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Llega la voz de los pueblos serranos abandonados

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El pasado jueves 24 de junio salió a la luz un gran libro, que ha sido coordinado desde la Asociación Serranía de Guadalajara, y que escrito por más de veinte conocedores de la realidad (y del pasado) de los pueblos abandonados, expropiados y abandonados de nuestro más alto horizonte, nos da las claves para saber los procesos de ese abandono y decadencia.

Tiene este tema del abandono de los pueblos, y la constitución/inauguración de un término como es el de “La España vaciada” un largo recorrido. Hace muchos años (exactamente 45 años) que un buen amigo y profesor universitario de Geografía, Julián Alonso Fernández publicó gracias a Ibercaja su gran Tesis Doctoral sobre “Guadalajara: Sierras, Páramos y Campiñas (Estudio geográfico)” y ya entonces vaticinaba que el Señorío de Molina, que en 1976 tenía 10.000 habitantes, quedaría vacío en un periodo de 40 años. Desértico. Se equivocó, pero no marró mucho, porque desde entonces el crecimiento demográfico de esa comarca, y en general de las comarcas analizadas, ha sido CERO, o sea, nos hemos estancado totalmente, y solo la inmigración, entonces no prevista, ha sido capaz de contener la sangría.

Aunque desde diversas perspectivas, la mayor parte lúdicas, se esté tratando de dar voz y presencia a estas tierras que recorren la ancha banda norte de nuestra provincia, pero se hacía necesario contar con una especie de gran catálogo, de una pequeña enciclopedia que reuniera el avatar de todos estos lugares que han ido declinando y muriendo.

Esto es lo que ha perseguido este libro, que ha requerido la coordinación –difícil y ponderada– de un equipo de directivos de la Asociación “Serranía”, al tratar de conjugar saberes, recuerdos, testimonios y evidencias de este declive. La Diputación Provincial, asumiendo el papel que le corresponde de luchar contra la despoblación, y, en este caso, documentar y divulgar el proceso hasta ahora vivido, es la entidad que ha corrido con el patrocinio de la edición, magníficamente presentada en un gran volumen cuajado de imágenes y noticias.

Noticia del libro

Uno de los ansiados proyectos que la Asociación [Cultural] “Serranía de Guadalajara” ha tenido desde su fundación, era el de recoger en amplio estudio la historia y avatares de todos esos pueblos serranos que en los últimos 50 años han ido sucumbiendo al abandono. Así lo titulan los organizadores: “Serranía de Guadalajara: despoblados, expropiados, abandonados”. Coordinado por el doctor José María Alonso Gordo, y contando con la participación de dos docenas más de personas, se ha conformado este gran estudio que ahora se ha presentado.

A lo largo de más de 400 páginas, densas de información, noticias, declaraciones, memorias y fotografías/planos/documentos, se manifiesta el proceso incontenible del derrumbamiento de una comarca guadalajareña. Concretamente la de su Sierra, especialmente la que ha sido calificada administrativamente como “Sierra Norte” porque en su territorio se ha establecido el Parque Natural que preserva la Naturaleza y sus recursos, pero que a cambio ha supuesto la despoblación de sus antiguos núcleos de población.

Lleva el libro un prólogo del profesor José Antonio Ranz Yubero, analista de los despoblados provinciales, y un epílogo del escritor y ensayista Francisco García Marquina, quien vivió desde sus comienzos este proceso del abandono rural. El cuerpo de la obra se constituye con el análisis de los siguientes pueblos, unos de ellos borrados ya del mapa (por inundación de embalses, o por destrucción sistemática en pruebas armamentísticas) y otros de ellos simplemente abandonados de sus habitantes, que marcharon a capitales y pueblos grandes mejor atendidos. Todo ello supuso el fenómeno doloroso de la despoblación serrana. Estos pueblos analizados son: Alcorlo, El Atance, Bujalcayado, Las Cabezadas, Fraguas, La Iruela, Jócar, Matallana, Matas, Querencia, Robredarcas, Romerosa, Sacedoncillo, Santotís, Tobes, Umbralejo, El Vado, La Vereda, la Vihuela y Villacadima. 

El libro se compone de los estudios de cada uno de ellos (con una media de 20 páginas por pueblo), muchas fotos, un apéndice final con los paneles de la exposición que en su día organizó la Asociación en el Día de la Sierra de 2019, y añade un DVD en el que se muestra, en película de media hora, lo que queda de estos lugares remotos.

Los autores, que han espigado noticias de mil partes, son conocidos y expertos en estos temas. Desde el presidente de la Asociación, Octavio Mínguez, al vicepresidente y coordinador José María Alonso, pasando por periodistas expertos en la materia, como Julio Martínez y Ángel de Juan-García, Raquel Gamo y Raúl Conde, Francisco Martín Macías, Francisco Lozano Gamo y Pedro Vacas, contando con la presencia de los especialistas en pueblos abandonados españoles a través de sus blogs Faustino Calderón y Abraham Prieto, así como escritores del peso de Pedro Aguilar, José Antonio Alonso, Amparo Donderis, o historiadores como Tomás Gismera, Francisco Jurado y yo mismo. Agustín Esteban, que es presidente de la Asociación de Hijos y Amigos de Alcorlo, realiza un exhaustivo recorrido por el devenir fatal de este gran pueblo anegado por las aguas. Y es el presidente de la Excmª Diputación, José Luis Vega Pérez, quien realiza la presentación y ofrenda de esta tarea colectiva.

