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Nueva Alcarria

Diario “Nueva Alcarria” de Guadalajara, fundado en 1939. El autor ha escrito un artículo semanal en el número de los viernes, desde 1969.

Monstruos y leyendas en el románico de Sauca

Aunque pueda parecer que estos temas importan a pocos, me consta que hay quien busca en sus salidas por la provincia los testigos mudos y tallados de época pretéritas, las expresiones temerosas y asombradas de mundos por venir. En el arte románico de Guadalajara hay decenas de detalles iconográficos que nos sorprenden y estimulan a saber más de ellos, a reflexionar, indagar y suponer. Hoy llegamos al soportal de Sauca, a mirar sus elementales historias talladas en la piedra. La iglesia románica de Sauca La pequeña villa de Sauca, que se encuentra alzada en la paramera de la serranía del Ducado, perteneció desde la reconquista a la Tierra y Común de Medinaceli, y siglos adelante quedó incluido en los estados extensísimos del ducado de Medinaceli, tenido por la familia de los La Cerda, en la que se mantuvo hasta el siglo XIX. De su patrimonio destaca la iglesia parroquial, obra arqui­tectónica del estilo románico rural, levantada en el siglo XII en sus finales o principios del XIII, poco después de la definitiva repobla­ción de la zona. Consta de un edificio con gran espadaña sobre el muro de poniente, con un par de grandes vanos para las campanas, y un remate de airoso campanil, todo en rojizo sillar construido. El alero del templo está sostenido por múlti­ples canecillos y modillones tallados. El interior, de una sola nave, modificado en siglos posteriores, no ofrece tampoco nada de interés, excepto la primitiva pila bautismal, también románica del siglo XII. Lo más destacable de esta iglesia es su gran atrio porticado, que se abre en los muros del sur y del poniente del templo. El principal acceso lo tiene al sur, a través de un arco en la galería que da acceso al amplio espacio donde, en la Edad Media, se celebrarían las reuniones del Concejo. A cada lado de este arco de ingreso se abren cinco vanos cobijados por arcos ado­velados semicirculares, que apoyan en columnillas pareadas rematadas en bellos capiteles bien tallados. El cimacio de los capiteles se continúa sobre el muro esquinero del atrio, a modo de imposta, para enlazar con la arcada del ala de poniente, en la que se abren un total de seis vanos, uno de ellos más alto, que servía de ingreso, y los otros sustentados en columnillas también pareadas y capiteles. Aparte del valor arquitectónico que posee este templo, son de destacar al visitante y aficionado […]

Apolo en la catedral de Sigüenza

En estos días ha aparecido un libro, que firmo, sobre la catedral de Sigüenza. Con la clásica decripción de su historia y sus formas, de sus perfiles y detalles internos. Y con el aporte de nuevas visiones, detalles inéditos y curiosidades que surgen al contemplar en detalle sus muros y capillas. Uno de esos detalles, hasta ahora no tratado en libro alguno, es la presencia del dios Apolo en su coro catedralicio. Que aquí desmenuzo. En el altar de Santa Librada, en la parte alta de la pintura principal que muestra a la santa patrona seguntina sobre un trono cuatrocentista, aparece un friso que pintó Juan de Soreda en los primeros años del siglo XVI en el que se ven nítidas y espectaculares cuatro escenas de los Trabajos de Hércules (con los toros de Gerión, con el León de Nemea, etc.) y que han sido interpretadas como símbolos de la fortaleza y la virtud pagana protegiendo y apoyando a la cristiana. En la sacristía de las cabezas, obra cumbre de Alonso de Covarrubias, en la misma catedral, las enjutas de los grandes arcos están ocupadas por medallones en los que aparecen talladas las Sibilas, profetisas paganas que hablaban a griegos y romanos, del porvenir. Estos y otros datos nos permiten comprender que no es extraño que en los templos cristianos, especialmente en los surgidos a raiz de la eclosión del humanismo renacentista, aparezcan figuras paganas que apoyan con la fuerza de su leyenda el sentido cristiano que se quiere dar a algún elemento, altar, o espacio. Esto es algo que surgió en Italia y luego en toda Europa, en el contexto de la corriente filosófica y de pensamiento conocida como neoplatonismo, y que inició Marsilio Ficino en las escuelas del humanismo florentino. Hasta ahora, nadie había mencionado el hecho de que en el eje mismo del coro catedralicio seguntino, en el mueble delantero de la silla episcopal o prioral que sirve para que el obispo, o el deán del cabildo, se siente y apoye sus libros de oraciones, figura tallada una figura que es de estirpe pagana. Con el aire de la talla que el maestro Pierres imprimía a sus obras, y de las que vemos estupendas piezas en la sacristía (contraventanas con los cuatro evangelistas, muebles de ropas con virtudes talladas) aparece en este sitial el busto de un joven desnudo, de alborotada pelambre, y que tras su hombro […]

