Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

En el centenario del Capitán Arenas

Capitan Felix Arenas Gaspar

Se celebra (o espero que se celebre) este año el centenario de la muerte de un hombre de nuestra provincia, que destacó por su valor, por su entrega a la causa de la dignidad de España. El capitán Félix Arenas Gaspar, molinés como todos los suyos, entregó su vida defendiendo Monte Arruit, en la Guerra del Rif, y haciendo notar su saber, su valor, su capacidad de amor a la Patria.

Un Centenario que a todos atañe

Es este un personaje que cae de pleno en la mitología de los personajes de relieve en Guadalajara. Porque su nombre les suena a todos, pero muy pocos identifican cuales fueron sus méritos para haber concitado atención y recuerdos. La historia, breve y dramática, del Capitán Arenas, es la de una valentía, la de un soldado español que, lo mismo que otros muchos miles a lo largo de nuestra historia, no tuvo miedo a la muerte, y ésta le llegó en uno de los hechos guerreros más desfavorables de nuestra historia contemporánea. Su mérito fue el del auténtico heroísmo, despreciando el riesgo que su vida corría por salvar la de sus compañeros, en una campaña (el desastre de Annual en la Guerra del Rif, 1920-1925) y en una batalla que se intuía perdida. Su serenidad de acción, su desprendimiento y generosidad, su sereno enfrentamiento final con la muerte, es lo que nos entrega la dimensión de la figura del Capitán Arenas. Le historió con detenimiento don José Luis Isabel Sánchez en su obra “Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando”, dedicada a los que en el Arma de Ingenieros obtuvieron esa recompensa, la que cinco años después de su muerte le entregó la Patria: la Gran Cruz Laureada de San Fernando.

El Capitán Arenas defendiendo Monte Arruit,
en dibujo de Augusto Ferrer Dalmau

Por cumplirse ahora los cien años de su fallecimiento (tenía 29 años cuando murió el 29 de julio de 1921), creo que es motivo más que suficiente para que su tierra le recuerde. Ya lo hizo, no hace mucho, en abril de 2013, cuando se le dio su nombre de “Capitán Arenas” al Parque y Centro de Mantenimiento de Material de Ingenieros de Guadalajara, en un acto al que asistió su hijo el Contralmirante de la Armada don Francisco de Borja Arenas, más sus nietos y biznietos, todos militares, inaugurando un busto a la entrada del establecimiento de Defensa, que es réplica del que Coullaut Valera le dedicó en Molina, y aún sigue allí, ante la fachada del Colegio de los Escolapios donde estudió el bachillerato el que sería pronto eminente militar. Ese monolito y busto en bronce lo inauguró el Rey don Alfonso XIII, en julio de 1928, porque fue su deseo, y el del Gobierno de don Miguel Primo de Rivera, de que Molina de Aragón guardara la memoria de su hijo preclaro.

La corta e intensa vida del Capitán Arenas

La carrera de Félix Luis Arenas Gaspar había sido fulgurante. Había nacido en Puerto Rico, en diciembre de 1891, hijo del Capitán de Artillería del mismo nombre, que a la sazón se encontraba destinado en aquella isla americana. Pero muy poco después la familia regresó a España, y el joven Félix llegó a Molina de Aragón, de donde era toda su familia, viviendo allí su infancia y primera juventud, cursando los estudios en el Centro que los Padres Escolapios tenían montado en un moderno edificio, con vistas a los Adarves.

Era su tío abuelo el eminente escritor e investigador don Anselmo Arenas López, erudito local que además se había dedicado a la política como ferviente partidario de la República Federal, siendo profesor de Geografía en Granada y Valencia, y muy considerado en los ambientes intelectuales españoles. Don Anselmo tenía a Félix como su sobrino nieto preferido.

Aún muy joven, a los catorce años, en 1906, ingresó en la Academia de Ingenieros, a la sazón en Guadalajara, y a los diez y ocho de su edad ya había sido promovido a teniente, alcanzando el grado de capitán poco después, en 1919, haciéndose cargo del mando de la 2ª Compañía de Zapadores de la comandancia de Ingenieros de Melilla. Un año después, y ya iniciadas las operaciones contra los rebeldes rifeños, en noviembre de 1920, tomó el mando de la Compañía de Telégrafos de la Red Permanente de Melilla.

Anteriormente, su servicio como Teniente lo hizo en el Servicio de Aerostación y en los Talleres del Material de Ingenieros de Guadalajara, hasta que fue enviado con las tropas que batallaban en el Norte de Africa, agregado a la compañía de Aerostación en Tetuán, a continuar librando aquella desafortunada guerra colonial en la que España puso lo mejor de sus hombres, pero sin la fe necesaria para mantener sus posiciones en un continente en el que por entonces ya nada, ni nadie, nos pedía continuar. El año 1921 fue en esa guerra de Marruecos el más desafortunado y triste.

Tras el desastre de Annual, las tropas indígenas marroquíes habían crecido en moral y empuje, llegando ya, en el verano de ese año, hasta las mismas costas mediterráneas. El ataque arrollador de los moros, que diezmaban sin piedad al Ejército Español, sonó como un clarín de alarma en Melilla, donde se encontraba Félix Arenas, capitán a la sazón de una Compañía de Telégrafos.