Viaje al confín: Torrecilla del Ducado

Torrecilla del Ducado

Salí ayer a viajar por la provincia, por ver qué me encontraba, algo nuevo, algo sorprendente, en un mundo en que ya pocas cosas sorprenden. Había quedado con mi amigo José María Alonso Noguerales, que vive en Valdepinillos, y es un buen hombre, en el sentido más hondo de la palabra, un hombre de campo, que sabe de plantas, de ovejas, de hongos, de nubes… que vivió exiliado 42 años en Madrid, trabajando de taxista, y acabó volviendo, ya jubilado, a la Sierra, a su tierra de Ujados, de Hijes, de Somolinos, a sus bosques del Campanario, a sus aguas del Sorbe. Siempre que puedo, me refugio en su saber antiguo, en su bondad innata, en sus historias que no suenan.

Ayer quedamos en Ujados, a la entrada, para recorrer el término y visitar algunas de las grandes cuevas eremíticas que se conservan en los alrededores, al sur de la sierra Pela. Fuimos en el coche hasta donde lo permitían las hierbas que invaden -es mediado junio de un invierno de nieves– todos los caminos. Calentaba, y aún quemaba la piel, el sol que vigila desde la vertical más pura. Sonaban los insectos en torno a nosotros: moscas, mosquitos, abejas, abejorrillos, cien especies que se parecen pero que le dan una variedad de enciclopedia al mundo. En los bordes rocosos del vallejo de Valdeabeja, y luego por donde el arroyo (sin agua apenas) de Pajares corre, aparecen las cuevas. Yo las miro con un afán de coleccionista, de cronista quizás, curioso de ver las huellas de generaciones muy lejanas. Mi hijo Alfonso, que nos acompañaba, y José María Alonso, las miraban con sorpresa uno, y con la confianza que da considerarlas casi de la familia el otro.

Visitamos primeramente la Cueva de Mingolario, que está a poco menos de un kilómetros del pueblo, arroyo abajo. Allí volvimos a recorrer las cavidades superiores de la roca, comunicadas entre sí, y con dos grandes aberturas, y a revisar de nuevo la cavidad inferior, de cuadrado marco en la entrada a un espacio único con un sepulcro tallado en el fondo. Recordamos ambos a José Ramón López de los Mozos, con quien hace cincuenta años la visitamos los tres, y al etnógrafo ya fallecido le hicimos una foto antológica.

Después de visitar otras cuevas de Hijes, tomamos el camino hacia la Muela y tras atravesar el pueblo, en dirección poniente, alcanzamos primero la Cueva del Tío Gorillo, con sus tres sepulturas talladas en los dos espacios de que consta, lamentando que uno de ellos lo hayan ocupado recientemente algunos vecinos para almacenar y casi llenar el ámbito con colmenas y trastos viejos. Fuimos luego a la de la Puentecilla, perfecta en su breve entrada al núcleo rocoso que acoge un interminable vericueto de pasadizos y salas. Y acabamos en el extremo del valle lleva a Albendiego, admirando la perfecta conjunción de la Cueva de la Peña Gorda, con sus entradas en alto, y su limpio interior que siempre evoca un pasado antiguo y ritual.

Como sigo trabajando en mi libro inventario de las cuevas eremíticas de Guadalajara, esta vuelta a recordar los enclaves serranos de Ujados, y de Hijes, me sirvió para anotar nuevos detalles, y levantar con más exactitud sus planos.

Una Guadalajara que vibra

Lejos de las ruedas de prensa, de las ferias de emprendedores, de los festivales de música rock/rap/cutre/country; lejos de la parafernalia de las redes sociales nutridas de selfies, aplausos y protestas, nos sumimos en esa tierra en la que nadie adelanta, enseñoreada de las hierbas (la estepa por un lado, la jara por otro, olorosas y blancas; el escaramujo que anda florido, la retama que va perdiendo sus amarillas condecoraciones, y el verde rabioso, fresco y vital del brezo lejano), en la que solo suena el cuco, la abubilla, el jilguero que aún vive en grandes grupos, lejos ya de los sitios con humos y ruido, y el abejaruco, y  la collalba, felices y a la búsqueda ­–fácil– de sustento, en competencia con las altas rapaces y las voraces culebras, ahora más rápidas que nunca.

Me tienen que perdonar mis lectores, porque a veces pienso que encomio tanto a esta tierra en la que vivo, que puede parecer enfermedad mental, o síntoma indudable de llevar algún tornillo flojo, chochez tal vez, deformidad de aldeano. Guadalajara en todas sus dimensiones, ­más allá de los consabidos slóganes institucionales, tiene una magia que te entra por la vista, por el oído, el tacto y los rumores, y llega a embriagarte, y por ende a perder un tanto la objetividad y el claro concepto de lo real. Sólo sé que soy feliz por estas trochas. Ayer vadeamos arroyos, cruzamos arboledas que han invadido los caminos antiguos, trepamos roquedos modestos y vimos el Alto Rey a poniente, de un azul limpio, y pensamos que para qué viajar más lejos, s i la belleza y las emociones las tenemos aquí, bajo los pies.

