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Sigüenza y alrededores

Plaza Mayor de SigüenzaTenemos estos días entre nosotros al artista catalán Isidre Monés i Pons, que precisamente esta tarde, a las 20 horas, en la carpa central de la Feria del Libro en la Plaza Mayor de Guadalajara, va a presentar el libro que ha ilustrado, dedicado íntegramente a “Sigüenza y alrededores”.

La figura de Monés i Pons es sobradamente conocida por cuantos son aficionados a los comics, y a la ilustración de cromos, revistas y arquitecturas. Un maestro que hoy nos visita.

En la Plaza Mayor ha estallado el color y la palabra que se derraman desde los libros. Como todos los años, la cita con ese amigo imprescindible que es el libro, está garantizada con la asistencia de libreros, editores e instituciones culturales. Y mucho público, que gusta de curiosear y aprovechar algunas oportunidades.

Decorada con gusto y densa de palabras, la Plaza Mayor será durante este fin de semana un espacio de encuentros: de lectores con sus autores, de amigos con los que charlar de ese manantial que no se agota que es la cultura del libro, de las estampas, de los hallazgos y de las emociones que desde cada estantería se derraman.

Personalmente estoy contento porque este año, una vez más, aprovecho la Feria del Libro para dar a conocer un nuevo libro que he escrito, en el que llevaba más de dos años trabajando y que al final ha salido limado, pulido y creo que entretenido. Se titula “Sigüenza y alrededores” y confieso que no fue idea mía el emprenderlo, sino de un buen amigo de Esparraguera (Barcelona) que hizo la mili cuando yo, porque somos quintos. Y que se ha dedicado a andar el mundo, especialmente España, de punta a cabo dibujándola desde todos los ángulos posibles. Acabaré esta colaboración diciendo algo más de Monés. Porque tenerle hoy en Guadalajara es un verdadero lujo para la ciudad.

Sigüenza ciudad

En los alrededores de Sigüenza, como en la ciudad misma, bullen los espacios y edificios que durante siglos han tenido vida y presencia entre las gentes que se han ido sucediendo. Esos monumentales y aparatosos edificios (la catedral, los torreones de la muralla, los templos románicos, los castillos, las salinas, los palacios…) tienen en su entraña cuajada la historia del burgo.

En este repaso que he ido haciendo, de la Alameda a las Ursulinas, de la Catedral al Castillo, me he fijado en los elementos más caracteristicos del burgo. Hay tantos, que no han cabido todos. Pero sí de algunos he desgranado sus iniciso, sus inciertos pasos, su devenir flamante hasta nuestros días.

Ahí están las iglesias de Santiago y San Vicente, mandadas construir por don Cerebruno. Y la catedral, por supuesto, con sus torres, sus campanas, sus gárgolas indecisas, su sacristía de las cabezas, y su claustro. De todos escribo razón y asombro. Con parquedad, para que nadie se canse a la mitad y lo deje. Con la sazón de lo vivido y el empuje para que siga siendo amado.

De cada detalle o edificio (también de la plaza mayor, de la calle mayor, de la fuente de los Cuatro Caños, del kiosko de la música, del arco del hierro, o del humilladero) ha puesto Isidre Monés un dibujo cierto, divertido en ocasiones, pulcro siempre. En técnicas variadas, para demostrar que toca todos los palillos. Hay óleos, lapiceros blandos, pasteles, aguadas y hasta algún óleo. A color muchos, otros en el monocromo severo que pide la ciudad antigua.

No será una novedad para nadie lo que aquí se cuenta, o se muestra. Pero sí que despertará una emoción distinta, al paso de cada página, encontrando al Doncel como un rockero de anteayer, recostado leyendo un libro con la catedral al fondo y llevando un sweter en el que se lee “I [corazón] Sigüenza”.

Será un libro para leer en el balcón, a la sombra en el verano, o entre las orejas de un sillon, junto a la lumbre (o la calefacción) en el invierno crudo de estas tierras.

 

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

 

Alrededores de Sigüenza

El término municipal de Sigüenza tiene 28 pedanías que se corresponden con otros tantos antiguos pueblos. Una superficie de 388,8 kilómetros cuadrados, y una población que ronda los 4.500 habitantes (entre la ciudad y sus pedanías…!) En esos alrededores pedáneos de la Ciudad Mitrada queda también mucha historia y mucho patrimonio acumulado. Atravesando campos, robledales y alborotados rodeznos, hemos andado sus caminos encontrando de todo: castillos, iglesias románicas, plazuelas escuetas como salidas de un cuento, los restos de una vieja fábrica de cerámica, unas salinas medievales aún en uso, ruinas también… y Monés ha encontrado en algunos lugares a su amigo el “pato de la gabardina” que es como ese fantasma que espera seguro y firme a que todos se vayan para ponerse él en medio, y decir al dibujante que “este es terreno sin mancha, bueno para meditar y fumarme un puro”.

De esos castillos, Monés y yo hemos escalado a Pelegrina, a Riba de Santiuste, a Atienza, y le hemos dado algunas vueltas sin mayor problema a los severos contornos de Guijosa y Palazuelos, sin olvidar llegar ante la torre de la Luna en Torresaviñán, la de la Cigüeña en Anguita, y la de los Moros en Riba de Saelices, encima justo de la entrada a la Cueva de los Casares.

El arte románico está impregnándolo todo en este libro, en estos paseos. Así alcanzamos, en el más allá del románico de Pela, la iglesia de Villacadima, pero también nos desviamos a Santa Coloma de Albendiego, nos detenemos ante el capitel de la caza del conejo en Campisábalos, o nos emocionamos junto a la breve discreción de Cubillas, la grandiosa “operación cielos” de Santa María del Rey, en Atienza, metiendo la mano en sus viejas pilas bautismales, o saludando a esos invencibles saltimbanquis de la portada de Santa María del Val..