La hazaña heroica del Capitán Arenas

Con sus hombres tomó en ascenso el río Zeluán, llegando hasta la cabecera de la llanura de Ben-Sidel, donde se dió cuenta de que el enemigo ya les cerraba el paso. Allí tuvo que tomar el mando de todo el ejército que se batía en retirada, por ser el Capitán más antiguo, y en un momento de verdadero peligro, cedió su caballo a un sargento herido, para que pudiese ser evacuado. Siempre en la retaguardia del ejército hispano, Arenas fue sosteniendo el empuje moro, retirándose a Tistutín, y luego a Monte Arruit. En la defensa del primero de estos enclaves, ya tuvo Arenas ocasión de mostrar su valor y genio militar. Por las noches extendía con su gente gran cantidad de paja, que rociada prendía luego, dificultando así el avance enemigo. Dirigió con serenidad las operaciones de retirada hacia el valle, y siempre en el puesto de mayor peligro, muy próximo ya al refugio de Monte Arruit, cayó muerto de un balazo en la cabeza.

Fachada del acuartelamiento de Monte Arruit antes del ataque rifeño.

Homenajes póstumos

La figura del Capitán Arenas, queridísima para cuantos habían sido compañeros de campaña, se agigantó tras su heroica muerte. Previos los trámites correspondientes, en 1924 le fue concedida a título póstumo la gran Cruz Laureada de San Fernando. Y en 1928 se inauguró en Molina de Aragón, en un solemnísimo acto al que acudió el Rey Alfonso XIII y parte de su Gobierno, un monumento a este preclaro hijo del Señorío, que aún hoy puede admirarse en el atrio de entrada al viejo edificio de los Escolapios.

Vemos junto a estas líneas el busto realizado en bronce por el extraordinario escultor Coullaut Valera, de quien aparece firma en la parte baja de la talla, y consta de un pedestal que sostiene un monolito de piedra, rematado en un castillete símbolo del Arma de Ingenieros, y sobre una repisa en su parte anterior, se muestra el busto en bronce del militar que, a pesar de su juventud supo escribir página tan gloriosa para la historia de España, y poner así su nombre en el abultado número de las figuras que por uno u otro motivo han merecido quedarse a vivir en la memoria de sus paisanos. 

En el mismo monumento molinés aparece esta leyenda «El Cuerpo de Ingenieros y la Ciudad de Molina al laureado Capitán D. Félix Arenas. Muerto en Tistoren – Africa, 29 de Julio de 1921. Inaugurado por S.M. el Rey D. Alfonso XIII el 5 de julio de 1928». En ese momento, la ciudad de Molina le dedicó una calle, y en 1956, lo hizo también la ciudad de Guadalajara, quedando su memoria eternizada en la céntrica rúa que va de San Ginés a la Plaza de Toros. A partir de 2013, un busto en bronce, réplica del existente en Molina de Aragón, y su nombre al frente del acuartelamiento de Ingenieros en la parte de la Vega del Henares de nuestra ciudad, supuso una renovación de la memoria que Guadalajara siempre ha rendido a su héroe Arenas.

Héroes de la Guerra de África, con los hermanos Arenas en la línea inferior

Debemos considerar aún el impacto que esta desgracia produjo en la familia de los Arenas, sabiendo que cinco días antes, el 24 de julio, un hermano del heroico capitán, el teniente Francisco Arenas Gaspar, había muerto en el ataque rifeño al Zoco Telatza, en otra operación de la misma guerra. Juntos los vemos en la página que Mundo Gráfico de octubre de 1921 dedicó a muertos en acción bélica en África. Aspectos sumados de su fama, son esos detalles que dan, como decía al principio, carácter de “quasi mitológico” a un personaje: el dibujo del gran artista Augusto Ferrer Dalmau, que representa a Félix Arenas defendiendo los cañones de Monte Arruit, o la inclusión del Capitán Arenas como “soldadito de plomo” en la colección de trajes militares del Ejército Español.

Botargas de Guadalajara

botargas de guadalajara

He declarado en algunos sitios que este año será en Guadalajara el Año de las Botargas. Por varias razones: porque la Diputación Provincial, a través de su área de Turismo y Ferias va a darlas un empujón, creando su Ruta, y dándolas visibilidad a través de un folleto, de cartelería varia y de promoción en ámbitos de ancha voz. También va a serlo porque aparecerá, muy pronto, un libro extraordinario que las recoge todas, con dibujos realizados exprofeso por el ilustrador Monés Pons.

Cual sea el origen de las fiestas con máscaras en la Península Ibérica (y aún me atrevería a preguntarlo, en su conjunto, de toda Europa y del planeta Tierra) es algo sobre lo que se ha escrito mucho, y con unas u otras razones, más o menos argumentadas, están todos de acuerdo. Es concretamente José Antonio Alonso Ramos, el gran conocedor del folclore provincial, quien nos ha ofrecido recientemente, en la Revista “Besana” de la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid, un magnífico artículo que la estudia y retrata, y que titula “Las botargas en Guadalajara y su significado”.

