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La Ruta de la Lana por Guadalajara

El camino de Santiago por la ruta de la lana por la provincia de GuadalajaraUno de los elementos que puede constituir una nueva fortaleza para el Turismo por Guadalajara, es la revitalización de la Ruta de la Lana, o Camino de Santiago, a través de nuestra provincia.

En este sentido, un libro que acaba de aparecer, fruto de una serie de viajes y una larga dosis de esfuerzo y entusiasmo por parte de su autor, el doctor Alvarez de los Heros, es la prueba más contundente de que ese es un Camino por hacer, una verdadera autopista de oportunidades.

Desde hace muchos siglos, los fieles cristianos, y sobre todo los devotos del Apóstol Santiago, declarado después Patrón de España, han recorrido el camino que desde su casa lleva a la catedral de Santiago de Compostela, donde está el sepulcro de este santo varón.

Como es lógico, habrá tantos “caminos a Santiago” como peregrinos a lo largo de los siglos se movieron. Pero al final hubo unos caminos que se encargaron de canalizar el mayor trasiego de gentes andariegas. Y así se crearon numerosos caminos santiaguistas por toda Europa, y por la Península Ibérica estuvo y sigue estando el llamado “Camino Francés” que desde el Pirineo (por Jaca, o por Roncesavlles) lleva paralelo a la costa cantábrica hasta la tumba del Apóstol.

Pero muchas otras gentes fueron allá desde diversos lugares de España. Uno de esos lugares eran Sevilla, Córdoba, el valle del Guadalquivir, donde siempre hubo cantidad de mozárabes que hacíanel llamado “Camino de la Plata” para subir, atravesando Extremadura, hasta Astorga y allí enlazar con el camino francés. Otro, famoso y transitado, fue el Camino de Levante, que desde Valencia y Alicante se dirigía, cruzando las montañas levantinas, la Mancha, las Alcarrias y los páramos sorianos, hasta Burgos, para también entroncar con el Camino Francés.

Este Camino de Levante coincidió mucho tiempo con el Camino de la Lana, que servía para que los ganaderos llevaran sus ganados, y los comerciantes sus lanas, hasta Burgos. La travesía se hacía por el interior de las sierras de Levante, por Cuenca, por la actual Guadalajara, por Soria, hasta llegar a Burgos.

Es por ello que al Camino de Santiago por la provincia de Guadalajara se le llamara siempre “La Ruta de la Lana” por esa coincidencia. La Ruta de la Lana coincide en su mayor parte con el camino jacobeo que en el “Repertorio de Alonso de Meneses” (siglo XVI) iba desde Cuenca a Burgos y por el que iban la lana de la Alcarria y los paños de Cuenca hacia las ferias de Medina del Campo y el Consulado de Burgos. En su origen, la Ruta de la Lana fue usada por esquiladores, ganaderos y comerciantes para llegar al gran centro comercial de la lana que era la ciudad de Burgos.

Este Camino fue seguido, también en parte, por el rey Felipe III cuando desde sus bodas en Valencia vino a visitar el Monasterio alcarreño de La Salceda (1604), y sabemos que se seguía siendo usado en el siglo XVIII y Madoz más tarde en su Diccionario (1850) lo menciona repetidamente (“Caminos: los locales y el que conduce a Valencia y Cuenca”) al describir las villas alcarreñas por las que pasa. En varias zonas (Gárgoles, Miedes…) coincide con antiguas vías romanas, de las que a veces encuentra los restos el caminante.

Datos concretos del Camino

Desde Cuenca, esta Ruta de la Lana iba por El Villar, Torralba, Priego, Valdeolivas, Salmerón, Trillo, Cifuentes, Mandayona, Atienza y Miedes, continuando por Retortillo, El Fresno, Inés, San Esteban de Gormaz, Alcubilla, Huerta del Rey, Silos, Retuerta, Cobarrubias, Hontoria, Venta de los Molinos y Burgos. De allí el Camino Francés sigue por Castrojériz, Fromista, Sahagún, León, Astorga, Ponferrada y Samos hasta Santiago de Compostela.

Está documentado que la “Ruta de la Lana” fue aprovechada por diferentes peregrinos para llegar a Compostela. No fueron muchos los que dejaron escrito su periplo, pero algunos sí lo hicieron.

Existe un relato escrito en valenciano, L’Espill (“El Espejo”) que relata un viaje a Santiago hecho por su autor, Jaume Roig, antes de 1460. El más conocido, porque ha servido como eje para el primer libro que sobre esta Ruta se ha escrito, es que hicieron en la primavera de 1624 Francisco Patiño, su mujer María de Franchis y su primo Sebastián de la Huerta, quienes desde Monteagudo de las Salinas (Cuenca), se lanzaron al Camino para cumplir con un voto hecho al apóstol en momentos peligrosos de sus vidas. Dan señal de su paso por Astorga y Molinaseca.

Siguiendo las descripciones que estos personajes hacen, y que recoge el Antonio López Ferreiro en la Historia de la Santa Apostólica Metropolitana Iglesia de Santiago. Tomo IX, págs. 315-318. Apéndices documentales XI (págs. 50-52) y XII (págs. 53-74), el peregrino que saliera de Monteagudo de las Salinas (Cuenca), llegaría al final del tercer día de camino a la Alcarria conquense por Albalate de las Nogueras hacia Villaconejos de Trabaque. La cuarta etapa (Villaconejos – Salmerón, 24 Km.) la haría por Villaconejos a Albendea (14 Km.), de Albendea a Valdeolivas (4 Km.) y de Valdeolivas a Salmerón (6 Km.), ya en la provincia de Guadalajara. La quinta etapa (de Salmerón a Cifuentes. 34 Km.) iría desde Salmerón subiendo a Villaescusa de Palositos y Viana de Mondéjar (16 Km.), de Viana de Mondéjar a Trillo (9 Km.), de Trillo a Gárgoles de Abajo (4 Km.) y de Gárgoles de Abajo a Cifuentes (5 Km.).