Y aún por los alrededores sabemos de Barbatona y sus romerías, de la Fuente del Obispo en la Huerta que don Juan Díaz de la Guerra fundó en tiempos de salvación ilustrada, o nos vamos directamente a lo más intrincado del Pinar, repasando en la ocasión los avatares históricos de esa masa forestal.Pero también hacemos algún que otro paseo por Hijes (aquella Plazuela que se quedó en el recuerdo, aquí dibujada y salvada por Monés), las salinas de Imón, el tejar de Alcuneza o los recónditos enclaves de Bochones y La Cabrera.

Hay tanto paseo, tanta anotación, tanto apunte y tanta memoria metida en este libro, que ahora que me pongo a repasarlo me doy cuenta de que está, metido en él, un sentimiento hondo de cariño por Sigüenza y una pasión declarada por enseñarlo todo, y decir alto y fuerte que es este un lugar duro y palpitante, como el corazón, y que os espera.

Fastos seguntinos

De algunos fastos o ceremonias, de algunas sonadas algarabías medievales, y hasta de una sorpresa que nadie se la espera, está también provisto este anaquel que hemos llamado “Sigüenza y alrededores”.

Por ejemplo, dedicamos una página (yo el texto breve y Monés una soberbia pintura de época) a la visita de los Reyes Católicos a Sigüenza, en el otoño de 1487. Otra al recuerdo de los dolores que la reina de Castilla, doña Blanca, padeció entre los muros del castillo de los obispos, donde la encerró sin piedad su marido el rey don Pedro. Otra es el paso solemne de los “Armaos” de la Vera Cruz por las cuestas seguntinas en la Semana Santa de cada año. Y otro aún el recuerdo al quehacer militar (impregnado de señorío, y poder) de los obispos medievales, con una estampa que Monés inventa de un obispo que lleva mitra y armadura, báculo y espada, al mismo tiempo sobre un caballo delante del castillo.

Quizás el dato más sorprendente de este capítulo y del libro todo, sea el que declaro (y Monés transforma en instantánea casi fotográfica) la estancia de don Miguel de Cervantes en Sigüenza, en el mes de marzo de 1569, acompañando a su maestro López de Hoyos, quien a su vez acudía al llamado de su protector el obispo-cardenal (e Inquisidor General) don Diego de Espinosa. Sin duda que el clérigo les llevaría a ver la ya por entonces admirada estatua yacente del Doncel, que ya llevaba sesenta años asentada en la capilla de San Juan y Santa Catalina de la catedral. De esto hará (lo digo por los que toman notas de efemérides señaladas) 450 años al que viene.

Del Doncel tratamos también, y de su casa. Porque entre la plaza y el castillo, de la Alameda al Portal Mayor, y por cualquier rincón al que en Sigüenza nos asomemos, va a surgir la memoria meritada de ser glosada, y el escorzo nítido para ser retratado.

La suerte de conocer a Monés i Pons

Después de todo, creo que el mayor mérito de este libro, y la mayor suerte que los seguntinos han tenido, ha sido la de contar con el trabajo, (que también sé, me consta, meticuloso, largo, concienzudo) de Isidre Monés, retratando edificios y memorias.

Monés i Pons nació en Barcelona, en 1947, y ha desarrollado su enorme labor, reconocida y aplaudida internacionalmente, desde hace muchos años, en la localidad de Esparraguera.

Comenzó como ilustrador, a los 15 años, colaborando en colecciones de cromos. Como historietista trabajó para la editorial estadounidense Warren Publishing, a través de la agencia Selecciones Ilustradas, a principios de la década de 1970, en sus revistas de terror: CreepyEerie y Vampirella. Desde entonces entró en el mundo del cómic, desarrollando entre otras la saga del “Imperio Cobra”.

A principios de los 80 ilustró gran número de juegos de tablero para Cefa: Imperio Cobra, MisTeRio, Alerta Roja, etc. Dedicándose durante 20 años a ilustrar juegos y puzzles de Educa. Es un prolífico portadista de libros para editoriales como Bruguera.

En el mundo del cómic ha aportado muchísimo, con su dinámica capacidad de afrontar cualquier escena. Aportó páginas bélicas y otras de terror, de artístico acabado, para las revistas de la Warren, destacando además como ilustrador publicitario, de libros y discos, y como pintor.
Dibujante de agencias, comenzó a realizar ilustraciones para álbumes de cromos (“Historia de la Navegación”, o “La vuelta al mundo con Bimbo”), y tras trabajar con otro par de agencias, decidió continuar su labor por libre, ilustrando cromos para Bruguera (Historia de la velocidad, Zoo color, Todo), para Ruiz Romero editor y para Ediciones Este (Técnica y acción, Mis casitas).
Hoy son muchos los que ven en Monés Pons el referente seguro de un mundo dibujado, colorista y vibrante. Por delante del arte digital, muy cerca de los grandes constructores de mundos virtuales, con la llaneza de quien tiene técnica, imaginación y todavía estudia.
Por ser un declarado enamorado de Sigüenza, y de Castilla en general, hace un par de años ilustró el cuento “El misterio de la llave de Oro” de Miriam Martínez Taboada. Y para la editorial Aache de Guadalajara, Monés ha realizado ilustraciones en dos de sus libros: “La catedral de Sigüenza” (“Tierra de Guadalajara” nº 101) y este “Sigüenza y alrededores” (“Tierra de Guadalajara” nº 103) que hoy precisamente se presenta en la Feria del Libro de Guadalajara. Una ocasión perfecta, y única, para conocerle.

La caza en Guadalajara

TaimadoEste próximo lunes día 7 de mayo se va a presentar, en el aula magna de la Universidad de Alcalá de Henares, en la calle Cifuentes de Guadalajara, y bajo el auspicio de “Siglo Futuro”, el libro “Taimado” que ha escrito un cazador, un conocedor de nuestra tierra, un apasionado de la Naturaleza, como es Isidro Martínez Sanz. Será una oportunidad de escuchar sus propuestas de amor a la tierra.