Cela vuelve a subir la calle mayor

Seguimos en las celebraciones del Centenario de Cela. La poderosa voz del autor gallego, que se plasmó, hace más de 70 años, en un libro universal y aplaudido, el “Viaje a la Alcarria”, sigue viva. La Diputación continúa organizando actos, recitales y performances para mantener vivo ese recuerdo, y aprovechar como se debe el tirón turístico de esta proeza literaria. Yo ahora quiero acompañar –también literariamente- a aquel Camilo José Cela joven, con sus treinta años en las piernas ágiles y en su espalda poderosa, mientras subía la calle mayor de Guadalajara, mientras hacía su recorrido, a pie y feliz, en la mañana luminosa de junio, desde la estación del tren hasta enfilar la cuesta de la calle Zaragoza. Es un ejercicio personal, pero también quiere ser una oferta de “ruta turística”, de bienandada y jolgoriosa caminata, cuesta arriba siempre, por una Guadalajara ya muy distinta pero, en esencia, retatrada por el Nobel. El “Viaje a la Alcarria” es uno de los más conocidos libros de viajes de la historia de la literatura. Y pasa por Guadalajara, iniciando en ella un recorrido por toda la Alcarria, que llevó a su autor a sentarse en la Real Academia primero y luego a recoger en Suecia el Premio Nobel de Literatura. De su paso por la ciudad de Guadalajara, en aquel viaje literario y vívido, han quedado algunos recuerdos que el viajero de hoy puede intentar rememorar, seguir, y admirar.
De paso, verá la ciudad del Henares con ojos diferentes y perspectivas nuevas. Empezamos el recorrido por donde lo empezó el autor gallego. Por la Estación del Ferrocarril.   a – Estación de FF.CC. Un lugar que se extiende por la campiña, a la derecha del río Henares, centrando lo que es hoy un populoso barrio. Es un edificio construido a mediados del siglo XIX, que ha sufrido numerosas reformas, aunque en esencia se conserva como al inicio. Aquí llegó Camilo una mañana de junio de 1946, después de un “cómodo” viaje de noventa minutos en un vagón de tercera con los asientos de madera. Nada recuerda en esa Estación aquel momento, y nadie tampoco lo evoca, en las prisas de cada momento por llegar al tren, por subir a casa…   b – La cuesta del Hospital. Cela subió andando, pasó por el puente árabe, desde cuyas barandillas aún se veían en el fondo de las aguas las grandes losas de piedra […]

