Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

Brihuega, entre líneas y plantas

tras los cipreses negros

Comienza el mes de julio, y el nombre de Brihuega se va a ver entremezclado de líneas de texto y matojos de lavanda, porque ahora llega la plenitud del color, del olor y de la naturaleza alineada, y entre sus renglones surge una bella historia romántica que escribe Ángel Taravillo Alonso, sobre Brihuega.

En estos días comienza, y va a durar buena parte del mes, la floración de la lavanda por las tierras altas de la Alcarria. Tanto las que entornan a Brihuega, por Villaviciosa y Malacuera, por Yela y Solanillos, como por otros muchos lugares de nuestra tierra (espectaculares los campos de lavanda también ahora en Mirabueno, en Budia…. ) Pero será Brihuega la que mejor parte se lleve en el despliegue mediático, sobre todo porque lo han sabido hacer muy bien desde su Ayuntamiento, dando relieve al color, y sonido a los olores. Una explosión de sensaciones que se concentran en esta villa de la Alcarria, de la que por muchos motivos se está poniendo a la cabeza, demostrando con creces que lo saben hacer, y muy bien: eso de atraer visitantes, de que se hable de su gastronomía, de sus monumentos, de sus fiestas, de sus ofertas de ocio y entretenimiento. 

Una de esas ofertas, todavía sin fecha, pero que está a punto de revelarse, es la puesta en valor, con oferta de visita para el público, y sorpresa para cuantos hemos estudiado el tema patrimonial de la villa desde hace años, de la iglesia mudéjar de San Simón, una de las varias que en el siglo XIII mandó construir el arzobispo toledano y señor de la villa briocense don Rodrigo Ximénez de Rada. Quizás como aprovechamiento de un edificio anterior dedicado a sinagoga. Quizás –y es lo más probable– como nuevo elemento de culto cristiano, en un momento en que la Fe y el Rito se acentuaban tras los éxitos militares de la monarquía frente a la invasión fundamentalista árabe desde Al-Andalus. De los diversos templos levantados, así como el castillo, en época de este dirigente, la iglesia de San Simón había quedado oculta en el discurrir de los siglos entre viviendas y corrales. Ahora renace, se recupera, y agranda el horizonte de esta villa, que tuvo tanta importancia en el Medievo.

Mucho después, Brihuega pasó a ser protagonista de singular batalla en la que se resolvió una lucha dinástica (y una Guerra Europea disimulada tras ella) en la que venció el partido francés de los Borbones. De resultas del apoyo que los briocenses dieron al nuevo monarca, devino la fundación y construcción de una Real Fábrica de Paños. Esta institución, que tantas vicisitudes ha conocido (tantas que sería demasiado largo tratar aquí de resumirlas siquiera) está ahora de nuevo en el punto de partida de una gran aventura: la de convertirse en un nuevo espacio de la red de “Hospederías de Castilla La Mancha”, un espacio solemne e inaudito para acoger visitantes, viajeros y gustadores de la vieja España.

Y es en esa Fábrica de Paños de Brihuega, que tanta historia densa ha encerrado, donde se desarrolla ahora una novela que va a dar mucho qué hablar entre los lectores y gente que ama Brihuega en sus calles y en sus libros. Es un escritor que está dando muchas pruebas de su buen hacer, concretamente Ángel Taravillo Alonso, quien ha desarrollado su más reciente composición literaria (con casi 400 páginas de relato y emociones) en los campos de batalla de la Guerra de la Independencia, y en los palacios neoclásicos del absolutismo fernandino. Peor surgiendo todo ello de los tapiales musgosos y los caserones blasonados de Brihuega, donde los protagonistas tienen su inicial asiento. Así vemos a los principales protagonistas, que encarnan dos niveles muy distintos de una sociedad pretérita: desde un “Santullán” de la alta nobleza y “director y máximo responsable de la Real Fábrica de Paños de Brihuega”, a un Domingo Ramos que sale del arroyo y llega a lo más alto. Todo ello a través de unas secuencias históricas ­(por supuesto, imaginadas­) que discurren en la Guerra de la Independencia, con sus batallas y bajas pasiones, hasta los momentos del absolutismo fernandino. 