Sobre caza y cazadores

Aunque la actividad de la caza sigue siendo uno de los motores de la vida económica y social en los pueblos de nuestra provincia, y a pesar de estar tan mal reconocida en nuestra sociedad actual impregnada de buenismo sin alcanzar nunca el análisis de las consecuencias y los beneficios de las cosas, quiero traer ahora algunas memorias históricas que nos hablan de aquella actividad a lo largo de los siglos en nuestra tierra.

Y lo hago a propósito de un libro que acaba de aparecer, y será presentado el próximo lunes 7 de mayo en nuestra ciudad, sobre caza y anumales, sobre aventuras y emociones por los montes de la Alcarria.

Desde los tiempos más remotos se ha ocupado el hombre a la caza de los animales, que en unos casos, los más primitivos, eran de crucial importancia para su alimentación y supervivencia, y en otros, ya más modernos, de mero pasatiempo. En la que hoy es la provincia de Guadalajara han quedado huellas de esta actividad cazadora del hombre, bien de tipo arqueológico, artístico e histórico. Espigando entre las más curiosas de estas noticias, y con objeto de rememorar en esta ocasión algunas anécdotas de la actividad cinegética de los pobladores de esta tierra, van aquí breves noticias de lo que podría ser llamado, e incluso acometida por quien guste del tema, la historia de la caza en Guadalajara.

Ya en los tiempos más remotos había una gran cantidad de seres vivos en estas latitudes. En la zona norte de la provincia, en la región de Campisábalos y Villacadima se han encontrado algunos huesos de jirafa y mamut en un afloramiento pontiense, lo que significa la existencia de estos grandes animales que podrían ser cazados por los pobladores del territorio, aunque esto es poco probable.

Más modernos son los vestigios, incluso gráficos, que sobre el tema de la caza encontramos en Riba de Saelices, concretamente en la Cueva de los Casares. En sus paredes se ven grabados multitud de animales, entre ellos toros, ciervos, caballos, leonas, pájaros y muchos otros, que luego intentarían cazar los artistas que los habían tallado y dibujado. Incluso existe un grabado que se ha querido interpretar como un hombre cogiendo peces con la mano, lo que podría ser catalogado como “caza de río”. En las recientes excavaciones realizadas en dicha cueva, se han encontrado abundantes huesos de especies de animales como el conejo, la cabra montés, el lobo y el oso incuso que los hombres de hace muchos miles de años cazaban y comían.

En tiempos ya más modernos, como pueden ser los de la baja Edad Media, poseemos datos de la caza realizada en ellos: era una de las más practicadas la del jabalí, que por entonces daba una gran cantidad de ejemplares en la tierra de Guadalajara. Es concretamente en un edificio del siglo XIII donde aparece representada la caza de este fiero animal. En el friso horizontal, puesto en la pared exterior de la capilla de San Galindo, en Campisábalos, se ve la lucha de un hombre a pie que, ayudado por dos perros, ataca e hiere a un gran jabalí. Es el mismo tema que aparece en un capitel de la ermita de Tiermes, en Soria, muy cerca de allí.

La caza del conejo también se representa en Campisábalos, pues en uno de los canecillos del ábside aparece un paisano con un palo en la mano, y frente a él, callado y temeroso, un conejo de largas orejas.

De otras especies más extrañas en nuestra provincia, queda constancia por una antigua relación del monasterio de Sopetrán. En el siglo XI se dedicaba a la caza del oso el rey Alfonso VI de Castilla, en los grandes bosques que se extendían entre este monasterio y la villa de Torija. Dice la leyenda que fue atacado por uno de estos plantígrados, y al implorar el auxilio de la Virgen de Sopetrán, milagrosamente fue libre del peligro.

Es curioso enterarse que fueron los frailes quienes, en tiempos remotos de la Edad Media, se dedicaban con verdadera asiduidad al deporte cinegético. Antiguas crónicas nos dicen cómo el convento franciscano de Molina de Aragón, fundado por doña Blanca hacia 1293, “llegó a ser tan rico, que los religiosos vivían como caballeros, y el guardián… tenía caballos y perros de caza, y alcones para su regalo”. Y en un documento del siglo XV referente al monasterio jerónimo de Villaviciosa, vemos como una de las formas de tomar posesión de un terreno adquirido por parte de los frailes, es pescar en el río Tajuña algunos peces, y cazar algunas piezas de monte. En el mismo siglo, consta del señor del castillo de Anguix, don Juan Carrillo, que entretenía muy a menudo sus soledades ocupándose de cazar por aquellos bosques inmensos que bordeaban, mucho más abundantes que hoy, el río Tajo.

La caza en tiempos modernos

Quienes, lógicamente, más lustre dieron al ejercicio de la caza en Guadalajara, fueron los duques del Infantado y en su numerosa corte mendocina de familiares y allegados, que para matar tantas horas de inactividad y aburrimiento en su ciudad castellana, se dedicaban a este deporte con un impresionante despliegue de medios. Del segundo duque, don Iñigo López de Mendoza, constructor del famoso palacio gótico arriacense, se hacen lenguas los antiguos cronistas ante la fastuosidad de sus armaduras, las jaurías de perros cazadores y la nutrida colección de halcones, neblíes, azores y otras aves rapaces amaestradas para este noble arte de la cetrería. También su hijo don Diego, y su nieto el cuarto duque fueron muy amantes de la caza por sus posesiones. Cuando en 1525 vino a Guadalajara el rey Francisco I de Francia, prisionero del César Carlos, el tercer duque le halagó durante varios días, regalándole al final abundantes arneses de guerra y caza, caballos y un lucido plantel de aves de cetrería. Otro don Iñigo López, el quinto duque que introdujo varias reformas en su palacio, fió la decoración pictórica de algunas de sus salas al florentino Rómulo Cincinato, y aún dispuso que éste realizara la hoy llamada “Sala de Atalanta e Hipómenes”, que es un verdadero documento de estudio acerca del arte de la caza en el siglo XVI. Entre varios grandes paneles con escenas mitológicas de los dioses que luchan por vencer a la muerte, se distinguen muchas y curiosas secuencias de caza: la del jabalí, en el acto de ser atacado por criados a pie y la jauría canina, mientras los señores contemplan y esperan la carrera del animal montados en sus caballos. También vemos la caza del venado y aún otras de la garza y otras aves de gran tamaño, sin olvidar siquiera la de la perdiz. Muchos de estos animales de caza se representan fielmente tratados en cenefas y frisos.