La sexta etapa (de Cifuentes a Baides, 33 Km.) iría desde Cifuentes a Moranchel (5 Km.), de Moranchel a Las Inviernas (7 Km.), de Las Inviernas a Mirabueno (10 Km.), de Mirabueno a Mandayona (3 Km.) y finalmente de Mandayona a Baides (8 Km.). La etapa séptima (de Baides a Atienza, 27 Km.) saldría de Baides para pasar por Viana de Jadraque, Huérmeces del Cerro, Santiuste, Riofrío del Llano para llegar a Atienza.

La octava y última etapa por nuestra provincia discurriría desde Atienza por Tordelloso y Alpedroches hasta Miedes de Atienza, y de aquí subiendo el Alto de la Carrascosa entrar en Soria a Retortillo de Soria y Tarancueña.

Opciones ruteras y turísticas

Desde hace pocos años se ha mezclado la antigua devoción religiosa con la curiosidad turística. Aprovechando el “tirón” se han hecho numerosas rutas de senderismo, bicicleta o en caballería y “Caminos de Santiago” por casi todas partes, alcanzando así unas aceptables opciones de promover un desarrollo rural sostenible en zonas que podrían ser poco visitadas.

La Federación Española de Amigos del Camino de Santiago (web http://www.caminosantiago.org) agrupa a la mayoría de estas asociaciones para informar y dar soporte a los peregrinos (o a los simples viajeros) que recorren una serie de rutas establecidas, teniendo una merecida buena fama. Ha recuperado y señalizado diferentes rutas jacobeas y publica desde 1987 la mejor y más difundida revista a este respecto, “Peregrino”, dirigida por José Antonio Ortiz Baeza.

En Guadalajara existe una Asociación de Amigos del Camino de Santiago, con una página web (www.deguadalajaraasantiago.blogspot.com.es) y muy notable actividad, que estos pasados años ha cuajado en la normalización, señalización y balizado del Camino que atraviesa nuestra provincia.

Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara

Libros sobre la Ruta de la Lana

Hace casi veinte años apareció el primero de una serie de libros que han tratado de abrir el Camino de Santiago por nuestra tierra, recuperando la antiquísima tradición que casi llegó a perderse.

El primero de ellos fue el titulado “La Ruta de la Lana” que escribieron Jesús Herminio Pareja Pérez y Vicente Malabia Martínez y editó la Editorial Alfonsiópolis, de Cuenca, en 1999.

Muy interesante es el libro “Los Caminos de Santiago en la Guadalajara medieval” escrito por Margarita del Olmo y Emilio Cuenca en 2009 y editado por “Nueva Alcarria”.

Luego hicieron una guía del Camino de Santiago por Guadalajara, siguiendo esta Ruta de la Lana y otras variantes, Angel de Juan-García Aguado y Manuel Martín Aranda, con un libro titulado “De Guadalajara a Santiago, un camino por conocer”, en 2010, editado por Editores del Henares, con el patrocinio de la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara.

Y ahora es el doctor don Fernando Álvarez de los Heros (Avilés, Asturias, 1950), Caballero de la Orden del Camino de Santiago , quien ha realizado de nuevo este camino y ha plasmado su experiencia en un estupendo libro /guía para poder hacer con comodidad y “a la moderna” este trayecto que era el que usaban también los peregrinos que se decidían desde el Levante español a visitar al Apóstol en Galicia.

El libro está muy bien escrito, y para ser la primera aventura literaria del autor, no tiene un solo pero: es amable, gracioso, entretenido, útil, erudito y práctico. Una guía viajera en toda regla. Lleva además las fotografías de los lugares por donde discurre, y los testimonios que atestiguan el paso del viajero por pueblos y barrancas.

Lleva un Prólogo mío, y una introducción que explica el sentido del libro y el significado del Camino. Le siguen 19 capítulos que corresponden cada uno a una de las etapas de este Camino. En cada uno de ellos aparece, de inicio, a página completa, un mapa con el trazado de la ruta seguida por el viajero, así como cuatro epígrafes medidos y adecuados: la llegada, el pueblo, datos útiles y el camino. Cuenta así cómo se llega al pueblo, lo que en él hay que ver o las anécdotas que en él suceden, los datos referentes a Albergues, Casas Rurales, restaurantes, bares, médico, etc, y finalmente concluye con unas indicaciones de cómo seguir ruta hacia la siguiente etapa.

El libro acaba con un obligado epílogo en el que describe el trazado de la “Ruta de la Lana” entre Mandayona y Atienza, y que no es el que el viajero sigue, porque no era el auténtico Camino de Santiago. Así nos da los datos justos para saber que Sigüenza, la episcopal ciudad, tuvo descansadero de reses, y alojo de caminantes, pero referido a los viajeros que hacían la ruta lanera, no el periplo jacobeo.

En definitiva, y tras haber tenido un buen rato este libro entre las manos, curioseado por sus mapas y visto sus imágenes, al lector le entran unas ganas irrefrenables de echarse al camino, y hacer entero este zig-zag de cuestas, ríos, plazas mayores y ermitas perdidas.

Creo sinceramente que no solamente es una buena guía viajera, sino que se presenta seguro como una estupenda promoción de la provincia de Guadalajara, que como aquí demuestra Álvarez de los Heros, tiene muchas más cosas que mostrar que los tan manidos caminos del románico, de Camilo José Cela o de la Arquitectura Negra. Este “Camino de Santiago por la Ruta de la Lana”… debería ser librito que cupiera en todos los macutos de quienes vienen a esta tierra a sorprenderse de ella.