Tierras y ciudades de España se suceden, en aventuras de vértigo, con un fundamento realista que nos pone delante la España de lujos y miserias en que los protagonistas se mueven. No falta la Sevilla capitalina ni el Gibraltar contrabandista. Por supuesto Madrid y Cádiz, Bailén a tiros y las relaciones internacionales de los gobiernos absolutistas. Un bien trabado plantel de personajes y acciones que, en todo caso, dan valor a Brihuega como un lugar de preeminencia en la Historia de España.

Se hace difícil parangonar la historia real de la Fábrica briocense con los que Taravillo nos relata en su “Tras los cripreses negros”. Primero de todo, porque cuando se suceden los hechos del relato, la Fábrica aún no tiene jardines románticos ni sus valladares se escoltan de oscuros cipreses. Pero sí que tiene la solemnidad de su portón primero, en el que lucen talladas las armas reales y debajo la cartela en que va impreso, a puro golpe de escoplo y martillo, el legendario nombre de su director y promotor, don Bentura de Argumosa, superintendente del establecimiento, caballero de la Orden de Santiago, y Caballerizo Mayor del Rey, que por entonces lo era Fernando VI. Junto a estas líneas van, en su homenaje, dibujo de la cartela y retrato de don Teodoro-Ventura.

Creo sinceramente que la lectura de esta novela, que enseña y entretiene, como toda buena “novela histórica” debe hacer, va a ser un nuevo puntal en el que muchos van a apoyarse para hacer más conocida, y renombrada, y en suma visitada, la villa de Brihuega. Taravillo Alonso, aunque nacido en Corral de Almaguer, Toledo (1966) está muy comprometido en los ambientes literarios y teatrales de Guadalajara, desde hace largos años. Con sus estudos de Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid, y su incansable tarea de leer, aprender y soñar, está consiguiendo que la historia y el patrimonio de Guadalajara sea más conocido, fuera de nuestras fronteras, y mejor apreciado dentro de ellas. Solo reseñar que de su actividad, durante 2021, han resultados tres novelas que le han llevado en clamor: las “Andanzas de don Íñigo de Losada y Laínez” con la que ha obtenido un gran éxito de crítica y público, ha sido la primera, que ha visto su segunda edición recientemente. Y con sus “Cuentos y Leyendas de Romancos” seguidos de los “Relatos de lumbre y candil de Valdeconcha”, que ya he comentado por estas páginas no hace mucho, está poniendo la pica en Flandes que cualquier autor pretende al escribir: y es nada más y nada menos que sus paisanos le lean. Y sus escritos queden como testimonio válido, y palpitante, de cuanto por aquí ha acontecido.

El ataifor de Guadalajara

ataifor de guadalajara

Visité con tranquilidad hace pocos días la exposición monográfica sobre “El ataifor de Guadalajara” que el Museo Provincial ha montado en una de las salas temporales de la planta alta del Palacio del Infantado. Y recomiendo a mis lectores su visita, porque en torno a un solo objeto, hallado en excavación arqueológica, pueden sacarse muchas conclusiones, como ellos hacen y yo aquí difundo.