La caza en nuestros días

Polémicas aparte, sobre lo que debe hacerse o no hacerse ante la actual plaga de conejos devoradores de plantas, la provincia de Guadalajara ha sido protagonista de muchas y densas jornadas de caza, protagonizadas por altos personajes y adinerados magnates. De todos ellos, aún en la memoria popular quedan las jornadas cinegéticas, por Sigüenza unas veces, y por Monte Alcarria otras, de don Alvaro de Figueroa y Torres, cuando era presidente del Gobierno o ministro de cualquiera de las mil cosas de las que sabía: con amigos y allegados se pasaba días enteros con la escopeta en las manos, avizorando vuelos y sonidos. Todos hemos visto esas fotografías en las que al final de la jornada posaban en pie el Conde de Romanones y sus compañeros con unos cuantos centenares de perdices abatidas y colocadas con esmero, mientras los perros, felices, sacaban la lengua y se emocionaban. El hijo del conde, don Eduardo Figueroa Alonso-Martínez, que tuvo el título de Conde de Yebes, por su término vino muchas veces a cazar (por donde hoy es Valdeluz se montaban buenas batidas) y alcanzó a ser presidente del “Club de Monteros” y a escribir varios libros con sus memorias cinegéticas.

Y aquí debo recordar cómo el Rey [emérito] don Juan Carlos, que tantas jornadas ha vivido de esperas y cazas, por todos los continentes y naciones, le ha dado con gusto al gatillo en las llanuras de la meseta que se extiende al sur del Jarama, por El Cubillo de Uceda, Viñuelas y Matarrubia. Acompañado en ocasiones (existen fotos) de su vástago el actual rey don Felipe, quien en su meditada formación para monarca ha recibido las correspondientes clases de la asignatura cinegética. Mis tíos de Jadraque (Luis y Aurelio, los Arenas que llamaban) salían a cazar todos los días, en su mocedad. Y a mí me dejaban comer y chuparme los dedos con las perdices escabechadas que preparaban luego. Pero no consiguieron que les acompañara, porque después de haber estado en la mili (año y medio) pegando tiros a diestro y siniestro, se me quitaron para siempre las ganas de llevar un arma en las manos.

El tema, como se ve, es inagotable y lleno de cordiales evocaciones de pasadas épocas. Hoy el deporte de la caza ha dejado de ser patrimonio de las altas clases, y cabe en el programa de descanso y esparcimiento de cualquier ciudadano. Esto es también un hecho histórico a tener en cuenta.

Isidro Martínez Sanz y su libro Taimado

 

De qué va el libro de Isidro Martínez

Es esta una nueva entrega de los relatos de caza y cazadores que Isidro Martínez está escribiendo, desde hace tiempo, y publicando en libros sueltos. En esta ocasión, es la editorial alcarreña AACHE la que se rinde a la palabra fácil, a la emoción narrativa, y al ingenio y simpatía de este escritor/cazador/ciclista que es Isidro Martínez.

Aunque no hay argumento, ni trama, ni desenlace, el autor quiere que a “Taimado” se le catalogue como novela. Porque, insiste, todo lo que en él se cuenta es ficticio, inventado, no ha ocurrido. Claro que una vez leído el libro, quien lo haya seguido atentamente se dará cuenta que ahí no hay nada imaginado. Eso ha ocurrido, y alguien (sabe Dios quién…) lo ha protagonizado.

Es la historia de un trampero, de un individuo que conoce la Alcarria metro a metro, senda a senda, y que se ha dedicado a poner trampas para capturar jabalíes vivos. La emoción del recorrido, de la colocación, del descubrimiento del animal encamado, de la fiereza y rabia de sus reacciones… un cúmulo de emociones que hace que, quien empiece a leer “Taimado” no lo deje hasta que lo haya acabado. Es difícil, y nada frecuente, encontrar un libro con tal carga electrostática: quema, da calambre, es imposible dejarlo una vez que se comienza.

En este libro demuestra Isidro Martínez que es un escritor de raza. Tanto, o más, que cazador. En esta tarea, Martínez Sanz está ya clasificado entre los más grandes. Campeón provincial de caza, amigo de todos los cazadores, conocedor al milímetro de los campos, los montes, los bosques y las umbrías de nuestra tierra. Es difícil lanzar más encomios sobre “Taimado” y sobre su autor. Pero la tarea es fácil: es hacerse con el libro, empezar a leerlo, y dejarlo cuando se acaba. Quedarán ganas de saber más aventuras. El libro se presentará el lunes próximo, a las 8 de la tarde, en el salón grande de actos que tiene la Universidad en la Calle Cifuentes, de Guadalajara. Lo organiza la Fundación “Siglo Futuro”. Hablará el autor, el editor, el presidente de la Fundación, y algún que otro cazador sorpresa (Pons Muñoz, por ejemplo) que también admira a Isidro, y le sigue los pasos.

