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El puente árabe de Guadalajara

Puente arabe de Guadalajara

En estos días se anuncia la licitación, por parte del gobierno de la Región, de las obras que habrán de reparar (nunca será definitivamente, pero al menos permitirán usarle y admirarle en su integridad) el puente árabe sobre el Henares a su paso por Guadalajara.

“El puente’l río”, que a Guadalajara le cabe en nómina como a otros tantos viejos burgos castellanos, fue siempre la referencia cierta de la ciucad. Paso sobre un vado cuando romanos y visigodos, y luego levantado por los auténticos fundadores de esta Wad-al-Hayara medieval, los árabes de Abderrahmán III, sirvió de paso de las aguas, de aduana, de fielato, de objetivo pictórico, y hasta, en julio del 36, de campo de batalla.

Sufrió desastres estructurales, sobre todo cuando las avenidas por intensas lluvias eran más frecuentes. En el siglo XVIII una de esas avenidas se lo llevó entero, y durante decenios había de pasarse, de la Campiña a la Alcarria, desde el barrio de los Batanes al de la Alcallería, en barca o almadía. Gracias a la política ilustrada y constructiva del gobierno de Carlos III, que lo reconstruyó a finales de la décimooctava centuria, sirvió al desarrollo del entorno, mejorando la vida en una y otra comarca, y especialmente en la ciudad.

Ahora llevaba tiempos, largos, con desperfectos progresivos, hasta el punto de que la prudencia aconsejó cerrarlo al paso de peatones, pues sus barandales, por de hierro, con la humedad y los calores se van deshaciendo. Esperemos que sea cierta esta requeteanunciada noticia de su restauración y puesta en uso. Yo personalmente ya no me creo nada hasta que no lo vea hecho. Cuestión de experiencia.

Recuerdo del puente

De origen romano, pero construido plenamente por los árabes, en época cristiana medieval este puente era ya de proporciones monumentales, y tenía en el centro una torre alta y fuerte, según leemos en la Relación de 1579, llegando así a los días de Núñez de Castro, que fue el último de sus antiguos historiadores, a mediados del siglo XVII. Los redactores de la Relacióndecían así: Está sobre el dho rio vna Puente de mui hermoso y fuerte edificio, con vna torre alta y fuerte en medio de ella que en su demostracion arguye gran antigüedad, y segun viejas escripturas presúmese haver sido edificada de los romanos, es el edificio de ella de cal y ladrillo y canto.

Pero la torre desapareció, posiblemente en los avatares de la Guerra de Sucesión, a principios del siglo XVIII, hundiéndose definitivamente el puente en 1757, dando servicio en precarias condiciones a través de un puente provisional de barcas y maderámen. Por el agobio que para las relaciones comerciales y sociales suponía la falta de puente en Guadalajara, el corregidor de la ciudad recabó la colaboración e impuestos de todos los pueblos en 30 leguas en contorno, que se obligaron a hacer aportaciones para su reconstrucción; así y todo, fue necesario acudir a las arcas del Estado para que pusieran lo que faltaba y así reedificar el puente con la solidez con que entonces se acometían estas obras. Fue su arquitecto el montañés Juan Eugenio de la Viesca. Todavía a mediados del siglo XIX, en 1856, fue necesario hacer otra reparación, quedando desde entonces tal como hoy lo vemos.

Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara

 

La principal construcción de este monumento es árabe, de la segunda mitad del siglo X, y fue ordenado levantar por Abderramán III, para servir de acceso a lo que ya era una de las más importantes ciudades de la Marca Media. Se trata de una obra en la línea más pura de la arquitectura califal cordobesa de la época, pues en principio tenía una fuerte rampa doble o lomo, que suponía ser más elevada la parte central que las laterales. En lo que resta de obra árabe, alternan las hiladas de sogas con variable número de tizones. Consta de varios arcos apuntados, y en el centro del río, contra corriente, avanza un fortísimo espolón o estribo que remata en varias hiladas de sillería en degradación, y sobre él aparece un “arco ladrón” en herradura, al que llaman el ojillopara dar salida a las avenidas impetuosas.

Como antes he dicho, y en el dibujo adjunto puede verse, tuvo originariamente una alta torre en el centro, y al parecer otra en el extremo opuesto a la ciudad. Mide 117 metros de largo, y se forma por siete arcos y seis pilastrones, muy fuertes y macizos los dos centrales, llevando uno de ellos un aliviadero muy característico de los puentes árabes. Se rescataron los dos últimos hace pocos años en unas jornadas de recuperación arqueológica.

Al puente del Henares en Guadalajara se le han dedicado versos, se le han cantado coplas y se le han asignado leyendas. Desde sus barandas he visto correr el agua, límpida, haciendo ondas sobre los cuadrangulados armatostes de piedra caliza de varios colores que forman su solado, y que vienen de cuando, en el siglo XVIII, había que vadear el río con grandes carros, y en época de agosteña sequía podía hacerse camino firme sobre el embaldosado. Algunos creyeron que de esas piedras, tan bien colocadas, procedía el nombre de la ciudad, que pensaban traducía el Wad-al-Hayara árabe por el “río de piedras” castellano. Y no es así, porque el nombre de nuestra patria chica lo hereda del árabe en el sentido de “valle de las fortalezas”, de los edificios defensivos hechos con piedra.