La capilla del hidalgo Diego Garcia de Guadalajara

Escudo del hidalgo Diego Garcia de Guadalajara en la capilla gótica de Santiago de GuadalajaraEn estos días han concluido las tareas de restauración, limpieza y acondicionamiento de uno de nuestros rincones más emblemáticos: la capilla del Contador Real don Diego García de Guadalajara, en la cabecera del tempo parroquial de Santiago. Y tras esas tareas pueden verse las luces, los colores y los símbolos (escudos, dragones, letreros…) que le dan valor artístico y fuerza histórica.

Entrar en Santiago es siempre una experiencia. El hecho de pasar del nivel de la calle a su profunda nave, parece trasladarnos a un mundo de criptas y húmedas sombras en las que nos van apareciendo, a diestro y siniestro, recuerdos de antiguas épocas. Santiago, que fue la iglesia enorme de un convento de monjas clarisas, ha sufrido muchos avatares, pero es al fin un lugar de culto en el que palpita siempre la vena segura del encuentro con Dios. No solo personal e íntimo: también conducido por la luz de los vitrales, por el ansia de elevación de los pilares pétreos; por esa razón alegre del ladrillo mudéjar. Y al fin por ese vericueto valiente de la capilla gótica del fondo de la nave de la epístola, o la renacentista covarrubiesca del fondo de la nave del evangelio.

A la primera de ellas me dirijo hoy. Porque la han arreglado, la ha restaurado y reucperado en su primitivo valor de luces y colores. La suelen llamar (guías y gentes habituales) la “capilla gótica de Santiago”. Es una forma de identificarla. Realmente se trata de la capilla que a la iglesia clarisa quiso añadir un alto funcionario real para en ella ser enterrado. En 1452 don Diego García de Guadalajara la fundó, y enseguida los buenos maestros de obra que a mediados del siglo XV había en la ciudad la dieron dimensión, altura y vanos.

Su planta, que continúa a través de un arco, la de la nave meridional del templo, tiene unos 7 metros de larga, por la mitad de ancha. Consta de dos tramos separados por delgados haces de columnas adosadas al muro adornadas con afiligranados collarines en vez de capiteles, donde lucen los escudos del fundador y sobre los que apoya un arco apuntado adornado en su intradós por calada piedra; el fondo de la capilla, lo qie podríamos llamar su presbiterio, ofrece la inserción de la apuntada bóveda nervada en el muro. Con mucho tino hecho todo. Los nervios descansan sobre unas ménsulas similares a los collarines del tramo, y en la clave de la bóveda aparece como volando, colgando de ella, un pétreo y dorado rosetón tallado en piedra de Tamajón y ahora pulcramente dorado.

El escudo familiar de los García de Guadalajara es muy simple: se trata de una banda de gules sobre el campo de oro. En este, el borde se cubre con frase de letras azules que dice “Ave Maria Gratia Plena dominus Tecum”, lo cual nos da a entender dos cosas: que aun siendo hihodalgo, el caballero comitente pertenecía a la Orden de la Banda, fundada siglos antes en nuestra ciudad. Y otra que se consideraba familiar, no sabemos en qué grado, de la familia de los Mendoza y de la Vega, grandes magnates por entonces de este lugar.

Una de las espectaculares razones por las que conviene ahora visitar esta capilla, son los dragones, pintados sobre las nervaturas, que han aparecido al limpiar, similares a los que pululan por los nervios de la bóveda principal del convento de San Francisco. Y similares a muchos otros conjuntos góticos del arte español de la segunda mitad del siglo XV

Estos dragones, monstruos terribles, de color verde el cuerpo, escamas sobre el dorso, cabezas enormes, fauces abiertas de las que salen largas lenguas rojas, y miradas exoftálmicas, tienen dos posibles funciones. Una de ellas, la meramente decorativa, porque enaltecen la forma simple del arco con esos colores y formas. Y la otra, una función simbólica de protección, sugiriendo que su poder suprahumano está defendiendo al muerto/muertos que descansan en la capilla.

En la parte del muro y bajo el arranque de los nervios apuntados, corre la leyenda que identifica, tras tantos siglos, a la capilla y su autor. Ahora todo límpido, brillante, con claridad se leer: ESTA CAPILLA FUNDÓ EL NOBLE CAVALLERO DIEGO GARCIA DE GUADALFAJARA, SECRETARIO DEL REY DON JUAN Y DEL CONSEJO DEL REY DON FERNANDO Y DOÑA YSABEL SUS HIJOS. ACABÓSE AÑO DE MCCCCLII AÑOS.

Del análisis de la frase, de lo que dice Núñez de castro en su Historia de Guadalajara, y de algunos documentos, el cronista Layna llega a identificar a este personaje, el don Diego García de Guadalajara, a quien se nos hace difícil ver formando parte del Consejo de los Reyes Católicos en 1452, cuando estos aún ni habían ennoviado.

Este sujeto, secretario que fue del rey Juan II, según nos dice en la cartela, tuvo por padre a otro caballero del mismo nombre, regidor que fue del estado de los caballeros hijosdalgo de la ciudad, en la primera mitad del siglo XV. Del fundador de la capilla se dice en un documento que fue varon de aventajadas prendas y de tan gran talento que el Rey don Juan el Segundo le escogió por su Secretario y de su Consejo. Y del hijo de este, también llamado Diego García de Guadalajara, se sabe que fue secretario en la ciudad del gran Cardenal Mendoza, además de regidor perpetuo del burgo.

De los tres Diegos, el de en medio es quien construye esta capilla gótica, cuyos escudos dominan ahora con su brillo el conjunto arquitectónico. Aunque la acabó en 1452 como se dice en la cartela, no debió dotarla hasta algunos años después, cuando entre 1462 y 1470 fue regidor, según consta en el documento de las Ordenanzas Antiguas del vino, que redactaron y aprobaron con sus firmas los regidores, estando “en el corral de Santo Domingo” (la ermita que ocupaba el rincón norte de la actual plaza mayor) el 16 de septiembre de 1463.