Llegamos a Torrecilla del Ducado

Atravesando campos y pasando junto a pueblos medio exhaustos (viendo, de paso, como se ha derrumbado otro de los almacenes que componen el conjunto monumental de las Salinas de Imón) llegamos al alto valle del Salado, y a la sombra del castillo de la Riba de Santiuste, tomamos la carretera que pasa junto a Querencia, a Tobes, ya vacíos del todo, y a Sienes, donde aún viven y tratan de sonreir unos niños junto a la nueva picota.

Nuestro camino se alarga por la carretera que lleva al confín de la provincia en esa zona, que es perteneciente al ayuntamiento de Sienes. El “camino local” que lleva al pueblo, y que por no pertenecer a la responsabilidad de ninguna autoridad superior al municipio, está muy deteriorado, La carretera va ascendiendo suavemente, en uno más de los pasos fáciles que en esta zona de la vieja Celtiberia permitía el cruce rápido entre las dos mesetas castellanas: hay densidad de rebollos grandes y alguna encina, enorme, aislada, arropado todo por un suelo de brezo con mucho chaparro que le confiere verdor inusitado en esta época. Un par de veces cruzan la carretera, o vemos a lo lejos, los jóvenes venados que aquí abundan. El aspecto es el de un boque mediterráneo, lujuriante, limpio y cerrado, que triunfa sobre los mil metros de altitud. Arriba de la cuesta, se abre el horizonte y aparece la paramera soriana, cuajada de cereal, con un horizonte lejano y abierto. Y al bajar, enseguida, nos aparece el pueblo, que aun estando en un territorio geográficamente adscrito a la Vieja Castilla, es de la provincia de Guadalajara. A esto le llamo el confín. Donde hemos llegado.

Al pueblo se sube por un camino de piedras sueltas y hierbas abundantes. No hay pavimento de ningún tipo, y la mitad de las casas están en ruinas. Nadie lo habita, solo un perro nos ladra, habitante solitario de un patio cerrado. La iglesia, en lo más alto, se rodea de un cementerio en el que debió haber tumbas, y que hoy no se ven, sepultadas bajo una alfombra esponjosa de hierbas. La puerta del templo está tapiada, para evitar injurias, y el conjunto da idea de lo que una comunidad cristiana, desde la remota Edad Media, tuvo por marca señera. Delante de la iglesia, una fuentecilla.

Y por las calles, que recorremos bajo el sol pero con la bendición de un viento favorable, aromas campestres nos llegan, y algunas rehabilitaciones de viejos edificios nos sorprenden. Alguien decidió reconstruirse la vieja casa de los abuelos, para usarla en días de vacaciones, en el verano quizás… (porque el invierno, en esta altura, es época de garantizada inhospitalidad)

Se ven muros que fueron frente de casonas con dinteles tallados y esgrafiados escritos (esas iniciales que fueron nombres, esas cifras que fueron fechas, que decía Machado) y paseamos por espacios de íntima amabilidad, que parecen susurrar antiguas canciones. Torrecilla del Ducado, lugar que fue, desde la remota Edad Media, señorío de los La Cerda, duques de Medinaceli, y que hoy forma en la nómina de esos “pueblos despoblados, expropiados, abandonados”… de la tierra de Guadalajara, de los que la semana que viene volveré a hablar.

Un vistazo, en Soria, a Conquezuela

Abandonando el silencio de Torrecilla, seguimos (media legua, no hay más) hasta el primer pueblo de Soria, que es Conquezuela, al que llegamos buscando un espacio que, una vez visitado, recomiendo vivamente a mis lectores, porque no les va a defraudar.

Cuando la gente viajera y leída echa cuentas para irse a Australia, a Tailandia, a la Florida, a los Andes… yo me conformo con venir a Conquezuela, en Soria, y andarme el camino hasta la ermita de la Santa Cruz, que está junto a la carretera que se dirige a Miño de Medinaceli, y que estuvo bañada, antaño, por una enorme laguna que en época de la Autarquía fue desecada para aprovechar de cereal sus fondos.

El conjunto de rocas calizas inmensas abriga una cueva sorprendente, muy estrecha (unos 3 metros en la entrada, y poco más de uno en el centro) y muy alta (unos 15 metros, que se prolongan por hendiduras hacia la mayor altura). Al inicio, se cubre de una bóveda de fábrica, de cañón, con sillares bien ajustados, hecha en época medieval. Pero lo curioso del lugar, aparte de la espectacularidad de los roquedales, es que las paredes de la cueva, por donde siempre discurre un chorrillo de agua, están cuajadas de petroglifos, de cazoletas pequeñas (hay quien ha contado más de 2.000 de ellas) y de unos 50 grabados antropomorfos, como danzantes, y signos geométricos mágicos. Al pie del conjunto, se alza una especie de pequeña pirámide escalonada, tallada en roca, con un par de asientos en lo alto, que podría ser un altar sacrificial, o un trono. En todo caso, el conjunto fue inicialmente (hace más de 2.500 años) destinado a los cultos y sacrificios a la Diosa Madre, la diosa de la Tierra y el Agua, en un lugar que tenía delante una laguna de 50.000 metros cuadrados que, en el pleno páramo interior, brindaba seguro anclaje a cualquier rito propiciador. Hoy no para allí casi nadie, pero es otro destino que recomiendo, aunque en este último caso nos hayamos salido, solamente media legua, de nuestros límites provinciales.

