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Nueva Alcarria

Diario «Nueva Alcarria» de Guadalajara, fundado en 1939. El autor ha escrito un artículo semanal en el número de los viernes, desde 1969.

La iglesia de San Gil, en Molina

Molina de Aragón, ciudad de rancia tradición, “heroica en grado sumo”, y sumida en la supervivencia, tiene elementos que la anclan en un pasado interesante y destacable en el conjunto de España. Lo consigue por su historia y por su patrimonio. Y de sus viejos edificios algunos destacan especialmente, como este templo dedicado a San Gil, que hoy hace de parroquia única del burgo. Santa María la Mayor de San Gil fue construida, allá por los siglos XII o XIII, como uno de los primeros templos del recién creado Señorío. Por ser una ciudad pujante y en continuo crecimiento, la de San Gil sería de inicio una sencilla construcción románica, una iglesia de barriada. Asentada en terreno blando y movedizo, su torre, airosa y altísima, fue cediendo en verticalidad y llegó a quedar tan notablemente torcida que, durante años, décadas, gozó de fama y nombradía por España; tanta que, cuando Fernando el Católico, aún joven, pasó de Aragón a Cas­tilla, en Molina no se perdió la visita a la torre inclinada de San Gil, que debía competir con la de Pisa en inestables equilibrios. El cronista Núñez dice de ella que parecía «tenerse en el ayre y ponía temor verse qualquiera debajo della». El Católico Fernando, ante el estu­por y curiosidad de los molineses, cumplió el rito obligado de cuantos visi­tantes se acercaban a San Gil, y, poniendo las puntas de los pies y la tripa pegada a la misma torre, no se podía tener si no le ayudaban, «y assí llevó que contar de esta torre, como cosa que parecía maravillosa». El caso fue que, andando los años, el resto de la iglesia vino al suelo y solo la torre torcida se mantuvo. Hacia 1524 se comenzó a levantar de nuevo la iglesia, ya en un estilo de decadente y fácil gótico, con un mucho de ramplón manierista. Gruesos muros y la capilla mayor estaban ya levantados a mitad del siglo XVI. Y la historia de la torre siguió: a princi­pios del siglo XVII vino un maestro de obras, llamado Juan Fernández, aureolado de fama por haber levantado, y con buen arte y valentía, la ca­pilla de los Garcés de Marcilla en el convento de San Francisco. Dijo que él se comprometía a levantar una hermosa torre que hiciera olvidar la fama de la anterior. La empezó, pero a poco murió. Y añade el cronista que a su muerte […]

Lecturas de Patrimonio: los viejos monasterios y sus anécdotas

La importancia que cobran los monasterios, especialmente en los tiempos medievales y modernos, se debe a la promoción de los supuestos milagros que se obran entre sus muros y a las peregrinaciones multitudinarias que desde remotas latitudes se encaminan hacia ellos. Veremos aquí algunos de esos milagros y las más famosas de sus peregrinaciones. Milagros en los monasterios El milagro aparece en una sociedad en que no hay razón científica para explicar los males y los bienes que acuden sobre el interés personal de cada individuo. La razón de la enfermedad era el castigo divino, como sentencia respecto a malas acciones. Y la curación solo se obtenía por el milagro, también por decisión divina. Cuestiones son estas propias de la sociedad teocéntrica. Algunas cuestiones, la mayoría coincidentes con antiguas creencias y ritos sanatorios de origen pagano, hicieron que ciertos monasterios medievales de Guadalajara se convirtieran en auténticos centros taumatúrgicos, a los que en tiempos pretéritos acudían miles de enfermos, necesitados y peregrinos en busca de soluciones a sus problemas. De algunos de estos lugares, y de los milagros que se operaban en ellos, se conservan relaciones pormenorizadas y curiosísimas. De otros, solo la tradición, o dispersas notas que nos permiten sospechar que también fueron centros milagrosos. Veamos algunos. Monsalud. Fue sin duda el lugar taumatúrgico más importante de la Alcarria, durante largos siglos. Decía el padre Cartes que aquí señaladamente hace Nuestra Señora muchos milagros en los hombres y mugeres que están poseydos de los demonios, los quales en entrando en el término deste Santo Monesterio, suelen hazer grandes extremos como quien no puede sufrir verse en tierra de la Madre de Dios. Varios mecanismos ó rituales conllevaban la sanación milagrosa en Monsalud: el voto previo de peregrinación, y la estancia allí durante nueve días; la advocación Señora de Monsalud, valedme; y el más usado que era la salutación previa del padre sacristán, la unción del enfermo con el aceite de las lámparas del templo, y la ingestión del pan bendito. Era fama que la Virgen de Monsalud se mostraba poderosísima contra la rabia, melancolías de corazón y mal de ojo, haciendo sus efectos sobre los seres humanos y los más variados animales. Sopetrán. En la Fuente Santa, una ermita junto al monasterio, que hoy se conserva íntegra con un gran ventanal gótico, tenía lugar la sanación de los quebrados (hernias abdominales) especialmente infantiles. La inmersión brusca del enfermo en […]