Piensa Layna que tras la batalla de Toro en 1475, el contador don Diego García mejoró su estado, pero siendo ya mayor entonces, fallecería hacia 1478. Un curioso documento que encontró el cronista nos permite saber que su viuda, doña Leonor García de Torres, dispone la distribución de las mandas que aquel dejó en su testamento, y que consistían en “tres mil mrvs. de censo perpetuo cada año sobre ciertas casas de su propiedad en la colación de Santiago, más cinco pares de buenas gallinas también como censo anual perpetuo, con obligación por parte del convento de que cada viernes se diga una misa cantada de réquiem por el alma del fundador, el día de la Magdalena, un oficio también cantado y al día siguiente una misa”.

Mudejar,pervivencia del mudejar y neomudejar en la arquitectura de la ciudad de Guadalajara y Villaflores por Trallero

 

Hoy tiene el fondo de esta capilla un pequeño retablo dedicado a la Virgen María en su advocación de El Pilar. Antiguamente, -se sabe por referencias escritas- hubo un retablo gótico constituido por tres tablas pintadas separadas por hacecillos de columnas, protegidas por doseletes calados y un guardapolvo finamente tallado; quienes lo vieron (José María Quadrado, y Juan Diges Antón) lo describieron como retablo borroso, antiguo y mal dispuesto, pero es muy posible que, si fue pintado por mandado del fundador, como es lógico, hacia 1465/1475, posiblemente fueran sus autores los pintores avecindados en la ciudad Sancho de Zamora y Juan de Segovia, que por entonces pintaron el retablo del convento de San Bernardo. El de Santa Clara lo vendieron las monjas, junto con muchas otras piezas artísticas, incluida la talla mortuoria de don Juan de Zúñiga, a algún chamarilero, parando Dios sabe donde. Lo más seguro, en algún museo norteamericano, que es donde hace poco identificó Tomás Barra la estatua yacente de don Juan de Zúñiga (en el Museo de los Angeles, CA), procedente también de aquella almoneda.

El caso es que hoy se ha rescatado de la oscura desmemoria esta capilla gótica del contador don Diego García de Guadalajara, que añade un motivo más para visitar, y admirar, la iglesia (hoy parroquial de Santiago) de las señoras monjas de Santa Clara.

Por la Calle Mayor de la Celtiberia

torre de los moros en Luzon GuadalajaraEl pasado domingo se llevó a cabo, organizada por el Colegio Oficial de Médicos de Guadalajara, una marcha-rutera por la “Calle Mayor de la Celtiberia”. Un amplio número de médicos y médicas, en autobús desde Guadalajara, y a pie desde Anguita a Luzón, nos marcamos el paseo que hay de un pueblo a otro, con tranquilidad y sin perder el paso. Dos leguas de nada…

El Cantar del Mío Cid nos refiere que don Rodrigo Díaz de Vivar, cuando fue expulsado de la corte de Castilla por desavenencias con su Rey y señor, Alfonso el sexto, se arropó de numerosos caballeros fieles, y se desnaturalizaron del reino. Pensaban hacer la guerra por su cuenta, contra quien se pusiera por delante, pero fundamentalmente contra los moros del reino de Zaragoza, y contra los de Valencia… porque a todos ellos podían sacar más dinero, y bienes, que a cualquier otro. Corría el año 1081, y ese camino que Mío Cid (como le llaman los suyos, “mi señor”) recorre lentamente, pasa por lo que hoy es provincia de Guadalajara, atravesándola desde su extremo noroeste (entra por Miedes, y va hacia Atienza, a la que no se atreve a atacar por saberla muy fuerte) hacia el sureste, quedando a residir una temporada en Molina, hecho amigo de su señor Abengalbón. El paso por estas tierras nos deja algunas evidencias toponímicas en el Cantar de Gesta. Así, sabemos que El Cid pasó por Anguita, en cuyas cuevas durmió, al menos una noche. Estaban esas cuevas en el angosto paso que el río Tajuña hace junto al pueblo, bajo la actual Torre de la Cigüeña, que entonces sería castejón más defendido. Y de allí siguió camino hacia el Campo Taranz (“passaron las aguas / entraron al campo de Torancio”) que es la altura de Maranchón, por lo que no cabe ninguna duda que el Cid y su ejército recorrió este camino que hoy vamos a hacer, sabiendo además que cruzamos por otro de los ejes fundamentales de la vida celtíbera.

Anguita nos recibe y nos despide

Al llegar a Anguita, medio pueblo (teniendo en cuenta que ahora en invierno no lo pueblan más de 70 personas) nos recibe. Saben que venimos en son de paz, y ese son suena desde las dulzainas y los atabales que los MediCid portan en sus espaldas. Son estos José María Alonso Gordo, Octavio Pascual, y Carlos Royo Sánchez, tres médicos guadalajareños que llevan años recorriendo la España Cidiana (junto a Juan José Palacios) a bordo de sus bicicletas. Ellos sí que saben de esto, de los caminos recónditos y las plazuelas abiertas.

Aquí admiramos la recia fisonomía de Anguita, la digna presencia de su Casa Ayuntamiento, el altivo edificio de su ermita de Nuestra Señora de la Lastra, que hace de iglesia parroquial, porque la verdadera parroquia, San Pedro, un vetusto edificio gótico, y eje del barrio primitivo de la Hoz (o de las Cuevas) está habitualmente cerrado. Tras el concierto, y la reparación de fuerzas en forma de un suculento desayuno, los viajeros se lanzan por el camino hacia Luzón. Nuestro agradecimiento será eterno especialmente a José María (Pepe), y a Santos Ballesteros el alcalde, que se han desvivido por enseñarnos todo lo que en Anguita merece la pena verse.