Memoria de los templarios en Guadalajara

cuadro magibo de los templarios

Recuerdo ahora que hace una docena de años, una de las asociaciones culturales europeas que se dice ser heredera directa de la Orden Militar del Temple (concretamente la Asociación Orden Soberana del Temple de Cristo, aunque hay varias asociaciones de este tipo en cada uno de los países de Europa) solicitó formalmente al Vaticano una multimillonaria indemnización por haber sido “suspendida” y ejecutados sus directivos. El Estado Vaticano ni contestó…

Enclaves templarios en Guadalajara

El rastro de los caballeros templarios, de la Orden del Templo de Jerusalén, de los esfuerzos por componer una estructura societaria supranacional, han quedado sumergidos en viejos manuscritos, siempre muy escuetos por la índole capital del tema, y en numerosísimas leyendas, interpretadas una y otra vez por novelistas, ensayistas y analistas de lo arcano.

Pero sí que han quedado huellas, escasas y ocultas, aquí y allá de aquella sociedad económica-religiosa-política-trascendental. En nuestra provincia hubo asentamientos de la Orden militar que surgió en el siglo XII, y que tenía por misión inicial la vigilancia de los caminos que desde Europa llevaban a los Santos Lugares, a la tierra de Palestina donde vivió Jesucristo, y que a la sazón estaba ocupada por diversos sistemas políticos de signo islámico. Eran los “caballeros del Templo”, pues vigilaban y protegían el acceso a ese mítico “Templo de Salomón” sobre el que luego se estableció la jerarquía cristiana que conquistó Jerusalen tras las cruzadas. 

Ya se puede suponer, cuando se trata de Salomón, que además de proteger caminos y de apoyar el cristianismo, lo que estos trataban era de buscar la sabiduría oriental, y de paso reunir algunos bienes con los que tener asegurada su subsistencia.

Llegaron a ser tan ricos, que el rey de Francia, a principios del siglo XIV, y siguiendo un clamor unánime en Europa, inició los trámites para disolver la Orden, que amenazaba con hacerse (a manera de una Internacional o un club Bildelberg) dueña del mundo.

Entre los siglos XII al XIV hubo algunos asentamientos templarios en Guadalajara. De ninguno de ellos queda la absoluta certeza documental de que lo fuera, pero la tradición los ha ido mentando al hablar y recordar de algunos sitios.

Quizás el más famoso fuera el lugar de Torija, donde al decir de antiguos documentos, un tanto apócrifos, pusieron los caballeros del Temple un convento y en lo alto de la cuesta una torre (de ahí el nombre de Torija, la torre pequeña). El castillo que hoy vemos, construido a mediados del siglo XV por el marqués de Santillana, mantiene su recuerdo, un tanto difuminado.

Otro lugar de templarios fue Albares, donde dicen que en el cerrete frente a la población, donde hoy están las ruinas de la ermita de Santa Ana, tuvieron sede los caballeros.

Y también se habla de ellos en Albendiego, y más concretamente en la montaña que hoy conocemos como “Santo Alto Rey”, montaña sagrada donde las haya, que en la roca más alta del monte tiene todavía una gran ermita dedicada al Cristo de la Majestad. Dicen las leyendas que allí tenían los templarios su sede, un convento y ermita, que solo utilizarían en días de verano, porque en el invierno se hace imposible sobrevivir en la altura. Además construyeron, en el llano del valle del río Bornova, junto a Albendiego, una ermita hoy conocida como Santa Coloma, que en su ábside, netamente románico, muestra caladas celosías en las que se ven talladas cruces de ocho puntas, como las del Temple, aunque sabemos estas fueron construidas por los caballeros de la Orden de San Juan, heredera de los templarios tras su anulación como instituto armado y religioso.

En Albalate de Zorita dicen que hubo también templarios, en el lugar donde hoy está su cementerio, y que se ha puesto sobre las ruinas de una iglesia románica que en su día estuvo aislada en medio de los campos de la orilla izquierda del Tajo. Y en la Hoz de Molina, quizás por lo evocador y mistérico del lugar, también refieren que primeros de todos fueron los templarios los que allí asentaron, dejando paso luego a los monjes cistercienses y haciéndose ermita parroquial finalmente.

La verdad es que de todo ello, y muy cumplidamente (con descripciones y datos documentales) nos habla Ángel Almazán de Gracia en su obra “Guía Templaria de Guadalajara”, un libro que muchos hemos utilizado para montarnos nuestros viajes por esos pueblos recónditos donde apenas si un murallón a medio caer nos hace memorar (cuando leemos lo que Almazán cuenta) a los caballeros templarios que por estos campos y trochas fueron sumando bienes y competencias.