En cualquier caso, a este puente del Henares en Guadalajara, que quizás vaya a ser pronto restaurado, acondicionado y hermoseado, no le vendría mal tampoco un adecentamiento de sus riberas, aguas arriba y aguas abajo de los arcos. Yo creo que es, y seguirá siéndolo por muchos siglos, uno de los emblemas de la ciudad. Y conviene sacarlo, de vez en cuando, de su silencioso anonimato. Paseándolo, por ejemplo, en estas páginas de “Nueva Alcarria” y en estos días tan bullangueros de Fiesta y alegrías.

Bibliografía

Por si alguno de mis lectores quiere saber más datos sobre este edificio monumental e histórico de la ciudad de Guadalajara, aquí van las tres referencias fundamentales en las que podrá ampliar información: Leopoldo Torres Balbás: “El puente de Guadalajara” en Al-Andalus, III (1935). Páginas 169-170.Basilio Pavón Maldonado: “Guadalajara medieval. Arte y Arqueología árabe y mudéjar”. C.S.I.C. Madrid, 1984. Páginas 23-29. Y Juan José Bermejo Millano: “Guía de los puentes de Guadalajara”, Aache Ediciones. Guadalajara, 2008. Páginas 45-51.

Minaya Alvar Fáñez, entre la historia y la leyenda

Minaya Alvar Fañez

Si andamos el principal paseo (que todavía es bulevar) de “Las Cruces” en Guadalajara, nos vamos a encontrar alzados sobre breves podios los bustos broncíneos de algunos personajes, más o menos conocidos, pero anclados todos en la esencia de la Alcarria: un árabe hay, un judío, un castellano, y luego personajes de las letras y las artes. Uno de esos bustos, en el verde ajado del bronce mojado, corresponde a Alvaro Háñez, un castellano de pro, a quien la historia y la leyenda, mezcladas, han dado el apelativo de “Alvar Fáñez de Minaya”, compañero cuando no primo, o sobrino, de Rodrigo Díaz de Vivar, “El Mío Cid Campeador”.

A pesar de estar en la memoria de todos los habitantes de esta tierra, de la Alcarria, de Cuenca, de Toledo, de Castilla entera, de sonar mucho en leyendas y algo menos en historias, Alvar Fáñez es un perfecto desconocido en sus detalles. Y por la escasez de documentos, mucho me temo que lo va a seguir siendo por bastante tiempo. Porque aparte de cuatro datos contrastados, que a continuación reseño, solo evocaciones legendarias quedan de él, puertas que dicen atravesó, estandartes que alzó y cerros donde posó su caballo.

Recientemente (2014), un gran estudio del historiador Ballesteros San José, ha puesto de relieve algunos nuevos datos acerca de la biografía de este guerrero castellano, que le perfila con nitidez y afianza el devenir escrito del personaje.

Certeza histórica

Además de la estatua (que es busto valiente y de buena mano) que hay ahora en el paseo de las Cruces, surge enorme la talla de cuerpo entero de Alvar Fáñez en el puente sobre el río Arlanza en pleno corazón de la ciudad de Burgos. Allí le evocaron hace mucho tiempo, por ser uno más de la mesnada del Cid don Rodrígo Díaz. Al parecer, fue sobrino suyo, familiar muy directo. Y en todo caso, siempre cabalgó a su lado, actuó en conquistas y fazañas, pues el “Cantar de Mío Cid” señala a don Rodrigo acompañado siempre de sus capitanes, entre los que se incluye Alvar Fáñez, a quien dice primo suyo, o sobrino. “Minaya” le dice, que no es apellido, sino apelativo cariñoso, equivalente a “mi hermano”…

Su vida transcurrió, desde el ignoto año de su nacimiento, hasta el seguro de su muerte en 1114, bajo el reinado de Alfonso VI de Castilla. Actuó como capitán de su ejército, y se le encomendaron difíciles misiones, entre ellas la de ser embajador del castellano en las cortes de los reyes taifas meridionales. Cuando casa el Cid con doña Jimena, en 1074, Alvar Fáñez aparece como testigo en la carta de arras.  Los años de 1085 y 1086 los pasó, tras culminar la operación de conquista de Wad-al-Hayara y su entorno, en servir de apoyo a Alfonso VI en Valencia, manteniendo allí a Alcádir como jerarca sometido, y gobernar el protectorado que Castilla estableció sobre el reino levantino.

Hay un diploma de 1107 en que se le confirma como señor de Zorita y Santaver, ambas ciudades fortificadas, sedes de poderíos militares árabes, junto al Tajo y el Guadiela. Al año siguiente, participó en la batalla de Uclés, que acabó en desmán para los castellanos, perdiendo a partir de ella sus posesiones y señoríos en tierras de la Baja Alcarria de Guadalajara y Cuenca. Sus últimos años los pasó como gobernante y político de peso, siendo el tenente real de Toledo, ocupándose de organizar y dirigir su defensa en 1109 ante el ataque de los almorávides. En 1111 dirigió la razzia que tomó pasajeramente  Cuenca, volviendo a Toledo y muriendo en Segovia, en 1114, en un encuentro de armas con las milicias concejiles de esa ciudad, que habían tomado partido por el rey Alfonso de Aragón, en la pequeña guerra civil surgida durante el reinado de doña Urraca. Precisamente el guerrero que se las había visto con los más duros combatientes del integrismo musulmán avanzando por la meseta castellana desde el norte de Africa, fue a morir, de forma inesperada, en una pelea civil sin mayor trascendencia.