Memoria de los Trujillo en Miedes de Atienza

Hace pocas fechas, y acabando por aquellas tierras el “Camino de la Lana” que cruza la provincia, pudimos admirar en la plaza mayor de Miedes un par de casonas o antiguos palacios que fueron de los Trujillo. Sus escudos perfectamente tallados, sus leyendas, los nombres en ellos inscritos me hicieron ponerme a buscar el origen y vidas de sus poseedores. Esto es lo que he encontrado. En la plaza mayor de Miedes de Atienza hay dos caserones que ostentan en su frente los escudos de personajes de la familia Trujillo. El origen de la saga está en un individuo que desde su faceta de eclesiástico, llegó a ser nombrado Obispo de la diócesis de León, que regentó durante catorce años (de 1578 a 1592). Rebuscando en la bibliografía, encuentro lo más sustancioso de su vida en la “España Sagrada” del padre Flórez, y exactamente en su volumen 36 (escrito por Manuel Risco) dedicado al “Theatro geográphico-histórico de la Iglesia de León”. Allí se dice que este personaje había nacido donde la familia tenía su feudo y posesiones, en la localidad (hoy soriana, pero entonces perteneciente a la diócesis de Sigüenza) de Cañicera. Abandonado totalmente, hasta su iglesia sin techumbre está en el suelo. Un signo más de esa despoblación cruel que atenaza a la Hispania interior. Él venía de la familia de los Trujillo. De la que dice que “tuvieron mucho ganado del Extremo: mantuvieron casa muy honrada, e mucho gasto con criados e paniaguados, e muchos deudos e amigos que concurrían a su casa, como a tronco de los Trugillos, y casa de rico”. Le dedicaron a los estudios, y así nos dice él mismo en sus memorias que “sus padres se inclinaron a ponerle al estudio, porque de niño salía flaquillo. Y pusiéronme de pequeño el hábito de San Francisco”. Fue a estudiar a Ayllón, y luego a la Universidad de Alcalá, al colegio de San Ildefonso, donde “oyó” Gramática. Tuvo dos primas monjas en Sigüenza, y algún otro pariente eclesiástico. Pero la subida y progreso se lo debió a sí mismo, alcanzando en 1578 el título de Obispo de León, donde realizó tres concilios, elaborando él mismo las conclusiones. Y publicándolas en un libro titulado “Constituciones del obispado de León, hechas por Don Francisco Trugillo corresponde en los signodos de los años de 1580, 1582 y 1583 y otros años”. Con licencia. En Alcalá de Henares en […]

350 años son los que llevan los Tapices en Pastrana

Fue el año 1667 cuando arribaron a Pastrana, y para siempre quedaron, los seis grandes tapices flamencos que hoy son orgullo de la población, y admiración generalizada de cuantos la visitan. Justo es que en Pastrana se conmemore esta fecha, y se trate de dar aún más visibilidad y fama a esta maravilla del arte que su iglesia colegiata atesora y muestra. Noticia de unos viajes Sin entrar en los detalles de la historia de estos paños o “tapices de Pastrana”, sí que puedo decir que estuvieron, tras su fabricación en Flandes, al menos en dos sitios, unánimemente conocidos y aplaudidos. El primer lugar fue el palacio de los duques del Infantado, en Guadalajara, y el segundo, y definitivo, esta iglesia Colegiata de Pastrana donde hoy los admiramos. La llegada a Guadalajara sigue sin estar aclarada, aunque existen un par de teorías acerca de ella. La segunda, está incluso documentada: el paso de Guadalajara a Pastrana ocurrió con motivo de la boda efectuada entre la octava duquesa del Infantado, doña Catalina Gómez de Sandoval y Mendoza, y el cuarto duque de Pastrana don Rodrigo de Silva y Mendoza, verificado en 1630. Años adelante, y por las peticiones recibidas del cabildo de clérigos de la iglesia colegial, de la que eran patrones, además de por el poco aprecio que ya desde hacía años venían manifestando estos señores por sus tapicerías más señaladas, el duque de Pastrana decidió entregar a dicha iglesia los seis tapices en que se contenía la batalla de Tánger, como entonces le decían, para que se colgaran de los muros del templo, y para que allí se dejaran a “su” disposición, sin que quedara muy clara de quien era esa disposición: si de los duques de Pastrana, o de la iglesia colegial de dicha villa. El caso es que desde 1667 permanecieron estos paños custodiados en el templo mayor pastranero, variando de localización a lo largo de los años, saliendo a las calles del pueblo con motivo de la fiesta del Corpus Christi o de otras celebraciones públicas, e incluso llevándolos a otros templos españoles con motivo de grandes fiestas religiosas. Antes habían salido, en época de la República, para ser restaurados en Madrid, quedando en el Museo del Prado, yendo luego a Ginebra y volviendo a Valencia (trasiegos de la Guerra Civil…) y en un tris estuvo la cosa de que se quedaran para siempre en los […]