El cuadro mágico de los Templarios

Entre los muchos misterios que los templarios dejaron, y aún están sin resolver, figura “el cuadro mágico de los templarios”, que consiste en una combinación de cinco palabras, o anagramas, puestas en horizontal y en vertical, que dan lugar a infinidad de lecturas, y que con paciencia de esas lecturas se extrae toda la gnosis, la ciencia y la experiencia de la vida humana.
Este cuadro mágico aparece en muchos lugares del patrimonio artístico europeo. Incluso en la época romana ya se usó (sus palabras son latinas) y se ha encontrado una muestra de él en las ruinas de la ciudad de Pompeya. Se ve también en manuscritos griegos del siglo XII, en lugares de culto cristiano como la iglesia de la Magdalena en Verona, la de Piave cerca de Cremona, la de San Lorenzo en Rochemaure (Francia) y aún en Santiago de Compostela. Y, por supuesto, en numerosos edificios de origen templario, templos y fortalezas, construidos por los miembros de la Orden.
Es este cuadro mágico la representación del Arte Perenne, eterno, inalterable, y fue tenido como una esencia de la ciencia para la posteridad. En sus palabras cruzadas (Sator, Arepo, Tenet, Opera y Rotas) se pueden leer otras mil palabras, sucediendo sus letras de forma diversa, que dan la clave de la Gnosis, de la ciencia por excelencia, de la Sabiduría Suprema, de la Regla y la Normativa… válidos no solo para los Caballeros del Temple, sino para toda la Humanidad.

Un criptograma que esconde la Gnosis

El criptograma que constituye el “Cuadro Mágico de los Templarios” corresponde en sus cinco palabras, y en sus veinticinco letras, a una serie de sentencias, mensajes y exhortaciones, todas en latín, que coinciden en palabra e imagen con su intención. Entre las muchas tareas que encomienda, están las agrarias, pero también las comerciales, religiosas, de impuestos, prácticas y sobre todo esotéricas, dando opción a seguir, “a quien entienda” los pasos a seguir para obtener la sabiduría.
Hasta ahora, el cuadro esotérico de la Orden del Temple era conocido por cuantos se han dedicado al estudio histórico de este grupo humano, pero nadie había hecho una interpretación, siquiera aproximada, de su significado. Hace unos años que mi buen amigo el profesor Josep Maria Isern i Monné, reusense muy relacionado con Guadalajara, donde hace años viajaba con frecuencia, ha abordado esta tarea con decisión y sabiduría, la que le da el conocimiento de las lenguas clásicas y de la vida en la Edad Media, con sus bajezas y sus grandezas, y sobre todo con sus misterios y arcanos, que se guardaban por unos pocos para ser difundidos entre grupos reducidos. Llega el autor a la conclusión, y lo demuestra, que el enigmático escrito contiene la esencia de la filosofía difundida en la época, con la doctrina esotérica que solo a un corto número de caballeros se entregaba.
Con el cuadro mágico ante sus ojos, el profesor Isern nos enseña a leerlo, a desmenuzarlo y a interpretarlo, y a lo largo de un profuso libro titulado “El Cuadro Mágico de los Templarios”, página a página, nos viene a descubrir el significado de las múltiples –más de doscientas– sugerencias y enseñanzas que contiene. Una de ellas, que él pone al final, es nada menos que “el Grial”, el vaso sagrado donde Cristo bebió, y que fue guardado por los templarios hasta que la Orden, y sus dirigentes, fue masacrada.
Pero toda esta parrafada que acabo de soltarte, amigo lector, viene a cuento de las muchas posibilidades que la provincia de Guadalajara tiene para motivar tus viajes, para adensar el contenido de tus rutas, o para, simplemente, ilustrar a todos sobre la riqueza patrimonial, que a veces escondida en piedras menudas o en siluetas ignotas, contiene nuestra provincia. Un viaje, muchos viajes por ella, y en sus fuentes, en sus castillos, en sus cuevas visigodas, en sus abandonados pueblos, en sus bosques, en sus ríos y puentes, en sus plazas mayores, en sus viejos palacios y hasta en los dinteles de las puertas se pueden encontrar mensajes que nos dicen secretos de lo antiguo.

El despoblado de Aldovera

casas de san isidro en aldovera

Una ruta inédita, que te llevará por tierras de silencio, de sequía también, y de misterios. Varias veces he ido a recorrer este valle, entre Illana y el Tajo, y siempre descubro solemnes y nuevas perspectivas. El aire soplando sobre las matas de esparto, y en el azul volando águilas, azores, oropéndolas. En el recuerdo, el caserío de Aldovera, hoy convertido en finca de regadío.

En término de Illana se conservan los restos, (que hoy forman una finca privada a la que se da nombre de “Las Casas de San Isidro”) de un antiguo poblado o villa que tuvo existencia documentada en tiempos pasados. Era Aldovera. Fruto de repoblación, quedó en posesión de la Orden de Calatrava, alcanzando a tener dos centenares de habitantes en la Baja Edad Media. Pero ya en época de Felipe II, concretamente en 1579, cuando envió a la Corte su correspondiente “Relación” que fue publicada recientemente con sus correspondientes aumentos (Ortiz García, 2002), se dice que no tenía habitantes “de asiento” y que sus tierras eran labradas desde los lugares a los que había pasado la jurisdicción de Aldovera, concretamente Illana y Albalate de Zorita.

