio, a base de breves artículos en los que con nitidez y precisión ofrece su visión de un tema puntual. Lo había hecho antes en su biografía del escritor, “Cela: retrato de un Nobel”, y lo repite ahora en este último -por ahora- libro que nos entrega. “La Alcarria: el libro” va compuesto a lo largo de sus 176 páginas con 23 artículos en los que se aborda el análisis del más veces traducido libro sobre nuestra región, el “Viaje a la Alcarria” de Camilo José cela.

Desde su estructura hasta su visión poética, desde los personajes que en él florecen a las ediciones que ha reconocido. Un par de docenas de miradas, densas y clarificadoras, sobre esta obra que ha conseguido, como dice Marquina en su último párrafo, “hacer universal y legible esta humilde y hermosa región de España”.

Aunque él ya se lanzara en su “Guía del Viaje a la Alcarria” al análisis de la construcción de la obra, a la búsqueda de sus escenarios e intérpretes, y a la didáctica profesión de orientar al lector por ella, en esta ocasión ha ido más allá, porque se ha entretenido en desentrañar el libro entero, en menor espacio, pero con herramientas de lo más fino, casi quirúrgicas, y buscarle el alma, los entresijos, despojándole de grasas y sacando sus latidos.

Dice que Cela “salió al campo, a que no le pasase nada”. Y a usar la palabra en el sentido más artístico de la misma, alzándose como un preciosista del verbo. Pero no son las frases las que definen a esta obra, que por sí misma es una larga frase salpicada de personajes curiosos, llamativos, reales en aquel tiempo (1946) en que vivió el trote caminero. Lo que define la obra de García Marquina es su capacidad de desentrañar, de sacar a flote sus mensajes, sus técnicas, sus proyecciones y sus más definitivos valores, tanto literarios, como históricos y sociales.

Hablando del viaje, Marquina indaga acerca de esta actividad tan primitivamente humana, tan antropológicamente esencial: “La literatura viajera es básica -nos dice- porque el viaje es la metáfora de la vida, y a lo largo del texto el viajero describe un itinerario de descubrimientos”. Qué más da que sea por Guadalajara por donde viaje (Guadalajara es, en el fondo, un mero concepto administrativo y burocrático), por la Alcarria (espacio del mundo con sus propios caminos -de tierra y piedras, tal como se define- y sus propias gentes y costumbres) o por el interior de su jardín. El caso es andar, es descubrir, hablar con la gente, saber de sus vidas, de sus genealogías y de sus ansias.

Y añade Marquina que “también el viaje simboliza el fluir de la vida, que supone tanto el deseo del novedad… como la conciencia de lo efímero” Luego, en su ensayo sobre “Relatos de viaje”, el autor de esta obra nos dice cuales han de ser las cualidades de la literatura de viajes, que toma de Luis Alburquerque: 1ª la inexistencia de una verdadera trama; 2ª la supremacía de un orden espacial, por el que se subordina la narrativo a lo descriptivo, y 3ª las intencionalidad literaria, esto es, el aporte de aquellas palabras, frases y contenidos que el autor piensa embellecen el relato, y solo por ello.

Son otros epígrafes de este estudio sobre el “Viaje a la Alcarria” los que van completando, no solo el conocimiento de la obra, sino, como todo buen libro, el descubrimiento de las necesidades y los deseos del propio lector. Y así nos regala su visión sobre “La palabra de la tierra”, sobre “La tradición viajera”, sobre el “Paisaje” y el “Paisanaje” en los que se entretiene con minuciosidad de entomólogo (en algo había de revelarse la primitiva profesión de biólogo del autor) y nos detalla con explicaciones muy metódicas y útiles los paisajes por los que discurre el libro, y los paisano con los que se encuentra el autor.En este caso con los reales, porque ya sabemos (en otro lugar lo explica) que sobre las páginas del libro Cela eternizó a otros diversos personajes inventados. Es lo que tiene esto de la literatura. De la buena literatura.

La obra, pulcramente editada, ha sido promovida por la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara, que con ella ha querido contribuir a rememorar los 70 años que se han cumplido desde su publicación primera. Aparecen grabados de sus primeras ediciones, mención a sus innumerables traducciones, y retratos de sus personajes que han calado en la memoria colectiva (inolvidables Quico Sanz, Félix Marco, Celedonio Torralbo o Julio Vacas “Portillo”) sin olvidar al principal de todos, el viajero vagabundo, personaje al que Cela crea, recrea y en el que finalmente se embute, ya para siempre. Un libro, pues, que sirvió para que su autor se transformase, y para que hoy evoquemos su paso por esta tierra, que tanto ha cambiado, pero que fue como la cuenta, un “torbellino de pasiones”. O algo así.

 

En el tercer centenario de la Real Fábrica de Paños de Guadalajara

Felipe v real fabrica de paños de guadalajara

Se cumplen ahora los tres siglos justos desde que el rey Felipe V, de la dinastía Borbón, fundara y diera un impulso extraordinario a la que sería primera gran fábrica real de paños de la nación. Como estas cosas no suelen ser consideradas apenas por los poderes decisorios e impulsores de la vida cultural ciudadana, al menos que vayan estas líneas en recuerdo de aquel gran centro fabril, eje de un desarrollo que fue, en su día, muy potente.

Muy diversas fueron las circunstancias que propiciaron este acontecimiento. Dos concretamente están en la raíz del asunto: la destrucción de la ciudad y el padecimiento de sus habitantes durante la Guerra de Sucesión (1701-1713) y el apoyo que la ciudadanía arriacense había dado al partido ganador, el del rey Felipe [V] de Borbón, quien para demostrar el aprecio que esta importante ciudad de su nuevo reino le suponía, decidió celebrar sus bodas con Isabel de Farnesio en el mejor palacio de la ciudad, en el que era propiedad de los Mendoza duques del Infantado.