Una mañana en Sigüenza: Alameda, Ursulinas y Campanas

Alameda de SigüenzaOtro día que subimos a Sigüenza, a disfrutar la mañana solamente, porque da para mucho. Desde la estación del tren nos dirigimos a pie por la Avenida del rey Alfonso, y llegamos ante el Humilladero, para iniciar un paseo por la Alameda. Termina ese paseo ante la fachada barroca de las Ursulinas. La miramos, nos sorprendemos. Y seguimos a pie, subiendo la cuesta de Medina, hasta debajo de las torres, donde aprendemos algo de sus campanas, y donde las oimos sonar. Un buen plan. 

Empezamos por la Alameda

Llego a la Alameda de Sigüenza, y me paro en seco. Aturdido de la sombra, del rezongueo infantil, del polvo que sube del suelo a la nariz, de las memorias que se agolpan, tantas tardes aquí, tantos frescos charloteos, tanta amistad que huye…

La esencia de la Alameda seguntina es, –yo así lo siento– el quiosco de la música. Y no porque haya escuchado muchos conciertos desde su altura, sino porque le da perfil eterno, un aire digno y plural, un solemne valimiento a cualquier otra referencia.

Quizás quien mejor escribió de esta alameda y su quiosco fue Alfredo Juderías, a quien debería dedicársele (yo así lo hago) un recuerdo cada vez que cruzo entre los arbolazos del parque. Decía él en su “Elogio y nostalgia de Sigüenza”: Mira: esto es la Alameda. El ala izquierda, por la que ahora discurrimos, rumorosilla del Henares, río pequeño, pero con agua hasta cidiana y romancera, y en cuya orilla gustaba de sembrar avena loca el Arcipreste, es dulzona y apacible…

En la Alameda de Sigüenza estaba el banco verde de los Figueroa, que gustaban, ya entonces, de pasar el verano en la frescura seguntina. Y aunque a don Álvaro, que tantas cosas fue en la España de inicios del siglo XX, y entre ellas tres veces primer ministro de la nación, le gustaba pasar allí algunas jornadas, por sus continuas obligaciones decidió algunos años celebrar en la Alameda, a la sombra de los olmos venerables, Consejo de Ministros. Mientras los del tricornio vigilaban desde los parterres de las clarisas, y algún concejal no se lo quería perder subido al quiosco, los veraneantes no perdía ocasión de seguir jugando al mus, o a la brisca, según los grupos, sobre las mesas de mármol amarillento de los cafés que se extendían por el contorno.

La Alameda de Sigüenza es parque generoso, grandioso y aparatoso. Un parque fundado por un Obispo (don Pedro Inocencio Vejarano, granadino, que quiso rematar las pirámides pétreas que le escoltan con el símbolo de su ciudad) para “solaz de los pobres”, aunque al final fueron los curas –hay tantos en Sigüenza!– los que dieron nombre con sus paseos al costado izquierdo del entorno, mientras el derecho quedaba más bien para la infancia, y el centro para las damas y caballeros que con gentileza torcían sus cabezas a modo de saludo, de ofrecimiento y esperanza, de amores imposibles.

En la parte final (o es al principio?) del parque de la Alameda, el obispo andaluz quiso poner un gran arco de piedra rodena y bajo el emblema heráldico de su excelencia la frase que plasmara su grandeza, su generosidad, su bien calculada inmortalidad, sabiendo por causas (que es el verdadero saber) que quien deja su nombre tallado en la roca queda para siempre vivo, o palpitando. Así dice el arco:

IN VERUM EGENTIBUS AUXIMUM CIVITATISQUI

DECOREM OC PUBLICUM SUIS SUMPTIBUS EXTRAXIT

OBLEC TAMENTUA D. PETRUS INNOCENTIOS VEXARANO

EPISCOPUS AC DOMINUS SEGUNTINUS

ANNO MDCCCIV CAROLO IV PIO ET AUGUSTO REGNANTE

 

Las Ursulinas al fondo de la Alameda

Este convento ante el que paras, amigo viandante, es el que administran y cuidan las Madres Ursulinas, que ocupan todo este grandioso y antiguo edificio, corona de la Alameda, desde hace dos siglos.

Es bonita su fachada, típicamente barroca, con florituras del rococó, exageradas quizás, pero siempre amables y generadoras de luces y sombras con mucho arte.

La historia de esta fachada, de este templo y del conjunto conventual es larga. Te la resumo aquí en cuatro palabras: por inicitativa de un matrimonio aristócrata se empezó en 1601 a levantar en este lugar una iglesia, que en 1603 fue ocupada por frailes Carmelitas Descalzos, quienes permanecieron en convento hasta 1614, marchándose así, por las buenas, sin despedirse de nadie. Los tales señores tan generosos fueron don Antonio de Salazar y doña Catalina Villel, que lo eran de Pelegrina y La Cabrera.

En 1623 vinieron los franciscanos, con el patrocinio del hijo de los anteriores señores, don Juan de Salazar. Procedían del colegio franciscano de San Pedro y San Pablo de Alcalá de Henares, y aquí permanecieron durante dos siglos cumplidos, hasta que la llegada de la Desamortización liberal, en 1835, los puso en la calle, y al edificio en venta y desguace.

Antes se había construido de nuevo el convento, a lo grande, y la iglesia, bajo la dirección del arquitecto Manuel Serrano, “Maestro arquitecto y titular de las Reales Obras de su Majestad”. Él fue quien trazó espacios, plantas y alzó fachadas, en 1740. Poco después, y también con el apoyo del obispo seguntino fray José García, de la Orden Seráfica, el retablista José Durán construyó un altar imponente, de subido barroco, con una talla de la Virgen de ls Porciúncula (que ese tan raro el nombre y advocación que tenía el convento frailuno) en lo alto. Esto duró hasta 1936, en que fue quemado.