Está lejano su origen, porque nace del propio sentido ceremonial del hombre. Y aunque podemos enunciar sencillamente que su raíz procede de los ritos propiciatorios de las sociedades agrícolas y ganaderas, aún más lejos están las razones psicológicas de la imitación y el sentido mimético del ser humano. Que piensa que él puede influir, de algún modo, en el desarrollo de la Naturaleza que le rodea y en la que vive. Por eso, todos están de acuerdo, las fiestas de mascaradas (aquellas en las que el hombre adopta posturas y realiza ejercicios cubierto el cuerpo con trajes infrecuentes y la cara con máscaras que ocultan su faz) tienen un impreciso origen prehistórico con una raíz común.

Pero en un momento de la historia, esas viejas costumbres se institucionalizan por parte de un Estado que adquiere fuerza ante el común del pueblo. Esto ocurre, por ejemplo, en Roma, cuando los primitivos ritos son integrados en el cuerpo religioso estatal. Y así las celebraciones Lupercales, Saturnales y Kalendas se van a formalizar como fuertes nexos festivos de un corpus religioso progresivo. Sin duda que los orígenes de las mascaradas reconocen una influencia directa de las Lupercales, ligadas a Fauno y al mundo pastoril, lo que se confirma con la atribución popular de las mascaradas a pastores en muchas de estas fiestas. Pero cada mascarada tuvo su evolución particular a lo largo del tiempo, recibiendo enseguida el fuerte influjo del cristianismo y de las propias circunstancias socioculturales e históricas de cada región. Durante los siglos del Imperio, la Hispania ocupada va adoptando progresivamente el rito romano sobre un sustrato ibérico, naturalista, que adquirió cierta consistencia en época celtibérica. 

Pero es con la llegada, definitiva, del cristianismo, que esas tradiciones festivas se ven moduladas por la nueva religión, que da significados a los ritos y añade figuras o identificaciones a los personajes primeros.  Aunque el cristianismo trató en algún momento de prohibir estas prácticas rituales, luego se dio cuenta de que lo mejor era integrarlas en su código y alcanzar el sincretismo entre prácticas paganas antiguas y el culto cristiano. De esa camaradería, inteligente y dirigida, han llegado hasta nosotros estas fiestas que hoy nos sorprenden.

Estas fiestas han pervivido en la España rural, que fue la ocupada por la mayor parte de la población hispana durante largos siglos. Pero su evolución sigue, y así vemos que, por ejemplo, en la época de la dictadura del General Franco, y por una influencia radical de la Iglesia Católica, se prohibieron en la mayor parte de los lugares, aunque posteriormente se han rescatado, purificándolas con sus detalles más auténticos, y dotándolas de una saludable práctica que, a veces, corre el peligro de priorizar lo espectacular frente al sentido de fiesta, de acontecimiento social entre grupos muy cohesionados. Por supuesto que otra de las amenazas que en este mundo cambiante y vivo le afectan, es la consideración de “curiosidad popular” ante un público cada vez más urbano. Y la declaración de “Fiesta de Interés Equis” con el que sus organizadores pueden alcanzar subvenciones y apoyos políticos y aún comerciales.

Aunque no tiene este breve artículo un interés concreto en hacer el estudio meticuloso de estas fiestas de máscaras, sí que conviene explicar un tanto lo que este mundo de la máscara propone. Pronto tendremos en la mano un gran libro en el que aparecerá un conjunto de dibujos, todos de la mano del artista catalán Isidre Monés i Pons, quien ha demostrado a lo largo de su dilatada trayectoria una capacidad excepcional en la captación de personajes e intenciones. Y esos dibujos se articularán, acompañados de texto escrito para la ocasión, entre 25 botargas de Guadalajara y 25 mascaradas de España.

En todas las imágenes que proceden de nuestra provincia aparece la figura de “la botarga”. Se trata de una máscara de origen solsticial de invierno, que aparece en una franja temporal que va de la Navidad (el solsticio concreto) hasta mediados de febrero, en ese momento del invierno en que los días crecen y la naturaleza despierta. Tiene todas ellas muchas características comunes. Fundamentalmente la figura protagonista, un individuo revestido de traje multicolor, con careta de aspecto monstruoso, cencerros y cascabeles colgando de su cintura, y cachiporras y castañuelas en las manos. Ejecutando simples ejercicios de carrera, salto, trepa y búsqueda, siempre en silencio. Son las comarcas de la Campiña del Henares, fundamentalmente, y de la Sierra y Alcarria, en las que aparecen estas botargas. Aunque en alguno de los ejemplos aportados, se quiere destacar el grupo o la fiesta en la que la botarga actúa de acompañante o contrapunto, como en Valverde de los Arroyos, donde su grupo de Danzantes de la Octava del Corpus resalta sobre cualquier otra consideración.

Por el resto de España aparecen figuras muy diversas, en contextos también variados, pero en todas ellas hay un elemento común, que es la máscara, el protagonista humano transformado en “otra cosa”: desde demonios (en Berga), a dragones (en Reus); desde danzantes enmascarados a representaciones de la naturaleza en su forma vegetal (los hombres musgo de Béjar) y animal (el Onso de la Mata de Morella). Y en contextos diversos como las fiestas del solsticio de invierno, en el fondo de todo, siempre, o en festividades religiosas como el Corpus que supone una radical cristianización del paganismo propiciatorio. En este muestrario y amalgama de ejemplos de mascaradas aparecen las fiestas de Carnaval (especialmente el catalán, y el andaluz) y del Entroido (en Galicia singularmente, y en León) o antruejo, como manifestaciones también enmascaradas de rituales de cambio, de ocultación y trastrueque funcional, anteriores a la Cuaresma. 