La pieza que protagoniza la exposición y el comentario es un simple plato de cerámica, pero con una ornamentación tan curiosa, que por sí mismo desvela una época, y escribe mucha historia detrás. El plato va a estar expuesto hasta el próximo 2 de octubre de este año 2022, y aparte de su belleza estética, y del significado de la figura que contiene, es protagonista de dos cosas: del mundo islámico en la ciudad de Guadalajara (siglos VIII al XI) y de la meticulosidad y profesionalidad con que los responsables del Museo capitalino tratan este como muchos otros temas que caen entre sus manos.
A Guadalajara se la conoce, en las crónicas andalusíes, de dos maneras. Con el nombre de Madinat-al-Faray (la ciudad de Al Faray, su fundador) y con el de Wad-al-Hayara, o mejor ahora Wadi l-Hiyara (valle de las fortalezas, río de piedras, etc.) Todo ello significa que aunque pequeña, Guadalajara en los siglos VIII al XI tuvo su importancia como lugar de vigilancia sobre el Valle del río Henares, que en esos siglos fue frontera de Al-Andalus con Castilla. 
De su cultura y restos arqueológicos queda muy poco recuerdo, pero paulatinamente se van rescatando fragmentos, alusiones y nombradías, gracias al análisis de documentos y, sobre todo, a las excavaciones arqueológicas que se realizan siempre que se derriba algún edificio en el cogollo viejo, allá por entre la plaza de España y la Mayor, los barrios de Cacharrerías, Dávalos o Museo, donde se sabe tuvo su asiento esta medina árabe.
Cuando hace una docena de años se derribó el edificio que hacía esquina entre Cervantes y Luis de Lucena (precisamente el que sirvió de vivienda a don Tomás Camarillo en sus años finales de vida), las excavaciones pertinentes rescataron de unos depósitos recónditos algunos fragmentos cerámicos que tras años de estudio han sido reconstruidos, y, sobre todo, analizados con minuciosidad, dando por resultado el descubrimiento de este ataifor que muestra la imagen y atributos del monarca islámico del momento, el califa Abderramán III, constructor del puente sobre el Henares, y gran capitán de los creyentes como monarca del Califato omeya de Córdoba.
Para los descubridores y estudiosos del ataifor, sin duda esta pieza supone la más importante que de la cultura andalusí se ha encontrado hasta ahora en Guadalajara. Y lo es no solo por su tamaño y belleza, por su calidad cerámica, por la representación humana, sino porque confirma que la representación del soberano del califato cordobés es nítida y va subrayada por numerosos símbolos, lo que redunda en la importancia que esta pieza tiene para el estudio de la plástica y el arte islámicos en España.
En el plato, reconstruido y tratado, aparece una figura humana, que viene ya de entrada a demostrar que la cultura islámica sí representaba seres humanos en piezas de arte, y lo hacía con un interés manifestado hacia lo simbólico y representativo. Porque la figura que luce en el plato arriacense es nada menos que la del califa, adornado de todos los atributos que le confieren el grado de Imán de los Creyentes, de conductor seguro de su pueblo, de intermediario entre Dios y los hombres, de representación directa de la divinidad sobre la Tierra.
El monarca, que se representa en plena juventud (aunque tenía hacia el año 930 los 40 ya cumplidos) aparece sentado sobre la silla de un camello que le transporta. Lleva muy largos sus cabellos, o quizás sea una peluca, con llamativa trenza que le recorre la espalda. Va cubierto por un palio, y en la mano derecha posa un ave, mientras dos copas le rodean, como flotantes, pero simbólicas. En su mano izquierda lleva una redoma, y el color de su manto, de sus adornos, y los del camello, son verdes, el color de los elegidos por Dios en el Islám y sus banderas.
El palio que le cubre hace las funciones de trono, rodeándole por completo, y va subido a lomos de un camello, que es según el Corán el animal que el Día del Juicio llevará a los justos hasta las puertas del Paraíso. El techo del baldaquino presenta un nudo, que siguiendo una ancestral simbología precristiana representa la eternidad, según se ve en marfiles palaciegos musulmanes y en muchas puertas de iglesias románicas y pilas bautismales.
Es curiosa la forma de presentar al califa con un largo pelo acabado en trenza: pero es que era esta el símbolo de la legitimidad en la dinastía omeya. Aunque su origen es pre-islámico, se dice de su antecesor Abderramán I que llevaba dos trenzas largas sobre la espalda.
De lo que el califa cordobés lleva en la mano, destaca el pájaro, que se supone es la representación de las almas de los fieles, y por eso el monarca las lleva y defiende en su poderosa mano. La redoma que sujeta con su mano diestra es la llamada “Copa de los Mundos” y que en Al-Andalus representaba el poder de dar vida y muerte a sus súbditos. Las copas son también representación del poder, solo las lleva quien lo tiene. En este caso aparecen dos, por lo que hacen referencia al derecho que tiene Abderramán a gobernar las tierras de Oriente y Occidente.
De todos los atributos, hay que destacar –como lo hacen quienes han descubierto y estudiado el ataifor– el árbol de la vida y las dos varas que a los pies del mismo florecen. Sería ese gran “árbol de la vida” con dos ramas laterales, lo que vendría a evocar el Paraíso, definitivo destino de los creyentes, escoltado por las dos ramas que aluden a la legitimidad porque representan las dos dinastías, la bagdadí y la fatimí.


