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Nueva Alcarria

Diario «Nueva Alcarria» de Guadalajara, fundado en 1939. El autor ha escrito un artículo semanal en el número de los viernes, desde 1969.

Bajo las bóvedas de la Colegiata de Pastrana

En una intención divulgadora, cuando los ejes principales del conocimiento de un edificio ya están bien medidos, me aplico hoy a contar a mis lectores los diversos límites que un edificio solemne y antiguo de la Alcarria tiene y ofrece: en la Colegiata de Pastrana están como aglomerados personajes y piezas, solemnidades y costumbres. Debe saberse, por todos, cuánto de grande contiene este edificio, y las razones por las que conviene ir a visitarlo. El monumento de orden religioso más relevante de Pastrana es su iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de la Virgen María, y que se conoce tradicionalmente por la Colegiata, pues durante varios siglos tuvo esa categoría canónica, al ser sede de un Cabildo de clérigos, un collegiumde sacerdotes que fue instituido por el duque don Ruy Gómez de Silva para que de ese modo se tuvieran más solemnes funciones religiosas y, al modo de una catedral de segunda categoría, su villa ducal alcanzara también en lo religioso un alto grado de notabilidad. El grandioso edificio ha sido construido en diversas etapas, recibiendo reformas. En su origen, en el siglo XIV, fue construido como iglesia parroquial de la villa calatrava, a media cuesta en la que asentaba el pueblo frente al edificio sede del Concejo (lo que hoy es remozado Ayuntamiento). Recibió añadidos y detalles, como la portada norte, hoy la principal de entrada, que fue construida en estilo gótico de finales del siglo XV, y finalmente la gran ampliación de las naves y el crucero en la primera mitad del siglo XVII, promovidas por el arzobispo González de Mendoza. Todavía vio nuevas reformas y transformaciones, llegando hasta nosotros como un abigarrado conjunto de estilos, en una estructura total que se hace, al menos a primera vista, difícil de comprender y apreciar. El coro actual, al comedio de la nave central, es la esencia de la primitiva iglesia de transición, conservando hermosos capiteles medievales. Pero el aspecto que hoy vemos procede de la gran reforma y ampliación que en 1625 se inició por mandado del arzobispo de Granada, obispo de Sigüenza y otras grandezas, don Pedro González de Mendoza, hijo de los primeros duques de Pastrana don Ruy Gómez de Silva y doña Ana de Mendoza y de la Cerda, que quiso hacer un gran regalo a su villa natal, encargando el proyecto a fray Alberto de la Madre de Dios, excelente arquitecto carmelitano, a la sazón […]

Nueva guía de los castillos

Siempre de actualidad, los elementos capitales del patrimonio provincial pudieran ser sus castillos, los edificios que dieron nombre a la nación que ocupamos. Y tras varios estudios, libros y conferencias analizándolos, llega ahora una guía muy especial, la poética, de la mano de un escritor emblemático, Juan Pablo Mañueco, que aquí de nuevo nos señala su maestría en la palabra. No hace muchos días que ha aparecido este que puede ser libro revelador y de cabecera. “Una guía poética y alentadora” como dice el subtítulo de la obra, que se enmarca en la Colección de “Tierra de Guadalajara” de la que hace ya el número 107. Un libro que empezó como un ensayo de poemas para cantar ruinas, y ha acabado en una completa guía de los castillos guadalajareños, con fotos, descripciones, formas de llegar a ellos y poemas que los pintan y ensalzan. Intenta clasificarlos por orden alfabético, pero no llega a cumplirse del todo el objetivo, pues hay castillos que llevan dos y hasta tres nombres. El primero es Anguix, y el último se pone como siempre el de Zorita, en el confín de la provincia y del abecedario. Por entremedias, van surgiendo el castillo de Vállaga en Illana (al que dedica Mañueco un largo romance al uso clásico) y la atalaya mimetizada de Inesque, entre Pálmaces de Jadraque y Angón. Algunos suenan raros, y otros son elocuentes y archiconocidos. Así Atienza, Molina de los Caballeros y Sigüenza. No falta el real alcázar de Guadalajara, ni la recuperada fortaleza de Guijosa, a la que se añade el Castilviejo que la vigila y la Cava de Luzón, como viejos castillos celtibéricos. Un libro ameno y sorprendente, un libro que trata de hacer, como todos los libros, amable y cercana la realidad que no vemos porque no nos pilla en el camino de la oficina o el taller, y aún más lejos del camino a la discoteca o el instituto. Ahí están los templos de valor recuperados, como el castillo de Cifuentes, que se restaura estos días, y los sufridos alcázares que han derribado, en nuestros días, la mala intención aliada con el pasotismo oficial, como el castillo calatravo del Cuadrón, en Auñón. Para todos ellos desgrana Mañueco su meditada oración versificada. La mayoría son sonetos, aunque se escapan romances, alguna otra estrofa mayor, y estrambotes de propina. De entre todos destacan, a mi gusto, tres, que lo son en […]