Conquistador de Guadalajara

La presencia de Alvar Fáñez de Minaya en la galería de retratos de las Cruces se debe a su papel de capitán en la conquista de la ciudad a sus anteriores poseedores, los musulmanes. Nunca encontraremos el documento que fehacientemente lo diga. La leyenda es machacona, y lo ha ido arrastrando por siglos, lo ha ido contando en libros, en poemas, en romances y canciones. Quién fuera el exacto reconquistador de Guadalajara es por tanto algo que se queda en el ámbito de lo legendario. El historiador Layna Serrano lo da por seguro, apoyándose en varias razones: por una parte, en que por el pres­tigio conquistado desde varios años antes en la corte castellana, él sería designado para capitanear tan difícil empresa. Por otra parte, por el hecho de conocerse bien el territorio, desde que unos años antes, cuando estuvo con su tío el Cid Campea­dor en la toma de Castejón y su castillo, había he­cho una razzia o cabalgada Henares abajo, dando sustos y tomando propiedades a las gentes de Hita, Guadalajara y Alcalá. Incluso avalora Layna esta opinión por el hecho de existir tradiciones, en di­versos pueblos de la comarca alcarreña, de haber si­do Alvar Fáñez su conquistador (Horche, Romano­nes, Alcocer, etc.) e incluso de haber tomado la puerta del Cristo de Feria, poco tiempo después de la reconquista, el nombre de Alvar Fáñez, posi­blemente en memoria de su conquistador, que por allí entraría.

Se ha llegado a cuestionar incluso la fórmula militar y guerrera para la toma de Guadalajara. Es muy posible que el cambio de dirigentes, y por tanto de política, se hiciera como resultas de un proceso de negociación y de situación social que forzó esa salida. Alvar Fáñez entró, ya desde el siglo XII, en la “mitología” que todo Estado en nacimiento fabrica para reforzar un prestigio y un poder. Alvar Fáñez fue un factotum en esa época, y a él se le asignaron hazañas que quizás no en su totalidad podría haber firmado.

La misma reconquista

Sobre la forma de la conquista de Guadalajara por Alvar Fáñez y su mesnada (hecho que recoge el escudo heráldico de la ciudad, desde hace más de un siglo) habría mucho que hablar. Porque los historiadores no se han puesto nunca de acuerdo acerca del mo­do en que esta conquista se realizó. Aparte de cues­tionar totalmente, como hacemos nosotros, el he­cho de una toma militar, pues creemos que esta no existió, limitándose al simple envío de mensajeros o representantes que hicieron ver a los jefes árabes guadalajareños la caída de Toledo, y el paso a Casti­lla de la soberanía de la ciudad, también está el ele­mento contrario, fabuloso y legendario, que se ha ido transmitiendo de abuelos a nietos, en el que la hipótesis de una en­trada sigilosa nocturna nos transporta al mundo de las Mil y Una Noches.

Alonso Núñez de Castro, historiador del siglo XVII, opina que ocurrió del siguientemodo: estando el asedio implantado desde hacía muchos días ya, los moros decidieron hacer una salida al campo y pro­curar diezmar y dañar a los sitiadores. Pero éstos, más fuertes, les atacaron y persiguieron, entrando tras ellos hasta el interior de la ciudad, haciendo en ella y en sus soldados tanta daño, que pocos días des­pués se rindieron. Por el contrario, Francisco de Torres, a quien vemos en todo mucho más razona­ble y menos fabulador, piensa que la toma de Guadalajara se hizo sin violencia alguna, por rendi­ción ante hechos políticos consumados.

Layna Serrano fue más allá, tratando de razonar científicamente el modo de la conquista, consiguiendo fabular por su cuenta. Dice que la rendición fue pactada entre Alvar Fáñez y los jerarcas de la ciudad, y que al entrar a tomar posesión del burgo, la población se amotinaría y protestaría, poco menos, que estableciéndose un ré­gimen de guerrilla urbana. También propone Layna la versión de que una vez pactada entre los jefes árabes y el capitán Alvar Fáñez la entrega de la ciudad, con objeto de evitar alborotos de la población, la entrada se hiciera por la noche, y se ocupara de inicio todo el barrio en torno a la iglesia de Santo Tomé, donde residía la colonia mozárabe y los sim­patizantes de la causa castellana, siendo al día si­guiente un hecho consumado.

También en Alcocer tienen a Alvar Fáñez como conquistador de su villa a los árabes. De la antigua y ya fenecida muralla quedan restos de una puerta. Que fue siempre dedicada al capitán castellano. Igual ocurrió en Horche. Allí dicen que la noche del 24 de junio (difícil sería, pues esa es la que se dedicó a conquistar la capital) de 1085 el militar burgalés se hizo con la población y la puso para siempre en el derrotero cristiano. Por Romanones cuentan que hay en un cerro señales de excavaciones directas en la roca. Con seguridad son tumbas visigodas o quizás más antiguas, pero allí se dio siempre la más bonita interpretación de que en ese hueco de la roca durmió Alvar Fáñez y su caballo en un descanso de sus correrías por la Alcarria.

No cabe duda, pues, que la figura de este altivo y emplumado personaje que hoy admiramos en el Paseo de las Cruces tuvo mucho que ver con nuestra tierra, con nuestra ciudad y con la Alcarria toda. Es por ello que se merece el recuerdo que en estas líneas le dedicamos.

Pastrana revive en su festival ducal

Ana de Silva y MendozaUn festival que no puede pasar desapercibido, entre los que este verano se celebran por nuestra provincia, es el que este fin de semana va a tener lugar en Pastrana, la capital de la Alcarria por estos días. Color, evocación, majestuosidad, y un denso racimo de ofertas culturales y lúdicas.