El estudio científico de la pieza se ha desarrollado en todo momento en el propio Museo de Guadalajara. El equipo que capitanea Fernando Aguado es muy trabajador y riguroso, en métodos y deducciones. Por eso acabo con una frase que ellos mismos han elaborado para con rotundidad expresar el valor de esta pieza arqueológica: «Esta figura, y unos fragmentos similares conocidos en otros lugares e identificados ahora gracias a ella, son claros ejemplos de la propaganda que desplegó el poder cordobés para difundir mediante símbolos, reconocibles por sus gobernados, el poder político y religioso de su líder, el premio por obedecerle, el castigo por contravenirle y su derecho legítimo a proclamarse califa como sus principales aspiraciones respecto al dominio del mundo musulmán».

Las virtudes de los gobernantes: una galería de concejales virtuosos en San Clemente.

san clemente de cuenca ayuntamiento

Hace unos días pude visitar de nuevo la localidad castellano-manchega de San Clemente, en la provincia de Cuenca, en la comarca de la Mancha. Con los amigos y amigas de la Asociación “Arquivolta” de Guadalajara, quedamos asombrados de la riqueza monumental de este enclave, que debería ser mejor conocido.

Porque San Clemente, que hoy es un lugar de cierta potencia agrícola con campos dedicados al cereal y el viñedo, en siglos pasados fue muy señalado como solar de asentamiento de grandes fortunas en el cultivo de la tierra basados: aristócratas con grandes extensiones de tierra concedidas por la monarquía, y a su calor conventos crecidos y desarrollados sobre una población nutrida de infinidad de campesinos, muchos artesanos, y algunos profesionales de los servicios básicos.

Por ello a San Clemente le quedan, dispersos por un urbanismo plano y bien articulado, muchos palacios (enteros en algunos casos, o solamente sus fachadas y escudos en la mayoría de ellos) varios conventos (carmelitas, franciscanos, clarisas, jesuitas…) y un centro municipal de gran potencia y desarrollo, consistente en una enorme plaza, en cuyo centro se alza la iglesia parroquial, y en sus costados las Casas de Ayuntamiento, la Audiencia, el Pósito, la Cárcel y las casas curato. En un sentido de ciudad (es el título que mantiene San Clemente desde entonces) bien estructurada conforme a cánones renacentistas y de organización perfecta. Un símbolo de la España del siglo XVI.

Me fijo hoy muy especialmente en el edificio que preside esa plaza mayor. Una de las más bonitas Casas Consistoriales de nuestra Región. Por describirlo someramente, debo decir que la fachada tiene al frente un cuerpo principal con dos plantas: en la planta baja aparece un zaguán y porche, con siete vanos que se originan por la disposición de siete arcos semicirculares apoyados en columnas dóricas. En la planta alta, se repiten los siete arcos que se corresponden con los de abajo. Sobre dicha arquería, aparece una doble imposta corrida, que soporta un pretil adornado con bajorrelieves, con un total de 37 veneras en 14 de las cuales aparecen representaciones antropomorfas. El lenguaje de la escultura simbólica se hace especialmente llamativo en ese friso, que luego trataré con más detalle.

Este edificio tiene declaración de BIC como monumento desde 1992. Su construcción data de hacia 1535, aunque ya antes se declaraba en documentos “haber casas consistoriales”. Debió empezarse a construir en época de los Reyes Católicos, pero fue muy lenta la construcción, y progresiva. Las fechas van desde aproximadamente 1517 (el escudo central reproduce las armas de la reina Juana [la Loca] y de su hijo Carlos [de Gante]. El reloj de sol lleva tallada la fecha de 1566, y la torre se concluyó en 1577. Es por eso que prácticamente todo, o al menos lo más vistoso, fue construido durante el reinado de Felipe II. Las trazas del edificio fueron dadas por el arquitecto Andrés de Vandelvira, y su el maestro de obras que lo ejecutó fue Domingo de Zalbide o Zaldivia.