Juan Bautista Maino, gloria de la Alcarria

No hace muchas semanas que a instancias del Colegio de Médicos de Guadalajara preparé una conferencia que, con motivo del bicentenario del Museo Nacional del Prado, trataba de recordar las relaciones que con esa pinacoteca tiene la tierra de Guadalajara: por autores, o por obras. Parece ser que gustó y yo, -es lo que importa- disfruté preparándola, dándola y aprendiendo algunas cosas nuevas. De entre ellas, el recuerdo de un gran artista alcarreño que hoy evoco, Juan Bautista Maino. Nació Maíno en Pastrana, en 1581. Eran sus padres Juan Bautista Maíno, milanés, de Pavía, y Ana de Figueredo, portuguesa, de Lisboa. Su padre llegó a la villa alcarreña atraído por las ventajas y encargos que por entonces hacía el duque don Ruy Gómez de Silva, quien necesitaba no solo artistas, sino también mercaderes que supieran distribuir los productos de sus recién instaladas fábricas de sedas, de tapices y de pasamanerías, formando con ellos una especie de “corte comercial” que dio mayor lustre aún a la cortesanía aristocrático que se estaba formando en el entorno de su gran palacio ducal. Juan Bautista, aún muy joven, fue enviado por su padre a Italia, y allí, rodeado de familiares y amigos, pudo formarse en lo que le gustaba: la pintura. Se educó en las escuelas de Anibal Carracci y Guido Reni, adquiriendo pronto toda la técnica de los clásicos, y consiguiendo una personalidad muy concreta dentro del llamado caravaggismo luminosoque a principios del siglo XVII tuvo cierto auge. De Caravaggio tiene, indudablemente, muchas influencias, y también de El Greco. La huella del caravaggismo es incuestionable en su pintura, si bien Maíno se decantó por un naturalismo de sombras atemperadas, luces claras y transparentes e intenso cromatismo en la senda de Orazio Gentileschi y Carlo Saraceni. Fue luego, vuelto a España, hombre de la Corte: profesor del príncipe Felipe, cuando alcanzó el trono con el nombre de Felipe IV, recibiendo toda la confianza real. En ese ambiente se movió, aunque en 1613 tomó el hábito de la Orden de los Dominicos en el convento de San Pedro Mártir de Toledo. Una súbita conversión, llevada quizás por la admiración que la vida de esos hombres virtuosos le propuso, pues el año anterior había pintado, de encargo, el gran retablo de la iglesia de ese convento, añadiendo luego otra buena porción de pinturas al fresco en el mismo. De la obra conocida y conservada del pastranero […]