En la secuencia dinámica, viva y alentadora de este Festival, van a tener protagonismo este año, -según nos cuentan las previsiones de quienes lo organizan-, dos mujeres de la familia Mendoza, que tuvieron a Pastrana en sus venas metidas. Porque ambas, además hermanas, fueron hijas del primer duque pastranero y de su mujer doña Ana, la princesa de Éboli. Ambas, además, bautizadas con el mismo nombre, por llevar el de su madre, por la devoción a la santa madre de María.

Hay que distinguir, en todo caso, a una de otra. Aunque la vida, como suele ocurrir, y a pesar de esa hermandad y comunión en un linaje principalísimo, las llevó por caminos muy diferentes. A la primera, la mayor de todos los vástagos principescos, se la denomina habitualmente Ana Gómez de Silva y Mendoza, con el primer apellido completo del padre, añadido del de la madre. A la segunda, que además fue la última en nacer del vientre de la princesa, se la llama simplemente Ana de Silva y Mendoza.

Ambas van a ser, según proponen los organizadores de este Festival ducal que ahora comienza, protagonistas de los desfiles y las representaciones. La primera, festejada en la calle. La segunda, a través de una representación teatral, dentro del triste marco de un título elocuente: “Una clausura constante”

Ana Gómez de Silva y Mendoza

La primera de estas damas es llamada doña Ana Gómez de Silva y Mendoza. Es la segunda hija de los príncipes de Éboli (el primogénito fue un chico, Diego, que murió cuando contaba solo cinco añitos). Nacida en julio de 1561, con tan solo cuatro años de edad es ya destinada por sus padres a un ventajoso casamiento: se capitula con el que luego sería VII duque de Medina Sidonia, don Alonso Pérez de Guzmán. Tranquilos todos, sin embargo, porque aunque la prometida era una niña, la boda real se consumaría años después, en 1574, con la novia ya crecidita, de 13 años. Hoy hubiera sido imposible, legalmente, ese casorio. Pero eran otros tiempos, y la costumbre imperaba.

Bodas celebradas en Pastrana, y bendecidas por el Rey (principal factor), obispos y monseñores. También por los padres de los contrayentes. El joven don Alonso sería luego nombrado, por Felipe II, Almirante de la gran flota que mandaría en 1588 a invadir la isla de la Gran Bretaña, y que como de todos es sabido, y a pesar del apelativo que en el Escorial se le puso de “Armada Invencible”, se vió superada de los vientos y de la mala fortuna, quedando destrozada y la mayoría de sus marineros ahogados por aquí y por allá.

Vuelto el duque a sus lares, y reunido con su esposa la joven doña Ana, con ella se dedicó a lo que más gusto le daba, y a lo que su alta jerarquía le impelía: tuvo catorce hijos con ella, y ambos se dedicaron a administrar sus tierras, dilatadas por toda la Andalucía.

Aunque su principal palacio lo tenían en Sanlúcar de Barrameda, asomados al mar, a doña Ana le gustaban especialmente los grandes bosques y marismas de su propiedad que hacia occidente casi hasta la Punta Umbría se extendían junto al Oceáno. Tantos ratos pasaba allí, tan bonito fue el palacio que se construyó en medio del bosque, que a aquello empezaron a llamarlo “el coto de Doña Ana” y hasta hoy ha llegado, felizmente conservado como uno de los Parques Naturales más espléndidos de Europa.

Viene a cuento, hablando de esta señora, recordar ahora algo que últimamente ha salido a luz, gracias a las investigaciones de la profesora Lucía Gómez Fernández, y que retratan de muy elocuente modo la corte, principesca y enorme, de los duques de Medina Sidonia en su idílico apartamiento del Sur. Fueron muy aficionados a la música estos señores. Tanto, que marcaron una época y dieron lugar a su renombre como corte musical. En la obra de esta profesora “Música, nobleza y mecenazgo. Los duques de Medina Sidonia en Sevilla y Sanlúcar de Barrameda (1445-1615)” se refiere con pormenor lo grandioso de su aparato musical.

Así sabemos que los duques mantuvieron una Capilla de Música compuesta de entre 30 y 40 músicos. De ellos, 16 eran cantores, 8 mozos de capilla, uno organista, uno arpista, 7 ministriles, tres vihuelistas, 6 trompetas y un atabalero. En 1535 era organista el inglés John Husley.

En el Capítulo “La duquesa doña Ana de Silva y la música” se nos dice que también había esclavos interpretando instrumentos, y cantando. De los doscientos esclavos que tuvo el matrimonio, muchos de ellos, especialmente indios, los dedicaron a la música. Se les daba bien, como hoy todavía, lo de tocar y cantar. Entre los mejores aparecen los nombres de Sebastián Vázquez, Andrés de Villalar y Alejandro de la Serna. Eso a mediados del siglo XVI. Y más tarde aparecen Pedro Guerrero, Antonio de Macotera y Luis de Narváez. La propia duquesa doña Ana tocaba varios instrumentos.

Pastrana paso a paso

Curiosa es también la memoria que quedó de estos nobles. Tras la muerte de doña Ana, fue enterrada bajo el altar mayor de la basílica de la Caridad, que ella encargó construir a Alonso de Vandelvira.

Y de los ocho hijos que tuvieron, el mayor fue Juan Manuel Pérez de Guzmán, que alcanzaría a ser octavo duque de Medina Sidonia. La hija de este (biznieta ya de la princesa de Éboli) casó con el duque de Braganza, quien alentó la revuelta política y militar de Portugal contra el rey Felipe IV, en 1640, y tras el éxito de su empeño, consiguió ser porclamado rey (de Portugal) con el nombre de Juan IV.