Me entretengo ahora en mirar, describir y tratar de encontrar el significado de los 14 medallones que lucen tallados entre veneras en el friso superior. Desde la plaza se entrevén como figuras amables, pero es preciso ordenarlas, enumerarlas y describirlas. Para tratar de sacarles su mensaje. Que cuando se construyó estaba claro, todos lo entendían, porque quien lo diseñó lo explicaría multitud de veces. Hoy, como toda la información que se deja al flotar del viento, nadie se acuerda de lo que querían decir estos sujetos allá en lo alto tallados sobre la domada piedra arenisca.

En el proyecto del arquitecto, originalmente había 10 figuras, 5 a cada lado del escudo, con sendos salvajes en las esquinas. Hacia 1575 se añadieron las cuatro figuras que hoy forman parte de la Torre. Sobre el escudo, de perfecta talla, aparece otro medallón con la efigie de un Pontífice tocado de tiara. Que podría ser: o bien Adriano VI [Adriano de Utrecht] educador del Emperador Carlos, o quizás Clemente VIII, quien es co-defensor con el Rey Felipe de la Religión Católica en Europa.

La lectura de estos tondos del Ayuntamiento de San Clemente debe hacerse del siguiente modo: del 1 al 5, de izquierda a derecha, los que están a la izquierda del escudo carolino. Del 6 al 10, también de izquierda a derecha, a la derecha del dicho escudo. Finaliza la serie con los cuatro que se tallan sobre el friso de la torre, que son posteriores. Los numero del 11 al 14.

Los de ambos extremos son salvajes desnudos y peludos, portando mazas. Son maceros benéficos, protectores y dadores de virtud a lo que amparan. Desde la izquierda aparecen dos hombres (uno lleva un látigo en la mano, señal de autoridad y castigo, y otro un halcón en la izquierda, en ejercicio de caza). Les sigue una mujer, coronada, sin duda una Virtud. Y junto al escudo un Rey Antiguo, levantando un cetro, expresión de la fuerza de la historia. Al otro lado, en simetría con la serie anterior, un caballero que levanta corona y espada en sus manos; le sigue otra Virtud, como dama coronada, y dos varones, uno lleva un puñal en una mano y en la otra un libro abierto, y el siguiente un joven que levanta una llama en su mano derecha, acabando la serie con otro salvaje con maza.

Los cuatro de la torre, de izquierda a derecha, son un rey coronado, barbado, con vestimenta simplísima, que representa sin duda a Felipe II. Le siguen una mujer coronada con un espejo en la mano, símbolo de la virtud de la Prudencia, y luego un hombre que señala y otra mujer con una comadreja que señala.  Todos ellos, y no puedo entretenerme más, porque se me acaba el espacio, son expresiones de la realeza, del poder monárquico, y del poder municipal y local, con símbolos de dominio, saber, autoridad y bondad: creo que puede identificarse, todo el conjunto, como una evidencia de las virtudes que adornan a los munícipes que administran la república municipal, con la protección real, y el acogimiento de las fuerzas tradicionales y ancestrales benéficas.

El catálogo de los medallones renacentistas en Castilla-La Mancha está todavía por hacer. Muchos de ellos en los pueblos de la Mancha ofrecen la influencia del ingenio de Vandelvira en sus edificios de Andalucía, Jaén, y Alcaraz. Y otros, en Toledo, y en Sigüenza, se allanan a la imaginación de Alonso de Covarrubias y su escuela. Estos de San Clemente tienen el valor de la uniformidad en la talla, y del sentido uniforme de su mensaje civil y ejemplarizante.

Luis Monje Ciruelo, un escritor alcarreño

luis monje ciruelo

Un recuerdo entrañable para un compañero de páginas, un escritor de raza, una referencia en el periodismo y la historia reciente de Guadalajara: obligado y sentido, va este mínimo epitafio que nunca hubiera querido escribir.

A la hora que escribo aún está tibio el cuerpo de Monje, y a la que se publica sobre papel, ya lleva días bajo tierra. Parecía que nos iba a sobrevivir a todos, pero al final le ha llegado esa hora en la que se deja de sentir y se penetra en el túnel que lleva al país de la luz y los recuerdos. El corazón de Monje ha dejado de palpitar, pero ahora se ve que sigue vivo, porque lo está en la memoria de los demás. De los que se quedan en pie, y andan, cuando uno está ya parado y en silencio. 