Y como última etapa de la historia convulsa y azarosa de este edificio seguntino,hay que menciona la llegada, en 1867, de las madre Ursulinas, que procedían de Molina de Aragón, donde tuvieron convento junto a San Pedro, y de donde se fueron huidas cuando los franceses, pasando por Lebrancón, y Medinaceli, acabando luego en Sigüenza, en unas casas en torno a la ermita de San Roque, donde las puso el obispo Bejarano. Ese convento, llamado de Jesús, María y José, estuvo muchos años en precario, hasta que tras los correspondientes arreglos y con ayuda de obispos y particulares, se abrió la casa de Ursulinas que hoy vemos, y hasta hoy dura, con el interegno de la Guerra Civil, en la que fue bastante dañado, por lo que al quedarse sin retablo la iglesia, se puso aquí el procedente de la de Nuestra Señora de los Huertos. Tampoco se pueden ver, en su interior, los mausoleos de sus fundadores. Pero, en cualquier caso, la estampa dulce y serena de la fachada, del templo, del convento todo, remata con elegancia y esplendidez la frondosa razón de la Alameda.

Sigüenza alrededores, un libro de textos e ilustraciones de Antonio Herrera e Isidre Monés

 

Las campanas de la catedral de Sigüenza

Solo para quien mira a lo alto, o se para a escuchar de lejos. Solo para quienes tienen un minuto, o dos, en la vida, para entretenerse en algo inútil y hermoso como es escuchar una campana. Para esos Sigüenza les tiene reservada una sorpresa.

Mejor dicho, quince sorpresas. Porque en lo alto de las dos torres que escoltan su fachada, están los campanarios repletos de órganos cantores, sonoros y vivos.

De esas dos torres, la más oriental es a la que llaman la torre de las campanas. Obra medieval, acabóse de hacer en el siglo XIV y luce en lo alto con sus almenas, como si fuera un castillo.

La torre más occidental, la de la izquierda según miramos el edificio, es a la que llaman la torre de don Fadrique, porque se acabó en su episcopado, a comienzos del siglo XVI. Algo más alta que la anterior (40 y 41 metros respectivamente) se unen entre sí por un pasadizo exterior protegido de balaustrada.

En la torre de las campanas hay nada menos que 15 artilugios sonoros, dispuestos en dos niveles: 12 abajo, para los sonidos litúrgicos, y 3 arriba, para las señalas horarias. Las quince campanas tienen, como seres vivos que son, nombre propio. Los recito aquí, para que quede su memoria y podamos emocionarnos cada vez que miremos a lo alto de estas torres y sepamos que allí prosiguen su rutina y mastican su historia fría estas presencias:

  • – Campanillo de San Cristóbal (de 1698)
  • – Campanillo de coro, Pascualín (de 1450)
  • – Campanillo del Beato Julián de San Agustín de Medinaceli (de 1941)
  • – Campanillo de las flores, Periquito (de 1762)
  • – Campana de San Pascual (de 1924)
  • – Campana del Hospital (de 1733)
  • – Campana de la Oración, o Anunciación de Nª. Sra. (de 1941)
  • – Esquilón de las ocho (de 1941)
  • – Campana de las Ánimas (de 1817)
  • – Campana Dorada, de Santa Librada (de 1924)
  • – Campana Grande, de la Asunción de Nª. Sra. (de 1924)
  • – Campana de aviso a los Campaneros desde el Coro (de 1941)
  • – Campanillo de los cuartos menor
  • – Campanillo de los cuartos mayor
  • – Campana del reloj (de 1684)

En la torre de don Fadrique se colocó, en el año 2000, por Jubileo, una nueva campana, la Jubilar, de 2.845 kgs. De peso. Es la úinca campana de esa torre. Y todas juntas, y sonando, qué intenso el sonido, qué alto el vuelo, Sigüenza, ocupando también los claros cielos…

Trillo en la mirada de un viajero del siglo XIX

traje tipico de la alcarriaEste fin de semana va a desarrollarse en Guadalajara el Primer Encuentro de Etnología, y en él van a participar varias docenas de estudiosos sobre los temas que se refieren a esa disciplina, de la que fue abanderado y uno de los iniciadores, nuestro amigo José Ramón López de los Mozos, a quien se tributará en el transcurso de dicho encuentro un merecido homenaje.

Durante la tarde de hoy, en el Museo de Guadalajara (sito en el palacio del Infantado) y los días de mañana y el domingo, se celebrará por vez primera un Encuentro Provincial de Etnología. Pretende ser este encuentro un foro de intercambio y de debate sobre diversos temas relacionados con la cultura tradicional de la provincia de Guadalajara, abierto a investigadores, profesionales, docentes, estudiantes y público en general.

El Encuentro se establece con motivo de celebrar la llegada al número 50 de la Revista “Cuadernos de Etnología de Guadalajara” que la Excmª Diputación Provincial viene editando desde 1987, y en la que han cabido cientos de aportaciones de muchos estudiosos en torno a los temas costumbristas de nuestra provincia.