Una de las cosas curiosas de este lugar, que fue pueblo nutrido hace siglos, y aun muy poblado en la Edad Media, de la que heredan oscuras leyendas de moros y cristianos, es la existencia de unas cuevas talladas en un rocoso cantil del costado meridional del valle. Merece la pena revisar aquí lo que esa “Relación Topográfica” sobre Aldovera dice, porque da claves curiosas para interpretar esas viejas leyendas repetidas. Dice así: 

Respuesta 31. En cima del lugar hay señal, y rastro del edificio que se dize que fué castillo de tapia, está en un alto, encima de todas las señales de casas que ubo; y mas vajo del lugar la vega abajo medio quarto de legua a la sombria en la orilla de la vega, en unas peñas de yeso tajadas hay una cueba mui fuerte que se dize que fue hecha de Moros, que tiene la entrada mas de un estado del suelo, es redonda de una brazada de ancho y otra de alto abajo, y entra diez pasos adentro, y en el cabo hay anchura para poder estar veinte ombres sentados y por lo mas oscuro hay una entrada a dos salitas, la entrada es estrecha quanto cabe un hombre, apretadamente como boca de tinaja, y las salitas estan mui claras porque tienen dos ventanas hacia la vega, que estaran quatro estados del suelo, y ahora tienen entrada por lo claro de la Cueba que se la han hecho gentes del campo que abregan alli de noche, y se dize la Cueva de Varches.

Respuesta 33. Dizese que en este pueblo ubo un hombre de Santa vida, que se decia Ysidro, que estava a soldada con un vezino deste lugar, y tenia destajado en su soldada con el animo que havia de oyr misa cada dia, y que hizo nuestro Señor Dios por el en su vida milagros; por que se dize que yendo el amo haverlo que hacia que tenia poco arado, y el amo ubo enojo con el, y el santo habia arado poco, por haver estado en oracion, y contemplazion; y prometio al Amo que el enmendaria, á otro dia siguiente aquella falta, y que el otro dia yendo el Amo a verlo vido ántes que llegase arando dos pares de mulas en su haza, y desde que llegó, no vio mas de sus mulas, y arado como de dos pares, y el Amo le preguntó que si le havia ayudado arar alguien, y el santo no havia visto que le ayudase alguien, dijo que no; y el Amo callo lo que havia visto entonces.

Y despues que este santo murio tenian los huesos en un relicario, y un año mui esteril, y falto de agua el verano alla en Abril, ó en Mayo que llevaron los deste lugar en prozesion los huesos deste santo á esta fuente que se dize la fuente del Santo Ysidro y el clerigo los metio en la fuente, y que con hazer el dia claro quando salio la prozesion que a la buelta para el pueblo les llovio mucho, y esto digo yo que seria de hedad de siete, ó ocho años lo vi.

Y luego Ortiz García añade en sus Aumentos: “Ciñéndonos a lo referido textualmente, los declarantes se mostraban en grado sumo minuciosos en la descripción de las casas, montes y tierras, destacando, sobre todo, en la de una cueva «que se dice hecha de Moros». Pero el relato más singular, sin duda, es la apropiación que hacen de la tradición de San Isidro Labrador: Con todo lujo de detalles cuentan el milagro atribuido a este santo, consistente en que un ángel labraba dirigiendo las mulas (en este caso, en lugar de los madrileños bueyes) mientras el santo oraba, ante el pasmo del dueño de las tierras. Igualmente se le atribuye otro milagro, consistente en hacer brotar una fuente por medio de un golpe de aguijada. E incluso milagros «post mortem»: teniendo sus huesos en un relicario, un año particularmente estéril provocó una gran lluvia, siendo testigo uno de los declarantes. Aún así, su iglesia parroquial se decía de la advocación de San Miguel”. 

Los restos del despoblado de Aldovera

Cuando hace años escribí un libro sobre Illana, tras haber compartido con sus gentes una larga temporada, y haberme recorrido en detalle su ancho término, venía a decir que para llegar a Aldovera desde Illana había que ir bajando, por caminos de tierra, hacia el valle del Tajo. “Hoy sólo puede contemplarse un conjunto, más bien ruinoso, de edificaciones de aspecto rural. Solo rompe la monotonía un alto palomar que parece rememorar algún torreón medieval de vigilancia. El paseo hasta Aldovera tiene el aliciente de saberse en territorio de plenitud histórica, en medio de un paisaje adusto y seco, pero fuerte y viril, como si el peso de la historia hubiera quedado prendido en los perfiles de la escena. Aquí tuvieron casa fuerte los comendadores calatravos, y se mantuvieron alertas en la Baja Edad Media frente a posibles amenazas musulmanas por el valle del Tajo” (Illana y su entorno, 1999).

La Cueva de la Mora encantada

En ese valle de Aldovera, y en un alto cantil rocoso de su lado izquierdo, se abre la Cueva de la Mora Encantada, que antaño fue nombrada la “Cueva de Varches”. Nadie todavía la ha dedicado un estudio, siquiera somero, porque es de difícil acceso. Pero sin duda es cueva artificial, excavada para servir de habitación, a resguardo de amenazas, porque se sitúa a unos 8 metros sobre el nivel del suelo. En la parte baja de la roca se ven señales de mechinales y de haber habido habitación añadida. Arriba, se ven tres bocas de un tamaño aproximado de 0,5 por 1 metro, para acceder a su interior, limpio y diáfano (según dice la Relación) con una sala amplia de la que surgen por pasadizos accesos a otras dos salas, cada una de ellas con su mirador.

la cueva de la mora encantada en illana

Como es lógico, la Cueva de la Mora Encantada de Illana ha dado lugar a diversas leyendas, centradas en tiempos y personajes islámicos, a los que en Castilla se adscribe todo lo que de antiguo y maravilloso existe. Dicen que hace muchos siglos, en aquel paraje de altos roquedales calizos, a la orilla izquierda del valle que de Aldovera va a Vállaga, donde se ven oquedades que se comunican entre sí, y que son como habitaciones de un palacio, vivió una princesa mora, que durante el día permanecía en su interior escondida, y por las noches salía al exterior, y se peinaba. Y en Santa Cruz de Mudela se contaba otra conseja que hacía a esta cueva lugar de adoración y misticismos secretos.