Tras haber entrado, hace pocas fechas, en el año número 99 de su vida, Monje ha fallecido. Lo he sentido hondamente, porque he tenido que despedir para siempre a un buen amigo, y ahora veo que por haberle admirado tanto, he escrito mucho sobre él, y sin embargo no me vienen las palabras que en este momento debiera dedicarle. Pero sí que quiero, en brevedad e intensidad, pfrecerle el recuerdo que supone centrar su vida, su obra, y dejarla en la memoria de otros.

Dos fueron los pilares en que descansó el discurrir vital de Luis Monje Ciruelo: primero la observación y el análisis de cuanto le rodeaba. Que era todo próximo y sencillo. La actualidad de Guadalajara, las historias de su tierra, las leyendas, los relatos, los personajes, los edificios, los aconteceres… Segundo, la descripción y escritos de cuanto veía. 

Luis Monje Ciruelo, un veterano que seguía escribiendo libros…

Mirar y escribir, componiendo un oficio que se ha dado en llamar periodismo, porque su resultado aparecía pronto impreso sobre las páginas de los periódicos (de este Nueva Alcarria, más concretamente, y especialmente, en el que redactó sus primeros ensayos y análisis). Pero también de muchos otros, porque escribió en ABC, y en La Vanguardia, y hasta fundó una Revista [Badiel], en los años en que se reinstauró la democracia. Monje escribió, cada día de su vida, algunos renglones, haciendo buena la sentencia de Apeles de Colofón que según Plinio decía “Nulle die sine línea” y que es el pedestal sobre el que se alzan las merecidas estatuas. Empezó a escribir cuando los requetés avanzaron sobre Palazuelos, su pueblo, donde escuchó los primeros tiros de una guerra fratricida. Y después dejó plasmados sus recuerdos en aquellas maravillosas “Memorias de un niño de la guerra”. Yo mismo empecé a publicar artículos en este periódico de su mano, por su generosidad, y luego he sido editor de todos sus libros, en una tarea consensuada, de colaboración permanente: calibrando cada página, conduciendo presentaciones y aplausos. De algunos tuve el honor de ser prologuista, y de todos sin excepción su sencillo admirador.

Hoy todos aplauden, porque así sucede cuando uno muere, pero en años anteriores Luis Monje tuvo enemigos furibundos, gentes que le echaron en cara que dijera en público lo que pensaba. Y eso fundamentalmente en dos épocas: en la de su juventud, cuando solo eran válidas las ideas del sistema, y en la de su madurez, cuando muchos otros pensaban que los ciudadanos solo pueden hablar depositando su voto en una urna. Monje habló siempre, dijo lo que pensaba, y lo dijo honradamente. Y eso hay quien no lo perdona nunca.

Y dicho esto, recordando las charlas y los viajes con él, sus entusiasmos por la tierra en que nació, sus dedicaciones incansables a escribir y memorar, a divulgar y enaltecer, quiero rescatar algunas frases que le dediqué en otros artículos, prólogos y discursos. Si escribió desde los 16 años, completando una ruta, y en el mismo periódico, de 83 anualidades; si publicó una docena de libros, todos voluminosos y cuajados de buenas letras y cumplidas informaciones, era lógico que algunos le admirásemos. Y por eso dejé dicho en el prólogo que dediqué a su primer libro “Guadalajara a mi través” que “El autor de estas páginas ha sido un andarín de mucho fundamento. Ahí donde lo tienen -cambiada la edad por experiencia- sigue andando y mirando. A pie siempre. Porque para ver mucho hay que andar mucho. Guadalajara se conoce así, a puro golpe de calcetín… y cuando la tierra vibra en el alma, y se la quiere mirar y comprender entera, hay que verla en directo, palmo a palmo, y eso se hace andando. Así lo ha hecho Monje, y así le han salido sus crónicas paisajísticas, húmedas y brillantes, llenas de vida.”  Y aún añadía, en el que sirvió de portada a su última ofrenda literaria, los “Clamores por los pueblos muertos”: “A Monje Ciruelo, al que todos admiramos por su amor a la tierra en la que nace, por lo bien que la conoce y lo mejor que la cuenta, hay que aplaudirle por muchos motivos. Por su saber, su estudiar, su fino humor, y su entereza. Pero (para eso estamos casi rematando el primer cuarto del siglo XXI) por su “resiliencia”, esa extraña palabra que se ha colado en nuestras conversaciones, destilada de otros tantos titulares, y que viene a dar novedosa definición a lo que en Monje es permanente y demostrada veteranía: la capacidad de seguir en marcha, de escribir cada día, de estar atento a lo que ocurre y de aportar soluciones. O sea, la de permanecer vivo, a costa de matar días. Y ello saliendo más fuerte de lo que es cotidiana apretura”.