La Torre de los Moros

Al salir de Anguita, vamos descubriendo hitos geográficos que tienen, todos, su propio nombre y su propia leyenda: la Peña del Águila, las Mijotas, Ceño el Ojo, la Roca Horadada, y entre ellos, aunque ahora mustios de color y empaque, los avellanos, las sabinas, los robles y las encinas…

Después de pasar por varios estrechos, y ver las grandes cuevas del entorno, se llega a un recodo del camino que está presidido por una enorme torre de medieval origen. El cerro en el que asienta, veinte metros sobre el camino, está además medio volado, lo que le añade un poderoso efecto de perspectiva.

Esta torre, a la que la gente de aquí llama “de los moros” es una construcción de incierta época, pero seguro que medieval, de hacia el siglo XII, porque esta que fue tierra de paso, era también de frontera, en esa época, entre Castilla y el Señorío de Molina. Posiblemente hubo antes un pequeño castrum celtíbero, y luego un hisn musulmán, pero los castellanos terminaron de levantar esta torre, defensiva a todas luces, porque la entrada la tiene en el primer piso de la construcción.

Ya desmochada, no se sabe cómo sería su cubierta, posiblemente remataba en terraza, almenada, y a su vez cubierta de armadura de madera, para proteger a los vigilantes. Lo más curioso de ella, aparte del contraste del color de las piedras de los paramentos y las esquinas, es el hecho de que lleva incrustadas algunas piedras talladas con elementos cruciformes, propias de haber servido de estelas funerarias.

La ciudad celtibérica de La Cava

Poco más de quinientos metros río arriba, siguiendo el camino fácil, llegamos a un lugar espectacular. Es la ciudad celtibérica de “La Cava”, sobre un altozano, defendido naturalmente, pero todo él rodeado de una fortísima muralla en la que se aprecian dos entradas (quizas protegidas por torreones en su día).

Los viajeros ven al otro lado del río un montículo, no muy elevado, en el que se aprecian evidentes restos de fortificación, aunque estén ocultos entre densas matas de rebollos. Hay un pequeño puente que nos permite cruzar el río, y enseguida nos plantamos ante el conjunto arqueológico, que es (según los expertos) más una ciudad que un castro. Le llaman de “La Cava” y aunque se conoce de siempre, fue metódicamente analizado extrayendo restos cerámicos, haciendo mediciones y levantando planos y alzados del mismo, por tres arqueólogos a los que cabe aquí rendir tributo de admiración por su tarea. Fue en 1989, y eran ellos E. Iglesias, J. Arenas y Miguel Angel Cuadrado.

Analizaron el conjunto, pura ruina, y llegaron a las siguientes conclusiones: “La Cava” de Luzón es una ciudad celtibérica, ocupada entre los siglos III a I antes de Cristo por varias “gens” o familias amplias de la tribu de los bellos, o de los tittos, que eran las que Celtiberia tenía repartidas por estos altos. Bien es verdad que podrían haber pertenecido también a los lusones, puesto que el nombre de esa tribu ha quedado fielmente reflejada en el nombre de dos pueblos de la zona: el inmediato de Luzón, y el próximo de Luzaga.

Ocupa la ciudad una extensión de dos hectáreas y media, teniendo una dimensión de 160 metros en su parte más ancha. La fachada que vemos, según nos acercamos desde el río, es la más escarpada, aunque nunca puede decirse que llegue a ser un cerro. De todos modos, era fácilmente defendible en ese costado norte, y aún sus pobladores le añadieron una fuerte muralla, con enormes sillares bien trabajados, que llegó a constituir una muralla que se calcula tuvo 7 metros de altura. A los lados (por el este y por el oeste, tras un suave repecho), se accedía a la ciudad y se penetraba en ella por sendas puertas, protegidas quizás por torres. La parte trasera, la que da al sur, como se prolonga en llano sobre la meseta, tenía más dificil protección, por lo que la defensa se hizo a base de excavar la tierra, construyendo un foso, amplio, de dos metros y medio de profundidad, que con lo siglos se ha ido colmatando.

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Se han encontrado muchos fragmentos de cerámica, de arcilla fina con empastes, alguno de ellos decorado. Se han encontrado muchos “perfiles” de vasijas, por lo que se ha podido determinar el tipo y dimensiones de los cacharros que utilizaban. De momento no se ha encontrado ningún resto metálico, aunque ya entonces se usaban (esta ciudad es de plena época o Edad del Hierro). Tampoco ha aparecido la necrópolis, el lugar de enterramientos, que lógicamente tendría que estar junto al río, alejado al menos 500 metros de la población. La verdad es que tampoco se ha buscado.

Los viajeros de hoy nos preguntamos ¿quiénes eran estos lusones, tittos o bellos que habitaron en “La Cava”? ¿A qué se dedicaban? ¿Cuál era su religión, su sistema judicial, quienes eran sus jefes? En todo puede contestar a estas preguntas lo ya escrito sobre los celtíberos en el área derecha del valle del Ebro. Estos eran los más aguerridos, sin duda, porque vivían en la parte más alta, la Sierra del Ducado hoy llamada, la parte más fría de la Celtiberia.

En esta ciudad habitaron hasta 300 personas, en su época más cuajada. Eran agricultores, y ganaderos, pero tenían un selecto grupo de hombres dedicados en exclusiva a la defensa (o el ataque) frente a otras tribus, y, ya en el siglo I, frente al invasor romano. Y no digo más, porque sería inventarme las cosas. Hay un libro dirigido por María Luisa Cerdeño y titulado “Los Celtíberos en Molina de Aragón” en el que todo esto se explica estupendamente, al detalle. Muy recomendable.

Llegamos a Luzón

Poco después de una hora de camino, a cuatro kilómetros de este monumento, los viajeros llegan a Luzón, donde les espera mucha gente, que se ha enterado de la marcha, y donde nuestros amigos los MediCid protagonizan de nuevo un concierto con sus dulzainas y atabales, con lo que nos sentimos aún más castellanos, más celtíberos, más antiguos y fuertes.