Parece evidente que este fue lugar habitado, al menos su entorno, desde antiguas épocas. Y muy posiblemente fuera espacio habitacional de eremitas en la época del Monasterio Servitano, pues este valle de San Isidro en Aldovera se encuentra aguas abajo, a poco más de dos leguas, de la ciudad de Recópolis. Las salas altas excavadas en la roca, de muy difícil acceso, podrían haber cumplido la misma misión que en otras del entorno (como las no muy lejanas Cuevas de San Román, en término de Peralveche) y haber sido lugar de enterramiento o aislamiento total de eremitas, mientras en la parte baja, y a la orilla del camino, otros solitarios oraban y se relacionaban con los pasajeros, que en esa época del dominio visigodo, posiblemente no existiría aún lugar poblado en Aldovera, villa de creación posterior.

Orientaciones para la visitaLa mejor forma de recorrer el valle de Aldovera es saliendo de Illana por el camino que hay frente a la ermita de San Joaquín y Santa Ana, y siguiendo y cruzando por las antiguas eras, en dirección norte, se va bajando suavemente hacia el valle, donde encontramos entre arboledas los restos del poblado y una finca actual, las “Casas de San Isidro”. Desde ahí, seguir el camino a la derecha del arroyo, en dirección NO siempre. En Google Maps se reconoce este camino con el nombre de “Calle del Hospital”. Otra forma de acceder es desde la carretera GU-249, que viene de Almoguera, y nada más pasar junto a la Piscifactoría del Tajo, y tras ascender la cuesta donde asoman las ruinas del castillo de Vállaga, tomar el primer camino a la izquierda, que nos llevará en dirección E. hacia el entorno descrito. A medio camino, en unos pronunciados cantiles yesosos, se reconocen perfectamente las cuevas.

Lecturas de Patrimonio: los Eraso, un matrimonio sobre el mármol

grupo escultórico de eraso en Mohernando

Hace escasas fechas, he puesto en librerías y a consideración de crítica y lectores un libro sobre “Enterramientos artísticos de Guadalajara” en el que pongo señal -escrita y gráfica- de los más curiosos o discretos módulos que algunos alcarreños y alcarreñas de siglos pasados escogieron para descansar bajo la tierra. Hoy recuerdo el mausoleo que los Eraso de Humanes y Mohernando dejaron brillantemente tallado en su iglesia campiñera.

La lectura de una obra de arte conlleva varios niveles de análisis. Ya se sabe, el clásico sistema de Panofsky, la secuencia formal-iconográfico-iconológica, en la que el espectador recibe la información a través de tres lecturas sucesivas: la forma, el mensaje y el significado.

En esta ocasión nos enfrentamos a una obra escultórica, un tratamiento armónico de la materia espesa, concretamente el mármol, para definir lo mejor que le es posible al artista un personaje o personajes, una actitud, y un sentido que transmita proyección social a la par que belleza.

De esta manera, y tras llegar a la pequeña población de Mohernando, en la vega del Henares, en un altozano, y arribar a su plaza, alcanzamos el espacio que contiene la obra. Está situada en el presbiterio antiguo del templo parroquial de Mohernando, hoy separado de la nave usada por un muro completo, y en el seno de ese espacio vacío, sobre las gradas del primitivo altar, en el lado del evangelio, vemos el grupo escultórico de los señores de Humanes y Mohernando, compuesto por don Francisco de Eraso, su esposa doña Mariana de Peralta, y San Francisco protegiendo a ambos. La calidad artística de este monumento es de suma importancia, y hoy podemos verle de nuevo entero, tras haber sufrido múltiples daños y avatares a lo largo de los siglos. 

El enterramiento de Eraso

En la lectura formal, encontramos un túmulo rectangular, sobre el que apoya el conjunto escultórico, y sobre él, por remate, un frontón que incluye las armas del linaje. Al frente del túmulo se puso una lápida con frases latinas que dicen así: «D.O.M.S. FRAN ERASO, VIRO CLA CVIVS OPERA FIDES ET INDVSTRIA MAXIMIS REIP TEMPORIBVS CAROLO V IMP AVG PIO FELICI INVICTO ET PHILIPPO CAR F HISPA REGI CATHOLICO MAX MAGNO VSVI FVERE COMMEDATORI MORATALACII OMNIBVS ORNAMENTIS HNORIS ET DIGNITATIS DECORATO MARIANA PERALTA VXOR MARITO B.M. POSVIT ANNOS LXIII OBIIT VI CAL OCTOB ANNO D.N.I.M.D.LXX.», y que podrían ser traducidas e interpretadas como “Al Dios Optimo y Maximo, Salve: Mariana de Peralta, esposa de Francisco de Eraso, erigió este monumento en memoria de su marido. Fue este varón esclarecido; sus obras, su fidelidad y su consejo y su diligencia prestaron señalados servicios a su patria, en momentos graves, bajo los reinados de Carlos V, Emperador augusto, piadoso, feliz e invicto, y de su hijo Felipe, el rey mas católico de España. Fue Comendador de Moratalaz y disfrutó de todas las preeminencias de honor y dignidad. Vivió sesenta y tres años y murió el 6 de octubre del año del Señor de 1570”.