De esa manera se cumplía el más grande y secreto empeño de doña Ana, la princesa de Éboli, de que sus hijos (o sus nietos, o sus bisnietos….. alguien de su sangre y de la de su marido don Ruy Gómez de Silva) alcanzara el trono de Portugal, que siempre pensó les correspondía…

Ana de Silva y Mendoza

La segunda, la más chica, la más desgraciada (aunque no es del todo seguro, porque ella al final escogió su modo de vida) fue también llamada Ana (de Silva y Mendoza). Espectacular es el estudio que le dedica Esther Alegre Carvajal a esta joven pastranera, bajo el título de “Ana de Silva Mendoza” entre las páginas 619 y 652 de la enciclopedia por ella dirigida “Damas de la Casa de Mendoza”.

A esta la destinaron sus padres a casarse con otro buen partido, el heredero del condado de Tendilla y marquesado de Mondéjar, don Iñigo López de Mendoza. Con la mala fortuna de que en unos juegos nobiliarios por la Alcarria se vinieron al suelo, caballo y caballero juntos, muriendo el futuro conde, y dejando a la prometida Ana tan triste que ya sólo quiso estar con su madre, a la que acompañaría fielmente, día tras día, cuando la de Éboli fue encarcelada y casi emparedada por orden de Felipe II en su palacio de Pastrana, muriendo en 1592, y decidiendo la chica que se metía monja para siempre, haciéndolo en el convento de San José de Pastrana, que su madre junto a Santa Teresa había fundado unos años antes.

El retrato que de esta joven ha quedado permanece en el Museo de la Colegiata de Pastrana: jovencísima, apenada, protegida por una camarera amable, (posiblemente su fiel Beatriz Mejía) la joven se despoja de sus joyas, que deja en la mesa que tiene delante, denotando su rechazo al mundo, al siglo, y a las perlas. Se mete monja y allá que se fue, no durante mucho, pues murió en 1614, a los cuarenta y uno de su edad.

Paseando la Sigüenza medieval

La Plaza Mayor de SigüenzaSe celebra este fin de semana una nueva edición del Festival Medieval de Sigüenza. Es una nueva ocasión de visitar la Ciudad que entusiasma, porque guarda puras las esencias de su primitiva construcción, el tiempo del Medievo, las esencias de nuestra vida más lejana.

La plaza mayor y el Ayuntamiento

Llega el viajero al espacio magno del plazal mayor, ese espacio en el que sabe se concrentra la memoria de una ciudad, al unísono que los gritos de sus comerciantes y feriantes.

Y se queda admirado de sus dimensiones, de su estructura, de su estilo. Es probablemente una de las plazas comunales más hermosas de toda Castilla. Un aliento de tradición, de versos, de batallas y de amores recorre la frente de sus edificios. Y en corazón de las casas, del consistorio, y de la catedral, laten historias largas y profundas.

De estructura rectangular, en uno de sus lados, el de levante, se abre una galería porticada que va desde el edificio concejil hasta la Puerta del Toril. Sobre la galería aparecen las casas que se construyeron para alojamiento de los miembros del cabildo catedralicio, y que se adornan con escudos. Enfrente suyo, en el costado de poniente, hay una serie de viviendas para nobles: la del Mirador y la de la Contaduría, erigida por el cardenal Mendoza a fines del siglo XV. En el costado norte la plaza se cierra con la mole pétrea de la catedral, en la que se abría una portada de estilo románico a la que llamaban “la puerta del mercado”, por celebrarse la reunión comercial habitual en la gran plaza, los días de sábado. Y que luego fue recubierta por un añadido colosal y barroco, construido por Bernasconi, sobre el que hoy aparece enhiesta la torre del Santísimo, flacucha y esbelta como torre boloñesa. Finalmente, en el costado meridional, se alza hoy el Ayuntamiento, cual corresponde, pero en un edificio que recibió muchas alteraciones a lo largo de los siglos, y que inicialmente se construyó oara ser palacio sede de los Deanes capitulares, mostrando doble nivel de arquerías, solemnes y espléndidas.

El origen de esta plaza tiene fecha concreta, a finales del siglo xv, cuando gobernaba la diócesis como obispo don Pedro González de Mendoza, y como vicario y ejecutor real de cuanto en Sigüenza se hacía, don Gonzalo Ximénez de Cisneros, que luego llegaría a ser Cardenal Regente. De 1492 exactamente es la provisión episcopal mendocina, en la que se ordena trasladar el mercado desde la plaza alta en que ttadicionalmente se celebró (la hoy llamada Plazuela de la Cárcel) a esta frente a la catedral. Se derribó lo que de muralla estorbaba para su amplitud, y se comenzaron a construir las casas de ambos costados. En los primeros años del siglo xviya estaba la plaza tal como hoy la vemos.