Luis Monje Ciruelo, escritor y periodista (1924 – 2022)

Sirvió esta postrer edición, cuando el autor andaba ya escaso de fuerzas, pero con su mente lúcida sabiendo donde iba, para homenajear en Monje la veteranía y el entusiasmo permanente. La calidad que, a costa de cifras que son fechas, y de iniciales que son nombres, demostrar cómo se puede escribir en un mismo periódico 83 años seguidos, batiendo un “record guinnes” que no ha sido reconocido oficialmente por el agobio de la burocracia que hoy nos embarga, pero que ahí están las fechas: empezó en 1939 a aparecer en los primeros números de “Nueva Alcarria” y acabó la tarde del día en que falleció. Así le decía yo: “Cronista de verdad, testigo fiel, escritor de raza y humano caminante que ha mirado Guadalajara y nos la ha contado. Eso es Luis Monje en este libro, y eso es este libro que ahora resulta ser el penúltimo: un documento genial que servirá de fedatario de una época cuando de ella no se acuerden ya, ni los más viejos del lugar…” El libro ha resultado ser el último, aunque su intención era seguir, siempre adelante.

Artistas en la ciudad: Campoamor, Cruz y Roa

Un trayecto que atraviesa la ciudad en varias direcciones alcanza la presencia de tres grandes artistas en nuestra ciudad: Jesús Campoamor, Juan Cruz y Francisco Roa, con sus óleos, esculturas y acuarelas sorprendentes.

De vez en cuando salgo a pasear por los ejes de la ciudad, y entro en los edificios que mantienen una actividad de promoción artística. Por ejemplo, la Sala “Antonio Pérez” del Centro Cultural “San José” de la Diputación, o la Sala de Arte de Ibercaja en la calle del Capitán Arenas. También en el Palacio del Infantado, en sus salas altas, o en el patio central del Palacio de Dávalos. Esta vez he recorrido todos ellos para admirar algunas obras que nos han regalado los artistas a los que tenemos la suerte de contar entre el paisanaje militante de nuestra Alcarria.

Es Jesús Campoamor un clásico del arte alcarreño. Desde muy joven (nació en 1933) ha sido un referente de la pintura, con actividad incansable, y exposiciones periódicas. Ahora la Diputación Provincial ha montado una gran exhibición que reúne los caracteres de antológica, porque ofrece todas las facetas que el artista ha tocado, a lo largo de más de 60 años de actividad.

Así, y en la penumbra de la sala, despierta nuestros sentidos la luz que sale de sus cuadros, el aire sugerente que rodea a sus esculturas. Campoamor es un artista excelente y completo, que no se limita a tener una perfección estilista o técnica, a realizar de encargo de este o aquel retrato, sino que posee una sólida formación cultural y unas ideas propias acerca del hombre y de la vida. Ello le posibilita volcar en sus lienzos, a la hora de hacer tangible su pensamiento y su inspiración, un paisaje de humana dimensión, una marca de impresionismo subjetivo y personal que acentúa el valor y la belleza del cuadro.

Las Cuatro Estaciones, de Jesús Campoamor

Tengo que agradecerle, y aquí lo hago, que en su catálogo haya escogido unas frases mías para, junto a las escritas por Cela, Nieto Alcaide, Ramón Hernández o García Marquina, tratar de aproximarme a su mensaje. La obra pictórica de Campoamor es no solo una parte del arte de la pintura, sino que comulga de la música y de la poesía. Como gran conocedor y amante de esas otras parcelas del arte, es capaz de unificar en los lienzos sensaciones y valores de todas las parcelas de la belleza.