Castilla, una historia que regresa

En estos días aparece un libro que va a dar mucho qué hablar (siempre que alguien se lo lea antes, claro está). Es una historia de Castilla, que nace con idea de ser breve y clara, de llegar a todos, y que al final expone circunstancias ancladas en el hoy más cercano, y en la actualidad más rabiosa. Es la obra mayor de Juan Pablo Mañueco. Un escritor que comparte territorio con nosotros, que vive y anda por Guadalajara, y nada de lo que en ella pasa le es ajeno. Alguna vez he comentado obras suyas, poéticas sobre todo, teatrales, también novelas (de tema histórico, literario, legendario) e incluso hace un par de años apareció por estas páginas con motivo de haber batido uno, o varios, récords, pues en solo el año 2017 llegó a publicar 20 obras diferentes, 20 títulos. Ahora Mañueco aborda el tema de la historia de Castilla. La nación en que vivimos, la que ha dado vida y engendrado caminos de muchas otras. Y es una obra concienzuda, meticulosa, que añade el valor de ser “breve”, o sea, de ir al grano, sin perderse en lamentos ni en valoraciones. Porque de lo que se trata es de demostrar, con datos y cifras que Castilla es una sola, (“Castilla entera, y con León comunera” como cantábamos algunos, bastantes, hace unas décadas) y no esta amalgama de regiones, parlamentos, juntas, consejeros y banderolas a las que los intereses de las comunidades periféricas nos han condenado. Una historia de dos mil años Quizás sea un poco exagerado, pero Mañueco habla de la Castilla de los iberos, de los celtíberos, de los visigodos y de los bárdulos. De la población aborigen de esta tierra que hoy pisamos, moldeada por la cultura romana, reformada por el ancestralismo europeo, y en fin alzada y argumentada en plena Edad Media como una nación regida de Reyes e Instituciones propias. Con más de mil años de historia documental, de símbolos y de canciones que no hay que inventarse ahora, deprisa y corriendo. Los castellanos, los que hemos leído (y ahora este libro de Mañueco nos da la posibilidad de releer, o de descubrir lo que ignorábamos) y los que hemos andado sus caminos, mirado sus altos castillos, presenciado sus viejas tradiciones arrieriles, deberíamos conocer mejor nuestra historia. Agudizado el problema desde que la actual Constitución Española de 1978 ha creado un “Estado de las […]