Mi amiga Pilar Martínez Taboada, que es cronista oficial y sin duda la persona que hoy más sabe de Sigüenza y sus vericuetos urbanísticos, ha conseguido hallar los nombres de los canteros, maestros y arquitectos –de cualquier forma llamamos a los masones constructores- que levantaron esta fábrica de piedra y luz: Francisco de Baeza, Fernando de las Quejigas, Juan de Coterón y el maestro Pedro, dirigidos todos ellos por la sabia prudencia de quien como chantre capitular administraba los fondos con que pagar la obra: don Fernando de Coca, fiel servidor del Cardenal, cuyo enterramiento talló, al final de sus días, el mismo taller de escultores que se encargaron de la estatua del Doncel. Coca, sin embargo, quedó enterrado en la iglesia de San Pedro, de Ciudad Real.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

 

La calle mayor de Sigüenza

Toda ciudad que se precie tiene un calle mayor. Una calle que te lleva desde la catedral al castillo, desde la picota al ejido, desde la fuente grande al palacio marquesal, desde la estación del tren hasta el quiosco de la música… y así es como Sigüenza también tiene su calle mayor, a lo grande, a lo espléndido, con las esencias de una historia centenaria, con la naturalidad de las cosas que son así desde siempre, sin que nadie las planificara. Empieza en el desahogo delante del ayuntamiento y la catedral, junto a los edificios de canónigos y mercaderes, desde la plaza mayor, y va ascendiendo, porque el burgo está en cuesta, a lo más alto, a la atalaya desde la que se divisa el horizonte múltiple, donde el poder asienta y las referencias son claras. Desde la catedral hasta el castillo.

El desarrollo urbanístico de Sigüenza lo ha estudiado mejor que nadie su cronista María Pilar Martínez Taboada. Ella es quien ha analizado, con paciencia y tino, la forma en que nació esta aldea y fue afanando edificios y bocacalles desde la vega del río a la altura del viejo castro aguileño. Cada siglo un avance, cada momento su cerrada muralla, sus portalones, sus calles atravesadas, sus hitos de poder y relumbre. Ella es quien nos ha dicho que el eje de Sigüenza fue siempre su calle mayor. Y así volvemos a comprobarlo.

Subiendo desde la plaza, dejamos a un lado y a otro esos establecimientos vetustos, de apagado eco, de intenso color en sus entresijos: la casa de antigüedades de la señora Costero, el escaparate de Alonso e Hijas con sus cerámicas de alfar del monte, la portada mínima de esa gran casa de comidas que lleva el nombre de la calle mayor en que asienta, o el caserón de la Universidad que da cobijo en forma de hospedería a estudiantes y peregrinos junto a la casa del Doncel… otras casas heredadas, de padres a hijos, de remotos hidalgos a gentes de hoy, y esos palacios que arremeten al sol con sus escudos y sus ventanales conopiales. Todo en esta calle, a la que podría llamarse rúa de antigua que es, suena a clásico, a verdadero, a eterno…

La calle mayor de Sigüenza es la unión de dos viejas ciudades: la de en torno al río, extramuros, con su catedral de afuera, y la más alta del castillo y las defensas. Tras la reconquista, se creó la “puebla alta”, rodeando al castillo, y la “puebla baja” en torno a la naciente catedral. En la Baja Edad Media se unieron ambos núcleos, creando la verdadera Sigüenza que fue articulándose en torno a calles que seguían las curvas de nivel del cerro. Esa es la ciudad medieval (Sigüenza tiene otras ciudades, la romana perdida, acaso la islámica, seguro que la renacentista, y la barroca, abajo junto a la Alameda) y esta es la calle que la vertebra, de imprescindible paseo.

La Casa del Doncel

Hemos subido la calle mayor de Sigüenza, y nada más admirar la portada de Santiago nos vamos a la derecha, por la Travesaña Alta, y enseguida se nos abre, también a manderecha, la plaza de San Vicente. Serena, callada, y presidida por un hermoso edificio medieval. Es el que llamaron, durante siglos, “palacio de los Bédmar” pero que ahora conocemos por la “Casa del Doncel”. Y veréis por qué.

Se construyó en el siglo XV, sobre otro viejísimo edificio del XII, esta casona acastillada (fíjate que lleva almenas en lo alto de su fachada). La pusieron escudos sus dueños, que eran los del linaje de Arce: los Vázquez de Arce, emparentados con los de Sosa, portugueses. En el último cuarto del siglo XV, en los años que sintieron el político quehacer de los Reyes Isabel y Fernando, sus dueños le dieron forma y contenido. Era el señor de la casa don Fernando de Arce que casó con doña Catalina de Sosa, y tuvieron por hijos a Martín, a Fernando y a Mencía. Aunque pocas veces habitaron el edificio, sí que estaban orgullosos de él, y aún los sucesores lo cuidaron y ampliaron en el siglo XVI.

De toda la estirpe, el más famoso llegó a ser don Martín, Vázquez de Arce, y Sosa, a quien mataron los moros en la Vega de Granada, en el verano de 1486, y a quien sus padres lo trajeron a enterrar en su capilla de la catedral. Allí talló alguien, después, una estatua representando al muchacho, tendido, lector primero y luego meditando, y desde hace muchos años todos cuantos le ven, dicen de él: “Ese es el Doncel, el de Sigüenza, que mataron los moros en la vega de Granada, cuando solo contaba veinticinco años”.

Durante mucho tiempo fue residencia de unos y otros, pasó la propiedad de mano en mano, y vino a caer, a finales del siglo XX, en las de la Universidad de Alcalá, que lo restauró y acondicionó como espacio cultural.

La fachada nos muestra una casa-torre, con un paramento de piedra sillar, en el que se abre, a la calle, un gran portón adovelado, con escudos en la clave y a los lados. Se suman a él dos pisos, el segundo con una ventana orlada de bolas, y sobre la cornisa de los mismo, y sobre las gárgolas, unas almenas rematadas en cascabeles.