La voz de Juan Guas

Me llega a las manos, con una cordial dedicatoria del autor, este libro que es capital para el conocimiento del patrimonio monumental de Castilla, nuestra tierra. Una obra concienzuda, amplia, muy trabajada. Una obra muy bien ilustrada (porque todo lo que se refiere al arte debe serlo) y muy bien editada, por maestros del tema. En definitiva, un bello libro que promete ser útil. Todo el que conoce Guadalajara, y sabe algo -aunque sea por encima, someramente- del palacio de los duques del Infantado, que es la bandera de su patrimonio monumental, tendrá oído algo acerca de su autor, o autores, que son pregonados en letras góticas sobre la cenefa tallada en piedra que recorre la arquería inferior del Patio de los Leones. Uno de ellos es el arquitecto, Juan Guas. Y el otro el tallista de las esculturas y detalles, Egas Cueman. Ambos europeos, pero asimilados a la cultura castellana desde muy jóvenes en que llegaron a Castilla. Juan Guas es el gran arquitecto del reinado de los Reyes Católicos. El autor de obras tan estupendas como el castillo de los Mendoza en Manzanares el Real; del palacio de los duques de Alba en su territorio patrimonial, Alba de Tormes; de la hospedería real de Guadalupe, del claustro catedralicio de Segovia, del gran monasterio franciscano de San Juan de los Reyes, en Toledo, y, por supuesto, del palacio del Infantado en Guadalajara… En esta obra que me llega, el arquitecto Javier Solano Rodríguez, -quien tantas pruebas ha dado, especialmente de la mano de Nueva Alcarria, de sus saberes en torno a Guadalajara- hace un estudio novedoso, completo y definitivo sobre este artista hispano. De Juan Guas analiza todo: la vida (que es breve, oscura y con poca documentación) y sobre todo la obra, en la que lucen las galas del gótico isabelino y que por sí misma crea un estilo con identidades propias, muy bien definidas, cargadas de esos “invariantes castizos” que a Chueca Goitia le gustaba tanto exhibir como prueba de la singularidad del arte español ante el resto de Europa. Alguien dijo de Juan Guas que, aunque bretón en su origen, construía edificios “ad modum Yspaniae”. Todo lo que hace, diseña, dirige, formula y levanta en España tiene un sello inconfundible. Todo forma parte de su completo muestrario. Y todo eso es lo que estudia y nos enseña Javier Solano en este libro singular, titulado “Juan Guas, […]

Auñón, puentes y fuentes

En estos días me ha llegado una publicación que perfila nítidamente la ruralía de la Alcarria, los entresijos de un pueblo, sus coordenadas antiguas. Se trata de Auñón, y el autor, que es el conocido profesor del Amo Delgado, aplica el mejor método que se ha inventado para describir un territorio: se lo patea de arriba abajo, apuntando cuanto ve. Una de las perspectivas más claras que he tenido siempre para conocer los pueblos, y sus territorios en torno, ha sido la hechura de sus toponimias: saber los nombres de sus cerros, de sus bosques, de sus arroyos; conocer las denominaciones que los naturales dan a sus caminos, a los “más allá” de sus recorreres, a las navas y los ejidos. Porque a través de ellos se llega a lugares encantadores, a perspectivas grandiosas, a limpias imágenes. Y ello se hace a través de sus caminos anchos, de sus estrechas sendas, de sus carrias viejas, pasando sobre los puentes, parando en las fuentes, y anotando sus nombres que siempre son sonoros, explicativos, muy de adentro. Caminos, puentes y fuentes de Auñón Acaba de entregarnos su libro don Alberto del Amo Delgado. Es un alcarreño veterano y sabio, al que muchos conoceréis porque ha sido profesor de numerosas generaciones. Ha dado clases en los institutos, y ha charlado con todos, sobre lo humano y lo divino. Él es de Auñón, y no reniega de su pueblo: le quiere y le pregona. Ya en ocasión anterior escribió un buen libro sobre El Madroñal de Auñón, y luego con los años del retiro ha querido dejarnos escrito, e impreso, su saber de nombres y su evocación de sitios. Tras un ameno y sabio prólogo de D. Ignacio Centenera, la parte más contundente de esta obra la constituye el estudio y análisis minucioso de los caminos que desde Auñón iban a las mil esquinas de su término y a los colindantes. Esas esquinas que quedan perennemente, como talladas en mármol, reflejadas en las páginas 30 a 34 de su libro, y en las que cientos de apelativos entrañables se salvan del olvido. Allí está “el Palacio”, “la Raya”, “el Quadrón” y “la fuente de Valdegavilanes”. Allí están los recodos, las alturas y los navazos. La tierra que conoció el autor cuando (como nos dice en el preámbulo) pasaba los veranos de descansos de sus estudios en el pueblo de sus padres, labradores en él, […]