En el desarrollo de este Encuentro, se abordarán diferentes aspectos de la cultura tradicional de la provincia de Guadalajara tales como actividades productivas, indumentaria, música y danza, vocabulario, cultura material, museología, arquitectura, gastronomía, costumbres, religiosidad popular y posteriormente estos trabajos se reunirán en edición impresa constituyendo el número 50 de “Cuadernos de Etnología de Guadalajara”, Revista de Estudios del Servicio de Cultura de la Diputación Provincial, estando prevista su salida para el segundo semestre de este año.
La ponencia inaugural tendrá lugar en el Museo de Guadalajara hoy viernes a las 17:30 horas y correrá a cargo de Concha Herranz, Jefa de Colecciones del Museo del Traje, que hablará sobre “Indumentaria tradicional de Guadalajara en los fondos del Museo del Traje de Madrid“, y tras la primera sesión de comunicaciones, en el Centro San José se realizará una proyección de cine etnográfico sobre Guadalajara que ha sido seleccionada por Julián de la Fuente Prieto (Universidad de Alcalá de Henares), que también hará una introducción a la misma.
Mañana sábado 21, desde las 9 horas se celebrarán las sesiones (tres por la mañana y una por la tarde) de lectura de comunicaciones en el Museo de Guadalajara (en la planta primera del palacio del Infantado, salón de actos), complementándose con unas demostraciones de artesanía a cargo de los profesores de la Escuela de Folklore de la Diputación de Guadalajara. La jornada concluirá en la Sala de Exposiciones del Centro San José con la inauguración de la muestra “Temas etnográficos en los fondos del Centro de la Fotografía y la Imagen Histórica de Guadalajara (CEFIHGU) de la Diputación de Guadalajara”.
Finalmente, el domingo 22, los participantes se desplazarán a Atienza, donde serán recibidos en el Ayuntamiento de la localidad para seguidamente realizar una visita a la “Posada del Cordón”, que alberga el Centro de Interpretación de la Cultura Tradicional de Guadalajara dependiente de la Diputación Provincial, Y allí mismo, a las 16:30 h. la profesora titular de la Universidad de Alcalá de Henares Eulalia Castellote Herrero presentará la ponencia de clausura: “Arte y tradición en Guadalajara“, a la que seguirá las conclusiones, puesta en común, entrega de diplomas y clausura del Encuentro.

 

la españa de cela

La mirada de un asturiano sobre el Trillo del siglo XIX

Mi participación en este Encuentro de Etnología se va a centrar en la recuperación de un viejísimo “cuaderno de campo” con dibujos que realizó, a finales del siglo XIX, un asturiano viajero y rico, don Sebastián de Soto y Cortés Posada, que durante varios años, entre 1875 y 1880 acudió a “tomar los baños” a los de Trillo.

En ese cuaderno plasmó, si no con excelencia, sí con oportunidad y acierto de curioso, imágenes de una tierra, la Alcarria, en esa época, en la que todo “llegaba de Madrid”, aunque allí se seguía viviendo casi en la Edad Media. De tal modo, que a lo largo de una veintena de grandes láminas, Soto realiza retratos de edificios de Trillo (la iglesia, la posada, la plaza mayor, algunos palacios…) de arboledas y paisajes y, sobre todo, de personajes de la época y de tipos de la localidad. Aparecen así el boticario, el gerente de los baños, el alcalde, y otros tipos ataviados con la indumentaria tradicional (chaquetas, fajas, moños, sombreros…) dando una estampa de verismo y un retrato perfecto de un tiempo ido.

Además cuenta el señor Soto sus viajes por Cifuentes, y por Villaescusa de Palositos, en aquellos veranos. Y ofrece la anécdota que le ocurrió en este último pueblo, en el que charlando con unos aldeanos, estos le ofrecieron unos platos antiguos de cerámica decorada, para que los dibujara con tranquilidad en el Balneario, o donde quisiera. Y él se los devolvió al año siguiente, con la admiración de unos y otros al comprobar que en “este país” siempre son más numerosas las gentes honradas, que las que van a pillar lo que encuentren. Así ha sido siempre, y así sigue siendo, afortunadamente, hoy en día.

De la figura de Sebastián de Soto y Cortés se han ocupado otros autores, porque el individuo fue coleccionista de arte, artista él mismo, y estudioso de las artes. Quien más ampliamente le estudia es Constantino Suárez, en su Diccionario de asturianos artistas, así como Fermín Canella y Secades, en su necrológica. Tuvo una gran finca con palacio incluido en Labra y Posada, cerca de Cangas de Onís. La visité hace años, y comprobé lo grandioso de su legado.

Lo curioso, en todo caso, de su aportación, es esa forma tan directa de plasmar en apuntes rápidos a los tipos, a las gentes de Trillo, y de otros lugares de la Alcarria, mostrando con claridad sus formas de vestir, de peinarse, y de acicalar las mulas en las que transportaban mercancías. Sin duda que sus imágenes, sin ser prodigio artístico, hoy se evidencian utilísimas para tener constancia de la forma de vida de nuestra tierra en tiempos pasados.

Cela y España

La España de CelaNos llega a las manos un nuevo libro de Francisco García Marquina. Esto es ya una buena noticia, por sí misma. Porque la veteranía y pulcritud del escritor madrileño ha ido decantando hacia caminos de perfección y asombro. Lo que suma interés a la noticia es que ese nuevo libro trata de Cela, y aún se alza el mérito, y el interés, al saber que el análisis que en él hace es el de “Cela y España” como un emparejamiento obligado.

Cela en Guadalajara

Todos sabemos, a estas alturas, del gran cariño que el gallego Camilo José Cela tuvo a la tierra (los pueblos, las comarcas, la provincia entera…) de Guadalajara. Lo demostró muchas veces, con sus viajes, sus residencias, sus escritos en prensa, en libros, en conferencias…

Al menos en tres lugares tuvo casa y vivió largas temporadas nuestro autor. Primero en Caspueñas, en el “Molino de las Truchas” en el que su amigo García Marquina le prestó cobijo en épocas difíciles. Segundo en El Clavín, en un chalet que le alquiló un alcarreño amigo mío, y en el que hasta una noche me invitó a cenar, para celebrar el cumpleaños de su por entonces esposa Marina Castaño. Y tercero en la casa / finca de “El Espinar” inserta en el conjunto residencial “El Cañal”, que fue antiguo pueblo reconvertido en finca de los Cienfuegos a finales del siglo XIX.

Se pateó la provincia entera, especialmente la Alcarria, a través de un itinerario que por ya conocido no entro a describir. De ese recorrido, hecho a trechos, y en ocasiones varias, nació luego, en 1948 (hace ahora 70 de su primera edición en formato libro) la obra “Viaje a la Alcarria” que alcanzaría –pasados los años- los 10 millones de ejemplares editados… que ya es decir. Recorrió de nuevo aquellos pueblos, bastante cambiados ya, en 1973, cuando se cumplían los 25 del nacimiento de la obra. Y en ese periplo tuve la fortuna de acompañarle, según he contado en otros lugares.