La fiesta del antruejo está muy generalizada en toda España, teniendo esta palabra (con sus variantes regionales) el significado inicial de “introito”, introducción, referido a la entrada en la Cuaresma. Esta denominación se refiere a las fiestas que hoy generalmente se denominan “de Carnaval” y que tenían lugar los tres días anteriores al miércoles de ceniza: domingo, lunes y martes “de Carnaval”. Sebastián de Covarrubias en su conocido diccionario decía que este vocablo equivalía también a “Carnestolendas” y en las aldeas le decían “antruydo”. Dice el lingüista que hay sitios donde lo celebran desde primeros días de enero, y en otros por San Antón: “Tienen un poco de resabio a la Gentilidad y uso antiguo, de las fiestas que llamaban Saturnales”. En definitiva, una sociedad que se disfraza y oculta tras una máscara para ejercer –hoy como divertimento– lo que fue un vital llamado al crecimiento de la Naturaleza.

Aunque estas fiestas, especialmente las botargas de Guadalajara, vienen de muy antiguo, dos males las afectaron recientemente: las prescripciones moralistas del gobierno del general Franco, que las prohibió, y la masiva emigración desde los pueblos a las ciudades, que vaciaron de gentes, y de contenidos, tantos pueblos de esta provincia. Precisamente ha sido ahora, en los finales del siglo xx y principios del xxi, que el entusiasmo de los oriundos propició su rescate, y las ayudas de instituciones como la Diputación Provincial de Guadalajara, han posibilitado su recuperación, aportando ayudas a trajes y fiestas, y organizando rutas y divulgando su actividad. Creo que esta denominación que le he dado en 2021 al “Año de las Botargas en Guadalajara” va a tener muy pronto (con las medidas de la Institución Provincial, y el libro que anuncio), su sentido claramente explicado. Y que dará paso a una recuperación total y divulgación amplia de estas fiestas.

Unas notas sobre Luis Gutiérrez Jodra

En el año que acabamos de cerrar, hemos sacado un libro que mi amigo Javier Sanz Serrulla y yo llevábamos décadas preparando y escribiendo. No ha podido ser presentado debido a la restricción de movimientos y actos que los gobiernos (central y autonómico) han ido decretando y manteniendo debido por causa de la epidemia de coronavirus. Se trata de un libro sobre personajes, sobre personalidades, sobre personas, que tuvieron que ver (todas están ya fallecidas) con la Ciencia, y con Guadalajara. Una demostración de que esta tierra ha dado mucho más de lo que se piensa al avance de la Humanidad.

Hoy traigo un recuerdo breve de uno de los científicos más relevantes que ha tenido España en el siglo XX. Luis Gutiérrez Jodra había nacido, en 1922, en Madrid (donde murió, a los 95 años, plenamente lúcido), pero él se consideraba, y todos le seguimos considerando, un hombre de aquí, de la tierra seguntina más concretamente, porque su padre había nacido en Moratilla de Henares, y su madre en La Cabrera. Él, además, casó con una Gamboa de la Ciudad Mitrada.

Puedo decir, con orgullo, que tuve amistad con él, muy buena relación de paisano, de científico, y sobre todo de comunes intereses culturales, pues algunos años (hacia 1970/80) anduvimos en el común camino de la Institución Provincial de Cultura “Marqués de Santillana”, él como presidente de la Sección de Ciencias cuando yo lo fui de la de Historia. Esa relación nos vino, además, acrecentada porque él había sido muy amigo de mi madre, habiendo acudido juntos (aunque mi madre le sacaba un par de años) al viejo Instituto de la Calle Museo, a estudiar su bachillerato, que en el caso de Gutiérrez, complementó con los estudios de Magisterio, en el viejo caserón de la calle San Juan de Dios. Entre uno y otro de esos centros, recibió clases (entre otros) de los profesores Marcelino Martín y Modesto Bargalló, a quienes siempre reconoció su dirección en la futura pasión por la Química, la Física y la Ciencia.

Luis Gutiérrez Jodra tuvo a La Cabrera como lugar preferido en su vida.

El padre de nuestro personaje fue “guardia de asalto” (el equivalente a un actual “policía nacional”) y dada la humildad de sus economías, solicitó una beca de las que concedía la Diputación Provincial para cursar estudios, y gracias a ella (eran 1.500 pesetas anuales) pudo cursar la carrera y licenciarse en Ciencias Químicas.

–Pecaría de ingrato si no expusiera que pude estudiar la Enseñanza Superior Universitaria gracias a la beca que me concedió la Diputación de Guadalajara–, declaró siempre que pudo. Y muy en especial en el libro “Alcarreños de la Transición” que montó Monje Ciruelo con las vidas y avatares de un centenar de alcarreños y alcarreñas que protagonizamos aquella etapa.