El Concejo elevó al Rey sus razonadas peticiones de ayuda, fundamentalmente dirigidas a la condonación de sus deudas fiscales, y a la rebaja drástica de los impuestos durante los siguientes 10 años. Además de acceder a ello, el Rey pensó en favorecer más especialmente a esta ciudad, también avalada por los Mendoza ante su trono. Y así fue que se decidió la creación de esa gran fábrica de paños que para el abastecimiento de la administración estatal, y para la ciudadanía en general, se estaba necesitando.

Puso a su frente, a través del favorito cardenal Alberoni, al barón Juan Guillermo de Ripperdá, un holandés con gran don de gentes y que alcanzó en esos años la categoría de “favorito” de la reina Isabel de Farnesio. Durante unos pocos años, (entre 1715 y 1726) Ripperdá controló las finanzas y la maquinaria del Estado borbónico, siendo primero Secretario de Estado.

Aunque la Real Fábrica de Paños se estableció, en un principio, en 1717, en Aceca (Toledo), lo mal dispuesto de sus instalaciones hizo que se decidiera por contar con Guadalajara para su establecimiento real, cosa que ocurrió en 1719. Entonces llegaron los 50 operarios (con sus familias, y con sus telares) procedentes de Leiden, una ciudad holandesa muy cercana a Amsterdam. De entonces es la llegada a Guadalajara de las familias Fluiters, Vandelmer, y German, entre otras).

El movimiento de esta fábrica fue impresionante desde el primer momento: la ciudad creció, en habitantes, en edificios, en economía y buen pasar. Se crearon a mediados de siglo XVIII otras dos fábricas de paños (San Fernando junto al Jarama, y Brihuega junto al Tajuña) para que aportaran trabajadores a la gran producción de la capital. La fábrica se instaló en los edificios que habían servido de palacios a los marqueses de Montesclaros, frente al palacio de los duques del Infantado, rematando por el norte la plaza que se formaba ante dicho palacio. Se tuvo que ampliar con materiales sacados del ruinoso Alcázar, en el que luego hubo de ponerse una serie de anejas construcciones para dar cabida a la producción.

A mediados del siglo XVIII, cuando era controlada por las arcas reales, tomó el nombre de Real Fábrica de Sarguetas de San Carlos, y poco después, en 1757, los Cinco Gremios Mayores de Madrid pasaron a controlarla durante diez años mediante contrato con la monarquía. Dicen los cronistas de aquellos tiempos que “la prosperidad se instaló en la ciudad: se construyeron más casas y sus habitantes gozaron de una mejor calidad de vida disfrutando de buenos trajes y calzado. Viéndose que entre ellos había un evidente aire de satisfacción”. Desaparecieron por completo los ociosos, pobres y vagabundos, que antes abundaban, y en definitiva la fábrica llegó a dar trabajo a más de un millar de personas en un principio, llegando en unos años a casi cinco mil. Esta breve historia del inicio de la Real Fábrica de Paños de Guadalajara viene a reafirmar esa idea, que para algunos es obvia, a nada que se analice el paso de los siglos sobre ella, de que Guadalajara es ciudad que anda a trompicones, tan pronto crece y todo se llena de alegría, como se para y mengua, se destruye y atasca…

En 1767 tomó de nuevo el propio Estado borbónico la dirección y administración de la Fábrica. De nuevo aumentó la producción, y todo fueron sonrisas, estadísticas al alza, y un buen nivel de vida. Hasta que llegó 1808, y con él los comienzos de la gran guerra contra los franceses, la Guerra de la Independencia. En ese año fue saqueada por los galos, aunque se mantuvo en funcionamiento, porque la administración josefina necesitaba sus productos, pero tras la guerra cerró definitivamente sus puertas, en 1822, quedando todo el mundo en paro y la fábrica en progresivo deterioro, hasta que en 1833 el Estado ayudó de nuevo a Guadalajara con la creación, y construcción sobre las antiguas ruinas de la Fábrica, de la Academia Militar del Arma de Ingenieros, que fue rehecha, sede de grandes figuras de la ciencia y la milicia, motor del nacimiento de la aerostación, y finalmente le tocó ver como, en 1924, la malaventura se cebaba nuevamente en ella por el incendio fortuito del edificio entero.

De esas ruinas, solo se conservó el picadero de caballos, y los edificios meridionales que servían para hacer ejercicios tácticos y prácticos a los cadetes. Rehecha parte del conjunto, muy a lo corto, fue sede de Archivos militares y del Colegio de las Religiosas Cristinas. Tras muchos años de vacío, en ese mismo lugar donde sucesivamente se elevaron los palacios de los Montesclaros, la Real Fábrica de Paños y la Academia General de Ingenieros y en los jardines de su alrededor frente al palacio del Infantado, va a establecerse parte de la Universidad de Alcalá de Henares, como centro de enseñanza superior, recuperándose el espacio, en vivo, para la ciudad.

Como anécdota, conviene recordar que fue en esta Real Fábrica de Paños de Guadalajara, y en 1733, cuando se produjo una gran conflicto laboral, que se ha considerado la primera huelga en nuestro país, y que ha sido estudiada con detenimiento por Aurora García Ballesteros y por Manuel Martín Galán. En realidad, el primer conflicto se produjo ya en 1719-20, cuando los holandeses pedían que siguiera su compatriota Ripperdá de director, pero es en 1733 cuando las razones y sistemática de la alteración cobran caracteres casi modernos, según lo estudia Enrique Alejandre Torija con mucho detalle en libros y artículos.

Ver más detalles sobre este centro fabril, que supone parte de la historia de la ciudad, en https://enwada.es/wiki/Real_Fábrica_de_Paños:_1822