En su interior encontramos numerosos detalles originales en estilo mudéjar, como alfices, artesonados, y ventanillas. Hay en compleja distribución una variedad de estancias, distribuidas en pisos diversos, en entreplantas. Y así, a la entrada, hay un puesto informativo; en el sótano, un restaurante; a la izquierda, subiendo por una estrechas escaleritas, un sucesión de salas de exposición, donde ahora se alberga la donación de pinturas y dibujos de la familia Santos / Viana. En el primer piso, se alberga el Archivo Histórico Municipal de Sigüenza. Aún más arriba, el Museo de la Guitarra de Romanillos. Y aún pueden encontrarse otra pequeña sala de conferencias, dependencias administrativas, y una terraza.

Y estas son las andaduras que competen al viajero que quiere saber de esta vieja ciudad, ahora (durante 3 días) ocupada de mercaderes y viajeros sonoros. Pero durante el resto del año callada y misteriosa, pujante de silencios que la hacen verdadera.

Paseando en torno a Sigüenza

El pinar de Sigüenza el tiempo bueno ya, el que te permite andar sin preocupaciones de fríos ni lluvias, fijándote solo en el camino. Vamos a darle hoy la vuelta a Sigüenza, desde su pinar famoso, hasta Barbatona, para volver luego por el valle del Henares asomándote al final a la Obra del Obispo. El trazado de esta excursión es largo, pero con buen tino (o mejor aún, planificando la ruta en bici, o aun en coche) se hace en un día.

El Pinar

En principio nos dirigimos, atravesando el Vadillo, por el camino del Bosque, hacia el pinar de Sigüenza. Deslindado, amojonado y ordenado. Así es como hoy se encuentra el Pinar de Sigüenza, una estación forestal que lleva ese nombre. Y que no es muy antiguo, pues sabido de todos es que su existencia deriva y es fruto de una reforestación de la zona que se hizo a partir de 1940. El Pinar se codea primero con la “Pinarilla”, junto a la Ciudad Mitrada, y luego con el “Pinar de Barbatona”, hacia el nordeste. Para ser más concretos, el Pinar de Sigüenza es la zona de pinos que hay debajo de la Pinarilla, desde el Oasis hasta el Morretón; a un lado discurre la cuerda de la carretera de Alcolea y al otro, el camino de la Lastra y el Arroyo del Vado.

Se trata de una gran mancha arbórea de pino resinero que limita al norte con el monte la Pinarilla y la finca La Lastra, al sur con la Cuerda, baldíos de Barbatona y valle de Valdemerinas, al oeste con la Cuerda y al este con el término de Alcuneza, el Morretón y el pinar de Barbatona. Administrativamente pertenece al Ayuntamiento seguntino, en cuyo “Libro de Bienes” consta como una de sus propiedades.

Un paseo por los caminos y las praderas del sotobosque, par
a admirar la masa densa y olorosa de los árboles y descubrir las formas intrépidas de las rocas.  Eso es lo que debe hacer el lector nada más acabar de leer estas líneas. Bajar andando, desde por la mañana, a través de la carretera que sale de detrás del castillo, o por el arco del Toril, bajar por el camino que sale a su derecha y va rodeando primero la muralla para luego cruzar ante “El Bosque”, la finca amurallada que marca el inicio del paseo hacia la “Piedra del Huso”, uno de los más espectaculares monumentos de la Naturaleza en el entorno seguntino.

Una de las primeras caminadas que pueden hacerse por el pinar es la del camino del Cementerio. Aun siendo muy corta, para quien quiera entrenarse es suficiente. Y para tomar contacto con este bosque sutil y diferente: en los alrededores del cementerio seguntino, que es uno de los más agrestes que conozco, se levantan unas rocas desde las que pueden contemplarse, en vista inédita y majestuosa, la catedral y el castillo. Desde el levante, y especialmente en las primeras horas de la mañana, iluminados como para una fiesta, se alzan estos dos monumentos capitales de la ciudad, rojizos y dorados, valientes.

Otra de las rutas es la que va por el camino de El Vado y busca la Piedra del Huso. Saliendo de la puerta del Toril, como antes he dicho, y bajando por el camino que aparece a la derecha, tras pasar delante de “El Bosque” y las instalaciones deportivas de la Sagrada Familia, se encuentra el caminante con las rocas areniscas que en mil formas parecen mostrarse parlantes y decididas. La Piedra del Huso tiene más de 30 metros de altura sobre el suelo, y según se la mire parece el perfil de un guerrero, o el rostro agresivo de un leopardo. En esa zona, que va junto a un riachuelo, además de los pinos omnipresentes aparecen árboles de ribera: chopos y sauces.

Siempre es una aventura, un regocijo y un pelear con el viento la decisión de caminar por el Pinar. Debería ser una asignatura imnprescindible para quien quiera llevar bien alta la insignia de seguntino.

Barbatona

Al final del paseo (que es largo, y agradable) por el Pinar de Sigüenza, arribamos a Barbatona.

En nuestro recorrido por Sigüenza y sus alrededores no podemos prescindir de hacer una visita a Barbatona. El poblado y el santuario de la Virgen de la Salud, que lo centra. Hay dos días en el año en que se puede ir, aun sabiendo que se condensa el pertsonal: el primer domingo de mayo y el primero de septiembre. Yo prefiero iur en días soesegados, cuando el templo está vacío, y el silencio nos puede. La Virgen, en lo alto del retablo, lanzando su sonrisa morena y tierna. Y la memoria de tantas peregrinos, de tantos milagros y sus orígenes quizás paganos. Sentarse y mirar, saberse en el remolino de la historia, de la tradición y de la entraña popular.