Su padre murió en 1938, en un campo de concentración de la República, y él tuvo que sacar adelante a la familia trabajando como repartidor de leche, rellenando recibos de la Contribución, cambiando tabaco por comida en los pueblos y, después de la Guerra Civil, trabajando en el Servicio Nacional del Trigo. Y ya en la posguerra, tras años de intenso estudio, alcanzó el grado académico de Doctor en Química Industrial y en Ciencias Químicas, por la Universidad de Madrid. Marchó a Estados Unidos, donde alcanzó en Chicago la diplomatura de School of Nuclear Science and Engineering, y tras ganar las correspondientes oposiciones, accedió al puesto de Catedrático de Físico-Química de los Procesos Industriales en la Universidad de Madrid, desde 1958. 
De los muchos cargos, siempre con responsabilidad capital, que tuvo, él destacaba el de Jefe de la Sección de Química Industrial en la Junta de Energía Nuclear, (1951-55), Jefe de la División de Materiales (1955-58), Director de Plantas Piloto e Industriales (1958-69), Director de Reactores y Combustibles Nucleares (1969-73) y Director de Combustibles (1973-76). Fue vocal de la Comisión sobre Investigación Metalúrgica del Patronato Juan de la Cierva (1954). Miembro del Consejo de Seguridad Nuclear (1981), y miembro del Comité Científico Asesor del Organismo Internacional de Energía Atómica (1979).  Toda su vida la dedicó al estudio, la investigación y la enseñanza, habiendo dirigido numerosas tesis doctorales, cursillos monográficos y presentado comunicaciones a distintos congresos nacionales y extranjeros.
En España fue el hombre clave para la introducción de la Energía Nuclear, siendo reconocido unánimemente como el más adelantado experto en ese tema, en el que llegó a ser presidente del Foro Nuclear de España, y durante mucho tiempo destacado miembro de la Junta de Energía Nuclear, participando en organismos similares de toda Europa.

Elegido en 1983 académico de número de la Real de Ciencias, ocupó el puesto de Vicepresidente en la docta academia de 2003 a 2013. Participó muy activamente en la campaña que esta Real Academia de Ciencias inició en 1984 para la promoción de la cultura científica y tecnológica en veinticinco ciudades.
En Guadalajara, no hace falta repetirlo, fue muy apreciado. Individuo de la Institución Provincial de Cultura “Marqués de Santillana”, fue presidente de su sección de Ciencias. También alcanzó a ser nombrado director de la Escuela Normal de Magisterio de Sigüenza, recibiendo finalmente el título de Hijo Adoptivo de la Ciudad de Guadalajara y Medalla de Oro de la Provincia.

De los muchos galardones obtenidos, él destacaba especialmente el Premio Otero Navascués, en 2005 y el Premio de Invención e Investigación en Química Aplicada de la Universidad de Sevilla, en 2008. En su etapa universitaria, llegó a dirigir más de 40 tesis doctorales, siendo autor de más de 200 trabajos científicos publicados, y habiendo dado más de un millar de conferencias, pronunciadas en los cinco continentes, más la coautoría de libros y patentes.

Podría acabar aquí esta brevísima referencia a don Luis Gutiérrez Jodra con los títulos de sus intervenciones en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (hoy denominada simplemente Academia de Ciencias), tanto la del día de su toma de posesión, “Modelos y cinética de las reacciones químicas sólido-gas”, en 1984, como la de la jornada del discurso inaugural del año académico 1997-98, “En torno a la energía”, de 1997. Y aún sería conveniente destacar algunas de sus múltiples aportaciones, como “La técnica española de la metalurgia del uranio” (1960), “El uranio combustible nuclear” (1974), “La investigación en el ciclo del combustible nuclear” (1978), o sus “Informes sobre centrales y reactores nucleares en la Península Ibérica”, de 1979.

Una breve pincelada de un paisano al que deberíamos admirar, y recordar de vez en cuando.

Sigüenza en la mirada de Miguel Sobrino

Sigüenza en la mirada de Miguel Sobrino

Los libros de dibujos son buenos guías de la mirada, porque centran el interés en lo fundamental de las cosas, de las personas, de los edificios. Hoy me he leído un libro de dibujos sobre la Catedral de Sigüenza, obra de Miguel Sobrino, quien retrata el edificio al detalle.

Ha sido una hora la que, como lector, he vivido dentro del libro de Miguel Sobrino titulado “Las Catedrales de España”. Y la he vivido recorriendo de su mano la historia/historias de la Catedral de Sigüenza. La obra trae muchos más edificios, y se entretiene en un múltiple paseo por dos docenas de templos mayores. Pero yo me he detenido sobre las treinta y tantas páginas que este conocedor y estudioso del arte le dedica a la de Sigüenza. Y creo que lo hace con un alto nivel de originalidad y puesta en valor.

Primero se distingue por su cercanía y lenguaje accesible. Los libros eruditos, cargados de notas, de alusiones a documentos, fuentes y versiones, llevan el valor de lo científico pero asustan a muchos de los humanos. Siempre he creído que para construir el edificio común de la Cultura, quienes lo montan deben hacerlo con un habla limpia y discernible, con explicaciones diáfanas y valoraciones comprensibles. Es lo que hace Sobrino en este libro con las catedrales españolas, entre las que destaca y pondera a la de Sigüenza, por varios valores…

Para empezar, la localiza en “territorio mendocino” y aneja la prosapia del linaje alavés con el término “mendocino” que la Real Academia Española en su diccionario reconoce como “supersticioso”, porque así lo entronca con la producción de sal, que fue (en Imón y el valle del río Salado) sustento económico de esta catedral creciente. No aporta datos nuevo, porque son suficientemente conocidos, pero sí insiste en ese origen, en esa relación, que es curiosa, del crecimiento de un edificio en función de los ingresos que a su “partida presupuestaria” le llegaban de los impuestos recogidos en la industria minera de extracción de la sal.