Es casi seguro que este grupo se debe a la mano del escultor Juan Bautista Monegro, uno de los máximos exponentes del arte majestuoso del imperio filipino, y con quien Eraso y su esposa tuvieron relación personal. Debió ser realizada esta maravilla entre 1570 y 1578, justo después de la muerte de don Francisco, y con doña Mariana aún viva. Él aparece en su madurez, con barba fina, revestido de armadura y cubierto por el manto calatravo. Ella va ataviada con tocas de viuda, y aparece recogida y orante. Divergen sus miradas, pues la del caballero va a su derecha, y la de la dama a su izquierda. El santo protege con sus brazos a ambos.

Este grupo escultórico, que es pieza señera del clasicismo manierista en España, lo estudió muy en detalle Ricardo de Orueta en su libro “La escultura funeraria en España” dedicado a las provincias de Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara. Ahí puede el lector encontrar materia, entre divina y humana, en torno a la visión de esta obra. De momento, yo recomiendo que se vaya a Mohernando, que se entre en su iglesia, y que se contemple este conjunto, porque es de lo mejor que tenemos en la provincia.

Quien fue Francisco de Eraso

Para tener una visión clara de una obra de arte, conviene saber algo de la personalidad del sujeto interpretado por mano del artista. Así, hay que saber ahora que Francisco de Eraso tuvo gran importancia en la vida política nacional durante la segunda mitad del siglo XVI. Nacido en 1507, en Madrid, pero originario del lugar navarro de Eraso, alcanzó el señorío de toda la Encomienda santiaguista de Mohernando. Era caballero de la Orden de Calatrava, comendador de Moratalaz, y secretario del Consejo y Real Hacienda de Felipe II en 1556. Anteriormente había estado al servicio del emperador Carlos, de quien fue Notario Mayor, autorizando como tal las renuncias que éste hizo en favor de su hijo, de sus estados de Castilla, Flandes, Indias y los maestrazgos de las Órdenes Militares. Más de una década estuvo al servicio del Rey Felipe, muriendo en 1570. 

Fue su esposa doña Mariana de Peralta, hija de D. Pedro del Canto y de doña Mariana de Peralta, quien mandó construir y ejecutar el enterramiento de su marido y suyo, consistente en una talla escultórica en la que aparecieran sus figuras amparadas por San Francisco de Asís, colocándola sobre un plinto en la iglesia parroquial de Mohernando, sobre las gradas del altar y sobre la cripta que bajo estas contendría los cuerpos de ambos personajes. 

Habían fundado un mayorazgo en la persona de su hijo mayor don Carlos de Eraso, extendiendo la correspondiente escritura fundacional en Madrid, en marzo de 1567. Figura en ese mayorazgo la gran cantidad de bienes inmuebles que poseían, pues además del señorío de Mohernando, Humanes, Robledillo, Cerezo y Razbona, tenían las dehesas de Gargantilla y La Penilla en Santillana, así como buena copia de edificios principales en Toledo, en Madrid y en Segovia, con el Parral del Pirón en los aledaños de esta ciudad.

También la heráldica se empareja a veces con la historia y de ella, de sus manifestaciones en forma de talla, pintura o forja, sacamos relevantes conclusiones. Así ocurre con los escudos de armas que sobre los altos muros de rojizo sillarejo y piedra rodada que forman el presbiterio o ábside de la iglesia parroquial de Mohernando, aparecen hoy, finamente tallados y muy bien conservados, con los emblemas del mayorazgo fundado por don Francisco de Eraso y su esposa doña Ana de Peralta. 

La mejor descripción que cabe hacer, en el idioma del blasón mas estricto, de este escudo erasiano de Mohernando, es la que un ignoto «rey de armas» puso en la escritura de fundación del Mayorazgo de los Eraso, hecha en Madrid a 20 de Marzo de 1567, y conservada actualmente en el Archivo Histórico Nacional, sección de Consejos, legajo 4863, de donde la hemos sacado. Allí se describen los ricos paños que ornamentaban la cama de don Francisco de Eraso, y que eran precisamente estos: «un escudo partido en cuatro cuarteles. En el primer cuartel las armas de ERASO, que han de ir derechamente y por principales, a la mano derecha, que son dos lobos de sable en campo de plata con una estrella o lucero encima de los dos lobos. Y en el cuarto bajo de la mano derecha, las armas de los HERMOSAS, que es un escudo partido en cuatro partes, y en las dos partes dos veneras de plata, una en contrario de otra, en campo azul, y en los otros dos cuarteles dos flores de lis coloradas en campo de oro y por orla de este cuartel una cadena de oro en campo colorado. Y en el cuarto alto de la mano izquierda las armas de los PERALTA, que son un escudo, el campo colorado, y la cuarta parte de él, una faja de plata con seis aspas coloradas por orla en campo de plata. Y en el cuarto bajo de la dicha mano izquierda, las armas de los BARROS, que con cuatro fajas coloradas en campo azul, y en las dichas fajas sembradas trece estrellas de oro, y por orla, de la mitad del escudo, a la mano izquierda, veros azules y de plata. Y encima de todo el escudo, un yelmo abierto, con su divisa de las armas de Eraso, que es un lobo negro, con sus pendientes de follage de oro y colorado, como aquí van declaradas».