Memoria del pan en Guadalajara

Siempre de moda, por alimento esencial y de todos bien considerado, el pan tiene sus páginas propias en los abiertos libros del costumbrismo y las tradiciones. Por los pueblos de Guadalajara se sabe de panes, y estos se usan como elementos esenciales en sus fiestas y ritos. Aquí recuerdo algunos.  El pan ha sido uno de los elementos claves en el concepto naturaleza a respetar, como esencia de la alimentación, y por tanto de la vida. Connotaciones religiosas se le han añadido, a lo largo de los siglos, y en muy diversas civilizaciones. Todos recordamos aún cómo en casa, cuando se caía un trozo de pan al suelo, se le daba un beso, al recogerlo. En el Nuevo Testamento, quizás uno de los milagros más conocidos de Jesús es la “multiplicación de los panes” y de los peces. –Señor, ¿cómo vamos a alimentar a toda esta multitud que nos sigue, si solo contamos con cinco pedazos de pan y dos pescados? Y Jesucristo alzó la mano, bendijo lo que había y ordenó a sus discípulos que empezaran a repartir…. Se saciaron cinco mil personas que allí había. “Yo soy el Pan de la vida”, dijo en varias ocasiones según relatan los cuatro evangelistas. Viene este preámbulo a cuento de una revista que (una sola vez al año, y ya es bastante) aparece los veranos en Labros. Se titula como el pueblo, y la creó Andrés Berlanga, la continuó su mujer Enriqueta Antolín, y ahora la continúa otro labreño de bien, Mariano Marco Yagüe, quien en el número de este año nos deja un sabroso recopilatorio de asuntos panificables bajo el título de “El pan bendito”. Como médico siempre he creído que somos lo que comemos, y que el truco final de una larga y saneada vida es comer lo adecuado, lo beneficioso, en cantidades razonables, evitando lo dañino, lo tóxico… en todo momento. Y que el pan es uno de esos elementos que son fundamentales, porque lo han sido siempre, manifestándose como esencia de la alimentación humana. De ahí las similitudes religiosas entre el pan que se come, y el alimento del espíritu. Nos recuerda Marco que en la vida tradicional de nuestros pueblos, y durante siglos, el pan estaba presente en los ritos claves de nuestra existencia: el día del bautismo era una ofrenda que se hacía en la iglesia, y que solía hacer la madre de la criatura […]

Grado del Pico, románico en la Sierra de Pela

Viajamos por la Sierra de Pela, desprovista de vegetación pero ahora ocupada por docenas de grandes molinos aerogeneradores. Tras visitar los templos románicos de Albendiego, Campisábalos y Villacadima (tres joyas del románico guadalajareño) nos adentramos en la provincia de Segovia. Bajamos la Sierra, hacia Ayllón, y el primer pueblo que encontramos es Grado del Pico, apenas a media legua de Villacadima. Allí vemos un magnífico ejemplar de arquitectura románica. Evidentemente, el grado de similitud y parentesco estructural y decorativo con los templos de nuestra provincia es muy notable. En una época en que los cambios de gusto, de costumbres y actividades variaban no de generación en generación, sino de siglo en siglo, el hecho de que los templos construidos en el entorno de la Sierra de Pela, que es el “parteaguas” de la Penísula Ibérica, sean muy parecidos no debe de sorprendernos. Son de la misma época, pleno siglo XIII, y salidos de las mismas manos. Grado del Pico pertenece, en la provincia de Segovia, al partido de Riaza. Se encuentra a unos 1.200 metros de altitud, y el pueblo se rodea de amables arboledas, en una especie de amplia nave rodeada, al norte, por el Pico de Grado, el más alto de la Sierra Pela, y al sur y este por las lomas que le separan de Campisábalos, Villacadima y el alto valle del río Sorbe. En 1136 aparece este pueblo citado como Aguisejo. Y ya en 1149, en un documento de Alfonso VII, se le menciona con el nombre de Grado. En una relación de parroquias de la diócesis de Sigüenza, a la que pertenecía en 1353, se dice que estaba adscrita al arciprestazgo de Ayllón, y de la iglesia, desde siempre dedicada a San Pedro, se dice que tenía un curato y dos beneficios. Se sube una cuesta leve, desde la plaza, para llegar al templo, que remata el pueblo por lo alto, traspasado de todos los vientos. Los viajeros se llevan una gratísima sorpresa al verla, iluminada por el sol caduco del atardecer, que arranca de esta piedra a medias segoviana y soriana, unos tonos de radical rojez. Parece cargada de sangre, viva, sonora. Es un templo de estilo románico, construido en el siglo XIII, aunque fue posteriormente ampliado en el XVI. Su muro meridional es el que nos atrae porque está abierto y muestra sus arcos y entradas. El muro de poniente, cerrado, es base […]