Piensa, él también, si esta Sigüenza será la “Orbajosa” de la “Doña Perfecta” de Galdós,y pondera su vista por todas partes. Llega Sobrino a hacer un dibujo de la ciudad, desde Levante, que asombra y hace soñar, porque rescata la imagen de la ciudad en siglos pasados.

Trae a colación a los constructores, que fueron obispos aquitanos, y tallistas y maestros netamente influidos por la Orden de Cluny. Refiere la evolución de la Ciudad (romana en la vega del Henares, visigoda con su basílica, árabe también en altas cotas) y finalmente tras la Reconquista (a la que no se atreve a poner fecha exacta) lugar de episcopado protegido y alentado por los Reyes de Castilla. Destaca además su aspecto castillero, sus torres fortificadas, su idea de templo-fortaleza…

Se enfrenta con especial deleite al enterramiento de Martín Vázquez de Arce, ante el que se maravilla. Es la esencia del Humanismo –dice­–, y eso es lo que proclama el guerrero herido (muerto ya) con un libro en las manos: la eterna valoración del ser humano, de su biografía, de sus quereres y sentimientos, sobre cualquier otra circunstancia.

Recuerda con especial énfasis al Mendoza que le confiere mendocismo al templo, al Cardenal don Pedro González, primado, canciller, patriarca, gran príncipe de la iglesia, y cómo manda enterrarse en Toledo, en el presbiterio, de un modo (hecho por italianos) que luego Covarrubias imitaría en el altar de Santa Librada. Y recuerda a su sucesor en la silla, Bernardino López de Carvajal, constructor del claustro: si Mendoza estuvo, en 26 años de episcopado, 2 meses como mucho en la ciudad, Carvajal NO fue nunca. Pero no dejó de ayudar al templo con detalles y construcciones, con escudos, etc.

Se asombra Sobrino de la variedad de bóvedas y de soportes: columnas, pilares, haces finos, y recrecimientos de lo gótico sobre la pesada estructura inicial de lo románico. Valora esa riqueza de estilos, mezclados, porque dice que lo que se construyen son “funciones”, elementos de culto, y que se usa lo que más gusta en cada momento, aunque a veces gustan cosas pasadas, o con manos mudéjares hechas. De ahí que se anima a llamar “pegatinas” a las capillas, portadas y sepulcros que se van añadiendo, ricos de ornamentación, a los severos muros lisos. Es como si alguien hubiera ido “coleccionando” cromos y pegándolos en las paredes. Piensa Sobrino que la mejor de esas pegatinas es el conjunto, en el ala norte del crucero, del altar de Santa Librada y el mausoleo de don Fadrique.

A la sacristía pasa y destaca su estructura, tanto los muros con contrafuertes avanzados hacia el interior, aprovechando los huecos para poner cajonerías, como la bóveda. Y describe y se asombra con el techo. Del que dice textualmente: “un hermoso libro sería el que tratase, sin nada más que con fotografías comentadas, ese extenso corpus de rostros humanos en piedra”. Y da su aplauso a Martín de Vandoma, que fue el escultor directo y real de aquella maravilla, trazada y dibujada previamente por Alonso de Covarrubias.

Un detalle que le asombra es la gatera de la puerta de madera de esa sacristía, porque manifiesta el claro deseo de los capitulares de dejar expedito el paso a los gatos. Cuenta, porque lo sabe, que era habitual en tiempos antiguos que vivieran animales en los templos, aunque en este caso los gatos tenían venia porque acababan directamente con los ratones.

Cuenta también la última y más reciente historia de la catedral, su sacrificio en la Guerra Civil, su reconstrucción (primero por Torres Balbás, a quien el Régimen le quitó de la dirección, y luego por Antonio Labrada Chércoles, más el escultor Trapero de Zaragoza, Destaca que un Plan Nacional de Catedrales ha seguido remodelándola, cuidándola y dejándola siempre como una “niña mimada” entre las catedrales de España.

Es realmente un texto hermoso sobre la catedral, que debería conocerse hasta en las escuelas de Sigüenza. Porque “evita la jerga técnica y cualquier otro exceso académico” y sus descripciones y relatos los hace siempre “con esa cortesía literaria que logra seducir al lector no especializado”.

El autor de la obra

Miguel Sobrino González (Madrid, 1967) es dibujante y escultor. Ha publicado numerosos artículos sobre arte y arquitectura tanto en libros (El lenguaje de la arquitectura románica, La arquitectura tradicional en tierras de León, El arte del Renacimiento en el territorio burgalés, Palacio árabe de la Alhambra, Itinerarios de Isabel la Católica, En torno a los oficios tradicionales, El arte en el Camino. Un recorrido artístico por el Camino de Santiago) como en medios especializados o divulgativos (Goya, Boletín del Museo Arqueológico Nacional, Loggia, Descubrir el Arte, La Aventura de la Historia, Restauración y Rehabilitación).

Como ilustrador, ha trabajado para diferentes editoriales y por encargo para varias instituciones como el Instituto del Patrimonio Histórico Español, Instituto Cervantes, Fundación de Cultura Islámica, Museo de las Ferias de Medina del Campo, Museo Arqueológico de Vitoria, Institución Gran Duque de Alba, Fundación Martínez Gómez-Gordo y los ayuntamientos de Madrid, Córdoba y Santo Domingo de la Calzada.