En esta exposición antológica brilla con fuerza su descarnada visión del paisaje alcarreño, en sus cuatro estaciones, con sus modulados colores, sus cielos eternos, sus distancias infinitas. Le tengo por artista de cabecera, por sabedor de referencia y sobre todo por amigo de intenciones: una persona junto a la que se puede caminar el mundo.

Es Juan Cruz un artista que –nacido en Madrid– se ha hecho universal por su arte, y su trayectoria, ya tan larga. A sus 92 años, pletórico de ideas y entusiasmos, reside en Cañizar, un pequeño pueblo alcarreño cercano a Torija. El pasado jueves 26 de mayo, y llevado por Javier Orozco de la Galería Inaudita de Guadalajara, pasó dos horas en charla con el público que acudió a conocerle en el patio central del palacio de Dávalos. Tiene su obra escultórica de pequeños tamaños expuesta en varios espacios de la ciudad, y en ellos muestra el concepto de rotunda vigilancia que sobre el mundo y sus seres movientes ejecuta a diario.

Juan Cruz, que forma ya en la galería de grandes escultores españoles (junto a nombres como Pablo Serrano, Eduardo Chillida, Josep Maria Subirachs o Agustín Ibarrola) se ha venido especializando en obras de gran tamaño, en construcciones que afrontan el aire y el vacío con sus mensajes atención a la renovada fe en el hombre. Ese Ícaro que aletea junto a los ascensores de la Biblioteca Provincial es muestra ávida de su concepto del arte, en el que aúna formas concentradas sobre materias contundentes. Fue un placer y una gran enseñanza oírle, porque Juan Cruz rebosa humanidad y saber, y hace que todos nos sintamos un poco sus discípulos: de momento invito a que mis lectores contemplen su obra, sobre pedestales o en vitrinas, y hagan suya la alegría del escultor al encontrar esas formas frente a sí, esas formas que andaban perdidas en un aire de vacíos. Guadalajara se felicita de tener a Juan Cruz, ahora, viviendo entre nosotros.

Ícaro, por Juan Cruz

El quehacer del escultor va más allá de las piezas de esta colección que ahora vemos. Él tiene en su casa de Cañizar (donde fijó su residencia huyendo del ruido y la tontera de Madrid) un acopio inabarcable de proyectos, maquetas e ideas. Decía la semana pasada que siempre está creando, porque si no tiene tiempo de construir una escultura, “la va pensando”. No solo imagina el aire cuajado, sino que tiene soluciones técnicas para armarlo, ejecutarlo y entregarlo a la vida perenne.

Es Fernando Roa un singular ejemplo de artista arriacense. Nacido en nuestra ciudad, en 1963, a la edad de los estudios se fue a Madrid y allí obtuvo los títulos correspondientes de la licenciatura de Bellas Artes en su Facultad correspondiente. Desde entonces, su vuelo ha sido continuo, planeando entre Madrid, los Estados Unidos de América y los Países Bajos. Técnicas aprendidas a cada paso, experimentación continua, y un ansia por encontrar nuevos caminos, siempre amparados por la guardia segura de la perfección y el hiperrealismo.

He visitado su exposición en la Sala de Linajes del palacio de los duques del Infantado de Guadalajara. Es un lujo tener esos cuadros enormes, esas minúsculas ráfagas de lápiz y acrílico a un metro de nuestros ojos. También lo es ver pasar ante nuestros ojos las formas cadenciosas y perfectas de sus figuras talladas. Va a estar abierta la muestra hasta el 3 de julio, y allí el espectador podrá comprender otro de los caminos del arte, el que atrae sobre una superficie lisa, a base de color y paciencia, la realidad que nos rodea. Allí están los apuntes de paisajes soñados, y las evidencias ciertas de castillos y campanarios de la Alcarria. Allá estarán a la vista de todos las secuencias geométricas de los edificios que bordean los canales del Amster y las posibles resurrecciones en otra dimensión de edificios (románicos, góticos, barrocos) que el hombre alzó y se perdieron.

De Francisco Roa solo cabe decir que siempre asombra. Que tiene técnica (cosa que se adquiere a base de estudio y horas) y, sobre todo, ideas. Visión analítica del entorno, delicada pasión por generar mundos nuevos. En estas estamos, y en este camino de arte y artistas nos vemos. Guadalajara muestra en ellos su dinámica continua, su plausible apuesta por el futuro.