Javier López Herguido se alza como cicerone de las novedades que se están restaurando en el antiguo Centro Bolaños, que fuera a finales del siglo XIX Colegio de Escolapios, construido por Marañón, y hoy es un estupendo museo de la escuela, y de los diablos y botargas. Comiendo al sol clemente del mediodía, en la solana de la plaza, acabamos el día, que será inolvidable.

Curiosidades históricas de Tomellosa

Tomellosa en la AlcarriaDías pasados me ha llegado a las manos una obra que conjuga amenidad y documentación, perfiles tradicionales y curosidades alcarreñas. Es el libro sobre Tomellosa que ha escrito Juan Manuel Abascal Colmenero, quien mantiene su vigor intelectual y su claridad de ideas a pesar de los años.

La figura de Juan Manuel Abascal Colmenero, de profesión veterinario, de actividad funcionario en la Agencia de Extensión Agraria, y de cordialidad extrema y asegurada en lo personal y vital, no ha sido suficientemente valorada entre nosotros. Es justo que aquí, antes de hablar de su libro, lo haga hoy con motivo de su edición. Porque Abascal es ejemplo de alcarreñismo militante, manteniendo su vivienda en el pueblo donde nació, acudiendo siempre que puede a ella, participando en las actividades de la villa, e indagando continuamente en el archivo municipal, en toda la bibliografía a su alcance, preguntando y recordando…

Seguramente él no querrá que se hable ampliamente de su figura. No lo voy a hacer. Pero sí de su obra, que le refleja, y que por sí misma es extraordinaria. Porque el mimo, el detalle y la puntualidad con que trata las cosas de Tomellosa, son un verdadero espectáculo.

Podría decirse que este “Tomellosa. Curiosidades históricas” es la segunda entrega del autor sobre su pueblo natal. Si la primera (“Tomellosa a la luz de su archivo”) publicada en 2005 fue entretenida y reveladora, esta es –me atrevo a decir- aún más interesante, porque lejos de tratar temas de siglos antiguos, lejanos a nuestros intereses y curiosidades actuales, se centra en la vida en el pueblo durante el siglo XX. Y de ahí surgen setenta temas, constituidos en capítulos, que no dejarán indiferente a ningún lector. Porque narrados con un lenguaje llano y directo, con apuntes y datos sacados de los más directos orígenes (libros de actas, periódicos, recuerdos vivos de los vecinos…) nos aproximan a la realidad de Tomellosa (y, por extensión, de cualquier pueblo de la Alcarria) durante este siglo que hemos dejado atrás.

Son tan variados los temas que trata Abascal en esta obra (profusamente ilustrada con imágenes del pueblo, de su patrimonio artístico, de sus edificios, calles, campos y acontecimientos) que parece no tener fin nunca. Algunos de ellos, podrán dar idea de la generalidad de la obra: trata de la Farmacia que hacia 1917 existía en el pueblo, así como de los temas médicos, asistencias profesionales, enfermedades, modos de curarlas, etc. en la época. Un personaje al que trata ampliamente el autor es “Don Faustino” porque así se le conoció en Tomellosa durante toda su vida. Don Faustino (Abascal García) resulta ser el padre del autor. Alcanzó una vida larga y prolífica, pues murió a los 98 años. Y fue –fundamentalmente, como profesión- veterinario del pueblo. Pero en realidad fue el alma de la localidad durante muchas décadas, pues además de su actividad comunitaria en cargos concejiles, se dedicó a la agricultura, a los montes, a la enseñanza, y a la promoción de los adelantos en el pueblo.

Otros muchos nombres aparecen en este libro. Así por ejemplo el de don Felipe Martínez Colmenero, que llegó a comprar en 1896 el monte de propios denominado “El Rebollar” por el que pagó al Concejo la cantidad de 2.055 pesetas. O el de Felipe Expósito León, soldado heroico en Africa. Además trata temas sobre calles del pueblo, sus nombres, sus orígenes; sobre el edificio del Ayuntamiento, que alcanzó a ser calificado de Bien de Interés Cultural regional, y luego recibió una reforma completa; sobre la sanidad en el pueblo, sobre la vivienda rural, sus usos, sus materiales, la construcción, los molinos, los candiles…

Elementos claves de la vida en los pueblos alcarreños eran el vino, el aceite,m la matanza… y de todos ellos nos da Abascal cumplida noticia de lo que pasaba en Tomellosa: larecogida, elaboración, operaciones, bodegas… todo lo referente al vino desapareció con la plaga de filoxera a principios del siglo XX. Sobre el aceite, nos muestra las ruinas ahora del molino aceitero en la parte baja del pueblo, y nos pone muchas fotos del arco de 1776, de los capachos, de los molones… A la matanza le dedica el típico encuadre, y nos cuenta el ritual, de cómo se vivía todo el año, el cerdo, con la familia, aunque el animal en la corte delantera, y en llegando San Andrés, y alcanzando los 100-150 kilos… a por él.

Hay un capítulo largo dedicado a los frailes tomelloseros. Pone muchos nombres, y vemos que el más antiguo de quien se tiene noticia es fray Hernando de Tomellosa, quien en 1581 se hizo jerónimo en Lupiana. También en 1710 dos hermanos, fray Juan de Tomellosa el uno, y fray Joseph de Tomellosa el otro, se fueron, respectivamente, a El Escorial y a Lupiana. Hubo también algunos franciscanos, capuchinos, trinitarios, carmelitas, mercedarios… pero sobre todo los hijos de Tomellosa se hacía jerónimos.