Aún más tarde, en 1986, volvió a recorrerla, esta vez con el amparo de la parafernalia mediática, en Rolls Roice y con choferesa negra, más algún escarceo en globo y un multitudinario yantar en Caspueñas.

Pero de Guadalajara hubo de marcharse, no por voluntad propia, que bien claro lo dijo, sino por el imperio de la voluntad femenina, la de su mujer entonces, doña Marina, a quien tanto quería, y por quien bebía los vientos de tal modo que le hizo levantar el campamento y marcharse a Madrid, a morirse.

la españa de cela

 

El 27 de julio de 1997, Cela publicó en el diario ABC un artículo (en mi opinión, memorable) donde justificaba su marcha de Guadalajara, y explicaba en dos rotundos párrafos (que no eran nuevos, sino que los había escrito para el prólogo de mi libro “Crónica y Guía de la provincia de Guadalajara”, en su segunda edición de 1988) la razón de su querencia por esta tierra. Así decía:

Andar, un pie tras otro, con sosiego y buena voluntad, la tierra propia y aun la ajena, es un regalo que los clementes dioses hacen al hombre cuando éste se lo pide con la clara voz que presta la humildad a la inteligencia. De mí puedo decir, porque lo experimenté desde muy joven, que hay pocos placeres, tanto del cuerpo como del espíritu, comparables al deleite del camino cuando el día nace y la luz empieza a dibujar las siluetas de los montes y los caseríos, los árboles y el ave en vuelo, la mujer que cruza, el niño que despierta y el mozo que canta a voz en grito para espantar el fantasma del sueño que se resiste a huir. En el camino residen la verdad y la belleza, la calma, el equilibrio y la mesura, porque a las nociones opuestas -la mentira, la fealdad, la prisa y el desmedido propósito- las barre el viento fresco que orea cada mañana la costra del decorado del hombre desde que el mundo es mundo.
Descubrí estas tierras de Guadalajara -la campiñera, la alcarreña, la serrana y la molinesa- hace ya muchos años, antes lo di a entender, hace ya tantos que todavía supe caminarlas a golpe de pinrel, y desde entonces vuelvo a ellas siempre que puedo y sin mayor violencia de la voluntad ni el ánimo porque aquí, por estas trochas y estos acogedores andurriales, encontré siempre amistad y buen deseo, hombres ternes y aplomados y mujeres hermosas y amorosas, nubes que se dejan cruzar por la cigüeña que vuela con parsimonia y por el hombre que va en globo, y un vino deleitoso que tanto baja al cabrito asado por el gaznate como el mal de amores por los entresijos, los laberintos y demás recovecos del corazón.

El nuevo libro de García Marquina

De nuevo nos ofrece García Marquina, el gran estudioso y conocedor de la vida y la obra de Camilo José Cela, unas cuantas reflexiones sobre el escritor gallego, de quien hace dos años, al cumplirse el centenario de su nacimiento, publicó su obra cumbre “Cela, retrato de un Nobel”.

Ahora, y ya en la tranquilidad de las relecturas, de los análisis objetivos, de las valoraciones desenfadadas, Marquina se enfrenta a un pequeño reto, impuesto por sí mismo: buscar la huella de España y los españoles en la obra de Cela. No ha sido difícil, porque toda ella está impregnada de esas premisas. Cela se siente español (antes que gallego) y se siente humano (antes que la crítica lo divinizase, en su día, cuando el Nobel). Hoy Cela está muerto, la españolidad es un plato vacío, y la crítica se ha olvidado casi al completo de él. Pero aún queda un devoto, un estudioso, un analista sin cansancio: Francisco García Marquina se acerca a la hondura de la obra literaria y cultural de C.J.Cela. Y nos dice lo que piensa de ella.

A lo largo de 76 entradas, a modo de breves análisis o artículos, Marquina nos ofrece aspectos claves de la visión que Cela tiene de España, y de su maquinaria literaria, en profundidad. Las entradas iniciales versan sobre temas más conocidos, resúmenes de sus libros de viajes, análisis del “Viaje a la Alcarria”, la visión de Galicia, su sentido del vagabundeo, la sencillez de un libro, y el coleccionista de decires. Las siguientes ahondan en aspectos más puntuales, pero todos desveladores del escribir celiano: costumbres perdidas, su idea de España, la República y la Guerra Civil en su obra, visión de la mujer, de los niños, de los minusválidos, de los prepotentes, de las autoridades y de las gentes marginales. De la tauromaquia también. Y de Picasso…

Esta obra, que es enciclopedica sobre el sentir hispano de Cela, no tiene desperdicio. Al menos la variedad está asegurada, y la cascada de frases, de anécdotas y de posturas está muy bien llevado. Hay un artículo que puede simbolizar perfectamente la intención de este libro de Marquina sobre la literatura celiana. Es el que que aparece en la página 93 y siguientes, “El arte de ver y contar”donde pudiera decirse que se resume la intencion del Nobel español, de hacer una literatura clara y sencilla, directa, utilizando para ello la más compleja carga de la artillería léxica. Ahora lo que importa es leer este nuevo libro de Marquina, un libro de ensayo literario, un libro que trata, fundamentalmente, de España y de sus gentes. Y a través de él comprender mejor el por qué del cariño que Cela tuvo siempre a Guadalajara.

Los datos del libro

García Marquina, Francisco: “La España de Cela”. Aache Ediciones. Colección “Letras Mayúsculas” nº 47. Guadalajara, 2018. Páginas 262. Tamaño 13,5 x 21 cms. ISBN 978-84-17022-55-6. PVP: 15 €.