Habitualmente imparte clases, conferencias y cursos en universidades y otras instituciones. Junto a Enrique Rabasa, se encarga de la asignatura de Taller de Cantería en la Escuela de Arquitectura de Madrid.

El eremitorio de Pareja

eremitorio de pareja

Descubierto en el otoño de 2020, inmediatamente entendido y acogido por el Ayuntamiento de Pareja como un bien patrimonial de primer orden, un eremitorio monumental, íntegro, elocuente, ha sido restaurado con primor, y ha entrado con todos los honores en el libro de las Lecturas de Patrimonio, que muestran a quien tenga interés por nuestro legado antiguo, la forma de vivir y los quehaceres de un eremita del tiempo visigodo.

En la orilla izquierda del río Ompólveda, que baja desde la Alcarria Alta de Torronteras a dar en el Tajo bajo Pareja, hay un tramo con niveles rocosos en ambas orillas en el que se instalaron eremitas en época indeterminada de la Alta Edad Media. A ambos lados del arroyo se alzan bloques poderosos de rocas areniscas, formando un espacio casi de leyenda, adivinándose entre la maleza las entradas a oquedades, la mayoría de ellas talladas.

La más importante de todas, constituyendo un ejemplar excepcional de cueva eremítica, es la que ha sido hallada y excavada en el otoño de 2020, constituyendo una sorpresa por su buen estado, su perfecta talla y hasta por algunos testimonios materiales de su primitiva habitación. Se accede a ella fácilmente desde la presa de ese río que forma el azud de Pareja. El lugar, hoy apartado de todo, estuvo en su tiempo frecuentado por caminantes, porque era un paso natural la orilla de este río, desde el valle del Tajo a la Alcarria Alta.

Interior del eremitorio de Pareja, con sus nichos mortuorios.

En un afloramiento rocoso de arenisca, a media ladera, a la derecha según se sube el arroyo, se encuentra tallada esta estructura, que presenta dos ámbitos bien diferenciados. De una parte, el exterior, lo primero que vemos al llegar ante ella, que es un muro bien tallado, con un atrio despejado, también tallado, y con hendiduras para instalar separaciones de madera. En la parte central del muro se abre una puerta de cómodo acceso, que tras subir dos escalones permite la entrada al interior, un espacio mágico, que mantiene la esencia del lugar, tras siglos de existencia, al espectador de hoy. 

Al lado derecho de la puerta, hay dos amplios bancos corridos labrados sobre la misma roca. En los laterales, restos de muros de sillarejo trabados con argamasa de cal, que apoyan en la ladera de la montaña. En la parte alta de la roca, hay dos grandes mechinales bien tallados, que sin duda sirvieron para encajar las vigas de madera sobre las que apoyaron tramos de ripia cubiertos de tejas, de las que se han encontrado también restos. La superficie tiene un ancho de 8 metros por 3,5 m. de profundidad. Todo ello constituía una habitación amplia, con suelo rocoso bien acondicionado, para el diario trajín del eremita habitante.

Al traspasar la puerta, admiramos el espacio interior, totalmente cavado en la roca, que posiblemente se utilizó con fines religiosos, como oratorio, cripta, espacio de imágenes, ritos y rezos. Las dimensiones de este espacio son de 3 metros de profundidad, por 3,5 m. de anchura y 2 m. de altura. En esta estancia sencilla, pero con muros muy bien labrados, al frente de la puerta y en el muro que hace al sur, se nos muestra un amplio nicho de arco semicircular, muy bien equilibrado, limpiamente tallado, que cobija un hueco rectangular, profundo de medio metro, con reborde ajustable para recibir una lápida, y que sin duda se hizo para contener un cadáver, pudiendo decirse que hizo de enterramiento.

En la pared este, aparece otro amplio nicho excavado que a su vez está flanqueado por dos hornacinas en alto, muy pequeñas. Ese nicho está también excavado en roca dejando hueco para recibir un cuerpo. Y todavía en la cara oeste se comenzó a tallar un tercero, pero por algún motivo desconocido la excavación no se completó. Solo quedó el labrado guía que marcaba el arco.

Plano del eremitorio de Pareja.

El hallazgo fortuito de un pequeño hueco en el derrumbe del cerro en el que asienta, y que había ido siendo colmatado por derrubios desde hace siglos, dio pie al Ayuntamiento de Pareja a ordenar su excavación y estudio en el otoño de 2020, habiendo corrido esta tarea a cargo de la empresa Gabinete de Proyectos Arqueológicos, bajo la dirección de Luis Fernando Abril y la colaboración de José Manuel Vallejo, quienes se inclinan a datar el conjunto en el final del mundo romano, o en el inicio de la Edad Media. En las tareas de excavación se ha hallado una lucerna o lámpara de aceite, adornada y decorada con mamelones y un asa, de época altomedieval, y una moneda de cobre, medieval también. La conclusión de los arqueólogos es de que se trata de un eremitorio de época tardoromana o altomedieval.