Curioso también el camino que el edificio del Ayuntamiento (que es sin duda la joya patrimonial del pueblo) ha seguido hasta verse convertido en “Bien de Interés Cultural”. En junio de 2002 la Junta de Comunidades le dio tal categoría, lo que permitió arreglarle y componerle como hoy le vemos. Una preciosidad. el autor no olvida mencionar la visita que bastantes años antes le hizo el académico de Bellas, arquitecto Luis Cervera Vera, quien se movió lo suyo para conseguir este nombramiento.

Más de monumentos: en estas “curiosidades históricas de Tomellosa” no faltan alusiones amplias a la iglesia, a la ermita de Nuestra Señora de la Vega, al molino aceitero, a la casa curato de la calle de las Parras, donde se guardaban los diezmos del aceite y el “pontifical” o impuestos eclesiásticos. Alusión repetida al edificio concejil, que tiene ya sus recién cumplidos 400 años, pues se sabe que fue levantado entre 1615 y 1620.

Finalmente, no quiero olvidarme de destacar la revisión que Abascal hace de un escribano llamado Nicolás Alcaide, quien mediado el siglo XVIII se constituyó en leyenda, y de esa manera le trata el cronista Antonio Pareja Serrada en su libro “Leyendas y tradiciones alcarreñas”. Aunque ahí le tratan como “El escribano de Berninches”, y cuentan lo mal que se portó con sus gentes, hasta que una noche, y en revolución parecida a la de Fuenteovujana, no se sabe quien pero sí todos aplaudiendo, le mataron y acabaron con sus crueldades. Ese escribano de tan mal carácter era de Tomellosa, y Abascal encuentra y nos relata papeles y anécdotas añadidas del personajes.

Al final aparecen, además de la relación y descripción de los objetos de culto de la parroquia, una serie de apéndices documentales, que se centran también en lo curioso, en lo simpático. Unos vienen en imagen, y otros en texto. Entre ellos aparece una curiosa relación de Alcaldes de Tomellosa, desde 1579 a 2017.

No me queda espacio para seguir simplemente enurmerando los temas que trata el autor. Pero sí debe decirse que este “Tomellosa. Curiosidades históricas” es un verdadero ejemplo a seguir por otros pueblos y por otros escritores que aman y respetan sus orígenes, y en ellos encuentran razones para vivir el presente, y mejorarlo. De lectura fácil, te capta desde el primer momento, y no se puede dejar de leer hasta llegar al final. Documentación impecable, fotos estupendas… en fin, una joyita bibliográfica que sobre la Alcarria se nos entra por los ojos y las entretelas.

Datos concretos de este libro 

Abascal Colmenero, Juan Manuel: “Tomellosa. Curiosidades históricas”. Aache Ediciones. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 102. 224 páginas, 91 ilustraciones. Tamaño 13,5 x 21 cms. ISBN 978-84-17022-46-4. P.V.P.: 18 €.

 

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La década prodigiosa de la arquitectura de Guadalajara: 1910-1920

Edificio de Correos y Telegrafos de GuadalajaraAsí la denomina el historiador de la arquitectura, don Javier Solano en su libro sobre “Guadalajara, memoria de la ciudad”. La época que media entre 1910 y 1920 es quizás la más productiva del siglo en cuanto a la edificiación de nuevas arquitecturas, tanto casas de viviendas particulares como edificios institucionales. La recordamos aquí, someramente, con motivo del centenario del edificio principal de Correos.

En esos años, precisamente, de 1910 a 1920, un alcarreño asimilado, don Alvaro de Figueroa y Torres, Conde de Romanones, es el líder indiscutible de la política española. Ministro de varias carteras, entre 1911 y 1913 es Presidente del Consejo de Ministros, aunque de un modo u otro en esa década él es quien decide todo lo que ocurre en la política española. Años muy difíciles, con el anarquismo dando la vara por todas partes, con una Guerra Europea de la que él consigue dejar España al margen, no estorbaría llamarla también “la década romanonista”.

De esa influencia, de ese poder que emana del siempre diputado por Guadalajara, don Alvaro, le llegan a la ciudad y provincia muchos beneficios, sin duda. Y bastante riqueza. que se va a plasmar, en la capital, en la construcción de numerosos edificios.

Ahora que nos movemos en el Centenario de aquella época, no estará de mas recordar algunos.

El primero, sin duda, el edificio principal de Correos y Telégrafos, que se decide construir en la parte baja de la calle de Santa Clara, en un solar que precisamente el Estado ha de comprarle al presidente del Consejo, el señor Conde, pues más o menos media docena de años antes él se lo había comprado a las monjas, que se lo cedieron entero.

El edificio de Correos

Se decidió su construcción en la época en que el Conde de Romanones era presidente del Consejo de Ministros, con S.M. Alfonso XIII como Jefe del Estado. Optó este gobierno romanonista por la construcción de sedes para Correos y Telégrafos en casi todas las capitales de provincia que aún no las tenían. Algunos ejemplos han quedado, fastuosos, de aquella época, como el de Zaragoza, el de Geron, etc.

En Guadalajara, en 1917, se le encargó que construyera ese edificio al arquitecto de relieve don Luis Sainz de los Terreros, en un solar que había pertenecido al antiguo convento de Santa Clara y que por entonces, (oh, casualidad) era propiedad de don Alvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones.

El arquitecto diseñó un estupendo edificio en el estilo ecléctico que se llevaba entonces: con una mezcla en la ornamentación exterior entre el mudéjar clásico y el manierismo postrenacentista. Cuatro fachadas (dos exteriores y dos interiores), y una de ellas principal a la calle de Santa Clara (luego de Teniente Figueroa, en homenaje al joven de 22 años, y tercer hijo del Conde de Romanones, José de Figueroa y Alonso-Martínez, muerto en acción de guerra, en Tetuán, el 20 de octubre de 1920 ).