A Barbatona se llega en coche desde Sigüenza en poco más de cinco minutos. Andando, atravesando el poinar, ya es más largo, aunque da tiempo a pensar en estas cosas. La devoción a esta advoación de la Virgen tiene su origen remotísimo, nacido en los tiempos medievales en los que tantas imágenes se «aparecían», cuando en realidad lo que ocurría es que se encontraba alguna talla escondida anteriormente, por miedo a las invasiones árabes, entre algunas rocas o zarzas. Dice la leyenda, en este caso de Barbatona, que la Virgen se apareció a un pastor entre las ramas de un pino, y así las gentes de la región indicaban un árbol ya viejo y desgastado con el nombre del «Pino de la Virgen». El hecho es que la talla de María se fraguó en la baja Edad Media, posiblemente en el siglo XIII, aunque su aspecto de hoy, que lo evoca, nada tiene de antiguo, de tantas restauraciones que he recibido.

La primitiva ermita, de corte medieval y chata espadaña triangular de remoto origen medieval, fue utilizada para el culto mariano hasta 1835, en que se comenzó a levantar el templo actual. En 1854 se puso el pórtico metálico y se alzó la espadaña, y, finalmente, en 1865 se le agregaron las dos naves laterales. Una amplia barbacana o mirador sobre el paisaje circundante, se extiende ante el santuario, y en prolongación de ella la hospedería de peregrinos, que fue levantada en 1881, y en 1925 se amplió con un segundo piso y un amplio salón.

En el interior destaca el gran retablo de corte barroco, con dos pares de columnas estriadas y rodeadas de voluta vegetal, sin gran mérito en cuanto a su razón artística, pero ostentando en el centro la imagen de la Virgen de la Salud, instalada sobre una plataforma giratoria, que permite ser vista de frente desde su Camarín. Se accede a éste por una escalera que parte desde las puertas laterales del retablo. El techo del Camarín se encuentra decorado con sencillas pinturas al fresco en que vemos los atributos y símbolos de la Virgen.

Una de los elementos que dieron fama a Barbatona eran los ex-votos que se entregaban a la Virgen, por parte de todos aquellos enfermos, sufrientes y gentes de la tierra que se consideraban sanados y confortados por ella. Esos ex-votos se hicieron en forma de pinturas sobre tabla, y entregando piezas de cera representando partes del cuerpo, las primero enfermas y después sanadas. Las normas actuales dictadas por la jerarquía eclesiástica las han hecho desaparecer. Una pena…

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

La fuente de la Obra del Obispo

Y al fin de nuestro periplo, nos encontramos con las vallas de este magna obra del barroco seguntino, de la Ilustración completa. La “Obra del Obispo”, menuda categoría… y a ellas pegada al “Fuente del Obispo”, que no debe despistarnos… porque en Sigüenza hay varias que llevan este nombre, y otras varias que podrían llevarlo, ya que la mayoría fueron construidas por orden de algún obispo, señores espirituales y temporales de la ciudad y del territorio durante siglos.

Como vieja ciudad episcopal, centro administrativo y sede de tesorerías diversas, tuvo Sigüenza todos los lujos y comodidades que se podía tener en siglos pasados. Hay fuentes por todos lados. Incluso en el interior de la catedral, en la Sacristía de las Cabezas, existe una que sirvió para que los canónigos limpiaran sus manos antes y después de los ritos capitulares.

Y en la plaza del obispo don Bernardo, frente al costado oriental de la catedral, se sitúa otra solemne fuente de estilo barroco, aplicada al muro de sillar en el cual destaca tallada sobre la piedra rosada de la zona, escudo heráldico de Sigüenza. Por sus tres caños con boca de león sale abundante siempre el agua límpida y fresca.

Pero esta que ahora vemos, situada a unos dos kilómetros del centro por la carretera de Medinaceli, está adosada a la muralla de lo que fue Huerta  del Obispo, y se trata, ya lo veis, de una gran fuente ornamentada, de estilo neoclásico que luce en su frente el gran emblema heráldico de don Juan Díaz de la Guerra, benefactor de  la ciudad y su diócesis. Ocupó la sede y llevó la mitra entre los años 1777 a 1801, y fue la expresión más clara del espíritu ilustrado: abrió caminos, construyó puentes, levantó fábricas de papel, molinos de aceite, colonias agrícolas, pueblos enteros… quería que la gente de su diócesis (señor era de ellos, y de ellos se preocupaba) viviera mejor. Así es que en un terreno propiedad del obispado, aguas arribas del Henares, baldío entonces, mandó construir una gran obra, de la que se hace lenguas don Antonio Ponz en su “Viaje de España”, diciendo así: Para ocuparles ha promovido obras continuamente, y a mucha costa. En primer lugar, un bosque inmediato al Palacio, lleno de plantas poco útiles, lo ha convertido en una hermosísima huerta, con su gran noria, y dos estanques: después ha hecho plantar moreras, y varios árboles frutales; cultivar cáñamos, hortalizas, legumbres, &c. y en fin ha logrado hacer sumamente útil, y fructífero un terreno no menor que de sesenta fanegas con esta operación. Asimismo ha transformado en una hermosísima huerta un prado distante un quarto de legua de la Ciudad, que consta de cien fanegas de sembradura, con plantío de moreras, y cultivo de cáñamo, legumbres, &c. habiéndolo cercado de pared alta, y segura, con sus portadas, canceles, estanques, y aqüeductos: antes redituaba a la Dignidad de este terreno ciento y quarenta reales anuales, y al presente se conceptúa que podrá valer mil pesos de renta anual…

Del circuito monumental de su cerca, destaca adosada junto a la carretera esta fuente. Hoy ya seca, hoy ya perdida, pero monumental, espléndida, reflejo fiel de otros tiempos.