Sin duda, es este un ejemplo muy elocuente de un lugar habitado por eremitas. Es la estancia ideal de esa forma de vida, religiosa y anacorética, que se ve fragmentaria en otros lugares: una cueva tallada en la roca, con apoyos y hornacinas, para funciones de rito religioso o con intenciones de enterramiento, al que solo accedía el eremita de turno. Y una estancia apoyada y unida a la roca, que servía de residencia al individuo que allí habitaba, y donde recibía a los peregrinos, visitantes y admiradores.

El lugar se puede encuadrar en el grupo de cuevas que tienen por su centro el Monasterio Servitano de Aracávica, y que sembró de seguidores (eremitas que previamente se habían formado en su claustro, o anacoretas simples) el amplio entorno de la Alcarria baja, en torno a los ríos Tajo y Guadiela, y sus pequeños afluentes. En ese sentido, el auge de este eremitorio debe centrarse entre los siglos VI al IX d. de C., abarcando el periodo visigodo y el inicial islámico, en el que estas gentes siguieron practicando, a solas, y escondidos, sus ritos cristianos. 

No es difícil imaginar que en este de Pareja, se centrara un pequeño grupo de eremitas, porque en el entorno de las márgenes abruptas del arroyo Ompólveda, a distintos niveles y con dieferentes amplitudes, aún se ven cuevas talladas que solo lo mínimamente vital contenían. La belleza (hoy) de este eremitorio suponía en la Alta Edad Media un ejemplo rotundo de eremitismo ideal, al uso de lo tradicionalmente contemplado como la entrega en el desierto de San Antón Abad, en la profundidad de Egipto, o los anacoretismos admirados de San Macario en la región tebana y San Millán en la Cogolla. Aunque más grande, y más completo, monumental casi, este de Pareja es copia e imitación casi calcada del eremitorio con tumba de Arcávica, donde se mantuvo siempre un solitario viviendo entre rocas talladas y bajo techumbre de ramas, ante la cueva que contenía el nicho excavado donde se depositaron y veneraron largos siglos los restos mortales del fundador Donato, el Africano, creador de aquel monasterio Servitano puesto a los pies de Ercávica, y verdadero motor del eremitismo en toda la Alcarria.

¿Qué santo varón ocupó, a su muerte, el nicho del eremitorio pareliense? No ha quedado rastro de su nombre, ni memoria de sus hazañas. A la historia, que gusta de tener escritos en papeles los fastos antiguos, las pruebas del paso de los días, le viene ancho este lugar, porque ni una sola mención de él ha quedado, ni referencias indirectas, ni siquiera tradiciones legendarias, que a veces son signos inseguros pero certeros de un pasado nebuloso. No me importa, en todo caso, ignorarlo todo, los nombres y las fechas, de este sitio. Porque su realidad, que he tenido entre las manos, que he visitado y admirado a sabor pleno, ha conseguido llenarme, entusiasmarme, y dar razón completa de una idea que entreveía y medio soñaba, y aquí se concreta: la de que en un tiempo pasado, y muy remoto, hubo hombres que se retiraron a la absoluta soledad de los campos, a realizar su proyecto de introspección y oración, radicando en lugares solitarios, excavados en rocas, en las que además contaban con la presencia estimulante (para ellos) de un cuerpo santo, de unas reliquias completas, en comunión diaria con sus latidos.

Integración en un ámbito homogéneo

El eremitorio de Pareja, recién hallado, no solo nos asombra por su conservación y belleza, por la claridad con que expresa un modo de vida de remotísimos tiempos, sino que ayuda a entender mejor la dispersión de otros centros eremíticos, que se concretan en cuevas y grupos de ellas distribuidos por los más recónditos parajes de nuestra provincia. 

Hacia mediados del siglo VI d. de C. el eje de la autoridad real visigoda estaba en las orillas del Tajo: Toledo, por supuesto, capital de Estado, y Recópolis, río arriba. Muy cerca, sobre la orilla izquierda del río Guadiela, la vieja ciudad romana de Ercávica que albergó entonces la residencia de un núcleo definitorio de monjes venidos de África, surgidos al calor de las enseñanzas de San Agustín de Hipona. Sería un discípulo de este, Donato el Africano, quien creara allí el Monasterio Servitano, desde donde empezó a irradiarse, durante los siglos VII a IX d. de C., el movimiento eremítico que pobló de santones, cuevas, falansterios y un largo etcétera de movimientos píos las márgenes de los ríos que llegaban por su izquierda al Tajo.

Así en el propio Cañaveruelas de Cuenca, junto a Ercávica, el ya mencionado enterramiento de San Donato y su monasterio. En Alcocer también, y en Villar del Infantado, en Valdeolivas, en Garcinarro, Moncalvillo, en Huete incluso. En el río Garigay que baja al Guadiela desde Peralveche, encontramos las Peñas del Santo o de San Román en este término, y varias otras en el de Salmerón.

Río abajo, en Illana quedan testimonios, y río arriba encontramos otros lugares en sus afluentes como el Ompólveda, donde radica este gran eremitorio de Pareja, y en lo más alto del valle, donde estuvo Villaescusa de Palositos, la Covacha de San Bartolomé, pequeño y ejemplar reducto eremítico.

De todos ellos voy tomando datos, fotografías, concordancias, para elaborar con el mayor detalle y amplitud el catálogo de estos monumentos que hasta ahora habían pasado desapercibidos, cuando no ignorados, y que vistos en su conjunto nos dan un luminoso y nuevo panorama del pasado remoto de nuestra tierra.