El edificio, del que ahora se cumple el centenario de su construcción, tiene un marcado acento ecléctico, y puede considerarse una de las joyas del neomudéjar en Castilla. Dedicado en su planta baja a oficinas públicas, la primera a oficinas de administración, y la tercera a viviendas de los altos funcionarios, lo que destaca es sobre todo la fachada principal, con esa torreta y un bloque que conjunta un pequeño repertorio de ménsulas, estípites, volutas, frontones, jarrones y balaustres de diverso género acumulativo aunque no contradictorio.

Este edificio es muy bien estudiado por Miguel Baldellou en su libro “Tradición y cambio en la arquitectura de Guadalajara (1850-1936)” , en su página 85, y ahora por Antonio Miguel Trallero en su reciente publicación “Mudéjar, pervivencia del mudejar y neomudéjar en la arquitectura de la ciudad de Guadalajara” en sus páginas 237-240.

Una lástima que en estos momentos esté cerrado y vacío de toda función y utilidad. Los edificios clásicos, como este de Correos de Guadalajara, como no tengan un uso diario y continuado, se deterioran y al final empieza a ser más problemática y más costosa su restauración que su mantenimiento

(Estas palabras, escritas hace diez días, han resultado fatalmente proféticas: la semana pasada se derrumbó una parte de la cornisa de la torre central del edificio. Por ahí se empieza).

Mudejar,pervivencia del mudejar y neomudejar en la arquitectura de la ciudad de Guadalajara y Villaflores por Trallero

 

Otros edificios de la década prodigiosa

Aunque esta década (1910-1920) es la del Modernismo pleno, la de las grandes actuaciones de Gaudí y seguidores, en Guadalajara se construye mucho, pero en todo ajeno a ese movimiento internacional.

De hace exactamente un siglo son tres de los notables edificios guadalajareños que ahora rememoramos. Uno el de Correos, ya comentado. Otro el edificio conocido por Banco Español de Crédito, esquina de calle Mayor con Calle Luis de Lucena. Una obra del arquitecto Pedro Cabello con singularidades eclécticas.

Y el tercero el edificio de la la calle Topete 2, esquina entre Calle Mayor Alta y Calle Topete, destinado originalmente a viviendas burguesas, y luego a sede del Banco Hispano Americano, diseñado por el arquitecto José Granada. Los tres son de 1918, año en que debía dar gusto pasear la calle principal de Guadalajara, porque en ella se palpaba una efervescencia constructiva, y un progreso innegable.

El inicio del siglo había visto la transformación de la Plaza Mayor, de ser una plazuela tradicional, a vestirse con las galas de un nuevo Ayuntamiento, diseñado por Vázquez Figueroa, con la dirección y reformas posteriores de Benito Ramón Cura.

La década de 1910 se había inaugurado con el proyecto del Ateneo Instructivo del Obrero, también de Benito Ramón Cura, en 1911, añadiéndose en 1912 el proyecto de un Frontón al aire libre en el paseo de San Roque, firmado por Vázquez Figueroa. Ninguna de esos grandes obras llegaron a consumarse. Aunque fueron acicate para que varios promotores se animaran a levantar edificios en lo que por entonces era único vial merecedor de atención de la ciudad: su calle mayor.

No puedo dejar de recordar aquí a mi abuelo, Antonio Casado Arenas, de estudios artísticos en su inicio (era un gran dibujante) pero enseguida volcado a la producción carpintera, metalúrgica y constructiva. En la calle Topete, en el número 5, en una parcela extrema rescatada del antiguo convento exclaustrado de las franciscanas de la Concepción, se construyó un edificio para vivienda y en los bajos talleres, que inició y concluyó a lo largo del año 1916. Era el prototipo de construcción y constructor extraido del nivel de “maestros de obra” que primó durante el siglo XIX, y que en el inicio del XX daba sus estertores, dejando paso a la actuación mayoritaria de los arquitectos.

Será especialmente don Benito Ramón Cura y Olarte, desde su puesto de arquitecto municipal primero y luego arquitecto provincial, quien dinamizó este movimiento. Él sería, además un fiel colaborador del Ricardo Velázquez Bosco en las actuaciones que al eminente arquitecto eclecticista se le encargaron en Guadalajara por parte del Estado y de la alta aristocracia.

Pero fundamentalmente serían diversos arquitectos llegados desde Madrid, quienes pondrían en marcha este movimiento febril, imparable, de renovación total de la Calle Mayor, en esta década.

Podrían repasarse muchos edificios que entonces surgen, a más de los ya reseñados. Por ejemplo el número de 4 de Miguel Fluiters, debido a Vázquez Figueroa. O la Banca Alvira, del arquitecto Luis Ferrero, en la calle Mayor Alta nº 41.

Son especialmente graciosas las soluciones que José Granada le da al edificio de la Calle Madrid nº 22, incluyendo varios adornos modernistas. O lo que este mismo autor hace en la calle Benito Hernando nº 11, realmente bonito. Una pareja de arquitectos, Pedro Cabello Maíz, y Joaquín Fernández Cabello (posiblemente sobrino suyo) actúan habitualmente diseñando y dirigiendo los nuevos edificios que surgen en la calle mayor.

El parón que le supuso a Guadalajara la época de la República, la Guerra, y la Postguerra, forzaron a que su calle mayor quedara casi intacta. Aunque en los años del desarrollismo y los polígonos, a partir de 1960, con una visión municipal de interés por levantar edificios altos, no se llegó a pervertir el perfil de nuestra calle, sí que forzó la caída de algunos edificios clásicos, transformados en esperpentos arquitectónicos que aú nperduran.

Por suerte, la Calle Mayor de Guadalajara es, todavía, de las que menos han sufrido la barbarie urbanística de ciudades más desarrolladas. A falta de algunos retoques (por ejemplo, la solución definitiva del edificio de su esquina a plaza mayor, diez años ya enquistado entre andamios) podría servir de ejemplo como las calles mayores de Alcalá, o de Palencia, de urbanismo tradicional.

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